Violencia social y violencia de género



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Violencia social y violencia de género*

Marta Torres Falcón**



Introducción


Durante las últimas décadas la violencia ha tenido un papel protagónico en todo el planeta, desde una forma tan clara y evidente como la guerra, hasta las más sutiles como el lenguaje que, con su fuerza simbólica, condena, discrimina o invisibiliza, pasando por torturas, asesinatos y delitos de muy variada índole. Esto no significa que la violencia sea un fenómeno nuevo1, propio del mundo contemporáneo; tampoco puede afirmarse que se haya incrementado en años recientes. Cada sociedad registra diversas formas de violencia y cómo se define y sanciona ésta cambia también según tiempo y lugar.
Al hablar del papel protagónico de la violencia, se alude básicamente a dos cosas. La primera es el aumento notable, en virtud de los avances tecnológicos, de la capacidad de destrucción de la especie humana sobre sí misma. La otra cuestión es la denuncia y el análisis de ciertos fenómenos que sólo en los últimos años se han definido como violencia, en particular contra las mujeres. También es reciente sacar a la luz pública transgresiones a los derechos humanos, porque el concepto mismo se consolida en la segunda mitad del siglo XX y se discute y renueva continuamente, tanto en su contenido como en sus alcances.2
El objetivo de este ensayo es analizar el vínculo existente entre la violencia social y la violencia de género, que muchas veces se abordan por separado y se presentan incluso de manera desarticulada. Este proceso dista mucho de ser casual. Podríamos empezar por preguntarnos ¿qué pensamos al escuchar la palabra “violencia”? ¿Cuál es la imagen que acude a nuestra mente de manera inmediata? Es muy probable que el primer cuadro se refiera a una situación bélica de destrucción ilimitada: genocidio, tortura, muerte. En un segundo momento pueden surgir conflictos regionales (como la nutrida producción de refugiados/as y desplazados/as internos/as en la región andina, por ejemplo) o regímenes militares y dictatoriales, con la consecuente transgresión sistemática de los derechos humanos. Todavía hay un tercer espacio en el que muy probablemente estaría la violencia urbana: secuestros, robos, asaltos, violaciones. Y tal vez, si tenemos un poco de conciencia y nos hemos enterado de los postulados y demandas del movimiento feminista durante los últimos treinta años, en un cuarto momento pensaríamos en la violencia contra las mujeres: hostigamiento sexual, violación, maltrato del compañero íntimo.
¿Qué indica esta sucesión de imágenes en la que las mujeres aparecen sólo al final, o lo hacen marginalmente? Sin duda, hay una serie de factores que, concatenados, dan como resultado la invisibilidad de las mujeres en muchos órdenes de la vida: el trabajo, la participación política, la economía, la violencia. Este mecanismo opera en dos vertientes principales. Por un lado, se excluye a las mujeres de toda participación o injerencia en los asuntos públicos –la guerra, los conflictos armados, el gobierno, la lucha contra las dictaduras, la vida urbana, etc.- y en esta exclusión –simbólica y real- sus roles, funciones y tareas pasan a un segundo término o de plano no se toman en cuenta. Por ello pensamos en la guerra como una actividad masculina, concebimos las dictaduras y los movimientos opositores como fenómenos protagonizados mayoritaria y casi exclusivamente por hombres, y nos referimos a las grandes metrópolis como espacios poco recomendables o accesibles a las mujeres, a quienes finalmente ubicamos entre las cuatro paredes de hogares que distan mucho de ser seguros.
La otra vertiente ocurre de manera paralela y de hecho constituye la cara opouesta de la moneda. Se considera que todo lo que sucede en el ámbito doméstico (y en los limitados espacios a los que las mujeres tienen un acceso real, por ejemplo la escuela o algunas áctividades laborales) son menos importantes y por lo tanto requieren menos atención, recursos, energía, etc. Esta doble operación –recluir a las mujeres en el ámbito privado y excluir éste de toda atención estatal- tiene múltiples consecuencias, entre ellas la desarticulación de la violencia social y la de género.
Así, se abordan los conflictos de gobernabilidad, de autoridad, de ideología, las diferencias de raza, de etnia, de clase y aun de religión como factores desencadenantes de violencia; la denuncia y análisis de una violencia específica contra las mujeres en sus inicios fue una tarea que correspondió casi exclusivamente al feminismo. Los desafíos que se presentan ahora derivan de las operaciones de exclusión señaladas líneas arriba: entender, analizar y documentar cómo cada expresión de violencia social se redefine por género, y demostrar que toda violencia de género ocurre en el marco de desigualdad provisto por el contexto social. Además, si bien en el discurso parece haber una condena unánime a la violencia, las acciones varían notoriamente cuando las víctimas son mujeres o la violencia sucede en la esfera privada.
La primera parte de este ensayo está dedicada al análisis conceptual de la violencia como un fenómeno social: se anotan algunos elementos necesarios para una definición de violencia, se subraya la importancia del contexto de desigualdad en donde se producen los actos violentos, se señalan las distintas esferas de interacción social y cómo influye ésta en la dinámica del poder. En un segundo apartado se analiza la violencia como un asunto de derechos humanos tanto en la construcción teórica de ambos conceptos como en la elaboración de diversos instrumentos jurídicos. Finalmente, se estudia la violencia de género como una expresión contundente y paradigmática de la violencia social: se describe la vinculación del poder con los pactos patriarcales, donde está cifrada la violencia contra las mujeres; se revisa someramente la trayectoria de la lucha contra la violencia de género en América latina, con énfasis en las estrategias de prevención y atención; y se apuntan algunos aspectos básicos para abordar los costos de la violencia. Por último, se formulan algunas conclusiones y recomendaciones.
1. La violencia como fenómeno social

