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a Elementos Conceptuales



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2.1.a Elementos Conceptuales

El abuso sexual como manifestación de maltrato hacia los niños no es un fenómeno nuevo sino que ha existido siempre, pero sólo recientemente ha comenzado a ser objeto de estudio y preocupación social. Esto puede relacionarse con el tardío reconocimiento de la sexualidad infantil en la sociedad, ya que es sólo a partir de Freud, en el año 1905, que se reconoce la existencia de sexualidad en los niños/as (Martínez, J. 2000; López Sánchez, F., 2000; Capella C., 2003).


En Estados Unidos el abuso sexual infantil comienza a ser visto como un problema de salud pública a partir de la década del 70, cuando empiezan a aumentar los casos reportados (Rutter, M.,1994). En nuestro país también esta problemática ha sido reconocida tardíamente y, es a partir de la ratificación de la Convención Internacional de los Derechos del Niño, en 1990, que existe una mayor conciencia acerca del abuso sexual infantil, al establecerse un nuevo marco de referencia que dice relación con la protección integral de los derechos del niño/a (Capella C., 2003).
Hasta la fecha no existe una definición suficientemente precisa ni aceptada sobre lo que se entiende por abuso sexual en los niños, existiendo gran variabilidad cultural respecto a lo que se considera como un contacto físico aceptado (Aracena A.,2002). Se han planteado diversas conceptualizaciones desde los distintos ámbitos legal, psicológico, médico, social que aunque tienen elementos comunes difieren en su énfasis (Capella C., 2003).
Se entenderá por abuso, una violación de los límites permitidos o saludables para los individuos (Bravo, M. 1994). La idea de abuso supone la existencia de una relación asimétrica entre dos o más personas, en donde uno de los participantes ocuparía un rol activo, ejecutante de la acción abusiva, y el otro una posición pasiva o receptora de dicha acción y, por lo tanto, la relación tendría características impositivas (por parte del abusador) y no voluntario (por parte de quien sufre el abuso) (Navarro,C. 1998). Así, el concepto de abuso sexual incorpora la idea de una acción sexual transgresora e impuesta por parte de un agresor hacia una víctima sin su consentimiento o voluntad, enfatizando el carácter relacional de este fenómeno (Bravo, M., 1994; Capella, C., 2003).
Se han establecido distintos criterios para definir el término abuso sexual infantil. Dentro de los criterios más utilizados se encuentran la edad de la víctima y del agresor, las conductas que el agresor pone en juego para someter a la víctima y el tipo de conductas sexuales que tiene lugar entre ambos. Así se plantea que para que un contacto sexual sea considerado abusivo debe existir una diferencia de edad entre el agresor y la víctima de alrededor de cinco años o más, definiéndose además como “edad de consentimiento”, es decir, para tener conocimiento para consentir o no una relación sexual, entre los dieciséis y dieciocho años, estableciéndose como característica esencial del abuso la existencia de una relación asimétrica y de dependencia. Por otra parte, también se considera que el acto abusivo implica solamente la satisfacción sexual del adulto, tomando al niño como objeto y , por lo tanto, el contacto sexual no deseado es otro elemento incluido en las definiciones (Finkelhor,D., 1984; Barudy,J., 1998; López Sánchez, F., 2000; Capella, C., 2003). Algunos autores plantean que el empleo de la fuerza, la presión o el engaño con menores, independiente de la edad del agresor, también debe ser considerado abuso sexual (López Sánchez,F., 2000).
Por otra parte, las conductas abusivas pueden o no implicar contacto físico, incluyendo toda conducta en que el agresor toque zonas de claro significado sexual (como por ejemplo los frotamientos, los tocamientos, el sexo oral, el sexo vaginal y el sexo anal) hasta otras conductas que no incluyen el contacto físico, pero que también pueden tener carácter abusivo, como son las insinuaciones, el exhibicionismo, el vouyerismo, la pornografía, etc (López Sánchez, F., 2000, SENAME; 2004).
Desde el marco jurídico-legal, y de acuerdo a la Ley 19.617, se define el abuso sexual como “cualquier acto de significación sexual y de relevancia realizado mediante contacto corporal, o que haya afectado los genitales, el ano o la boca de la víctima, aún cuando no hubiere contacto corporal con ella” (Becar,C., 2000). Legalmente se especifican los siguientes tipos de abuso sexual: a) acción sexual con circunstancia de violación o estupro a mayores de 12 años; b) acción sexual con circunstancias de violación o estupro, e inclusive sin éstas a menores de 12 años, c) acción sexual que realizara una persona para procurar su excitación sexual o la excitación sexual de otro, ante un menor de 12 años, sin contacto corporal y sin instrumento, pero con significación sexual (le hiciere ver o escuchar material pornográfico o la determinare a realizar acciones de significación sexual delante suyo o de otro, empleare a un menor de edad en la producción de material pornográfico) (Capella, C., 2003).
Aunque la ley distingue como principales tipos penales la Violación, el Estupro, el Incesto, la Sodomía y el Abuso Sexual, desde el marco psicosocial se engloban todas las figuras penales dentro del concepto de agresión sexual, conceptualizándose como abuso sexual todas las conductas sexuales dirigidas hacia los niños(as)(Policía de investigaciones de Chile, 2004).
En este trabajo consideraremos la definición que guió el trabajo del centro de atención y prevención en Violencia Intrafamiliar de la Municipalidad de Santiago: "aquel delito, que ocurre en un proceso que va desde la seducción a la interacción de contenido sexual y la instalación del secreto, por parte de un adulto o adolescente, que usa su poder y/o autoridad, y/o abusa de su confianza para involucrar al niño/a en actividades sexuales" (Alvarez, K., 2003, pág. 15).
De acuerdo a Finkelhor, D. (1984) para que se produzca un abuso sexual es necesario que se presenten cuatro precondiciones, las dos primeras se refieren a factores internos del agresor, mientras que las dos últimas se refieren a aspectos del niño(a) y su familia. La primera precondición se refiere a la motivación, es decir, el potencial agresor debe tener cierta motivación para abusar sexualmente de un niño(a). Luego es necesario que supere sus inhibiciones internas (por ejemplo valores morales, tabúes sociales) y las inhibiciones externas para cometer el abuso sexual (por ejemplo supervisión del niño(a), falta de oportunidades para estar solo con el niño, etc.). Finalmente, es necesario que el abusador supere la resistencia del niño(a) al abuso sexual, sea ésta manifiesta o sin tener conocimiento de ello. Este modelo, responsabiliza al abusador del abuso sexual, sin embargo, también establece que pueden haber ciertas condiciones del niño(a) y su familia que pueden facilitar que ocurra el abuso (Capella, C., 2003).
