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UNIVERSIDAD DE SALAMANCA
INSTITUTO INTERUNIVERSITARIO DE ESTUDIOS

DE IBEROAMÉRICA Y PORTUGAL



MAESTRÍA DE ESTUDIOS LATINOAMERICANOS


Bienio 2002-2004
El bestiario en Los animales prodigiosos de René Avilés Fabila


Por Pasuree Luesakul

Directora: Dra. Francisca Noguerol Jiménez

Índice
I. Introducción
II. El bestiario: del canon a la evolución del género
II.1. El bestiario medieval como modelo
II.2. El bestiario en las crónicas de Indias: la evolución del género en el Nuevo Mundo
II.3. El bestiario en el siglo XX en Hispanoamérica: una tradición continuada
III. Análisis de Los animales prodigiosos
III.1. René Avilés Fabila: escritor de cuentos fantásticos
III.1.1. Datos biográficos
III. 1.2. Trayectoria literaria
III. 1.3. La literatura fantástica, “mi veta preferida”
III. 2. Los animales prodigiosos: un bestiario de ruptura
III.3. Presencia de autores canónicos
III.3.1. Gustave Flaubert
III.3.2. Franz Kafka
III.3.3. Jorge Luis Borges
III.3.4. Juan José Arreola
III.4. Rasgos definitorios de Los animales prodigiosos
III.4.1. Un zoológico degradado
III.4.2. El reflejo de la condición humana
III.4.2.1. La insatisfacción humana
III.4.2.2. Instinto de destrucción
III.4.2.3. La sobrevaloración del dinero
III.4.3. Nueva interpretación de seres mitológicos
III.4.4. Reescritura de La Odisea
III.4.5. Reivindicación de la mexicanidad
IV. Conclusión
V. Bibliografía
VI. Apéndice
VI.I. Entrevista con René Avilés Fabila

I. Introducción
Hay infinidad de “explicaciones”, pero lo que debe

interesarnos en el fondo es el resultado que tenemos a la vista: el

texto literario, su atracción y su perdurabilidad.

Martha Paley de Francescato: Bestiario y otras jaulas


La existencia de criaturas fantásticas siempre ha maravillado a los lectores de todas las épocas y culturas. Aunque hoy no creamos en ellos, los seres irreales y su encanto nunca han desaparecido del mundo literario. A lo largo de mi infancia disfrutaba, al igual que otros muchos niños, con la lectura de cuentos de hadas, leyendas y mitologías en un principio tailandeses, en los que conocí por primera vez a personajes que pertenecen a la fauna imaginaria. Al crecer, mi fascinación por estos seres me animó a conocer los de otras culturas tanto occidentales como orientales. Después, me di cuenta de que la imaginación humana no tiene fronteras. Aparecen los mismos seres en varios lugares aunque con diferentes argumentos y simbologías. Los mejores ejemplos son los dragones y las sirenas. Mientras los dragones chinos simbolizan la prosperidad, los occidentales son villanos que aterrorizan a todo el pueblo. Mientras las sirenas de La Odisea son seductoras y malignas cantantes, las tailandesas en Pra-apaima-nee son hermosas salvadoras de los náufragos.

Mi fascinación por la fauna fantástica junto con la recomendación de mi directora me llevó a descubrir Los animales prodigiosos del autor mexicano René Avilés Fabila, que me resultó muy interesante y que finalmente elegí como tema de mi trabajo de investigación por tres razones.

En principio, en esta obra, gracias a la disolución de fronteras culturales y a la intertextualidad, desfilan animales fantásticos de varios orígenes -los grecolatinos, que constituyen el mayor número, conviven sin discriminación con los mexicanos, los orientales e incluso con los inventados por Avilés y otros autores- para transmitir mensajes variados, lo que produce una obra de gran diversidad temática y cultural. Además, en el libro destaca el afán innovador de su autor. Con la estructura del bestiario medieval y en un espacio literario absolutamente contemporáneo, se describen seres irreales arcaicos y de reciente invención con una nueva función como reflejo de la condición y la mentalidad de los hombres actuales. Estos animales de distintos orígenes y de imagen reconocida ya no revelan la situación específica de la sociedad donde surgieron sino la de todos nosotros que pensamos, vivimos y sufrimos en el mundo contemporáneo.

Por último, a pesar de su interés, Los animales prodigiosos no ha obtenido el reconocimiento que merece por parte de la crítica; los estudios sobre el libro que existen se ocupan sólo de la aparición de los personajes grecolatinos y su función, sin mencionar a seres de otros orígenes que desempeñan un papel fundamental en el libro.

En esta tesina me propongo analizar Los animales prodigiosos a través de tres ejes: la obra como último eslabón de la evolución del bestiario en el siglo XX, sus relaciones intertextuales y sus vinculaciones a la poética de Avilés. Para lograrlo, he dividido el trabajo en dos partes: la teórica, titulada “El bestiario: del canon a la evolución del género”, y la práctica, correspondiente al “Análisis de Los animales prodigiosos”.