1.1 Elementos para una definición

La violencia es multifacética y por ello no hay una definición única. A veces es muy clara y contundente, como en los conflictos armados, a veces se sabe que está presente pero es difícil aprehenderla, como en el hostigamiento sexual, y en muchas otras ocasiones no es fácil descifrar las formas de violencia sutil que se agazapa en las palabras y en los silencios. Resulta difícil incluso abordarla desde una sola disciplina. Algunos análisis enfatizan el daño producido (ya sea cuantificando las víctimas3 o clasificando las lesiones producidas); hay otros estudios sobre los medios utilizados y su eficacia (por ejemplo sobre la carrera armamentista, la alta tecnología al servicio de la guerra, los costos del mantenimiento y actualización de poderosos ejércitos, etc.), otros más enfocan la situación de las víctimas4 y aún otros se preocupan por el contexto en el que se produce el acto violento.


No se pretende, en este espacio, dar una definición completa y acabada, sino puntualizar algunos elementos indispensables para su abordaje: intencionalidad, transgresión de un derecho, producción de un daño y ánimo de sometimiento y control. Hablar de intencionalidad implica necesariamente una alusión a la voluntad, tanto de quien ejerce la violencia como de quien sufre el embate; es una voluntad que quiere controlar a otra y para ello se expresa en actos concretos. En relación con el derecho transgredido, más adelante vamos a ver cómo la noción misma de derechos humanos está edificada en múltiples exclusiones (raza, etnia, clase social, género) y cómo lo que en la actualidad –albores del siglo XXI- consideramos violencia, en otro contexto –por cierto no tan lejano- podía ser el simple ejercicio de un derecho.5 En relación con el daño, ya anotamos que puede ser físico, psicológico, sexual o patrimonial. Por último, vale la pena enfatizar el componente del poder: quien ejerce violencia busca someter, dominar, imponer su voluntad. La violencia se da siempre en una relación, donde existen posiciones diferenciadas y asimétricas de poder, y que a su vez quedan reestructuradas o fortalecidas después de cada incidente violento.
En resumen, la violencia es un acto (acción u omisión) intencional, que transgrede un derecho, ocasiona un daño y busca el sometimiento y el control. La violencia es siempre un acto de poder.
1.2 Violencia individual, estructural y cultural

Johan Galtung6 define la violencia como "cualquier sufrimiento evitable en los seres humanos", y más adelante sustituye "sufrimiento" por "reducción en la realización humana". Una teoría sobre violencia, según Galtung, tendría que estar orientada hacia las víctimas; por ello enfatiza la pérdida de potencial humano. Lo importante del análisis de Galtung, a pesar del carácter tan inclusivo de su definición, es la clasificación que hace en violencia directa o personal, violencia estructural y violencia cultural. Esto permite contextualizar cada hecho aparentemente aislado y, para efectos de nuestro análisis, apuntar el vínculo entre violencia social y otras formas de violencia, en particular la de género.


