Unidad V trastornos en Etapa Puberal: Síndrome Puberal Fallas identificatorias Relación de objeto y desviaciones Ruptura y actuaciones Dolto, F



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Vínculo madre-hija
Había expresado, siguiendo a Freud, que la acumulación de tensión por insatisfacción del instinto sexual engendra angustia y que éste es uno de los factores etiológicos del síndrome de la niña púber. Pero a esto debemos agregar otro enfoque que es vincular y que pone el acento en la relación de la niña con la madre. La angustia es también la manifestación clínica de su ambivalente vínculo. De por sí, incluir el elemento sexual en el propio esquema corporal y en las relaciones con los demás, constituye un serio problema. Mucho más serio aun es incluirlo en la relación con los propios padres. Específicamente, en relación con la madre, el temor es a inferirle algún serio daño simultáneo con su desarrollo puberal.
Al respecto Freud dice claramente en su artículo "La feminidad" (1932), lo siguiente (18):
... en el curso del tiempo, la muchacha debe cambiar de zona erógena y de objeto, mientras que el niño conserva los suyos. Surge entonces la interrogación de cómo se desarrollan tales cambios y particularmente de cómo pasa la niña de la vinculación a la madre a la vinculación al padre o, dicho de otro modo, cómo pasa de su fase masculina a la fase femenina que biológicamente le está determinada... Orientaremos ahora nuestro interés hacia la disolución de esta poderosa vinculación de la niña a su madre. Sabemos de antemano que su destino es perecer, dejando el puesto a la vinculación al padre... El apartamiento de la madre se desarrolla bajo el signo de la hostilidad; la vinculación a la madre se resuelve en odio el cual puede hacerse muy evidente y perdurar a través de toda la vida o puede ser luego cuidadosamente supercompensado, siendo lo más corriente que una parte de él sea dominada, perdurando la otra. Estas variantes dependen en gran medida .de lo que sucede en años posteriores. Pero aquí nos limitaremos a estudiarlo en el período de viraje hacia el padre, investigando sus motivaciones... De los reproches que la sujeto dirige a su madre, el que más se remonta es el de haberla criado poco tiempo a sus pechos... Parece más bien que el ansia de la niña por su primer alimento es inagotable y que el dolor que le causa la pérdida del seno materno no se apacigua jamás.
Interrumpo aquí esta cita para llamar la atención acerca de la importancia de este párrafo para comprender la etiología de la obesidad y de la anorexia nerviosa. En ambos cuadros, la niña se mantiene fijada, por carencia, básica o por excesiva gratificación, al pecho materno del cual no puede cesar de ingerir (obesidad) o no quiere recibir nada en absoluto por el intenso odio persistente (anorexia). En ambos casos no se ha aceptado la pérdida del pecho y no se tolera ni elabora pacíficamente tal etapa.
Continuando la cita de Freud:

Otra acusación contra la madre surge al hacer su aparición en la nurserí un nuevo bebé. Cuando las circunstancias lo hacen posible, la niña relaciona tal suceso con la privación del seno materno. La madre no quiso o no pudo seguir dándole el pecho porque necesitaba amamantar al nuevo infante... Pero no es sólo la privación del seno materno... Se siente destronada, despojada, perjudicada en su derecho... desarrolla... rencor contra la madre infiel...
Se torna "mala", excitable, desobediente y abandona los progresos realizados... Los deseos sexuales infantiles, distintos en cada fase de la libido, y que, en su mayor parte no pueden ser satisfechos, constituyen una copiosa fuente de hostilidad contra la madre. La más intensa de estas privaciones aparece en la época fálica, cuando la madre prohíbe a su retoño ... el placentero jugueteo con sus órganos genitales, al cual ella misma hubo de inducirle antes, al descubrirle, en sus cuidados de higiene corporal, la cualidad erógena de dichos órganos ... Pensaríamos, incluso, que esta primera relación amorosa de la niña está destinada al fracaso, precisamente por ser la primera, pues estas precoces cargas de objeto son siempre ambivalentes en muy alto grado; junto al amor intenso existe una intensa tendencia a la agresión, y cuando más apasionadamente ama el niño a su objeto, más sensible se hace a las decepciones y privaciones que el mismo le inflige.
En "La disposición a la neurosis obsesiva" (1913), Freud agrega:

...nos inclinaremos a considerar como típica en la naturaleza humana cierta medida de tal anticipación de la evolución del Yo y a encontrar basada la facultad de la génesis de la moral en el hecho de que, después de la evolución, es el odio el precursor del amor. Quizá es éste el sentido de una frase de W. Steckel, que me pareció en un principio incomprensible, y en la que se afirma que el sentimiento primario entre los hombres es el odio y no el amor.

Pero, como dice Freud, todos estos factores (destete, nacimiento de un hermanito, decepción amorosa, celos, seducción seguida de prohibición y ambivalencia en la relación objetal) no bastan para alejar a la niña de la madre pues no apartan al varón respecto de ella. Hace falta algo más: “... nos sorprendió descubrir, por medio del análisis, que la niña hace responsable a la madre de su carencia de pene y no le perdona tal desventaja”.
Por todas estas razones (y la principal es la herida narcisística) vemos teóricamente fundamentada la inexorabilidad de la disolución del vínculo que originariamente la niña ha establecido con la madre.

Además, Freud dice que todo amor temprano o primitivo es altamente ambivalente y, por lo tanto, el amor incondicional lleva en sí el germen del odio. (18)

Creo importante señalar que esta situación resulta muchas veces desplazada por la jovencita hacia su primer novio "en serio”, como lo he señalado en otra parte de este trabajo. En mi práctica clínica he hallado que resulta contraproducente combatir estos amores incondicionales. Cuanto más se oponen los padres más los refuerzan, paradójicamente. En realidad, ello sucede porque la joven (o el varón) necesita convencerse de que no está obedeciendo al deseo de los padres como una niña sumisa, sino que es su propio deseo. Ello provoca enfrentamientos con los padres, pero es una dura prueba de realidad que necesita para saber que ha crecido.

Agregaría aquí una observación más: para completar la perspectiva freudiana debemos recordar los aportes de la teoría vincular y de la comunicación familiar para comprender que este proceso puede trabarse no sólo por dificultades de la niña, sino por las de la madre o el grupo familiar.
Si la niña percibe que la madre no podrá soportar el momento en que ella se torne "mala, excitable, desobediente", al decir de Freud, resultará detenida en este punto del desarrollo a menos que el padre sea buen sostén de la madre y la ayude a pasar esta etapa con cariño y apoyo.


Este planteo es retornado por la teoría de M. Klein quien, mujer al fin, se ha internado más a fondo que Freud en los intrincados vericuetos de la identidad femenina. Ella plantea que en su desarrollo psicosexual la niña comienza con un período homosexual de fijación al pecho materno hasta que, buscando otro objeto libre de toda carga de agresividad proyectada por frustración, busca el pene paterno. Cambia primero de zona y luego de modelo de gratificación, entrando ya en el período edípico positivo temprano, simiente del descrito por Freud alrededor de los cuatro años. Pero, como dice M. Klein (10), la niña no abandonará el pecho materno en buenos términos sino saturada de odio y resentimiento porque se ha negado a darle todas las satisfacciones que ella esperaba. Es así que tales expectativas se dirigen ahora al papá. El miedo a la retaliación subsiste, y adopta la conformación similar al daño ocasionado en la fantasía: su mamá no le dio un bebé, ni el pene de papá que guarda en su interior tan celosamente. Ella atacó su vientre para robárselos Y. arruinar todo eso que mamá no le ha querido dar. Ahora mamá se vengará privándola de la posibilidad de obtener un buen pene y de tener bebés.