En “El bestiario: del canon a la evolución del género” trato el desarrollo del bestiario desde su comienzo en la Edad Media y su primera aparición en la Hispanoamérica colonial hasta su “renacimiento” en el siglo XX. El análisis de cada época abarca las características de estos textos en ellas, su finalidad, los valores que defienden y su relación con otras producciones de su época. En esta parte presto especial atención al bestiario hispanoamericano en el siglo XX -punto de llegada de una larga tradición y de partida de una gran variedad de obras-, al que pertenece Los animales prodigiosos.

En “Análisis de Los animales prodigiosos” comento la obra en relación tanto con su modelo medieval como con los bestiarios de Hispanoamérica en el siglo XX. Se reflejarán también las preferencias literarias de Avilés en Los animales prodigiosos y el papel fundamental de la intertextualidad en el libro, al que provee de elementos extraídos de bestiarios de muy variado origen. Las huellas más obvias de esas vinculaciones se encuentran en los personajes que Avilés recrea.

Debido a que el bestiario hispanoamericano es un tema aún poco estudiado, las fuentes fundamentales de información para elaborar esta tesina provienen de tesis doctorales como El Bestiario de Julio Cortázar, Enriquecimiento de un género, de Martha Paley de Francescato y Bestiarios americanos: la tradición animalística en el cuento hispanoamericano contemporáneo, de Esperanza López Parada. Al mismo tiempo, me di cuenta del papel de la intertextualidad como motor de la continuidad del género y como generador de la red de significación y la simbología de los animales descritos en distintos bestiarios. Así, considero importante leer La intertextualidad literaria de José Enrique Martínez Fernández para entender el concepto que aplico para comentar textos de Los animales prodigiosos. Al ser consciente de la importancia de esta estrategia retórica, me he dedicado también a leer varios bestiarios contemporáneos (además de los canónicos hispanoamericanos Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero y Bestiario de Juan José Arreola) para complementar mi visión acerca de la producción del género en Hispanoamérica.

Aunque la mayor parte de este trabajo se elaboró en España, realicé la parte más importante de mi investigación bibliográfica en México durante el mes de agosto de 2003. La biblioteca del Colegio de México es el primer espacio que me introdujo en el mundo fascinante del bestiario occidental. También contacté con el profesor Lauro Zavala, quien me ofreció una visión global del bestiario en los cuentos brevísimos, nuevo espacio del género en el siglo XX, y que me dio consejos e información acerca del tema de mi tesina. Además, aproveché mi estancia en este país para entrevistar a Avilés, encuentro que aportó datos relevantes a mi conocimiento de Los animales prodigiosos. Aparte de hacerme entender mucho mejor su trayectoria literaria y su fascinación por el mundo zoológico imaginario, el encuentro con el autor en su Fundación -donde se ubican tanto su biblioteca como su galería pictórica (varias obras de José Luis Cuevas, el artista que ilustró Los animales prodigiosos)-, también me hizo descubrir la importancia de las referencias a pinturas y obras literarias en el libro.

Cabe resaltar también que mis viajes por México me hicieron conocer mejor la simbología de los animales aztecas. A través de la figura de un águila posada sobre un nopal y devorando una serpiente como símbolo del país, o del dios Quetzalcóatl como la serpiente emplumada, pude comprender la importante presencia de serpientes mexicanas en Los animales prodigiosos, reflejo de la reivindicación de lo propio en este volumen que suele ser valorado únicamente como bestiario de fauna imaginaria europea.

La metodología ecléctica que utilizo en esta tesina -intertextualidad, narratología y mitocrítica- me proporcionó una visión global en el estudio de la zoología imaginaria. De una niña fascinada por la fauna irreal, he pasado a convertirme en una investigadora del tema y en el futuro querría seguir siéndolo porque me doy cuenta de que en este universo tan fascinante aún queda mucho por descubrir.

Esta tesina es el resultado de una investigación difícil y ardua que requirió de gran esfuerzo y dedicación, y que habría sido imposible finalizar sin el apoyo de varias personas. Así, querría dar las sinceras gracias a la Dra. Ana Rosa Domenella por sus sugerencias durante mi investigación en el Colegio de México; a Lauro Zavala por su amabilidad y su información tanto de los textos brevísimos como de los bestiarios hispanoamericanos; a René Avilés Fabila por su tiempo y la entrevista; a Sukij

Poopuang, mi profesor de español en Tailandia y mi gran amigo en España; y especialmente a mi directora, la Dra. Francisca Noguerol Jiménez, por su orientación, sus consejos, su lectura y corrección de esta tesina.

II. El bestiario: del canon a la evolución del género
II.1 El bestiario medieval como modelo
El bestiario es un género literario que se ubica dentro de la tradición animalística medieval.1 Alcanza su auge durante la Edad Media para perder popularidad en el Renacimiento. El bestiario medieval se caracteriza por la descripción de animales tanto existentes como fantásticos, abarcando desde sus características, sus costumbres, sus hábitats y sus comidas hasta su reproducción y todo ello en textos cortos, en prosa o en verso.

En el contexto occidental, el tipo de textos que se ocupan de historias de animales no se inaugura con el bestiario medieval. Aparecen mucho antes en la tradición oral, la mitología clásica y libros de Historia Natural como la Historia de los animales de Aristóteles2 y la Historia Natural de Plinio.3 Sin embargo, el bestiario medieval y su precedente el Fisiólogo crean el canon del género. A diferencia de los clásicos, los nuevos textos no ofrecen simplemente una descripción de los animales porque su finalidad verdadera no es informar sino moralizar. Las características y las costumbres de estos seres sirven para revelar la doctrina cristiana, una de las más importantes preocupaciones de la época.

