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Además de prejuicio explícito hacia este colectivo, un trabajo reciente (O’Brien, Hunter y Banks, 2007; Schwartz, O´Neal, Brownell, Blair y Billington, 2003) pone de manifiesto que los profesionales de la salud muestran también sesgos de carácter más implícito en contra de los obesos (medido a través de un IAT o Implicit Association Test). Por ejemplo, Teachman y Brownell (2001) realizaron un estudio con 84 médicos especializados en el tratamiento de la obesidad para comprobar si entre tales profesionales existían prejuicios hacia las personas con sobrepeso. Los resultados pusieron de manifiesto que entre los profesionales existían estereotipos y prejuicio hacia el grupo de los obesos, si bien la magnitud de ese rechazo era menor que el encontrado en la población general (grupo control). También se halló que el rechazo hacia los obesos era mayor cuando se realizaban medidas de tipo implícito (IAT) que cuando se realizan medidas explícitas (cuestionario para medir actitudes negativas hacia el grupo de las personas obesas).
No sólo los médicos presentan sesgos hacia los obesos, sino que también existen trabajos que documentan el prejuicio existente hacia las personas de más peso para el caso de otros profesionales del área de la salud como puedan ser las enfermeras (Brown, 2006; Hoppe y Odgen, 1997; Maroney y Golub, 1992), los estudiantes de medicina (Blumberg y Mellis, 1980), los dentistas (Magliocca, Jabero, Alto y Magliocca, 2005) o los estudiantes de ciencias del deporte (Chambliss, Finley y Blair, 2004). En este últimos grupo además se ha encontrado que se aprecian mas actitudes negativas hacia los obesos a medida que se van socializando con sus compañeros de profesión (O’Brien, Hunter y Banks, 2007). Es decir, según las conclusiones que se desprenden de este trabajo realizado con casi 350 estudiantes de educación física las puntuaciones en tests implícitos que medían actitudes negativas hacia los obesos eran mucho mayores en los últimos años de carrera que en los primeros.
Por lo tanto, los resultados presentados muestran que algunos profesionales sanitarios (médicos y de otros ramos) presentan sesgos, tanto de carácter implícito como explícito, hacia los pacientes obesos. Es importante recalcar que ese prejuicio que muestran algunos profesionales de la salud lo perciben la propia gente con sobrepeso, tal y como demuestra el trabajo de Kaminsky (2002), en el que se encontró que los propios obesos afirmaban que se sentían mal tratados e incomprendidos por los profesionales sanitarios. Este prejuicio puede, pues, afectar a los propios pacientes, que evitan en muchas ocasiones el acudir a la consulta para no ser tratados de una forma que ellos consideran injusta (Rand y MacGregor, 1990).