Se considera al abuso sexual como una forma activa de maltrato infantil, puesto que una persona impone con conductas de uno u otro tipo experiencias sexuales a otra que es menor, y es clasificado en un lugar intermedio entre el abuso físico y el emocional (López Sánchez, F., 2000). Muchas veces las diferentes formas de maltrato infantil se presentan unidas, siendo el niño(a) víctima de distintos tipos de violencia (física, psicológica y sexual) (Malacrea, M., 2000; Policía de Investigaciones de Chile, 2004).
La agresión sexual es un fenómeno que genera distintas consecuencias en las víctimas. Los niños que son víctimas de abuso sexual a menudo presentan dificultades emocionales y de conducta , existiendo además una asociación entre abuso sexual en la infancia y psicopatología en la adultez (Finkelhor, D.,1984; López, F., 1993; Nurcombe,B., 2000; Cash, R., 2001; Policía de investigaciones de Chile, 2004).
De acuerdo a distintos autores (Lamerais, M , 2002; Capella, 2003; Policía de Investigaciones de Chile, 2004), los efectos del abuso sexual se pueden resumir como sigue:
Efectos físicos : Problemas de sueño (pesadillas), cambios en los hábitos de comida, pérdida del control de esfínter.
Efectos conductuales: Bajo rendimiento escolar, consumo de drogas o alcohol, huida del hogar, conductas autolesivas o suicidas, hiperactividad.
Efectos emocionales: Miedo generalizado, hostilidad, agresividad, culpa, vergüenza, depresión, ansiedad., baja autoestima, sentimientos de estigmatización, rechazo del propio cuerpo, desconfianza y rencor frente a los adultos, trastorno de estrés post-traumático.
Efectos sexuales : Conocimiento sexual precoz o inapropiado para su edad, masturbación compulsiva, excesiva curiosidad sexual, conductas exhibicionistas, problemas de identidad sexual.
Efectos sociales: Déficit en habilidades sociales, retraimiento social, conductas antisociales
La variabilidad de la sintomatología que presente un niño(a) va a depender de diversos factores: la severidad del trauma, la frecuencia y duración del abuso, la relación con el agresor, la reacción de los otros significativos al momento de la develación del abuso, los recursos de la red social, las características y recursos propios del niño así como la etapa del desarrollo en la que se encuentre (Becar,C., 2000).
2.1.b Magnitud Del Problema
El abuso sexual infantil representa un problema de considerables proporciones, sin embargo, es muy difícil cuantificar su real magnitud dado que los datos existentes a nivel nacional e internacional son muy variados debido a que los estudios realizados sobre prevalencia difieren tanto en aspectos metodológicos como de conceptualización del abuso sexual. A esto también contribuye la enorme cifra negra, es decir, los casos de delitos no denunciados, que existe en abuso sexual. Informes del Ministerio de Salud (1998) como de la UNICEF (1997) estiman que entre un 75% y un 80% de los casos de abuso no son denunciados (Capella, C., 2003; Martínez, J., 2000).
Las estadísticas respecto a la prevalencia del abuso sexual se derivan principalmente de estudios retrospectivos con adultos con muestras clínicas y no clínicas. Los rangos obtenidos a través de las muestras en la comunidad varían de 12% a 35% de mujeres y 4% a 9% en los hombres, estimándose la prevalencia de abuso sexual infantil como de 16,8% en mujeres y 7,9% en hombres (Putnam, F., 2003). Estudios en distintos países coinciden en señalar que se encuentran historias de abuso en la infancia en un 7 a 36% de las mujeres y 3 a 29% de hombres (Finkelhor, D. en Martínez, J., 2000).
En Chile es difícil cuantificar la magnitud del problema debido a la inexistencia de estudios de incidencia y prevalencia . Sin embargo, se han realizado estudios parciales, basados principalmente en población consultante (sistema de salud) y población denunciante (sistema judicial). Los estudios sobre población consultante realizados en los sistemas de salud, judicial y carabineros muestran un aumento de los casos de delitos sexuales ingresados a los juzgados entre 1985 y 1989: 805 casos en 1985 y 4484 en 1989 (Larraín, S., 1997). En la red Sename, de acuerdo a estadísticas obtenidas hasta junio del 2003, de un total de 66.575 niños(as) atendidos, el 43% fue víctima de maltrato grave, y de éstos el 11,9% correspondía a abuso sexual (Servicio Nacional de Menores, 2003).
De acuerdo a estadísticas del Servicio Médico Legal de Santiago, durante el año 2001 se recibieron 2.217 denuncias de agresiones sexuales (Nahuelpán, E., 2002), y el Centro de Asistencia a Víctimas Atentados Sexuales (CAVAS) reporta haber atendido entre los años 1998-2003 un total de 9.467 víctimas de agresiones sexuales (Policía de Investigaciones de Chile, 2004). De acuerdo a datos proporcionados por el mismo CAVAS es posible estimar que en nuestro país se producirían cerca de 30000 agresiones sexuales al año (Navarro, C., 1998).
Florenzano, R. (1995) al medir la prevalencia de maltrato y abuso sexual en una muestra representativa de escolares de Santiago encontró una prevalencia global del maltrato sexual de 9,35%.
Con respecto al sexo de la víctima los estudios coinciden en afirmar que las niñas son víctimas de abuso sexual con mayor frecuencia que los niños y que la edad de mayor incidencia es de los 6 a los 12 años. Las experiencias sexuales de las niñas ocurren con varones adultos de mediana edad, y la de los niños con adolescentes u hombres jóvenes (Rutter, M., 1994; Poó, A., 2002).
En relación al agresor, la mayoría de los abusos sexuales son perpetrados dentro de la familia o por personas conocidas, aunque existen amplias variaciones en las cifras obtenidas en los distintos estudios (Rutter, M., 1994). De acuerdo a cifras obtenidas en el Instituto Médico Legal entre los años 1987- 1991, de los casos denunciados, el 71,9% de los abusos fue cometido por conocidos de la víctima, y de estos, el 23% correspondía a familiares (Poó, A., 2002). El CAVAS Metropolitano reporta que en el 89% de los casos ingresados entre el año 2001 y 2003 el agresor era conocido de la víctima, y en el 44% de los casos éste provenía de la familia nuclear o extensa de la víctima (Policía de Investigaciones de Chile, 2004). Se calcula que entre un 42-75% de los abusos ocurren como actos esporádicos, mientras que el resto se daría como forma crónica de abuso (Vázquez, B., 1995). Dentro de los conocidos y familiares, se plantea que el principal agresor correspondería al padre biológico, seguido por el padrastro o conviviente de la madre. El principal tipo de delito cometido es el abuso sexual (Navarro, C., 1998; Capella, C., 2003).
Con respecto al nivel socioeconómico, Smith y Bentovim (1994) plantean que el abuso sexual ocurriría de manera similar en todas las clases sociales, pero que se denunciaría y consultaría más en el nivel socioeconómico bajo.