El bestiario medieval deriva directamente por tanto del Fisiólogo, del que hereda su descripción pseudo-científica y su valor moral, que descubre la mentalidad medieval en relación con la religión cristiana.

La palabra “fisiólogo” proviene de la griega “Physiologus” o naturalista. Según Francescato, “probablemente se usó al principio para designar al autor de un trabajo en el cual se describían las características de varios animales. Más adelante, el nombre pasó a ser el título de la obra.”4 El Fisiólogo, tal como reza su título, trata de los animales, las plantas y los minerales. Se supone que el texto original griego fue escrito en Alejandría entre el siglo II y el siglo V. Aunque existe una lista de posibles autores como Salomón, Aristóteles, San Ambrosio, San Jerónimo, San Crisóstomo, San Basilio o San Epifanio, no hay datos fiables al respecto. Por eso, en la actualidad, se le considera una obra anónima.

No se sabe con exactitud cuándo aparecieron por primera vez las versiones latinas. Se supone que la obra existía ya en latín alrededor de los años 386-388.5 Estas versiones latinas gozaron de gran popularidad en toda la Europa medieval. Por el gran éxito de estos textos, aparecieron varias traducciones a lenguas vernáculas, para que el público que no leyera latín pudiera disfrutarlos. Así, desde el siglo XII hubo traducciones del Fisiólogo a casi todos los idiomas europeos.

Sin embargo, al traducirse el texto experimenta grandes cambios. Uno de ellos es el de nombre: de Fisiólogo pasa a denominarse Bestiario, el que a diferencia de la versión primitiva porque ahora trata sólo de animales.

Como ya he señalado, en el bestiario medieval conviven dos valores: el moralizante y el científico. Ambos tienen relación e influencia entre sí, aunque el objetivo didáctico de la doctrina cristiana desempeña el papel más importante. Nilda Guglielmi explica en El fisiólogo: bestiario medieval que, para la gente en la Edad Media, la naturaleza tenía una relación estrecha con Dios, su Creador y Ordenador. El conocimiento sobre la naturaleza no terminaba en sí, sino que era un camino para acceder al Hacedor. La ciencia no valía nada si no estaba acompañada por el Conocimiento Divino. Así, en el contexto medieval, ciencia y naturaleza no podían separarse de la Divinidad. El mundo era obra de Dios y al mismo tiempo servía como espejo de su Creación. Partiendo de este concepto, la descripción del mundo animal en el bestiario sirve para revelar la doctrina cristiana.6

Los animales tratados en los bestiarios medievales no son considerados por sí mismos, sino como símbolos cargados del valor alegórico de la doctrina. La función simbólica de los seres descritos juega con ideas antagónicas. Primero, se considera que los animales son inferiores a los hombres. Por eso se identifican con los pecados y vicios que los seres humanos deben evitar para alcanzar un verdadero nivel humano. Al mismo tiempo, según la creencia cristiana los animales mantienen “fidelidad a la Naturaleza, a las normas naturales, a una suerte de sabiduría primordial y secreta que el ser humano perdió con el Pecado Original y la expulsión del Paraíso Terrenal”. Por eso, son capaces de revelar tanto vicios humanos como profundas enseñanzas morales. 7

En la Edad Media, el bestiario se consideró además como tratado científico. En esta época, la ciencia se identifica con la erudición repetitiva de textos anteriores. Con muy poca frecuencia se escribe algo novedoso. La escritura se basa en las fuentes clásicas del mundo antiguo, por lo que casi todos los escritores importantes de la Edad Media beben de las fuentes clásicas de Aristóteles, Plinio y Ptolomeo, entre otros, 8 y también de otras culturas entre las cuales destaca la judeo-cristiana, que, según Acosta, recoge referencias a bestias imaginarias de otras culturas y las reformula para que la gente las lea en clave religiosa. Los seres que tienen vinculación con dicha cultura son, entre otros, los dragones, las serpientes demonizadas e incluso el unicornio. 9

Desde al principio, este género permite libertad de expresión; así, “como residuo del proceso de adaptación y selección de fuentes diversas se entromete inadvertidamente la personalidad del que cita”.10 Para describir un animal, el escritor recurre a varias fuentes entre las cuales elige los que le interesan y que corresponden a la finalidad de su bestiario. De este modo, el Fisiólogo, punto de partida de los bestiarios medievales, es también:


(...) punto de llegada de una larga tradición en la que confluyen, en lo relativo al mundo e imaginario animal, de un lado, la cultura clásica greco-romana y helenística (con todas sus influencias orientales: egipcias, babilónicas, persas, indias), y del otro, la cultura cristiana en formación, con toda su influencia judía y con todas sus relaciones con el mundo místico y simbólico egipcio y oriental (gnosis, hermetismo, esoterismo, alquimia, disidencias tempranas del judaísmo y del cristianismo, etc.)11
El bestiario medieval hereda esta característica del Fisiólogo. Además de esta referencia central, los textos también se enriquecen con otras fuentes clásicas como las Etimologías de San Isidorol2, la Historia natural de Plinio o el Liber Monstrorum. 13

Con una posición científica centrada en el aporte de culturas heredadas e inseparable de la glorificación de Dios, el resultado es la mezcla de lo imaginario y lo real con la doctrina cristiana. Así, actualmente muchos estudiosos consideran los bestiarios medievales como obras pseudo-científicas.

