Universidad de la habana


Padres nuevos para hijos nuevos



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Padres nuevos para hijos nuevos


En mis años de experiencia de trabajo con padres he reflexionado mucho sobre, cómo ayudar a los mismos en la difícil tarea de educar, convivir y permitir crecer a nuestros hijos sanos y con deseos de vivir y emprender proyectos y relaciones nuevas.

He visto como, a veces, la familia se distancia o se siente impotente ante lo que les dice el profesional, por sentir que sus orientaciones se convierten en aspiraciones o metas difíciles de llevarlas a la práctica, y terminan sintiendo, o que los psicólogos somos unos teóricos que dicen cosas alejadas de la realidad, o viviendo una frustración por la incapacidad de enfrentar los conflictos que nos genera la difícil tarea de educar.

La mayoría de las veces esta distancia entre lo que orienta el profesional y la incapacidad de la familia de poderlo cumplir no es responsabilidad de los padres, ni malos mensajes de los psicólogos. Lo que ocurre, es que tenemos, ambos, que trabajar ya a otro nivel, no sólo en el de la información, en relación a lo que se debe y es adecuado hacer en un momento determinado de la crianza, sino que es importante hacer nuestros análisis en términos de la relación entre el saber y el poder hacer, entre el pensar y el sentir. Es decir, aprender a enfrentar nuestras contradicciones cotidianas que superen la mera información o los buenos mensajes educativos.

En este proceso de relación profesional con los padres, he podido detectar que en Cuba, por el nivel educacional alcanzado (ya que la población cubana, como mínimo tiene un 9no. grado y por la incidencia de diferentes programas educativos) nuestros padres saben muchas cosas sobre la educación, lo que "se debe", lo que "no se debe", pero les cuesta poder poner en práctica los conocimientos, porque otro cúmulo de tensiones y ansiedades entran a ser obstáculo de nuestro actuar, y porque tenemos un asignado cultural de MADRE-PADRE-FAMILIA, que dista mucho de ser efectivo en la sociedad cubana actual, luego de haber vivido un proceso de profundas transformaciones revolucionarias, que convocan a la familia a nuevos modelos de relación y pautas educativas. Una cosa es saber y otra es poder hacer.


Nuestra actuación cotidiana y actividades para nuestros hijos, también está determinada, y muy en gran medida, no sólo por conocimientos, sino también por sentimientos, emociones y que por supuesto no son siempre y en todo momento positivas, sino muy por el contrario, los propios sacrificios que nos demanda la educación, nos movilizan también muchas tensiones negativas, que nos conducen en ocasiones a "sacarnos de paso", a subir el tono de voz, a hacer cosas de las cuales a veces nos arrepentimos y sentimos culpables.

Con esto estoy queriendo decir, que no basta con que los psicólogos trabajemos con los padres en función de lo que saben, en relación a la educación de los hijos (aunque creo que esto también es muy importante), sino también en función de lo que sienten ante diferentes retos y escollos de la tarea educativa, y puedo decir más, es necesario trabajar al nivel de la gran contradicción que se vive entre lo que, muchas veces, conocen como correcto y adecuado y la propia incapacidad de llevarlo a la práctica, y de ponerse de acuerdo entre todos los adultos.

El análisis de estas contradicciones es muy importante para lograr cambios, a veces rectificar o tratar de hacerlo mejor.

Los cambios no se logran por "voluntarismo", es decir, intentando cambiar a voluntad, porque un psicólogo u otro especialista diga que se "debe hacer" ésto o lo otro.

Los cambios verdaderos que hemos podido lograr trabajando con padres, se dan en base a ganar pequeñas batallas cotidianas, que ellos mismos tienen que protagonizar, e intentando identificar las contradicciones entre lo que se debe o está bien hacer y lo que se hace muchas veces en sentido contrario, por la ansiedad que nos produce una situación de difícil manejo con nuestros hijos en el contexto de nuestra vida cotidiana.


Ser padre, evidentemente, no es tarea fácil, más, si tomamos en cuenta que no pasamos escuela, ni universidad, ni nos graduamos para ello. No nos queda más remedio que transitar el camino con muchas inseguridades, probando, casi por ensayo y error, aquellas actitudes que nos dan resultado y las que no, ensayando lo que nuestros propios padres hicieron con nosotros, no haciendo aquello que en la infancia recordamos nos hizo sufrir demasiado, escuchando recomendaciones de otros padres y al final de cuentas, siempre nos queda la duda, si lo estamos haciendo bien o mal, si estamos apretando demasiado o se nos está yendo la mano, si lo que hacemos redundará en el desarrollo sano y educación de nuestros hijos, o les creará trastornos emocionales.

