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También existen trabajos que analizan el perfil educacional de los obesos que encuentran que son las personas con IMCs mayores los que tienen un menor nivel de estudios. Toda la literatura revisada coincide en señalar, y los estudios de epidemiología de la obesidad así lo confirman, que en general las personas con problemas de sobrepeso u obesas suelen acceder con menor frecuencia a la educación superior y sus niveles educativos son inferiores a los de las personas con pesos normales. Estudios realizados en Estados Unidos (Gortmaker y cols., 1993; Mujahid y cols., 2005; Zhang y Wang, 2004), Suecia (Karnehed, Rasmussen, Hemmingsson y Tynelius 2006; Rosmond y Björntorp, 1999) o Finlandia (Laitinen y cols., 2002) encuentran que el nivel educativo es más bajo para las personas que presentan una mayor sobrecarga ponderal. En España tenemos los datos pertenecientes a los estudios de la prevalencia de la obesidad. En el estudio de 1998 (Aranceta y cols., 1998) se encontró que el nivel de instrucción descendía a medida que se incrementaba el IMC. En un estudio más reciente, Aranceta y cols. (2003) han observado diferencias estadísticamente significativas en la proporción de personas con obesidad en función del nivel de educación, ajustado para la edad. La prevalencia de obesidad era más elevada en los subgrupos con nivel educativo más bajo tanto en varones como en las mujeres.


      1. Discriminación interpersonal

Existen multitud de trabajos que ponen de manifiesto que las personas obesas son rechazadas en las relaciones interpersonales. Hebl y Mannix (2003) realizaron un estudio para demostrar que existe tal rechazo hacia los obesos, que la mera asociación con una persona con un peso elevado produce una valoración negativa de esas personas que se encuentran a su alrededor. Lo que se encontró fue que un hombre era evaluado de forma más negativa cuando estaba al lado de una mujer con sobrepeso, que cuando ese mismo hombre se encontraba con una chica con un peso normal. Esta investigación demuestra cómo las personas tienden a menospreciar hasta a aquellos que se encuentran cerca de sujetos obesos. Este mismo efecto ha sido replicado no sólo con adultos sino también con escolares. Penny y Haddock (2007) han hallado recientemente que sus participantes (89 niños británicos entre cinco y diez años) mostraban una actitud negativa hacia aquellas personas que se encontraban cerca de obesos.




  1. Prejuicio hacia los obesos:

Son muchos los trabajos que demuestran que existe prejuicio hacia las personas con sobrepeso. Hiller (1981) trabajó con estudiantes universitarios a los que pidió que escribieran historias sobre hombres y mujeres que variaban en el peso. Encontró que los participantes que escribían sobre los personajes con sobrepeso eran más propensos a escribir historias tristes y negativas y crear personajes desagradables, en comparación con los que escribían sobre personas con peso normal. La relación encontrada fue más fuerte cuando el estímulo era una foto que cuando era un párrafo descriptivo, y cuando el personaje era mujer que cuando era hombre. Otro ejemplo del prejuicio que se tiene hacia las personas obesas, es una investigación muy original y de carácter experimental (Miller, Rothblum, Felicio y Brand, 2000) que saca a la luz la importancia que tiene la imagen a la hora de percibir a las personas. Estos autores pidieron a sus participantes masculinos, estudiantes estadounidenses, que valoraran las habilidades sociales y comunicativas de mujeres que mantenían conversaciones telefónicas con ellos. A la mitad de los participantes se les hacía visible el hecho de que las mujeres con las que hablaban eran obesas y a la otra mitad no se les permitía ver a la persona con la que charlaban. Los resultados encontrados fueron que los participantes valoraban menos en las dimensiones de habilidades sociales y comunicativas a las mujeres cuando podían ver con quién estaban charlando que cuando desconocían que la persona con la que hablaban era obesa. La conclusión que se desprende de este resultado es que el hecho de ver que una persona es obesa hace que la percibamos menos atractiva no sólo en las dimensiones físicas sino que también se acaba produciendo una infravaloración en otras características diferentes a la propia imagen corporal. Una conclusión similar se desprende también del trabajo de Snyder y Haugen (1995) ya que cuando los participantes no sabían que la persona con la que conversaban era obesa, los estereotipos se mantuvieron inactivos. Por el contrario, cuando se les hacía notar que la persona con la que interaccionaban era obesa, el prejuicio se activó, y los participantes percibían a la persona con la que charlaban de forma muy negativa.


