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Los estudios de prevalencia de la obesidad también encuentran que existen muchos obesos con un nivel socioeconómico más bajo (Gutiérrez-Fisac, 1998). Sin embargo, todavía no se ha establecido cuál es la dirección de la relación entre estas dos variables ya que puede ser que por el hecho de ser obeso se sufra discriminación y por ende se posea un bajo status socioeconómico o al contrario, que por el hecho de poseer una baja capacidad adquisitiva y cultural la gente tenga más probabilidades de ser obesa. Por ejemplo, un estudio sobre los predictores de la obesidad encuentra que el hecho de haber vivido con una familia con un estatus socioeconómico bajo durante la infancia se relaciona con una mayor probabilidad de desarrollar obesidad durante la fase adulta (Parsons, 1999). Sin embargo, la otra hipótesis (que por ser obeso se posee un status económico inferior al ser discriminado) también es verosímil puesto que existen muchos trabajos que documentan el hecho de que las personas obesas sufren discriminación en muchas áreas (ver el siguiente punto del capítulo). Esta misma doble idea (que los obesos tiene menos capacidad adquisitiva por motivos de discriminación o que por pertenecer a un estrato bajo hay más posibilidades de desarrollar sobrepeso) se puede extrapolar a otros datos como que los obesos poseen un nivel educativo bastante inferior al de las personas con un peso normal (Aranceta y cols., 2003) o que existen un porcentaje considerablemente más elevado de obesos que viven en barrios marginales o deprivados (Van Lente y Mackenbach, 2002). Ambos resultados parecen sugerir que las personas con un exceso de peso sufren discriminación o bien que por padecer esas condiciones poco favorecedoras tienen más probabilidades de tener problemas de peso. Al ser la naturaleza de estos estudios correlacional no ha sido hasta el momento posible establecer cuál es la causa y cuál es el efecto. Sea cual sea la explicación de estos datos, como pone de manifiesto un trabajo reciente de Puhl y Brownell (2006) realizado con más de 2.500 mujeres estadounidenses las experiencias de rechazo o discriminación son comunes en el día a día de las personas aquejadas de obesidad.


    1. Discriminación a los obesos

Además de los condicionantes médicos, el sobrepeso o la obesidad también generan en muchas ocasiones dificultades en una serie de áreas sociales. Existen muchos estudios que documentan cómo el hecho de ser obeso produce problemas de rechazo o discriminación en el ámbito laboral, en el contexto sanitario, en la escuela o en las relaciones interpersonales. Según la literatura revisada, el hecho de ser obeso no sólo tiene riesgos para la salud (con algunas de las comorbilidades presentadas en el anterior punto del capítulo) sino que también puede dejar huella en el transcurrir de la vida cotidiana de la persona aquejada por exceso de peso. Por ejemplo, y para ilustrar de este modo alguno de los problemas por los que se pueden ver afectadas las personas obesas, existe un estudio que pone de manifiesto que los obesos tienen menos probabilidades de que les alquilen un piso (Karris, 1977). Este autor encontró que era más probable encontrar un piso a alquilar si se tiene un peso normal, puesto que las personas con pesos más elevados eran rechazadas en mayor número de ocasiones al intentar alquilar un inmueble desocupado. Así, mientras que en las sociedades en vías de desarrollo el sobrepeso puede ser considerados un signo de status, en los países del Primer Mundo la obesidad es una estigma que genera un gran rechazo (Rissanen, 1996).




      1. Discriminación en el trabajo

Son muchas las investigaciones que ponen de manifiesto que las personas obesas sufren discriminación en el entorno laboral. La revisión realizada por Roehling (1999) recopila información sobre otras investigaciones que analizan los procesos de discriminación a los que se somete a los obesos en el trabajo. Este autor argumenta que existe un estereotipo hacia este grupo (se considera a las personas obesas como vagos y menos competentes), lo cual acaba repercutiendo negativamente en una serie de áreas, como por ejemplo, el hecho de tener puestos de inferior categoría, problemas con los compañeros de trabajo, una remuneración económica baja, una mayor tasa de paro dentro de este colectivo o los problemas que tienen en los procesos de selección de personal.