Sin embargo, por muy difícil que la tarea sea, de lo que sí tenemos que estar claros es de que, una vez que traemos hijos al mundo, nada ni nadie nos exhonera de la responsabilidad de ayudarlos a crecer, aunque nos cause ansiedades. Lo único que los hijos no perdonan nunca es el rechazo y el abandono. Nadie está exento de vivir estas inseguridades, yo diría que ni los propios especialistas, porque la razón y la emoción, como ya les dije, ni siempre están en un acuerdo armónico, como dice un viejo refrán: "el corazón tiene razones, que la razón no entiende". Esta es la duda eterna del ser padres, es lógico que sea así, por diversas razones, como por ejemplo:


- No todos los seres humanos son iguales. Existen diferencias biológicas, temperamentales, congénitas, que definen la tonicidad muscular del niño, su irritabilidad, plasticidad del sistema nervioso y características de su personalidad incipiente y desde bebé, algunos son tranquilos, sedados, dormilones, otros son activos, irritables, voluntariosos. Esto determina que lo que sirve y es útil para un niño, para otro no lo es.
- No todos los momentos del desarrollo son iguales. Las diferentes etapas de la vida imponen para los adultos y el propio niño, exigencias diferentes, en cuanto a adquisiciones y pérdidas (porque crecer también implica perder cosas), por lo tanto, las reglas, actitudes, tipo de relación, de comunicación, tareas, siempre deben ir cambiando.
- No todos los niños vienen al mundo con igualdad de condiciones y circunstancias. Esto está relacionado con muchos factores, desde la etnia, clase social, país, nación, hasta las características de la familia en la que nace, relación entre sus padres, etc.


No hay, por tanto, orientaciones válidas generalizables, para todos los niños y todas las etapas, mucho menos recetas de educación infantil. Hay que tomar en cuenta las características del niño y las condiciones para su desarrollo (composición familiar, situación económica, recursos psicológicos de los padres).

Por otra parte, el crecer de un niño no siempre nos moviliza sentimientos de aprobación, placer y seguridad, todo padre quiere que su hijo crezca, pero a veces también queremos que no crezca; crecer para el niño y para los padres produce placeres, pero también mucho susto, cada etapa nueva del desarrollo nos exige cambio de actitudes, comportamientos, nuevas reglas y hacerlo nos conduce a pasar por miedos e inseguridades y a transitar por sentimientos momentáneos de pérdida de control. De ahí, que digamos que también tenemos resistencias a los cambios.

La resistencia al cambio se expresa en que muchas veces hacemos cosas que impiden el crecimiento esgrimiendo criterios tales como "es muy pequeño todavía", "ya tendrá tiempo", "es peligroso". Ejemplo: mantenerlo en la cuna cuando ya puede gatear, en el corral cuando puede caminar, en la casa cuando ya puede jugar afuera con amiguitos o amiguitas o impedirle salir con su grupo cuando es adolescente.

Nuestros padres, en mi experiencia, se acercan a las consultas de Psicología, para saber si el comportamiento de sus hijos es normal o patológico. Generalmente vienen a preguntar si los problemas que están presentando con el hijo, son el resultado de una posible enfermedad mental o trastorno emocional, o están ante una gran malacrianza que tienen que "arreglar" poniendo correctivos. Es como si necesitaran tener una pauta para saber qué actitud asumir (o se lo toleran, o le dan una buena tunda), y si están procediendo bien.

El psicólogo dirá qué problema tiene, qué hay que hacer. Si los psicólogos nos engancháramos con esa demanda, pondríamos a los padres en el lugar de la ignorancia y al niño en el del problema y nuestro saber científico sería implantado de forma descontextuada. )Qué tiene el hijo? Eso está muy relacionado con el problema de los padres y la familia, la satisfacción de la pareja, sus condiciones de vida y desarrollo, su lugar en el grupo familiar, las actitudes de los padres, las características del niño.


)Qué hay que hacer? También es responsabilidad de todos los implicados, no solo del profesional, sino de la familia y sus posibilidades de querer cambiar y de comprometerse con la solución del problema.

Cuando un niño o un adolescente presenta un problema, ya sea trastorno de conducta, o de adaptación escolar, desajustes emocionales, la realidad es que él solamente es el denunciante o portavoz de lo que le está pasando a la familia. El niño representa el depositario de ansiedades que son de todo el grupo familiar. Por eso no es él el normal o anormal, sino que él solo es parte e una disfuncionalidad (o mal funcionamiento) de la familia en la que vive.

Pero el término de lo normal también se ha mal usado como parámetro normativo o valorativo de buenos, adecuados o inadecuados comportamientos de los padres y los hijos, que más bien son normalizaciones hechas por la cultura y no necesariamente indicadores de desarrollo sano, muy por el contrario, en ocasiones tienen altos costos de salud.

