Unidad V trastornos en Etapa Puberal: Síndrome Puberal Fallas identificatorias Relación de objeto y desviaciones Ruptura y actuaciones Dolto, F



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Homosexualidad femenina
Las homosexuales que conservan apariencia femenina, siguen jugando a la relación madre- bebé; los roles pueden ser fijos o alternativos; el órgano ejecutor del placer es el clítoris; el pene inspira horror; regresan a la época en que la mamá las acariciaba y excitaba; el padre es excluido por ser perturbador.
Otras homosexuales, las de corbata y saco, se identifican con la madre activa primitiva, solícita con el niño y con el padre; las fantasías clitorídicas son más activas; no soportan comprobar la falta dé pene y se comportan como hombres con la mujer amada, sustituto de la madre a quien desean penetrar activamente.

En mi experiencia he comprobado que el tratamiento psicoanalítico de mujeres homosexuales del segundo tipo progresa dentro de esta variedad de posibilidades sin que sea posible modificar sustancialmente la fantasía edípica profunda. La homosexual activa acepta su carencia de pene sin entrar en graves crisis (psicóticas por el grado de desorganización) cada vez que el tratamiento logra romper su férrea renegación de la realidad. Las fantasías de re- modelación quirúrgica del cuerpo (es decir, la actuación psicótica al servicio de la renegación) desaparecen. La carencia de pene no produce ya un dolor mental insoportable. La satisfacción por adoptar roles activos (invitar a su amiga, pagar, llevada de paseo, pagar sus estudios, su ropa, dominada en sus gustos y decisiones, etc.) cede su lugar a una posición más receptiva pasiva, al menos de una manera más equitativa, pues lo anterior las transforma en seres explotados y usados si el masoquismo primitivo (tan intenso como intensa es su transformación en lo contrario) las lleva a elegir como pareja a mujeres narcisistas, psicópatas o egoístas sin escrupuloso

El pene paterno, el padre, sigue siendo excluido, temido y odiado si amenaza con seducir a su amante. Pero no reniega de su cuerpo de mujer. Como dice M. Bonaparte: "El clítoris en general les basta, y la idea del pene grande y 'grosero' del hombre les inspira generalmente un perfecto horror" (pág. 123). Este horror puede aparecer encubierto por un sentimiento de desvalorización ("No nos hace gozar") o de triunfo maníaco ("No nos hace falta"). El cuerpo femenino es idealizado y hasta puede surgir algo así como un sentimiento de estar contentas con ser mujer. Visto esto como proceso terapéutico, es indudable que marca progresos evidentes. Pero aunque disminuya el vínculo sado-masoquista destructivo en la pareja, la aceptación de sí misma aumente, disminuya el narcisismo y aumenten la discriminación, el sentido de realidad y los logros en el mundo externo, la fantasía básica de escena primaria con la que logra el mayor placer terminal sigue siendo homosexual. Muchas veces debemos considerar que clínicamente hemos hecho todo lo que se podía hacer, aunque teóricamente quedara mucho por modificar. Justamente Bonaparte expresa que si a una predisposición constitucional se suman experiencias infantiles eróticas con placer terminal, ello deja establecido un modelo de comportamiento erótico muchas veces irreversible y no siempre favorable al acceso a una función erótica normal. Una paciente que sufría y gemía por haber nacido mujer, decía luego de varios años de análisis que se sentía bien con su propio cuerpo, podía aceptar que un hombre se le acercara solícito y que le resultara agradable tener un coito con él; pero que de ninguna manera-gozaba tanto ni llegaba a sentirse tan excitada como con una mujer.
Las homosexuales que han aceptado mejor ser objeto pasivo de las caricias activas, tienen mejores posibilidades de aceptar a un hombre.
Frigidez total y parcial
Ya entre las mujeres heterosexuales M. Bonaparte describe cinco grupos:


1) Las frígidas totales (vaginales y clitorídicas) en las que se da la mayor represión posible del complejo de Edipo activo y pasivo. Generalmente se trata de una inhibición histérica, son más

femeninas que las clitorídicas y cuando despiertan de la anestesia vaginal esta zona toma la delantera.


