Unidad 10: la personalidad



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UNIDAD 4: LA identidad personal y social
Nuestra identidad personal posee una dimensión individual y una dimensión social o cultural. Tal como hemos visto en la unidad anterior, a través del proceso de socialización interiorizamos los rasgos de nuestra cultura y desarrollamos una personalidad acorde con la misma que nos permita vivir en sociedad de forma integrada y productiva. Ahora bien, si como personas socializadas en la misma cultura tenemos una personalidad social muy similar (la globalización cultural hace que aún seamos más parecidos) también es cierto que cada persona es única y diferen­ciada de las otras. Así que individuación y socialización actúan de forma paralela en el desarrollo de nuestra identidad.
1. LA PERSONALIDAD
1.1. Definición
La personalidad puede definirse como el modo característico y habitual en que cada persona piensa, siente y se comporta. Con frecuencia, la personalidad se confunde con otros términos: el temperamento y el carácter. Aunque usamos estas palabras como sinónimos en el lenguaje cotidiano, los psicólogos los utilizan con un significado diferente y preciso:

El temperamento está formado por los rasgos biológicos, congénitos e innatos desde los cuales comenzará a formarse la personalidad. Al tratarse de rasgos genéticos, el temperamento es difícil de cambiar.

El carácter está formado por aquellos rasgos que vamos adquiriendo a lo largo de la vida en interacción con lo social, se forma desde la infancia y permanece siempre permeable a los influjos externos.

La personalidad es la conjunción del temperamento y el carácter en una única estructura organizada de forma dinámica y formada por un conjunto de rasgos cognitivos, afectivos y conductuales que expresa­mos en todo lo que pensamos, sentimos y hacemos pues determinan la conducta y el pensamiento característico de cada individuo. Esos rasgos persisten durante largos periodos de tiempo y son resis­tentes a la extinción.


1.2. Características de la personalidad


  • La personalidad no es una entidad física, como si fuera una parte anatómica del organismo. Es un constructo psicológico necesario para comprender y explicar las conductas humanas.

  • Comprende la conducta manifiesta característica de una persona, así como la no manifiesta, pensamientos y sentimientos, que definen su estilo personal de interactuar con el ambiente físico y social.

  • Se produce por la interacción de la herencia genética y el ambiente del individuo, por el aprendizaje social y las experiencias personales.

  • Se desarrolla y cambia a lo largo de la vida. Algunos periodos de la vida, como la pubertad y la menopausia, son muy sensibles a estos cambios, porque se producen fuertes transformaciones fisiológicas y psicológicas.


2. Teorías de la personalidad

Las teorías de la personalidad intentan responder a preguntas como: qué características definen a las personas y cómo se organizan esas características, porqué cada persona se comporta de forma diferente en una situación, cómo evoluciona la personalidad, cuáles son las causas de la conducta anómala y de la personalidad patológica, cómo interactúan los factores genéticos y ambientales…etc.

Entre la gran diversidad de teorías sobre la personalidad estudiaremos las siguientes:


  • La teoría psicoanalítica de Sigmund Freud (1856-1939)

  • Teoría de los rasgos y los tipos de Hans J. Eysenck (1916- )


2.1. El psicoanálisis de S. Freud
El psicoanálisis es una teoría psicológica sobre el desarrollo y la estructura de la personalidad así como una psicoterapia diseñada para el tratamiento clínico de la neurosis a tra­vés de la interpretación de los sueños, la asociación libre de ideas, la interpretación de los actos fallidos y la función de la transferencia de las emociones ocultas al psicoanalista. Creada por Sigmund Freud (1856-1939), ha ejercido una notable influencia sobre la concepción del ser humano que tenemos en la actualidad.

En efecto, hasta la segunda mitad del siglo XIX la concepción del ser humano predominante en Europa era de carácter racionalista, esencialista y fijista. Esta concepción procede de la filosofía griega clásica (siglo IV a. C.), tiene su continuación en la teología cristiana medieval (siglos I a XIV) y alcanza su punto culminante en la época Moderna con el pensamiento de filósofos como Descartes (siglo XVII) y con la Ilustración (siglo XVIII). Se trata de una antropología racionalista porque considera al ser humano un ser capaz de ejercer un control consciente, voluntario y racional sobre su conducta y su entorno físico y social.

Pues bien, del mismo modo que el evolucionismo de Charles Darwin (1809-1882) acabó con la concepción fijista del ser humano y el materialismo histórico de Karl Marx (1818-1883) acabó con la imagen esencialista (para Marx el ser humano no tiene una naturaleza fija e inmutable sino que es un producto del conjunto de las relaciones económicas y sociales que contrae en un período determinado de la historia), Freud acabó con presupuesto racionalista al establecer que la estructura de la mente humana tiene una parte racional, consciente y controlable, y una parte irracional, inconsciente e incontrolable.

Algunos de los postulados básicos del psicoanálisis sobre la personalidad son:




  • Existen en la mente procesos inconscientes muy profundos cuya existencia el sujeto ignora por completo, pero que son muy activos en nuestra vida. Podemos decir que la personalidad es como un iceberg, con una pequeña parte visible sobre de la superficie. La parte que sobresale es el consciente, y la sumergida, el inconsciente. El inconsciente es dinámico y ejerce presiones e influencias sobre lo que una persona piensa, siente y hace, por tanto, en gran medida, nuestra conducta escapa a nuestro control consciente, racional y voluntario.