La normalidad hay que verla muy relacionada con los indicadores del modo de vida de una determinada población, y hay comportamiento de los hijos o pautas educativas que se normalizan (por "lo habitual" de sus prácticas) y sin embargo, pueden tener consecuencias nocivas. Tendríamos que hablar entonces de una supuesta normalidad.

Me gusta mucho aclararle a los padres este asunto de lo normal, porque son términos muy usados, pero con grandes confusiones. Se suelen naturalizar actitudes maternas de sobreprotección, mimo excesivo, tolerancia extrema, como normal "...así son las madres", "o las abuelas". El modelo de madre sacrificada y abnegada la cultura la normalizó, pero ese modelo de maternidad genera en los hijos actitudes dependientes, demandantes... )es eso normal?.

La actitud paterna de presencia intermitente y relación poco implicada con la crianza, muchas veces es justificada tras la naturalización de que "todos los hombres son iguales" )Es normal que los papás procedan así?

Muchas actitudes infantiles también se normalizan ... pobrecito, está muy pequeño todavía, ya tendrá tiempo, es el rey de la casa, déjalo ya se arreglarán las cosas cuando crezca... )es normal y natural ver la infancia de esa manera?


Muchos de estos asuntos que tienen que ver con la crianza y el crecimiento de nuestros hijos han sido naturalizados por las cargas culturales y, sin embargo, producen daños en la salud.

Los padres tienen a veces, una visión bastante de extremos. Si el niño no está sano, está enfermo. Realmente ningún menor, salvo escasas excepciones, se coloca en uno u otro polo. El crecimiento es un proceso entre la salud y la enfermedad, y este proceso hay que verlo en forma de una continuidad de contradicciones a superar, de situaciones difíciles de enfrentar en cada etapa del desarrollo. El crecer en un proceso biológico, psicológico y social, a veces armónico y a veces disarmónico.

Por lo tanto, es necesario distinguir lo normal de la supuesta normalidad, lo anormal o patológico de la disfuncionalidad familiar, o de aquellas cosas normalizadas y naturalizadas, a través de modelos de crianza que emergen de un determinado modo de vida en un contexto social y cultural específico, que se sufren y se padecen, pero no se cuestionan, porque se ven como normales.

Los padres usan también el criterio de no normal, cuando el hijo no se ajusta a sus expectativas o no funcionan las cosas acorde a los parámetros valorativos de los mismos en relación a lo que quieren lograr.

He sentido la necesidad de trabajar con los adultos en el proceso de el signigicado de desidealizar un hijo. Generalmente los padres tienen un ideal de hijo y, por otra parte, tienen un hijo. A veces, el ideal y el real coinciden, pero la mayoría de las veces no es así. Esto trae una serie de insatisfacciones y frustraciones que pueden dañar las relaciones y el proceso de crianza.

Desde que el niño nace, tenemos ciertas preferencias por el tipo de sexo, le ponemos un nombre que tiene mucho que ver con nuestras expectativas. Se llamará "......." como su abuelo, o será Mariana tan valiente como la madre de los Maceos.



Depositamos muchos tipos de legados (familiares, patrióticos, estéticos, artísticos) pero estos legados tienen que ver con las expectativas idealizadas que uno tiene de los hijos, y de lo que debe ser normal. Les legamos también anhelos que cumplen una función "compensatoria" de nuestras propias frustraciones personales. Por ejemplo: No quiero que mi hijo sufra lo que yo sufrí, o quiero que logre ser el artista o el intelectual que yo no pude ser.

Todo ello va conformando un ideal en los padres que a la vez son compromisos incoscientes a cumplir por los hijos. Asumir los mejores atributos familiares y estar a tenor de las exigencias de la sociedad en que se vive y de su tiempo histórico. "((MENUDA CARGA PARA UN NIÑO!!". Hasta cierto punto estas idealizaciones son parte de la ilusión del ser padre y de las anheladas gratificaciones que todo padre desea recibir como resultado de los esfuerzos y sacrificios invertidos en la crianza.

Sin embargo, no siempre estas aspiraciones se transmiten a los hijos en términos de anhelos con la libertad de que puedan o no ser guías o pautas para el futuro. El problema está en que a veces esas expectativas se vuelven verdaderas camisas de fuerza, que violentan el desarrollo de la personalidad y de una identidad propia.

Además de idealizar a nuestros hijos, los padres tienden también a idealizar la niñez y el proceso de crecer, a normalizar la infancia como etapa de múltiples derechos y apenas deberes, vivida en situación de dependencia, al amparo del adulto siempre y en todo momento, sin acceso al mundo adulto ni derecho a tener información clara sobre su vida, su origen, los secretos familiares evitándosele "enterar" de malas noticias para que no sufra.