En el momento de la pubertad, este drama edípico femenino cobra nuevamente vigencia. La señal de que el drama se ha desencadenado, estaría dada por la sintomatología que he descrito al comienzo del trabajo. Desde la perspectiva kleiniana dicha sintomatología sería comprendida como prueba de la ambivalencia hacia la madre, reactivada.
Con respecto al desarrollo puberal normal, dice M. Klein (11):


Los efectos psicológicos de la menstruación son responsables, en parte, del hecho de que a esta edad las dificultades neuróticas de la niña aumenten muchísimo. Aun si es normal, la menstruación resucita sus viejas situaciones de ansiedad, aunque desde que su Yo y sus métodos de dominar su ansiedad han sido adecuadamente desarrollados, puede modificarla mejor que en su temprana infancia.
Ordinariamente también obtiene una fuerte satisfacción de la aparición de la menstruación. Siempre que su posición femenina haya sido bien establecida durante la primera expansión de su vida sexual, considerará la menstruación como una prueba de ser sexual mente madura y mujer y

como un signo de que puede tener mayor confianza en la esperanza de recibir gratificación sexual y de tener hijos (págs. 347 y sigs.).
Otro aspecto de la teoría kleiniana es el que pone el énfasis en las ansiedades de separación y en los modelos de duelo que surgen para elaboradas.
En la pubertad se reactiva el modelo de duelo con que la niña se alejó de su madre durante las fases previas.
La pubertad es un de momento de duelo
La pubertad es fundamentalmente un momento pérdidas, sufrimiento y duelo.

Como ya lo señalé antes, la menarca no es recibida con alegría solamente. Más bien es con lágrimas y pesar o al menos, con marcada ambivalencia. Y cómo podría ser de otro modo si ella es una prueba de realidad de que:



  • ha perdido el cuerpo de la infancia; 


  • también a los padres de la infancia; 


  • finalmente, ha perdido la fantasía omnipotente de la bisexualidad. 


Tres pérdidas o tres heridas narcisísticas dolorosas, según el enfoque que se prefiera.
Esto explica sobradamente por qué afirmo que la pubertad es, antes que nada, un momento de duelo. "Lloré de alegría”, dijo una joven recordando ese momento. La alegría puede ser la reacción maníaca que acompaña intrínsecamente al duelo por la infancia perdida, aunque también debemos considerada en muchos casos tan auténtica como el dolor y una ayuda para soportado. Pero denota tan sólo el aspecto ligado al crecimiento y el progreso que implica la pubertad, cuya trascendencia aún no es convincente en este primerísimo momento puberal.
Tanto la niña como el varón púber, ambos atraviesan el drama de desprenderse de la madre preedípica que es fálica, potente, fecunda y también dominante, posesiva y tiránica. (En la lámina IX del Psicodiagnóstico de Rorschach suele aparecer alguna respuesta con este simbolismo.) Pero el precio que habrá que pagar por esta liberación es que, al mismo tiempo, perderá a la madre nutricia, es decir a la fuente externa de protección y suministro. La simbiosis con sus dos facetas deberá cortarse en este momento para siempre y éste es el drama puberal que, al mismo tiempo, es un renacimiento.
"Ahora ya eres igual a mamá", dijo una señora a su hija, desatando un llanto inconsolable en la niña a quien había creído hacer un elogio. En realidad ella no es aún igual a su mamá ni tampoco es ya una niña. Su llanto tiene que ver con esta especie de despersonalización, de crisis de identidad, y tan sólo el cariñoso abrazo materno calma su angustia tal como ocurrió en los primeros días de vida. El concepto kleiniano de posición esquizo-paranoide y depresiva debe ser también tomado en cuenta porque los cambios corporales, las modificaciones del mundo interno y de las modalidades vinculares hacen recrudecer ansiedades confusionales y paranoides, que explican tanto las fobias (si el instinto peligroso se proyecta al mundo externo), como los síntomas hipocondríacos (si se lo deposita en el propio cuerpo). Esto forma parte del proceso normal, y lo ideal es que se pueda llegar a una integración depresiva, a descubrir el aspecto positivo de tales cambios y sacar provecho de la nueva modalidad vincular con los padres. Entonces sí podríamos estar seguros de que la niña ha comenzado a disfrutar de su crecimiento y que ha atravesado exitosamente el período puberal. 