2) Las clitorídicas, cuya función fálica viriloide predomina a expensas de la vaginalidad más o menos inhibida. En ellas perdura el complejo de Edipo activo, aunque se ha establecido y predomina el pasivo hacia el padre; han pasado de la fijación a la madre, al padre pero continúan codiciando el pene activo (clítoris); se reprime el objeto central: la madre; el padre la ha sustituido en el momento de la toma de conciencia, narcisísticamente dolorosa, de la castración materna; su vagina no se "abrió" nunca como una zona erógena.


Capacidad erótica satisfactoria
3) Las que pueden tener un orgasmo genital vaginal y clitorídico no simultáneos sino excluyentes. El clítoris conservó sus fines activos y quiere empujar hacia adelante. Pero ha adquirido una vagina receptora. Adaptada al objeto, fin y zona, conserva como yuxtapuesta una organización fálica antagonista edificada sobre una "homosexualidad" muy profunda y muy reprimida.

4) Las que muestran erogeneidad clitorídica y vaginal conjugadas armoniosamente. Están fijadas al momento de pasaje del clítoris a la vagina, de la madre al padre; del complejo de Edipo activo al pasivo. El objeto y fin edípicos pasivos han sido plenamente alcanzados; han reprimido las fantasías activas hacia la madre y transformado las pulsiones libidinales en masoquismo. La zona clitorídica juega un rol subordinado a la primacía vaginal en los juegos previos al coito.

5) Llegamos finalmente a las mujeres insensibles a las caricias clitorídicas que sólo llegan al orgasmo por el coito. El complejo de Edipo activo hacia la madre ha sido relativamente débil y sucumbió a la represión exitosa. Ha renunciado al objeto amoroso femenino y a la zona erógena activa. Las pulsiones activas sádicas transformadas en pasivas se deslizan hacia la vagina receptora del pene. Ha superado la fidelidad primitiva a la madre, ha pasado al padre y finalmente al hombre. La fidelidad al padre es para ella un segundo umbral difícil de franquear.

Dice M. Bonaparte:



Como quiera que sea, el ímpetu libidinoso biológico, generalmente más fuerte en el macho que en la hembra, es un poderoso suplemento en la evolución normal de la sexualidad del hombre. Muy distinto es el caso de la mujer. El impulso libidinoso activo del que el clítoris es portador debe interrumpirse para que la mujer pueda alcanzar su propia función erótica (pág. 140)... Cuando la niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más fácilmente en adoptar la actitud psicosexual que la naturaleza y el hombre exigen de la mujer, con todos los riesgos narcisísticos y vitales que esta actitud implica. La penetración en el cuerpo será una herida: ¿qué importa para la que es amada? (...) El sufrimiento esperado se vuelve goce soñado. El masoquismo femenino termina... A cambio de amor, la mujer acepta todos los peligros; muchas veces se entregaría definitivamente si el hombre quisiera conservarla y no fuera el primero en frustrarla, a veces sin remedio (pág. 142).
Desearía dar énfasis a una parte de un párrafo citado más arriba:

En el caso ideal, la mujer ha superado victoriosamente la fidelidad primitiva a la madre tanto en lo que respecta a la zona erógena o al fin pulsional como al objeto amoroso; ha pasado así íntegramente, adaptada mente al padre y de ahí al hombre que le sucederá (pág. 125).
Pubertad: infidelidad a la madre
Pienso que la problemática psicológica puberal se desarrolla en torno de ese acto de infidelidad a la madre, tan doloroso como inevitable para ambas. En tanto que la temática adolescente propiamente dicha gira alrededor de la inevitable infidelidad al padre para lograr salir de la atracción incestuosa que él ejerce sobre la niña si su desarrollo ha sido normal.
Esta es la razón por la que he centrado mi atención en el duelo que hija y madre deben hacer al acercarse la primera a la pubertad.
Dice M. Bonaparte:

... Se diría que la niña ha elegido entre su virilidad y su femineidad; los fines de las pulsiones, de activos se han vuelto pasivos, aun cuando el clítoris convexo sea portador, durante un cierto tiempo de pulsiones de fin pasivo.