Crecer es recorrer un camino que demanda esfuerzos del niño y de los padres, satisfacciones y frustraciones, aciertos y desaciertos. En este camino los padres, cuando se implican y brindan afecto, dedicación y se muestran disponibles y responsables, "recogen siempre la cosecha", no de inmediato, sino a largo plazo. Sin embargo, no es un camino fácil, y todo el que ha sido padre implicado, sabe de las alegrías y sinsabores que este proceso trae para ellos y los hijos.

Cuando pregunto a los padres, cuál es la primera palabra que asocian con la palabra crecer, por lo general me dicen: "desarrollarse", "aprender cosas nuevas", "adquirir destrezas y habilidades", "ganar autonomía, irse apropiando de su propia vida, hacerse independiente". Muchas veces esto está claro al nivel de las ideas y esas metas son percibidas como grandes anhelos futuros, pero desde las pautas de crianza y el propio vivir cotidiano, se trabaja poco para lograrlas.



Respondiendo a otras tensiones y ansiedades hacemos, a veces, hasta todo lo contrario y nuestras acciones dejan de estar al servicio de lo que declaramos como aspiraciones. Perdemos el rumbo, apenas sin darnos cuenta.

Nos hemos preguntado en numerosas ocasiones por qué, y hemos llegado en las reflexiones con los padres a la conclusión de que los modelos de maternidad y paternidad asumidos, ya no se corresponden con las exigencias de cambio, pero siguen siendo considerados culturalmente como naturales, normales. Los ritmos acelerados de vida y las presiones económicas que consumen grandes cantidades de tiempo para la subsistencia, distorsionan los conceptos de tiempos necesarios a invertir en la crianza, en base a la persistencia de esos modelos y pautas educativas. En la base de muchas situaciones difíciles de la crianza hoy, están los siguientes problemas:


- Los modelos de maternidad y paternidad asumidos culturalmente distorsionan la capacidad de los padres de poner límites.

- Es necesario elaborar nuevos códigos de amor a los hijos.

- No es necesario vivir "por" los hijos, ni a través de ellos, sino "con" ellos. El amor, no como posesión, el hijo no como propiedad. El amor como el extender nuestro sí mismo, para ayudar a crecer libremente al que amamos.

- En las familias actuales nuestros niños viven en más de una familia o con varias generaciones, lo que a veces complejiza la crianza.


Tenemos un asignado cultural de maternidad-paternidad que conspira con la formación y educación del ser social al que aspiramos en nuestra sociedad. Creativo, autónomo, con elevado compromiso social, con proyectos propios, solidario, con elevado sentido del deber y responsabilidad.

Pensemos un poco que nuestra familia cubana heredó un modelo de maternidad-paternidad de una cultura patriarcal que enraizó muchas actitudes y creencias, que una revolución social aún no ha podido desterrar, porque son cargas milenarias, que por su mitificación no han podido ser suficientemente modificadas en la subjetividad individual y representación social, a pesar de las regulaciones legales, políticas y sociales existentes.



La cultura expresada en las representaciones sociales, incluso en la literatura científica, exaltan aún hoy día la buena madre, como aquella que lo da todo por su hijo de presencia exclusiva como requisito para el buen desarrollo cuyo deber es dejar de ser de ella para ser de sus hijos, con una ilimitada abnegación y entrega incondicional y con un instintivo amor materno que la lleva a sentir los hijos como su posesión, lo que la hace hablar en términos de propiedad, "me saca malas notas", "no me está comiendo bien últimamente", "me lo maltratan en la escuela". Esa maternidad sobreimplicada hoy día es compartida con abuelas o cuidadoras, pero con el mismo estilo de fondo.

La complicidad, la complacencia, la tolerancia, el mimo excesivo, la dependencia emocional, y el tender a hacérselo todo invalidando su autonomía (más aún si el niño es varón), son actitudes y características de lo normalizado culturalmente a la madre u otra figura femenina.

Ese modelo de maternidad codificado socialmente como la buena madre, la que debe ser, es difícil ya asumirlo, con las exigencias de cambio para la mujer moderna. La mujer con elevados compromisos sociales, con una profesión, con acceso a otros proyectos de autorrealización, ha ido cambiando su modelo de maternidad, malcriadora y de presencia a tiempo completo, siendo sustituido por otro más compartido, menos desvivido, con más autoridad y posibilidades de control. Pero este proceso de cambio ha sido el fruto del esfuerzo de ir resolviendo cotidianamente la contradicción entre ese asignado cultural de buena madre y una nueva manera que transgrede la norma cultural y que, en no pocos casos, ha sido generadora de culpas y tensiones con otros familiares, cónyuge u opinión social.

