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Por lo tanto la literatura revisada no halla un patrón constante de resultados, ya que unos trabajos concluyen que la relación entre depresión y obesidad es prácticamente inexistente, otros que existen correlaciones positivas y significativas entre ambas variables y por último estarían las investigaciones que hallan que la obesidad se relaciona de forma negativa con la depresión.


      1. Autoestima


Al igual que en el caso de la depresión, los trabajos que relacionan autoestima y obesidad no obtienen todos las mismas conclusiones. Existen algunos estudios que hallan una relación negativa entre autoestima y obesidad. Es el caso del trabajo de Martin, Housley y McCoy (1988). Estos autores realizaron un estudio con 550 chicas de 14 a 16 años en el que midieron su autoestima y su IMC. Los resultados pusieron de manifiesto que las puntuaciones en autoestima eran más altas para los grupos de peso bajo y medio que para los de peso alto. Otro resultado similar es el hallado por Franklin (2006). Este autor trabajó con 2.813 niños australianos (con una medida de edad de 11.3 años) y encontró que los niños obesos poseían una menor autoestima si se comparaban los resultados con sus compañeros de un peso normal y que además esa tendencia era aún mayor para el caso de las niñas. Un trabajo interesante es el realizado por Biro, Striegel-Moore y Franko (2006). Estos autores hicieron un estudio longitudinal para observar cómo variaba la autoestima a medida que aumentaba o disminuía el IMC. Las participantes de este estudio fueron niñas que empezaron con 9 y 10 años y acabaron el estudio con 22. El resultado principal de este trabajo es que se encontró que la autoestima era mayor para IMC bajos, independientemente de la raza de las participantes. La importancia de este trabajo radica es que al ser un diseño longitudinal se demostró que a medida que fluctuaba el IMC, este cambio repercutía en la autoestima de los participantes. Así, en épocas de ganancia ponderal la autoestima de las participantes disminuía y por el contrario en etapas de pérdidas de peso la autoestima aumentaba. También, Averett y Korenman (1999) encontraron, en una muestra de más de 4.000 sujetos estadounidenses, que las personas obesas tenían menor autoestima que las personas con un IMC normal y que este efecto era especialmente relevante para las mujeres de raza blanca. Según los autores dentro del colectivo afro-americano no existe tanta presión social hacia la delgadez y por lo tanto la autoestima de las mujeres negras no está tan asociada al peso como en el caso de las personas de raza blanca. Un estudio interesante es el realizado por Phillips y Hill (1998) con pre-adolescentes ingleses ya que determinó que la autoestima de las chicas con sobrepeso sólo se veía afectada en algunos dominios. Así, por ejemplo se encontró que las niñas con pesos más elevados tenían menos autoestima en relación a su aspecto físico o sus competencias atléticas, pero que en otros dominios la autoestima era similar a las de sus compañeros con pesos inferiores (como por ejemplo las habilidades académicas). Provencher, Bégin, Gagnon-Girouard, Gagnon, Tremblay, , Boivin y Lemieux (2007) también encontraron una relación negativa entre el peso y la autoestima pero esta correlación estaba mediado por las expectativas de los participantes. Lo que estos autores hallaron fue que cuando las expectativas con respecto a su peso eran muy elevadas y querían tener mucho menos peso del que tenían (aspiraban a tener un peso muy alejado del que poseían) las correlaciones con la autoestima poseían una magnitud mucho mayor. Por lo tanto, lo que se desprende de esta investigación es que no sólo el peso real puede correlacionar con la insatisfacción vital medida a través de la autoestima sino que también influyen las expectativas de cambio, con respecto al peso, que puedan tener los participantes. Por último diremos que en el último meta-análisis que existe sobre este asunto (Miller y Downey, 1999) se comprobó que existía una relación negativa (r = -.18) entre autoestima y obesidad real. En este estudio se aportaba un dato interesante, como bien señalan Crocker y Garcia (2005), y es que la relación entre sobrepeso estimado o percibido y autoestima era de una magnitud mayor (r = -.34) que la de la correlación de esta variable de salud psicológica con el peso real de los participantes. Lo que este resultado sugiere, según los autores, no es que el hecho de tener sobrepeso pueda causar una autoestima baja sino que más bien la gente que tiene autoestima baja puede pensar o percibirse con más sobrepeso del que realmente tienen.