Quizás los trabajos más importantes realizados sobre prejuicio hacia las personas obesas sean los realizados por Crandall (1994) y Crandall y Cohen (1994). En estos dos trabajos Crandall estudió el tema de las actitudes negativas hacia los obesos gracias a la elaboración de una escala denominada Anti-Fat Attitudes Test (Escala de Actitud Anti-Obesos). Ambos estudios ponen de manifiesto lo extendido que está el prejuicio hacia los obesos en Estados Unidos, ya que se halló que uno de los estigmas que más rechazo producía era sin lugar a dudas el de la obesidad (más que los afro-americanos o los homosexuales). En otro trabajo realizado por Bacon, Scheltema y Robinson (2001), en el que se desarrolló una nueva escala de fobia a los gordos, se encontró también que existía un estigma hacia los obesos, hallando que el prejuicio hacia la gente con sobrepeso era algo bastante corriente y habitual. Hay que mencionar que de hecho está tan arraigado el prejuicio hacia las personas obesas que incluso aunque se hacen intervenciones con el objetivo de reducir la discriminación que sufre este colectivo, estos intentos son infructuosos (Hennings, 2007). Esta autora trabajó con población escolar alemana (unos 600 niños de una media de edad de 15 años) con el objetivo de reducir el prejuicio que se tiene hacia las personas obesas. Para ello se diseñó un estudio pre-post en el que se midió al comienzo de la investigación las actitudes hacia las personas obesas. La autora halló que existe un sesgo bastante acusado en contra de las personas con un mayor peso. Tres meses después los participantes del estudio vieron un video de tipo documental en la que diferentes personas relataban sus experiencias de discriminación y exclusión por su peso con el objetivo de comprobar si esta intervención podía mejorar la percepción que se tenía de este colectivo. Los resultados pusieron de manifiesto que no existían diferencias estadísticamente significativas entre antes y después, y que incluso después de haber visto el video las actitudes negativas hacia los obesos no sólo persistían sino que eran aún más fuertes.
No sólo existen trabajos que estudian el prejuicio hacia los obesos mediante la utilización de escalas sino que desde la perspectiva del estigmatizado se ha podido conocer lo extendidas que están las actitudes negativas hacia las personas con sobrepeso. Por ejemplo, Cossrow (2001) saca a la luz a través de entrevistas grupales cómo las personas obesas han de enfrentarse diariamente a situaciones de prejuicio y a la estigmatización por su peso, lo que pone de manifiesto que las personas obesas suelen convivir con el rechazo y los insultos de los demás. Con una metodología similar, Rogge y Greenwald (2004) también sacan una conclusión parecida. A través de una serie de entrevistas con los obesos y con las familias de éstos observaron cómo para las personas con problemas de peso la obesidad no sólo supone trastornos de tipo médico o de salud sino que existen graves problemas sociales de rechazo y exclusión. Lo que se desprende de este trabajo es que las personas obesas han de convivir con la discriminación y el prejuicio y con un fuerte sentimiento de inferioridad producido por los continuos problemas con profesionales sanitarios, compañeros de trabajo y personas extrañas que frecuentemente se meten con ellos y les insultan.
