Universidad de la habana


CUANDO LLEGA LA ADOLESCENCIA



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CUANDO LLEGA LA ADOLESCENCIA...
A medida que se va aproximando la adolescencia, las relaciones con nuestros hijos se van transformando, comienza a darse una nueva relación porque ellos van cambiando y nosotros también. Se ha definido la adolescencia como un período de transición entre la infancia y la adultez. Es el lapso de tiempo en que se produce el largo y difícil pasaje de ser dependientes de otros, a ser un adulto independiente y autónomo.

Existe la idea de que éste es un período negativo por los conflictos, roces y discusiones que se producen entre padres e hijos, cuya causa se atribuye generalmente a la rebeldía de los jóvenes en esta etapa. Sin embargo, la dificultad no solo puede existir por los procesos que el joven está viviendo, sino también por lo que los padres están enfrentando en este período de sus vidas, que los afecta como individuos, como padres y como pareja. Entonces tendríamos que hablar de una relación que ha de ser reconstruída sobre bases nuevas. Nada de lo que hacíamos cuando eran pequeños (nuestros métodos de control, reglas, prohibiciones y permisos) ahora funcionan.



Lo que antes se asumía como ley y se obedecía, ahora comienza a ser cuestionado. Nuestra autoridad y supremacía en cuanto a las decisiones en relación a sus vidas empiezan a ser fuertemente rebatidas y en ocasiones descalificadas.

Esta confrontación es un proceso difícil para el adolescente. Los lazos de afecto y dependencia que los unen a sus padres son muy intensos, pero necesitan desprenderse para poder crecer. Para los padres también es muy difícil aceptar este nuevo estilo de relación. Es duro el hecho de que el control sobre la conducta del hijo es cada vez menor. Otras influencias, la de su grupo de amigos, aparecen como decisivas. Todo ello produce desconcierto en los adultos e incluso temor e inseguridad.

No cabe duda que para la familia es un proceso doloroso. El hijo cuestiona al padre, deja de mirarlo con admiración. Los padres son fácilmente juzgados y culpados. Para los padres también cambia la visión que tienen de su hijo, ya que se transforma repentinamente en alguien nuevo que cuesta reconocer, que toma posiciones, que critica, desobecede y se comporta de forma incorrecta.

En su intento por liberarse de los lazos de la niñez y alcanzar autonomía, el adolescente a menudo, se enfrenta a sus padres. Ellos han representado hasta este momento las figuras de autoridad más importantes, le han determinado en gran medida los límites, tanto del mundo físico como del mundo de las ideas.

Cuando los hijos crecen ya tampoco nosotros somos los mismos. Comenzamos a acercarnos a la llamada crisis de la edad media o de la mitad de la vida, la cual es reforzada por nuestros propios hijos.

A la edad en que un padre en Cuba tiene un hijo adolescente, por lo general se es todavía joven, aunque por supuesto, ya no tan joven. Los padres viven una etapa en que se ha culminado el desarrollo profesional o técnico y ya se consolidó un grado de autorrealización personal o frustración de aspiraciones. Es el tiempo en que nuestra pareja, o bien cuajó en una relación satisfactoria o ya existe un divorcio y/o una nueva pareja.

Por otra parte nuestros padres (los abuelos) no son tan ágiles y saludables, sino más bien comienzan su proceso natural de decadencia, lo que implica comenzar a preocuparse más por ellos y a asumir una cierta "paternidad" de nuestros propios padres. Todo ello nos exige de tiempo, dedicación y sacrificio.


En tal sentido todo lo que para nuestros hijos adolescentes está en el ámbito de las futuras realizaciones, opciones y oportunidades, para los padres son hechos ya vividos y algunos consumados.

En el período en que se tienen hijos adolescentes, los padres comienzan a sentir apremio con su propio tiempo, porque aún queda mucha vida por delante (porque la esperanza de vida aumenta en nuestro país), pero el tiempo de las decisiones y realizaciones importantes va pasando.

El aumento de estas presiones psicológicas son incrementadas por los hijos adolescentes )tú que has hecho con tu propia vida para exigirme tanto? )Para qué te ha servido tanto sacrificio? Estas son muestras de cosas que nos dicen nuestros hijos adolescentes.