Helene Deutsch (4) expresa: 

El psicoanálisis es por excelencia una teoría evolutiva, ya hasta cuando habla de "brotes" en el proceso del desarrollo se refiere a intensificaciones más o menos revolucionarias de los procesos evolutivos. Así, cuando consideramos la pubertad como una revolución psicológica, nos damos perfecta cuenta de que es únicamente un brote hacia adelante desde fases evolutivas previas. Es corriente en la jerga psicoanalítica definir la pubertad como "una nueva edición del periodo infantil". Pero hemos prestado suficiente atención a la actividad preparatoria de la que depende completamente la pubertad, la forma prerrevolucionaria, por así decir, que domina la psique durante el período que precede inmediatamente a la pubertad, es decir, en la prepubertad (...) Defino la prepubertad como esa última fase del período de latencia en la que, aunque pueden descubrirse ciertos precursores de los futuros impulsos sexuales, su característica es la de estar desligada, en su grado máximo, de la sexualidad infantil. Es una fase en la que los instintos sexuales están en su grado más débil, mientras el desarrollo del yo es más intenso. Esta definición no está de acuerdo con la emitida por otros autores, quienes piensan que la prepubertad se caracteriza por las necesidades sexuales intensificadas que marcan el comienzo de la pubertad. Para los fines de mi exposición parece preferible considerar este ascenso de la sexualidad como perteneciente a la siguiente fase de la pubertad... En esta fase la psique humana es un gobernante sabio que forma sus armas antes de que el agresor aparezca (...) Creo que podemos limitar la prepubertad entre los 10 y 13 años, no olvidando el hecho de que sus manifestaciones se continúan y. de igual modo corno ocurre con la pubertad misma, pueden incluso persistir hasta la edad del climaterio. Todos nosotros llevamos hasta avanzada edad nuestro infantilismo, nuestra prepubertad y nuestra pubertad, aunque en variados grados (...) la aparición de la menstruación puede constituir la línea límite entre la prepubertad y la pubertad. Pero nuestra observación parece demostrar que, aunque la menstruación es la clave para la pugna de la pubertad y tiene gran significación en la psicología de la muchacha, no podemos trazar un paralelo absoluto entre acontecimientos físicos y psicológicos. Se encuentran muchachas que menstrúan antes de alcanzar la pubertad psicológica y otras que penetran en la pubertad psicológica antes de que aparezcan los signos físicos correspondientes.
Coincido en algunos puntos con esta autora y valoro altamente sus conceptos sobre todo tomando en cuenta que sus trabajos datan de 1925 a 1949, aproximadamente. Comparto el concepto de pubertad psicológica paralela a los cambios físicos y fisiológicos concomitantes. También coincido en señalar un período previo (prepubertad para H. Deutsch) hacia el final de la latencia, aunque las edades cronológicas deban ser modificadas para adaptadas a nuestra época. Lo que ella describe como prepubertad ocurre en nuestras niñas entre los 8 y 10 años aproximadamente. Las características que ella señala son: un brote de actividad intensificada (la niña parece varonil); aflojamiento de los lazos afectivos de la infancia (es decir que disminuye la dependencia emocional previamente a la pubertad que es cuando más se intensifica); aumento del sentido de responsabilidad e independencia; renuncia a la vida fantástica infantil (prefieren los juegos estrictamente reglados); y una "vuelta hacia la realidad". Estas características corresponden a lo que, al menos en nuestro medio, hallamos en la última etapa de la latencia y que serían como una especie de pródromo que anuncia su culminación. En ciertos casos la niña permanece fijada indefinidamente en este momento y sin llegar a ser estructuralmente una homosexual, se le parece mucho. Sólo si la niña ha recibido de la madre un modelo femenino saludable, aceptará mejor la pérdida del aspecto masculino de su bisexualidad y el sufrimiento que conlleva, como precio para acceder a la posición femenina receptiva y genital.
Una niña me respondió una vez en oportunidad de administrarle el Cuestionario desiderativo, que ella desearía ser un príncipe antes que nada. Le pregunté el porqué de su elección y me respondió: "Porque a las princesas siempre las duermen y les pasa de todo como en los cuentos de la Bella Durmiente o Blancanieves, ¿viste? Después llega el príncipe y las salva. Por eso prefiero ser el príncipe". En este ejemplo es muy claro que no se trata de una elección homosexual auténtica sino secundariamente como efecto del deseo de recuperar autoestima y valores narcisísticos que ella piensa que pierde si adopta la femineidad.
Volviendo a H. Deutsch, recordemos que ella señala acertadamente que la relación de la hija con su madre es extraordinariamente ambivalente y por eso se desplaza muchas veces la tremenda idealización concomitante hacia alguna figura del entorno (maestra, por ejemplo) pero yo considero que ésta es una pauta de, que ha comenzado la pubertad psicológica. Continúa diciendo H. Deutsch:

"En la prepubertad de las muchachas la adhesión a la madre representa mayor peligro que la adhesión al padre. La madre es un gran obstáculo para el deseo de la muchacha de desarrollarse y sabemos que el estado de 'infantilismo psíquico' que se encuentra en muchas mujeres adultas es el resultado de una adhesión no resuelta a la madre durante la prepubertad”.

Aunque considero que los rasgos de personalidad que esta autora describe incluyen características de distintos períodos evolutivos, al menos tal como podemos observados hoy en día, deseo señalar la importancia y vigencia de dos conceptos vertidos en los párrafos anteriores: la relación de la niña hacia su madre es tremendamente ambivalente y la adhesión a ella representa un peligro mayor que la adhesión al padre. Esto último podríamos considerarlo como un principio válido para todo el desarrollo femenino en general y no tan sólo para la prepubertad. Dice Deutsch:



La lucha por la independencia en este período nos recuerda notablemente el proceso que tiene lugar aproximadamente entre los dieciocho meses y los tres años de edad, en el curso de lo que llamamos fase preedípica de la infancia. Para dar sus primeros pasos en el mundo exterior, el niño pequeño, después de estar en una total dependencia, debe también desprenderse de su madre, que le transporta y alimenta... Muy semejante es la conducta de la muchacha en la prepubertad; llena de odio y de rabia desea alejarse de la influencia de la madre, aunque al mismo tiempo refleja frecuentemente una necesidad angustiosa e intensificada de permanecer bajo la protección maternal.

Por mí parte, pienso que cuando la niña vive esta problemática está ya en plena etapa puberal. Para Deustch es prepuberal y la define como homosexual dado que el objeto amado es del mismo sexo. En cambio reserva para la pubertad la problemática heterosexual o triangular. En la prepubertad el conflicto central es, según ella, la separación de alguna figura femenina re- presentante de la madre. Comparto totalmente esta idea pero insisto en afirmar que esto ya constituye una primera etapa puberal que nada tiene en común con la latencia.


Primera etapa puberal
H. Deutsch en su obra cita a otro autor importante por su aporte a este tema específico, Peter Blos. (1) Este autor aclara que emplea el término "pubertad" para calificar las manifestaciones físicas de la maduración sexual y en cambio, el de "adolescencia", para calificar los procesos psicológicos de adaptación a las condiciones de la pubertad. En esto parece seguir una línea clásica de pensamiento. Pero cuando dice “... estos hallazgos (cambios observables en los niños)... sí demuestran la forma en que la maduración sexual inicia y produce cambios en la vida mental del púber" (pág. 16), me ofrece la oportunidad de plantear mi posición: la pubertad implica cambios corporales, mentales y conductuales por lo que debe ser encarada como una unidad psicofísica y no disociada drásticamente. Blos mismo expresa: “... el proceso de la pubertad afecta el desarrollo de sus intereses, su conducta social y la cualidad de su vida afectiva... “(pág. 20), aunque prefiere reservar el término "preadolescencia" para designar los cambios psicosociológicos.