El padre preside este proceso como un dios soberano. Tratemos de imaginarnos qué puede entonces ocurrir en el alma infantil. La madre, originalmente castradora y castrada ella misma, ha sido más o menos abandonada a causa de un rencor enorme; en su lugar se ha elegido al padre portador del falo. La mayor parte del amor dirigido en un principio a la madre ha sido transferido al padre. Con todo su organismo que madura y con todo su psiquismo expresándolo, la niña aspira oscuramente a ser el objeto amoroso del padre, adorado, en sentido psíquico y en sentido físico. Quiere que el padre la ame, que la busque, que esté todo el tiempo con ella, que la acaricie, la penetre, la fecunde. Quiere tener como la madre envidiada un hijo suyo. Evidentemente, los mecanismos de estos actos fisiológicos no están claros en su mente infantil, que ignora el esperma y la vagina. Pero por sus pulsiones de objeto viril la niña ya es enteramente una mujer en miniatura (pág. 141).

Janine Chasseguet-Smirgel, perteneciente a la escuela francesa, opina (3) sobre la causa de la frigidez femenina que

... decir como Marie Bonaparte que la causa está en la mayor debilidad de la energía libidinal de la mujer, o con Helene Deutsch, que es preciso referirse a las "inhibiciones constitucionales", o de acuerdo con numerosos autores, recurrir a la bisexualidad, me parece que constituyen maneras idénticas de eludir el descubrimiento y la interpretación de factores inconscientes que constituyen lo esencial de la tarea del psicoanalista, como lo señala Jones (La sexualidad femenina precoz).
Esta autora expresa que la frigidez no es una debilidad ni una inhibición de la energía libidinal femenina sino más bien

...una formación reactiva basada en el rechazo y la contrainvestidura de los componentes pulsionales, que se oponen por esencia, a la idealización, a lo espiritual, a lo sublime: me refiero a las pulsiones sádico-anales.
Es interesante este planteo pues ella afirma que es necesario analizar a fondo los sentimientos de culpabilidad femeninos para que el tratamiento prospere, y que a la culpabilidad edípica ligada a la superación de la madre, se agrega la culpabilidad frente al padre, de cuyo falo se apodera.
En algunos casos podríamos hallarnos claramente frente a esta doble problemática, es decir, que la niña sienta inconscientemente interferido su desarrollo libidinal porque no quiere desplazar a la madre ni despojar del pene al padre superándolo en inteligencia, escolaridad, eficiencia, etc.

J. Chasseguet-Smirgel se refiere en su trabajo a mujeres que sufren de serias inhibiciones intelectuales o laborales, son frígidas y no pueden realizar alguna acción porque la consideran masculina. La tesis de esta autora es que la actividad que tales funciones requiere está en estas mujeres asimilada a un componente sádico-anal de la sexualidad; se sienten culpables frente a estas pulsiones y como salida inhiben su actividad (sexual, intelectual, etc.). Si para satisfacer el deseo femenino de incorporar el pene paterno, la mujer emplea el componente sádico-anal, este recurso se constituye en una fuente de culpabilidad. La analidad transmite a la vagina sus componentes eróticos y agresivos, lo que tiñe de culpabilidad la incorporación activa del pene. El análisis de ese sentimiento de culpa es lo que debe encararse intensivamente en el tratamiento. En consecuencia, ella recomienda no interpretar directamente estas inhibiciones como producto de la envidia del pene ya que así se incrementaría la culpabilidad. En tanto que