2.1.c Tipos De Abuso Sexual
Un elemento central al definir los distintos tipos de agresiones sexuales es el vínculo previo que la víctima tiene con el agresor, ya que éste ha demostrado ser uno de los factores más importantes en la determinación del daño que tendrá para la víctima la experiencia abusiva, puesto que en el abuso cometido por alguien que no pertenece a la familia los niños tienen la posibilidad de vivirse como víctima, vivencia que es más difícil de experimentar cuando la distancia relacional entre el niño y el abusador es menor, entremezclándose la ilusión de ser amado con el abuso, lo que da origen a los sentimientos de vergüenza y culpabilidad, y mayor daño emocional (Barudy, J., 1999; Policía de Investigaciones de Chile, 2004).Tomando en cuenta esta variable se distingue el abuso sexual intrafamiliar del abuso sexual extrafamiliar.
Abuso sexual extrafamiliar
Se define abuso sexual extrafamiliar cuando el agresor no pertenece al medio familiar del niño(a), pudiendo ser un sujeto totalmente desconocido para él (ella) y su familia, o algún conocido que pertenece a su entorno (Capella, C., 2003). En la agresión sexual extrafamiliar por desconocidos generalmente el abusador goza sometiendo a su víctima por la fuerza o el terror; habitualmente es un hecho único, muy violento, que afecta mayormente a adolescentes o adultos (Barudy,J., 1998; Policía de Investigaciones de Chile, 2004). En este tipo de abuso los niños(as) pueden reconocerse más fácilmente como víctimas y a su vez identificar al adulto como su agresor y las consecuencias en las víctimas suelen asociarse a los síntomas producidos en un trastorno de estrés post-traumático (Varela, M.J., 2000).
El abuso sexual extrafamiliar por conocidos se caracteriza porque la relación se da por cercanía física, social o por el ejercicio del rol de poder que posee el agresor. El abusador manipula la confianza que el niño(a) y su familia le tienen; generalmente utilizan métodos coercitivos como el cariño, la persuasión, la mentira, la presión psicológica o las amenazas, lo que también mantiene una dinámica del secreto al confundir a los niños(as) (Barudy J.,1998; Policía de Investigaciones de Chile, 2004). Generalmente, los abusadores eligen víctimas vulnerables, solas y necesitadas de cariño, pertenecientes a familias débiles o monoparentales (Varela, M.J., 2000).