Por otro lado también existen trabajos que argumentan que las personas con sobrepeso poseen una mejor salud psicológica que las personas con un peso inferior (“la hipótesis del gordo feliz” de Crisp y McGuiness, 1976). Es el caso del estudio de Rosmond y Björntorp (2000). Estos autores trabajaron con 284 participantes suecos de 51 años y encontraron que las personas con sobrepeso poseían una mejor autoestima. Sin embargo, aquellas personas con obesidad abdominal (obesidad androide) tenían una menor autoestima comparados con otros sujetos con un menor peso. También existen trabajos que no encuentran ninguna relación estadísticamente significativa como el de Rumpel y Harris (1994). Estos autores estudiaron la relación entre autoestima e IMC en una muestra de 936 niños nacidos entre 1960 y 1963 y llegaron a la conclusión que no existía relación entre el peso de los participantes y su autoestima. Una conclusión similar se obtiene del trabajo de Kim y Kim (2001). En este estudio los autores trabajaron con una muestra de 303 mujeres surcoreanas con edades comprendidas entre los 15 y 19 años y llegaron a la conclusión, mediante una análisis de regresión, que el IMC de las participantes no predecía la autoestima.
La revisión realizada pone de manifiesto que no existen conclusiones claras con respecto a la relación de autoestima y depresión con obesidad. Según Friedman y Brownell (1995) esta disparidad de resultados se debe al hecho de que todos estos trabajos comparan personas delgadas con aquellas que tienen sobrepeso. Según estos autores las investigaciones deberían tratar de averiguar qué variables se relacionan con una buena salud psicológica dentro del colectivo de los obesos, para lo cual habría que realizar investigaciones que trataran de analizar cuáles son los mecanismos que poseen los obesos para afrontar la discriminación que sufren a diario. Así, por ejemplo en el trabajo de Carr y Friedman (2005) encontraron, en una muestra de más de 3.000 participantes estadounidenses, que los obesos de tipo II y III (IMC a partir de 30 y 35 respectivamente) presentaban niveles de auto-aceptación mucho más bajos que las personas delgadas pero encontraron que estos resultados estaban mediados por el número de discriminaciones sufridas. Es decir, lo que estos autores trajeron a colación es que las diferencias en auto-aceptación no estaban determinadas por el peso en sí mismo, sino por las consecuencias sociales del sobrepeso. Por lo tanto lo que se desprende de este estudio es que en algunas variables relacionadas con la salud psicológica, como pueda ser la auto-aceptación, pueden influir las experiencias de discriminación social o la exclusión. En otro trabajo (Miller, Rothblum, Brand y Felicio, 1995) también se asume esta idea de que la autoestima o la depresión no sólo dependen del IMC sino que también están relacionadas con variables psicosociales. Lo que estos autores hicieron fue medir las relaciones sociales de personas obesas y con pesos normales mediante autoinformes y preguntando a familiares y amigos acerca del estado en que se encontraban este tipo de relaciones (si tenían apoyo familiar, si tenían amistades, si quedaban con frecuencia, etc.). El resultado de este trabajo pone de manifiesto que en la muestra recogida (de unas 70 personas por condición) no existían diferencias en las relaciones sociales de las personas obesas y no obesas (se encontraron porcentajes similares en todas las variables estudiadas). Este trabajo ratifica que no para todas las personas el sobrepeso puede suponer una barrera social y por lo tanto para este tipo de personas (las cuales no han vivido experiencias de discriminación o rechazo) el hecho de tener sobrepeso u obesidad no irá asociado con una peor salud psicológica. En otro trabajo más reciente (Ashmore, Friedman, Reichmann y Musante, 2008) se ha encontrado que el bienestar psicológico está determinado en parte por las experiencias sociales de discriminación y exclusión. Estos autores pasaron a un total de 93 obesos estadounidenses un cuestionario sobre situaciones estigmatizantes para la persona con sobrepeso y otro sobre síntomas físicos y psicológicos para comprobar si estas dos variables estaban relacionadas. Los resultados indican que las situaciones de rechazo explicaban en torno al 18% de la varianza del estrés psicológico (una de los síntomas medidos por el cuestionario). Por lo tanto, parece importante tener en cuanto qué variables de tipo psicosocial pueden incidir en el bienestar de las personas aquejadas de obesidad y en qué medida la discriminación o la exclusión pueden afectar de forma negativa a la calidad de vida de las personas que conforman este colectivo (Sarlio, Stunkard y Rissanen, 1995). De hecho, en los últimos años existen una serie de trabajos que centran sus análisis en la especial resiliencia que poseen los colectivos de estigmatizados para poder afrontar este tipo prejuicio. Según los autores que se encuentran dentro de esta corriente de pensamiento, algunos estigmatizados no poseen una mala salud psicológica gracias a que sobrellevan el prejuicio mediante de una serie de mecanismos propios que les permiten conservar un buen estado de ánimo.