  1. Asistencia sanitaria:


Una serie de trabajos dan a entender que los profesionales sanitarios atienden de una manera más deficiente a las personas obesas por el simple hecho de tener un peso más elevado de lo normal debido a los sesgos que poseen hacia las personas con sobrepeso. Por ejemplo, en un estudio (Young y Powell, 1985) realizado con 1.200 médicos de diversas áreas de especialización se encontró que la mayoría de estos profesionales a pesar de que reconocían los riesgos que tenían las personas obesas para su salud, no intervenían en la mayoría de las ocasiones aunque habían detectado la necesidad de tratamiento. Esta decisión de no intervenir se basaba en el hecho de que percibían al obeso como una persona poco dispuesta a colaborar y por lo tanto estimaban una pérdida de tiempo el intentar establecer un tratamiento que creían que no iba a ser tomado en cuenta. Es decir, la visión negativa que se tenía del paciente obeso influía en el hecho de que los miembros de este colectivo dejaran de ser tratados. En otro estudio que va en esta misma línea (Adams, Smith, Wilbur y Grady, 1993) pasaron una serie de cuestionarios anónimos tanto a pacientes como a médicos para determinar si la obesidad podría estar determinando que los pacientes acudieran o no a una revisión. Lo que encontraron es que las mujeres con mayor peso acudían en menor frecuencia que las mujeres con un peso normal a la consulta del médico. A su vez, los médicos informaban que sentían cierto rechazo a realizar la revisión a las pacientes más obesas, hecho que se incrementaba para los doctores con una menor edad. Este estudio puso de manifiesto que las personas obesas pueden estar dejando de ser tratadas por el mero hecho de su peso, lo cual supone una discriminación con respecto a las mujeres más delgadas. Otro trabajo que obtiene unas conclusiones similares es el de Hebl y Xu (2001) donde también se encuentra que la actitud negativa que tienen algunos profesionales sanitarios incide en la manera que tratan a sus pacientes en la práctica clínica. Estos autores plantearon a 122 médicos estadounidenses cuestiones sobre su manera de proceder para tratar un supuesto caso de un paciente y el tiempo dedicado para realizar tal intervención, además de pedirle sus reacciones emocionales ante el caso ficticio planteado. La manipulación de los autores fue la de variar el peso de ese paciente ficticio, dando a entender al grupo experimental que el caso era el de una persona obesa mientras que al grupo control se les indicaba que el peso era normal. Los resultados ponen de manifiesto que el peso del paciente ficticio afectaba a las reacciones emocionales de los médicos y a la manera de afrontar el tratamiento. En este trabajo se halló que sorprendentemente los médicos que trataban al paciente obeso a pesar de que prescribían muchas más pruebas que para el caso del paciente con un peso normal, declaraban querer pasar mucho menos tiempo con él, lo que indicaría una peor asistencia sanitaria. Además las reacciones emocionales que despertaba el paciente obeso eran mucho más negativas que para el caso del paciente con un peso normal. Aramburu y Louis (2002) también estudiaron este asunto y para ello realizaron un trabajo con 216 mujeres estadounidenses obesas. En este estudio se midió el IMC y las conductas de evitación con respecto a las visitas al médico. Lo que se encontró fue que a medida que se incrementaba el peso de las pacientes se producían más conductas de evitación a la hora de acudir a la consulta de los profesionales sanitarios. Entre las razones que esgrimían las participantes para no querer ir a la consulta médica destacaban las de “haber ganado peso con respecto a la última visita” o el hecho de que el médico las recomendaría “perder peso” debido a las últimas ganancias ponderales. La conclusión extraída por las autoras de este estudio es que la actitud excesivamente crítica de algunos profesionales de la medicina con respecto a las ganancias ponderales de peso de las personas aquejadas de obesidad hace un flaco favor para que las personas logren reducir su peso ya que lo que consiguen muchas veces es que las pacientes dejen de acudir a la propia consulta. Un último trabajo dentro de esta línea que trata de unir las actitudes negativas de algunos médicos con una peor asistencia sanitaria al paciente obeso sería la investigación de Brandsma (2005) en el cual se trabajó con obesos y médicos estadounidenses. En este estudio se analizaron las actitudes hacia el paciente obeso por parte de los profesionales sanitarios y al mismo tiempo la percepción que tenía el paciente obeso del trato recibido por parte de los médicos. Los resultados sacan a la luz que las actitudes de los médicos hacia la obesidad son ambivalentes (pues les asignan tanto rasgos positivos como negativos) y que sin embargo la percepción de los propios pacientes obesos es que los médicos presentan grandes sesgos hacia ellos. Según la autora del estudio estas diferencias pueden explicar en parte porque en muchas ocasiones los obesos están peor atendidos, ya que si los pacientes perciben que sus propios médicos no les tratan con el decoro adecuado (aunque este dato no parece estar en concordancia con el resultado obtenido mediante esta investigación) pueden evitar acudir a recibir tratamiento médico y de este modo eluden el mal trato que dicen padecer (si bien, los resultados de los médicos no indicaban eso).