...si reconocemos la dolorosa herida narcisista sobre la que se funda esta envidia, podemos no solamente calmar esta herida, sino también permitir el acceso al Edipo (o sea al padre) ... La envidia del pene no es, en el fondo, más que la expresión simbólica de otro deseo. La mujer no quiere ser un hombre, sino separarse de su madre, siendo completa, autónoma, mujer.
En la primera edición del proceso edípico este logro podría observarse en los juegos de las niñitas de 4 ó 5 años. Prefieren roles femeninos y juegos en los que hacen lo que hace mamá. Se inclinan por las muñecas, tazas, platitos en vez de autos y trenes (de función penetrante). Pero es un rol femenino activo, dinámico, pleno: ella es la señora que atiende a sus hijitos, los baña, prepara la comida y recibe a las visitas. Los juegos competitivos (preferidos por los varones) no les atraen, más bien las alejan. En las entrevistas diagnósticas familiares es común que lleguen vestidas coquetamente, luciendo anillos y collares. Se esmeran por hacer la comida o servir el té y tratan de acaparar la atención del papá. Cuando la dedicación de la madre al hermanito menor despierta reacciones de celos intensos, diríamos que está fijada aún a la mamá y no logra una buena interacción cariñosa y creativa con él; si lo logra nos daría indicios de que la evolución edípica ha sido normal y ha llegado hasta el fin.
Sabemos que la latencia mantendrá todo esto como en un compás de espera hasta la pubertad. Entonces recrudece la problemática pero con elementos cuantitativa y cualitativamente modificados por las circunstancias evolutivas que la niña está viviendo. Ya no puede jugar con sus muñecas y pedirle a papá que se case con ella. Los misterios de la realidad que teme pronto serán acontecimientos y aún no está preparada para enfrentarlos.

BIBLIOGRAFIA


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  19. Jones, E.: Psicoanálisis y sexualidad femenina, Buenos Aires, Hormé, 1967. 



FERNANDEZ MOUJAN, O. “Abordaje teórico y clínico del adolescente”

NUEVA VISION – BUENOS AIRES – 1986 – 2a EDICION



CAPITULO X
RASGOS DE CARACTER EN LA PUBERTAD Y MEDIANA ADOLESCENCIA

Publicado en Acta Psiq. Y Psicol. Am. Lat., n 16, 1970.

Los conceptos de Freud sobre identificación, permiten entender la importancia de los rasgos de carácter en la pubertad. En el capítulo 3 de El Yo y el Ello, Freud plantea el problema en términos de transformación de la libido objetal en libido narcisista, que trae consigo el abandono del objeto externo y sus fines sexuales ("una especie de sublimación"). El Ello puede tolerar la pérdida y la posibilidad de esperar, cuando el Y o se ha modificado para dominarlo. Esta modificación consiste en que por identificación, el Yo ha reconstruido dentro de sí el objeto externo sexual, sea con fines de tolerar su pérdida y ofrecerse como tal al Ello, o también para tolerar la espera (simultaneidad de carga de objeto e identificación) ofreciéndose al Ello temporariamente. Freud llega aun más lejos, afirmando que estas identificaciones entran dentro del proceso de las fases del desarrollo y forman el carácter.

Consideramos los rasgos del carácter en la pubertad como transicionales y con una doble finalidad: elaborar una pérdida y permitir una espera.

Por medio del rasgo de carácter se expresarían en el Yo las identificaciones del objeto perdido y, simultáneamente, las del esperado. Estos dos objetos cambian para el púber varón y la púber mujer por influencia de factores culturales y biológicos. En la pubertad la presión biológica tiene más peso que la cultural en los cambios psicológicos.

La púber mujer, al tener la primera menstruación (12 años), percibe externamente "sangre" como confirmación externa de una pérdida: la del "pene", aceptado en la fantasía inconsciente bisexual. Pero simultáneamente percibe una serie de impulsos de características polimorfo-perversas, sádicas y libidinosas que tienen que ver con lo nuevo surgido en ella: la expresión de su feminidad. Está, como vemos, ante dos procesos de identificación: uno ligado a ansiedades de pérdida, el otro, a ansiedades ante lo nuevo de carácter persecutorio, y los dos a objetos sexuales: el padre y la madre.

La púber, ante esta emergencia, se identifica con un objeto parcial: el pene del padre, y lo ofrece a sí misma (por identificaci6n) como falo, adquiriendo ciertos rasgos masculinos ligados al padre o sustitutos (hermanos, tíos, etcétera). Esta posibilidad calma ambas ansiedades: por un lado, al sentirse poseedora de un falo no percibe la pérdida de la bisexualidad como algo que la expone a una angustia intolerable ligada al conflicto edípico (niega internamente la heterosexualidad aunque externamente la perciba). Y a la vez se identifica con la madre, pero en grado menos intenso ya que lo perentorio para ella es calmar la pérdida. Lo nuevo, sus deseos genitales, son perfectamente controlados por la identificación fálica; así evita la percepción interna de sus deseos edípicos pregenitales y genitales.