    1. Mecanismos propios para sobrellevar la discriminación en la obesidad

Un estigma se podría definir como la posesión de algún atributo o característica que devalúa la identidad social del sujeto en un contexto social determinado (Dovidio, Major y Crocker, 2000). Las personas estigmatizadas son el blanco del prejuicio de los estigmatizadores, y además suelen sufrir discriminación y exclusión social (Major y Eccleston, 2005). Según esta definición y teniendo en cuenta los principales resultados revisados en el punto 2.2. es lógico pensar que la obesidad es un estigma en la sociedad actual. El punto de vista tradicional (Allport, 1954, 1979) argumenta que los estigmatizados por el hecho de ser discriminados tienen menos autoestima. Sin embargo, existe otra perspectiva alternativa que hace especial énfasis en la resiliencia de los estigmatizados y se centra en su capacidad de adaptarse a las adversidades.




      1. Las atribuciones


Entre los autores que se posicionarían en este campo que se centra en las habilidades que poseen los estigmatizados para salir adelante en situaciones de prejuicio cabría destacar sobre todo a Crocker y Major (1989). En ese trabajo clásico se argumentaba que los estigmatizados al tener la posibilidad de atribuir al prejuicio de los demás un resultado negativo podían proteger su autoestima evitando asumir la culpa de un fracaso. Este argumento se contrastó empíricamente en el laboratorio (Crocker, Voekl, Testa y Major, 1991) y se comprobó que la autoestima de diferentes grupos estigmatizados (mujeres y afro-americanos) al recibir feedback negativo por parte de un evaluador discriminador variaba en función del tipo de atribución realizada. Así, aquellos estigmatizados que atribuían el resultado negativo al prejuicio informaban de un estado de ánimo menos depresivo que aquellos estigmatizados que habían recibido un juicio negativo por parte de un evaluador no prejuicioso. Estos autores afirman que estos resultados se explican por el hecho de que las atribuciones externas de un fracaso (pensar que son los prejuicios del evaluador los que han producido el fallo) tienen consecuencias positivas para la autoestima de los grupos estigmatizados (si se comparan con una atribución de tipo interno). Por lo tanto, según estas autoras el hecho de poder realizar una atribución al prejuicio del evaluador tiene consecuencias positivas siempre y cuando se compare con una atribución interna del fracaso (asumir la culpa del resultado negativo). Sin embargo, en el estigma de la obesidad (Crocker, Cornwell y Major,1993) se ha encontrado que las mujeres con sobrepeso ante un resultado negativo (un juez que hace un comentario sobre ellas) suelen echarse la culpa de esa evaluación no elogiosa a sí mismas antes que creer que se debe al prejuicio o la discriminación (como hacían las mujeres con un peso normal). Este resultado indica que las mujeres con sobrepeso suelen atribuir los resultados negativos más a su peso (ya que estiman que ese exceso de peso es debido a su culpa) que a factores externos, con las consecuencias psicológicas que eso supone. Blaine y Williams (2004) también encontraron un resultado interesante sobre este asunto. Lo que hicieron fue manipular una información sobre la controlabilidad del peso. Así, dieron a entender a la mitad de un muestra de 66 mujeres que el peso no podía ser controlado (ya que se debe a muchos factores no controlables por la propia persona como por ejemplo la genética) mientras que la otra mitad fue el grupo control (que se le dio una información irrelevante, puesto que motu propio las mujeres tienen la creencia de que el peso es totalmente controlable a través de la dieta y el ejercicio). Estos autores pidieron a continuación a las participantes que escribieran un ensayo relacionado con la salud, para lo cual debían de tener en cuenta la información que se les había proporcionado. Posteriormente un juez varón daba una evaluación negativa de ese ensayo (independientemente de su calidad, ya que a todas las participantes se les hacía la misma valoración). En este punto del estudio, se volvía a realizar otra manipulación experimental, en este caso a la mitad de las participantes se les hacía conocer que eran visibles para el evaluador mientras que a la otra mitad se les daba a entender que el juez no había podido verlas (algunas participantes se encontraban solas en una sala y otras, mientras escribían el ensayo, eran vistas por el evaluador). Los resultados mostraron que sólo en la condición de no controlabilidad del peso y visibilidad las participantes realizaron atribuciones al prejuicio. Es decir, que las participantes cuando creían que su peso no se debía a su propia culpa y al mismo tiempo sabían que estaban siendo vistas por el evaluador, tenían más probabilidad de realizar atribuciones al prejuicio (el mal resultado del ensayo no se debía a su falta de capacidad sino a los prejuicios del evaluador) y de este modo salvaguardaban su autoestima. Esta sensación de culpa que tienen muchas obesos se ve claramente reflejada en el trabajo realizado por Wang, Brownell y Wadden (2004). Estos autores pasaron un test de asociación implícita (IAT) para medir el prejuicio hacia los obesos a un grupo de personas con sobrepeso. Sorprendentemente hallaron que los propios obesos presentaban sesgos, medidos de manera implícita, hacia su propio grupo y por ejemplo afirmaban que las personas gordas eran mucho más vagas que las personas delgadas. Es decir, esa concepción negativa que la sociedad mantiene sobre el obeso (que se trata de una persona vaga y carente de autocontrol) también es sostenida por el propio grupo afectado. Por lo tanto, muchos obesos no pueden beneficiarse de las atribuciones al prejuicio puesto que muchas veces se autoculpan del estado en que se hallan (Harris, Waschull y Walters, 1990).
Por lo tanto, el modelo de Crocker y Major (1989) viene a mencionar la importancia que tienen las atribuciones a la hora de explicar cómo afecta la discriminación a los estigmatizados. Así, estas autoras proponen un modelo que trata de explicar por qué los estigmas afectan a algunas personas mientras que a otras no a través de una perspectiva que enfatiza la importancia del estrés y las estrategias de afrontamiento (Major, Quinton y McCoy, 2002).
Según Major y cols (2002) para explicar por qué para algunos estigmatizados su pertenencia grupal les marca negativamente, mientras que para otros esa misma posesión de una identidad social devaluada no les produce una autoestima baja, sólo se puede hacer desde un modelo de estrés. Así, para estos autores tras una primera fase en la que un suceso negativo de discriminación se explica por medio de una atribución externa específica (prejuicio de los demás a la hora a evaluar al estigmatizado), externa general (causa fuera del sujeto), interna general (carencias personales) o específica (la obesidad), el estigmatizado realiza un appraisal primario, es decir, el sujeto evalúa la situación para discernir si es amenazante o no. Para determinar si una situación es amenazante o no la persona evalúa una serie de características de la situación, como son la estabilidad, la globalidad, la gravedad y la controlabilidad de ésta. Según Eccleston y Major (2006), los appraisals serán dañinos para el bienestar psicológico del sujeto cuando las evaluaciones que se realicen de la situación sean estables (el rechazo va a seguir produciéndose en el tiempo), globales (ese rechazo afecta a muchas áreas de mi vida. Ej: trabajo, pareja, educación), graves (el rechazo implica aislamiento o estar condenado a un ostracismo que hace que sea una situación alarmante) e incontrolables (el sujeto que padece la discriminación no puede hacer nada para evitar esa exclusión). Por lo tanto, cuando la persona estigmatizada por su peso vea que la situación a la que se enfrenta se perpetua en el tiempo (estabilidad), le repercute en muchos aspectos de su existencia (globalidad), tiene un carácter realmente preocupante (gravedad) y además sus posibilidades de poder transformarla son prácticamente nulas (incontrolabilidad), entonces la salud psicológica de esa persona se verá afectada. Por el contrario, si la valoración que hace de esa situación es justamente la opuesta (inestable, leve, específica y controlable) la persona estigmatizada podrá salir adelante ante el rechazo y ver su autoestima salvaguardada. Estos autores también mencionan el papel protector que puede tener la identificación pero este factor será comentado más adelante (ver punto 2.4.2.).