A su vez la paternidad tiene un asignado cultural de papel secundario que dista mucho de la nueva propuesta social de familia cubana. Los padres son, desde las cargas culturales, los proveedores, y educativamente, los que ponen la mano dura, pero aparecen como figuras intermitentes, cuando más, ausentes, con poco tiempo para la crianza, muy demandados por otras presiones, que se legitiman como lo que les toca (trabajar en la calle, hacer gestiones, "estar en la concreta"), pero van perdiendo la prioridad de atender cercanamente a los hijos.



Este papel es complementario al de maternidad. La maternidad sobreinvolucrada desde las pautas culturales, ubica al padre en un lugar periférico. A su vez las responsabilidades, la seguridad social, y las garantías de salud y educación que el estado brinda, y las responsabilidades de guarda y custodia, en caso de divorcio, asignada a la madre, crean condiciones para una cierta irresponsabilidad paterna y para ser justa también, para producir una cierta "extirpación del padre", aunque éste sea preocupado.

Este modelo de paternidad expropia al hombre de una paternidad cercana, tierna, cariñosa. Se vuelven distantes, censuradores de las madres y los hijos, se pierden el disfrute de vivir otros espacios y posibilidades con los niños. Las actitudes tiernas y cariñosas quedan excluidas del ser varón, por lo tanto del ser papá.

Desde estos modelos de paternidad-maternidad, quedan muy polarizados los papeles y son condiciones poco favorables, para que puedan aparecer actitudes de cooperación, colaboración y reemplazo en la emergencia entre los adultos, que garanticen la continuidad y efectividad del tiempo que necesita la crianza desde las nuevas exigencias.

El perfil de madre sobreinvolucrada, característico del modelo tradicional, fractura la autonomía del hijo, impide el crecer, se pierde autoridad, se invierte tiempo innecesario en la crianza. Desde el perfil de padre tradicional se dedica poco tiempo a la crianza, el tiempo es ocasional y discontinuo, en caso de divorcio se reduce a llamadas telefónicas, un fin de semana, una pensión alimentaria o unas vacaciones.

En la actualidad esta contradicción entre lo asignado y lo asumido tiene dos maneras de enfrentarse, con consecuencias diferentes para los hijos y la familia en general. En algunas familias, las presiones actuales de la vida cotidiana se tienden a resolver reforzando los parámetros tradicionales o culturalmente asignados. Se observan fuertes resistencias al cambio.

Las mujeres madres (abuelas y cuidadoras) por ganar tiempo, centran cada vez más el consumo, asumen toda la responsabilidad, hacen todo lo que debe hacer el niño por ganar tiempo, lograr rapidez, ahorrar recursos y ponen a toda la familia en una situación de dependencia. Se vuelven imprescindibles. La maternidad en vez de reevaluarse desde parámetros nuevos, se estereotipa en modelos tradicionales, apareciendo en la mujer la sobrecarga, sobreexigencia, hipercontrol.



Las actitudes maternales de sobreprotección y no dejar hacer, se expanden en este tipo de mujeres, a hijos, hijastros, marido, ancianos. Los niños se vuelven pasivos, irresponsables, dependientes, demandantes.

Los hombres padres se ven cada vez más, sobreexigidos por las presiones cotidianas y refuerzan su rol de proveedor, toman cada vez más distancia física y emocional de los hijos. La autoridad se ejerce a distancia y por censuras y recomendaciones. Ganarse la vida, resolver la comida, pasar varias pensiones (en ocasiones sostener varios hijos de varias mujeres), mantener a veces hasta los hijos de la mujer, refuerza la actitud de los hombres desde parámetros tradicionales. Se reduce el tiempo disponible para los hijos, se pierde el disfrute. En situaciones de divorcio o de familia monoparental (de un solo padre) se refuerzan estos modelos tradicionales.

Las exigencias actuales de cambio para la familia y las tensiones de la vida cotidiana, pueden ser enfrentados creativamente de forma diferente y se ha logrado en las familias que han vivido un proceso de redimensionar los roles del hombre, mujer, madre - padre, para los tiempos actuales, dado que los modelos tradicionales ya no están acorde a las exigencias de cambio.

Aprender modelos de cooperación, colaboración, que permita un fondo de tiempo disponible para la crianza y que garantice la posibilidad de reemplazo de los adultos en la familia. Reevaluar pautas de crianza, criterios de autoridad, del papel y lugar de los hijos, de conceptos como crecer, la comunicación, las contradicciones básicas que se viven hoy en la tarea de educar.

El enseñar hábitos, destrezas y habilidades que permitan al niño ser cada vez más autónomo (que implica una aspiración del crecer) y un disfrute progresivo de los hijos dentro de la familia, nos conduce a un esfuerzo y al empleo de un tiempo, que por otras razones, a veces decimos, no tenemos. Nos cuesta mucho enfrentar esas contradicciones.