No resulta fácil sobrellevar con ecuanimidad estos reclamos, porque nos tocan puntos vulnerables y nos remiten a nuestras propias insatisfacciones, pero no somos infalibles. El problema no es, no haber cometido errores, sino el hacernos responsables de ellos y asumirlos e integrarlos a nuestra experiencia en la vida. Los adolescentes también ayudan a reflexionar y hacer madurar a sus padres, aunque esto sea difícil de aceptar por parte de los adultos. Pero los padres deben retener la autoridad y conservar su sensación de dignidad.

La adolescencia es una etapa de transición de difícil manejo, precisamente por eso, los padres están más vulnerables y presionados y los hijos comienzan a tener nuevas necesidades, para las cuales deben, paulatinamente, irse preparando, pues requieren de nuevas reglas y de nuevas formas de comunicación familiar.

Los padres tienen que enfrentar una nueva contradicción. Es una edad en que aumentan los riesgos (ya que cualquier problema comienza a tener una trascendencia y repercusión mayor en sus vidas), al mismo tiempo que se debilita la posibilidad de control e influencia por las propias necesidades de independencia y de separación del adolescente.



Es característico de esta etapa la necesidad de pasar por vivencias y experiencias que pueden ser riesgosas, ensayándolas activamente, actuándolas para conocer sin "escarmentar por cabeza ajena". Es así como algunos adolescentes quieren probar las relaciones sexuales, la ingestión de alcohol, el cigarrillo, el desafío a la autoridad, como fuente de experiencia propia. Sin embargo, en la medida en que estas conductas se vuelven estables, y se asumen irresponsablemente, ellas estarán reflejando una alteración o formación precaria de su personalidad. Riesgos tales como el embarazo precoz, actividades delictivas, malas influencias, relaciones sexuales prematuras sin los debidos cuidados y precauciones, la tendencia a crear ciertos hábitos, dañinos para la salud, son problemas asociados, a la llegada de la adolescencia y que exacerban con toda razón las ansiedades y temores de los padres.

Los adolescentes, que en esta etapa viven un proceso de maduración y de búsqueda de identidad están al mismo tiempo desarrollándose sexual y emocionalmente para poder establecer una relación de pareja. En este proceso ellos necesitan sentirse capaces de encontrar su camino por sí mismos, luchan por parecer adultos autosuficientes. Pero también sienten a veces miedo de lo que significa ser adulto, necesitan actuar como niños y volver a los brazos paternos cuando se sienten débiles.

He escuchado a muchos padres decir que a esa edad: "Buscan ser libres e independientes sólo cuando ellos quieren serlo y les conviene". Se puede decir que lo que quieren es gozar de los privilegios del adulto, sin tener que asumir ninguna de sus responsabilidades.

Para los padres, este ir y venir del adolescente es frustrante y desorientador, lo que a veces los hace actuar de forma controladora y rígida, y luego permisiva y flexible. Se establece en este período una relación padres-hijo con características diferentes, el adolescente siente que no necesita a sus padres y los padres quieren ser necesitados. El joven, en el proceso de búsqueda de identidad, a menudo no tiene claro lo que quiere ser, pero sí tiene claro lo que no quiere ser: no quiere ser copia de la imagen de los padres, no quiere transformarse en un don nadie. La rebelión transitoria es importante para comenzar a vivenciar la propia autonomía e identidad. Por ello es tan importante trabajar con los adultos encargados de la educación de los adolescentes, atendiendo a tres cuestiones fundamentales:

1.- La necesidad de poner claros los límites y renegociar las reglas familiares.

2.- La necesidad de ensayar nuevas formas de comunicación.



3.- La necesidad de aprender las vías que garanticen la formación de valores.

EL PROBLEMA DE LOS LÍMITES Y LAS NUEVAS REGLAS...
Para los padres es difícil redefinir la relación con sus hijos cuando estos se inician en nuevas experiencias de vida, tratando de sobrepasar los límites de lo que les ha sido permitido. Aún cuando reconozcan lo importante que es el crecimiento de sus hijos, la conducta del adolescente, los puede hacer vivir mucho temor, inseguridad o también gran exasperación e impaciencia.

Un problema común que hemos podido detectar en nuestro trabajo con padres es SABER donde fijar los límites de la disciplina. Básicamente los padres en esta etapa se ven enfrentados a un conflicto entre permisividad y autoritarismo, lo que en la práctica significa una redefinición de los límites. Los límites constituyen la vía a través de la cual un adulto ejerce autoridad. La autoridad es nuestro modo de influenciar, ejercer control y jerarquía sobre nuestros hijos.

