Universidad de chile


CAPITULO 2: Juana Gremler y la educación femenina (1894-1912)



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CAPITULO 2: Juana Gremler y la educación femenina (1894-1912)

2.1 Planes y programas de estudio


Como señalamos anteriormente nos parece que Juana Gremler habría sido una mujer solidaria en términos de género y que se mostró sensible a las desigualdades que vivían sus compañeras de carrera en el ejercicio de su cargo como Directora del “Instituto de Señoritas de Santiago”.

En relación a esa misma solidaridad de género, nos preguntamos ¿fue esta Directora capaz de mostrar sensibilidad con quienes fueron sus alumnas? ¿Fue capaz de reconocer que la situación que ellas vivían en términos educativos y sociales merecía ser revisada en un intento por democratizarla?

Creemos que si existió esa identificación con las alumnas y que si bien es cierto, muchos de sus aportes pueden parecer a simple vista conservadores, para nosotros es precisamente un recurso, una estrategia para conseguir por lo menos instalar la discusión en muchas materias relacionadas con la educación que recibían las niñas en Chile y sus alumnas del Instituto de Señoritas, en particular, que como dijimos anteriormente correspondían a las hijas de las familias más acomodadas de Santiago, lo que indudablemente significó que tuviese que vencer muchas más dificultades y resistencias, en tanto para esas niñas sólo se pensaba una educación de “adorno”. Esta preocupación se refleja para nosotros en la propuesta que realiza sobre planes y programas para liceos de niñas subvencionados y fiscales que fue presentada al Gobierno en 1893.

Cabe destacar, que los primeros liceos fiscales de niñas, siguieron planes de estudio diferentes al de los liceos de hombres y que recién hacia 1912 éstos fueron equiparados. Durante el período de estudio, ambos tipos de liceos sufrieron modificaciones en sus planes, mientras que para los hombres existieron dos, para las niñas hubo tres; sin contar el de 1912.

Como ya señalamos, Juana Gremler, elaboró un plan de estudios para liceos de niñas subvencionados y fiscales que sería aprobado finalmente en 1894 y que mantendría su vigencia hasta 1901. En ellos, “el curso total será de ocho años, principiando a la edad reglamentaria, y se dividirá en tres secciones: inferior, media y superior. La primera tendrá un curso de 2 años, la segunda y la tercera de 3 años cada uno”107.

En lo que se refiere a los ramos de enseñanza, en la sección inferior se impartían los siguientes: religión, lengua castellana, aritmética, geografía del lugar patrio, canto, caligrafía, labores de mano y gimnástica. En la sección media se agregaban: francés, historia, geografía, historia natural, dibujo, inglés o alemán; en la sección superior, por su parte, lo hacían la geometría y las ciencias físicas. Las asignaturas anteriormente mencionadas tenían carácter obligatorio108.

A continuación se presenta un cuadro en el que se muestra el plan de estudios elaborado por Juana Gremler.

Cuadro 4: Plan de estudios para los Liceos de Niñas, aprobado en 1894. 109



RAMOS

Preparatoria o curso inferior

Humanidades

SUMA

Curso medio

Curso superior

Sub.

Prep.

I

II

III

IV

V

VI

1. Religión

2

2

2

2

2

2

2

1

15 horas

2. Castellano

11

10

6

5

5

4

4

4

49 "

3. Francés

 

 

4

4

3

3

3

3

20 "

4. a. Inglés

 

 

 

 

} 2

4

4

4

14 "

4. b. Alemán

 

 

 

 

5. Matemáticas

5

4

4

4

3

3

3

3

29 "

6. Historia

 

 

 

2

2

2

2

2

10 "

7. Geografía resp.

 

 

2

2

2

2

2

2

13 "

Geografía del lugar

 

1

 

 

 

 

 

 

8. Ciencias naturales

 

 

2

2

2

2

2

3

13 "

9. Dibujo

 

 

 

2

2

2

2

2

10 "

10. Caligrafía

 

2

2

1

1

 

 

 

6 "

11. Labores de mano

 

2

2

2

2

2

2

2

14 "

12. Canto

 

1

2

2

2

2

2

2

13 "

13. Gimnástica

2

2

2

2

2

2

2

2

16 "

Suma

20

24

28

30

28

30

30

30

222 horas

En la presentación de este plan se estipulaba, respecto a los liceos de niñas, que su “tarea principal es poner en armonía aquel fin de la educación y el método de enseñanza que le corresponde, no sólo en la disposición natural y propia del sexo femenino, sino también con el destino de la mujer, cuyo centro es en primer lugar la familia”110.

