Xxxi. Extractos de la «psicologíA» de hermann lotze



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Obras Completas de Sandor Ferenczi

XXXI. EXTRACTOS DE LA «PSICOLOGÍA» DE HERMANN LOTZE


En los trabajos de Hermann Lotze1, el filósofo y profesor alemán tan célebre y popular, he encontrado muchas reflexiones tan próximas a los conocimientos psicológicos que el psicoanálisis ha obtenido por vía empírica, que podemos considerar perfectamente a Lotze como un precursor de las ideas de Freud.

Sin embargo, la concordancia entre los resultados del pensamiento intuitivo y de la poesía por una parte, y los de la experiencia práctica por otra, no sólo interesa desde el punto de vista histórico, sino que también puede ser considerada como un argumento a favor de la validez de este descubrimiento.

En la «Psicopatología de la vida cotidiana», Freud, como se sabe, considera el olvido como resultado del rechazo de las representaciones en el inconsciente, rechazo motivado por el desagrado. He aquí cómo trata Lotze este tema en su obra: «Los principios básicos de la psicología» (3 ed., Leipzig, S. Hirzel editor) donde escribe entre otras cosas:

§ 15. «... Las imágenes mnésicas de impresiones anteriormente recibidas no están siempre presentes en la conciencia, y sólo reaparecen de tiempo en tiempo sin que sea precisa una estimulación exterior para provocarlas. Podemos deducir de aquí que entretanto no las tenemos completamente perdidas sino que de alguna manera permanecen en el estado «inconsciente», naturalmente no podemos describir tal estado, y vamos a designarlo mediante el término cómodo, aunque paradójico de «representaciones inconscientes».


§ 10. «... Se enfrentan aquí dos puntos de vista. Antiguamente la desaparición de las representaciones parecía cosa natural y lo contrario, la rememoración, es lo que debía ser explicado. Hoy día, por analogía con la ley física de la permanencia de la materia, lo que se trata de explicar es el olvido, porque a priori se supone que toda situación una vez instalada persiste indefinidamente. Esta analogía tiene sus fallos. Se refiere a movimientos de los cuerpos. Pero el movimiento es sólo una modificación de las relaciones externas sin efecto sobre el cuerpo en movimiento; pues el cuerpo ocupa su puesto en cualquier lugar y nada justifica y favorece que desarrolle una resistencia contra el movimiento. Por el contrario, el estado del psiquismo varía mucho según imagine a o b, o bien nada. Podríamos en consecuencia suponer que el psiquismo reacciona frente a cualquier impresión, sin disponer nunca del medio apropiado para anularla totalmente, pero con la posibilidad eventual de hacerla pasar de la percepción consciente al estado inconsciente2»
§ 19. «.. La fuerza y la oposición no podrían ser nociones básicas de una «mecánica psíquica» si no se refirieran a las actividades de representación. Pero no es este el caso. Pues sí la fuerza y la oposición del contenido representado fueran las condiciones decisivas de la acción recíproca de las representaciones, se trataría entonces de un simple hecho. La experiencia no lo confirma. La representación de contenido más rico no rechaza a la de contenido más pobre y es a menudo es la última la que reprime la sensación de los estímulos externos. Estas representaciones nunca tienen lugar en un psiquismo que se contenta con fantasear; pero toda impresión va acompañada, además de lo que está representado a continuación de ella, del sentimiento de su valor sobre el plano de nuestro bienestar físico y psíquico. Este sentimiento de placer y de desagrado puede presentar una graduación que la simple representación no posee. Pues, según el tamaño de esta parte afectiva, que por lo demás es muy variable dependiendo del estado general en que se halla el psiquismo, o dicho con brevedad, según el grado de interés que por diversas razones puede despertar una representación en un momento dado, su poder de rechazo sobre las demás representaciones será más o menos grande. A esta característica podemos llamarla intensidad de la representación, y no una propiedad particular que tendría como simple representación.»

Estas citas de Lotze concuerdan en conjunto con la tesis de Freud sobre el papel decisivo de la calidad del placer y del desagrado en la percepción y en su reproducción. Tal concordancia no puede ser efecto del azar, habida cuenta de que en otro pasaje de su psicología Lotze toma posiciones -casi con el espíritu del actual psicoanálisis- contra la psicología y la filosofía limitada a la consciencia.