Las reglas cumplen funciones directivas firmes. Ejemplo: establecer horarios para llegar a la casa por la noche, prohibir ciertas conductas y aprobar otras. En la adolescencia es necesario reformular los límites y crear un nuevo sistema de reglas, pero de forma gradual y no de manera abrupta y represiva.

En la convivencia diaria a menudo se duda )Dónde comenzar a preocuparse seriamente? )Hasta dónde correr riesgos? )Hasta dónde ver al hijo como un adulto o como alguien frente al cual todavía se debe ejercer autoridad y con el cual aún hay responsabilidades y deberes parentales? )Cómo hacerle comprender al adolescente los peligros de una sexualidad poco responsable?

Los padres suelen sentirse muy inseguros. Con frecuencia esta desorientación los lleva a proceder de manera persecutoria y altamente emocional, con mucha desconfianza. La interacción con los hijos se vuelve cada vez más difícil asumiendo ambos, posiciones más y más extremas y generándose sentimientos de hostilidad y resentimientos muy intensos, especialmente en los adolescentes.


Los límites definen la frontera entre las necesidades del adolescente y las necesidades del adulto. Para elaborar un límite que conllevará el establecimiento de una regla es necesario tomar en cuenta ambas partes de la relación. De ahí que, si sólo son consideradas las necesidades del adolescente o quizás sus demandas, podríamos caer en una indulgencia extrema o un sometimiento por parte de los padres a las exigencias del joven, lo que afecta el desarrollo del mismo y la relación con el adulto. Por otra parte, el sólo contar con las necesidades adultas (de no perder el control del hijo, de no asumir las ansiedades que nos producen los riesgos de la edad) estaríamos entonces ante un exceso de autoridad o autoritarismo, lo cual también trae consecuencias nefastas.

Por tanto, las reglas y por consecuencia, los límites de la relación, son procesos de negociar ambas necesidades y de creación de opciones. Por ejemplo: El adolescente quiere quedarse en la fiesta hasta las 2:00 am, pero nos parece que regresar a esa hora puede ser riesgoso y no podríamos esperar con tranquilidad, lo cual afecta también nuestro descanso. Se hace necesario negociar, proponer soluciones intermedias, pensar en otras opciones (quedarse a dormir en casa de la amiga si conocemos la familia), que la (o lo) traiga un padre. Si esos acuerdos son violados deben estar claras las consecuencias.

Esto debe ser conveniado, negociado, y debe ser respetado por adolescente y adulto. En el mejor de los casos las reglas deben ser acordadas con ellos, discutidas y negociadas. Existen ocasiones que esto no es posible y el adolescente ofrece mucha resistencia.


La resistencia es esperable, en tanto los adolescentes no siempre están de acuerdo con nuestras reglas. Existen ocasiones en que no podemos contar con el acuerdo, pero es necesario frustrar si pensamos que puede ser una situación riesgosa o que no nos ofrece confianza. En esas oportunidades también tenemos que estar preparados para la extraordinaria habilidad que tienen los adolescentes para manipularnos y destruir nuestros recursos. Ejemplo: la "resistencia pasiva", (no querer hacer nada de lo que se les pide), o huelga de brazos caídos, o que nos retiren el afecto, la comunicación con recriminaciones culposas o chantajes. Todas estas reacciones son las formas de mostrarse resisten y de vengarse de lo que les parece injusto. Pero si nos mantenemos firmes y nuestra exigencia responde a un sentido de justeza y de realidad, finalmente terminan aceptándola.

Los adultos deben aprender la capacidad de mostrarse firmes y a la vez flexibles. No debemos, por tanto, renunciar por impotencia, a la necesidad de control sobre el adolescente. Cambiar la forma de controlar no quiere decir que dejemos de hacerlo. Existen formas discretas de ejercer control que no es igual que el control infantil. Estas formas tienen que ver con el conocimiento de con quién andan, aunque no le caigamos detrás, de la posibilidad de acceder a las amistades, conocerlas, propiciar que vengan a la casa, intercambiar con ellos, conversar con los maestros, intentar ganarnos la confianza de quienes rodean nuestros hijos.

En esta etapa ya no les podemos exigir que nos lo cuenten todo (tampoco es necesario), simplemente tenemos que mostrarnos receptivos enviándoles mensajes tales como: "Al parecer no quieres contarme lo que te pasa, pero sabes que cuando lo quieras hacer siempre te voy a escuchar y darte mi opinión, que no quiere decir que tengas que hacer lo que yo te diga".