Según la autora, el liceo de niñas exige “que la enseñanza principie con la edad reglamentaria (6 ó 7 años) y continúe hasta la madurez del espíritu; establece un sistema de clases bien divididas, tal como corresponde al desarrollo gradual de la inteligencia; y requiere un cuerpo de profesores que aparte de las preceptoras necesarias, cuente con el suficiente número de profesoras y profesores”111 . De lo anterior se desprende que la edad de las alumnas que cursan sus estudios en los liceos fiscales de niñas fluctúa entre los 6 y 15 años.

Por otra parte, en lo que se refiere al número de alumnas, Juana Gremler estipulaba que no podía exceder a 40 en los cursos inferior y medio, y de 30 en el curso superior.

Una diferenciación con la instrucción impartida en los liceos masculinos era que para las alumnas de los liceos del Estado el ramo de religión era obligatorio, mientras que para ellos era optativa, la única excepción la constituirá más tarde el Liceo de Niñas de Valdivia, que por decreto de 23 de Enero de 1905 queda estipulado que la clase de religión sería voluntaria para las alumnas de aquel liceo, “a fin de que puedan incorporarse en dicho establecimiento alumnas cuyos padres, guardadores o apoderados no deseen cursen la asignatura citada”112

Nos parece este precisamente un elemento conservador, que pretendía mantener la educación religiosa en los liceos de niñas por ser considerada por los padres y la sociedad en general necesaria en la formación de mujeres, en tanto los mensajes religiosos ayudarían en su formación. En los niños en cambio, lo que interesaba era el desarrollo de sus capacidades intelectuales más que morales o religiosas, por lo tanto ellos o más bien sus padres podían disponer del derecho de no tomar esas clases.

Por otro lado, en el plan destinado para la educación de las niñas se encuentran ausente las asignaturas de Filosofía y de Lecciones de Cosas, que sí se encuentran presentes en el destinado a los hombres.

En el plan para los liceos de niñas, destaca la importancia que adquiere el ramo de labores de mano, con un total de 14 horas, lo cual se explicaría porque éste constituiría una “preparación para el hogar”113, y su vida futura. En este ramo se enseñaba a las alumnas a realizar “tejidos de crochet, de palillo, de malla, costura de ropa interior, chaquetas, bordados de diversas clases, macramé, bolillo, tallado de madera”114. El liceo tenía la obligación de “adelantar la educación desarrollando y fortificando en las alumnas aquellas cualidades de carácter que, como la aplicación, el orden, la puntualidad y la circunspección son necesarias para la vida de la familia y despertando en ellas el minucioso cuidado de los inferiores detalles, por medio de un ramo especial, la enseñanza de labores de mano”115. Esta asignatura, o sus equivalentes, no se presentaron en los liceos masculinos.

El cambio de siglo trajo consigo la modificación de planes de estudios, tanto para los liceos de hombres como para los de niñas. Esto, en tanto, los liceos de niñas carecieron de uniformidad, debido a que, si bien seguían los mismos planes y programas, éstos se vieron alterados con la introducción de otros ramos, como en el caso del Liceo N° 2 de Santiago, en el que se impartía la asignatura de Psicología y Cosmografía.

Las alteraciones también se evidenciaron en las horas de estudio, pues cada liceo, al ir incluyendo nuevos ramos, debió restar horas a aquellas asignaturas impuestas por el plan. Es por esta razón que en 1900 se dicta un reglamento que pretende uniformar las disposiciones y el funcionamiento de los liceos de niñas. A través de este reglamento se implantaba un nuevo plan de estudios, manteniendo la duración de los estudios en dos años de preparatoria y seis de humanidades116. Además, este plan carece de programas para los diferentes ramos, de lo que se infiere que continuaron vigentes los programas elaborados por Juana Gremler, y que las modificaciones que se llevaron a cabo en el año 1900 se refirieron sólo a la distribución de horas de clase por asignatura.