  1. Puestos de inferior calidad:

Ball, Mishra y Crawford (2002) en un estudio realizado con más de 8.000 participantes australianos han hallado que el hecho de ser obeso se asocia con peores puestos laborales. Los resultados de este trabajo señalan que las mujeres con peores trabajos tenían un 1.4% más de probabilidad de tener índices de masa corporal elevados que las mujeres con buenos puestos. También se ha comprobado, en un estudio realizado por Kouvonen, Kivimäki, Cox, Cox y Vahtera (2005) con 45.810 trabajadores fineses, que un IMC elevado está asociado con peores puestos (además, los obesos eran los que más puntuaban en escalas para medir estrés laboral). En esta misma línea se sitúa el trabajo de Schulte, Wagner, Ostry, Blanciforti, Cutlip, Krajnak, Luster, Munson, O'Callaghan, Parks, Simeonova y Miller (2007) en el que también encuentran que el hecho de ser obeso se relaciona con puestos de peor calidad. Según lo que han encontrado estos autores las personas obesas tienen más probabilidad de tener empleos muy demandantes y exigentes, así como trabajos más largos y duraderos (en cuanto a jornada laboral) y puestos en los que los empleados se sienten con poco control sobre su propia situación laboral. Por lo tanto, la literatura revisada encuentra que el hecho de tener un IMC elevado se asocia con puestos de baja calidad lo que parece sugerir que ser obeso puede ser un inconveniente para un desarrollo satisfactorio de la carrera profesional.




  1. Problemas con los compañeros de trabajo:

Además de ostentar posiciones laboralmente inferiores, las personas obesas también han de enfrentarse a otros obstáculos dentro del entorno profesional. Por ejemplo, el trabajo de Rothblum, Brand, Miller y Oetjen (1990) fue uno de los primeros que sacaron a la luz algunos de los problemas a los que han de enfrentarse las personas obesas en el entorno laboral. Estos autores utilizaron como participantes a trabajadores cualificados estadounidenses y posteriormente dividieron su muestra en tres grupos (delgados, con sobrepeso y obesos) con el objetivo de encontrar diferencias en las discriminaciones recibidas por el mero hecho del peso. Los resultados que encontraron fueron que en el grupo de personas obesas era donde más casos de discriminación en el puesto de trabajo se producían. Más recientemente, Carr y Friedman (2005) han encontrado, en una muestra de más de 3.000 participantes estadounidenses, que los obesos de tipo II y III (IMC a partir de 30 y 35 respectivamente como ya se comentó en el primer punto del capítulo) presentaban un mayor número de quejas por casos de discriminación laboral y por tratos vejatorios por parte de los propios compañeros de trabajo que las personas delgadas. Otra muestra de las dificultades a las que han de enfrentarse las personas obesas en el entorno laboral es el trabajo de Roehling, Roehling y Pichler (2007) realizado con 2.838 participantes estadounidenses. Los resultados de este estudio muestran que las personas con sobrepeso presentaban 12 veces más quejas por problemas de discriminación laboral que las personas con un peso normal y que la discriminación en personas con obesidad era 37 veces más alta. En casos de obesidad extrema (de tipo III en adelante) los casos de discriminación en el empleo eran 100 veces más elevados que en personas de pesos normales. Por lo tanto, el colectivo de los obesos percibe un trato diferente al que se otorga a las personas delgadas en el entorno laboral y se queja de las discriminaciones sufridas para dejar constancia de la exclusión a la que se ven sometidos.