Las reglas son cuestiones siempre sujetas a negociarse y renegociarse. Para ello es necesario el diálogo (que ambas partes aclaren sus necesidades) y el compromiso mutuo: El adulto, de mantenerla, y el adolescente de cumplirla.

Es muy importante el análisis de las circunstancias, no tienen que ser rígidas e inflexibles, en situaciones concretas pueden variar bajo el análisis previo de situaciones particulares.Las reglas también pueden irse flexibilizando en función de la responsabilidad que vaya expresando el joven. La libertad hay que aprenderla a usar, por lo tanto hay que conquistarla, no es un permiso para la irresponsabilidad. Mientras más se vaya expresando un sentido de responsabilidad y madurez, con mayor seguridad se pueden ir incrementando los permisos y las libertades.


Los padres de adolescentes, precisamente, por las dificultades de manejo que trae aparejada la edad y por la propia presión de sus problemas adultos, con mucha frecuencia se siente impotentes, sin recursos y van de un extremo a otro, o son extremadamente permisivas, dando extremas libertades que ellos no saben responsablemente usar o, cuando sienten que están ante un problema, se vuelven extremadamente restrictivos, imponiendo castigos severos, tomando medidas extremas, que generalmente tienen reacciones contraproducentes. Lo que precisa el adolescente no son respuestas extremas, sino un desarrollo gradual de su autonomía.

Sin embargo, es muy importante tener en cuenta que la autoridad no solo se ejerce de forma consciente, voluntaria, por parte de los adultos, también existe una autoridad involuntaria que se impone, no tanto por lo que los padres hacen, transmiten, sino más bien, por lo que los padres son. La coherencia entre el sistema de exigencias y los propios modelos adultos, hace más factible la influencia en el adolescente. Si el ejemplo de nuestra vida es un descrédito total de lo que le pedimos a nuestros hijos, (no queremos decir que sea imposible ejercer autoridad), pero se hace más difícil, por carecer de la moral necesaria para exigir.

Al tratar de fijar los límites de la disciplina no basta recalcar a los hijos la importancia de comprometerse, de ser honestos y leales. Los padres deben demostrar que ellos a su vez ponen en práctica estos valores ("Hagan lo que yo digo y lo que hago") que para ellos estos valores están vigentes.

Con ello no queremos decir que no tengamos derecho a desear que nuestros hijos sean mejores que lo que fuimos nosotros, ni que aceptemos que hemos cometido errores, pero sí tenemos que estar conscientes que educar implica (y si es adolescente, más) una cierta consistencia ética en nuestro quehacer y decir. A su vez aquellos padres que disfrutan una sólida unión de pareja, tienen menos dificultades en el ejercicio de la autoridad con sus hijos.

Cuando, sin embargo, el hijo es el único proyecto vital importante que define la autorrealización es mucho más difícil llenar el vacío que deja la independencia de los hijos y estos se tienden a retener, y controlar excesivamente.

LAS NUEVAS FORMAS DE COMUNICACIÓN...


La comunicación en la infancia es un poco más directiva, unidireccional y regulativa. A los niños se les puede decir: (He dicho que vengas a bañarte!, (es hora de hacer la tarea!, (hasta que no hagas tus deberes no hay muñequitos!, (hay que irse ya a la cama!, (hasta que no te lo comas todo no te levantas de la silla!, (recoge inmediatamente ese reguero de juguetes!.

En la niñez estamos acostumbrados a un lenguaje directo, aunque encontramos resistencias, finalmente podemos doblegar la voluntad del niño. La adolescencia exige modificar el estilo comunicativo. En esta etapa comienza a ser un cuestionador, a hacer réplicas continuas, a dar criterio y, opiniones de todo lo que le exigimos, chantajea y amenaza, manipula creando culpas, contesta agresivamente...

"...)Por qué tiene que ser como tú dices?" "Los padres de mi amiga no lo hacen así... estoy cansado de vivir en esta casa donde nadie me comprende", "quisiera morirme". Estas y muchas expresiones pueden ser generadoras de tensión, discusiones, conflictos. Muchos padres o adultos se enganchan con el mismo estilo, el contraataque es a través de discusiones, ofensas, igualmente chantajes, manipulaciones, creándoles malestar y culpa. La situación se torna tensa e intolerable para ambas partes.

