Vivir en el paro



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En coherencia con ello, el repertorio de derechas frente al paro incluye medidas como reducción de la carga fiscal que soportan las empresas, de las trabas burocráticas que dificultan el nacimiento de nuevas vocaciones empresariales; ayudas a los autónomos y pequeños empresarios; inversión pública en infraestructuras que mejore la competitividad de las empresas; limitación del poder sindical y aumento de la empleabilidad de los parados mediante políticas de formación y endurecimiento de las condiciones de acceso y disfrute de las prestaciones.

Veamos ahora dónde se encuentran los entrevistados (vaya por delante que no se advierten indicios claros de radicalización).

Sólo las respuestas a dos preguntas admiten una lectura aparentemente inequívoca: si suele votar, más en concreto si lo hizo en las últimas elecciones (noviembre de 2011), y la ubicación en la escala 1 (extrema izquierda) a 10 (extrema derecha). La interpretación de las demás requiere un análisis cuidadoso de los discursos que todavía no se ha podido hacer. Sólo doce no votaron frente a setenta que sí lo hicieron; lo que significa un nivel de participación bastante superior al del cuerpo electoral en su conjunto. La verdad es que suponíamos que el alejamiento respecto a la política que reflejan todas las encuestas de un tiempo a esta parte se traduciría en una mayor abstención de castigo por parte de los parados. En el eje izquierda/derecha se ubicaron 83, siendo 3 la respuesta más frecuente (23) y la puntuación mediana. En posiciones claramente de derechas (de 7 a 10) sólo se ubicaron cuatro. En cambio, en posiciones de izquierda radical (1 o 2) se situaron 18; lo que a nuestro entender refleja rabia y frustración más que otra cosa. Así pues, los entrevistados (puntuación media 3,39) se sitúan claramente más a la izquierda que la población española en su conjunto, sólo ligeramente escorada hacia la izquierda.

El bloque comenzaba interesándose por la opinión sobre el sistema político español actual. Tras las primeras entrevistas decidimos plantear la cuestión de forma más directa y provocativa: “Si yo digo democracia, ¿qué es lo primero que le viene a la cabeza?”. Pretendíamos así encontrar indicios de orientaciones favorables o desfavorables hacia la democracia. Las respuestas correspondientes han sido codificadas en 43 casos como favorablemente orientadas y en 20 como desfavorables, mientras que en 25 no se ha considerado prudente codificar.

Lo primero que provocan las declaraciones al respecto en quien las escucha es perplejidad. Por una parte, hay pocos exabruptos; por otra abundan las definiciones de democracia en términos tan idealizados que difícilmente puede darse en la realidad: “igualdad”, “una cosa muy bonita”, “si hubiera democracia de verdad todo esto no pasaría”. Tampoco faltan los pronunciamientos surrealistas: “votamos cada cuatro años, pero luego ellos hacen lo que quieren, por tanto no hay democracia”, “todo se debería decidir por referendum”, “con mayoría absoluta no hay democracia porque quien la tiene impone su voluntad”, con mayoría relativa no hay democracia porque un partido pequeño decide por todos”. Pero también se han oído discursos bien estructurados, así como declaraciones del tipo “yo no entiendo de política”, “no me gusta la política, no me interesa, no me incumbe”. Todo lo cual parece sugerir, más que actitudes favorables u hostiles, un nivel de cultura política muy bajo, quizá similar al de los ocupados.

La democracia es, cuando menos, un procedimiento que hace posible arrebatar pacíficamente el poder político a quien lo detenta; y en el mejor de los casos un instrumento que permite a la gente corriente limitar el poder de las elites. Si muchos ciudadanos no tienen claro esto, quiere decir que la sociedad no ha sabido socializarlos políticamente. Ahora bien, si otros tantos ciudadanos, con mayor o menor capacidad comunicativa, lo que pretenden transmitir es la percepción de que da lo mismo quien mande y que los canales de participación en la cosa pública son ineficaces, entonces quiere decir que la democracia tiene un problema grave. En todo caso, dado que la participación electoral es alta, cabría entender que lo que hay es, antes que otra cosa, una gran decepción con la forma en que funciona efectivamente la democracia en España. Esto se refleja claramente en la opinión respecto a los partidos políticos (61 negativa frente a 15 positiva), una opinión por lo demás concordante con la que registran los sondeos al conjunto de la población durante los últimos tiempos.