      1. Discriminación en el ámbito educativo

Es un hecho bien documentado que las personas obesas suelen sufrir vejaciones y mofas en la escuela por su exceso de peso. Un trabajo pionero para demostrar el rechazo que generan las personas con un peso elevado fue el realizado por Richardson, Goodman y Hastorf (1961) que puso de manifiesto que los niños de corta edad puntuaban como menos agradable el dibujo de una persona obesa, incluso comparándolo con otros estigmas como puedan ser los que tienen las personas con desfiguraciones faciales o las que van en sillas de ruedas. Si bien este trabajo es de hace más de 40 años existe una réplica más reciente (Latner y Stunkard, 2003) que viene a ratificar que no sólo sigue existiendo prejuicio hacia los obesos en el contexto educativo, sino que en la actualidad los resultados muestran un sesgo más acentuado hacia las personas con un mayor peso. Este rechazo hacia el alumno obeso no sólo se halla presente entre el grupo de iguales sino que a veces el propio profesorado presenta sesgos hacia el niño con sobrepeso. Para evitar que las actitudes negativas de algunos docentes pueda incidir en su práctica profesional en Estados Unidos se ha puesto en marcha una experiencia para reducir el prejuicio que se manifiesta hacia el niño obeso mediante un programa que trata de mejorar las actitudes negativas que se tiene hacia este colectivo (Hague y White, 2005). Además del grupo de iguales o del cuerpo docente algunas investigaciones sugieren que dentro del propio entorno familiar el niño obeso también se encuentra apartado. Por ejemplo, según Bullen, Monello, Cohen y Mayer (1963) las niños obesos estudiados en su muestra poseían relaciones con sus hermanos de peor calidad que las niños con pesos normales durante la etapa escolar. Ese prejuicio que se tiene hacia al niño obeso muchas veces se traduce en prácticas de exclusión directa y de hecho son los que tienen IMCs más elevados los que más problemas de aislamiento y de ridiculización sufren durante la etapa escolar. Esas experiencias negativas que sufren los niños durante la fase educativa obligatoria pueden estar relacionadas con el hecho de que los estudios sobre prevalencia de la obesidad muestren casi sistemáticamente que existe un menor número de personas obesas con estudios superiores (de carácter voluntario).