Después de ese appraisal primario el estigmatizado realiza un appraisal secundario en la que evalúa si existen recursos para afrontar tal situación de discriminación. Por ejemplo, Carver, Séller y Weintraub (1989) analizaron qué estrategias de afrontamiento eran las más adaptativas y encontraron que eran aquellas que se centraban en la tarea (por ejemplo, la búsqueda de apoyo social ante una situación de estrés elevado) más que las que lo hacían en las emociones (por ejemplo, dejar que afloren los sentimientos ante una situación de carácter negativo) las que más se relacionaban con una buena salud psicológica. Estos datos han sido hallados para muestras que no estudian al grupo de las personas con sobrepeso en particular pero por ejemplo, siguiendo en esta misma línea de analizar las estrategias de afrontamiento sólo que estudiando principalmente las utilizadas por los miembros del colectivo de los obesos, Myers y Rosen (1999) encuentran que determinadas formas de actuación se relacionan de forma positiva con el bienestar en obesos. Así, estos autores encontraron que cuanto mayor era el número de estrategias de afrontamiento adaptativas utilizadas (principalmente las centradas en la tarea) de sus participantes mejor era la salud psicológica que poseían esos pacientes obesos. Otros autores (Puhl y Brownell, 2003b) también argumentan que el afrontamiento es clave para lograr sobrellevar las situaciones de prejuicio o rechazo para el caso de las personas obesas. Según estos autores existen varias maneras de afrontar el prejuicio ante distintas situaciones de discriminación por el peso, como por ejemplo puedan ser las estrategias de la minimización de la importancia de la apariencia física (no darle importancia al aspecto exterior o centrarse simplemente en otros dominios donde la persona obesa destaque. Ej: identificarse mas con las tareas intelectuales que con el hecho de la apariencia física) o la negación de la controlabilidad del peso (negar que la obesidad se deba a su propia culpa). En un estudio más reciente de estos mismos autores (Puhl y Brownell, 2006) se ha puesto de manifiesto que algunas de esas estrategias de afrontamiento mencionadas correlacionaban con índices de salud psicológica (más autoestima o menos depresión) especialmente cuando las experiencias de estigmatización eran frecuentes en la cotidianeidad de los más de 2.500 participantes estadounidenses de la muestra. Es decir, que en este segundo paso, los estigmatizados valoran en qué media poseen recursos para salir adelante ante esa situación que primeramente han valorado como amenazante. Entre las recursos adaptativos que la literatura encuentra para sobrellevar las situaciones de rechazo o discriminación podemos destacar principalmente el coping centrado en la tarea (principalmente la búsqueda del apoyo social) y otras estrategias como la minimización de la importancia del aspecto físico (evitar destacar por el peso y hacerlo por otros aspectos más positivos) o la negación de la controlabilidad del peso (argumentar que el exceso de peso se deben a causas que se escapan al control de la persona estigmatizada).
Por lo tanto, la experiencia de estrés debido al estigma ocurre cuando la situación se percibe como amenazante (appraisal primario) y no se poseen los recursos suficientes para afrontarla (appraisal secundario). Es decir, el estigma sólo afectará a la autoestima cuando la persona evalúe que la situación es amenazante y además no posea los recursos suficientes para poder sobrellevarla. Entre las situaciones más estresantes para los estigmatizados cabrían destacar aquellas que son de una ambigüedad atribucional elevada.
La ambigüedad atribucional (Major y cols., 2002) se define como un estado de incertidumbre fruto de las experiencias que han sufrido a lo largo de su vida los estigmatizados. Es decir, los estigmatizados se ven en la situación de no saber si las acciones de los demás se deben al prejuicio que sienten hacia ellos o a su propia culpa. Así, los sujetos pueden auto-culparse o bien hacer atribuciones externas de un resultado negativo. La ambigüedad atribucional suele ocurrir con mayor frecuencia en climas en los que prima lo políticamente correcto, es decir, cuando existe prejuicio hacia un grupo concreto pero existen normas sociales que sancionan negativamente su manifestación abierta (Crandall, Eshleman, y O´Brien, 2002; Crandall y Eshleman, 2003). Como habíamos mencionado anteriormente el trabajo de Crocker y cols. (1993) pone de manifiesto que las personas obesas sufren de ambigüedad atribucional, aunque muchas veces no suelen beneficiarse de las atribuciones al prejuicio ya que se autoculpan de su exceso de peso. Existen muchas variables que pueden influir en estas situaciones de ambigüedad atribucional, y entre ellas cabe destacar la conciencia del estigma. Esta especial sensibilidad a la estigmatización o conciencia del estigma puede definirse como una expectativa de ser estereotipado por la simple pertenencia grupal (Pinel, 1999). Pinel (2004) ha puesto de manifiesto que la gente alta en conciencia del estigma tiene una mayor predisposición a hacer atribuciones a la discriminación en este tipo de situaciones. Así, por ejemplo encontraremos personas que son muy conscientes de que su peso puede ser una barrera para según que cosas (ej: conseguir pareja o un trabajo de cara al público) mientras que otros no percibirán su exceso de kilos como un problema (ej: personas que no han encontrado obstáculos en su vida). Es importante que mencionemos que según los autores que trabajan en este tema es posible que una situación sea idéntica para dos personas, pero la manera de percibirla sea completamente distinta: una persona que tuviera una conciencia del estigma alta se consideraría una víctima por la discriminación vivida, mientras que otra persona que puntuara bajo en esa escala podría no ser consciente de esos mismos hechos. Esta afirmación entronca claramente con el modelo de estrés, ya que es la percepción la que determina si el sujeto acaba padeciendo malestar físico y psicólogico más que la situación en sí misma.
A modo de corolario en la Figura 1, se puede observar la representación gráfica propuesta por Eccleston y Major (2006), en el que se sitúan todas las variables relacionadas con la salud psicológica en el colectivo de los estigmatizados.