Mientras más se hacen las cosas por los hijos, de inmediato se gana más tiempo, todo sale más rápido y mejor, se ahorran más recursos, además nuestros hijos siempre nos demandan, nos necesitan, lo cual, de acuerdo al modelo culturalmente arraigado, nos hace sentir muy realizados como buenos padres e imprescindibles en todo momento.



Pero... todo ello tiene un altísimo costo, el niño va perdiendo autonomía, deja de crecer emocionalmente, se vuelve cada vez más demandante, no adquiere destrezas necesarias para pasar de una etapa del desarrollo a otra, se pone cada vez más inseguro, va arrastrando una inmadurez, que mientras más edad más notoria, y cuando llega a la adolescencia queremos de pronto que gane autonomía, que sea seguro, que se adapte a la beca, que se relacione con sus pares con habilidades y destrezas sociales, pero la realidad es, que se siente incapaz de poder enfrentar los retos del crecer, mientras tanto los adultos en vez de disfrutar de los hijos, los sienten cada vez más como peso, nos agobian, tenemos sensación de que nunca el tiempo es suficiente para ellos, nos cuesta emprender proyectos propios al margen de las funciones de la crianza; y esto es un fenómeno mucho más relacionado con las madres, por razones histórico-culturales (que ya hemos abordado, pero que los padres implicados tampoco están exentos de vivir).

Lo que ocurre es que para el logro de estas aspiraciones (sabemos que todo padre quiere llegar a tener hijos sanos y autónomos), se necesita invertir un tiempo efectivo en la crianza. La dedicación no es estar cualquier cantidad de tiempo en presencia física. La dedicación está más relacionada con la disponibilidad emocional (aunque no estemos presentes SI debe saber que SIEMPRE estamos disponibles) y con una presencia física que invierta un tiempo efectivo que redunde en una buena educación y comunicación con nuestros hijos que haga operativo los esfuerzos de la crianza. El tema del tiempo es muy importante. Muchas veces vemos que se invierten grandes cantidades de tiempo en estar con los hijos, pero nos preguntamos si todo el tiempo que empleamos es productivo y útil a los efectos de lograr lo que queremos.

Por ejemplo: ...)es necesario que un adulto invierta 3 horas en darle comida a un niño, cuando ya puede comer por sí solo? o )hace falta dar sillón toda una noche a un niño para que se duerma? )Es necesario emplear tiempo diciendo 100 veces lo mismo a un niño, para que realice una acción o haga algo que le solicitamos?

Los padre solicitan que se les enseñe a tener paciencia, pero )qué es la paciencia? )La resignación para aguantar cada vez más tiempo, las excesivas demandas o los comportamientos inadecuados de nuestros hijos sin llegar a sacarnos de quicio?



Estos son temas muy debatidos con los padres con los cuales trabajo, porque permiten el reaprender en la crianza a emplear tiempos productivos, aprender a decir, hacer y sentir lo pertinente y necesario bajo nuevas pautas de crianza y no a decir y que las palabras se nos vacíen de contenido, o hacer demás o sentir sentimientos que nos impotenticen y nos llenen de culpa, y al final nos consuman tiempo innecesario.

Para ello tenemos que desidealizar nuestros hijos, y recodificar la crianza, no viendo el crecer como un camino idílico, lineal, sino como un proceso contradictorio que se mueve en un espiral dialéctico, entre la salud y la enfermedad, que implica para cada etapa, enfrentar ansiedades, tanto para los adultos como para los hijos y que estas ansiedades tienen que ver con nuestro deseo de cambio y de tránsito de una etapa evolutiva a otra, pero también con nuestra resistencia al cambio.

Cuántos miedos tenemos que enfrentar para permitir que nuestros hijos crezcan, cuántas contradicciones cotidianas y exigencias contrapuestas que nos imponen los ritmos y estilos de vida modernos.

Haré un listado de contradicciones que he recogido de frases textuales que me dicen los adultos implicados en la crianza:


* me gustaría que comiera solo, pero si no le doy la comida desperdicia y bota la mitad, figúrese, ya sabe el esfuerzo que se invierte en conseguirla.

* Quisiera que se vistiera solo, pero por la mañana para ir a la escuela, si lo dejo, no llegamos más nunca al trabajo.

* Prefiero seguir dándole la leche en pomo. Se la toma más rápido y no se le bota nada. El niño tiene ya seis años.

* Si no lo baño yo, es como si no se hubiera bañado. Queda siempre sucio y no tengo paciencia para su demora en el baño.

* Tengo que sentarme todo el tiempo a su lado para que haga la tarea, de lo contrario se entretiene y demora demasiado.

* No quiere irse solo a acostar, prefiero que se quede dormido mirando la televisión, y luego lo paso a la cama.



