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De acuerdo con esta teoría, cabe pensar qué papel puede jugar la propia familia en el desarrollo y mantenimiento de unas actitudes negativas hacia la obesidad. Ese es el planteamiento del estudio de O'Bryan, Fishbein, y Ritchey (2004) en el que se trabajó con 111 niños y sus respectivos padres biológicos para comprobar en qué medida los sesgos de los progenitores incidían sobre los de sus vástagos. Se midió la actitud hacia diversos grupos sociales (como el SIDA o los afro-americanos) aunque en este caso sólo nos centraremos en los resultados referidos a la obesidad. Los resultados pusieron de manifiesto que la actitud tanto del padre como de la madre hacia la obesidad determinaba en gran parte los sentimientos de los niños hacia este grupo social. Por lo tanto, de este trabajo se concluye que las actitudes negativas hacia las personas obesas pueden ser aprendidas a edades muy tempranas dentro del propio contexto social en el cual se inserta el niño. En esta misma línea se sitúa el trabajo de Musher-Eizenman, Holub, Hauser y Young (2007) en el que se encuentra también que los padres y madres presentan fuertes sesgos en contra de las personas obesas lo cual se acaba trasmitiendo a su descendencia. Tanto es así que los padres y madres que puntuaban alto en una escala de actitudes negativas hacia las personas con sobrepeso incurrían más en una alimentación restrictiva con sus hijos e hijas con el objetivo de que su propia descendencia no tuviera problemas de peso. Esta conducta iba más allá de lo puramente saludable, puesto que la alimentación restrictiva que daban a sus hijos e hijas podía perjudicarles, y el objetivo principal de dejar de dar determinados alimentos era el puramente estético.
Según esta teoría del consenso social también cabe preguntarse qué papel juegan los medios de comunicación ya que existen diversos trabajos que muestran cómo los mass media presentan una imagen de la obesidad de carácter muy negativo. Por ejemplo, Blaine y McElroy (2002) afirman que la televisión refleja el estereotipo cultural negativo de las mujeres y de las personas obesas. En su estudio analizan los mensajes estereotípicos sobre el peso y las representaciones de género en los medios de comunicación. Los resultados mostraron que la mujer delgada salía proporcionalmente tres veces más que las mujeres que tienen sobrepeso. Otro hallazgo fue que se comprobó que los anuncios para perder peso definían a las personas obesas como infelices y poco atractivas. En otro trabajo, Fouts y Burggraf (1999) realizaron un análisis de contenido de 28 comedias de situación en prime time de las cuales examinaron el peso de las 52 protagonistas principales, los comentarios verbales que recibían y los propios comentarios que se hacían ellas mismas. Comparados con la población general, las personas con sobrepeso estaban infra-representadas. También se encontró que las mujeres con peso por debajo de la media recibían más comentarios positivos de sus compañeros masculinos por su cuerpo y aspecto, en comparación con los personajes obesos. En otro estudio de Fouts y Burggraf (2000) se realizó un análisis de contenido de 18 de las comedias de situación más importantes de los Estados Unidos que se emitían en prime time, estudiando los pesos de las 37 actrices que salían en ellas, los comentarios negativos que recibían de sus compañeros masculinos por su peso y las reacciones de la audiencia (ej: aplausos) a los comentarios negativos. Se encontró que las mujeres por debajo del peso habitual estaban sobre-representadas en este tipo de programas, que a más peso del personaje, mayor era el número de comentarios negativos que recibía, y que los comentarios negativos estaban significativamente relacionados con las reacciones del público (ej: risas). También encontraron que en las comedias de situación analizadas se presentaban a hombres haciendo comentarios peyorativos sobre el peso y el cuerpo de las mujeres más obesas, siendo este comportamiento reforzado por las risas de la audiencia. Más recientemente Himes y Thompson (2007) realizaron un análisis de contenido de un total de 135 escenas procedentes de programas televisivos y películas con el objetivo de comprobar si se producían efectos de estigmatización por el peso. El principal hallazgo de este trabajo fue que en las escenas analizadas se encontró una frecuencia muy elevada de comentarios jocosos acerca del peso de los protagonistas (la mayoría realizados en presencia de la propia persona afectada por el sobrepeso). También se encontró que los personajes masculinos realizaban hasta tres veces más comentarios despectivos hacia la gordura que las protagonistas femeninas.
