Vivir en pobreza, castidad y obediencia como posibilidad de vivir en “mayor libertad”



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Provincia del Inmaculado Corazón de María

Encuentro de Superioras y Consejo Provincial

TONI CATALÁ, S.J.

Valencia, 29 de Octubre 2005


VIVIR EN POBREZA, CASTIDAD Y OBEDIENCIA

COMO POSIBILIDAD DE VIVIR EN “MAYOR LIBERTAD”

Nos dice J. B. Metz “porque en efecto, cuando con los votos no se arriesga nada, sino que sólo se evita algo, adquieren fácilmente rasgos masoquistas”.1 Los votos expresan en concreto nuestro modo de seguir al Señor en vida apostólica. El reto hoy es arriesgar para adquirir mayor libertad. Cuando los votos se viven desde el “status confessionis” y no desde el “status perfectionis” y se viven ante el Padre de Nuestro Señor Jesucristo y no ante un “dios amo” dejan de ser un “ideal” para ser nuestra herida realidad personal en el Seguimiento del crucificado.

Los votos nos hieren y nos duelen y esto no podemos ocultarlo y esto no es masoquismo porque esta herida nos lleva a sanar: porque vivimos la herida en nuestra tendencia a la posesión podemos sanar a los esclavizados por el dios dinero, porque estamos heridos en nuestra tendencia a la exclusividad en la ternura y en el cariño podemos crear espacios más amplios de ternura y de consuelo, porque estamos heridos en nuestra tendencia a dictar nuestra propia vida nos abrimos disponiblemente a otras posibilidades de vida por causa de la Buena Noticia. Las heridas si curan bien quedan en el cuerpo como recordatorios. Sólo cuando nuestro yo prepotente se siente herido puede empezar la historia de Seguimiento.

El hablar de “nuestra herida realidad personal y comunitaria” supone el plantearnos qué percepción antropológica tenemos, qué percepción de ser hombre y mujer tenemos más allá de nuestras formulaciones “idealistas”, “líricas”, “seudo-utópicas” y en el fondo profundamente “liberales” en el sentido teológico del término. Los votos sólo van a tener sentido, como hemos visto, desde el Crucificado, desde el Excluido con los excluidos. Si la Cruz como expresión ultima y radical del desvivirse de Jesús por las criaturas más amenazadas nos es el referente de los votos estos se convierten en un viaje a ninguna parte, o mejor dicho un viaje a la frustración, insatisfacción y al sinsentido. Vida de votos y abnegación es un todo. Por aquello que hemos visto que la Espiritualidad es un todo orgánico, vuelvo a la tradición Ignaciana para percibir como la abnegación es irrenunciable, aunque la palabra esté en muchos ambientes en el baúl de los recuerdos junto con elementos que bien guardados están, pero es que todo no es para guardar.

Esta vocación en pobreza, castidad y obediencia particular “a todo lo que nuestro Santo padre que hoy es y los que por tiempo fueren Pontífices romanos nos mandaren por el provecho de las almas y acrecentamiento de la fe” (FI, 4) supone “abnegación de nuestras voluntades”. La misión supone abnegación para ser “mas seguramente encaminados por el Espíritu Santo”.

El ser guiados por el Espíritu supone abnegación que consiste en “aborrecer todo y no en parte, cuanto el mundo ama y abraza”. Supone la confrontación con este mundo configurado por la soberbia, la riqueza y la banalidad, esta es la dimensión de prueba que hemos visto. Este punto es fundamental en la experiencia de Ignacio (dos banderas, binarios, grados de humildad). Sin abnegación no es posible el Seguimiento del Cristo pobre y humilde, y por tanto no es posible el fin de la espiritualidad que surge de los Ejercicios. Abnegación no será, ni principal ni fundamentalmente, un ejercicio de ascesis que autoafirme el yo (Ignacio no quiere imponer penitencias por regla) sino que abnegación es dar la vida con Cristo nuestro Señor. Ignacio no quiere hombres “orantes”, como hemos visto, sino hombres abnegados. La famosa regla 11 sigue siendo referencia básica e ineludible para crecer en libertad evangélica. El ser guiados por el Espíritu supone abnegación que consiste en "aborrecer todo y no en parte, quanto el mundo ama y abraza". Supone la confrontación con este mundo configurado por la soberbia, la riqueza y la banalidad. Este punto es fundamental en la experiencia de Ignacio (dos banderas, binarios, grados de humildad). Sin abnegación no es posible el seguimiento del Cristo pobre y humilde y por tanto no es posible el fin de la Compañía. Abnegación no será, ni principal ni fundamentalmente, un ejercicio de ascesis que autoafirme el yo (Ignacio no quiere imponer penitencias por regla) sino que abnegación es dar la vida con Cristo nuestro Señor. Ignacio no quiere hombres "orantes" sino hombres abnegados:


“44. Asimismo es mucho de advertir a los que se examinan (encareciendo y ponderándolo delante de nuestro Criador y Señor), en cuanto grado ayuda y aprovecha en la vida espiritual, aborrecer, en todo y no en parte, cuanto el mundo ama y abraza; y admitir y desear con todas las fuerzas posibles cuanto Cristo nuestro Señor ha amado y abrazado. Como los mundanos que siguen al mundo, aman y buscan con tanta diligencia honores, fama y estimación de mucho nombre en la tierra, como el mundo les enseña; así los que van en espíritu y siguen de veras a Cristo nuestro Señor, aman y desean intensamente lo contrario; es a saber, vestirse de la misma vestidura y librea de su Señor por su debido amor y reverencia; tanto que, donde a la su divina Majestad no le fuese ofensa alguna, ni al próximo imputado a pecado, desean pasar injurias, falsos testimonios, afrentas, y ser tenidos y estimados por locos (no dando ellos ocasión alguna de ello), por desear parecer e imitar en alguna manera a nuestro Criador y Señor Jesucristo, vistiéndose de su misma vestidura y librea; pues la vistió el por nuestro mayor provecho espiritual, dándonos ejemplo que en todas las cosas a nosotros posibles, mediante su divina gracia, le queramos imitar y seguir, como sea la vía que lleva a los hombres a la vida. Por tanto, sea interrogado si se halla en los tales deseos tanto saludables y fructíferos para la perfección de su ánima”. (Examen. 101)2
S. Ignacio pide al que se examina para entrar en la Compañía "admitir y desear" seguir al Señor en confrontación con los valores de un mundo configurado por el honor, la fama y la estimación, para vestirse de la misma "vestidura y librea" de Cristo: La vestidura de la pobreza, la humildad y la Misericordia. Esto supone mortificación y abnegación, es decir, des-vivirse con Cristo nuestro Señor para poder "ayudar a las almas" desde la libertad del Evangelio.

S. Ignacio sabe que "llevar el peso de esta vocación" (FI 4) sólo se puede hacer con el favor y ayuda del Espíritu. Pare ello necesita personas que sean capaces de abnegarse (de des-vivirse), "de estar de día y de noche aparejados para cumplir con su obligación" (FI 4). Ignacio no quiere sólo bondad y sabiduría. Ignacio no pretende tener gente “buena” y “docta” sino abnegada. Para “ayudar a las almas” con Cristo Crucificado, predicando y sirviendo desde la Gratuidad y la libertad del Evangelio la abnegación es indispensable:

“Tenemos que reconocer que palabras como penitencia, mortificación, abnegación son palabras que en nuestra cultura son feas y de un auténtico mal gusto pero es necesario volver sobre ellas. Sólo podemos volver sobre ellas si lo hacemos acompañados por Jesús de Nazaret el des-vivido por las criaturas más amenazadas. El intérprete de estas palabras sólo puede ser Jesús y su Buena Noticia si las interpretamos nosotros convertimos el Evangelio en mala noticia. La interpretación es la misma vida de Jesús. Desde lo acontecido en Jesús abnegarse es des-centrase para que las criaturas tengan vida. La mortificación de Jesús fue un morir a un mesianismo centrado en él (tentaciones) para vivir para los perdidos de la casa de Israel... La abnegación como auto conocimiento y como autodominio es santo y bueno, y habrá que hacerlo, pero sin olvidar que ‘eso también lo hacen los paganos”.3

El Seguimiento del Cristo pobre y humilde pide la totalidad de la persona. Persona que “seducida” (“elegida y recibida”) por la Misericordia siente pasión por el Crucificado y los crucificados. Esta pasión le lleva a des-vivirse (abnegación) para “ayudar a las almas” desde la Libertad que da el Espíritu, la Gratuidad del Padre y la pobreza y humildad del Crucificado.

Es urgente releer los votos, y esto es tarea de todos y todas y no sólo de teólogos y teólogas, desde el descentramiento, desde la abnegación y mortificación. Es urgente pasar del “ego-centrismo” y del “comunitari-centrismo” al “ptojo-centrismo”, pasar a que los pobres (ptojoi) de Jesucristo sean el referente normativo de nuestra vida religiosa. En este momento no se trata de lo que muchas veces más angustia a muchos y muchas, y ante estas angustias nos defendemos ideológicamente, que todos y todas tengamos que estar en la misma misión con ellos, de los que trata es de tener todos y todas el mismo referente común que no es ideológico sino radicalmente teológico.

