Violencia



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VIOLENCIA DE GÉNERO

Juan Jesús Fernández Ocaña

1. INTRODUCCIÓN

La razón que me ha llevado a la realización de este trabajo, que vamos a abordar a continuación, es el interés por saber y acercarnos un poco a los distintos motivos y procesos psicosociales, que influyen en las personas, (dentro del ámbito de los malos tratos y/o violencia de género) y que ocasionan que la violencia aflore en muchos de los casos.

El motivo esencial que deseo destacar es la posibilidad de ayuda que pueda aportar nuestra revisión sobre esta temática (escrita de forma totalmente accesible para cualquier lector) y las conclusiones que podamos sacar de ella, para personas interesadas o que puedan necesitarlo algún día.

Veremos que, aunque resulta difícil entender cómo un hombre puede maltratar a su mujer hasta matarla (sin necesidad de estar bajo los efectos de algún fuerte trastorno de la mente o de la personalidad), así sucede.

Por ello a lo largo del trabajo pretenderemos esclarecer los tipos de motivos o causas que lo ocasionan para poder poner freno y, en la medida de lo posible, prevenir estas acciones que ocurren muy a menudo hoy en día. Cuando me refiero a hoy en día, no quiero decir que antes no se diesen estas situaciones, lo que había y todavía hoy perdura en muchos casos, es un prejuicio culturalmente muy arraigado –el de que la mujer es propiedad del marido, o que, al menos, debe seguirle y obedecerle-, unido a la creencia de que el hogar es un ámbito cuya intimidad ha de respetarse por encima de todo. Esto ha permitido, cuando no justificado, que muchas mujeres sufrieran y estén sufriendo toda clase de malos tratos a manos de sus compañeros (por ese machismo) y todo esto contribuía y aun contribuye a que muchos de los casos no saliesen nunca a la luz por motivo de los miedos, vergüenza, elevada dependencia económica de la víctima con el agresor, estereotipos de género mucho más arraigados que ahora (en parte también por la cultura y el menor acceso a estudios de las personas…), etc.

Cuando escribo este trabajo ya son 34 las españolas que han encontrado este triste destino y han muerto en lo que llevamos de año. Cuando revisamos los datos de la violencia contra las mujeres en los últimos años y en relación también con lo dicho en el párrafo anterior, vemos como esta está aumentando. Es verdad, pero quizá no porque la mujer sufra un mayor maltrato. Puede que lo que esté sucediendo sea que la mujer, sintiéndose ahora más segura que anteriormente, (por esa muy buena tendencia actual de las leyes españolas a la igualdad entre hombre y mujer, los grandes avances dados gracias a los movimientos feministas…, etc) le hace que tome cartas en el asunto y denuncie más el maltrato de que ha sido tradicionalmente objeto. A ello contribuye también la mayor independencia económica que están alcanzando las mujeres en nuestro tiempo.

El desarrollo del trabajo comenzará con un diagnóstico del asunto (se aportarán las propias interpretaciones sacadas de él), seguidamente veremos algunos mitos de algunos autores/as que popularmente están muy extendidos sobre este ámbito de la violencia de género, continuaremos con el análisis de los factores de riesgo que son muy importantes a la hora de determinar el futuro de relaciones de manera preventiva, en penúltimo lugar intentaremos acercarnos a los diferentes motivos o causas que intervienen a que se den estas situaciones (si existe un perfil de hombres agresores que ejercen violencia…etc.) y en último lugar daremos nuestra opinión y valoración sobre alguna de las intervenciones o posibles tratamientos que veamos en esta materia.

Para finalizar el trabajo aportaremos unas conclusiones generales de todo lo aprendido.



2. DESARROLLO

Para comenzar con este tema que nos ocupa, es preciso comentar una frase con la que coinciden la mayor parte de los profesionales de éste ámbito que es: “El agresivo nace. El violento se hace1. Entender bien la raíz de este planteamiento nos puede llevar a conocer que es lo que mueve (qué mecanismos y procesos) a algunas personas para cometer estos actos contra las mujeres.

La mayoría de las personas creemos mal a priori, cuando pensamos que una persona que obra así, con una igual como es una mujer, novia o compañera, es porque sufre algún tipo de desequilibrio psíquico o cognitivo que la hace víctima (también en parte) de ese tipo de acciones que comete pero, a continuación vamos a aclarar dos términos que nos ayudarán a ir progresando en este tema y determinando las verdaderas y mas posibles causas de estas reacciones y actuaciones.