A pesar de ser adoptado este nuevo plan, durante su aplicación se hicieron oir algunas voces de educadoras, entre las que destacamos a Juana Gremler, quien sostenía:

“Según él se aumentan considerablemente las clases de Labores de mano, Canto i Caligrafía i se disminuyen en igual proporcion algunos ramos científicos como Relijion, Matemáticas, Castellano, Jeografía, Historia i Francés. Resulta que los ramos técnicos i de adorno tienen en el nuevo plan una importancia desmedida para un Liceo de Niñas, que sólo tiene 8 años de estudio i debe perseguir otros fines que el de dar a las alumnas cierta habilidad manual. Lejos estoi de negar la importancia que pueda tener esta habilidad, pero un Liceo de Niñas no es el establecimiento que deba dársele preferencia sobre los ramos que desarrollan el carácter.”117

Nos parece entonces que se va evidenciando en las palabras de la Directora la idea de que la educación de las niñas debiese avanzar a desarrollar otros elementos y no tan sólo las habilidades manuales. Cuando la autora define como un objetivo el desarrollo del carácter (considerado atributo masculino) podemos interpretarlo también como una forma de liberar a esas niñas de la sumisión y pasividad tan características del “molde social tradicional” femenino.

Con el correr del siglo, va a ser común encontrar demandas por parte de las distintas Directoras de liceos femeninos fiscales exigiendo que los planes y programas de éstos sean igualados formalmente y a través de Decreto a los de los liceos de hombres. Mientras tanto, en la práctica, ellas a través de distintas estrategias van a instalar estos programas de manera informal hasta 1912, fecha en que consiguen finalmente equipararlos.

2.2. Mantención y aumento de matriculas de las alumnas de los primeros liceos femeninos fiscales.


Para la época en estudio la matrícula en los liceos de niñas se caracterizó por ser inferior a la de sus pares masculinos. Hacia 1899, existía en los planteles de enseñanza secundaria fiscal de la capital una matrícula de 826 alumnos. De ese total, 660 correspondían a los liceos de hombres de Santiago y 266 a los de niñas.

Lo que resulta interesante de analizar para nuestro caso de estudio es que la matricula del primer liceo femenino fiscal de Santiago durante la época fue experimentando descensos, lo que se puede apreciar si comparamos los siguientes cuadros:

Cuadro 5: Matrícula de los Liceos de Niñas de Santiago en 1899

Liceos

Humanidades













Total

Stgo. Nº 1

37

41

29

21

16

7

151

Stgo. Nº 2

31

33

20

12

15

4

115

Total

68

74

49

33

31

11

266

Fuente:Anuario correspondiente al año 1899. Ministerio de Instrucción Pública, Imprenta Moderna, 1900.

Cuadro 6: Matrícula de los Liceos de Niñas de Santiago en 1905



Liceos

Humanidades













Total

Stgo. Nº 1

33

31

33

18

15

10

140

Stgo. Nº 2

39

34

25

20

20

11

149

Stgo. Nº 3

69

32

23

13

-

-

137

Stgo. Nº 4

41

26

13

-

-

-

80

Total

182

123

94

51

35

21

506

Fuente: Anuario del Ministerio de Instrucción, “Estadística de los Liceos de Niñas”, boletín Nº 4, Imprenta, Litografía y Encuadernación Barcelona, 1906.

Al analizar los datos del establecimiento se puede apreciar que en el Liceo de Niñas Nº 1 de Santiago la matrícula disminuyó en casi todos los niveles con respecto a las cifras obtenidas en 1899.

Encontramos que esta situación fue también una preocupación para Juana Gremler, quien desde el período de fundación del liceo mostró interés por el tema. Ejemplo de ello fue el cuidado que puso en elegir el barrio donde se instalara el liceo. Para nosotros estas acciones no aducen a una valoración de inferioridad hacia sus alumnas, no significa concebirlas como débiles, sino que más bien responden al intento por evitar que sus padres las retiraran de los liceos, preocupados por la integridad de éstas y por mantenerlas custodiadas en “barrios decentes”.

Esta situación se reconoce en los reportes que enviaba la Directora del liceo N°1 de niñas de Santiago, Juana Gremler, al Ministro cuando visitaba posibles sedes para instalar el local. Así, en uno de ellos entregará las razones por las que rechaza una casa que le habían ofrecido “en primer lugar la situación de ella (la casa), cerca del centro comercial, al Oriente de la Plaza de Armas, no es favorable para el desarrollo del establecimiento, porque casi todas las familias que hasta ahora están dispuestas a mandar a sus hijas al colegio viven en el barrio opuesto al de la casa, que es mucho más tranquilo. También los alrededores no son muy decentes; pues al lado mismo de la casa existe un café chino”118 de los peores119.