Además de trabajos que encuentran prejuicio hacia las personas obesas mediante auto-informes o entrevistas grupales, también existen investigaciones que hacen medidas de carácter más implícito (como ya se vio en el apartado del prejuicio del personal sanitario). La metodología del IAT permite ver las reacciones que se tiene hacia diferentes tipos de estigmas, sin que estas se vean afectadas por la deseabilidad social o por el intento del participante de no parecer prejuicioso. Bessenoff y Sherman (2000) utilizaron ambos tipos de medidas (tanto implícitas como explícitas) para comprobar cómo se relacionaban éstas con medidas conductuales (discriminación hacia los obesos). Se trabajó con 127 participantes estadounidenses a las que se pasó un test de asociación para medir su tiempo de reacción ante estímulos previamente emparejados (las cuatro combinaciones posibles que salen de personas obesas vs delgadas, con adjetivos positivos vs negativos) y medidas directas de prejuicio hacia las personas obesas. Se halló que la medida automática del prejuicio (tiempo de reacción inferior cuando se empareja la foto de la persona obesa con las características negativas) apenas se correlacionaba con la medida explícita de las actitudes negativas hacia las personas obesas. El resultado más importante de este trabajo es que se halló que el componente conductual (menor preferencia de sentarse junto a una persona obesa) del prejuicio sólo se correlacionaba con las medidas de carácter implícito. Es decir, que los participantes no mostraban abiertamente su prejuicio hacia las personas obesas pero a través de técnicas implícitas se puso de manifiesto que realmente poseían sesgos en contra de los obesos.


  1. Principales teorías sobre el prejuicio hacia los obesos:

Entre las razones que la Psicología Social encuentra al menosprecio de las personas obesas se encuentran algunas de las siguientes explicaciones. En primer lugar, la literatura sugiere la posibilidad de que los obesos sean rechazados porque se estima que son responsables de su propio sobrepeso. Esta responsabilidad atribuida es en parte causante de la exclusión social a la que se ven sometidos los obesos. Por ejemplo, los estudios de DeJong (1980, 1993) concluyen que el hecho de considerar que las personas obesas son responsables de su propio sobrepeso determina el rechazo que se siente hacia los miembros de ese grupo. Esa hipótesis fue comprobada en el laboratorio mediante la manipulación de la responsabilidad atribuida, sugiriendo a los participantes que la persona obesa que había que juzgar era culpable de su sobrepeso (falta de esfuerzo y dieta inadecuada) o bien que la persona se encontraba en ese estado por causas que escapaban a su control (enfermedad tiroidea). Los resultados certificaron que la atribución a la responsabilidad influía en el rechazo que se sentía hacia los miembros de este grupo ya que sólo en la condición en la que el obeso era responsable de su estado los participantes puntuaban alto en prejuicio. En otro estudio más reciente (Triplett, 2005) se encuentran resultados similares en un experimento en que se manipulaba el grado de responsabilidad en la adquisición y mantenimiento del estigma de la obesidad en un total de seis condiciones experimentales (donde variaba el grado de responsabilidad, incluyendo grupo control). De nuevo se halló que era en la condición de no responsabilidad donde el prejuicio hacia los obesos era el más bajo. Otro trabajo que va en una línea similar es el realizado por Blaine, DiBlasi y Connor (2002). Estos autores realizaron un diseño 2 (peso normal, obeso) x 2 (ninguna pérdida de peso, pérdida de peso reciente) con el objetivo de estudiar la importancia que tiene la controlabilidad a la hora de determinar el prejuicio que se siente hacia las personas con sobrepeso. Lo que se halló fue el hecho de que la persona evaluada hubiera perdido unos kilos recientemente producía que la controlabilidad percibida aumentara en ambas condiciones (delgada vs obesa). El resultado más interesante del estudio fue que se halló que la peor valoración fue cuando la persona era obesa y había perdido peso recientemente, ya que se percibía que si el peso era controlable el hecho de que siguiera siendo obesa solo podía achacarse a ella misma. Por lo tanto, la culpabilización a la que se somete a la persona obesa (incluso aunque se esté esforzando en rebajar kilos) produce un fuerte rechazo entre las personas delgadas.