No podemos seguir por más tiempo justificando los votos por su aparente funcionalidad: castidad igual a más solidaridad, puede ser que si puede ser que no; pobreza igual a más compromiso con los pobres y libertad ante los bienes y medios, puede ser que si puede ser que no; obediencia igual a más disponibilidad, puede ser que si puede ser que no... No hay mayor mentira que una media verdad. Los votos tienen que dejar de ser un “status” al que a priori le seguimos dando más valor, esto sigue pasando hoy, valor no basado en la perfección pero basado en el compromiso cristiano o en la solidaridad; qué más dan las palabras, qué más da el “color de la servilleta” si la “estructura del servilletero” sigue siendo la misma.

Los votos no se justifican desde la racionalidad instrumental: ¿para qué sirven? ¡No sirven para nada! Si que “sirven” en el sentido en que hacen de nuestra vida servicio para aliviar el sufrimiento de Dios en el mundo, porque nos reconcilian ante el “Cristo puesto en Cruz” con nosotros mismos. Los votos “sirven” en la medida que nos devuelven a nuestro lugar de criaturas.

Sólo desde la reconciliación experimentada ante la Cruz, volvemos al mundo con ojos limpios y como “cauces de misericordia” en bella y honda expresión de González Faus. La vida se convierta en cauce de misericordia (servicio) cuando los votos no nos “justifican” sino que en la justificación del Crucificado, precisamente porque nos encontramos existencialmente redimidos, podemos generar vida a nuestro alrededor.

Nuestra vida cotidiana y estilos de vida, muchas veces, falsan de hecho las afirmaciones funcionales, utópicas y en el fondo maximalistas. En los actuales estilos de vida religiosa no es verdad que los votos, por el hecho de profesarlos públicamente nos hagan mágicamente más solidarios, disponibles, comprometidos... Esto es pensamiento mágico.

En muchos contextos sigue introyectado, a pesar de las formulaciones que hacemos en sentido contrario, que somos de “otra pasta”, y que en el fondo, nosotros/as somos los que “más” hemos dado al Reino. En la vida cotidiana esto es evidente, es impresionante la cantidad de juicios hechos desde la falsa conciencia sobre “el otro”, podemos afirmar, por ejemplo, el papel del seglar y estar en un continuo reproche porque, en el fondo, no dedica las mismas horas que nosotros que estamos todo el día..., nosotros no somos una familia y por lo tanto nuestro modo económico de estar en la vida es otro y desde este modo juzgamos al seglar que exige más sueldo...

Normalmente se confunde el ideal con la situación de hecho. Se sigue escribiendo sobre el “ideal” y el “deber ser” de la VRA. En tantos años dando ejercicios me atrevo a afirmar que en el 80% de las entrevistas “el tema” ha sido la frustración y el desgaste comunitario ¿qué pasa? : nos medimos desde el deber ser y no desde lo que somos. O los votos tienen sentido en sí mismos como un modo de “estar en la vida” o no sirven para casi nada. Urge, por lo tanto, el redescubrir la dimensión existencial y carismática que los votos tienen en sí mismos para no andar compulsivamente buscando el sentido de ellos en la función. Sólo la misión no “justifica” los votos.

La misión de Cristo es una y en ella se participa desde la diversidad de carismas, es evidente que aunque los procesos de discernimiento son lentos hoy en la Iglesia estamos asistiendo a diversos modos carismáticos de servir la misión de Cristo. No se trata ya de clérigo, religioso/a, laico/a. La pluralidad es evidente y desde la VRA estamos alentando otros “modos de estar” en el mundo como seguidores de Jesús (para participar plenamente de la misión de la Compañía de Jesús en la educación no hacen falta votos, para ser solidarios y arriesgar la vida en contextos de tercer mundo y periferia no hacen falta votos...).

Es evidente que “justificar” lo votos únicamente en la misión no nos lleva a ningún parte, y lo que es más, sí que nos puede llevar a regresiones elitistas solapadas. Regresión porque en la medida que “avanzamos” en las formulación sobre lo que debe ser la VRA en la vida cotidiana podemos seguir en anclados/as de hecho en un estilo de vida “perfecto”. Si sólo la misión justificara los votos seguiríamos siendo, de hecho y a pesar de que en las formulaciones lo neguemos, un cuerpo de élite como si otros carismas no participaran en plenitud de la misión de Cristo. Los votos son un modo de vivir y compartir la misión de Jesús de Nazaret el Cristo. Se trata de un modo de “mística”.






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