La violencia directa o personal es la que se presenta entre dos individuos, es decir, en las relaciones cara a cara. Tales relaciones están inmersas en un contexto social determinado, en el que se sitúan la violencia estructural (que como su nombre indica emana de las estructuras sociales) y la violencia cultural (que deriva de múltiples prácticas comunitarias), estrechamente vinculadas entre sí. Las estructuras sociales se refieren al marco institucional que rige muchas áreas de la vida: legislación, ingreso, educación, salud, etc. Tales estructuras se erigen, mantienen y eventualmente se transforman sobre un esquema de desigualdad; la capacidad de decidir sobre la distribución de esos recursos también está repartida de manera desigual y ésa es la base de la violencia estructural.
Esto no significa que toda institución sea violenta per se, sino que, en la medida en que se asienta en la desigualdad, puede ser campo fértil para condonar actos de violencia directa. Al perpetuar patrones de desigualdad (entre razas, clases, etnias, sexos), la violencia estructural que ahí se gesta tiende a reproducirse a sí misma y en ese terreno de relaciones individuales y grupales aparece la tercera dimensión del modelo de Galtung: la violencia cultural. Esta última se refiere fundamentalmente a los discursos que permean y dan forma al imaginario social: religión, ciencia, lenguaje, ideología, creencias, arte.
Estas tres formas - individual, cultural y estructural - se vinculan de tal manera que cada una de ellas puede ser invocada para justificar las otras dos. Pensemos, por ejemplo, que esas dos personas que protagonizan la violencia directa tienen una relación conyugal: un marido que golpea a la esposa, o bien la humilla, maltrata y desprecia, o le impone una relación sexual, etc. Todos estos son actos de violencia que tendrían una dimensión diferente si se tratara de personas desconocidas. Aparece entonces la violencia estructural que determina -mediante la legislación, el acceso real a la justicia, a los servicios de salud y al empleo, por ejemplo- que las mujeres deben obedecer a sus maridos, que deben tener siempre disponibilidad sexual y que es responsabilidad suya ajustarse a un determinado presupuesto. Todas estas disposiciones, que encontramos de formas variadas en las leyes latinoamericanas, no sólo condonan la desigualdad y la violencia, sino que constituyen, en sí mismas, una de sus expresiones privilegiadas. Paralelamente, transcurren diversos discursos (médico, religioso, comunitario, familiar) que alimentan el imaginario social con figuras rígidas y excluyentes de lo que son o deben ser las mujeres y lo femenino, así como lo que son o deben ser los hombres y lo masculino. Así, al definir como virtudes la sumisión, la abnegación y el silencio en las mujeres, se solapa la discriminación y se condona la violencia. Para entender la violencia cultural, basta pensar por un momento en todos los chistes que hemos escuchado que satirizan a una mujer violada o trivializan un ataque sexual, que se burlan de una persona con discapacidad, de un homosexual o de un grupo étnico; basta echar una ojeada al refranero popular, a las canciones de moda y aun a los juegos infantiles.7
La experiencia individual, la cultura y las estructuras sociales son susceptibles de transformación y de hecho se modifican continuamente. Sin embargo, algunas formas de violencia, en particular contra las mujeres, están tan arraigadas en estas tres dimensiones, que se toman como algo "normal", inherente a los seres humanos y por lo tanto imposible de alterar. En otras palabras, están naturalizadas, como si fueran independientes de las prácticas sociales y simbólicas.
No son acciones de individuos aislados; la colectividad es responsable de su ejercicio, precisamente porque opera un mecanismo de cosificación de las mujeres.
1.3 El modelo ecológico

Quien ejerce violencia busca sojuzgar, someter y controlar los actos y hasta los sentimientos de otra persona. A este ánimo de ejercicio del poder subyace la idea, consciente o inconsciente, de que el otro (o la otra) no es una persona o, en todo caso, no es un igual que merezca el mismo trato que la persona violenta considera merecer. El hombre que viola, golpea, insulta, asedia u ofende de cualquier otra manera a una mujer, no la considera un ser con quien pueda relacionarse de igual a igual. La ideología de la supremacía masculina permea todas las manifestaciones de la violencia de género.