“Tradicionalmente se distingue entre partidos de derechas y de izquierdas, ¿le dice algo esta división, sigue siendo válida?” 49 consideran que sí, 32 que no. Sospechamos que la mayoría de los parados se han servido de este criterio para intentar distinguir entre los dos partidos mayoritarios. Algunos señalan que izquierda y derecha son utilizados por estos partidos como reclamos electorales pero que en realidad no tienen significado para ellos. Otros apuntan que entre los partidos minoritarios las cosas son de otra manera, pero que como no pueden ganar las elecciones da igual cómo se definan. Quienes no discriminan, a veces matizan: “no es lo mismo estar en el poder que en la oposición, pero una vez ganadas las elecciones todos van a lo suyo”. Dicho de otra manera, más que la ideología, lo que les distingue es si están en el poder o en la oposición, porque sus discursos en uno u otro caso son intercambiables. Quienes sí discriminan razonan muchas veces en los términos siguientes: “hombre, no es exactamente lo mismo; en temas relacionados con la religión, homosexualidad aborto... hay diferencias claras, pero en todo lo demás, en particular en lo que hace a la gestión de la economía, cada vez es más difícil distinguir entre unos y otros”.

En coherencia con todo ello, 27 consideran que no hay ningún partido más preocupado que los demás por los parados y la gente que lo está pasando mal, mientras que 54 opinan lo contrario, atribuyendo en todos los casos la mayor preocupación a los partidos de izquierdas. En este sentido parece que sigue vigente la percepción popular según la cual los partidos de izquierdas miran más por el trabajador y los de derechas (más competentes en temas económicos) por las empresas. Algunos se resisten a incluir al PSOE en la izquierda y afirman que en este caso la preocupación no se le nota demasiado.

Cuando se pregunta qué se podría hacer para acabar con el paro el desconcierto es general. Abundan las respuestas del tipo: “si yo lo supiera...”, “desde luego los políticos no saben de esto”, “es algo muy complicado que sólo lo saben los expertos”. En resumen, el paro es un problema más técnico que político cuya solución hay que dejarla en manos de profesionales. Las medidas concretas que algunos proponen suelen ir en el sentido de subvencionar a la pequeña empresa para que pueda contratar o ayudar a los parados para que puedan establecerse por su cuenta. A falta de una lectura más pausada de las transcripciones, dada la adscripción mayoritaria de los entrevistados, de momento sorprende que sólo en contadas ocasiones se aluda a recetas típicas de izquierdas.

A continuación se pregunta si los mismos parados podrían hacer algo. En este caso nuestra pretensión es detectar si el entrevistado se ha planteado la posibilidad de integrarse en un movimiento social que politice el problema o al menos le dé más visibilidad con la esperanza de que le hagan más caso. De nuevo es necesario un análisis a fondo de los discursos. Mientras tanto, la codificación de las respuestas se presta a dos tipos de interpretaciones. Por una parte, la mayoría (51) apunta hacia estrategias de tipo individual (formarse, buscar mejor, emigrar); por otra, 31 menciones a una estrategia colectiva tampoco es una cantidad despreciable. El problema es que bajo esta rúbrica se esconden cosas heterogéneas. Por ejemplo, algunos parados están o han estado organizados a nivel municipal al objeto de conseguir recursos (formativos, financieros) que les permitan establecerse en régimen de cooperativa, o que las empresas locales contraten a los miembros de la plataforma. Otros afirman que ya va siendo hora de que “alguien monte una gorda”, pero la verdad es que no se les ve muy dispuestos a llevar la iniciativa. En fin, que hace falta una reflexión más profunda sobre el tema.