  1. Rechazo del grupo de iguales:


Se ha detectado que el rechazo hacia los obesos comienza en edades muy tempranas. Un trabajo de Turnbull, Heaslip y McLeod (2000) con el diseño experimental de presentar láminas que representan a niños con pesos normales y elevados ha hallado que la figura del niño o niña obeso/a es siempre la menos valorada por parte de los participantes de la muestra, que tenían edades comprendidas entre los dos y los cinco años. Por lo tanto en este trabajo encontramos el dato que desde los dos años existen estereotipos hacia las personas obesas. Con una metodología similar, Cramer y Steinwert (1998) atestiguan que existe prejuicio hacia los obesos desde los tres años. En ese estudio se trabajó con dos grupos de niños preescolares (uno de tres y otro de cinco años) y para medir la existencia de actitudes negativas hacia la obesidad dieron a los niños dos historias, una en la que el protagonista era delgado y otra en la cual era obeso, teniendo que evaluar a posteriori cuál de los dos personajes les producía mas agrado. Aunque la estigmatización a los obesos era mayor para los niños de cinco años, se encontró que existía un sesgo en las valoraciones hasta en los niños de tres años. Hill y Silver (1995) también hallan resultados muy similares con un diseño muy parejo al anterior. En este caso, se trabajó con casi 200 niños y niñas ingleses para comprobar el tipo de atribuciones que hacían los escolares ante siluetas que representan a niños y niñas con pesos normales y con pesos elevados. Se encontró que el dibujo que representaba al niño obeso (y a la niña obesa) era el que se percibía con un peor funcionamiento social, con mayor probabilidad de tener fracaso escolar, y se estimaba que poseía una peor salud, hábitos alimentarios deficientes y con un estado físico no adecuado. Goldfield y Chrisler (1995), siguiendo ese mismo patrón, también hallan que la silueta del niño obeso es la menos escogida cuando se les pide a los participantes (niños de primaria ingleses) que elijan un futuro compañero de juego. Otro ejemplo de este tipo de estudios es el realizado por Philips y Hill (1998). Estos autores han encontrado en un estudio hecho con más de 330 niñas de tres años inglesas que las chicas con pesos más elevados eran las menos valoradas en una serie de dimensiones (belleza, competencia, etc.) con respecto a sus compañeras con un peso inferior. Para no seguir insistiendo en esta tendencia hallada consistentemente en la literatura mencionaremos en último lugar uno de los estudios realizados recientemente por Kraig y Keel (2001). Estos autores también encontraron sesgos hacia las personas obesas en un estudio realizado con niños y niñas de siete a nueve años en Estados Unidos. Los resultados de este trabajo pusieron de manifiesto que los dibujos de niños o niñas obesos eran los peor valorados por los participantes de la muestra y que el dibujo de un niño o niña más delgado eran los más valorados (incluso mas que el dibujo que representaba una figura con pesos en su valores medios).
Otros trabajos siguen hallando esta asociación entre pesos elevados y rechazo por parte del grupo de iguales durante la etapa escolar, pero aportan sin embargo alguna novedad que creemos que merece ser reseñada en un párrafo aparte. Por ejemplo, Musher-Eizenman, Holub, Miller, Goldstein y Edwards-Leeper (2004) en un trabajo realizado con 42 niños estadounidenses en edad preescolar (unos cinco años de media) encontraron de nuevo que las figuras de niños con sobrepeso u obesidad eran las menos valoradas por los participantes y que estas láminas eran las menos escogidas cuando se les pedía a los niños que eligieran un futuro compañero de juego. Lo más sorprendente de este estudio fue que cuando los niños creían que la obesidad de los sujetos que aparecían en las láminas se debía a su propio control (ej: falta de esfuerzo) las valoraciones eran aún mas negativas que cuando se estimaba que la obesidad de la persona que aparecía en la lámina se debían a causas que se escapan a su control (ej: enfermedad). Por lo tanto, de este trabajo se desprende que las atribuciones de controlabilidad del peso se relacionan con el prejuicio mostrado hacia las personas obesas desde edades tan tempranas como los cinco años (en el punto 2.2.4. se puede leer más información sobre este asunto). Otro trabajo que también aporta su granito de arena en el estudio del rechazo al niño obeso es el realizado por Krahnstoever y Lipps (2004) donde aparte de hallar que existía prejuicio hacia las personas obesas en niñas de nueve años de edad encontraron un resultado especialmente relevante. El principal hallazgo de este trabajo fue que ese rechazo encontrado era mayor cuando los padres de las niñas estaban más focalizados en la pérdida de peso o daban más importancia al aspecto físico. También se halló que las actitudes negativas hacia los obesos eran mayores cuando las niñas presentaban patrones de desorden alimenticio. Por lo tanto, de esta investigación se desprende que la actitud de los padres puede influir mucho en el prejuicio que desarrollan los niños hacia las personas obesas (ver punto 2.2.4 también). Por último, el trabajo de Bacardi, León y Jiménez (2007) realizado recientemente en México con más de 400 niños y sus respectivas madres para estudiar el estigma de la obesidad en la infancia viene a confirmar esa tendencia hallada en el ultimo trabajo reseñado. A pesar de que México es uno los países en los que no se enfatiza mucho la responsabilidad personal y por tanto el prejuicio hacia los obesos no es muy elevado (ver punto 2.2.4), sí que se ha encontrado que en este país existe el problema del rechazo hacia los niños obesos. En este estudio se encontró de nuevo que cuando se muestra a los niños diferentes dibujos con diversos tipos de niños, el que representa al obeso es siempre el menos preferido por todos los participantes. Lo interesante de este estudio fue introducir también la preferencia de las madres observando una fuerte correlación entre las respuestas de los progenitores y las de su descendencia. Como ya se ha dicho, este resultado parece sugerir que la actitud de la familia puede ser un factor importante en los prejuicios de los niños hacia los obesos. Por lo tanto este grupo de estudios además de mostrar el vínculo entre IMCs corporales elevados y rechazo del grupo de iguales durante la etapa escolar también da pistas sobre algunas de las posibles explicaciones de este fenómeno (el papel de las familias y la responsabilidad atribuida).