Abuso sexual intrafamiliar
El abuso sexual intrafamiliar se refiere al contacto sexual entre un niño y un familiar consanguíneo (padre, hermanos, abuelos, tíos, padrastros y hermanastros) (Almonte, C., 2001). En este caso la agresión presenta características distintivas que dicen relación con que el agresor manipula el vínculo familiar a través de la utilización del poder que le confiere su rol; generalmente es una agresión reiterada en el tiempo; se impone la dinámica del secreto, siendo tardía su revelación; suele darse en familias disfuncionales y son el resultado de múltiples factores que bloquean o perturban los mecanismos naturales que regulan la sexualidad al interior de la familia ( Barudy, J., 1998; Policía de Investigaciones de Chile, 2004).
Dentro de este tipo de abuso se encuentra el abuso incestuoso que se define como la “relación sexual de tipo abusiva, sin importar la clase de contacto sexual realizada, establecida por un padre, padrastro, conviviente de la madre o cualquier persona que ejerce el rol paternal, contra uno o varios niños(as) a su cargo” (Becar, C., 2000, pág 29). Vásquez, B. (1995) diferencia los conceptos de incesto endogámico, que es cuando el abuso es cometido por miembros unidos por lazos de sangre; del incesto exogámico, que se refiere al abuso realizado por sujetos no relacionados genéticamente sino pertenecientes a la familia extensa.
En el abuso sexual intrafamiliar se produce la cosificación sexual del niño(a), en el cuál éste(ésta) es utilizado(a) por un adulto para satisfacer sus carencias o elaborar traumatismos sufridos en su propia familia o para solucionar o disminuir las consecuencias de conflictos relacionales con otros adultos de la familia nuclear y/o extensa (Barudy, J.,1998; Varela, M.J., 2000).
Según Barudy, J. (1999) la mayoría de los abusos sexuales intrafamiliares son cometidos en el marco de un proceso relacional complejo, el cual se desarrolla en el tiempo y en donde pueden distinguirse dos fases. En el primer período, el abuso se desarrolla al interior de la familia protegido por el secreto y la ley del silencio, como una forma de mantener un equilibrio al interior de la familia. Posteriormente, el abuso aparece a la luz pública a través de la develación de la experiencia abusiva, lo cual implica una desestabilización y crisis del sistema familiar así como del sistema social que lo rodea.
Dentro del primer período Barudy, J. (1999) distingue tres fases:
Fase de seducción: el abusador manipula la dependencia y la confianza de la víctima, incitándola a participar de actos abusivos, los cuales presenta como juego o como comportamientos normales y sanos entre adultos y niños(as).
Fase de interacción sexual abusiva: el adulto comienza a actuar abusivamente con su víctima de manera gradual y progresiva, presentando primero gestos sin contacto hasta llegar de manera gradual a gestos con contacto.
Fase del secreto: el abusador impone la ley del silencio a la víctima para no ser descubierto, lo cual realiza a través de amenazas, mentiras, culpabilización, chantaje y manipulación psicológica.
En el segundo período el autor distingue dos fases:

Fase de divulgación: En esta fase el abuso es develado, ya sea de manera accidental (un tercero descubre el abuso) o premeditada (la víctima voluntariamente comunica el abuso).
Fase de represión del discurso de la víctima: Se desencadena tanto en los miembros de la familia como en el entorno, un conjunto de comportamientos y discursos tendientes a neutralizar los efectos de la divulgación, buscando reprimir el discurso de la víctima para recuperar el equilibrio familiar.
Perrone (1997) considera la violencia al interior de la familia como un fenómeno interaccional resultado de un proceso comunicacional entre dos o más personas. La relación de abuso sexual sería un tipo de violencia castigo, la cual tiene lugar en una relación de tipo complementaria, es decir, desigual. Él distingue entre abusador (posición alta) y víctima (posición baja), la cual, producto de la interacción abusiva , pierde el sentido de integridad y puede llegar a justificar y negar la violencia del otro. Perrone denomina a este tipo de relación, relación de hechizo, ya que la víctima presenta una modificación de su estado de conciencia (trance), caracterizado por la pérdida de la capacidad crítica y focalización restrictiva de la atención, es decir, se encuentra bajo la influencia del dominio abusivo de quién controla la relación.

Este autor describe el proceso abusivo en tres fases: la efracción, la programación y la captación. La efracción consiste en la transgresión, por parte del abusador, de los límites personales de la víctima; la captación apunta a apropiarse del otro, en el sentido de captar su confianza, atraerlo, retener su atención y privarlo de su libertad. Finalmente, la programación se refiere a introducir instrucciones en la neurobiología del otro para inducir en el niño(a) señales que lo hacen aprender comportamientos predefinidos que responden al abuso sexual. Para Perrone el hechizo es un proceso de aprendizaje, en el cual el niño aprende a responder al abuso y participar activamente de éste. Este proceso se denomina aprendizaje ligado al estado, y su objetivo es el de condicionar a la víctima para mantener el dominio sobre ella y con ello el abuso sexual.

Según Escaff, E. y Sagues, E. (1994), la agresión sexual intrafamiliar implicaría un proceso que involucra la generación de un vínculo de confidencia y secreto, un trato diferenciado hacia la víctima, el proceso de intimidación y presión psicológica y la realización del acto abusivo (Abarza, P., 2000).