Si la violencia echa sus raíces en un esquema de discriminación y desigualdad, esto significa que quienes discriminan se sienten siempre superiores a los discriminados y, además, les hacen creer o sentir que son inferiores. El planteamiento de Todorov8 sobre la relación del colonizador con el colonizado es ilustrativa; el planteamiento diferencial rápidamente se formula como inferioridad y superioridad. Cuando los colonizados, o en general subordinados (por ejemplo, las mujeres) comparten esta creencia, el resultado puede ser una cierta actitud de obediencia y aceptación, pero también puede generar acciones colectivas, no sólo para enfrentar el peligro, sino también para redefinir los términos de las relaciones sociales y quebrantar el discurso de discriminación.
En todo proceso de conflicto interpersonal o intergrupal alguien gana y alguien pierde. Los participantes ocupan posiciones asimétricas determinadas. En general la conducta violenta se ejerce sobre quienes están en una posición jerárquica inferior y al ser vencidos se refuerza esa posición. Por ello, donde el problema realmente puede atacarse es en el terreno de las relaciones sociales, que dan lugar a las identidades (individuales o colectivas) que intervienen en una relación violenta. Aquí nuevamente resulta de utilidad el modelo que propone Galtung, que permite ubicar las diversas formas de violencia en cada espacio social y que están vinculadas con un orden que las institucionaliza y legitima, cuya existencia, además, tiene una aceptación generalizada.9 "La agresión está al servicio del orden establecido y en ese caso se evita llamar agresión, o contra el orden establecido, y entonces los incidentes agresivos entran, con todas sus consecuencias, dentro de tal denominación." 10
No hay individuos aislados. Toda interacción humana se realiza en un contexto social que debe ser analizado para entender el fenómeno de la violencia. Un esquema muy completo para analizar la interacción social es el modelo ecológico propuesto por Urie Bronfenbrenner,11 que consta de cuatro niveles, gráficamente susceptibles de ser representados como círculos concéntricos.
El contexto más amplio es el macrosistema, en el que se ubican la organización social y las creencias o estilos de vida de una cultura en particular. Aquí está la conformación patriarcal de la sociedad, las ideologías y creencias en torno a los géneros y las raíces de la cosificación de las mujeres. Aquí se sitúa también la dicotomía público / privado y la asignación de espacios por género.

El segundo nivel, llamado exosistema, incluye las instituciones mediadoras entre el nivel de la cultura y el individual: escuelas, medios, instancias judiciales, organismos civiles, etc. Todos estos espacios son particularmente importantes para mantener o transformar ciertas relaciones sociales, para alterar los significados de determinadas prácticas y para enlazar a cada individuo con la comunidad a la que pertenece.


El tercer nivel alude a las relaciones interpersonales, entre las que aparece la familia de manera privilegiada. Aquí se reproducen las jerarquías de poder y dominación presentes en los otros espacios y se cubren de un halo de naturalidad. Finalmente, el círculo más pequeño corresponde al nivel individual, donde hay cuatro dimensiones psicológicas interdependientes: cognitiva (forma de percibir y conceptualizar el mundo), conductual (comportamientos), psicodinámica (dinámica intrapsíquica) e interaccional (pautas de relación y comunicación interpersonal).
Esta propuesta permite abordar las características individuales en relación directa con el contexto en el que se produce el acto violento. Así, cada hecho está condicionado por factores que operan en los distintos niveles, donde se insertan los patrones culturales que condicionan, legitiman o sancionan la violencia.12 Así, el hombre que golpea porque su esposa lo desobedece, actúa en concordancia con un aprendizaje que ha tenido desde la infancia, con los mandatos de ciertas instituciones que lo designan como jefe de familia y con los roles de género que le atribuyen y refuerzan esa potestad.
Las mujeres, por otra parte, en todos los niveles del modelo ecológico, resienten la marginación y rechazo, junto con la negación de su voluntad. Ambos aspectos conducen al tema de las relaciones de poder. En efecto, cuando hablamos de dominación, sometimiento y control, estamos hablando de relaciones de poder.
1.3 Violencia y poder

La violencia está estrechamente relacionada con el poder; hay una implicación directa. Con la conducta violenta lo que se busca es eliminar cualquier obstáculo al ejercicio del poder y para mantener éste frecuentemente se utiliza aquélla. Para Hannah Arendt,13 la violencia es la manifestación más flagrante del poder.