Otro trabajo muy interesante sobre este asunto es el realizado por Stunkard, LaFleur y Wadden (1998). Estos autores analizan representaciones artísticas de la obesidad de épocas pretéritas para estudiar cómo se concebía y se representaba esta enfermedad en la época medieval. Analizando cuadros de la época tanto de Asia como de Europa se observa cómo a las personas obesas se las culpaba del estado en que se encontraban y por ello se las rechazaba socialmente. En Japón, por ejemplo, la obesidad se asemejaba a un fallo moral. Así, el obeso era una persona que carecía de fuerza de voluntad suficiente como para resistirse a las tentaciones. Mientras, en Europa, la representación del obeso se acerca más a la de una persona que ha caído en uno de los pecados capitales, como es la gula, y como alguien que carece de autocontrol y que es glotona por naturaleza. Vemos que la consideración de que la persona obesa se encuentra en ese estado por su propia culpa y por su falta de control no es nueva sino que ya se halla presente desde la época medieval. Por lo tanto, el hecho de considerar responsable al obeso de su propio estado parece estar más que relacionado con el prejuicio que se muestra hacia este grupo.
Dentro de los trabajos que sugieren la importancia de la controlabilidad como determinante del prejuicio hacia los obesos también se sitúa la investigación de Crandall y Martinez (1996). Estos autores realizaron un trabajo para demostrar las diferencias culturales en el prejuicio hacia los obesos (Estados Unidos y México) para de este modo poner de manifiesto la importancia de las atribuciones a la controlabilidad. Los resultados de este trabajo indicaron que a los estudiantes mexicanos les importaba menos el peso y aceptaban más a los obesos, comparado con los estadounidenses. Estos autores llegan a la conclusión de que la actitud anti-obesos es parte de la ideología estadounidense que sostiene que los individuos tienen control sobre los eventos que les suceden (incluida la obesidad). Las atribuciones de controlabilidad del peso eran menos importantes en México para predecir las actitudes anti-obesos y la antipatía hacia los obesos se demostró que no formaba parte del entramado ideológico del país. Otros autores postulan esta misma hipótesis para explicar por qué existe prejuicio hacia las personas obesas y encuentran resultados muy similares haciendo también investigación transcultural. Por ejemplo, Harper (1995) estudió las actitudes de los niños hacia diferentes estigmas físicos (paralíticos, desfigurados, obesos, etc.) en diversos países (Estados Unidos, una población maorí en Nueva Zelanda, Nepal, la isla de Antigua y la región de Yucatán en México) para comprobar si existía un patrón universal de respuestas ante la diversidad o si por el contrario había una reacción idiosincrásica ante la desviación. Los resultados hallados de nuevo señalan a Estados Unidos como el país que más actitudes negativas hacia la obesidad presentaba, mientras que el resto de la muestra presentó unos patrones mucho menos acusados. Según el autor del estudio, estos resultados se pueden explicar porque en Estados Unidos existe una cultura mucho más individualista que pone especial énfasis en la responsabilidad de los individuos en la generación y persistencia de sus problemas, mientras que en el resto de países, de carácter más colectivista, la responsabilidad atribuida para los estigmas es mucho menor. En esta misma línea también se sitúa la investigación de Crandall, D´Anello, Sakalli, Lazarus, Wieczorkowska y Feather (2001). Estos autores argumentan que la gente es prejuiciosa hacia los obesos porque éstos poseen atributos negativos (vagos, poco higiénicos, falta de auto-control) de los cuales se les responsabiliza. Se estudió el prejuicio en seis países: Australia, India, Polonia, Turquía, Estados Unidos y Venezuela. Se encontró que la gente con una visión negativa de la obesidad y con tendencia a culpabilizarlos de su estado eran los que tenían una actitud anti-obesos más acusada. Estos efectos eran más pronunciados en aquellas culturas más individualistas (como en Estados Unidos).