A modo de corolario, es importante recalcar el hecho de que esa discriminación que dicen padecer los obesos no es una mera queja sin fundamento, sino que son tales las dificultades a las que han de enfrentarse los obesos en el mundo laboral que existen algunas sentencias en juzgados norteamericanos que brindan apoyo a las demandas realizadas por este colectivo (Carpenter, 2006; Johnson, 1995; Paul y Townsend, 1995). En Canadá, por ejemplo, existen leyes que intentan proteger los derechos de las personas obesas en el entorno del trabajo con medidas anti-discriminación explícitas (Zwerling, 1997) para evitar que se produzcan algunos de los hechos que se acaban de exponer.


  1. Remuneración económica:

Otro aspecto en el que los obesos sufren discriminación es con respecto a los sueldos que perciben. Uno de los primeros trabajos que mostraron cómo el sobrepeso se relaciona con el sueldo que se recibe fue el realizado por Drenick (citado en Allon, 1982). Este autor, médico especializado en obesidad, halló que cuando sus pacientes perdían peso la probabilidad de que aumentaran su sueldo se incrementaba en un 56%. Otro ejemplo de esta asociación se puede hallar en Loh (1993). En ese estudio, realizado con 2.000 participantes estadounidenses adultos (18 años en adelante) durante los años 1983-1985, se encontró que las personas obesas cobraban un 6% menos. Resultado que cobra más importancia cuando se conoce que para hallar este dato se controlaron estadísticamente variables como el nivel de estudios o la experiencia laboral. En esta misma línea se sitúa el trabajo de Gortmaker, Must, Perrin, Sobol y Dietz (1993), en un estudio realizado durante 9 años con más de 10.000 personas, donde también encontraron que la obesidad en la adolescencia tenía consecuencias sociales para la edad adulta como era el hecho de percibir una menor cantidad de ingresos. También Averett y Korenman (1999) encuentran datos similares esta vez trabajando con una muestra de más de 4.000 sujetos estadounidenses. Los resultados ponen de manifiesto que las personas obesas poseían salarios más bajos que los de un peso normal y que este efecto era especialmente relevante para las personas de raza blanca. Por último, y para no redundar sobre este hecho que parece ser consistente, el estudio longitudinal más reciente hasta la fecha realizado en Estados Unidos demuestra que las personas obesas tiene una menor remuneración a lo largo del tiempo que las personas con un peso inferior (Baum II y Ford, 2004) si bien es cierto que según Zhang y Wang (2004) aunque existe una asociación entre un IMC elevado y sueldos más bajos, esta tendencia se está suavizando en los últimos años (en un estudio realizado con 28.543 estadounidenses, de 20 a 60 años, durante los años 1971 a 2000). Por lo tanto, a raíz de lo expuesto parece que los datos presentados avalan la idea de que la obesidad supone un impedimento para obtener sueldos altos. De hecho, según Maranto y Stenoien (2000) existe una clara discriminación hacia los obesos en el tema del salario, como el que puede haber hacia los afro-americanos o hacia las mujeres, colectivos que tradicionalmente se han vistos protegidos por medidas de discriminación positiva para compensar algunas de las injusticias que se han cometido sobre ellos. Sin embargo, en el caso de los obesos la legislación vigente (en Estados Unidos) parece no amparar del todo a este colectivo y en las empresas se sigue discriminando a las personas obesas otorgándoles sueldos más bajos que a las personas con pesos normales.

Es importante destacar que este fenómeno (sueldos inferiores para las personas con IMCs más elevados) afecta con especial virulencia a las mujeres. Por ejemplo, en el estudio realizado por Register y Williams (1990) con una muestra de 8.000 participantes estadounidenses (con una franja de edad de 18 a 25 años), se encontró el dato de que las mujeres obesas ganaban un 12% menos que las mujeres con un peso normal. Esta doble discriminación a las mujeres también se obtiene en otro trabajo con muestra estadounidense (Pagán, y Dávila, 1997) en el que se comprobó que las mujeres tenían peores puestos y sueldos más bajos en comparación con las personas de un peso menor, mientras que ese mismo efecto no se encontraba para los hombres con un IMC elevado. Otro trabajo mas reciente encuentra precisamente esa tendencia (Mujahid, Díez Roux, Borrell y Nieto, 2005) en un estudio longitudinal realizado durante 9 años con 13.167 participantes estadounidenses (con edades comprendidas entre los 45 y los 64 años) donde también se encuentra que los ingresos de las mujeres con un mayor peso eran menos elevados que los de las mujeres con un peso más bajo.