Para ello es importante establecer la diferencia entre los conceptos –agresividad- y -violencia- con los que empezábamos en la frase inicial. La agresividad es un factor biológico e innato con el que nacemos todas las personas. Esta agresividad es controlada, mediante procesos que ocurren en el cerebro, que hacen que se inhiba muchas veces (ante determinadas expresiones de miedo en la víctima por ejemplo…etc.) para que no se recurra a su expresión máxima que es la violencia. Pero tenemos que atender también a lo siguiente: “…es importante reconocer que, el que algo sea innato, no equivale pues a aceptar que hay que conformarse con su manifestación, porque es inevitable. Considerar, pues, que la agresividad es innata en el ser humano no conlleva reconocer que, para el ser humano, es inevitable comportarse agresivamente. Para algo está la cultura2. Por otro lado, la violencia es un conjunto entre factores biológicos y factores sociales. Nos la describe así este autor: “La violencia es el resultado que se sigue en algunos casos cuando determinados factores culturales inciden sobre la agresividad. La violencia es, en definitiva, el resultado de la interacción entre la agresividad natural y la cultura”3 .

Por lo anteriormente expuesto podemos concluir diciendo que la violencia del ser humano no solamente está en el interior del hombre, en su naturaleza, sino que es el ambiente el que tiene la última palabra y nos hace pacíficos o violentos a la hora de resolver las situaciones. Este autor lo plasma de una forma muy clara también cuando nos dice que: “La cultura juega, pues un papel fundamental en la configuración del ser humano como pacífico, un ser humano que, como cualquier otro animal, tiene una biología que le induce agresividad. Pero la cultura también puede hacer lo contrario e hipertrofiar la agresividad natural convirtiéndola en violencia. El ser humano es agresivo por naturaleza, pero pacífico o violento por cultura…”4.

También está claro que no todo es producto de la interacción con la cultura sino que la comunidad científica está de acuerdo hoy en día, que cantidades bajas de una sustancia llamada <> en nuestro cerebro correlacionan con conductas agresivas ya que no harían bien su papel de neurotransmisoras para la inhibición de esas conductas…, como tampoco quiere decir que algunos maltratadores no tengan dañados rasgos de la personalidad, que sufran celotipia (celos patológicos) una de las causas más evidentes que producen los malos tratos…,etc.

A continuación, vamos a empezar analizando algunos mitos que tradicionalmente se han venido instaurando en la sociedad y que (su desconocimiento y aceptación como válidos) muchas veces ocasionan que les demos una explicación a estos sucesos por estas vías y por tanto nos desviemos del camino que hemos de seguir. Conociéndolos bien y haciéndoselos saber a las futuras generaciones podría ser la forma de ir terminando también con este problema.


  • MITOS Y FALSAS CREENCIAS RELACIONADAS CON LA VIOLENCIA DE GÉNERO

1.- “El mito de que la violencia familiar es escasa:

Tan contradictorio resulta que la familia, el agente socializador básico, la escuela del afecto y de la paz, sea a la vez una institución violenta que hay una serie de mitos que tratan de ocultar esta realidad.

Por término medio, las mujeres maltratadas tardan diez años en denunciar la violencia de que son objeto. Hay muchos factores que parecen contribuir a este hecho. La víctima, por ejemplo, suele desarrollar una cierta dependencia emocional respecto del agresor y, frecuentemente, suele albergar temores de que las cosas podrían ser aún peores si lo denunciaran. Entre esos temores, no es el menor el miedo a quedarse ellas y sus hijos, cuando los hay, sin el apoyo económico que requieren para subsistir. Temen, también, la reacción de una sociedad que sigue aceptando implícitamente que no es inusual que entre los miembros de la pareja haya desavenencias y que éstas, incluso, degeneren en violencia.



En cualquier caso, la incorporación creciente de la mujer al mercado de trabajo puede ir poniendo remedio a algunas de estas situaciones, aunque no al problema del maltrato de la mujer en general, pues hay muchos otros factores que pueden causarlo. Y aun en el caso de la incorporación de la mujer al trabajo, debe decirse que, hoy por hoy, sigue siendo insuficiente y que el paro, hablando de España, está radicalmente feminizado.

Por cierto que, como se habrá observado, cuando hablo de violencia entre los miembros de la pareja, lo hago considerando que la mujer es normalmente la víctima y que el agresor es el hombre.