Este mismo argumento se reconoce en una carta que la Directora de este mismo liceo envía al Ministro de Instrucción señalándole la inconveniencia que traería la instalación de la sección de leyes de la Universidad de Chile en las cercanías del establecimiento, debido a los problemas que esto pudiera originarle, en cuanto “conocido este hecho por los padres de familia que tienen sus hijas en este liceo es casi seguro que una gran parte de ellos las retirarán, temiendo i previendo los inconvenientes que de esta situación pudiera derivarse”120.

Encontramos también en 1904, una carta de la misma Directora al Ministro, esta vez solicitando el traslado de la sección universitaria del curso de leyes de la Universidad de Chile, ubicado a un costado del liceo.

El principal argumento que se aduce es el “peligro que trae esta vecindad para que pueda llevar con éxito el fin educativo que debe tener en la opinión pública”121. Al destacar en su argumentación aspectos como la “reputación” y “la opinión pública”, se hace manifiesta la importancia que adquiere la valoración social respecto a la educación femenina.

Esta preocupación por el ambiente en que se desenvuelven las mujeres es explicada porque “la mujer era vista como un tesoro, pero oculto, y la aristocracia en conjunto no quería ver a ésta en los espacios públicos, había una gran base ideológica de machismo o antifeminismo en la mentalidad de sobretodo, la élite chilena”122.

Este interés por la permanencia de las alumnas dentro del establecimiento también se reconoce en las disposiciones que establece esta Directora en relación a las inasistencias de las alumnas. Señala así en el Reglamento de 1900 del liceo: “el único motivo por el cual las alumnas podrán faltar a clases sin el permiso previo de la Directora, es el de enfermedad. El padre o apoderado tiene que justificar la inasistencia por escrito.

La alumna que necesitare faltar por otra causa que no fuere enfermedad, deberá obtener permiso de la Directora. Estas reglas rijen desde el primero hasta el último día del año escolar. Se encarga con insistencia a los padres que envíen a sus hijas al liceo desde el primer día i que no las retiren antes del último examen, ni por motivos de viaje, ni por cualquiera otra causa una alumna podrá ser dispensada de clases de ejercicios físicos, canto, dibujo o labores sólo en los casos de evidente imposibilidad o cuando esté comprobada por medio de un certificado médico”123.

Esta preocupación por la asistencia de las alumnas se reconoce todavía para 1902, año en que la Directora a través de una monografía del liceo relataría de manera resumida lo que había sido la organización de éste, enfatizando en algunos aspectos que ella misma denomina como las lamentables circunstancias con las que había que lidiar en Chile. Así reconoce: “en primer lugar, el escaso concurso que presta a la educacionista la familia de las alumnas”124. En este punto señala que a pesar de las disposiciones establecidas por el Reglamento de 1900 para el liceo, los padres en muchos casos no presentan a las niñas al inicio del año escolar, sino que llegan con ellas en los meses de Mayo o Junio, situación que evidentemente afectaría al desempeño escolar.

Resulta interesante reconocer como esta Directora insistía en destacar la responsabilidad de los padres en el ausentismo de las alumnas. Señala al respecto: “otro obstáculo a la educación de la mujer en Chile es el poco tiempo de infancia que dejan los padres a sus niñas, las hacen grandes demasiado temprano; las llevan a paseos de lujo donde se distraen i pierden el interés por sus estudios”125.

La intención de mantener a las alumnas asistiendo a clases de manera regular también incluía la preocupación por la puntualidad. Así, la Directora señalaba en el Reglamento de 1900: “los padres deberán cuidar que las alumnas salgan de sus casas a horas oportunas a fin de llegar al liceo con la debida anticipación. Todo atraso por leve que sea, será reprimido con severidad en el liceo” 126 . Según lo observado, esto tampoco parecía cumplirse de manera satisfactoria, pues en la misma monografía de 1902 se entregan antecedentes de ello.

Preocupada también por hacer productivo el tiempo con sus alumnas se muestra interesada por la organización del tiempo escolar. Señalaba así: “creo tambien que se sacaría mayor fruto del estudio con una distribución de los asuetos en armonía con el clima de Chile. Los mejores meses para el trabajo son aquí Agosto, Septiembre, Octubre, Noviembre. Sin embargo, el mes de Septiembre se pierde casi por completo por las largas vacaciones de las fiestas patrias, 8 días en lugar de 20 bastaría. I si a esto se agrega que muchas alumnas dejan de asistir a clase el fin de año, porque sus padres se van al campo i las llevan consigo, se ve que pierden dos de los mejores meses para el estudio”127 Otra vez los padres aparecen obstaculizando el adecuado desempeño de las clases, creemos que eso seguramente se debería a la idea de que la educación que ellos esperaban para sus hijas no necesita desarrollarse de manera profunda, constante ni rigurosa pues sólo era considerada como adorno. Ellas sólo requerían, a su juicio, de ese suave barniz que les permitiría brillar en sociedad.