Los bestiarios, siguiendo la tradición del Fisiólogo, tratan de los animales en un orden absolutamente arbitrario: “al león sigue el autolopo o antílope, a la pantera la ballena, a la salamandra la paloma o el elefante”.14 Además, asumen otras características estructurales en común. La obra se divide en capítulos en los que se trata un sólo animal. Cada uno empieza por la descripción del ser y termina con los dogmas cristianos. Muchos de los textos incluyen además dibujos con valor tanto decorativo como didáctico.

En el bestiario medieval, los animales existentes conviven junto a los imaginarios sin discriminación. En la mentalidad medieval no había diferencia entre ellos, pues todos eran símbolos de la divinidad.15 Era normal que apareciera el unicornio, el ave fénix y el dragón al lado del león, el tigre o la hormiga. 16

Obviamente, los animales fantásticos son los que atraían más a los lectores por su rareza, sus hábitats exóticos y sus peculiaridades. Según López Parada
(...) para Aldhelmus de Malmesbury el monstruo medieval padecía de timidez incurable y gustaba de ocultarse. En los lugares más recónditos de la tierra -“de occulto orbis terrarum”-, en regiones alejadas -“in abditis mundi partibus”-, por desiertos e islas -“per deserta et Oceani insulas”-, en el interior de los montes -“in ultimorum montium latebris nutrita”- refugiaba su soledad y escapaba de las miradas curiosas e indiscretas; y esto le confería la característica de ser nunca visto. 17
Los textos de viajeros también fueron fuentes importantes para conocer a los seres imaginarios. Acosta señala la importancia de los relatos de viajeros, especialmente de los localizados en Oriente porque describen “el mundo distante y prodigioso” donde viven estos animales peculiares, con detalles teñidos con frecuencia de fantasía.18 Se produce así la influencia de libros de viajes a lugares lejanos sobre los bestiarios, y viceversa. Los viajeros escriben textos sobre seres curiosos que habitan en lugares exóticos, los que animan a otros hombres a emprender largos periplos para vivir las mismas experiencias o para encontrar los seres descritos en los bestiarios. Como López Parada apunta, “los libros de viajes son completísimos manuales que prescriben la conducta más aconsejable en caso de toparnos, al doblar un cabo o una montaña, con lo inesperado.”19 Viajar a lugares lejanos parecía ser el reto de los viajeros en aquella época: “el encuentro con lo monstruoso era la cima de cualquier aventura y la prueba definitiva que medía su autenticidad: quien no ha visto al unicornio o a la quimera, no ha viajado”.20

En cuanto a los animales reales incluidos en el bestiario medieval, aparecen asimismo con características peculiares o sobrenaturales. Por ejemplo el águila: “al envejecer el águila, (...) busca una fuente de agua, vuela por los aires hacia el sol, quema en él sus alas y la oscuridad de sus ojos, baja luego a la fuente, se baña tres veces en ella y queda rejuvenecida y renovada.”21

De este modo, en los bestiarios medievales tanto los animales reales como los fabulosos poseían características peculiares, raras, y en consecuencia, interesantes. En el caso del bestiario medieval, la maravilla de los animales en la descripción despierta la curiosidad de la gente. Con la alegoría inscrita en los animales fantásticos o reales se consigue predicar la doctrina cristiana de manera atractiva. Indudablemente, durante la época medieval los bestiarios fueron los libros didácticos más populares, superados solamente por la Biblia.

En esta época, el concepto de ciencia sufrió muchas modificaciones. Al mismo tiempo que los bestiarios religiosos-didácticos prevalecen, se desarrolla una nueva base científica. Es un cambio lento que abarca desde el siglo XIII hasta el XVIII. En los últimos siglos de la Edad Media hay una evolución del género hacia obras más laicas, objetivas y científicas, que dejan de lado la dimensión fantástica y moralizadora. Así, en el siglo XIII el monje inglés Bartholomaeus Anglicus escribe De Propietatibus Rerum, que representa un gran cambio del género hacia una base más científica. En 1646 el inglés Sir Thomas Brown escribe Pseudodoxia Epidemica donde, por primera vez desde la Historia de los animales de Aristóteles, se trata el tema de la biología a un nivel casi totalmente científico. La descripción racional reemplaza lentamente a la alegórica. De este modo, decrece la popularidad del género. Según Francescato, “(...) al elevarse a un plano científico, ya no pueden atraer a la gente que no comprende muchos términos que se emplean en estas obras y que en general se aburre con su lectura tan especializada. (...) Desde esa época, los bestiarios van cayendo en el olvido.”



