Xxvi. Importancia del psicoanálisis en la justicia y en la sociedad



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Obras Completas de Sandor Ferenczi

XXVI. IMPORTANCIA DEL PSICOANÁLISIS EN LA JUSTICIA Y EN LA SOCIEDAD1


Todo progreso de la psicología supone al mismo tiempo un progreso en las demás ciencias del espíritu. El paso más pequeño en nuestro conocimiento del psiquismo humano nos obliga a revisar todas las disciplinas cuyo objeto se relacione con la vida psíquica. ¿Acaso las ciencias jurídica y social no pertenecen a esta categoría? La sociología trata de las leyes que rigen las condicio­nes de vida de los individuos agrupados en colectividad. El dere­cho resume en reglas concretas los principios a los que deben adap­tarse los individuos si pretenden seguir siendo miembros de la sociedad. Esta adaptación es ante todo un proceso psíquico; en consecuencia, según un punto de vista más general, tanto el dere­cho como la sociología pertenecen a la psicología aplicada y de­ben tener en cuenta cualquier hallazgo y cualquier orientación nueva que surjan en psicología.

Quisiera hablar hoy de los importantes progresos que el campo de la psicología ha registrado durante los últimos decenios. Tales progresos se hallan vinculados al nombre del profesor vienés Freud que ha reunido bajo el nombre de psicoanálisis su nuevo mé­todo y el importante material que éste le ha permitido descubrir.



Cuando intento definir el principal mérito del psicoanálisis y el medio mediante el que ha revuelto las aguas estancadas de la psicología, tengo que mencionar el descubrimiento de las leyes y de los mecanismos de la vida psíquica inconsciente. Aquello que los filósofos -que sobreestiman tanto la importancia de la conciencia-juzgaban del todo imposible, lo que algunos admitían sin duda aunque estimaban que se hallaba fuera del alcance de nues­tro conocimiento, quiero decir la vida psíquica inconsciente, se ha hecho accesible gracias a las investigaciones de Freud. No voy a repetir aquí la historia de esta ciencia tan joven aún, pero ya tan rica en experiencias y resultados; me limitaré a señalar que lo que ha conducido a Freud a desvelar las capas profundas del psi­quismo humano han sido el estudio de las enfermedades mentales y los esfuerzos para tratar de curarlas. Del mismo modo que algunas enfermedades orgánicas han mostrado dispositivos de protección y de adaptación del organismo humano totalmente desconocidos hasta entonces, las enfermedades mentales, neuro­sis y psicosis, han aparecido como las caricaturas de la vida psi­quica normal, mostrando de forma clara y neta los procesos que todavía tienen lugar en los individuos normales. Es muy antigua esta paradoja espiritual de un escritor satírico inglés: si quieres estudiar la naturaleza hurnana vete a Bedlam (es decir, el manico­mio). Pero hasta ahora hemos distinguido a lo sumo algunos espe­címenes humanos raros, irteresantes o extravagantes, entre la población de los hospitales psiquiátricos. Nuestros psiquiatras sólo se han interesado, y muchos de ellos no siempre (a pesar de su celo humanitario), en la clasificación de los diferentes síntomas sobre la base de principios diversos. Ello se explica por el consi­derable desarrollo alcanzado en las ciencias biológicas a partir de mediados del siglo XIX, que ha incitado a los psiquiatras a orien­tarse exclusivamente hacia el campo anatómico y a descuidar, hasta estos últimos años, los puntos de vista psicológicos. Krae­pelin y su escuela han intentado aplicar en los hospitales psiquiá­tricos lo que la experiencia les ha enseñado acerca de los fenome­nos psíquicos elemertales, pero sus esfuerzos no han hecho pro­gresar nuestra comprensión de las enfermedades mentales más que el escalpelo o el microscopio. Sólo cuando Charcot y Jaret, y luego Breuer, liberados del terror sagrado que impulsaba hasta entonces a los sabios a abandonar en manos de los literatos la exploración de todos los fenómenos psíquicos que escapan a la medición mediante el cronómetro o la balanza, aplicaron los pun­tos de vista psicológicos al estudio de la histeria, fueron posibles los progresos vinculados a las investigaciores de Freud. Tras la sintomatología extravagante y aparentemente absurda de las his­terias, Freud ha descubierto una notable organización de defensa propia del psiquismo: el rechazo. Se ha descubierto que el psi­quismo consigue desembarazarse de las huellas mnésicas dema­siado penosas y de una percepción lúcida demasiado dolorosa de la realidad, arrojando los contenidos de la conciencia de matiz desagradable en una capa más profunda del psiquismo, el incons­ciente, donde a lo sumo se manifiestan en forma de síntomas neuróticos, incomprensibles para el propio enfermo y, en conse­cuencia, más soportables. Al principio, para investigar este complejo de representaciones rechazadas, Freud hipnotizaba al en­fermo que, bajo hipnosis, tomaba conciencia de los problemas que habían determinado su fuga hacia la enfermedad. A continuación, Freud descubrió que era posible penetrar en las capas más profundas del psiquismo sin hipnosis, con menos rapidez, pero me­jor, mediante lo que llama la asociación libre. Cuando conseguía convencer a su enfermo para que le dijera todo lo que le pasaba por la mente, sin elegir, sin preocuparse por el valor lógico, ético o estético de sus pensamientos, lo lograba generalmente tras una gran resistencia psíquica que era preciso vencer, una emergencia de los «complejos» rechazados hasta entonces. Pero una vez su­perados los rechazos y llegadas a la conciencia las representacio­nes desagradables, la producción de síntomas cesa espontáneamente. De este modo la penosa enfermedad de los pensamientos y actos obsesivos ha podido ser atribuida a un contenido latente, y el rechazo es el que ha permitido explicar al menos, si no curar, algunas enfermedades mentales graves como la locura y la de­mencia precoz. Al analizar los sueños de los enfermos, Freud ha llegado a comprender la verdadera significacón psicológica del sueño, obteniendo, mediante la interpretación científica de éstos, un primer modo de acceso a la vida psíquica del individuo normal. Luego tuvo lugar el análisis psicológico de pequeñas distraccio­nes y actos frustrados de la vida diaria: «lapsus linguae» y «lapsus calami», olvidos inexplicables de nombres propios, equivocaciones pequeñas o grandes; tal análisis ha mostrado nuestra propensión a atribuir injustamente al azar la responsabilidad de estos fenómenos, cuando se hallan a menudo determinados por las tendencias latentes de nuestro Yo inconsciente.