      1. Identificación grupal

La aportación de Major y cols (2002) es muy importante dentro del campo del estigma, ya que demuestra que los grupos discriminados disponen de mecanismos propios para afrontar los eventos negativos derivados de su adscripción grupal que les permiten tener una salud psicológica aceptable. Otro modelo alternativo (Branscombe, Schmitt y Harvey, 1999) postula que los grupos estigmatizados pueden lograr sobrellevar el prejuicio a través de la identificación con su grupo derogado. Estos autores proponen que las atribuciones de un resultado negativo al hecho de la discriminación o el prejuicio representan para el estigmatizado un rechazo por parte de los grupos dominantes, lo cual acaba teniendo un efecto directo y negativo sobre su bienestar. Esas consecuencias negativas para el bienestar psicológico del estigmatizado de percibirse objeto de discriminación pueden verse paliadas a través de la identificación con el grupo minoritario (Jetten, Branscombe, Schmitt y Spears, 2001). Es decir, según este modelo denominado Rechazo-Identificación el hecho de percibir el prejuicio como algo estable y continuo tiene consecuencias negativas para el sujeto y su bienestar psicológico, independientemente de que un juicio particular al prejuicio pueda tener efectos beneficiosos para el estigmatizado, pero gracias a la identificación grupal es posible amortiguar ese efecto negativo de la percepción de la discriminación sobre la autoestima. Por ejemplo, en Estados Unidos existe una sociedad denominada NAAFA (National Association to Advanced Fat Acceptance) que busca a través de la unión de los obesos lograr que la sociedad respete y acepte a aquellas personas con un mayor peso, lo cual desde el punto de vista del modelo de Brascombe y cols (1999) tendría consecuencias positivas para el bienestar de este grupo de estigmatizados.