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11.2 El bestiario en las crónicas de Indias: la evolución del género en el Nuevo Mundo
Los primeros rastros del bestiario medieval aparecen en América Latina en el siglo XV, al mismo tiempo que se produce el “descubrimiento” y colonización del Nuevo Mundo. Sin embargo, durante esa época la presencia de este género no es tan importante como en Europa, porque las historias de animales no se presentan como libro unitario sino que forman parte de las crónicas de Indias.

Las crónicas fueron escritas principalmente para informar a los españoles sobre el Nuevo Mundo. Además, los cronistas tenían como objetivo “justificar el viaje y el dinero gastado y que al mismo tiempo pudiera resultar en alguna recompensa personal”23: querían describir sus experiencias, descubrimientos y a los habitantes de América, con sus costumbres, culturas y religiones. Por ello, no pudieron dejar de maravillarse ante la fauna desconocida del continente.

Estos nuevos bestiarios no trataban de seguir la estructura ni poseían la finalidad de los medievales; por una parte, debido a la cantidad de animales desconocidos que se debían catalogar y por otra, porque su finalidad ya no era moralizar, sino informar a los europeos sobre las cosas nuevas de América.

Normalmente, el bestiario no poseía estructura fija, y el número de los capítulos variaba arbitrariamente.24 En general, el bestiario en las crónicas no cita fuentes antiguas, como ocurría en el medieval. La descripción de los animales americanos provenía de lo que los naturales contaban a los cronistas o lo que ellos veían por sí mismos. Así, la descripción de los animales americanos, a diferencia de la del bestiario tradicional en Europa, procedía de una experiencia más o menos directa.

En el Nuevo Mundo los españoles encuentran tanto animales ya conocidos como otros totalmente novedosos para ellos. Cuando escriben sobre la fauna americana, su descripción es el resultado de la observación de la naturaleza con ojos europeos, apareciendo así textos que se basan “en la oposición, (...) en y ".25 Surgieron así denominaciones equívocas de la fauna americana: el puma se hizo león; el pavo, gallina; y el manatí, sirena. 26

En la descripción que los textos coloniales hacen de los animales locales aparece otro fenómeno destacado del género: la poetización de los textos. Ésta se produjo, por una parte, por el deseo de los cronistas de atraer a los lectores y de ser “el único en haber visto un determinado animal. Por este motivo, no es difícil hallar innumerables exageraciones (...)”.27 Por otra parte, la fauna desconocida en este continente maravilla a los españoles “a tal punto que nos encontramos ante nuevos Plinios”.28

Según Kerr, como los animales americanos son diferentes de los de España en muchos sentidos, a los españoles les parecen “fantásticos”. A pesar de que los cronistas los describen según las referencias de los indígenas e incluso los ven por sí mismos, siempre está presente en su descripción la incredulidad. En los bestiarios medievales los escritores aceptaban la existencia de criaturas fantásticas. En cambio, los cronistas siempre expresan dudas sobre la existencia de animales inverosímiles. Por eso, para Kerr la palabra “fantástico” en las crónicas es un término que tiene sentido relativo:
That when these reporters use the word “fantastic” to portray the fauna of the New World this term is only relative to their European experience. “Fantastic” might just be another word for that which did not exist in Europe and had never been described in the natural histories and bestiaries known to the chroniclers while in Spain.29
Lauro Zavala explica en Minificción mexicana que los bestiarios hispanoamericanos son producto de la poetización alegórica de los animales.30 En consecuencia, la descripción en las crónicas de Indias “está preñada de una imaginación alegórica de naturaleza literaria.” 31

Aunque la descripción de los animales en las crónicas poseía un objetivo informativo, en los primeros textos era inevitable la influencia de las fuentes clásicas del bestiario medieval e incluso de la doctrina cristiana, con las cuales estos historiadores crecieron. Además, debemos tener en cuenta que algunos de los cronistas no eran conquistadores sino sacerdotes evangelizadores. Así, en la descripción de los animales aparecen referencias a la doctrina cristiana, aunque el valor moral no está al mismo nivel que en los bestiarios de la Edad Media.

Pongamos un ejemplo de este hecho. En la Historia de las Indias, Fray Bartolomé de las Casas narró la sorpresa de Colón frente a la abundancia de ostras en las costas del Caribe que exploró el 10 de agosto de 1498. A pesar de que su finalidad era escribir solamente las “palabras formales del Almirante”, en la descripción sobre el origen de las perlas en las ostras, que de las Casas describía como formadas por el rocío, está presente la erudición de las fuentes clásicas: las Etimologías de Isidoro de Sevilla o la Historia Natural de Plinio y el Fisiólogo. Esta leyenda también simboliza la concepción de Jesús por intervención divina, representados respectivamente en la historia por la perla y el rocío. 32

Por su parte, el Padre José de Acosta expresa en Historia natural y moral de la Indias su preocupación por el origen de los animales en América. Al final, llega a una conclusión basándose en el Antiguo Testamento y apoyado también en fuentes clásicas como Aristóteles y Plinio. Para Acosta, el origen de los animales de todo el mundo está en los salvados en el Arca de Noé, que después se extendieron. De este modo, algunos animales americanos se hallan en España mientras que otros son totalmente desconocidos para los habitantes de la Península Ibérica. 33