El análisis psicológico del chiste y de lo cómico fue el primer paso hacia la apreciación de los determinantes inconscientes de los efectos estéticos.



El resultado sorprendente y casi general de todas estas inves­tigaciones fue la constatación de que el Yo inconsciente del hom­bre, adulto y completamente normal, contiene en estado recha­zado y latente todos los instintos primitivos humanos, si se quiere animales, en el mismo estado en que la adaptación cultural los había condenado al rechazo en la infancia. Y estos instintos no son inactivos; sólo esperan por así decir la ocasión de manifestarse rompiendo las barreras de la razón y de la moral. Cuando estas barreras son muy fuertes, se manifiestan en forma de chistes absurdos o maliciosos, o bien irritan nuestra conciencia superior refinada bajo la forma de actos frustrados. Si todo esto no basta, se exteriorizan con los síntomas de las enfermedades mentales.

Las tendencias en estado latente en el inconsciente se hallan al servicio de dos impulsos fundamentales: el egoísmo y la sexualidad. La experiencia analítica muestra que los impulsos del Yo soportan mejor el rechazo que los impulsos sexuales. Se ha descubierto que todas las neurosis y psicosis provienen del conflicto entre los impulsos sexuales y los intereses vitales del individuo, y que se constituyen durante el enfrentamiento entre los impulsos sexuales y los demás. Quien desee captar la vida psíquica en toda su verdad debe renunciar a las visiones románticas que hablan de la «inocencia» del alma infantil. El psiquismo del niño -en lo que le concierne al Yo- está caracterizado por la voluntad ilimitada de hacerse valer y la ausencia de consideración hacia el otro. También se ha descubierto que lo que se denominan «malas costumbres» del niño (podríamos citar la violencia y la crueldad salvajes y a menudo sanguinarias, pero susceptibles de alternar con la humildad, y los placeres relacionados con la defecación, la tendencia a introducir en la boca todos los objetos incluso los más «sucios» y el placer de tocarlos o sentirlos, la exhibición de la desnudez propia de esta edad y la cunosidad) a las que se añade desde la primera inlancia e incluso desde los primeros meses de vida la excitación mecánica de los órganos genitales, corresponden a manifestaciones precoces y verdaderamente perversas de la sexualidad, que no dejan paso a formas más adaptadas a las necesidades de la conservación de la especie, más que en el momento de la pubertad. Aclualmente podemos caracterizar al niño de la forma siguiente: desde el punto de vista de sus impulsos del Yo, de sus pasiones egoistas y anárquicas, es todavía «perverso». No podemos lamentarnos por ello, el error consiste en pretender que desde su nacimiento el hombre sea un ser deseoso de ponerse al servicio de objetivos sociales superiores, lo que nos inducirá a ignorar todo lo que sabemos acerca de los orígenes animales de la evolución humana (evolución que todo individuo debe repetir por su cuenta. según sabemos por Haeckel). Evidentemente es la educación la encargada de contener. amansar y domesticar estos impulsos asociales. Para llegar a ello. dispone de dos medios:el rechazo y la sublimación. El primero se esfuerza en paralizar completamente los impulsos primitivos, de impedir su manifestación por medio de la scveridad y la intimidación, y de rechazarlos de la conciencia. Por el contrano. la sublimación, que reconoce las preciosas fuentes de energía contenidas en estos impulsos, los orienta al servicio de objetivos que la sociedad