Otra autora muy conocida dentro de este campo como Wann (la editora de la revista Fat!So? que reivindica una mayor aceptación y comprensión del colectivo de los obesos) que en el año 2003 también argumentaba la importancia que tiene la culpabilización de la persona obesa en el prejuicio que se tiene hacia este colectivo. Según Wann por el hecho de que consideramos responsable al obeso del estado en que se encuentra, nos vemos con la suficiente fuerza moral como para reprenderle y tratarle mal siempre con el supuesto objetivo de que deje de tener ese peso elevado. Es decir, según esta autora el prejuicio que se tiene hacia el obeso se debe a que se estima que la culpa es de él mismo y además se percibe que si se le critica se le conseguirá hacer un favor para que disminuya su peso (ya que este conlleva problemas para la salud y además es estéticamente desagradable).
Otra dimensión relacionada con la discriminación que sufren los obesos es la percepción de la obesidad como una enfermedad contagiosa. De acuerdo con Jones, Farina, Hastorf, Markus, Miller, Scott, y French (1984) una de las dimensiones que más se relaciona con el rechazo que se siente hacia las personas que forman parte de un grupo de estigmatizados es la creencia de que esa marca que produce exclusión puede ser contagiosa. Estos autores ponen como ejemplo el SIDA, un estigma que produce mucho rechazo precisamente porque se percibe que la posibilidad de contraer la enfermedad al relacionarse con miembros de ese grupo es elevada. En la obesidad ocurre un fenómeno similar como ha puesto de manifiesto el trabajo de Park, Schaller y Crandall (2007). Lo que estos autores han encontrado es que aquellas personas con alta preocupación por las infecciones y por el contagio de enfermedades puntuaban más alto en escalas para medir el prejuicio hacia las personas obesas. Estos resultados se han replicado para medidas implícitas hallando un mismo patrón de respuestas para aquellos participantes con alta preocupación por el contagio de enfermedades infecciosas. Más recientemente Klaczynsky (2008) ha hallado un resultado muy similar aunque esta vez con un total de 120 niños de siete a diez años de edad (americanos y chinos). A los participantes del estudio se les pedía que probaran un nuevo refresco que iba a salir al mercado y que para ello tuvieran en cuenta previamente lo que otros niños habían opinado al respecto siendo la manipulación experimental el variar el peso del personaje que había probado previamente el refresco (normal vs obeso). El principal resultado de esta investigación es que los participantes afirmaban que la bebida tenía un peor sabor y que era más probable que produjera enfermedades cuando se les decía que había sido probada por un niño obeso que cuando se les indicaba que había sido un niño de peso normal el que había bebido previamente. Según este autor, este resultado se explica porque los niños perciben que existe algo que funciona mal en la persona obesa y que por lo tanto es más probable que se deba a algo que es infeccioso y que puede ser contagiado a los demás. Aunque la idea de que la obesidad puede ser contagiosa parece entrar dentro del campo de lo irracional, investigaciones recientes (Cristakis y Fowler, 2007) ponen de manifiesto que el hecho de estar relacionado con alguien con sobrepeso aumenta la probabilidad de ser obeso. En el estudio al que hacemos referencia, realizado con más de 12.000 participantes, se ha encontrado que el hecho de tener vínculos sociales con una persona obesa aumenta hasta en un 57% la probabilidad de que esa persona llegue a convertirse en obesa. Entre parientes cercanos, como por ejemplo un hermano o hermana, el hecho de que uno de ellos se convierta en obesa aumenta hasta un 40% la probabilidad de que el otro hermano desarrolle también problemas de peso. Por último, estos autores hallan que si un miembro de la pareja se convierte en obeso las probabilidades que el otro miembro también lo llegue a ser aumentan hasta un 37%. Por lo tanto, esa creencia en que el hecho de relacionarse con una persona obesa puede influir en nuestro propio peso parece estar relacionada con el prejuicio que se siente hacia los miembros de este colectivo.