Siempre es más tolerable perder algo que no se tiene realmente (lo fálico) que lo que coincide con la propia identidad.

La bisexualidad detiene el enfrentamiento de la propia identidad con lo nuevo que se percibe. Veremos que a los 15 años se invierte la situación: lo fálico cede el lugar de privilegio a lo femenino. Esto tiene una importancia psicopatológica enorme, pues la existencia de una buena identificación infantil femenina (madre internalizada) debilita la identificación masculina (fálica o del padre internalizado), la cual adquiere una importancia transitoria que debería terminar su primacía a los 15 años.

El rasgo de carácter primordial de las mujeres púberes adquiere ahora un significado mas claro. Es como un objeto transicional percibido en forma narcisista (por medio del dominio sobre el varón y la indiferencia aparente) que permite controlar las dos ansiedades, de pérdida y persecutoria y esperar el

ansiado rol femenino, con que se enfrentará a los 15 años (1) al asumir el complejo edípico ahora postergado.

La importancia de lo cultural en esta emergencia es enorme, pues la exigencia de asumir la identidad sexual también está postergada en la mujer. Es sabido que en nuestra cultura los rituales de iniciación sexual en las mujeres recién suceden a los 15 años. Esta modalidad cultural también se expresa en la atribución de roles, normas y actitudes consolidando los rasgos fálico-narcisista s hasta los 15 años, cuando la formación del Yo y las normas sociales coincidirían en la necesidad de afrontar la heterosexualidad femenina.

De no coincidir surgirían conflictos donde ya los rasgos de carácter no servirían como defensas adecuadas, dando paso a los síntomas. En la pubertad« femenina el conflicto estaría dado entre la emergencia de los instintos, con sus fantasías concomitantes, y el Yo apoyado por la "presión cultural" (Superyó).

Se puede resolver a nivel de rasgo de carácter porque la ansiedad de pérdida -que es fundamental a esta edad- tiene, con la identificación masculina la posibilidad de expresión en un rasgo de carácter aprobado por la cultura. (2) El Ello lo aprobará transitoriamente si al mismo tiempo le ofrece la posibilidad de cierto grado de satisfacción sexual femenina. El rasgo de carácter narcisista lo permite con la satisfacción en la exhibición y seducción (modalidad de "atrapar"), expresión de la identificación femenina (madre deseada y admirada).

Por este motivo, la pubertad femenina es un período libre de las enfermedades típicas de la edad (expresión del conflicto edípico) y, cuando la enfermedad aparece, es de características más serias (preedípicas). (3)

Veamos qué pasa ahora con los rasgos de carácter en el varón y por qué con tanta frecuencia fracasan como sistema defensivo.

En la línea del planteo teórico anterior, diremos que la pérdida del púber varón es la de la feminidad (la madre) a la cual tiene que recuperar por identificación, como objeto ahora desexualizado (expresado en el carácter pasivo).

Pero simultáneamente descubre lo nuevo: su desarrollo físico y genital, así como también sus impulsos libidinosos genitales, que necesita posponer. Le ofrece a su Ello, por identificación, aspectos parciales de una imagen masculina (el padre interno) no asimilados al Yo, que le permitirían esperar, dado que la percepción de su cuerpo e impulsos le hacen prever que la masculinidad no es lo perdido con el crecimiento, sino lo nuevo peligroso que realmente puede perder.

Aquí también, como en las chicas, la identificación tiene un carácter defensivo, primando las defensas pasivo-femeninas, a las que no teme tanto perder dado que no coinciden con su identidad sexual real.

También el rasgo de carácter adquiere el valor de objeto transicional, involucrando lo perdido y lo esperado y manteniendo la bisexualidad como defensa ante la angustia de castración.