En este apartado vamos a analizar dos posturas diferentes con respecto al poder. La primera de ellas, de Max Weber, contiene una noción de verticalidad; este autor habla de relaciones de dominación y obediencia. La otra definición, de Michel Foucault, alude al poder como algo que circula en las relaciones sociales y que incluye -más que genera o produce- formas de resistencia.
Según Max Weber, "poder significa la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y cualquiera que sea el fundamento de esa probabilidad" y más adelante añade que "el concepto de poder es sociológicamente amorfo".14 Esa 'probabilidad' puede hallar su 'fundamento' en la autoridad o en la coacción. La autoridad es la cualidad por la que una persona es capaz de inducir en otros la realización de una conducta determinada. Así, al aceptar que una persona o un grupo tiene cualidades para mandar, dirigir o aconsejar, se le confiere y reconoce ese derecho, que se considera justificado. Este puede ser el caso de las mujeres que, como grupo, consideran que los hombres tienen determinadas cualidades para decidir y ordenar; las mismas mujeres encuentran que esa autoridad es legítima. Y los hombres, por su parte, no les confieren esa misma potestad a las mujeres.15
También se obedece a las autoridades constituidas como tales, aunque no se les reconozca habilidad alguna para decidir u ordenar, si existe la amenaza (expresa o implícita) o la certeza de que la desobediencia trae aparejada la imposición de un castigo. En este caso no se trataría de autoridad en los términos definidos líneas arriba, sino de coacción, que es precisamente la amenaza de ejercer violencia para obtener el resultado deseado. Tanto la autoridad como la coacción derivan de algún tipo de fuerza: física, económica, cultural o psicológica.16
Max Weber17 desarrolló el concepto de dominación, que integra el poder de mando y el deber de obediencia en una determinada relación social. Para que la autoridad sea legítima, según Weber, se necesita un mínimo de voluntad de obediencia, es decir, que se asuman los mandatos de buen grado y no bajo amenaza o coacción. Para este autor existen tres tipos puros de dominación legítima: legal, carismática y tradicional. La dominación legal es propia de instituciones políticas de sociedades avanzadas, donde los individuos deben obediencia a la ley, pero no a una persona en particular. La dominación carismática deriva de los rasgos de personalidad de un líder (sea profeta, mago, etc.), tales como el heroísmo o la ejemplaridad de sus acciones, a quien se obedece por devoción. En la dominación tradicional, que el mismo Weber califica como la más rudimentaria, la obediencia se produce por "hábito inveterado", en la creencia de que así ha sido siempre y debe seguir siéndolo, por ser designio divino. Como ejemplos de dominación tradicional Weber señala la gerontocracia (donde la autoridad es ejercida por los más viejos) y el patriarcalismo, que se refiere a asociaciones de índole económica o familiar, donde una sola persona (el varón adulto) detenta la autoridad de acuerdo con determinadas reglas fijas. En este último caso, el del patriarcalismo, tanto quien manda (el imperante, en la terminología weberiana) como los dominados (que son compañeros, no súbditos) consideran que la dominación es un derecho de quien la ostenta y que lo hace por el bien de todos. La obediencia está cifrada en la fuerza de la tradición.
El tipo de dominación tradicional patriarcal (o patriarcalista) es en donde puede ubicarse la relación de obediencia de las mujeres hacia el padre y también hacia el marido, generada por un hábito o costumbre. Las instituciones modernas legitiman - a través de una relación jurídica regulada con precisión, como es el matrimonio - una forma de dominación que es anterior y que, en el esquema weberiano, puede definirse como tradicional y patrimonial.
En las sociedades contemporáneas esta obediencia no se da de manera pasiva o sin cuestionamientos. Ciertamente, existe una dominación tradicional que impele a las mujeres a obedecer a sus maridos y que puede incluso tener estatuto legal,18 pero eso no significa que ellas no expresen opiniones, discutan, confronten y actúen de muy diversas maneras. Ahora bien, el binomio dominación - obediencia no es sinónimo de relación violenta. Sin embargo, sí refiere a un esquema de desigualdad que es necesario subrayar. "Las personas de poder superior interrumpen, tocan, miran con enfado y miran fijamente, invaden el espacio físico y señalan a los de poder inferior".19 Estos no se consideran signos de agresión en el marco de la desigualdad, como lo serían en una relación entre iguales. Por eso ha sido tan difícil la conceptuación de la violencia contra las mujeres, porque está cifrada en la desigualdad.20