Herbozo, Tantleff-Dunn, Gokee-Larose y Thompson (2004) también han realizado un análisis de contenido de diferentes películas y cuentos para niños para estudiar la imagen que se presenta de la obesidad en ese tipo de productos de consumo destinados a los más pequeños de la casa. El objetivo de esta investigación era observar cómo desde edades muy tempranas los medios de comunicación social desempeñan una labor muy importante a la hora de forjar ciertas actitudes negativas que se tienen hacia las personas obesas. Estos autores hallaron que la gran mayoría de películas analizadas (todas ellas de contenido infantil) presentaban claras defensas de la delgadez como medio para lograr el éxito mientras que la imagen que se dibujaba de la persona obesa o con sobrepeso era la de alguien infeliz y fracasado. Por ejemplo, este trabajo pone de manifiesto que películas de dibujos animados como “La cenicienta” o “La sirenita” reforzaban esa imagen idealizada de la delgadez y denostaban el sobrepeso y la obesidad. Unas conclusiones similares, aunque no en tal cantidad de ejemplos, se hallaron para el caso de los cuentos infantiles donde se encontró de nuevo el mismo patrón de denigración del sobrepeso y glorificación de la delgadez (especialmente en el cuento de “Rapunzel”). Por último, se ha encontrado que no sólo en la televisión existe una visión negativa de la obesidad sino que también, como ya se ha comentado, se ha encontrado que el perfil que se dibuja del adolescente obeso en la literatura presenta fuertes sesgos en contra de la persona con sobrepeso (Glessner, Hoover y Hazlett, 2006).
Hay que mencionar que no sólo existen estudios que realicen análisis de contenido de diferentes productos de consumo (películas, series, cuentos, literatura) para analizar la visión que se da de la persona obesa en los medios de comunicación, sino que también hay trabajos que tratan de observar cómo inciden los mass media sobre el prejuicio hacia las personas obesas con otro tipo de metodología. Es el caso del trabajo de Latner, Rosewall y Simmonds, (2007) en el que se realizó un estudio correlacional para estudiar la relación entre consumo televisivo y actitudes negativas hacia las personas obesas. Para ello se encuestó a casi 200 niños estadounidenses (de 10 a 13 años) sobre sus hábitos de ocio (horas dedicadas a ver TV, número de revistas para adolescentes que leían, etc.) y acerca de sus actitudes hacia las personas obesas. Lo que se halló fue que a mayor tiempo dedicado a consumo de productos de tv o de prensa mayor era el prejuicio que se mostraba hacia los niños y niñas obesas. Según los autores, estos resultados significan que la imagen tan negativa que se da en los medios de comunicación de la persona obesa inciden en la percepción que se tiene de los miembros de este colectivo, y que esta asociación se construye fundamentalmente durante la etapa infantil. Por lo tanto, como hemos visto tanto la familia como los medios de comunicación juegan un papel más que importante en la diseminación del prejuicio que se tiene hacia las personas obesas, lo que puede producir cierto consenso social en la manifestación abierta del rechazo hacia el obeso.