Ante esta idea y estas prácticas es que nuestra Directora en estudio se pronunciaba, en tanto para ella, la educación que debían recibir sus alumnas respondía a otros fundamentos: “el principal objeto de los liceos de niñas es dar a sus alumnas un armonioso desarrollo físico e intelectual i no una gran habilidad técnica. Esta podrán adquirirla más tarde, con tiempo de sobra, en algun establecimiento especial o con un profesor particular, en tanto que la época del colejio es, en jeneral, la única que se dedica en la mujer al cultivo intelectual. Más tarde, la mujer se ilustra, pero se instruye poco”128.

Debían entonces esta Directora, sus profesoras(es) y esas niñas aprovechar bien el tiempo escaso y mal organizado del que disponían. Ante esto fueron desarrollando algunas estrategias de negociación, como fueron los acercamientos a las alumnas en los recreos: “las relaciones entre las profesoras i las alumnas se estrecharon por medio de juegos i conversaciones durante los recreos, en los cuales las profesoras, a la vez que vigilaban a las niñas, aprovechaban las conversaciones para acostumbrarlas a la práctica de las lenguas extranjeras”129.

Creemos que los reclamos de Juana Gremler pudieron haber sido “ tolerados” por todas las condiciones favorables nombradas anteriormente y porque como señalamos, la profesión docente dotaba de prestigio a las mujeres que la ejercían , puesto que no resultaba amenazante “al orden natural” , sino que era entendida más bien como una prolongación del rol materno, lo que se puede observar en un testimonio de la época “respeta y ama a su profesora: recibe con docilidad sus preceptos y consejos, y se muestra reconocida a sus cuidados . Jamás murmura de su severidad y no pone en duda su imparcialidad y justicia; y si oye que se habla desfavorablemente de ella, la defiende con el celo de una hija y el calor de una amiga observando a toda conducta, la niña aprovecha las lecciones de su profesora y es la gloria y alegría de su padres”130.

2.3. Uniformes para liceos.


Otro de los ámbitos en que esta Directora desarrolló su acción e hizo expresa su crítica fue el relacionado con la ropa que usaban las alumnas. Resulta significativo analizar este aspecto en cuanto siguiendo a Isabel Cruz de Amenábar un traje chileno de la época enuncia múltiples problemas, que abarcan desde facetas de la sensibilidad y la vida cotidiana, a rasgos de la moral y de las mentalidades; desde aspectos de la organización social y el sistema político, a peculiaridades de la producción, la confección y el intercambio comercial131.

Para la época era común que las mujeres usaran trajes incómodos que las reducían físicamente. Esto se ejemplifica en un testimonio de Juana Gremler, en el que señalaba en relación a sus alumnas: “no van vestidas con trajes adecuados, cualquiera puede notar que éstos, en jeneral, son mas lujosos que apropiados a la edad i a la estación; parece que los padres olvidaran a menudo que el traje de sus niñas debe protejerlas a ellas i no viceversa”132.

Para nosotros, la preocupación de la Directora por el traje, se debería en tanto éste sería una manifestación más del control que se hace en general sobre el cuerpo de la mujer, en el que la “ropa, luego moda, siempre status, aparece como la transparente operatoria del conjunto de discursos oficiales sobre el cuerpo concreto, que ha domesticado sus síntomas erráticos, sus deseos confusos, sus sueños abyectos. Con el cuerpo normado en la cultura, el mandato social dispone de un territorio privilegiado para ensayar la eficacia o la dificultad de un sistema de poder. Poder que desde el binarismo biológico, hombre-mujer consigue establecer el binarismo cultural (discursivo), femenino-masculino, para realizar así una de las catalogaciones más decisivas y espectaculares de toda la historia cultural”133.

A comienzos del siglo XX, se desarrollará una discusión por los uniformes, lo que para nosotros corresponde también por extensión a una discusión por el cuerpo femenino, en cuanto nos invita a pensar “¿Qué cuerpos se dan en las distintas culturas?, ¿En qué condiciones se produce un cuerpo?, ¿A qué tratamientos se le expone?, ¿Dónde estudiarlo?, ¿En qué condiciones se producen los saberes sobre los cuerpos?134.