admite. En el marco de la educación actual la descarga de los afectos en forma de celo religioso y de obediencia sumisa, la transformación de las tendencias sociales en pudor y en desagrado, son ejemplos de sublimación. Si existen dones y aptitudes nerviosas apropiadas (los órganos de los sentidos y la motricidad), los impulsos primitivos pueden orientarse hacia un terreno artístico (bellas artes, música. literatura. poesía). La curiosidad infantil puede evolucionar dirigiéndose a la investigación científica. los irnpulsos egoístas pueden expresarse de forma útil a la comunidad mediante las formaciones llamadas de compensación (por ejemplo, el mismo éxito social). De los dos rnedios de adaptación, e1 rechazo (incluso si no puede eliminarse por completo) es indiscutiblemente el que exige mayor esfuerzo. el que predispone a la enfermedad, el más dificil de soportar y encima el más costoso, porque inutilira energias preciosas. La educación debe descartarlo en la medida de lo posible. La pedagogía basada en las tesis del psicoanálisis recurrirá mientras pueda a la sublimación, quiere ello decir que, sin rigor ni opresión inútiles. por medio del amor y de las recompensas -a veces bastan las recompensas morales y la dulzura-. explotará los impulsos sociales (siguiendo las tendencias individuales). Más de un gran cirujano ha basado su actividad humanitaria en una crueldad infantil bien orientada que antes se manifestaba descuartizando animales. Muchas personas conocidas por su generosidad compensan de este modo mediante el amor la parte de bondad personal que se les escapa. La pedagogía del porvenir no confiará al azar el desarrollo de una -evolución que raramente es dichosa y que, con frecuencia. hace a los seres desgraciados e incapaces de una actividad plena; fundada en el conocimiento de los impulsos y de sus posibilidades de transformación, la pedagogia creará las condiciones favorables para un desarrollo acertado, orientando con eficacia la formación del carácter mediante una sabia diplomacia.

Este conocimiento profundo del psiquismo individual ha influido en nuestra concepción de la psicología colectiva. Freud y sus discípulos han tomado inicialmente los mitos como objeto de sus investigaciones y han descubierto que son la expresión simbólica de los impulsos rechazados de la humanidad, igual que los síntomas histéricos y los sueños de los individuos normales. El mito de Edipo, por ejemplo, cuya clave la constituyen las relaciones “incestuosas” entre personas de la misma sangre y el parricidio, y que se halla en la mitología religiosa de todos los pueblos, adquiere su verdadero sentido si advertimos la presencia latente de estas mismas tendencias en el hombre de hoy, aunque sean inconscientes y estén severamente condenadas, y por el hecho de que se trata de restos atávicos de un estado primitivo de la humanidad. El estudio de la psicología de los «salvajes» actuales ha permitido conocer el estadío primitivo de adaptación a la civilización, que récuerda vivamente el modo de funcionamiento del psiquismo infantil. La religión más primitiva, el totemísmo, donde el respeto supersticioso hacia un animal considerado como antepasado alterna con el sacrificio solemne y el descuartizamiento de ese mismo animal, ha hallado su explicación desde que el psicoanálisis ha descubierto numerosos rasgos característ:cos de sus modos de expresión en la relación entre padres e hijos, en particular el respeto temeroso donde el amor y la rebeldia coexisten de manera ambivalente, según la terminología que empleamos.