También se ha encontrado que las actitudes negativas hacia las personas obesas se relacionan con la preocupación por la propia imagen. Por ejemplo en un par de estudios de O’Brien, Hunter, Halberstadt. y Anderson (2007) realizado con unos 350 participantes se encontró que puntuar alto en un cuestionario sobre importancia de la imagen corporal y en otro sobre tendencia a hacer comparaciones relativas al físico correlacionaba con puntuaciones altas tanto en test explícitos como implícitos para medir actitudes negativas hacia las personas obesas. En esta misma línea se sitúa el trabajo de Pepper y Ruiz (2007) en el cual se halla que las actitudes negativas hacia los obesos muestran una clara relación con la preocupación por el propio cuerpo. En este estudio, realizado con más de 250 participantes estadounidenses de origen europeo y latino, se halló que el prejuicio hacia los obesos correlacionaba de forma fuerte y positiva con la insatisfacción corporal y con la preocupación por la comida.


  1. Discriminación en las relaciones de pareja:

En la literatura se encuentran muchos trabajos que avalan la idea de que la persona obesa es percibida como poco atractiva para el sexo opuesto. Uno de los primeros trabajos realizados dentro de este campo fue el realizado por Dwyer, Feldman, Seltzer y Mayer (1969) en el que se puso de manifiesto que los hombres y mujeres obesas eran vistos como menos masculinos y femeninos por parte de evaluadores con un peso normal. Dentro de esta misma línea de trabajo se sitúa el estudio de Berscheid y Walster (1969) en el que se encontró que jueces con un peso normal evaluaban a personas obesas como poco atractivas. Harris (1990) también ha encontrado que las personas obesas tienen menos probabilidades de encontrar pareja puesto que existe un estereotipo negativo hacia ellos que hace que sea más difícil que un obeso pueda llegar a relacionarse íntimamente con otras personas. Lo que esta autora encontró es que enseñando fotos de personas, aquel estímulo que representaba al candidato más obeso hacía que los participantes estimaran que éste era menos atractivo, con menos autoestima, percibían que esa persona tenía pocas probabilidades de tener citas amorosas, le veían como menos sexy y divertido y juzgaban que una persona así se merecía como compañero a alguien igual de feo y gordo. En resumen, Harris encontró que se concibe a la persona obesa de forma tan negativa y con pocas probabilidades de aportar algo a una relación de pareja, que esta concepción hace que las personas obesas tengan pocas probabilidades de tener relaciones íntimas. Dentro de esta misma línea, Sobal, Nicolopoulos y Lee, J. (1995) tantearon a casi 800 estudiantes de secundaria estadounidenses para ver las actitudes que tenían hacia el hecho de salir con gente con sobrepeso. Estos autores hallaron que la gran mayoría de los participantes presentaba reticencias a tener citas o comprometerse en una relación sentimental con personas que presentaran problemas de peso. Estos resultados eran especialmente acusados cuando los encuestados eran hombres, que eran los que más rechazo sentían a salir con personas con sobrepeso u obesas. Este hallazgo lleva a los autores a concluir que este hecho puede estar más que relacionado con la presión hacia la delgadez que existe entre los jóvenes, ya que ellos mismos perciben que el sobrepeso suele llevar asociado una menor probabilidad de tener citas. Por último, Chen y Brown, (2005) replicaron la investigación de Richardson y cols. (1961) y encontraron que las personas obesas eran rechazadas a la hora de encontrar pareja. Los resultados mostraron que los obesos eran el estigma que más discriminación generaba a la hora de la elección de pareja.