En los últimos tiempos se alzan voces denunciando la inexactitud de esta consideración y aseverando que también hay hombres entre las víctimas. No lo niego. Los hay. Por ejemplo, en 1998 hubo 45 homicidios, producto de la violencia entre miembros de la pareja. Entre las víctimas había 10 hombres. Pero, en general, las estadísticas nos dicen algo muy distinto: los casos puros de violencia contra el hombre apenas alcanzan el 2%, mientras que en un 75% de los casos de maltrato se trata de violencia pura contra la mujer. En el 23% restante, ambos miembros de la pareja son víctimas de la violencia recíproca entre ellos.

Lo normal es que así sea porque, aunque violencia contra la mujer la hay en todo tipo de familias, predomina en la familia fuertemente jerarquizada en la que el varón adulto ejerce el poder verticalmente (desde arriba hasta abajo) de acuerdo con las leyes implícitas (cuando no explícitas) de la cultura patriarcal. Esas leyes exigen el respeto y la obediencia del subordinado, de forma tal que los de abajo únicamente suelen tener obligaciones con los de arriba. Los derechos fluyen de arriba hacia abajo; los deberes, a la inversa.

La cultura patriarcal puede acabar justificando el uso de la violencia, pues uno de sus principios es que las faltas de obediencia y de respeto han de tener su justo castigo. Dicho de otro modo, para castigar lo tenido por faltas de respeto o incumplimiento de obligaciones, el de arriba puede hacer uso de la violencia.

Así, en este entramado cultural, pueden encontrar cierta justificación para sus acciones violentas el hombre que maltrata a la mujer, los padres que hacen lo propio con los niños y, cuando cambian las tornas, los hijos adultos con sus padres ya ancianos”5.

Este es un mito que debe ser desmontado por muchas razones. Es muy lógico entender que en el ambiente familiar se produzca a veces violencia, claro que sí. Éste es un lugar en el que conviven y se relacionan mucho entre sí personas de distintas edades, con distintos roles y a menudo, son espacios no muy amplios que eso, junto con otros motivos, genera como muchos autores nos explican, un estrés que es fácil que termine en violencia si no se sabe conducir ni atajar de otras formas. Independientemente de que deben darse además otras circunstancias que continuaremos viendo para que suceda tal cosa.

A raíz de lo que nos dice el autor también sobre este mito, he de resaltar y celebrar esos ascensos que se van dando de los casos que se van conociendo sobre los malos tratos, ya que estoy muy de acuerdo con que, lo que se está produciendo es una mayor concienciación e información de la sociedad y los medios de comunicación para que la mujer ya no se aguante tanto o se vea tan indefensa como para no poder ponerle remedio a su situación.

2.- El mito de la violencia familiar como fruto de trastornos psiquiátricos:

Hay un segundo mito en torno a la violencia familiar, a saber: que es producto de algún tipo de enfermedad mental o de trastorno de la personalidad.

Obviamente, es un mito que tiende a tranquilizarnos. Sería demasiado inquietante que el actor de la violencia estuviese en sus cabales cuando mata a su compañera o cuando padre y madre meten en agua hirviendo a su hija pequeña.

Lo bien cierto es que es así. No son sólo hombres mentalmente enajenados los que propinan una paliza de muerte a sus compañeras. Ni padres con acusados trastornos de la personalidad los únicos que arrojan un bebé contra el suelo. Todo lo contrario. Únicamente entre el 10 y el 20% de los casos de violencia familiar son causados por personas con trastornos psiquiátricos o de la personalidad. Entre estos problemas destacan la psicosis, la psicopatía y el trastorno narcisista. Como he dicho en el capítulo 2, hablar de psicopatías es siempre difícil. Con todo, entre ese 10-20% de agresores con trastornos de personalidad que atacan violentamente a sus compañeras destacan individuos con escasa ansiedad, nula capacidad para ponerse en lugar del otro (empatía) y pocos o ningún remordimiento. Cumplen, en definitiva, algunas de las notas características de los llamados <
>.


Así pues, en la mayoría de los casos (entre el 80 y 90%), el agresor es una persona normal desde un punto de vista clínico. Los trastornos mentales o de la personalidad no le caracterizan a él, sino que acabarán en muchas ocasiones siendo los efectos que su conducta cause en la víctima de su violencia.

Eso no quiere decir que los maltratadores no tengan acusados algunos rasgos de la personalidad, como la celopatía o problemas para controlar la ira. Lo que también suelen tener, en consonancia con lo que he dicho al hablar de la concepción autoritaria de la familia, es un conjunto de sesgos cognitivos, es decir, de formas erróneas de entender el mundo o de creencias equivocadas. Ciertamente, entre quienes maltratan a sus compañeras predominan los que mantienen un sistema de creencias basado en los principios de la cultura patriarcal acerca del poder de la masculinidad y la inferioridad de la mujer”6.