      1. 2.2 ABUSO SEXUAL Y FAMILIA

La finalidad biológica de una familia es ser la matriz grupal que permite procrear, cuidar, mantener, proteger y reproducir la vida humana. Para una familia, la regulación de la pulsión sexual, así como la estructuración de las interacciones sexualizadas entre adultos y niños, es una de las tareas fundamentales para asegurar su preservación (Barudy, J. 1999).


Las relaciones sexuales entre miembros de la familia están prohibidas de forma expresa por las costumbres sociales, el tabú y las leyes. La prohibición del incesto se encuentra presente en la mayoría de las culturas, formulándose diversas hipótesis para ello. Desde el punto de vista antropológico, este tabú cumpliría una función de protección genética para evitar el empobrecimiento de la especie; las hipótesis sociológicas han apuntado a la preservación de las relaciones familiares; y desde el punto de vista psicológico, se ha planteado que el tabú del incesto ayudaría a regular el impulso sexual de los niños (Vásquez, B., 1995; Navarro, C., 1998).
Distintas aproximaciones teóricas han intentado comprender la etiología del abuso sexual al interior de la familia, cuyo conocimiento no está suficientemente desarrollado y con poca evidencia empírica que lo confirme (Finkelhor, D., 1980). Las más tempranas teorías, más bien psicoanalíticas, se centraron en estudiar a los ofensores, a las víctimas y al contexto familiar. Con respecto a los abusadores se planteó en un principio que estos tenían un problema mental, con madres excesivamente seductoras y una fijación sexual en la infancia temprana. En el incesto, los padres eran descritos como patriarcas que parecían tener poca certeza en su identidad masculina; las madres eran vistas como débiles, inefectivas con sentimientos de hostilidad, dependencia e incluso homosexualidad hacia sus hijas y; las hijas como inconscientes, inmaduras, buscando la gratificación oral con el padre como resultado de ser rechazada por la madre, y de asumir la responsabilidad sobre la ansiedad de separación que sentían hacia su familia como un todo (Finkelhor, D.,1980; Alexander, P. 1985).
Más recientemente, el abuso sexual intrafamiliar, y especialmente el incesto padre-hija, ha sido estudiado desde una perspectiva familiar sistémica, centrándose en la inversión de roles madre-hija y en la falta de límites generacionales (op cit).
Desde esta perspectiva se ha planteado que la “pasividad”, la “dependencia” y la “ausencia” física o emocional son las características esenciales de las madres en éstas familias. Se observa generalmente una dependencia emocional de ellas con el marido o pareja, a pesar del conflicto marital existente, manteniendo una relación ambivalente con la hija, todo lo cual está asociado con su propia historia de vida (Cooper, I 1990; Vásquez, B., 1995; Barudy, J. 1998; Navarro, C. 1998). Barudy, J. (1991) plantea que las mujeres que eligen o son elegidas por parejas potencialmente abusadoras son mujeres que como hijas han vivido experiencias de abandono y/o negligencia intrafamiliar.
Barudy también señala que un tercio de las madres de hijos víctimas de abuso sexual por parte de sus pareja, no están implicadas directamente en la relación incestuosa, encontrándose ciegas frente a lo que ocurre al interior de su familia. Otro tercio de las madres tampoco estaría implicada directamente en el abuso, pero sí estarían enteradas de esta situación, mostrándose ambivalentes respecto a si intervenir o no en la situación abusiva. Finalmente, otro tercio participaría activamente en el abuso de sus hijo(as) (Barudy, J., 1997).
En relación al rol paterno, se ha planteado que en su mayoría los padres que cometen incesto tienen una historia de deprivación emocional y/o una historia previa de abuso, y que niegan o minimizan los hechos como una forma de proteger su autoestima y como mecanismo de defensa frente a sentimientos de vergüenza, culpa y humillación (Vásquez, B., 1995). Muestran una baja asertividad, escasa autoestima y poca empatía, presentando variadas distorsiones cognitivas y tendencia a sexualizar las relaciones cotidianas (Fernández, M., 1997). En general el mecanismo que utilizan para realizar el abuso es el de la confusión y pérdida del sentido crítico de la hija(o), de modo tal que a ésta(e) le resulte imposible el rebelarse (Morales, M.,2001).
Por parte de la víctima hay a la vez un no-consentimiento y aceptación dado por el poder de influencia que ejerce el padre sobre ella y su familia (Morales, M., 2001). La confusión va transformándose en el tiempo en miedo, angustia y culpa, a la vez que siente afecto por el padre agresor, ya que en muchas familias donde se produce este tipo de abuso es el padre quien ejerce funciones de apoyo y maternaje, las cuales no son llevadas a cabo por la madre. Por otra parte, la hija víctima adquiere poder sobre su familia, dado que del mantenimiento del secreto depende la subsistencia del sistema familiar, lo cual la lleva a adquirir un poder cuasi-parental (Vásquez, B., 1995).
Diversos autores intentan describir y explicar el surgimiento y mantención del abuso sexual al interior de la familia. En vista de lo anterior, se ha descrito a las familias incestuosas como un sistema disfuncional en el cual los roles están confundidos y los padres fracasan en satisfacer las demandas de nutrición y socialización de sus hijos (Mrazek, P. y Bentovim, A. en Koch, K., 1987). Las interacciones sexuales permanecen al interior de la familia, manteniendo la homeostasis familiar, existiendo una comunicación pobre entre los miembros de la familia, los cuales tendrían dificultad para separase unos de otros a pesar de la frecuente naturaleza hostil de sus interacciones (Sgroi S.y Dana, N., en Koch, K. 1987).
Se señala a los sistemas abusivos como "fusionados" donde padres e hijos dependerían de los otros hasta el punto que ellos creen que no podrían sobrevivir sin el otro, de esta manera, los miembros de la familia no tendrían un self definido (Blair y Justice R. en Koch, K.,1987). Del mismo modo, Alexander, P. (1987) señala que el incesto ocurriría en familias cerradas caracterizadas por una disminución de los contactos con el ambiente, por una mínima elaboración de funciones y roles y por un énfasis en la homeostasis en detrimento de la morfogénesis. Cooper, I. y Cormier, B. (1990) acuñaron el término “familia cohesionada patológicamente” para describir el funcionamiento de la familia incestuosa, postulando que la cohesión es una necesidad para que se mantenga el incesto sobre al que a su vez se fundamenta la familia (Vázquez, B., 1995).
También, diversos autores han descrito distintas características presentes en la dinámica familiar del abuso sexual. Entre éstas se encuentran la presencia de una estructura familiar rígida, la confusión de roles, el aislamiento social, los problemas sexuales de la pareja parental, la falta de límites físicos y psicológicos y la negación como mecanismo de defensa (Lewis, M., 1996; Serrano, J., 2000 en Abarza, P, 2000).
Algunas investigaciones han estudiado las características de las familias donde se produce incesto:
Madonna, P. (1991) comparó los patrones de interacción familiar entre familias incestuosas y familias con otros problemas clínicos, encontrando que las familias incestuosas fueron significativamente más disfuncionales en todas las áreas medidas, salvo en la distribución del poder dentro de la familia, concluyendo que los patrones disfuncionales de las familias incestuosas que parecen apoyar y mantener las conductas incestuosas son el tener un sistema de creencias familiares rígido, una coalición parental disfuncional, la negligencia y poca disponibilidad emocional de los padres y la incapacidad para permitir la autonomía en los miembros de la familia.
Howes, P (2000) al estudiar familias maltratadoras y no maltratadoras encontró que las familias abusivas sexualmente tendrían más dificultades en controlar la rabia, evidenciarían más caos y menos claridad en la definición de roles, y dependerían menos de estrategias relacionales adaptativas y flexibles (Abarza, P., 2000).
De acuerdo a datos obtenidos por el CAVAS a través del diagnóstico psicosocial en los casos SENAME, realizado durante el año 2003, se observa que un 63,3% de los casos presentaría un funcionamiento familiar en el que prevalecen límites difusos entre los distintos subsistemas, un 20% asociado a límites rígidos; que en el 70% de los casos, el sistema familiar en el que se insertan los menores evaluados, presenta un ordenamiento jerárquico disfuncional, y que el 66,7% de ellas responden a un patrón de vinculación con el medio ambiente abierto al intercambio (Policía de Investigaciones de Chile, 2004).
Furniss (1984) describe dos tipos de familia donde se produciría el incesto: unas donde el abuso sirve para evitar un conflicto abierto entre los padres, y otras donde serviría para regularlo. En las primeras las madres son eficientes pero distantes afectivamente de los hijos involucrados en el abuso y los problemas no son discutidos dentro de la familia, y en el segundo tipo de familias existe una inversión en los roles padres-hijos, con un rechazo manifiesto de la madre hacia la hija involucrada en el abuso y el padre quedando al mismo nivel emocional que su hija (Becher, D.1999).
Respecto a la comunicación en las familias donde ha ocurrido incesto, Perrone, R. (1998) describe tres características específicas de ellas, planteando que existiría una ruptura de los registros comunicacionales, es decir, los mensajes se transmiten en registros contradictorios; que existiría un lenguaje de conminación ya que la comunicación va en un solo sentido y; una represalia oculta, o sea, una comunicación que hace evidente que cualquier intento por cambiar el statu quo de la situación perjudicará a la víctima y su familia.
Con respecto a las familias donde el abuso sexual se da entre hermanos, se observaría una estructura familiar caracterizada por la presencia de padres distantes física o emocionalmente, lo que se traduciría en una falta de supervisión, de imposición de límites y de distribución de roles así como una falta de disponibilidad emocional de los padres. También se observaría la estimulación de conductas sexuales por parte de los padres (Smith, H.e Israel, A.1987; Abarza, P, 2000).
Una investigación realizada con el propósito de identificar las características del abuso, el ambiente familiar y el estrés psicosocial en distintos tipos de abuso sexual intrafamiliar, esto es incesto padre- hija; padrastro -hijastra y hermano-hermana encontró pocas diferencias en las características del abuso sexual entre los 3 grupos, que los hermanos abusadores se encontraban en familias con más niños y con mayor abuso de alcohol, y que el mayor estrés psicosocial se encontró en las víctimas de abuso padre-hija y hermano-hermana (Cyr, M., 2002).
Desde otro punto de vista se ha postulado que el incesto ocurre en familias disfuncionales pero que puede ser visto como otro tipo de violencia sobre las mujeres y los niños inherente a las relaciones promovidas por la cultura patriarcal y por la dominación masculina (Mcintire, K., 1981). El patrón familiar más comúnmente descrito es el de una estructura rígida, patriarcal, con el padre manteniendo una posición dominante a través de la fuerza y la coerción. Por otra parte, también se ha descrito el patrón inverso, donde la madre es dominante y el padre pasivo, sintiéndose poderosos en la relación incestuosa con el niño (Lewis, M., 1996).
Diversos autores han planteado también que el abuso incestuoso es un fenómeno relacional con raíces transgeneracionales que dan cuenta de las experiencias de carencias afectivas tempranas de los adultos involucrados, describiendo la relación incestuosa como el resultado de un conflicto relacional con la familia de origen y cuya forma de expresión y resolución no está ajena a la relación de pareja ( Koch, K. 1987; Barudy, J. 1998; Navarro, C. 1998).
Barudy a través de su trabajo clínico y de una epistemología ecosistémica, plantea un modelo para entender el abuso sexual intrafamiliar. Él plantea que "los abusos sexuales intrafamiliares son el resultado de una multiplicidad de factores que bloquean o perturban los mecanismos naturales que regulan la sexualidad al interior de la familia" (Barudy,J., 1999, pág. 127), distinguiendo dos tipos de familias; aquellas en las que existiría un trastorno en el proceso biológico de "impregnación", alterando los procesos de apego y familiaridad, lo cual repercute en que los adultos no poseen “una emoción” que les frene la excitación provocada por el cuerpo del niño(a); y aquellas en las que existiría una alteración del proceso de socialización, condicionado por factores sociales y culturales, generando un trastorno en la integración de la norma del "tabú del incesto". Para él, los trastornos del apego que favorecen el surgimiento del abuso sexual intrafamiliar se deben tanto a rupturas relacionales precoces como a la existencia de vínculos simbióticos del adulto con el niño (a) (Barudy, J., 1999).
Barudy plantea también que en las familias incestuosas existiría una cultura familiar particular, donde los abusos podrían verse como estrategias del sistema familiar para resolver conflictos y problemas transgeneracionales que le permitirían mantener un sentido de cohesión y de pertenencia. Para él, el incesto es el resultado de un sistema familiar que bajo ciertas condiciones históricas funciona de un modo tal que los intereses de los adultos son prioritarios a los intereses de los niños(as), los que son utilizados por su familia para compensar carencias relacionadas con la familia de origen o para resolver conflictos relacionados con otros adultos (Barudy, J., 1989).
Según este autor existirían tres tipos de organizaciones familiares que se podrían observar una vez que se ha divulgado el secreto: la organización enmarañada y altruista (caracterizadas por el arrepentimiento y el perdón), la organización promiscua caótica, indiferenciada y usurpadora (se caracterizarían por el estupor); y la organización rígida, absolutista y totalitaria (la reacción sería de negación, rechazo y culpabilización de la víctima).