También existe una línea de trabajo que argumenta que las actitudes negativas hacia los obesos tiene una base ideológica. Por ejemplo, Crandall (1994) y Crandall y Biernat (1990) encuestaron a estudiantes sobre su actitud hacia la gordura y la gente obesa para comprobar en qué medida la ideología de los participantes podía estar relacionada o no con el prejuicio que se siente hacia las personas con sobrepeso. Se encontró un patrón constante de respuestas: la gente que tenía actitudes anti-obesos compartía un estilo ideológico conservador. Así, aquellos a los que les disgustaban la gente obesa eran políticamente conservadores, racistas, a favor de la pena de muerte, y prestaban menos apoyo a los matrimonios no tradicionales. Por el contrario, las actitudes negativas acerca de los obesos no estaban asociadas con actitudes sexuales conservadoras, aunque estaban relacionadas con menos tolerancia hacia la sexualidad de los homosexuales o de los ancianos. La relación entre ideología y actitudes contra los obesos era más fuerte entre hombres que mujeres. También se encontró que las actitudes anti-obesos estaban fuertemente correlacionadas con el autoritarismo, lo que puede estar indicando que el prejuicio contra los obesos puede ser tan sólo otra manifestación más de unas actitudes sociales más generales y que suelen ser bastante conservadoras.
Puhl y Brownell (2003a) han encontrado también que en el prejuicio hacia los obesos influye el consenso social. Según estos autores el prejuicio hacia los obesos se va auto-perpetuando puesto que hoy en día las actitudes negativas hacia los obesos son tan comunes en Estados Unidos que es muy fácil que el mensaje de que la persona con sobrepeso es vaga, poco atractiva o desagradable sea diseminado entre los miembros que pertenecen al sistema social de ese país. Si bien esta teoría no explica el origen del prejuicio hacia los obesos, las ideas de estos autores hacen alusión a que en Estados Unidos existe una cultura en contra de los obesos y que las ideas que sustentan ese sistema se multiplican rápidamente ya que los nuevos miembros de la sociedad pronto se acaban haciendo eco de esas actitudes negativas (como se ha visto en el apartado 2.2.3 el prejuicio hacia los obesos comienza en edades muy tempranas). Estas ideas han sido refrendadas en un trabajo empírico (Puhl y Borwnell, 2003a) en el que se demostró que cuando a los participantes de su estudio se les daba la información de que existía un consenso social a favor de los obesos, los sujetos cambiaban su opinión favorablemente hacia los personas con sobrepeso.
Estos resultados son congruentes con la teoría expuesta por Crandall y Eshelman (2003) y Crandall, Eshelman y O’Brien (2002) sobre la importancia que tiene las normas sociales para la expresión o no del prejuicio. En ambos estudios se encontró que cuando existía un respaldo social a la expresión del prejuicio la gente presentaba actitudes más negativas hacia diferentes tipos de estigmas. En el caso de la obesidad (aunque también para otros tipos de estigmas como por ejemplo los violadores o los asesinos) el hecho de que existan normas sociales que aprueben la manifestación abierta del prejuicio favorece en gran medida que las actitudes negativas hacia los obesos estén tan extendidas. De hecho, en un trabajo reciente de Graziano, Bruce, Sheese y Tobin (2007) se ha encontrado que cuando es posible justificar el prejuicio, incluso la gente sin sesgos se permite el lujo de discriminar a los grupos estigmatizados (como por ejemplo los obesos). Por lo tanto, parece que cuando las normas sociales permiten la expresión abierta y sin tapujos del prejuicio (como en el caso de la obesidad) es más que probable que los estereotipos hacia los grupos estigmatizados se diseminen con facilidad entre los nuevos miembros que entran a formar parte del entramado social.



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