* Demasiado niña para tener novio. Ahora su deber es estudiar. Ya le dije que no me podía traer nadie a la casa.
Podríamos seguir mencionando múltiples ejemplos donde se evidencia que se asume una economía de tiempo inmediata, pero se anula la autonomía a alcanzar y el niño no está siendo ni partícipe ni protagonista de su propio desarrollo. El tiempo, desde estas pautas de crianza está mal invertido. Desde aquí estamos haciendo de más y no lo necesario.

Cada etapa exige del niño un aprendizaje de destreza, hábitos, habilidades, nuevas adquisiciones, pero sin la libertad de equivocarse no hay aprendizaje. Se aprende del entrenamiento, del error, del disfrute de probar una y otra vez y para esto el niño necesita de un ritmo y además derrama, agua, comida, gasta jabón, tiempo, desordena, embarra. Este es un ritmo difícil de sobrellevar por un adulto en las exigencias de vida actual, y además intentar mantener la ecuanimidad y estimular los pequeños logros del niño.

No cabe duda que es un gran esfuerzo cuando hay que llegar temprano a un centro de trabajo en la mañana y el transporte es difícil, cuando se derrama una leche que cuesta conseguir, cuando se quiere terminar temprano la comida, porque se va la luz, pero sólo así se aprende y se gana seguridad, autoconfianza para todos los pasos que hay que dar en el difícil proceso de crecer y ese tiempo, que aparentemente perdemos hoy, son ganancias inmensas de tiempo, y dividendos en salud que tenemos para el futuro.

Lo que hemos dicho es válido para el habla, la marcha, la manipulación de objetos, el comer, el dormir, el control de esfínter, el aprendizaje escolar, las relaciones sociales, la formación de hábitos de limpieza, el orden, la disciplina, el juego, los intereses artísticos, deportivos. Hay que dar tiempo para luego tener tiempo. Ahí está la paciencia necesaria de los padres y no el aguantar, o la incapacidad de poner límites o decir basta.

Los límites son la vía a través de la cual se ejerce la autoridad.

Solemos confundir autoridad con autoritarismo. La autoridad es necesaria, es la guía, marca las pautas del comportamiento.



Los adultos no debemos renunciar a la autoridad como una necesidad del desarrollo y para ejercer una buena autoridad tenemos que tener en cuenta las necesidades del niño y también del adulto. Igualmente que muchas veces hacemos de más, y no hacemos lo necesario, otras veces decimos de más o dejamos de decir cosas importantes. Los padres solemos emplear mucho tiempo repitiendo mil veces las cosas, a manera de cantaleta, que hace que se anule la posibilidad de escuchar.

La cantaleta se vacía de contenido, porque los hijos "nos toman el punto", saben cuáles son las palabras que van acompañadas de acciones o medidas y cuáles no. La queja, el grito, el sermón, por lo general, no se escuchan porque no responden a medidas efectivas, o expresan evidentes contradicciones entre el decir y el hacer. Es preferible actuar, poniendo un límite necesario a través de una medida, que decir las cosas mil veces sin hacer nada. Los padres a veces hablamos mucho y hacemos poco.

En ocasiones también nos pasamos de psicologistas y damos un montón de explicaciones por cada cosa que hacemos, y prácticamente pareciera que nos estuviésemos justificando. Hay explicaciones poco comprensibles que no vienen al caso dar. Hablar es muy importante con los hijos, dialogar con los adolescentes y jóvenes, escuchar sus criterios. Responder a todas las preguntar es necesario para su desarrollo, aunque en ocasiones no sepamos la respuesta, podemos decir que no sabemos, que vamos a averiguar, eso es ya una respuesta). Es importante siempre decir la verdad. Hay verdades, sobre todo las relacionadas con la vida y la actuación de los adultos, para las cuales no es necesario saber todos los detalles si puede ser extremadamente dolorosa o impropia para su edad, pero hay que darles una explicación verdadera acorde a las circunstancias y momento.


Explicar el por qué de una medida, de un o un no, no darle mil explicaciones. Cuando un o un no, responde a criterios de la realidad es absolutamente creíble. Hablamos de más cuando gritamos, culpamos, chantajeamos, jugamos con lo afectivo ("te voy a dejar de querer") culpabilizamos ("me vas a matar a disgustos"), desvalorizamos ("no seas estúpido"), sermoneamos ("yo de niño nunca me atreví a hacerle eso a mis padres"), nos quejamos excesivamente sin tomar medidas, o damos excesivas explicaciones, para tomar alguna. El hablar de más también implica invertir un tiempo con una cuota de desgaste personal por parte de los adultos, innecesario.