Smith, W. (1998) plantea que las familias donde ocurre algún tipo de abuso sobre los niños experimentarían una Regresión Familiar, es decir, volverían a comportamientos más primitivos e inmaduros como respuesta a escaladas de ansiedad y estrés. La regresión familiar estaría asociada a bajos Niveles de Diferenciación, altos niveles de ansiedad crónica, altos niveles de fusión en la familia nuclear, aislamiento de la familia de origen y relaciones sociales, y a un período sostenido de sucesos y circunstancias estresantes.


Con respecto a la transmisión intergeneracional del abuso, diversas investigaciones han constatado que los adultos que han sido maltratados, sufrido abusos sexuales y/o serios descuidos en su infancia, corren el riesgo a su vez de maltratar o abusar de sus hijos(as). También existen estudios que muestran la relación que existe entre los abusos sexuales en la infancia y el posterior sometimiento y mantención de relaciones de violencia física y emocional en la vida adulta (Bravo, M., 1994). Se encontró que un tercio de los niños abusados llegan a ser abusadores ( Kaufman J.y Zigler, E., 1998; Oliver, J. 1993; ), sin embargo, la mayoría de los estudios realizados en este tema se refieren al abuso físico más que al sexual (Putnam, F., 2003). Monck (1990) encontró que el 43% de las madres de niños abusados habían sido ellas mismas abusadas y que el 20-30% de los abusadores admitió haber sido abusado en su infancia (Bentovim, A. 2000).
Estudios realizados sobre la percepción que los abusadores sexuales presentan de sus relaciones familiares tempranas muestran altos niveles de negligencia y rechazo por parte de los padres, bajos niveles de supervisión, disciplina y consistencia, estilos de vínculo inseguro, relaciones problemáticas especialmente con el padre y relaciones de vínculo menos autónomos (Mc Cormack,, J. 2000; Svedin, C.G. 2002; Salter, D. 2003, Kellog, N., 2003; Dong, M., 2003).
En la literatura también se han descrito factores de riesgo asociados a la situación familiar, dentro de los cuales se encontrarían la violencia intrafamiliar, el abuso de poder, la transgeneracionalidad de la violencia, estar expuesto a situaciones de promiscuidad, el aislamiento social, las convivencias sucesivas, cuidadores que consuman alcohol y/o drogas, la falta de relaciones de apego con las figuras guardadoras, frecuentes cambios de domicilio, factores situacionales temporales como el alejamiento de la madre del hogar por enfermedad o parto, entre otros (Morales, M., 2001; Alvarez, K., 2003).
Putnam, F. (2003), realiza una revisión de los últimos 10 años de investigación en abuso sexual infantil, encontrando los siguientes factores de riesgo familiares:

  • Ausencia de uno o ambos padres (Finkelhor, D., 1993).