El bloque político concluye planteando otras dos cuestiones la posición ante las cuales se supone que está fuertemente mediada por la adscripción ideológica. La primera se interesa por la valoración de la inmigración, la segunda por los impuestos. La lectura somera de las respuestas vuelve a sugerir dos interpretaciones contrapuestas. En relación a la inmigración hay 53 orientaciones positivas y 22 negativas. Al discriminar por nivel de estudios, en todos ellos domina claramente la mirada positiva salvo en el más bajo (menos de ESO o equivalente), donde encontramos cinco positivos y cuatro negativos. Parece lógico, ya que es aquí donde la competencia entre inmigrantes y autóctonos es más dura. Sin embargo, no perdamos de vista que la minoría de negativamente orientados está presente en todos los niveles (en el superior hay 25 positivos frente a 11 negativos). En general no puede equipararse lo que llamamos “mirada u orientación negativa” con algo parecido a la xenofobia. Lo que se viene a expresar es que, si bien el inmigrante tiene derecho a buscarse la vida donde considere oportuno, en las circunstancias actuales su presencia contribuye a agravar la situación. Sea como fuere, todo indica que nos encontramos ante un conflicto potencial en espera de que alguien considere que ha llegado la hora de explotarlo. De momento parece que el PP no se atreve a jugar con fuego y se mantiene en la ambigüedad; el PSOE, por su parte, a veces transmite la impresión de que la posibilidad de perder votos por este flanco le preocupa. Recuérdense las advertencias de aquel ministro de Trabajo a propósito de que el último que llega a la comunidad de vecinos no puede imponer su punto de vista a los demás.

En cuanto a los impuestos, lo encontrado no puede sorprender a nadie. Es un indicio más de la escasa conciencia fiscal existente entre los españoles. No obstante es muy significativo que en un colectivo donde sólo 27 están cobrando prestación contributiva, 36 consideren que para la economía española y la sociedad en su conjunto sería perjudicial pagar más impuestos, frente a 30 que opinan lo contrario. Es un dato indiscutible que en España la presión fiscal es mucho más baja que la media europea, y por tanto que disponemos de un amplio margen de maniobra para aumentar los ingresos del Estado y el gasto social. Sin embargo la opinión pública no lo ve así, y la mayoría de nuestros parados tampoco; lo que a nuestro entender ante todo pone en evidencia la debilidad de la posición del PSOE y de la socialdemocracia europea en general en este dominio. Desde que Thatcher consiguiera desplazar el centro político hacia la derecha, el PSOE no ha hecho más que recular hasta acabar sosteniendo, durante su última etapa de gobierno, que bajar los impuestos era de izquierdas y que aumentar la progresividad fiscal apenas repercutiría sobre el ingreso público. En tales circunstancias, ¿qué otra cosa podíamos encontrar entre los parados? En el mejor de los casos mucha confusión y contradicciones. Un indicador de ello es que entre los que hemos definido como desfavorablemente orientados hacia la democracia 15 fueron a votar, mientras que entre los favorablemente orientados 5 no lo hicieron.

Todo intento de adentrarse en el intrincado mundo de la ideología del parado debe hacerse sin perder de vista dos datos contextuales contundentes: 1) Estamos viviendo una situación excepcional de grave descrédito de todas las instituciones políticas típicas de la democracia representativa que cada vez recuerda más la de los años treinta. 2) Frente a una derecha sólidamente asentada en sus posiciones, la izquierda se halla sumida en el desconcierto. En consecuencia, no puede darse por descontado que entre parados y ocupados haya diferencias significativas en el plano ideológico.
5. EL PARADO Y EL SINDICATO
Intentemos definir teóricamente las distintas percepciones que un parado puede tener de los sindicatos. Una institución que: 1) Sólo sirve para defender los intereses de quienes tienen un puesto de trabajo. 2) Debe y quiere defender también los intereses de los parados, pero: a) no sabe cómo hacerlo, son unos incompetentes; b) son débiles, porque ni los trabajadores ni los parados les apoyamos lo suficiente. 3) Hace tiempo que dejaron de ser de los nuestros, viven de las subvenciones públicas y ahora defienden sus propios intereses. 4) Yo no sé lo que es un sindicato ni para qué sirve, en todo caso no tiene nada que ver conmigo. Es de suponer que esa percepción debe guardar alguna relación con la experiencia acumulada al respecto por el parado a lo largo de su vida laboral. Veamos cuál ha sido.