Ya antes de Freud el estudio comparado dc las religiones ha considerado el toemismo como el prototipo de todas las religiones existentes; en todas se ha hallado el principio fundamental del pecado original y de su castigo. Freud ha completado esto mostrando que el sentirniento de culpabilidad y el deseo de castigo son supervivencias atávicas de una vasta revolución que tuvo lugar en la prehistoria de la humanidad: la horda se habría sublevado contra esos seres más fuertes que se reservaban todas las ventajas materiales y sexuales, es decir, contra los “padres”. Numerosos datos de la historia de las civilizaciones y gran número dc ceremonias religiosas deponen a favor del hecho de que existió un tiempo en que la alianza de los hijos, la horda de los hermanos, despedazó con ferocidad bestial al tirano que contrariaba sus instintos, para adueñarse de sus bienes. Sin embargo, tras la eliminación del padre, cuando los hermanos, tras haber disfrutado los placeres, se hallaron unos frente a otros, cuando se hizo evidente la inutilidad de la sangre derramada, comenzaron a lamentar su acto y a añorar la justa autoridad paterna; restable cieron entonces el patriarcado con mayor rigor y bajo el efecto de la culpabilidad desarrollaron la noción de un padre desmesurado: dios. De este modo, bajo la capa de la «comunión» y del «pecado original», surgen hoy de nuevo las viejas tendencias aritropófagas, pero en forma sublimada.

Igual que el totemismo fue la primera religión, el tabú fue el primer código no escrito, y permanece todavía en vigor en algunas islas polinesias. El tabú confiere un carácter intocable a todo lo que se refiere la persona del rey, los parientes de la misma sangre, los bienes de otro, los niños y los muertos; la transgresión del tabú supone la pena de muerte para el culpable. Toda la tribu vela celosamente para que el tabú sea respetado. Serían muchos los que morirían de miedo si osaran levantar los ojos hacia el rey; y si quedaran con vida, se convertirían en temibles tabúes, que rehuíría toda la tribu, de manera que morirían de hambre. Se han propuesto muchas explicaciones para tratar de hallar los orígenes de esta forma tan primitiva del sentido de la ley, y sobre todo de las consecuencias particulares que entraña la violación del tabú. La explicación racionalista que pretende que esta organización fuera obra de los jefes tribales por interés personal, guiados por la lucidez y la prudencia. y que el disfraz supersticioso y místico que la envuelve tiene por objeto simplemente satisfacer la estupidez del pueblo, es insostenible, pues esquiva el problema psicológico de la institución del tabú, es decir: ¿córno se explica que el pueblo se someta, a pesar de su superioridad numérica, a la pretendida magia que emana de la persona de un solo hombre, jefe o rey? Para llegar a una concepción adecuada sobre el origen del sentido de la ley, debemos explicar el tabú, como hace Freud, mediante la introducción de la noción de pecado original tal como acabamos de describirla, y la legislación primitiva por la religión primitiva, derivando la primera de la segunda.