Sin embargo, hay temas que debieran hablarse y con frecuencia no son tratados con los hijos, quizás por un falso concepto de protección, de preservar algunos secretos familiares, o de no exacerbar el interés. He visto, por ejemplo, que lo temas relacionados con la enfermedad de algún familiar cercano, la noticia de una muerte, la explicación merecida del por qué de un divorcio, procedencia o existencia de un padre negado, la adopción o temas como la sexualidad, tienden a ser omitidos, declarados tabú, negados, sepultados, evadidos de las conversaciones, preguntas que se quedan sin respuesta y los hijos terminan haciendo con la familia una conspiración de silencio, pero no pierden el interés por el tema. El asunto está en que no sólo se aprende de la realidad a través de las palabras, los hechos de la vida son captados.

Los niños y jóvenes por falta de diálogo, y no hablar sobre muchos temas que son de su interés, comienzan a escuchar, y más que preguntar "orientan las antenas", ya que las palabras o la ausencia de palabras deja muchas dudas y confusiones.

Los padres no se dan cuenta que hay cosas que no se pueden ocultar, gestos, ademanes, actitudes, conversaciones con otros adultos, comportamientos, frases sueltas, indirectas y todo ello va permitiendo ir atando cabos y descubriendo muchas cosas que le han sido negadas. Esos canales de información son imposibles de callar "hablan por sí solos", pero la no correspondencia entre lo que le dicen o no le dicen y lo que capta deja una secuela de ansiedades, miedos e inseguridades, que en no pocas ocasiones han sido el motivo de muchos desórdenes emocionales de niños, adolescentes y jóvenes.

Los padres, por tanto, están en la difícil misión de ser verdaderos traductores de la realidad, que quiere decir posibilitar comprenderla, acorde a los hechos, las circunstancias, la edad, no negarla, ocultarla, distorsionarla, porque aunque pensemos que los niños sólo creen lo que se les dice, eso no es tan así. Los niños creen lo que se les dice, si ese contenido corresponde a los datos de la realidad que están sintiendo y captando, si no lo ponen en duda, se ponen inseguros, ansiosos y buscan otras fuentes, hasta llegar a la verdad.


En mi experiencia profesional, nunca he visto a un niño traumatizado porque se le diga la verdad, muy por el contrario, sí he presenciado grandes desórdenes cuando detecta una contradicción entre lo que le dicen los adultos y lo que él capta como datos de la realidad. Pongamos algunos ejemplos dolorosos de verdades que siempre son necesarias decir:

* Papá y mamá se van a divorciar. Ya no se llevan bien viviendo juntos. Es doloroso para todos pero necesario. No vamos a ser más esposos, pero seguimos siendo tus padres y eso es lo importante para tí.

* Papá, o mamá, o abuela está muy enfermo(a), no hubiéramos querido que sucediera, pero a veces hay que aceptar que suceden cosas que uno no quiere que pasen. Tenemos que cuidarlo mucho y ser fuerte para ayudarlo y demostrarle que lo queremos ahora que está en un momento difícil.

* Abuela (u otro familiar) murió, como tú sabes estaba muy enferma o viejita, es muy triste, nadie hubiera querido que sucediera, pero la vida es así, pasan cosas dolorosas, la vamos a extrañar mucho, pero tenemos que seguir viviendo, seguir adelante y recordarla con alegría.

* Tenemos que hacerte esta (prueba o examen médico), lo indicó el médico, va a doler un poco, pero lo vas a poder soportar. Es un mal necesario. Necesitas curarte y no queda más remedio que hacerlo. Sabes que todo lo que hacemos, aunque sea difícil es por tu bien.

* Tu papá no viene a verte nunca, quizás tú no puedas entender ahora que los adultos también cometemos errores, de los cuales nos arrepentimos quizás demasiado tarde. Cuando seas grande es probable que entiendas lo que ahora me es difícil explicar.

Eso no quiere decir que sea mala persona o no tenga ninguna razón para hacerlo. Lo importante para tí ahora es saber que existen muchas personas que te quieren.

* Nosotros no te engendramos, o parimos, pero somos como tus padres, porque te queremos como nuestro hijo, y ser padre es eso, cuidar, querer tener la responsabilidad.



Por razones dolorosas que ahora no te hace falta saber, quienes te engendraron(concibieron, parieron) no pudieron ser tus padres. Cuando seas mayor puedes estar seguro que te volveremos a hablar de eso.
Estos son ejemplos de verdades necesarias y dolorosas que en ocasiones nos cuesta muchísimo trabajo decir, por temor a que sean demasiado duras o a que no tengamos fuerza para decirlas, no creo que deben ser tomadas como recetas, recordemos siempre que depende de la edad del niño, de la circunstancia, pero son ejemplos de cómo enfrentarlas.

No importa que nuestros hijos nos vean llorar y ponernos tristes o sentimentales. Nuestra propia emoción (claro sin cargar las tintas) es parte de la autenticidad de lo que estamos sintiendo y de hecho la expresión de los sentimientos y compartirlos con el niño da fuerza al amor que le estamos transmitiendo y enseñando a sentir.





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