De entrada, 43 afirman que al menos en uno de los centros en que trabajaron había delegado o estaba constituido formalmente el comité de empresa; 37 dicen que no lo había, lo que tiene mucho que ver con el tamaño del establecimiento. Y también 37 (no necesariamente los mismos) dicen haber conocido a lo largo de su vida laboral alguna situación conflictiva dentro de la empresa, frente a 43 que afirman lo contrario. Este dato no puede dejar de llamarnos la atención; o la mayoría de los parados han idealizado su situación como ocupados (trampas de la memoria) o bien han tenido mucha suerte en las empresas donde trabajaron. Sólo 24 han participado alguna vez en huelgas u otro tipo de protesta colectiva; y con cierta frecuencia por motivos no relacionados con problemas concretos de la empresa o el sector sino con cuestiones más amplias (convocatorias de huelga general, asistencia a manifestaciones abiertas a toda la ciudadanía), con lo que de nuevo da la impresión de que los centros donde trabajaron funcionaban como una balsa de aceite.

Es interesante la diversidad de posiciones ante una huelga general que reflejan los testimonios de algunos entrevistados. Entre los que en ese momento estaban ocupados hay quien no la hace porque considera que no sirve para nada o sencillamente porque no va con su manera de pensar; quien comparte esa posición pero pide permiso para faltar aduciendo miedo a los piquetes; quien reivindica su derecho a trabajar precisamente el día de la huelga o afirma que a él nadie tiene que decirle cuándo debe o no debe ir a trabajar; quien ha querido hacerla por convicción íntima pero ha ido a trabajar por miedo a futuras consecuencias o porque ha sido objeto de amenazas explícitas por parte de la empresa (en particular si su contrato es temporal); quien comulga con el anterior pero, quizá más hábil, convence a la empresa de que más vale cerrar para no tener problemas con los piquetes. Y hay empresas en las que por uno u otro motivo se acuerda sumarse a la huelga a cambio de recuperar la jornada el sábado siguiente. Los que ya estaban en paro, lógicamente no podían ponerse en huelga, pero sí participar en las manifestaciones correspondientes. En general no es el caso; y para justificar su inhibición (aun reconociendo a veces que debían haber ido) suelen apelar a la desesperanza o a la comodidad.

Treinta y dos han recurrido alguna vez a un sindicato, en la mayoría de los casos en relación con los acontecimientos que desembocaron en la pérdida del empleo y más en concreto para que les ayudaran a “arreglar los papeles del paro”. De ellos, 24 quedaron satisfechos de cómo fueron tratados, y 8 defraudados. Independientemente de esto, 45 valoran positivamente la acción genérica de los sindicatos en materia de defensa de los intereses de los trabajadores, frente a 31 que la valoran en términos negativos. Al analizar el sentido de la valoración en función de la existencia de delegado o comité en la empresa donde trabajaban, no se aprecian cambios significativos, lo que sugiere que tiene más que ver con la orientación ideológica que con la experiencia directa. El hecho de que sean más los que consideran que los sindicatos lo hacen bien que los que han recurrido a ellos apunta en la misma dirección.

La mayoría (51) no han estado nunca afiliados; y sólo 20 piensan que tal vez en el futuro podrían hacerlo, frente a 32 que no lo creen (no parece que la edad influya en esta percepción). Doce continúan afiliados en el momento de la entrevista, lo que sugiere un alto grado de implicación militante, y 22 no lo están pero han estado. La pérdida del empleo suele ser el momento de darse de baja, bien para ahorrarse la cuota, bien porque se considera que una vez en paro el sindicato ya no puede hacer nada por uno. En este contexto, exploremos finalmente cómo es percibido el sindicato.