Para Fischer, los bestiarios americanos enfrentan un cambio radical al lograr la finalidad puramente informativa por primera vez a partir de la Historia general de las cosas de Nueva España de Bernardino de Sahagún.34 La crónica de este sacerdote, redactada durante cincuenta años, funciona como una enciclopedia de historia natural de México. La curiosidad por conocer el mundo indígena es su motor principal. Sahagún dedica el libro undécimo de su Historia, “De las propiedades de los animales, aves, peces, árboles, hierbas, metales y piedras y de las colores”, a los animales naturales e imaginarios de Nueva España. Es interesante su descripción de los animales extraños porque, a diferencia de otros cronistas, Sahagún les confiere el mismo tratamiento que a otros más comunes. Los animales de su crónica, con sus características peculiares, llaman la atención de los autores de los bestiarios en América Latina en el siglo XX, continuando así una tradición que refleja claramente sus eslabones hasta el día de hoy.
11.3 El bestiario en el siglo XX en Hispanoamérica: una tradición continuada
En el contexto hispanoamericano ya hemos comentado cómo el bestiario aparece por vez primera en los textos escritos por cronistas españoles en el siglo XV. Sin embargo, estos textos no tuvieron un papel relevante en la literatura, como ya hemos visto en el capítulo anterior. El género cobra vitalidad en América y continúa la tradición en el siglo XX, cinco siglos después de su aparición en las crónicas de Indias.

Los bestiarios escritos en Hispanoamérica en el siglo XX presentan una gran originalidad respecto a sus antecedentes. Según Herz, en nuestra época el género presenta el reto del racionalismo y el materialismo. 35

Es decir, desde la primera aparición del bestiario todo ha cambiado en muchos aspectos. Valoramos lo concreto en vez de lo abstracto. En lugar de lo imaginario, creemos en lo que se puede comprobar con los sentidos. Ya no creemos en la existencia de seres fantásticos y los animales han perdido su valor espiritual. En el siglo XX, debido a avances científicos y tecnológicos, hemos establecido una clara distinción entre lo real y lo fantástico. Además, en esta época la preocupación principal ya no es la religión sino el hombre en situaciones sociales totalmente diferentes de las medievales. En consecuencia, en este siglo el bestiario sufre cambios radicales.

Según López Parada, en Hispanoamérica el bestiario recupera su vigencia y popularidad a partir de los años 50, hecho confirmado por la lista de libros publicados que pertenecen a esta tradición: Bestiario de Julio Cortázar (1951), Mundo Animal de Antonio Di Benedetto (1953), Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero (1957), “Bestiario” en Estravagario de Pablo Neruda (1958), Punta de Plata de Juan José Arreola (1959), Historia Natural das Laranjeiras de Alfonso Reyes (1959), Nuevo diario de Noé de Germán Arciniegas (1963), “Parque de diversiones” de José Emilio Pacheco (1963) , “Bestiario” de Enrique Anderson Imbert (1965) y El gran zoo de Nicolás Guillén (1967).36

Podemos observar que, al igual que los bestiarios medievales, los citados están escritos tanto en prosa como en verso. A pesar de esta similitud, ninguno de ellos sigue la tradición. Cada uno, a través de la reinterpretación de sus autores, ofrece una nueva visión de los animales tratados, que en el siglo XX ya no funcionan como símbolos morales.

En el Bestiario de Julio Cortázar, animales como el conejo o el axolotl funcionan como personajes fantásticos en sus cuentos, mientras que los animales en El Gran zoo de Nicolás Guillén encubren una crítica político-social profunda y los del Bestiario de Pablo Neruda reflejan el amor del autor por los seres pequeños y corrientes, como era propio de su poesía en esa época. Los bestiarios maestros de Hispanoamérica, como el Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero y el Bestiario de Juan José Arreola, también se distinguen de manera destacable de sus antecedentes. Mientras que el Manual de zoología fantástica trata de animales fantásticos, el Bestiario de Arreola describe seres reales. Borges hace su recopilación de seres imaginarios acumulando información de numerosas fuentes y varias culturas del mundo, mientras que Arreola describe los animales del Zoológico de Chapultepec para criticar las conductas humanas. Además, el Bestiario de Arreola también destaca por su tono irónico y misógino, que, según Concepción del Valle Pedrosa, está presente en “Insectiada”, “La boa”, “Topos”, “El rinoceronte”, “El avestruz” y “El ajolote”. 37

Así, los bestiarios en el siglo XX conservan las formas estructurales de los medievales mientras que sus contenidos son radicalmente diferentes. Es muy común, por ejemplo, incluir la palabra “Bestiario” en el título, la división de la obra en capítulos donde se trata un sólo animal indicado en su título y los dibujos acompañando a los textos, que ya no tienen la finalidad de moralizar sino de entretener a los lectores. Kerr confirma este hecho en The Beast and the double: a study of the short stories of Julio Cortázar: “It can be said that although the most modern bestiaries (or works which are derived from that genre) might differ greatly from the original bestiaries, the tradition as a whole is greatly enriched through the new and original interpretations given in more recent works. The newer works are of course made posible by the earlier existence of the older bestiaries.”38