Al respecto llama la atención que durante la época, no se encuentre ninguna discusión o reglamentación relacionada con el uniforme para los liceos masculinos, ni en términos generales, nada que diga relación con la imagen o el cuerpo de los alumnos. Esto resulta significativo en la medida en que las disposiciones que se dictaban en materia de educación masculina, se referían a aspectos relacionados con los planes y programas de estudio; con la instrucción propiamente tal.

Sería el alumno un futuro hombre, un sujeto público, un ser trascendente; lo que era preciso vigilar entonces era su mente, no su cuerpo. Las disposiciones para las alumnas en cambio, decían relación con su cuerpo, con lo que se consideraba su esencia, con lo que les tocaría representar en el futuro; la sujetaban a lo que se suponía no podían abandonar.

Es en este sentido, que a través del uso del uniforme, se buscaba desarrollar en las alumnas ciertos comportamientos; en especial, la preocupación por su presentación personal, en cuanto a la limpieza y la ornamentación. Una buena madre, esposa y dueña de casa, debía poseer virtudes como el orden y la limpieza, que le permitirían cumplir en forma óptima su misión, la del cuidado de su familia. Se volvía necesario entonces que estos comportamientos fueran introducidos ya desde el liceo. Claro ejemplo de ello va a ser el uso del delantal, que pasaba a constituir un indicador de la disciplina de la alumna, pues según un testimonio de la época “el delantal blanco es una prueba visible de las condiciones de la alumna. Basta observar su delantal, para saber si es limpia, ordenada y cuidadosa”135.

Así, la escuela como institución se nos presenta como un espacio donde se pretendía educar también en valores que parecían fundamentales para la época, como la higiene y el aseo personal, lo que se suponía entregaría respetabilidad ante los otros: “Una escuela que enseñaba los principios de higiene como exteriorización física de las cualidades morales. Ser limpio y ser aceptable moralmente eran dos conceptos que la escuela mezclaba desde los libros de lectura a las revistas para maestros”136.

Creemos siguiendo a Foucault (1978), que la aparición de la escuela dirigida a las masas se relaciona con el control del cuerpo de los sujetos, con su “docilización” y finalmente con su control. Así, podríamos decir que “a partir del S. XVI, el cuerpo de los colegiales se nos presenta por tanto en apariencia como un cuerpo negado, pero de hecho es un cuerpo minuciosamente modelado en la moderación. En tanto que reflejo del alma, en tanto que triunfo del hombre interior, se inscribirá en un nuevo registro que poco a poco, constituirá “la verdadera nobleza””137.

Para nosotros resultan interesantes los aportes de la Directora en la discusión por los uniformes, en tanto deja ver su reclamo por la excesiva ornamentación de las alumnas. Ante esto ella se pronunciará en un intento de establecer uniformidad en las presentaciones, lo que consigue en el Reglamento de 1900, donde la Directora expresa lo siguiente: “las alumnas deben venir sin alhajas i con pelo corto o trenzado i usar en el liceo delantal blanco con mangas. Para las clases de gimnasia usarán traje de uniforme”138.

Entendemos entonces, que si bien es cierto, ella se revelaba en contra de la forma en que estas alumnas dejaban ver a través de sus trajes todo el control que se hacía socialmente de sus cuerpos, sería ella misma quien determinaría establecer uniformes para ellas. Creemos así que no dejaba con eso de intentar docilizar sus cuerpos, sólo podría haber conseguido hacer menos visibles el elemento diferenciador de clase y lujo presente en sus ropas.

2.4. “Niñas que crecen”: Alumnas de liceos femeninos fiscales y primeras profesionales.


Si reconocemos que Juana Gremler durante el ejercicio de su cargo como directora del primer liceo femenino fiscal de Santiago se esforzó por conseguir superar algunas situaciones de desigualdad en términos de género, o por lo menos instalarlas en la discusión, podemos encontrar precisamente que también otras mujeres desde otro lugar emprendían la misma lucha. Ejemplo de ello son las alumnas de los propios liceos y las primeras profesionales que comenzaban a egresar de las universidades.