La pasividad es la expresión de esta identificación femenina que le permitiría tolerar transitoriamente la ansiedad de pérdida y la persecución, pues con ella no enfrenta la rivalidad edípica. El púber varón, con su carácter pasivo, se autocastra transitoriamente, esperando una mayor tolerancia a sus impulsos sexuales todavía teñidos de sadismo y perversión. Pero simultáneamente se identifica con "su novedad" (aspectos de la masculinidad en pleno desarrollo) para poder esperar. Esta identificación es más débil y necesita ser negada en parte, ser expresada caracterológicamente como rigidez y compulsiones (es una masculinidad no sintónica con el Yo, "como si").

La adquisición de los rasgos de carácter en el varón tiene el mismo sentido que en la mujer: por un lado expresarán la posibilidad de elaborar un duelo (fuerte identificación con el sexo perdido) adquiriendo características transitorias de los dos sexos, y por otro la paulatina aceptación de su identidad sexual (débil identificación con el propio sexo). Es claro aquí que ambas identificaciones (masculina y femenina) aparecen en su rasgo de carácter, pasivo-compulsivo (inhibiciones, irresponsabilidad, machismo, fanfarronería, formalismos, masturbación, etc.).

A diferencia de las mujeres, este rasgo no está fuertemente consolidado y está propenso a ceder paso a defensas más regresivas, tales como los síntomas. El motivo es doble: por un lado la presión social en contra de sus rasgos de carácter y por otro la externalización de sus genitales que le impiden toda negación al estar expuestos tanto a percepción y estimulación, como a castración.

A estas dos presiones, biológica y cultural, se agrega la modalidad masculina del Yo en expresar sus impulsos sexuales, que Erikson llama intrusiva. Lo que quiere decir es que la modalidad intrusiva es también la externalización de los deseos. Todo está afuera en el varón: sus genitales, el rol social que la cultura le asigna y su modalidad psicológica de expresar los impulsos (intrusión).

No es de extrañar entonces que la defensa contra la angustia de castración sea un rasgo de carácter que trate de mantener todo adentro y muy controlado (pasivo-compulsivo), así como tampoco que la fobia sea la neurosis predilecta de los varones púberes. Los rituales de iniciación sexual para los varones, expresados manifiestamente o no, se ubican en nuestra cultura a los 12 ó 13 años (día del aprendiz), presionándolo a que acepte rápidamente su identidad sexual masculina, poniéndose en contra de sus rasgos de carácter pasivo-femeninos. Debe ser por esto que los rasgos varoniles son tan reactivos (compulsivos) expresión de una impulsividad en conflicto. Todas estas presiones hacen a sus rasgos de carácter poco eficaces, pues no son admitidos como una transacción que el púber ofrece a la sociedad. Le es más difícil esperar, siendo sus identificaciones de espera poco eficaces para tantos requerimientos. Esta es nuestra razón para definir la pubertad como el período psicopatológico típico de los púberes varones, que caen con mucha mayor frecuencia que las mujeres en defensas sintomáticas (neurosis y psicosis).

Pasaremos ahora a explicar por qué esta relación psicopatológica se invierte a los 15 años.
La pubertad es un período que se podría llamar preadolescencia, ya que su finalidad es permitir a quienes la atraviesan un compás de espera antes de afrontar el conflicto edípico genital que marca el verdadero comienzo de la adolescencia (15 años).

Varias son las razones de este compás de espera, pero subrayaré dos en especial: primero, y como más importante, que durante la pubertad los impulsos son de características polimorfo-perversas, dando al conflicto edípico la característica de pregenital; en segundo lugar, la necesidad de restaurar lo antes posible la identidad del Yo y sus funciones en crisis, especialmente la capacidad sintética y de pensamiento en la forma adulta ("pensamiento lógico-formal", Piaget) que le permitirá elaborar sus conflictos en niveles más simbólicos.

A los 15 años la modalidad femenina receptiva más aceptada posibilita mejor el interjuego entre la atracción femenina y la conquista masculina, enfrentando así la rivalidad edípica.

De más está decir que las chicas durante su pubertad fueron afianzando sus identificaciones femeninas y debilitando las fálicas, lo que las ha ido haciendo más receptivas.