En cuanto a los animales fantásticos tratados, los de bestiarios medievales e incluso los de la mitología griega siguen presentes, especialmente los unicornios, los dragones, los minotauros y las sirenas. Además, se da la presencia de seres imaginarios de las crónicas de Indias. El “axólotl”, de Historia general de las cosas de Nueva España de Bernadino de Sahagún, puede servirnos como ejemplo más destacado, que reaparece en los textos contemporáneos tanto en el contexto mexicano como en el argentino. Así, el “axólotl” da título al cuento homónimo de Juan José Arreola (con caligrafía mexicana) y a los textos de José Emilio Pacheco, Octavio Paz y Julio Cortázar (según la adscripción prehispánica). Indudablemente, la función de este animal es diferente en cada texto.39

Por su parte, Alberto Salas y José Durand se inspiran en los textos coloniales. Mientras que Para un bestiario de Indias de Salas presenta una recopilación de los animales descritos por cronistas en el siglo XVI 40, José Durand narra en su libro Ocaso de sirenas. Manatíes en el siglo XVI que los mamíferos que vio Colón no eran sirenas sino deformes hembras de manatíes41.

En los años 50, el bestiario que dio verdadero ímpetu al género fue el Manual de zoología fantástica de Jorge Luis Borges y Margarita Guerrero. Este libro se publicó por primera vez en 1957 en México, por el Fondo de Cultura Económica. En él, los autores siguen la tradición medieval de la erudición y la recopilación de materiales anteriores. Recurren a fuentes de varias culturas, tanto occidentales como orientales. A diferencia del bestiario medieval, en el cual desfilan los animales reales e imaginarios en un orden confuso y arbitrario, en el Manual se tratan sólo los seres fantásticos, organizados por orden alfabético.

El Manual suele ser criticado por estar basado en fuentes clásicas europeas y no contar con referencias a las crónicas de Indias. Así, Francescato comenta cómo, en “Sirenas”, los autores se refieren sólo a la sirena de Ovidio, Homero, Apolodoro, Platón y la de las historias del norte de Gales, sin ninguna alusión a las que vieron los conquistadores.42 Sin embargo, la ausencia de referencias a las crónicas no quiere decir que en el Manual estén totalmente ausentes los animales americanos. Algunos capítulos están dedicados también a la fauna del continente. Por ejemplo, “La Anfisbena” se refiere a serpientes en “las Antillas y en ciertas regiones de América (...) que comúnmente se conoce por , por y por (...)”43; y en “Chancha con Cadenas”, los autores relatan que en el norte de Córdoba hay una serpiente que, por la noche, produce ruidos infernales con sus “cadenas”, citando el Diccionario folklórico argentino. 44

En el prólogo al Manual, los dos indican que el libro es tal vez el primero en su género. Sin embargo, Francescato demuestra cómo este juicio vale tan sólo para la literatura en español, porque un poco antes se habían publicado libros con intención parecida en inglés: Curious Creatures in Zoology de John Ashton, Fabulous beasts (1951) de Peter Lum y The World of Animals (1961) de Joseph Wood Krutch. De todas maneras, el Manual de zoología fantástica merece un homenaje por iniciar el verdadero renacimiento del género en el continente. Del Valle Pedrosa lo explica en su tesis doctoral:


(...) a partir de esa fecha comienzan a prodigarse los bestiarios hispanoamericanos que, o bien recopilan a la manera de Borges testimonios remotos sobre seres fantásticos, o bien adoptan el mundo animal -fingido o real- como soporte y vehículo de idearios sobre el amor, las relaciones sociales o condición humana.45
Entre las recopilaciones a la manera borgiana posteriores destacarán después el ya mencionado Para un bestiario de Indias (1968) de Alberto M. Salas, y el catálogo de seres fabulosos prehispánicos Bestiario mexicano (1987) de Roldán Peniche B.

Los bestiarios que adoptan figuras de animales para reflejar la sociedad contemporánea y las conductas humanas están presentes en textos breves a medio camino entre el cuento y el ensayo.

Si en los años cincuenta se produjo el renacimiento del bestiario en el espacio literario tradicional de prosa y poesía, a partir de los años sesenta podemos hablar de la aparición del género en textos cuyo origen corresponde a la disolución de fronteras entre géneros literarios.46 Este nuevo espacio literario del bestiario es una forma de narrativa breve en la que destaca la intención ensayística del autor. Por sus elementos narrativos, estos textos se parecen a los cuentos. Al mismo tiempo, se acercan al poema en prosa por la participación del lirismo. Y, también aparecen elementos que revelan características del ensayo más que de la ficción en ellos. De este modo los autores no quieren comunicar sólo un mundo imaginado sino reflejar su opinión.47 Como estos textos se aproximan a varios géneros a la vez sin pertenecer verdaderamente a ninguno, característica que se corresponde con el concepto de la posmodernidad,48 se los ha denominado en más de una ocasión con el calificativo de híbridos.