Si hablamos de las mujeres en el trabajo podemos señalar que por lo general se muestran “ “perfeccionistas”, “hormiguitas”, “recién llegadas” y, “cocotales”, sin límite de esfuerzo y de dedicación , es decir, toda una serie de características que deben exhibir y cultivar sistemáticamente para paliar todo el prejuicio secular volcado hacia su actividad laboral en la vida pública, y todo, el prejuicio redoblado cuando se trata de ejercer puestos con poder, de tal manera que podemos afirmar que una mujer con poder es una anomalía histórica (aún en la actualidad) mientras un hombre con poder es el paradigma. De ahí que las mujeres con poder sean uno de los problema clave del género (ya que nunca lo han tenido) en las sociedades occidentales”139 .

Para el caso de las alumnas de los primeros liceos femeninos fiscales podemos señalar que su lucha estaba dada por el esfuerzo y el aprovechamiento que demostraban en los exámenes que debían rendir para ser evaluadas.

Estos exámenes podían ser de carácter reglamentario, que eran aquellos que se daban ante los profesores del liceo, o válidos, que eran los que se daban ante comisiones de la Universidad. Durante gran parte del período en estudio, los liceos de niñas sólo rendían los primeros, los que se realizaban a fines del año escolar, y podían asistir los padres y apoderados de las alumnas, según el artículo 27 del “Reglamento para los liceos de niñas.”

Las comisiones encargadas de tomar estos exámenes estaban compuestas por el “profesor de la clase i de dos profesores mas, designados por la Junta de Vijilancia. El exámen lo tomará el profesor de la clase. Cada uno de los examinadores apuntará en un registro las notas que asignen a las alumnas”140.

Estos exámenes no constituyeron “pruebas rigurosas, sino son mas bien clases hechas en presencia de la Junta Directiva i de lo padres de familia, para que éstos puedan apreciar el trabajo realizado durante el año”141. Esto ocurría así porque tanto la Directora como las profesoras conocían perfectamente el desempeño de las alumnas durante el año, por lo que los resultados de los exámenes no determinaban si la alumna pasaba o no al curso superior. Es decir, significaba una manera de rendir cuenta y mostrar públicamente lo que las alumnas habían sido capaces de aprender.

De acuerdo con el “Reglamento para los liceos de niñas”, los resultados de estos exámenes se representaban con las siguientes notas: Muy Bueno, Bueno, Regular, Deficiente y Malo.

Una alumna aprobaba el curso, y pasaba al siguiente, cuando sus notas en los ramos científicos eran todas superiores o iguales a Regular; también podía hacerlo aquella que había obtenido en ellos hasta dos notas deficiente, o una malo, aunque antes debía repetir sus exámenes con resultado satisfactorio, al comenzar el siguiente año escolar. “La alumna que obtuviere en más de dos exámenes la nota deficiente o en mas de uno la de malo, deberá continuar en el mismo curso, a menos que, por razones especiales el Consejo de Profesores le permita repetir los exámenes”142.

El sistema de exámenes de los liceos de hombres era mucho más complejo que en los liceos de las niñas; en el primero de ellos, se tomaba en consideración la continuación de los estudios de los alumnos, pues éstos podían ser rendidos ante comisiones universitarias. En los liceos femeninos, en cambio, las alumnas sólo rendían exámenes para pasar de un curso a otro, y para demostrar a sus padres o tutores los avances alcanzados durante el año de estudio, sin proponerse el que las niñas continuaran sus estudios en la Universidad.

Esta situación, llevó a que en un número creciente de liceos femeninos se comenzaran a rendir exámenes ante las comisiones universitarias, aunque lo hacían en forma particular, es decir como estudiantes de liceos particulares. En un trabajo sobre el Liceo N.° 4 de Niñas de Santiago, incluido en el libro “Actividades femeninas en Chile”, se exponía lo siguiente: “convencida la Directora de que el Liceo no podría ser factor de progreso en la educación femenina sin validar sus exámenes a fin de habilitar a las alumnas para seguir estudios universitarios, envió, desde 1903, algunas niñas que lo deseaban, a rendir exámenes secundarios en calidad de alumnas privadas, ante las comisiones nombradas por la Universidad.”143 El número de alumnas de este liceo, dispuestas a validar sus exámenes, fue creciendo con el transcurso de los años, tanto así que “en 1906 eran cursos completos los que lo pedían…”144

A continuación se presentan los resultados de los exámenes de los liceos masculinos y femeninos:

Cuadro 7: RESULTADOS EXÁMENES






Liceos de Hombres

Liceos de niñas

Año

Presentados

Aprobados

Aprobados condicionales

Repitentes

Presentadas

Aprobadas

Aprobadas condicionales

Repitentes

1909

8.835

64%

10%

26%

5.023

71%

7%

22%

1910

8.952

66%

11%

23%

5.601

74%

5%

21%

1911

9.690

65%

13%

22%

6.441

72%

6%

22%

1912













6.564

73%







1913













7.229

72%







1914













7.224

75%







Fuente: Sinopsis estadística.145

Si analizamos la tabla anterior podemos observar que los resultados obtenidos por las alumnas en los exámenes eran iguales y en la mayoría de los casos superior a los de los alumnos de los liceos masculinos.