Existe una categoría de neurosis, la neurosis obsesiva, que se caracteriza por toda una serie de prohibiciones supersticiosas cuya violación supone la realización de actos propiciatorios obsesivos muy diversos. Los obsesos viven en el constante temor de perjudicar a su prójimo; para evitarlo, tratan ansiosamente de no tocar lo que haya podido estar en relación con un objeto que tenga que ver, aunque sea indirectamenie, con la persona a quien se refiere su angustia morbosa. Si, a pesar de todo, es inevitable el contacto con tal objeto, el neurótico obsesivo se ve obligado a lavarse durante horas enteras, a infligirse torturas y a sacrificar parte de su libertad y de su fortuna para recuperar su paz anímica. Freud ha descubierto mediante el análisis que estos enfermos alientan en su inconsciente cierta animosidad ligada a una tendencia a la crueldad precisamente contra esas personas superprotegidas y que su horror a los objetos en relación con ellas se debe a que bastaría una sola para despertar el feroz odio latente. El comportamiento del salvaje y del obseso nos permite comprender la indignación que se apodera del más evolucionado de los seres civilizados cuando constata cualquier violación del derecho. Indiscutiblemente el castigo legal no es sólo una institución práctica para defensa de la sociedad, o una medida que trata de enmendar al culpable y que se realiza a título de ejemplaridad, sino que satisface también nuestro deseo de venganza. Cuando tratamos de comprender, por analogía con el tabú, lo que provoca este deseo de venganza, constatamos que es nuestra rebeldía inconsciente ante el culpable que osa traducir en actos lo que existe en nosotros mismos en estado latente y que nos resulta tan difícil domirar; evitamos al culpable con horror, por el temor inconsciente a contagiarnos. Aunque esta explicación del sentimiento de culpabilidad y de la sumisión voluntaria al castigo sea generalmente aceptada, no puede dejar de actuar sobre el modo actual de determinación y de aplicación de las penas: todos los que hoy reflexionan están de acuerdo en admitir que el castigo no puede ser un medio de satisfacer las pasiones, sino una disposición legal para proleger la sociedad.

Pasando de este modo de la psicología abstracta al terreno práctico de la justicia represiva. no puedo resistir la tentación de aludir a una posibilidad quizá un tanto utópica: me refiero al tratamiento psicoanalítico de los criminales, en particular los reincidentes, cuya personalidad recuerda mucho a la de los obsesos antes descritos. El método actual, represivo, que consiste en privar de la libertad, tiene tan poca posibilidad de conseguir un resultado duradero como la sugestión en el tratamiento de las neurosis. Sólo el psicoanálisis puede contrapesar la influencia ejercida por el ambiente desde la infancia y conseguir el dominio de los instintos que hasta ahora se expresaban inconscientemente o de manera deformada, facilitando el acceso en profundidad a la personalidad y un mejor conocimiento propio; dicho de otra manera, sólo él puede realizar una reeducación radical. Pero aunque tengamos que renunciar a esta esperanza, es nuestro deber proseguir las investigaciones psicoanalíticas, aunque no sea más que para llegar a una visión realista de los factores psicológicos determinantes del crimen. Aunque no debe cambiar nada en el plano de las sanciones legales, desde el punto de vista de la psicología del criminal es indispensable reconsiderar las diferentes especies de crímenes sobre la base de la experiencia psicoanalítica. Los delitos cometidos por «negligencias» aparecerán muy a menudo ante el anáisis como el resultado de una moción inconsciente. Más a menudo de lo que se cree, el análisis descubrirá que la tendencia criminal al robo y al atentado contra la vida del otro son la expresión deformada de tendencias libidinosas. Sea de ello lo que fuere, el análisis cuantitativo y cualitativo de la influencia respectiva de la constitución y del medio hará aparecer claramente los verdaderos factores determinantes de los actos criminales. Dicho de otro modo: el determinismo penal -principio universalmente admitido- se aplicará de forma más convincente en los casos particulares si se apoya sobre el método psicoanalítico para dilucidar los factores determinantes de los procesos psíquicos.

«Principiis obsta -sero medicina paratur-»2. IEste principio no es sólo válido en medicina. El médico y el juez sólo tienen que realizar el trabajo de Sísifo de cuidar y de arreglar del mejor modo los males acaecidos; sólo de la evolución de las organizaciones sociales podemos esperar un verdadero progreso.