Ya hemos podido ver como no todas estas personas sufren algún trastorno mental o de la personalidad. Se da en muchas personas las cuales son víctimas de una forma machista de entender el mundo (que han sido creadas por la sociedad tradicional, la concepción autoritaria y patriarcal de la familia…etc) y han ido desplazando a la mujer hasta utilizarla en muchas ocasiones como un mero objeto que no vale para casi nada, solo para el servicio al hombre.

3.- “El mito de que sólo hay violencia en las clases más desfavorecidas:

Un tercer mito muy extendido es que la violencia familiar es propia sólo de las clases más necesitadas.

Violencia hay, por el contrario, en familias de todos los estratos sociales. Lo que sucede es que, frecuentemente, los estudios que sobre este tema se realizan toman como punto de partida los expedientes abiertos en los Servicios Sociales, y los usuarios de estos Servicios figuran en su gran mayoría entre las personas más desfavorecidas. Quienes tienen recursos, suelen transitar por otras vías. A medida que vamos ascendiendo por la escala social se incrementan los medios para mantener oculto el problema”7.

En realidad es así, las personas con menos recursos son las que sufren más estos ataques de los estereotipos de malos tratos, debido a ese mayor conocimiento que nos llega de ellos. Pero la verdad es que también, como podemos ir comprobando, los malos tratos no entienden de clases sociales ni de niveles socio-económicos, se pueden producir en cualquier contexto siempre y cuando se den las condiciones necesarias para que esto ocurra.

4.- “El consumo de alcohol entre los agresores no es un mito:

Hay autores que consideran que un cuarto mito acerca de la violencia familiar es que el consumo de alcohol está presente en la mayoría de los casos. Frente a ellos, creo que hoy existe amplia documentación que nos permite aseverar que no se trata de un mito. El abuso de alcohol (y de otras drogas) aparece en proporciones muy elevadas en los casos de violencia familiar, sea contra la mujer, sea contra el niño. Por ejemplo, en España, en más del 30% de los casos de violencia contra la mujer ha estado presente el alcohol en los últimos años. Y, como más adelante desarrollo, en Estados Unidos, por ejemplo, en el 88% de los casos de maltrato o de las drogas durante 1997. En España, al menos en el 35% de los casos de maltrato físico infantil, hay alcohol de por medio.

Quizá el alcohol, por sí solo, no desencadene una agresión. Pero facilita que otros factores la promuevan. Por ejemplo, la mezcla de psicosis o psicopatías y alcohol es altamente explosiva.

Con todo, las cifras son claras y no habría que reducir la importancia del alcohol. No lo hace, por ejemplo D. Adams –fundador de EMERGE, programa de tratamiento para agresores, y codirector del Comité para el Tratamiento de Agresores del Consejo de Violencia Doméstica de Massachusetts-, cuando describe el perfil típico del hombre agresor. Según él, se trata, por una parte, de una persona cuya imagen amistosa y correcta no se corresponde con su comportamiento en privado, lo que se traduce frecuentemente en la percepción social de la víctima como una persona histérica o exagerada. Por otra parte, el agresor suele reducir la importancia de sus ataques o simplemente los niega de raíz, cuando no se dedica a culpar a los otros y, en particular, a la víctima de provocar sus agresiones, valiéndose de cuantos recursos tiene a su alcance para aislarla socialmente y devaluarla psicológicamente. Por último, el agresor suele abusar del alcohol u otras sustancias tóxicas”8.

No podemos dejar de lado tampoco este tema del alcohol ya que muchas veces ayuda a inhibir (en parte) al agresor el conocimiento del resultado de esos actos que comete. Como por supuesto no podemos tampoco justificar esa acción bajo esos efectos ni lo más mínimo, porque en sí solo no es un motivo para actuar de tal forma, sino que se trata de un conjunto de procesos y motivos mucho más complejos y conscientes que poco a poco trataremos de ir deduciendo en este trabajo.

Según lo extraído de las diversas fuentes que hemos consultado para nuestro trabajo, vamos a intentar plasmar una clasificación, lo más completa posible, que englobe los distintos factores que creemos hacen más proclives estos actos contra las mujeres. Será importante que se tengan en cuenta:

1.- Factores de riesgo personales del agresor.