Domina la sensación de que los sindicatos se ocupan poco de los parados (44 respuestas, a las que hay que añadir los 7 que dicen que nada). Sólo doce dicen que bastante y cinco que mucho. Ahora bien, cuando se pregunta qué podrían o deberían hacer aparece de nuevo el desconcierto. Muchos dicen no saberlo, y algunos hacen propuestas sorprendentes: que el Gobierno les dé dinero para que creen empleos, que funcionen también como agencias de colocación o que impartan formación (lo que significa que no se han enterado de que hace años que lo están haciendo, siendo precisamente la formación una de las actividades sindicales mejor valoradas por otros entrevistados).

Como se sabe, el análisis ortodoxo confiere particular relevancia a las normas que regulan el mercado de trabajo como causa del paro, insistiendo en la necesidad de reformarlo para hacerlo más flexible; y sugiere que el empecinamiento sindical en la defensa a ultranza de las garantías de los ocupados, en particular de los estables, contribuye a dividirlos entre insiders y outsiders, y hace un flaco favor a los parados. Sólo 24 entrevistados captaron inmediatamente el eufemismo que se esconde tras la fórmula “reforma laboral”; negaron que fuera un tema importante en relación con el problema del paro y en ningún momento se les ocurrió considerar las exigencias de los ocupados estables como parte de su problema: “al final querrán que trabajemos gratis”. Por el contrario, 48 entienden que el mercado de trabajo requiere cambios en profundidad. Ahora bien, estas respuestas no pueden interpretarse en sentido ortodoxo, desde luego no en el de compartir la visión de ocupados y parados como colectivos con intereses contrapuestos. En general denotan desorientación y aun desconocimiento absoluto del tema, lo que no deja de ser relevante. La argumentación suele ser: dado lo mal que está todo, así no podemos seguir, por tanto hay que reformarlo todo, el mercado de trabajo también; a partir de lo cual se comienza a hablar, por ejemplo, del fraude fiscal.

En cuanto a la valoración del papel que desempeñan empresarios, sindicatos y Administración en las negociaciones a propósito de las reformas, las percepciones ya están más claras, tanto para los que saben de qué va la cosa como para los que no. Empresarios y Administración van lógicamente a defender lo suyo. No suele apreciarse la función teórica de la Administración como agente mediador entre intereses contrapuestos. Por lo que hace a los sindicatos, hay respuestas para todos los gustos, desde “ellos también van a lo suyo” (“están untaos”) hasta “se supone que miran más por el trabajador, pero no les hacen caso o no tienen suficiente fuerza porque la gente no les apoya”.

“La última reforma laboral (febrero 2012) promovida por el Gobierno del PP, ¿mejorará o empeorará el paro? ¿Qué opinión le merece la respuesta de los sindicatos?” Vista en perspectiva, esta pregunta doble perdía y ganaba interés a medida que se prolongaba el tiempo de realización de las entrevistas. Por un lado, el futurible dejaba de serlo para convertirse en la constatación de un hecho, dado que el paro no dejó de aumentar durante los once meses de entrevistas. Por otro, la respuesta sindical iba ganando claridad, dado que acabaron convocándose dos huelgas generales. Por lo que hace a la primera cuestión, a pesar de que en 59 casos la opinión reflejaba automáticamente la evidencia de un paro creciente, es obligado destacar que seis entrevistados se pronunciaron en sentido contrario y que 23 respuestas no han sido codificadas. En general esto significa desconexión con la realidad, falta de información sobre acontecimientos que le afectan a uno directamente. De hecho, a veces hubo que explicar las novedades más relevantes de la reforma. En cuanto a la respuesta de los sindicatos, las valoraciones se dispersan en todas las direcciones, sin que falte el desconocimiento o la indiferencia ante lo que hagan o dejen de hacer: ¡Ya era hora!; están haciendo lo que deben, por desgracia la gente no les secunda porque hay mucho miedo, o porque de todas formas llevan las de perder; demasiado tarde, por eso ahora la gente no les sigue, no tienen credibilidad; con Zapatero no se atrevieron; se han vendido, hacen como que se oponen para salvar la cara.