Usando modelos de ecuaciones estructurales estos autores han puesto a prueba la hipótesis de que la percepción de discriminación contra el endogrupo tiene efectos diferentes para el bienestar psicológico de hombres y mujeres (Schmitt, Branscombe, Kobrynowicz y Owen, 2002). Los resultados vienen a apoyar el modelo de Rechazo-Identificación, ya que demuestran que la percepción de rechazo tiene consecuencias negativas para el bienestar del grupo estigmatizado (mujeres) pero no para el grupo privilegiado (hombres). Otro dato que también apoya este modelo es que sólo las mujeres afrontan la amenaza que supone el verse discriminado a través de la identificación con el grupo. Es decir, la discriminación no estaba relacionada con la identificación en el grupo de hombres. De hecho, en otros dos trabajos de estos autores (Schmitt, Branscombe y Postmes, 2003) se ha encontrado que las mujeres muestran peor salud mental cuando se encuentran en un contexto donde la discriminación siempre acaece que cuando la discriminación es rara u ocasional Así, las mujeres que leían un informe en el cual se informaba que el sexismo era un hecho más que presente en la sociedad actual presentaban menos autoestima, que aquellas personas que leían un fragmento donde se señalaba que la discriminación por tema de género era infrecuente y rara. Otros autores (Bourguignon, Seron e Yzerbyt, 2006), en un trabajo reciente encontraron que la discriminación personal percibida en un grupo de inmigrantes africanos (el estudio se realizó en Bélgica) se asociaba con una peor autoestima, mientras que era la identificación grupal la que se asociaba de forma positiva con la autoestima. En un segundo estudio se replicó el mismo efecto pero para un grupo de mujeres. Otros estudios que apoyan este modelo afirman que los contextos más segregados racialmente están más asociados con sentimientos de aceptación por el endogrupo y rechazo a los miembros del exogrupo (Postmes y Branscombe, 2002). Tanto la aceptación endogrupal como el rechazo exogrupal estaban relacionadas con la identificación endogrupal, la cual determinaba el bienestar psicológico. Los resultados sugieren que los ambientes que están segregados ofrecen apoyo y aceptación por parte del endogrupo, logrando proteger la autoestima de posibles peligros como pueda ser el rechazo de los exogrupos dominantes. Estos trabajos también encuentran que la percepción de discriminación se asocia fuertemente con la hostilidad que se siente hacia el grupo opresor (ej: odio hacia los blancos por parte de los afro-americanos). En esta misma línea, los autores han examinado las consecuencias de percibir discriminación por cuestiones de edad, para el bienestar y la identificación grupal (Garstka, Schmitt, Branscombe y Hummert, 2004).

Cómo ya se ha comentado, el modelo de Rechazo-Identificación sugiere que la discriminación percibida disminuye el bienestar psicológico en los grupos de status bajo pero que la identificación con el endogrupo ayuda a disminuir este efecto. Garstka y cols. (2004) afirman que este modelo puede ser aplicado para las personas ancianas porque éstas poseen un status bajo permanente, pero que no se puede aplicar para el caso de los jóvenes cuyo status bajo es temporal (crecerán y serán adultos con poder). La utilización de modelos de ecuaciones estructurales demostró que la relación de índole negativa entre la discriminación percibida y el bienestar (no para jóvenes) se encontraba mediada por la identificación grupal pero tan sólo para el grupo de los ancianos (es decir, que ante situaciones de discriminación solo el grupo de los ancianos protegía su autoestima a través de la identificación). Las diferencias encontradas entre jóvenes y ancianos se deben al hecho de que para los jóvenes es factible el cambiar de status a medida que avance el tiempo (llegarán a ser adultos con poder), mientras que para los ancianos su adscripción grupal es permanente por lo que para sobrellevar las situaciones de rechazo nada mejor que la identificación con el propio grupo (ya que no es factible el hecho de poder cambiar de colectivo). En el caso de nuestra investigación dado que estudiamos el estigma de la obesidad, estos últimos hallazgos son de especial relevancia. Así, la persona obesa que percibe que tiene control sobre su peso (es decir, aspira a la movilidad social ascendente al grupo de los delgados) se asemeja bastante a la condición de joven que sabe que con el tiempo alcanzará mayor status. Por el contrario, la persona obesa que no posee control sobre su propio peso se asemejaría a la condición de persona anciana.

A modo de resumen en la Figura 2, se puede observar la representación gráfica propuesta por Branscombe y cols. (1999), en la que se sitúan todas las variables relacionadas con la salud psicológica en el colectivo de los estigmatizados.