Por otra parte, la presión social que apoyaba la moratoria en las mujeres con respecto a la aceptación de la identidad sexual ha cesado, lo que les crea una situación difícil al tener que enfrentar abiertamente el conflicto edípico genital. Esto explica por qué este período, 15 a 18 años, es el período psicopatológico por excelencia en las mujeres.

A esta edad no son tan necesarios los rasgos de carácter defensivos típicos de la pubertad simplemente porque a los 15 años las púberes ya están preparadas para afrontar intelectual y sexual- mente su rol, por tener la identidad más afianzada.

El rasgo de carácter se reemplaza en ambos sexos por la "barra", que interviene como un objeto transicional. La barra es el último baluarte de la bisexualidad, o sea, la última posibilidad de sentir los impulsos sexuales individuales todavía confundidos con los del otro sexo, no formando ya parte de sí como en el carácter, sino como miembro del grupo. Esto sucede por el fenómeno de identificación proyectiva, en el que chicas y varones viven inconscientemente corno propio el sexo opuesto. La barra se vive como una unidad por el monto de identificación proyectiva: cada uno vive al otro como parte de sí y al mismo tiempo como distinto.

En la pubertad esta identificación proyectiva se había hecho en el rasgo de carácter que expresaba el otro sexo; la barra lo suplanta a esta edad. Se trata de un grado mayor de individuación y

socialización que permite al mismo tiempo un segundo compás de espera para que la identidad se vaya consolidando y para permitir la adaptación social mediante la intimidad de la pareja. Además de permitir una paulatina individuación y adaptación sexual, la barra también permite un paulatino aprendizaje del pensamiento adulto.

La adaptación a la barra es un intento gradual de adaptación social, pues podemos considerarla como un objeto transicional (Winnicott) en el sentido de que contiene elementos infantiles (bisexualidad, familiaridad, sometimiento, códigos infantiles, roles y juegos infantiles, etcétera) y del mundo adulto (heterosexualidad, código convencional, normas colectivas, autonomía, etcétera), que poco a poco se van integrando con ciertas posibilidades de control de los impulsos y asunción paulatina de roles que van alejando de la familia.

Los varones llegan mejor preparados para adaptarse socialmente, dado que sus rasgos de carácter no han sido tan defensivos como los de las mujeres. También al llegar a los 15 años pierden definitivamente la feminidad a nivel individual, siendo reemplazada por la identificación en la barra con las chicas.

Todos, varones y mujeres, a los 15 años se sienten más identificados con su propio sexo, pero todavía tienen que aprender a instrumentarlo y aceptar la bisexualidad real como un elemento enriquecedor que no requiere ser proyectado afuera, en la barra o en los rasgos de carácter. En la pubertad, la bisexualidad fantaseada servía para graduar la ansiedad surgida por la heterosexualidad (conflicto edípico), pero a los 15 años su abandono pone al descubierto ansiedades vinculadas con la homosexualidad latente.

Es bastante conocido que las parejas con fuertes rasgos simbióticos controlan en el otro sexo la intolerancia a la propia bisexualidad. La pérdida del otro como depositario de sus impulsos homosexuales (el otro es una parte de sí) origina un aumento de ansiedad homosexual. La reintroyección de estos aspectos homosexuales surge cuando se rompen las estructuras caracterológicas, las barras o las parejas precoces que vemos en los adolescentes. De la fuerza de la identidad sexual del Yo, depende que la aceptación de la bisexualidad no se transforme en homosexualidad.

Esta aceptación de la bisexualidad real es la base para la futura aceptación de la pareja en términos de unión objetal en vez de unión narcisística. De todos modos, hay un período de carácter narcisista en la relación de pareja que se extiende hasta la adultez joven.
Podemos terminar estos comentarios sobre los rasgos de carácter y la barra como objetos transicionales bisexuales agregando que la psicopatología depende directamente de la falla de estas dos defensas normales para elaborar el duelo básico de la adolescencia: la pérdida de la bisexualidad fantaseada y la aceptación de la bisexualidad real. Rotas estas defensas y aceptada la bisexualidad real surge con toda claridad el conflicto edípico, que de pregenital pasa a plantearse en términos de genitalidad adulta a los 15 años.




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