Al margen de las coincidencias o discrepancias termino lógicas, Blos tiene el mérito de haber descrito detalladamente las peripecias de esta etapa del desarrollo femenino dentro del contexto general de su hipótesis de trabajo: el conflicto edípico no se resuelve definitivamente en la llamada fase edípica; continúa desarrollándose a lo largo de toda la vida. Sus trabajos dan prueba de su excelente calidad como clínico de adolescentes y teórico brillante, capaz de desmenuzar el desarrollo edípico femenino poslatencia con magistral lucidez.

Especial atención debemos dedicar también a las ideas de Marie Bonaparte (2), discípula de Freud y profunda conocedora de la sexualidad femenina.

Función erótica y función reproductora
En su obra discrimina la función reproductora femenina y la función erótica. Ambas no se implican recíprocamente. Frigidez y esterilidad no se suponen mutuamente. M. Bonaparte se propone y logra describir el largo camino que debe recorrer la niña para acceder a una función erótica normal y los múltiples obstáculos que puede hallar.

El erotismo de la mujer, al igual que la psicosexualidad humana, se edifica efectivamente sobre tres amplios estratos: constitución, restos edípicos, formación prepuberal o adulta (pág. 134).
Plantea la evolución psicosexual partiendo de los primeros cuidados maternos que resultan en excitaciones activas de zonas erógenas pasivas (orales, anales y genitales). Así, en la niña habría un registro primitivo de un erotismo pasivo masoquista cloacal y clitorídico hacia la madre como objeto amado. De allí pasa a una actitud clitorídica, es decir masculina activa sádica, hacía la madre. Esto mismo después se transfiere al padre para pasar luego al renacimiento de las pulsiones pasivas cloacales que suministran el prototipo de lo que más tarde será el coito. Dice:



Cuando la niña recibe ternura, amor, aunque de fin inhibido, consiente mucho más fácilmente en adoptar la actitud psicosexual que la naturaleza y el hombre exigen de la mujer, con todos los riesgos narcisísticos y vitales que esta actitud implica (pág. 142).
Destaca así la necesidad de recibir cariño del padre como factor decisivo en el desarrollo normal. Esto contribuye a lo que ella llama el "abrir" psicológicamente la vagina durante el complejo de Edipo pasivo. Si todo este proceso se desarrolla felizmente, la niña acepta la larga espera de la latencia, cual una Bella Durmiente a la espera del Príncipe que la despertará. La pubertad sería el momento de comenzar a despertar. La desfloración será un hecho real que abrirá, ahora sí, la vagina, como un área que hasta ahora ha guardado celosamente su secreto. La iniciación de su vida sexual develará el misterio de cuál de los elementos de las series complementarias ha sido de mayor peso; cuánto y cómo han incidido episodios infantiles tales como juegos sexuales, seducciones, etc. Se sabrá cuál ha sido el destino final de las fantasías infantiles y de las pulsiones que las promueven.

Siguiendo a Freud esta autora enumera cuatro destinos para las pulsiones masoquistas:

1) sucumben a la represión exitosa, se las olvida completamente; las pulsiones se reprimen también y desde el inconsciente perturban más o menos la personalidad según que la represión haya sido más o menos exitosa;

2) la pulsión instintiva parcial (masoquismo) se conserva consciente junto con la representación y se configura una perversión (flagelamiento, por ejemplo) que se aísla y tiene primacía sobre lo genital;

3) la fantasía inofensiva se conserva en el inconsciente y la pulsión se ha separado de ella y sublimado;

4) la pulsión se ha transformado en su contrario (sadismo activo).


Apoyada en estos conceptos y en las características de la constelación edípica lograda, Bonaparte describe varios tipos de mujeres.


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