Existen pocos trabajos al respecto en nuestro país, pero Aranceta y cols. (2003) en su estudio sobre prevalencia de la obesidad encontraron que las personas pertenecientes a un entorno socioeconómico menos favorecido presentaban prevalencias de sobrecarga ponderal (IMC igual o superior a 25 kg/m2) significativamente más elevadas que las personas de posición socioeconómica media o alta.



  1. Paro:

Otra área en la que los obesos padecen discriminación es con respecto al mantenimiento y/o adquisición del empleo. Uno de los primeros trabajos que sacaron a la luz este problema fue el realizado por Drenick (citado en Allon, 1982). Este autor halló que cuando sus pacientes perdían peso mediante cirugía bariátrica la probabilidad de encontrar trabajo se incrementaba en un 21%. Otro ejemplo de esta asociación, se puede encontrar en el trabajo de Rosmond y Björntorp (1999) realizado con 1.137 mujeres suecas nacidas en 1956. En el citado trabajo se encontró que el IMC se asociaba con una mayor tasa de desempleo. Además de encontrar que las mujeres con mayor peso tenían menos probabilidad de tener un empleo, también hallaron que aquellas que sí tenían trabajo encontraban muchas más dificultades y problemas en sus entornos laborales que las mujeres con pesos inferiores. Otro resultado similar es el hallado por Laitinen, Power, Ek, Sovio y Järvelin (2002) con una muestra de 9.754 participantes finlandeses. Se trata de un diseño longitudinal en el que las medidas realizadas (IMC y cuestiones demográficas entre otras) a los participantes (nacidos en el año 1966) fueron tomadas al nacer éstos, durante su adolescencia (los 14 años) y ya en su fase adulta (31 años). Con este diseño se pretendía estudiar cómo puede incidir la obesidad a la largo del ciclo vital en asuntos tan importantes como el empleo. Los resultados encontrados ponen de manifiesto que la obesidad o el sobrepeso a los 14 años no predecían el desempleo en la medida a los 31 años (la ecuación de regresión no fue significativa), pero sí que se encontraba una clara asociación (una correlación positiva) entre tasa de desempleo y obesidad al menos en mujeres (controlando factores como la educación o el status socioeconómico). Otro estudio que viene a ratificar este hallazgo es el realizado por Cawley y Danziger (2005) al encontrar que las mujeres obesas tienen más problemas a la hora de conseguir trabajo, hallando un alto índice de desempleo entre las personas de sexo femenino y con un alto IMC. Por último, y para no insistir más en esta cuestión, Tunceli, Li y Williams (2006) han encontrado, en un estudio realizado entre los años 1986-1999 con una muestra estadounidense, que las personas obesas tienen más probabilidad de carecer de empleo por el mero hecho de su peso. Por ejemplo, en varones, y tras controlar estadísticamente el efecto de variables que pudieran incidir, la probabilidad de carecer de empleo en caso de obesidad o sobrepeso era del 4.8% más que para personas con pesos normales y en mujeres ese porcentaje aumentaba hasta el 5,8%.