Debido a esta percepción que se tiene de la persona obesa, la realidad es que los obesos tienen menos probabilidades de tener o encontrar pareja. Harris, Walters y Waschull (1991) hallan en una muestra de más 600 universitarias estadounidenses que el peso de los participantes se relaciona de forma negativa con la probabilidad y frecuencia de tener citas amorosas (especialmente en las mujeres blancas). Otro dato relevante encontrado por estos autores es que entre los hombres existía un gran porcentaje que reconocía haber rechazado citas con mujeres por el tema de su peso (dato especialmente relevante para los varones blancos). En otro estudio se muestra cómo los hombres prefieren, a la hora de escoger pareja, a una mujer ex adicta (ej: drogas) antes que a una con sobrepeso (Sitton y Blanchard, 1995) lo que supone un claro ejemplo de rechazo. Siguiendo esta misma estela Gortmaker y cols. (1993) encontraron que la obesidad en la etapa adolescente se relacionaba con un menor número de casamientos en la fase adulta. Mencionaremos también el trabajo de Averett y Korenman (1999) en el que encontraron, en una muestra de más de 4.000 sujetos estadounidenses, que las personas obesas tenían menor número de casamientos que los de un peso normal y que este efecto era especialmente relevante para las mujeres de raza blanca. Además se encontró el dato de que las mujeres obesas blancas que se casaban lo hacían con mayor frecuencia con maridos de status socioeconómico bajo, es decir, que este tipo de personas encontraban barreras a la hora de encontrar pareja y que por lo tanto se veían abocadas a casarse con miembros poco deseados del escalafón social. Otro trabajo que halla una asociación similar es el de Falkner, Neumark-Sztainer, Story, Jeffery, Beuhringy Resnick, (2001) realizado con casi 10.000 participantes (adolescentes estadounidenses) donde también se encontró que los obesos tenían citas con menor frecuencia que las personas con un peso normal. Estos autores encontraron que las chicas tenían 1.63% menos de probabilidad de tener citas y en los chicos ese efecto era de 1.91% menos de probabilidad. Siguiendo esta tendencia Pearce, Boergers y Prinstein (2002) también han encontrado que los adolescentes obesos tienen menos posibilidades de encontrar pareja debido al rechazo que suscita entre las personas el exceso de peso. Por último, Laitinen y cols. (2002) también encuentran resultados similares en una muestra de 9.754 participantes finlandeses. Se trata de un diseño longitudinal y los resultados encontrados ponen de manifiesto que las personas con obesidad tenían más probabilidad de ser solteros o divorciados, con respecto a las personas con un peso normal (que tenían más probabilidad de tener pareja estable).
Además de la discriminación a la hora de encontrar pareja, un trabajo (Falkner, 1999) pone de manifiesto que el trato dado a los miembros de parejas con mayor peso es peor que el dado a las personas con un peso inferior. Con una muestra de casi 1.000 participantes estadounidenses este trabajo sacó a la luz el hecho de que a medida que se incrementaba el IMC mayores eran las quejas por recibir un trato inadecuado no sólo por parte de personas extrañas o no pertenecientes al entorno familiar, sino que un porcentaje considerable (en torno al 10%) afirmaba padecer tratos vejatorios por parte de sus propias parejas.
Un fenómeno que también ocurre a las personas obesas es el denominado “hogging” (del inglés “hog”, cerdo). Según Gailey y Porhaska (2006) el hogging consiste en cuando los hombres salen con mujeres poco atractivas con el único objeto de satisfacer sus necesidades sexuales. Según estas autoras las mujeres obesas sufren este tipo de situaciones en mayor frecuencia que las mujeres con pesos normales puesto que en los Estados Unidos el sobrepeso supone una de las características físicas que más rechazo crean.


    1. Obesidad y bienestar psicológico

La literatura revisada pone de manifiesto que existe discriminación y rechazo en el colectivo de los obesos. El punto de vista tradicional (Allport, 1954, 1979) argumenta que las personas que son blancos del prejuicio, como los obesos, por el hecho de ser discriminados tienen una menor autoestima y una peor salud psicológica que los grupos que no están sometidos a este tipo de vejaciones. En los artículos analizados no se encuentra uniformidad en los resultados ya que existen trabajos que encuentran una relación entre depresión, autoestima y obesidad, mientras que otros no establecen estos nexos de unión.