Como propuso Borges, debe realizarse una lectura fragmentada de los textos: “Como todas las misceláneas (...) El libro de los seres imaginarios no ha sido escrito para una lectura consecutiva. Querríamos que los curiosos lo frecuentaran, como quien juega con las formas cambiantes que revela un caleidoscopio.” 49

El bestiario en esta última etapa, según del Valle, “es un ejercicio de imaginación en el que se ensayan algunas combinaciones que todavía no se le han ocurrido a la vieja, sabia Madre Naturaleza.”50 Aparece así la descripción de los animales con finalidades diversas, que abarca desde hacer chistes y satirizar las tradiciones hasta reflejar pensamientos filosóficos o la realidad de la sociedad actual. Además, en muchos casos, también se revela un valor radicalmente opuesto al medieval. Es el caso de Bestiario de Arreola que, según del Valle Pedrosa, además de misoginia, también presenta una clara simbología sexual:
(...) en “Topos” el agujero es el sexo de la mujer y el topo, el sexo masculino; en “El rinoceronte” asistimos al poder debilitante de la mujer sobre el cuerno/falo del animal; en “El avestruz” se muestra su “liviandad de criterio”, su falta de pudor y de vergüenza; en “El ajolote” es comparada, en catástrofes menstruales, a la hembra del murciélago, la ajolota y cierta mona antropoide (…) 51
En estos bestiarios también destaca el papel de los lectores. En la época contemporánea, en la que no se valora al autor como creador absoluto, es el lector el que tiene la última palabra. 52 Por la característica caleidoscópica de estos textos breves, cada lector puede “adoptar diversas aproximaciones al texto y reconsiderar algún aspecto particular de su visión del mundo cada vez que haga una relectura.”53 A diferencia del bestiario medieval, en el que se presenta claramente un mensaje religioso al final de cada descripción de los animales, estos nuevos bestiarios requieren un lector activo, conocedor de la tradición, que reconozca elementos de lo ya escrito y descubra entre líneas lo que el autor quiere comunicar.

El género puede aparecer como uno de los temas tratados por el autor y también como motivo para el libro entero. En cuanto al primer caso, encontramos ejemplos en “Los unicornios” de Julio Torri, “La hormiga” y “La cigarra en el hormiguero” de Marco Denevi, o “Bestiario” de Enrique Anderson Imbert. Se observa más contacto con el modelo medieval en el segundo caso, en el que los autores usan la misma estructura formal de la Edad Media: la división de los animales en capítulos, acompañados de dibujos, como se ve en el Bestiario de Juan José Arreola, en El arca de Caralampio de Roberto López Moreno, en Doscientas ballenas azules... y ...cuatro caballos de Margo Glantz, y en Los animales prodigiosos de René Avilés Fabila.

Los animales de los bestiarios actuales son despojados de su valor simbólico, parodiados y degradados. Como Fernández Porta apunta: “la desfundamentación del sistema simbólico heredado que tiene lugar en el arte kitsch como vistoso erial del significado adquiere un ejemplo muy notorio en la temática de la banalización del animal en la sociedad de consumo”.54 Así, encontramos seres mitológicos temibles por sus poderes sobrenaturales convertidos en animales patéticos y cómicos, como veremos en Los animales prodigiosos de Avilés; del mismo modo, algunos animales reales resultan degradados por su realidad (conviven en jaulas) en el Bestiario de Arreola.

La aparición del tratamiento desmitificador no significa que desaparezcan elementos fantásticos de estos bestiarios. Aún está presente la fantasía, un elemento propio del género que nunca desaparece, como Francescato apunta: “son precisamente las 'maravillas' que atraen al lector en todas las épocas y que han hecho que el género de los bestiarios continúe interesando hasta el presente.”55

La aparición de lo fantástico es lógicamente más destacable en los bestiarios de la imaginación. Sin embargo, al igual que los textos medievales, los que tratan de animales reales tampoco carecen de fantasía. Así, en “El rinoceronte” de Arreola, aunque su autor se declara en el prólogo del volumen en contra del bestiario tradicional porque para él “equivale a abrumar al lector con una inasequible bibliografía de títulos fantásticos, cuyo contenido moroso siempre nos descorazona por la ampulosa y vana complejidad de los símbolos.”56, podemos encontrar lo que López Parada llama la encarnación de la leyenda, una “asociación casi imposible del animal inventado y su vertiente tangible”57: “Hagamos entonces homenaje a la bestia endurecida y abstrusa, porque ha dado lugar a una leyenda hermosa. Aunque parezca imposible, este atleta rudimentario es el padre espiritual de la criatura poética que desarrolla en los tapices de la Dama, el tema del Unicornio caballeroso y galante.”58 Asimismo, en El arca de Caralampio (El extraño mundo zoológico de Chiapas), el escritor mexicano Roberto López Moreno ofrece un recorrido imaginativo por el Parque Zoológico de Chiapas, y a pesar de tratar seres reales, rescata mitos indígenas y creencias populares.

Según del Valle Pedrosa, los bestiarios en nuestra época nacen de la fascinación por otros textos literarios; el Bestiario de Arreola surge de la lectura del Bestiario espiritual de Paul Claudel, las ballenas de Margo Glantz provienen de Melville y los seres mitológicos de Avilés Fabila de su lectura de la mitología griega.59 De este modo, destaca el papel que la intertextualidad desempeña en la continuación del género hasta hoy. Así, se rinde homenaje especial al Manual de zoología fantástica, donde se halla el punto de llegada de una larga tradición animalística que se originó en la Edad Media y llega con plena vitalidad a nuestra época.




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