Vuelo nocturno



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Vuelo nocturno

ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY


http://hansi.libroz.com.ar/libros/libros.php


Traducción de J. Benavent

PLAZA & JANES EDITORES, S.A.


http://hansi.libroz.com.ar/libros/libros.php 1

PREFACIO 3

André Gide 5

I 7

II 10

III 12

V 18

VI 19

VII 23

VIII 25

IX 28

X 32

XII 37

XIII 40

XIV 43

XV 47

XVI 50

XVII 52

XVIII 53

XIX 54

XX 57

XXI 59

XXIII 62

Apéndice: 63


PREFACIO


Para las Compañías de navegación aérea, se trataba de vencer en rapidez a los otros medios de transporte. Rivière, admirable figura de jefe, lo explicará en este libro: «Para nosotros, es una cuestión de vida o muerte, puesto que perdemos, por la noche, el avance ganado, durante el día, sobre los ferrocarriles y navios.» Este servicio nocturno, muy criticado al principio, aceptado más adelante, y convertido luego en servicio prác­tico después del riesgo de las primeras experien­cias, era todavía, cuando se escribió este relato, sumamente arriesgado; al peligro impalpable de las rutas aéreas, cuajadas de sorpresas, se añade en este caso el pérfido misterio de la noche. Por muy grandes que sean todavía los riesgos, me apresuro a decir que van disminuyendo día a día, al facilitar y asegurar con cada nuevo viaje la ruta del siguiente. Mas para la aviación, como para la exploración de las tierras desconocidas, existe una primera época heroica, y, Vuelo noc­turno, que nos describe la trágica aventura de uno de esos exploradores del aire, adquiere con toda naturalidad un tono de epopeya.

Me gusta el primer libro de Saint-Exupéry, pero éste de ahora, mucho más aún. En Courrier Sud, a los recuerdos del aviador, consignados con una precisión sorprendente, se mezclaba una intriga sentimental que nos aproximaba al héroe: tan sus­ceptible de ternura, que lo sentíamos humano, vulnerable. El héroe de Vuelo nocturno, aunque no deshumanizado, se eleva a una virtud sobre­humana. Creo que lo que más me complace en este relato estremecedor es su nobleza. Las fla­quezas, los abandonos, las caídas de los hombres, las conocemos de sobra y la literatura de nuestros días es más que hábil en mostrarlos; pero esa su­peración de sí mismo que obtiene la voluntad en tensión, es lo que, sobre todo, necesitamos que se nos enseñe.

Más asombrosa aún que la figura del aviador me parece serlo la de Rivière, su jefe. Éste no obra, hace obrar; infunde su virtud a los pilotos, exige de ellos lo máximo y les obliga a la proeza. Su implacable decisión no tolera la flaqueza, y castiga el menor desfallecimiento. Su severidad puede parecer, al principio, inhumana, excesiva. Pero se aplica a las imperfecciones, de ningún modo al hombre, que él pretende forjar. En esa pintura, se percibe la admiración del autor. Le es­toy reconocido, sobre todo, por evidenciar esa verdad paradójica, que es, a mi parecer, de una importancia psicológica considerable, que el hombre no encuentra la felicidad en la libertad, sino en la aceptación de un deber. Cada uno de los personajes de este libro está total y ardientemen­te consagrado a lo que «debe» hacer, a esa tarea peligrosa en cuya ejecución tan sólo encontrará el descanso de la felicidad. Y se entrevé con pre­cisión que Rivière no es en modo alguno un in­sensible (nada más emocionante que el reapareci­do) y que necesita tanto valor para dar sus órde­nes como los pilotos para ejecutarlas.

«Para hacerse amar —dirá—, basta con com­padecer. Yo no compadezco nunca, o lo oculto... me sorprendo a veces de mi poder.» Y también: «Amad a los que mandáis, pero sin decírselo.»

Y es que también el sentimiento del deber do­mina a Rivière: «El oscuro sentimiento de un de­ber, más grande que el de amar.» Que el hombre no encuentre su finalidad en sí mismo, sino que se subordina y se sacrifica a algo de lo que vive y que le domina. Me agrada encontrar de nuevo aquí ese «oscuro sentimiento» que hacía exclamar paradójicamente a mi Prometeo: «No amo al hombre, sino lo que le decora.» Es ésta la fuente de todo heroísmo: como si algo sobrepasase, en valor, a la vida humana... Pero, ¿qué? Y aún: «Tal vez existe alguna otra cosa, más duradera, que salvar; tal vez haya que salvar esa parte del hombre, que Rivière trabaja.» No nos cabe la me­nor duda.

En un tiempo en que la noción de heroísmo tiende a desertar del Ejército, puesto que las vir­tudes viriles corren el riesgo de permanecer ocio­sas en las guerras de mañana, cuyo futuro horror los químicos nos invitan a presentir, ¿no es en la aviación donde vemos desarrollarse más admira­blemente y más útilmente el valor? Lo que sería una temeridad, deja de serlo en un servicio man­dado. El piloto, que arriesga su vida sin cesar, tiene cierto derecho a sonreír ante la idea que de ordinario nos forjamos del «valor». Saint-Exu-péry me permitirá citar una carta suya, antigua ya; pertenece al tiempo en que hacía el servicio Casablanca-Dakar, por encima de la Mauritania:

«No sé cuándo volveré; ¡tengo tanto trabajo desde hace algunos meses!: búsquedas de compa­ñeros perdidos; reparaciones de aviones caídos en territorios disidentes, y algunos correos a Dakar.

»Acabo de realizar una pequeña hazaña: he pa­sado dos días y dos noches con once moros y un mecánico, para salvar un avión. Tuvimos diver­sas y graves alarmas. Por primera vez, he oído silbar las balas sobre mi cabeza. Conozco, por fin, lo que soy en esas circunstancias: mucho más sereno que los moros. Pero he comprendido, al mismo tiempo, lo que siempre me había sorpren­dido: por qué Platón (¿o Aristóteles?) sitúa al va­lor en la última categoría de las virtudes. Es que no está formado por muy hermosos sentimientos: algo de rabia, algo de vanidad, mucha testarudez y un vulgar placer deportivo. Sobre todo, la exal­tación de la propia fuerza física que, no obstan­te, no le atañe en nada. Cruzamos los brazos so­bre la camisa desabrochada, y respiramos fuerte. Es más bien agradable. Cuando esto se produce durante la noche, se le mezcla el sentimiento de haber hecho una inmensa tontería. Jamás volveré a admirar a un hombre que sólo sea valeroso.» Como epígrafe, podría añadir a esa cita un apo­tegma extraído del libro de Quinton (que aún hoy, ando muy lejos de aprobar):

«Se oculta la propia valentía, como se oculta el amor»; o, mejor aún: «Los valientes ocultan sus hazañas como la gente de buen corazón sus limosnas. Las disfrazan o se excusan de ellas.» Todo lo que Saint-Exupéry explica, lo cuenta «con conocimiento de causa». El haber arrostra­do frecuentemente el peligro, confiere a su libro un sabor auténtico e inimitable. Poseemos nume­rosos relatos de guerra o de aventuras imagina­rias donde el autor a veces hace gala de un flexi­ble talento, pero que provocan la sonrisa de los verdaderos aventureros o combatientes que los leen. Este relato, cuyo valor literario admiro tan­to, tiene, por otra parte, el valor de un documen­to; y esas dos cualidades, tan inesperadamente unidas, dan a Vuelo nocturno su excepcional importancia.





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