Un agresor puede actuar así movido por trastornos mentales o de la personalidad, pero, como ya hemos visto anteriormente y nos decía este autor, no son muchos los casos en que esto sucede (entre el 10 y el 20% de los casos) y por tanto tendremos que atender a más factores. Pueden presentar también problemas psicológicos como la agresividad, los celos patológicos y también tener grandes dificultades o imposibilidad de expresar sus sentimientos. Esto se debe en gran medida a los prejuicios culturales instaurados del poder de la masculinidad y la debilidad de lo femenino. Por todo esto anterior, fluye la creencia de que expresar los sentimientos es cosa de mujeres y signo de debilidad. Ese es otro motivo para que surjan los problemas y no se solucionen desde la confianza y expresando cada uno sus sentimientos que como humanos poseemos. Además de estos motivos el hombre agresor suele tener una baja autoestima que hace que, ante cualquier problema importante que le surja, tenga más facilidad en recurrir a la violencia que intentar solucionarlo por otras vías pacíficas.

Otro aspecto que no podemos dejar de lado cuando buscamos situaciones de riesgo es ver si, durante su infancia o adolescencia, el agresor ha visto cómo su padre maltrataba a su madre o él mismo ha sufrido malos tratos. Parece, y también se ha estudiado, que al haber sido expuestos anteriormente ante alguna de esas situaciones (y más si es de pequeño que no se tiene mucha capacidad crítica ante lo que se ve), se tienden a interiorizar estas prácticas de modo más normal a como las pudiesen ver otras personas que no fuesen expuestas. Así nos lo explica este autor, PP. 60 y 61: “La víctima del maltrato infantil o juvenil es probable que se transforme en verdugo, cuando se trata de un varón. Pero, cuando la víctima es una niña, lo probable es que, a su vez, siga siendo víctima de malos tratos cuando alcance la fase adulta. Obviamente, que esto sea así se explica en parte por la aceptación de los roles sociales (hombre agresivo; mujer pasiva) que la cultura tradicional adscribe a unos y otros”9.

Tampoco podemos dejar de hablar de la importancia que también tiene a este respecto el abuso del alcohol y de otras sustancias tóxicas por parte del agresor. Como hemos visto antes, el pensar que esto es un mito es algo equivocado ya que las estadísticas de estos últimos años nos dicen lo contrario y es uno de los factores más importantes que lo provocan.

No podíamos terminar este apartado, por último, sin hacer mención al aspecto que se nos habla en el prólogo de Rosaura González Méndez y Juana Dolores Santana Hernández (2001), de su libro “Violencia en parejas jóvenes” donde se nos añade, aparte de estos factores, el factor de que sea (este agresor) una persona con carencias afectivas o con escasas habilidades sociales. Esto puede ocasionar que en el ámbito de la pareja se tienda a querer a la mujer solamente para sí y no dejar que esta se relacione (ni relacionarse él tampoco) con las personas de su entorno, con la familia…, etc. Ello muchas veces ocasiona esa sensación de desamparo de la mujer víctima de violencia de género que la hace más dependiente emocionalmente de su agresor (junto con la dependencia económica, también si hay hijos de por medio…, etc.) y que le dificulta muchísimo el tomar medidas o solicitar ayuda profesional para salir del problema que sufre.

2.- Factores de riesgo personales de la víctima.

En éste mismo prólogo del libro (de las autoras antes mencionadas) se nos dice que, uno de los factores de riesgo que pueda tener una mujer para hacerla propensa a sufrir malos tratos es, como ya mencionamos en el apartado anterior, que haya tenido una historia previa de malos tratos en la infancia que haya ocasionado en la mujer esa interiorización errónea del papel de la mujer en la sociedad y que por ello, ante alguna situación o indicio de malos tratos, pueda verlo como algo más normal y no darle la importancia que requiere desde el principio o ni siquiera darse cuenta de que está siendo víctima (por estar acostumbrada a esa posible indefensión de la cual ha sido receptora o víctima también desde pequeña). Todo esto lleva muy unidos también los prejuicios culturales de los que hablábamos en el apartado anterior que hacen que empeore la situación y se les ponga todo mas a favor aún a los agresores.

Otro de los factores que se nos dice que pueden influir es que sean personas con una baja autoestima. Al tener una baja autoestima, la mujer se percibe de una forma muy negativa. Ello ocasiona que, ante problemas de este tipo se hundan más aún o lleguen a pensar que es por su culpa o porque no valen nada y por tanto se lo merecen. Aquí influye e incide mucho la violencia psicológica que ejerce el agresor (ante estas víctimas) que va hundiendo mas todavía a la mujer en su baja autoestima en lugar de ayudarla a que esa misma mejore reforzando sus cosas buenas y ayudándola a avanzar y a autopercibirse de una forma más adecuada, en igualdad y mucho más humana.



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