  • Presencia de un padrastro (Mullen, P., 1993).

  • Impedimentos parentales: enfermedad de la madre, alcoholismo de la madre, conflicto conyugal, abuso de sustancias, aislamiento social, padres castigadores (Fergusson, D.,1996; Mullen, P.,1993, Nelson, E.,2002).

Respecto a la relación entre violencia intrafamiliar y abuso sexual, diversas investigaciones han encontrado que la violencia doméstica ocurría en un 54% de los hogares de los niños abusados sexualmente, encontrándose que el abuso sexual es parte de un patrón global de victimización (Putnam, F., 2003). Rutter M. (1994) encontró una co-ocurrencia de ambos factores en el 15-25% de los casos, postulando también que existirían diferencias en las dinámicas familiares en el abuso físico y las familias abusadoras sexualmente.


En Chile, las investigaciones en el tema de abuso sexual están centradas en el desarrollo de programas de prevención (Bernales, 1993; Bartholin, 1999; Ministerio Secretaría General de Gobierno, 1999; Poó, 2002); en el tratamiento de las víctimas de abuso sexual (Martinez, 1993, Martinez,1995; Muñoz, 1996; Aarón, 1999; Muñoz, 2000; Varela, 2000; Fietz, 2001; Martinez, 2001; Sepúlveda, 2002; Capella, 2003) y en estudios de prevalencia en población escolar o población consultante, especialmente en los Servicios de Urgencia (Florenzano, 1995; Larraín, 1997).

También se han realizado estudios y publicaciones respecto a las características de los agresores sexuales (Contreras, L., 1997; Chauriye, S., 1997; Asenjo, F., 2000; Escaff, E., 2003); a las variables asociadas a la agresión sexual (Escaff, E., 1994; Escaff, E. 1995; Navarro, C., 1999; Sat, C., 2002); y a las consecuencias de las agresiones sexuales (Correa, A., 1995; Muñoz, M, 1998; Huerta, S., 2002; Pereira, P., 2003 en Policía de Investigaciones de Chile, 2004). Desde la perspectiva social, las investigaciones se han centrado en el papel que desempeñan las creencias culturales, la subcultura y el aislamiento social sobre el fenómeno del abuso sexual infantil; así como evaluar los efectos de la victimización secundaria sobre las víctimas de incesto (Abarza, P., 2000).


Por otra parte, en los últimos años se han realizado algunas investigaciones cualitativas, respecto al tema de familia y abuso sexual. Dentro del contexto familiar, las investigaciones han buscado relacionar el abuso sexual con factores que facilitarían la ocurrencia del abuso sexual al interior de la familia, así como a la búsqueda de indicadores de disfuncionalidad en la familia como el alcoholismo, la drogadicción o la separación conyugal (Abarza, P., 2000).
Larraín , S. (1997) realizó un estudio respecto a relaciones familiares y maltrato infantil, sin embargo, dicha investigación no abordó el tema de abuso sexual infantil.
Navarro, C. (1998) abordó, desde un marco epistemológico-evolutivo de comprensión, el entendimiento de la situación de la madre de las víctimas de abuso incestuoso enfrentadas a la develación de éste. Se analizó los discursos conversacionales de las madres de víctimas de incesto, encontrando vivencias de continuas experiencias de abusos, carencias y maltratos en la infancia; un vínculo de apego altamente conflictivo y de gran relevancia de la figura materna, y la importancia secundaria de la figura paterna; y la formación de un concepto de sí mismas basado en una imagen deteriorada de sí, lo que las lleva a establecer relaciones de pareja de gran involucramiento afectivo y dependencia emocional. La develación del abuso sexual representa un momento de crisis para la familia, amenazando la organización familiar, así como una situación de crisis personal para la madre, que se relaciona con la idea de sí misma construida a partir de la relación de pareja.
Abarza, P y Olivares A. (2000) realizaron un estudio exploratorio-descriptivo de las variables de interacción sistémica relacionadas con el incesto padre-hija de familias que ingresaron al sistema de protección dependiente del programa “Niño y Patria”, a través de la revisión de fichas clínicas. Ellos encontraron que en términos estructurales las familias se caracterizaban por poseer límites intrafamiliares difusos hacia el interior y rígidos hacia el exterior, observándose escasa redes externa, en donde la madre se observa distante afectiva y/o físicamente, el padre ocupando un rol de proveedor y con la presencia de violencia en las relaciones familiares. En cuanto a la variable dinámica se observa una organización más bien disfuncional, con un sistema filial parentalizado y un sistema parental negligente. Respecto a los aspectos comunicacionales observaron una dificultad en lograr acuerdos ya que los conflictos son negados, evitados o minimizados.
En síntesis, las investigaciones sobre abuso sexual y familia se han centrado en el incesto padre-hijo(a) y en el estudio de las relaciones familiares de mujeres adultas que han sido víctimas de abuso sexual en su infancia o de los abusadores sexuales, existiendo escasas investigaciones realizadas directamente con las familias de los niños abusados sexualmente y desde una perspectiva sistémica transgeneracional. En Chile, las investigaciones sobre abuso sexual se han centrado en la prevención y tratamiento de las víctimas de abuso sexual o en las características de los agresores sexuales no existiendo investigaciones comparativas de las familias donde ocurre abuso sexual intrafamiliar con otros tipos de familias.





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