Ante esta situación he visto que muchos adultos también asumen como solución alternativa una actitud elevada, sermoneadora, manteniendo siempre la jerarquía rígida "-no me faltes el respeto, -yo soy tu padre y me tienes que respetar," "-a tu edad yo nunca...," "-en mi época ningún joven hacía eso." Esta actitud, por lo general, distancia al adulto, le impide ponerse en el lugar del joven, se va perdiendo la cercanía y la posibilidad de entablar relaciones amistosas.

La presencia de un adulto distante e invulnerable, que no deja de estar nunca en esa posición de superioridad infalible no es más, en muchas ocasiones, la forma en que se disfraza la inseguridad que nos produce el continuo cuestionamiento, la insolencia con que muchas veces el adolescente increpa y exige. Estos padres acorazados, tienen muy pocas posibilidades de diálogo e intercambio recíproco con el adolescente. Otra actitud extrema es, convertirnos en adolescentes para podernos comunicar, asumir una postura infantil.

Los padres pueden ser compañeros amistosos, cercanos, saber ponerse en el lugar de los hijos, pero no es necesario convertirnos en uno más, en volvernos inmaduros o inseguros para acercarnos a ellos y poder tener un espacio común de comunicación.



He visto muchos padres volverse adolescentes, hablar como ellos, contarle a sus hijos sus cuitas amorosas, en ocasiones hasta sus deslices, pedir consejos en relación a su vida íntima. Creo que una cosa es tener relaciones amistosas con nuestros hijos y otra es convertirlo en nuestro confesor, cómplica y consejero.

Los adultos no podemos perder la visión tan necesaria de que somos adultos, aún dispuestos a velar y cuidar de sus vidas, con la sabiduría que ya nos da la experiencia, no quiere decir que no consultemos algún que otro asunto de nuestro mundo adulto, tampoco que no exhibamos algún error o fracaso que hayamos tenido en algún ámbito de la vida. Pero de ahí, a depositarle las ansiedades como podemos hacer con un amigo o amiga, es asignarle una carga que no tienen por qué asumir.

Los padres pueden y deben ser "amigos especiales" de sus hijos, pero bajo determinadas restricciones que no implican concesiones éticas, complicidades con nuestros errores o hacerlos nuestros consejeros leales. Nuestro rol de velar, contener, traducir la realidad, orientar, aconsejar, guiar, no es intercambiable con nuestros hijos adolescentes. Sólo así pueden sentirse seguros, ellos necesitan una contraparte adulta que los guía y cuida, no otro adolescente que se vista como él, hable como él y viva las mismas angustias y contradicciones que él está viviendo.

La comunicación por tanto, no debe ser ni tan unidireccional (del adulto al joven) que limite la posibilidad del diálogo, ni tan bidireccional que se pierda la necesaria jerarquía y complementariedad que debe existir de adulto a joven. A estas edades el diálogo es un recurso muy importante, la persuasión, la negociación, porque nuestra influencia comienza a ser más indirecta y cada vez vamos teniendo menos recursos para controlar y evitar conductas indeseables.



Todo el sistema de sanciones que fue eficaz en la niñez, pierde toda su efectividad. No valen penitencias, impedir salir a jugar, privarlo de una golosina, incluso el indeseable pero bastante utilizado castigo corporal. El recurso más importante es el diálogo que no quiere decir dar miles de explicaciones, sino escuchar sus razones, sus criterios, pedirles que escuchen las nuestras, tomar acuerdos y conveniar medidas. Por ejemplo: ")Qué ocurrirá si no sacas el año?" Sería bueno que nos pusiésemos de acuerdo en las posibles sanciones y analizáramos juntos las consecuencias que eso puede traer para ti. Si sabes que debes avisar a casa cuando te vas a demorar, y no lo hiciste (salvo que exista una causa muy poderosa), como acordamos el próximo fin de semana no hay salida.

El diálogo necesario implica procesos de negociación y compromisos. Esas son las herramientas con que contamos a estas edades. Los códigos de comunicación ahora, nos exigen de utilizar más la escucha, (no siempre hablamos nosotros), la crítica (aprender a tolerarla sin entrar en justificaciones), la réplica (aceptarla, pero seguir argumentando nuestros criterios), y hasta en ocasiones ceder o transar, a partir de un acuerdo flexible. Por momentos, ante situaciones inaceptables (dejar la escuela, actividades delictivas, compañías peligrosas), debemos ejercer la autoridad sin aceptar réplicas. Siempre que estemos convencidos de que hay peligro hay que actuar (no atropellar, no mancillar su dignidad), sencillamente proceder consistentemente y después hacer cuantos análisis sean necesarios, pero primero tomar medidas.