§ 86. «... La atención de los investigadores fue acaparada de tal modo por la forma de adquisición y la veracidad del conocimiento, o por la relación entre sujeto y objeto, que tomaron como objetivo verdadero y contenido último de todo el universo el proceso que conduce al ser vivo a percibirse a sí mismo, es decir, el desarrollo de la conciencia de sí. Consideraron que la vocación del alma era la de producir este reflejo de sí misma durante la existencia terrestre, y en consecuencia consagraron la psicología a la búsqueda de soluciones cada vez más perfectas para esta tarea puramente intelectual. Durante este tiempo, el contenido de la percepción sensible, de la intuición y de la comprensión fue relegado a un plano secundario, igual que la vida psíquica de los sentimientos y de las tendencias, que no atrajo la atención más que en la medida en que se vinculaba a la labor formal de auto-objetivación antes aludida.»

En el lenguaje del psicoanálisis, esto podría expresarse más o menos de la forma siguiente: la conciencia no es una cualidad necesaria del psiquismo; el contenido del psiquismo es en sí inconsciente; sólo una fracción de este contenido es percibida por el consciente, órgano de percepción sensible: de las cualidades psíquicas (en sí mismas inconscientes).

El punto de vista del psicoanálisis concuerda igualmente con la idea de Lotze según la cual el principio de placer orienta la formación de los instintos.

§ 102. «... En principio, los instintos no son más que sensaciones, y en particular sensaciones de desagrado o al menos de inquietud, ligadas sin embargo a una cierta aptitud para el desplazamiento; tal aptitud conduce, a la manera de los movimientos reflejos, a todo tipo de movimientos gracias a los cuales son encontrados, tras alguna vacilación, los medios aptos para evitar la sensación de desagrado.» (Ver el artículo de Freud: «Los principios del funcionamiento psíquico» y el capítulo general de la «Interpretación de los sueños».)

Lotze aborda también el problema de la proyección objetivante y de la introyección. En el párrafo 52, donde trata de la formación del «Yo» frente al mundo objetivo, escribe: «Nuestros propios estados de ánimo están caracterizados por el hecho de que todo lo que sufrimos, experimentamos o hacemos nosotros mismos va unido a un sentimiento (de placer, de desagrado, de interés), mientras que la representación puramente imaginaria que tenemos de los demás seres, de su forma de actuar, de sus percepciones, de su sufrimiento, no va acompañada de ningún sentimiento...» «... Esta diferencia sin equivalente, por la que todo ser que posee un psiquismo se opone a todo el resto del mundo, no puede provenir exclusivamente de un determinado saber.» «Estimamos que, según el proceso anteriormente descrito, lo que en primer lugar vemos claro es el sentido del pronombre posesivo «mío», y sólo en segundo lugar -cuando orientamos nuestro juicio sobre esta contracción- creamos el substantivo «yo», como el ser al que corresponde lo que es «mío». (Ver mi artículo «Transferencia y proyección».)

Lotze, que relaciona «esta diferencia sin equivalente» entre el Yo y el resto del campo de la experiencia con su valor para el individuo (valor de placer, indiscutiblemente, y no de utilidad), se aproxima así a la concepción psicoanalítica que concibe una relación muy estrecha entre la formación del Yo y el narcisismo, es decir, el amor por la propia persona. (Ver Freud: «Animismo, magia y omnipotencia del pensamiento», en «Tótem y tabú».)

La prueba de ello se halla también en las siguientes líneas de Lotze: (párrafo 53) «... Debemos distinguir dos cosas. La imagen que el ser viviente elabora de sí mismo puede ser más o menos exacta o falsa; ello depende del nivel de la facultad de conocimiento mediante el cual todo ser intenta informarse teóricamente sobre este foco de sus estados. Por el contrario, la evidencia y la intimidad con la que todo ser sensible se distingue a sí mismo del mundo exterior no depende de su facultad de introspección de su ser propio, sino que se manifiesta en los animales inferiores con igual viveza que en el ser más inteligente, en la medida en que reconocen, por medio del dolor o del placer, sus estados como propios.»

Es también muy interesante leer lo que Lotze dice sobre el sentido de los «añadidos y complementos corporales, bien sea decorativos o bien extraordinariamente móviles», que sirven para adornar el cuerpo. Estima que de esta manera los hombres añaden, por así decir, una parte del mundo exterior a su cuerpo y lo hacen con el objetivo de acrecentar su Yo; estos añadidos «despiertan en general la agradable sensación de una presencia psíquica que supera los límites de nuestro cuerpo».



1 Hermann Lotze (1817-1881) fue profesor de filosofía y biología en Leipzig, Göttingen y Berlín. Fue discípulo de Herbart y de Leibnitz.

2 Subrayado del autor.



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