  1. Selección de personal:


La literatura revisada también pone de manifiesto que los obesos sufren discriminación en las entrevistas de selección de personal. Uno de los primeros trabajos que llamó la atención de la comunidad científica sobre este hecho fue el libro de Mayer (1968) en el que se concluía que los obesos tenían muchas más dificultades a la hora de acceder a un empleo por la gran cantidad de sesgos que existen hacia las personas con un peso elevado. Una de las primeras demostraciones experimentales de la existencia de este fenómeno fue la realizada por Larkin y Pines (1979). Estos autores realizaron un sencillo experimento para demostrar los procesos de discriminación a los que se somete a los obesos por parte de los seleccionadores de personal. Los participantes del estudio vieron un video sobre una entrevista de trabajo en la que el candidato para el puesto tenía que realizar una serie de tests que medían sus diferentes capacidades. La manipulación experimental que se realizó fue variar el peso del entrevistado manteniendo el resto de factores constantes. El principal hallazgo de este trabajo es que se encontró que los participantes recomendaban con menor frecuencia para el puesto de trabajo vacante a la persona con un mayor peso y que la evaluación que realizaban de éste era mucho más negativa que para el caso del candidato con un menor peso. Un trabajo más reciente (Klesges, Klem, Hanson, Eck, Ernst, O’Laughlin, Garrott y Rife, 1990) también utiliza una metodología similar para comprobar cómo los seleccionadores de personal presentan sesgos hacia los candidatos con un mayor peso. En este estudio se trabajó con casi 300 participantes estadounidenses procedentes de contextos empresariales. Los sujetos eran personas relacionados con el área de Recursos Humanos, todos ellos con experiencia dentro de ese campo de unos cinco años y con estudios superiores. Al igual que en el anterior estudio se ponía a los participantes una cinta de video en la que un candidato presentaba sus credenciales para formar parte de su empresa para que éstos posteriormente valoraran sus capacidades y emitieran una decisión en lo que respecta a su aceptación o rechazo. La manipulación experimental consistió de nuevo en variar el peso del candidato al puesto, manteniendo el resto de variables constantes (las habilidades laborales, nivel de estudios, etc.). Los resultados pusieron de manifiesto que los participantes percibían al candidato obeso como menos cualificado y le recomendaban con mucha menos frecuencia para el puesto vacante. También se encontró que el candidato obeso era percibido como poseedor de peores hábitos de trabajo, más susceptible de ausentarse del trabajo (abusando de los privilegios de la compañía obteniendo bajas fraudulentas) y con mayor probabilidad de tener problemas interpersonales y emocionales en el ámbito laboral. Una conclusión similar se extrae del trabajo realizado por Pingitoire, Dugoni, Tindale y Spring (1994), realizado con una metodología muy similar, en el que se encontró un mayor sesgo en contra de los obesos especialmente para el caso de las mujeres. De nuevo se halla que el candidato si es obeso, y mujer, tiene pocas probabilidades de encontrar un puesto de trabajo. También, Popovich, Everton, Campbell, Godinho, Kramer y Mangan (1997) encuentran esa tendencia aunque hacen una pequeña distinción al mencionar que la probabilidad de ser contratado disminuye cuando el tipo de trabajo a desempeñar es de tipo físico. Lo que hallaron estos autores fue que los participantes rechazaban con mayor vehemencia al candidato obeso cuando los puestos vacantes requerían un considerable esfuerzo físico por parte del solicitante. Por el contrario, para otro tipo de puestos no se encontraron diferencias entre los candidatos (puestos de naturaleza intelectual). En un estudio más reciente Polinko y Popovich (2001) también han encontrado que los candidatos a puestos vacantes obesos generan percepciones más negativas que las personas con un peso inferior. Estos autores crearon un programa informático que presentaba a dos candidatos con idénticas competencias y habilidades y con la única diferencia del peso para que los participantes valoraran las habilidades para un supuesto puesto vacante. Lo que encontraron fue que el candidato con mayor peso fue al que menos competencias laborales se le atribuyeron por parte de los participantes.
Por lo tanto, los datos presentados avalan la idea de que las personas obesas tienen muchas dificultades para salir airosos de los procesos de selección por los fuertes sesgos que existen en contra de los miembros de este colectivo. Como sugieren Kutcher y DeNicolis Bragger (2004) dado que es un hecho bien establecido que las actitudes prejuiciosas de alguno seleccionadores de personal pueden estar incidiendo en que muchos candidatos obesos no consigan trabajos para los cuales están capacitados, sería necesario que las empresas tomaran conciencia de este problema e hicieran todo lo posible para evitar que los obesos sean rechazados por el mero hecho de su peso.