      1. Depresión

Existen muchos trabajos sobre la relación entre depresión y obesidad, si bien con resultados opuestos. Por ejemplo, Stewart y Brook (1983) trabajaron con una muestra de 5.817 personas con edades comprendidas entre los 14 y los 61 años y encontraron una relación muy débil entre depresión, tanto en hombres como en mujeres, y peso elevado. Wadden y Stunkard (1985) también encuentran que a pesar de que las personas obesas suelen sufrir de mala salud física (como ya se ha visto en el punto 2.1. acerca de las comorbilidades de esta enfermedad) no se encuentran más síntomas de ansiedad o depresión en este grupo, comparándolo con las personas con pesos normales. En esta misma línea se sitúa el trabajo de Istvan, Zavela y Weidner (1992) en el que se encontró un resultado parejo al hallar que en las mujeres el IMC estaba débilmente asociado con síntomas depresivos. Wadden, Foster, Stunkard y Linowitz, (1989) realizan también un hallazgo similar, al encontrar en una muestra de 3.939 personas que las personas obesas se encontraban menos satisfechas con su cuerpo, pero que ese hecho no estaba asociado con una mayor depresión. En todos estos trabajos reseñados la correlación entre peso (medido a través del IMC) y la depresión (con variedad de instrumentos) no es estadísticamente significativa. De hecho, en un meta-análisis (Friedman y Brownell, 1995) se llega a la conclusión que la relación entre depresión y peso elevado es muy baja (en torno a r =.1).


Existen, sin embargo, otros trabajos muestran que esa tendencia es estadísticamente significativa al hallar fuertes relaciones entre depresión y obesidad. En un estudio realizado con más de 2.000 mujeres alemanas (de 18 a 25 años) se halló que existía una relación clara entre los trastornos del estado del ánimo y la obesidad (Becker, Margraf, Türke, Soeder y Neumer, 2001). En ese estudio se comprobó que las mujeres con un mayor IMC eran las que más problemas de ansiedad y depresión padecían. Otro ejemplo, es el estudio de Dong, Sánchez, Price, (2004) en el cual trabajaron con un total de 1.730 estadounidenses de origen europeo (558 hombres, 1.172 mujeres, con edades de 49.29 ± 15.42 años y con IMCs de 35.57 ± 11.53 kg/m²) y 373 de origen africano (103 hombres, 270 mujeres, con edades de 44.85 ± 15.08 años, e IMCs de 36.83 ± 11.31 kg/m²) en una muestra total de 482 familias, incluyendo peso normal y obesidad. Los resultados encontrados fueron que había más depresión en las personas obesas y realizando un análisis de regresión múltiple se llegó a la conclusión que la obesidad estaba asociada con un incremento del riesgo de padecer depresión independientemente del género o de la raza, e incluso controlando factores como el número de enfermedades, la depresión de otros miembros de la familia y otras variables de corte demográfico. Otro trabajo que encuentra resultados similares es el de Ohayon (2007). En este estudio se trabajó con una muestra representativa de los estados de California y Nueva York compuesta por un total de 6.694 personas con edades comprendidas entre los 18 y los 96 años, y realizada mediante entrevista telefónica. Los resultados encontrados pusieron de manifiesto que la obesidad (IMCs mayores que 30) estaba fuertemente asociada con la sintomatología depresiva. Simon, Von Korff y Saunders (2006) también hallan esta correlación. Estos autores realizaron un estudio transversal con una muestra representativa de adultos estadounidenses de 9.125 participantes mediante una entrevista personal. Los principales resultados de este trabajo fueron que la obesidad (de nuevo definida como un IMC mayor a 30) estaba asociada con depresión, así como con otros trastornos psiquiátricos (trastorno bipolar o agorafobia). También se encontró que la obesidad se relacionaba con más trastornos del estado de ánimo para las sub-muestras de blancos de origen no hispánico y para estudiantes universitarios. Por otro lado este trabajo también pone de manifiesto que la obesidad se asoció con un 25% más de riesgo de padecer desórdenes del estado del ánimo. Richardson, Garrison y Drangsholt (2006) trabajaron con una muestra de 3.101 adolescentes estadounidenses (de 11 a 17 años) y encontraron un resultado similar a los anteriores. Hallaron, mediante análisis de regresión para controlar variables como raza, edad o nivel educativo de las familias, que los síntomas depresivos aumentaban a medida que se incrementaba el IMC, y que esta asociación era especialmente fuerte para el caso de las mujeres. Herva, Laitinen y Miettunen (2006) realizaron un estudio longitudinal con 8.451 (4.029 hombres y 4.422 mujeres) participantes fineses, tomando datos de los sujetos del estudio a los 14 y a los 31 años mediante el procedimiento de un cuestionario auto-administrado enviado por correo postal. Los principales resultados de este estudio fueron que la obesidad a los 14 años se asociaba con las medidas de depresión a los 31, que las mujeres que eran obesas tenían más síntomas depresivos y que la obesidad abdominal (obesidad androide) en los participantes masculinos se asociaba con depresión, pero este dato no se mantenía para el caso de las mujeres. Por último, un trabajo realizado recientemente por Scott, Bruffaerts, Simon, Alonso, Angermeyer, Girolamo, Demyttenaere, Gasquet, Haro, Karam, Kessler, Levinson, Medina, Oakley, Ormel, Villa, Uda y Von Korff (2008) realizado en un gran número de países (Nueva Zelanda, Bélgica, Estados Unidos, España, Alemania, Italia, Francia, Líbano, Israel, México, Australia, Holanda, Colombia y Japón) también confirma esta relación. Los resultados hallados en este estudio ponen de manifiesto que el IMC se relaciona con estados depresivos y trastornos relacionados con la ansiedad. La importancia de esta investigación radica en haber establecido que la relación entre depresión, ansiedad y peso corporal se produce en la mayoría de los países estudiados, lo cual demuestra que se trata de un fenómeno casi universal. Por lo tanto, según los trabajos analizados en este segundo párrafo sí que parece existir una correlación positiva estadísticamente significativa entre depresión y obesidad.
Por el contrario, también existen trabajos que hallan la relación inversa, al encontrar una correlación negativa entre depresión y obesidad. Los primeros autores que encontraron este dato fueron Crisp y McGuiness (1976). Estos autores formularon la “hipótesis del gordo feliz”, según la cual las personas con un mayor peso, poseían mayores índices de bienestar psicológico. Para demostrar que su idea era cierta realizaron un estudio con personas entre 40 y 65 años en el cual encontraron que la obesidad estaba asociada con menos niveles de ansiedad y depresión. Crisp, Queenan y Sittampaln (1980) replicaron ese estudio unos años después encontrando resultados similares. Con una muestra de 800 personas con edades entre los 17 y los 70 años, encontraron que esa asociación (a más IMC, menos depresión y ansiedad) era consistente para los participantes de sexo masculino y de más de 40 años. También hallaron que esa tendencia era mucho más débil en mujeres, y que, por ejemplo, las mujeres jóvenes y extremadamente obesas presentaban puntuaciones en ansiedad muy elevadas. Palinkas, Wingard y Barrett-Connor (1996) con 2.245 adultos (de edades comprendidas entre 50 y 89 años) hicieron otro estudio para probar si la “hipótesis del gordo feliz” se cumplía o no. Los resultados mostraron que el IMC estaba asociado negativamente con la depresión, encontrando que el sobrepeso se correlacionaba con una menor depresión, independientemente del nivel de salud o de la edad. Sin embargo se encontró que las mujeres con sobrepeso y obesas tenían mayor depresión que aquellas mujeres con un IMC inferior a 25. Más recientemente, Jasienska, Ziomkiewicz. y Górkiewicz (2005) realizaron un estudio para comprobar si el trabajo de Crisp seguía teniendo vigencia o no. Trabajaron con una muestra de 1.156 mujeres polacas de edades entre los 45 y los 64 años y encontraron que sus resultados apoyaban la hipótesis del “gordo feliz” al hallar que las mujeres con un IMC más elevado eran las que presentaban menos síntomas depresivos.



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