Unido a los buenos resultados obtenidos por las alumnas en los exámenes se une el hecho de que las primeras profesionales tituladas se destacan en su trabajo académico, es el caso de Ernestina Pérez, quien se tituló de médico “Ella ganó un concurso del Gobierno para ir a estudiar a Europa, sólo habían 3 cupos. “Después de vencer serias dificultades, en Berlín se le permitió asistir a cursos de medicina para perfeccionarse, pues un decreto imperial prohibía los estudios científicos a la mujer, i Ernestina Pérez, hija de una apartada república americana es la primera mujer que ha visitado la “Universidad de Medicina Federico Guillermo”.Este hecho, tan significativo, constituye “el orgullo de su vida”146

Por otro lado estas primeras profesionales fueron generando en la opinión pública un ambiente favorable para la valoración del trabajo intelectual femenino, sirviendo de ejemplo para otras mujeres y otros hombres, incluso fuera de las fronteras nacionales.

Ejemplo de ello va a ser la chilena Matilde Throup Sepúlveda, primera abogada titulada en Chile y Sudamérica. El caso se hace conocido cuando a tres años de que ella ejercía su profesión, un abogado belga Luis Fort, pidió referencias de la señorita Throup al Presidente de la Excelentísima Corte Suprema, que era entonces, don Leopoldo Urrutia. El necesitaba conocer sobre ella, sus estudios, su experiencia laboral y los detalles de su camino a titularse de abogada.

Resulta significativo además que el abogado “pedía un documento que sirviera para acreditar ante las autoridades judiciales de Béljica, que en Chile existía una mujer que ejercía libremente la profesión de abogado, manifestándole que todas estas referencias las necesitaba para defender ante la Corte de Béljica, a dos señoritas que habían terminado sus estudios hacia varios años i que aun no habían podido obtener el titulo de abogadas por dificultades que habían encontrado entre las autoridades”147.

Se reconoce que “la labor de la señorita Throup, es valiosa en cuanto a lo que se refiere a haber ensanchado el campo de acción de las futuras abogadas”148. Esto en cuanto parece ser que las dificultades sociales que se le impusieron durante su época de estudiante pudieron haber sido bastante considerables, entre ellas se encuentra el hecho de que “tuvo que sobreponerse a la discriminación de su profesor de derecho Romano”149.

De esta manera, “el señor Fort, presentó a Chile como ejemplo de una nación joven i de América que, había abierto amplio campo a la mujer para el ejercicio de las profesiones liberales”150.Interesante de reconocer además, en tanto, no sólo sirvió de ejemplo en Bélgica, sino que años mas tarde, en 1910, en la República Argentina concluía sus estudios de derecho, la señorita Maria Evanjelina Barrera, primera mujer que en esa nación aspiraba al título de abogada y a la que la Corte de Buenos Aires, se negó a darle el titulo. A lo que entonces “hubo necesidad a petición de ella, de remitirle desde aquí los documentos del caso, para comprobar que en Chile desde 1892, la mujer ejercía la profesión de abogado, esto le sirvió para su defensa i obtuvo el título”151.

A través de estos ejemplos podemos reconocer como se van desarrollando expectativas por parte de las propias mujeres en relación a recibir educación dando cuenta además de los buenos resultados y el aprovechamiento que podían alcanzar en ello. Por otra parte se reconoce también el prestigio social de las nuevas profesionales que al igual que las alumnas de liceos iban demostrando que sus capacidades si eran dignas de recibir una educación.

Estas mujeres nos demostraban que “La salida del callejón hecho de impotencia y omnipotencia – por otro lado nunca garantizada de modo definitivo y cuya búsqueda es constante- viene dada por la autoridad simbólica, que no significa, tras todo lo dicho, el saberlo todo, sino saber con verdad y de modo reconocible”152.

Y así, las niñas demostraron que crecieron…




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