Estas actitudes negativas que tienen los niños y niñas hacia las personas obesas a veces se pueden traducir en prácticas de exclusión directa. Por ejemplo, en un estudio realizado por Cash (1995) con 111 mujeres universitarias que relataban experiencias de ridiculización vividas durante la etapa escolar, se encontró que el peso era casi siempre una de las causas principales de bromas y burlas entre su grupo de iguales y dentro de la propia familia (hermanos y hermanas de los participantes). Con niños de diez a catorce años se ha comprobado que son los que tienen un mayor peso los que padecen más experiencias de ridiculización durante la etapa escolar (Hayde-Wade, Stein, Ghaderi, Saelens, Zabinski, y Wilfley, 2005). Un resultado similar se puede hallar en Mahoney, Lord y Carryl (2005). Con una muestra de casi 450 niños estadounidenses encontraron también que los participantes con mayores IMCs eran los menos aceptados por sus propios compañeros, lo cual se acababa traduciendo en que los niños de mayores pesos acudían con menor frecuencia a actividades extraescolares. Según los autores del estudio ese rechazo percibido por los propios niños obesos hacía que se inhibieran a la hora de acudir a actividades alejadas del horario escolar, que iban más allá de lo estrictamente obligatorio. Durante la etapa universitaria también se ha detectado el rechazo que sufren las personas obesas. Un estudio de Latner, Stunkard y Wilson (2005) puso de manifiesto que los estudiantes con mayor peso sufrían estigmatización en las residencias universitarias (más aislamiento, menor número de citas, menor número de amistades...) si bien en menor medida que durante su etapa escolar.


Esta exclusión directa al que se somete al niño o niña obeso/a repercute muy negativamente en el bienestar de los miembros de este colectivo. Por ejemplo, Xie, Chou, Spruijt-Metz, Liu, Xia, Gong, Li y Johnson (2005) en un estudio realizado con 1.655 adolescentes chinos (de once a quince años) han encontrado que entre los participantes con un mayor IMC existe una mayor frecuencia de experiencias de aislamiento, lo cual a su vez se relacionaba con la depresión. Además, en este trabajo se encontró que el hecho de percibir que se tenía apoyo social estaba relacionado con el bienestar en las personas con un mayor IMC. Por lo tanto, de este trabajo se desprende que la situación social que viven los obesos puede ser un factor crucial a la hora de explicar la salud psicológica de las personas que conforman este colectivo (ver punto 2.3. mas adelante). Además de aislamiento, un estudio realizado recientemente por Janicke, Marciel, Ingerski, Novoa, Lowry, Sallinen y Silverstein (2007) pone de manifiesto que los niños y niñas (con una media de edad de trece años aproximadamente) con sobrepeso sufren con frecuencia problemas de ridiculización por el peso en las aulas por parte de su grupo de iguales. Este factor, rechazo por parte de compañeros de aula, unido a la presión parental para que adelgazaran predecían los estados depresivos en los participantes del estudio. Esta investigación saca a la luz que el sobrepeso que padecen muchos niños puede conllevar, además de los problemas de salud obvios, problemas sociales de aislamiento en el centro de enseñanza y en el propio hogar debido a la incomprensión y rechazo que genera el sobrepeso. De nuevo, se encuentra que las variables de tipo psicosocial (ridiculización) predicen elementos relacionados con la salud psicológica (depresión). Por todas estas vivencias de aislamiento y ridiculización por el peso reseñadas, Warschburger (2005) habla del “niño infeliz” para hacer referencia al gran número de experiencias vejatorias a las que se somete a los obesos en el entorno del colegio. Esta percepción un tanto negativa de la situación del niño obeso en la actualidad también se desprende de un trabajo reciente de Puhl y Latner (2007). Los autores mencionan que, si bien la obesidad es un problema de salud que está generando una serie de medidas reparadoras por parte de las instituciones, las consecuencias sociales del sobrepeso no se están teniendo en cuenta del mismo modo. Así, se comprueba que, a pesar de que existen evidencias empíricas que demuestran el fuerte sesgo que se tiene hacia los niños y niñas obesas, realmente existen pocos programas que traten de mejorar las actitudes que se tiene hacia este colectivo (y que sí existen para otros grupos, al menos en los Estados Unidos). La conclusión de este trabajo es que para los niños obesos que acuden a un contexto educativo hay que ponderar no sólo el tema de la salud sino que también hay que tratar de reducir la fuerte presión social que existe hacia ellos.