Michel Foucault21 desenmascara la base esencialista de las concepciones tradicionales del poder y rechaza cualquier noción de verticalidad, de totalidad. Según este autor, el poder no sólo es una cuestión teórica, sino que forma parte de la experiencia. "La dominación es una estructura global de poder cuyas ramificaciones y consecuencias pueden encontrarse a veces hasta en la trama más tenue de la sociedad".22
Existen tres cualidades distintas del poder: su origen, su naturaleza básica y sus manifestaciones. Así, el poder que pone en juego relaciones entre individuos (o grupos) se refiere claramente al poder que ejercen unas personas sobre otras. No existe en abstracto. Los individuos son constituidos a través del poder, cuyo ejercicio puede ocurrir mediante un proceso de disciplina y regulación, pero también de autodisciplina. Foucault habla de bloques en los que las habilidades, las redes de comunicación y las relaciones de poder se vinculan en un sistema "regulado y concertado". Las instituciones educativas son un ejemplo, por la disposición del espacio, los reglamentos de vida interna, los sitios, funciones y tareas asignados a cada persona, etc. Así se constituye un bloque de capacidad / comunicación / poder en donde también operan procedimientos de encierro, vigilancia, recompensas y castigos, así como una jerarquía piramidal. Todo esto puede aplicarse de igual modo a los espacios domésticos, donde hay una asignación de lugares, tareas y tiempos precisos, y donde también operan mecanismos de aislamiento y vigilancia, así como relaciones jerárquicas.
El poder, en la concepción de Foucault, es algo que circula continuamente. Nunca se localiza aquí o allá; nunca en manos de una persona en forma exclusiva. No puede almacenarse; sólo existe en su ejercicio. No actúa sobre otros sino sobre sus acciones y por ello siempre abre un abanico de respuestas, de reacciones ante el poder. Todo poder -para ser definido como tal- conlleva una resistencia. Siempre es una manera de actuar sobre un sujeto actuante y precisamente en tanto que ese otro sujeto actúa o es susceptible de actuar. Dicho de otra manera, una relación de poder sólo puede darse en un esquema de libertad.
Otro punto importante es el tipo de objetivos perseguidos, que pueden ser mantener privilegios, afianzar la autoridad, etc. En la violencia, la finalidad que se busca es precisamente la eliminación de obstáculos para el ejercicio del poder, independientemente de los daños producidos. Un elemento más es la forma de institucionalización, que Foucault relaciona con las disposiciones tradicionales, las estructuras jurídicas, las costumbres, etc. Nuevamente aparece la importancia del contexto social en el que se produce el acto violento que, según hemos visto, tiene alcances muy amplios: desde la esfera más inmediata al individuo, que es la pareja o la familia, hasta el macrosistema, que incluye las concepciones culturales, las instituciones que condenan o legitiman y las estructuras mediadoras.
Además, es fundamental el acento en las diversas formas de resistencia, tanto para entender el fenómeno mismo de la violencia de género, como para contextualizar la lucha organizada contra la violencia. A través de distintas formas de resistencia, las mujeres enfrentan los efectos del poder como tales, en su especificidad e inmediatez. Se ataca una forma de poder que se ejerce en la vida cotidiana. La fuente y núcleo de todo poder es la persona socialmente condicionada y con la capacidad de ejercer alguna influencia en la sociedad. Así, toda persona tiene algún tipo y grado de poder.
Las dos posturas analizadas tienen claras diferencias. En la propuesta de Weber la relación que se establece implica que una persona manda y otra obedece. En el esquema de Foucault el poder circula, de tal manera que toda persona tiene siempre algún poder. De ambas definiciones podemos tomar elementos que nos permitan entender la violencia social y la violencia de género. En efecto, la relación dominación - obediencia se construye sobre una base de desigualdad que puede -aunque no necesariamente- ser campo fértil para la violencia. Las mujeres obedecen a los hombres por un hábito inveterado o por disposición de la ley. Pero ¿cómo se da esta relación de obediencia? La desigualdad social no implica que una persona (o grupo de personas) tenga siempre el poder y que otra (u otras) siempre obedezcan. Por un lado, estas últimas también tienen alguna forma de poder que ejercen de diversas maneras; en el caso de las mujeres hacia los hijos y también, en determinadas circunstancias y si retomamos la idea de la relación de complementariedad, respecto del marido.
Además, la obediencia de las mujeres no se da de manera ciega, pasiva y sin cuestionamientos, lo que equivale a decir que desarrollan diversas estrategias para resistir. Por otro lado, el hecho de reconocer que las mujeres no sólo resisten sino que, además, tienen -en la medida que ejercen- algún tipo de poder, no debe hacernos pensar que la relación es equitativa, porque estaríamos dejando de lado la desigualdad social, que se expresa en muchos órdenes de la vida.23


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