      1. Discriminación de los profesionales del área de la salud

Existen diversos estudios que demuestran que algunos médicos tienen sesgos y prejuicios hacia las personas obesas. Por ejemplo, Klein, Najman, Kohrman y Munro (1982) enviaron un total de 400 cuestionarios anónimos a diversos médicos y comprobaron que los pacientes obesos les elicitaban una serie de sentimientos de índole negativa. No solo los médicos presentan sesgos en contra de los obesos, sino que la literatura revisada halla que existen otros profesionales con actitudes negativas hacia los miembros de este colectivo. De hecho, los estudios parecen sugerir que esa visión negativa del paciente obeso puede repercutir en una peor asistencia sanitaria.




  1. Prejuicio del personal sanitario:

Un porcentaje considerable de médicos estima que los obesos poseen una serie de características de tipo negativo muy acordes al estereotipo que existe acerca de ellos. El primer trabajo que puso de manifiesto que los médicos poseían una actitud negativa hacia los obesos fue el realizado por Maddox y Liederman (1969) en el que a través de un cuestionario los propios doctores informaban que creían que los pacientes obesos eran personas poco inteligentes y sin éxito en la vida. En esta misma línea se sitúa el trabajo de Maiman, Wang, Becker, Finlay y Simonson (1979) en el que se halló que los médicos especializados en el área de nutrición estimaban que los obesos eran personas faltas de voluntad y que su enfermedad se debía a problemas de tipo emocional. Otro estudio un poco más reciente (Price, Desmond, Krol, Zinder y O’Connell, 1987) también muestra que la gran mayoría de los médicos encuestados por medio de cuestionarios anónimos manifestaba que los obesos eran personas vagas y carentes de auto-control. Con una metodología similar Harvey y Hill (2001) también hallan que dentro del colectivo de los médicos existe una actitud negativa hacia las personas obesas. Su trabajo encuestó a 255 médicos ingleses preguntándoles acerca de su práctica clínica diaria con pacientes obesos. Lo que reveló el estudio fue que los participantes estimaban que los pacientes obesos eran gente con poca autoestima, carentes de atractivo sexual y responsables del estado en que se encontraban. La magnitud del efecto se multiplicaba cuando en vez de preguntar por pacientes con sobrepeso se les hacía referencia a personas con obesidades extremas. De hecho, los propios médicos especializados en cirugía bariátrica (operaciones para reducir el peso corporal del paciente aquejado de obesidades extremas) también presentan sesgos hacia las personas obesas como ha puesto de manifiesto un reciente trabajo de la doctora Maxwell (2005). Además de en Estados Unidos o Inglaterra también hay trabajos que ponen de manifiesto que en otros países existe prejuicio hacia este colectivo como por ejemplo en Francia (Bocquier, Verger, Basdevant, Andreotti, Baretge, Villani y Paraponaris, 2005). En este trabajo realizado mediante entrevistas a 600 médicos franceses se encontró que casi todos los profesionales encuestados creían que el sobrepeso afectaba a la salud y una gran mayoría (el 79%) estaban de acuerdo en que parte de su trabajo consistía en atajar tales problemas para evitar futuras complicaciones médicas. Sin embargo, el 58% no percibían que fueran eficaces en los tratamientos que practicaban, y un tercio de éstos no percibía ese trabajo como gratificante. Además, un 30% de la muestra tenía actitudes negativas hacia los pacientes obesos y un 57% era pesimista en cuanto a la habilidad de los pacientes para perder peso.




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