Si utilizando una analogía antigua, pero inevitable, que sin duda es más que una analogía, comparamos la sociedad a un organismo, podemos tanto en un caso como en otro clasificar las tendencias en egoístas y libidinosas. El “panem et circenses” agota hoy como en tiempo de los romanos todas las exigencias de la sociedad. La transformación, es decir, la mayor complejidad del “panis” y del “circus”, es puramente cualitativa. Para que pueda constituirse una sociedad, es preciso que el egoísmo y la libido de los individuos llegue a adaptarse mutuamente, lo que significa que el individuo debe renunciar a exteriorizar libremente todos sus instintos. Y efectivamente, renuncia a la satisfacción de una parte de sus instintos con la esperanza de que a cambio de este sacrificio la sociedad le ofrezca una compensación, al menos parcial. La evolución social podría describirse, en lenguaje psicoanalítico. como la victoria del principio de placer, y de esta forma sin duda se han desarrollado el estado y su ideal social a partir del anarquismo individual de la primera infancia absoluta de la humanidad.

Nuestros sociólogos y nuestros políticos tienden a menudo a olvidar que la renuncia al individualismo, el estado, no es un objetivo en sí, sino sólo un medio al servicio del individuo, que no merece por parte de éste más sacrificio que el estrictamente necesario. Dicho de otro modo: resulta estúpido e insensato quitar más libertad al individuo de la que exige el interés público. El ascetismo excesivo que caracteriza a los Estados fundados en la religión, igual que a los Estados social-demócratas, corresponde perfectamerite al proceso de rechazo cuyos nefastos efectos sobre el desarrollo individual normal acabo de exponer. El método de rechazo utilizado por la sociedad contribuye de manera importante a la producción de las enfermedades de la sociedad.

Si buscara al nivel de la sociedad analogías con las neurosis individuales, el fanatismo religioso correspondería a las ceremonias obsesivas morbosas de los individuos; el paroxismo de las guerras y de las revoluciones sería la descarga histérica de la tensión producida por los instintos primitivos acumulados; la epidemia a menudo fulminante engendrada por diferentes sistemas sofísticos elaborados por falsos sabios, podría llamarse la demencia precoz, la paranoia de la sociedad; el éxito demagógico de determinados tribunos populares sólo podría explicarse por un estado hipnótico del pueblo cuya conciencia estrecha está habituada a una sumisión infantil. El capitalismo, en uno de sus peores excesos, extrae indiscutiblemente su fuerza -además del egoísmo- del rechazo de ciertos impulsos eróticos parciales, fundamentalmente, según creo, de la obsesión exacerbada por la higiene.

Entre la anarquía y el comunismo, la primera predicando la satisfacción individual ilimitada y el segundo la ascesis social, existe ciertamente una forma lúcida de individualismo socialista que considera no sólo el interés de la sociedad sino también el bienestar individual y que, en lugar del rechazo social que es una fuente de explosiones, se ocuparía de valorar y sublimar la energía de los instintos salvajes, asegurando de este modo a la evolución un desarrollo más sosegado, más sano, sin paroxismos, sin revoluciones y sin reacciones.

Para abordar el tratamiento de los males sociales aún me falta aludir a la reforma de la pedagogía. El dirigente social más intransigente hará un esclavo de su hijo si se instala en su familia, en lugar de los principios proclamados, un autocratismo tiránico, habituando así a su entorno al respeto de la autoridad. En su relación con los hijos, el padre debe descender del trono inseguro de la sedicente infalibilidad, de la omnipotencia casi divina, en la que escapa a toda critica; no debe ocultar su carácter humano ni sus debilidades. Es cierto que peligra una parte de su autoridad, pero sólo aquella que antes o después perdería de todos modos, con gran decepción de sus hijos cuando reflexionaran por sí mismos, a menos que no se les hubiera inculcado la ceguera psicológica. Un hombre adulto y experimentado conserva suficiente autoridad aunque abandone tales exageraciones, para enseñar a su hijo el dominio lúcido de sus instintos; no hay que temer, por tanto, que la reducción de la autoridad paterna destruya el orden social.



Si en lugar de los dogmas impuestos por las autoridades, se permitiera expresar la facultad de juicio independiente presente en cada uno, pero en la actualidad bastante reprimida, el orden social seguiría existiendo. Aunque es cierto que surgiría un nuevo orden social que no estaría necesariamente centrado de forma exclusiva en los intereses de los poderosos

1 Texto tomado de una conferencia pronunciada ante la Asociación Nacional de Jueces y Abogados, el 29 de octubre de 1912.

2 “Oponte a los primeros síntomas y los remedios llegarán tarde”.



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