      1. Discriminación directa e indirecta

Cómo se ha comentado, tanto el modelo de Major y cols. (2002) como del Branscombe y cols. (1999) han hecho grandes aportaciones al campo de la psicología del estigma. Así, estos modelos han venido a recalcar la importancia de las atribuciones y de la identificación grupal a la hora de explicar por qué los grupos estigmatizados poseen una salud psicológica aceptable. Otro modelo alternativo es el de Stangor, Swim, Sechrist, DeCoster, Van Allen y Ottenbreit (2003) que viene a mencionar una distinción importante dentro del campo del estigma. Según estos autores existe una diferencia importante entre discriminación directa e indirecta. La discriminación directa sería por ejemplo cuando un afro-americano paga un alquiler más alto que un blanco o recibe peor asistencia sanitaria, mientras que la indirecta se produciría por el hecho de autopercibirse como estigmatizado. Los efectos directos pueden ocurrir sin el conocimiento del sujeto que es víctima de la discriminación. Así, por ejemplo muchos afro-americanos desconocen el dato de que poseen una peor asistencia sanitaria. Para el caso de la obesidad hemos demostrado (véase la revisión realizada en el punto 2.2.) que este colectivo suele sufrir de discriminación, sin embargo puede que las personas que pertenezcan a ese grupo no hayan vivido esas experiencias como situaciones de rechazo. Por el contrario la discriminación indirecta solo ocurre cuando el sujeto estima que está siendo discriminado por un estigma (o una adscripción grupal, el prejuicio, etc.). Un ejemplo claro de ello, serían el fenómeno de la conciencia del estigma (Pinel, 1999, 2002; Pinel, Warner y Chua, 2005). Por lo tanto, el modelo aquí reseñado de nuevo tiene una clara relación con lo anteriormente expuesto sobre el estrés: no es en sí misma la situación (la discriminación) sino la manera que se tiene de percibir ésta lo que puede determinar que la persona estigmatizada acabe sufriendo ansiedad. Es decir, podría darse el caso de que una persona obesa sufriera una discriminación directa clara y fácilmente demostrable (que cobra menos en su empresa) pero que al no ser percibida como tal (argumentando que se debe a la antigüedad en la empresa mas que a su exceso de peso) es probable que no acabara repercutiendo negativamente en su autoestima. Por otro lado también es posible el escenario de que la discriminación directa no es real, pero la persona realmente si percibe que está siendo rechazada (discriminación indirecta) y como consecuencia si que sufriría una experiencia de estrés. De hecho, los estudios de Stangor y cols. (2003) muestran que existe una correlación positiva entre la percepción de discriminación (discriminación indirecta) y la mala salud psicológica, pero también entre la discriminación directa y el malestar de las personas estigmatizadas.

CAPÍTULO 3: ESTUDIO CORRELACIONAL
3.1. Planteamiento
La literatura revisada pone de manifiesto que un mismo hecho de índole negativa puede hacer mella en el bienestar psicológico de los estigmatizados o no, en función de la manera en que se encare esa situación de discriminación. Es decir, desde una perspectiva del estrés se postula que es la manera en que nos enfrentamos a una situación lo que acaba determinado que suframos una experiencia angustiosa o bien, con las herramientas necesarias, que podamos salir del paso sin apenas mácula. Por lo tanto, desde este enfoque más que apuntar a la situación por sí misma (ejemplo: el rechazo en una entrevista de trabajo) como causante de los estados depresivos o de la baja autoestima, se hace especial énfasis en la manera que tienen los sujetos estigmatizados (en nuestro caso los obesos) de encarar este tipo de sucesos y en los recursos que despliegan. De hecho, los estudios que se han realizado y que han sido convenientemente revisados en el punto 2.3. no han tenido éxito en su propósito de establecer diferencias en la salud psicológica de las personas en función tan sólo de la obesidad, ya que soslayaban la importancia de ciertas variables que incidían en que la autoestima de los obesos no se viera disminuida ante situaciones de discriminación. Así, los estudios que quieran explicar por qué los obesos sufren de una peor salud psicológica deberán tener en cuenta una serie de diferencias individuales que pueden estar explicando por qué algunas personas sufren de una peor autoestima mientras que otras no se ven afectadas en su ánimo. Por lo tanto, los estudios que quieran analizar la salud psicológica del colectivo de los obesos además de analizar variables de corte demográfico, el género o la severidad del sobrepeso (IMC) han de incluir también medidas de algunas variables que han mostrado estar relacionadas con una buena salud psicológica dentro del colectivo de los estigmatizados. Este estudio trata, por tanto, de analizar algunas variables de corte social, que no han sido incluidas en otros trabajos, para tratar de explicar por qué algunos obesos sufren una peor salud psicológica (menos autoestima y más depresión), mientras que otros ante esas mismas situaciones de discriminación y prejuicio parecen no verse afectados.