Uno de los objetivos de la última reforma es reforzar la autonomía de la empresa frente al sector a efectos de negociación colectiva. 43 entrevistados entienden que, por razones obvias, esto perjudica al trabajador (divide y vencerás). Algunos de los que han trabajado en pequeña empresa ofrecen testimonios contundentes de los riesgos que implica intentar filiarse a un sindicato, de los obstáculos a que éste se enfrenta cuando pretende darse a conocer en una empresa, incluso de los intentos por parte de ésta de organizar por primera vez elecciones controlando a los candidatos. Otros, familiarizados con el trabajo en la gran empresa, conocen el amarillismo y explican cómo los recién contratados son inducidos a afiliarse al sindicato creado por la empresa. A pesar de todo ello, 21 consideran que es mejor plantear la negociación a este nivel. Una vez más, queda pendiente un análisis a fondo de las respuestas, que de momento sugieren desconocimiento del tema y escasa socialización no sólo sindical sino incluso laboral, dado el rumbo que tomaron algunas de ellas. No se pierda de vista el dato de que sólo 9 de los que prefieren el ámbito empresarial forman parte del grupo etario juvenil.

Por último, casi todos (78) consideran que si no hubiese sindicatos los trabajadores en general y los parados en particular estarían peor (sólo tres afirman que sin sindicatos viviríamos mejor); por tanto, juicios incluso muy críticos con lo que se considera que están haciendo los sindicatos son compatibles con la convicción de que son necesarios. Y muchos (51) entienden que, a la hora de negociar, una oposición sindical más dura a las políticas gubernamentales y los planteamientos de la patronal sería más beneficiosa para los parados que renunciar a algunos derechos adquiridos (14 opinan lo contrario: si quieres algo, tendrás que dar algo a cambio).

Con todos estos datos a la vista puede intentarse una primera aproximación a la imagen dominante de los sindicatos entre los parados. Fijemos la atención en las respuestas a cuatro preguntas: las dos últimas, la relativa a la acción genérica en materia de defensa de los intereses de los trabajadores (45 la valoran positivamente, 31 negativamente), y la que gradúa el nivel de implicación en los problemas de los parados, a saber, los sindicatos se ocupan de nosotros: nada (7), poco (44), bastante (12), mucho (5). A mi entender sugieren que los sindicatos son contemplados (moderadamente) más bien con simpatía que con antipatía. Posiciones extremas al margen, tanto de adhesión cuasi militante como de rechazo absoluto, creo que domina la percepción de que los sindicatos son de los nuestros, aunque lo demuestran con poco acierto o firmeza. Dicho en otras palabras, el parado experimenta ante el sindicato cierta sensación de extrañamiento, similar pero menos fuerte que la que le producen los partidos políticos. Una sensación que se nutre de tres fuentes: 1) La inevitablemente ambigua estrategia sindical, siempre a medio camino entre la negociación y la confrontación. 2) El desánimo y la propia impotencia: ya que no puedo protestar, bastante tengo con ocuparme de mis problemas diarios, que lo hagan ellos por mí. 3) El déficit ya señalado en su momento de socialización política, ahora en su dimensión sindical: yo no tengo ningún deber para con los sindicatos, son una institución que ha creado alguien (no se sabe muy bien quién) se supone que para defender los intereses de los trabajadores y por tanto también los míos, aunque no esté afiliado; pues que cumplan con su obligación, para eso cobran. En este sentido es significativa la exigencia por parte de un entrevistado de que los sindicatos se despoliticen, así como su incapacidad para distinguir entre el sindicalismo de clase y el corporativo.



Sea como fuere, los sindicatos de clase tienen un problema serio a la hora de conectar con los parados. Es posible que estén haciendo algunas cosas mal; es probable que estén haciendo algunas cosas bien, pero pocas; en todo caso es seguro que lo que hacen apenas es percibido por buena parte de los parados.
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