  1. Dificultad para el acceso a la educación superior:


Uno de los primeros trabajos que puso de manifiesto que los obesos tenían dificultades para acceder a los niveles superiores de educación fue el realizado por Canning y Mayer (1966), en el que se relataba cómo las personas con un mayor peso sufrían muchas más trabas a la hora de ser admitido en una universidad estadounidense. Este hecho fue probado empíricamente por primera vez en el estudio realizado por Benson, Severs, Tatgenhorst y Loddengaard (1980). Estos autores enviaron a diferentes personalidades del mundo de la cultura y del trabajo una petición para que escribieran cartas de recomendación para entrar en la universidad (práctica bastante habitual en el mundo anglosajón) para un candidato ficticio que quería acceder a la educación superior. La manipulación experimental que se realizó fue la de variar el peso del candidato (obeso, normal y sin referencia al peso). Los resultados fueron que en la condición del candidato obeso se escribieron muchas menos cartas de recomendación que para el caso de la condición de peso normal y en el grupo en el que no se hacía referencia explícita al peso del candidato. Del mismo modo, la evaluación que se hacía del candidato obeso era mucho más negativa que para los otros dos casos. Más recientemente, Crandall (1991) estudió la infra-representación de las personas con sobrepeso en las universidades de Estados Unidos y llegó a la conclusión de que este hecho se debía a que los padres de hijos obesos suministraban mucho menos apoyo para que accedieran a la educación superior que los padres con hijos de peso normal. Para ello realizó un estudio en el que demostró que los estudiantes con sobrepeso realizaban más trabajos, poseían más ahorros y recibían más apoyo financiero del exterior que los estudiantes de peso normal (que normalmente se apoyaban en el sustento otorgado por la familia). Este efecto aparecía en dos universidades diferentes y era más consistente para mujeres que para hombres. El efecto permanecía, aun controlando variables como el nivel educacional, la renta, la raza, el tamaño familiar y el número de hijos. Parece pues que la actitud de los padres hacia los hijos con sobrepeso es un factor crucial a la hora de explicar por qué existen menos personas obesas en las universidades y los contextos educativos no obligatorios en general. En otro trabajo posterior, Crandall (1995) volvió a replicar el resultado de que los padres prestaban menos ayuda económica a los hijos obesos que a los que tenían un peso normal. El sesgo en contra de las mujeres con sobrepeso era más acusado para aquellos padres que presentaban actitudes políticas conservadoras (variable que correlacionaba de manera alta y positiva con las actitudes anti-obesos). Esta evidencia lleva al autor a pensar que los padres discriminaban a sus propias hijas con sobrepeso, evitando que accedieran a la educación universitaria. Por último, un interesante estudio de Meyer (2005) viene a reforzar la consistencia del hallazgo que une IMCs elevados y menor probabilidad de acceder a la educación superior. Esta autora expone datos que avalan la idea de que las prácticas de ridiculización a las que se somete a los niños por su peso son comunes en el día a día. Según la autora el bullying o acoso que sufren muchos niños obesos debería estar penalizado ya que las experiencias negativas durante esta etapa pueden incidir en el fracaso escolar y en la renuencia posterior a continuar con la educación superior. Por lo tanto, según esta autora las experiencias de discriminación y exclusión que se viven durante la etapa escolar pueden estar más que relacionadas con el menor número de personas obesas con estudios superiores, por lo que se sugiere que se combata desde la legalidad las prácticas de acoso contra los menores obesos o con sobrepeso.



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