Los modelos reseñados en el punto 2.4. muestran una serie de variables relevantes a la hora de explicar cómo los estigmatizados se enfrentan a situaciones de discriminación. En primer lugar, el modelo de Major y cols (2002) señala la importancia de las atribuciones a la hora de determinar la autoestima de los estigmatizados. Según estos autores el hecho de realizar una atribución externa puntual y específica de un suceso negativo de discriminación (echando la culpa al prejuicio de las demás personas) en vez de hacer una atribución interna de carácter general (falta de habilidad o capacidad propia), tiene funciones protectoras para la autoestima. Sin embargo las situaciones de ambigüedad atribucional (Crocker y cols., 1993) a las que se enfrentan los obesos no siempre les permiten tener claro cuál es la principal causa de un resultado negativo (ej: el rechazo en una cita amorosa) por lo que sería interesante analizar en qué medida los obesos pueden beneficiarse o no de este tipo de estrategias. Además, los estudios analizados encuentran que los estigmatizados suelen hacer con más frecuencia este tipo de atribuciones cuando los miembros de estos grupos minoritarios tienen muy saliente que son un colectivo que continuamente se enfrenta al rechazo de los demás (Pinel, 2004). Es decir, una dimensión a tener en cuenta para explicar por qué unos estigmatizados hacen atribuciones al prejuicio y otros no, son las diferencias individuales en la conciencia del estigma (Pinel, 1999).


También ha de tenerse en cuenta, según Eccleston y Major (2006), los appraisals que realizan los estigmatizados a la hora de enfrentarse a las situaciones de discriminación. Según estos autores las evaluaciones estables, globales, graves e incontrolables de las situaciones de discriminación se correlacionan con una peor salud psicológica. Dentro del modelo de Major y cols. (2002) también se postula la importancia que tienen los appraisals secundarios, en los que se evalúa si existen recursos para afrontar la situación de discriminación. Así, por ejemplo Carver y cols. (1989) argumentan que es el coping centrado en la tarea (búsqueda de apoyo social), más que el centrado en las emociones, el que se asocia con una mejor salud psicológica. Puhl y Brownell (2003) encuentran que la minimización de la importancia de la apariencia física o la negación de la controlabilidad del peso son maneras adaptativas de afrontar el prejuicio para las personas con obesidad.

Por otro lado, el modelo de Branscombe y cols. (1999) menciona que las situaciones de rechazo permanente a las que se enfrentan las minorías hacen que los estigmatizados tengan peor salud psicológica que otros grupos mayoritarios. Sin embargo, una forma de lograr evitar tener menos autoestima es identificarse con el grupo devaluado, logrando de este modo aumentar el bienestar psicológico. Por lo tanto, ante un mismo rechazo aquellos que se identifiquen más con su grupo minoritario tendrán más oportunidades de afrontar una situación estresante de forma adaptativa. Además, la investigación de Branscombe encuentra que la identificación con el propio grupo suele estar asociada con el rechazo que se siente hacia los otros grupos que les discriminan, razón por la cual la hostilidad hacia los delgados es un variable que debe ser tenida en cuenta de acuerdo con el modelo Rechazo-Identificación. Sin embargo, en función del grado de control que estimen que tienen de su propio estigma la identificación jugará un papel preponderante o no. Así, según Garstka y cols. (2004) el modelo de Rechazo-Identificación de Branscombe y cols. (1999) no puede ser aplicado para el caso de los jóvenes, ya que en ellos su status derogado es temporal. Haciendo un paralelismo para el caso de la obesidad, aquellas personas que consideren que el estigma debido a su peso es controlable, no podrán lograr a través de la identificación con el grupo un aumento de la autoestima. Por el contrario, aquellas personas que crean que su peso es incontrolable (por lo que seguirán siendo obesos con el tiempo) sí que se beneficiarán de la identificación grupal manteniendo intacta su autoestima.


Como ya se ha mencionado no todas las situaciones de discriminación a las que se enfrentan los estigmatizados son iguales. De hecho, según Stangor y cols. (2003) existe una diferencia entre discriminación directa e indirecta. Para estos autores la discriminación directa no siempre es percibida por los agraviados. Así, por ejemplo un obeso podría estar sufriendo una situación de rechazo por su peso en una entrevista laboral y no percatarse de ello, ya que según estos autores el estigmatizado se pregunta y se responde a sí mismo si lo que sucede es discriminación o no. Además, como ya se ha comentado, en muchas ocasiones es difícil percatarse si se está siendo objeto de discriminación o no debido a la ambigüedad atribucional (Major y cols., 2002) que existe en muchas situaciones de tipo social. Por otro lado estos autores mencionan que la discriminación indirecta sería cuando una persona estigmatizada es consciente de la exclusión a la que está siendo sometida debido a su adscripción grupal (ser obeso). Es decir, el hecho de ser consciente del propio estigma que se posee (Pinel, 1999) sería lo que desde el modelo de Stangor se conocería como una discriminación indirecta. Por lo tanto es importante tener en cuenta tanto la discriminaciones directas sufridas (experiencias reales de exclusión dentro de este colectivo) como la discriminaciones indirectas (la percepción de ser rechazado por los demás).
Como ya se ha comentado el objetivo de este trabajo es el de medir la salud psicológica de una muestra de obesos, tratando de explicar las diferencias que se encuentren en función de la literatura psicosocial revisada. A raíz de lo expuesto, las hipótesis serían las siguientes.


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