El afecto y su forma de manifestarse también cambia en la adolescencia. Es una etapa que rechazan todo tipo de relación afectiva que teníamos cuando eran niños, no quieren el mimo, las caricias y los chiqueos infantiles. Es necesario renunciar a esa manera de ser padres, es parte de los duelos que tenemos que hacer.

Para los adolescentes, ir ganando autonomía, implica irse separando también físicamente de sus padres. Ahora comienzan a descubrir nuevas relaciones y el despertar de su sexualidad los hace relacionarse de manera diferente con su propio cuerpo y con los demás, y más específicamente comenzar a tener una relación diferente con el sexo opuesto.



Esto hace que los padres sientan que ya no son tan cariñosos, que rechazan formas de contacto que antes buscaban y apreciaban. Sin embargo, ello no representa que no necesiten el afecto de sus padres. Las necesidades afectivas son, quizás aún, mayores, pero ahora necesitan un afecto diferente, otro estilo de comunicación afectiva. Necesitan ser queridos de otra manera. )Cuáles son esas nuevas necesidades? Las de ser aceptado, lo cual no quiere decir que se le apruebe todo lo que hacen, pero sí de ser valorado y reconocido como persona diferente a nosotros. Necesitan ser respetados, que escuchemos sus criterios, aunque no estemos de acuerdo, de que confíen en lo que hacen y no se descalifique continuamente, de tener derecho a ir tomando algunas decisiones para con su vida.

Ahora necesitan una comprensión más consistente. No regañarlo, disminuirlo y tratarlo como un niño, para después ir hacia él (igualmente como un niño), para acariciarle y chiquearle. El amor que ahora exigen es el respeto, la disponibilidad para escucharlo, para no atropellar sus criterios.

La rebeldía extrema, la intolerancia, la incomunicación y distancia total de los adultos son ya síntomas de que algo está fallando en nuestra relación y comunicación con el adolescente. En relación con la comunicación es necesario atender a la forma, pero también tenemos que analizar algunos contenidos que no pueden dejar de tratarse. Es necesario prepararlos para asumir posibles riesgos que inevitablemente vendrán. Los adolescentes deben conocer temas tales como:

. Aspectos relaciones con los cambios corporales (menarquía, cambios puberales).

. Con las relaciones sexuales y la anticoncepción.

. Características de la sexualidad adolescente.

. Con los riesgos de un embarazo precoz.

. Las relaciones amorosas.

. La elección de amistades.

. Asedios injustificados de adultos que pueden tener dudosas intenciones.


Estos temas deben ser propiciados, discutidos, analizar casos conocidos, hacer valoraciones al respecto, pedirles comentarios, responder las preguntas o buscar fuentes de información.

La problemática sexual del adolescente es una de las cuestiones que más provoca en los padres temor. En primer lugar, porque hablar de sexo nos remite a una serie de prejuicios que los propios padres tienen. Utilizar términos, comentar descarnadamente asuntos, que indirectamente tocan nuestra intimidad y vida de pareja ante los hijos, para muchos padres, significa un exceso de confianza con nuestros hijos, porque aún subsisten muchas ideas pecaminosas y obscenas al respecto.



Otros plantean que hablar de sexo es propiciar y estimular un comportamiento o actitudes para las cuales el hijo aún no está preparado o proponer el uso de anticonceptivos es aceptar que están teniendo relaciones. Estas son algunas de las expresiones de la resistencia al cambio y a aceptar que el adolescente necesita de nuestra guía y orientación de forma clara, precisa, aún cuando no nos la pida (que es lo más frecuente).

Numerosas investigaciones muestran ya que esta insuficiente comunicación entre padres y jóvenes está en la base de muchas conductas sexuales irresponsables. A los jóvenes les falta una formación sexual que los lleve a enmarcar las relaciones sexuales en un contexto de responsabilidad, amor, entrega y compromiso.

Este hecho se ve corroborado por las elevadas tasas aún de embarazos en la adolescencia, madres solteras, uso indiscriminado del aborto y matrimonios precoces motivados por estar esperando un hijo sin que exista un compromiso afectivo entre la pareja, ni tampoco posibilidades económicas para enfrentar la vida en común.

Entre las razones que llevan a los jóvenes a esta actitud ante lo sexual está la falta de orientación por parte de los adultos y la disparidad que existe entre la temprana madurez biológica y la tardía madurez social (que se produce muchas veces, sólo después de la realización de estudios universitarios o medios).





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