  • El ser humano está movido por la interacción de fuerzas pulsionales e instintivas.

  • La infancia es un periodo muy significativo en el desarrollo de la personalidad. Freud estableció varias etapas del desarrollo psicosexual: oral, anal, fálica y genital, en las que diferentes zonas erógenas son la fuente de satisfacción de las pulsiones, por tanto, de placer y construcción de la personalidad.

  • La personalidad se organiza en tres estructuras: Ello, Yo y Superyo

  • La terapia se basa en la asociación libre, que supone dejar que el paciente exprese lo primero que acuda a su mente y así pueda recuperar y liberarse de recuerdos y experiencias dolorosas, originadas en la infancia. Si expone el drama de su propia vida, el paciente puede terminar por liberarse de la neurosis.

Las pulsiones o instintos fundamentales que mueven al ser humano son de dos tipos:




  • Pulsiones de vida o Eros: incluye dos pulsiones fundamentales, la auto-conservación del yo y la sexualidad. La pulsión de autoconservación está relacionada con las necesidades fisiológicas básicas como el hambre o la sed. Las pulsiones sexuales, a cuya energía se le denomina libido, están dispersas en distintos órganos corporales, y durante la adolescencia se unificarán en la genitalidad. Ambas determinan los comportamientos que tienden a unir lo que está disperso y armonizar aquello que es diferente. Son impulsos de amor y sexuales que inducen a los humanos a buscar la compañía, el reconocimiento y la comprensión de los demás.

  • Pulsión de muerte o Thanatos: Son los impulsos de agresividad y destrucción que enfrentan a los humanos contra sí mismos y contra los demás. Determina los comportamientos que tienden a separar y disgregar lo que está unido.

Los estratos de la personalidad son: Ello, Yo y Superyo. Son tres estructuras psíquicas conflictivas entre sí, que determinan toda la vida psicológica y que no son entidades separadas con límites definidos.




  • El Ello es la parte inconsciente de la personalidad. Es también la parte más primitiva de la mente humana y consiste en la energía psí­quica formada por las pulsiones y tendencias instintivas (supervivencia, reproduc­ción, agresión…). Se rige por el principio del placer: la tendencia humana a conseguir placer y evitar el dolor, reducir tensiones y sufrimiento. Su función es, por tanto, la satisfacción inmediata e irrenunciable de las pulsiones instintivas pues es esa satisfacción la que proporciona placer y es su no satisfacción la que provoca tensión y sufrimiento. Los seres humanos ya no podemos concebirnos como seres racionales, sino como criatu­ras sexuales y agresivas, impulsadas por nuestras emociones irracionales y por nuestros deseos inconscientes de placer. El Ello está compuesto también de experiencias desagradables y peligrosas que han sido reprimidas, que rara vez acceden a la conciencia y cuando lo hacen es de forma encubierta o simbólica, por ejemplo en los sueños o en los actos fallidos. Esto se debe a que la censura, un mecanismo de defensa del yo, se relaja durante el sueño. Por eso, el psicoanálisis concede gran importancia a la interpretación de los sueños.

  • El Yo es la parte consciente, racional y realista de la personalidad. Se refiere a los procesos mentales que el sujeto controla, lo que percibimos, aprendemos, recordamos, opinamos, decidimos de modo consciente. Se rige por el principio de realidad. Su función es adaptar al individuo a la sociedad y al entorno físico en el que vive, preservarlo del fracaso, canalizar las tendencias instintivas y transformar la energía de los instintos en conductas aceptadas y socialmente útiles. El principio de realidad indica que el Yo, que trata de adaptarse al ambiente, regula los impulsos sexuales y agresivos en función de la cultura. El orden social se desarrolla, justamente, a partir de las restricciones impuestas a nuestras dos fuerzas rectoras: el sexo y la agresividad. Del yo forman parte los mecanismos de defensa que son inconscientes.

  • El Superyo es la estructura que da lugar a nuestra conciencia moral y a nuestro ideal de yo. Es la parte normativa de la personalidad y se rige por el principio de perfección. Se refiere a los aspectos obligatorios de la cultura que el sujeto interioriza a través del proceso de socialización. Este aprendizaje social comienza en el seno de la propia familia donde la necesidad de afecto y reconocimiento y el miedo al castigo obligan al niño y a la niña a aceptar las normas paternas y sociales, en contra de sus íntimos deseos. Las normas interiorizadas conforman la conciencia moral. El objetivo del Superyo es presionar al Yo, señalarle cómo debe comportarse para mantenerse dentro de las normas establecidas por la sociedad, suscitando sentimientos de culpa si no cumple sus exigencias, e inhibir las pulsiones agresivas y sexuales del Ello.


2.2. Teoría de los rasgos y los tipos de Hans J. Eysenck
Un rasgo representa una forma específica de comportamiento; así, podemos describir a una per­sona como ordenada, simpática, tímida, atrevida…En general, los psicólogos consideran los rasgos de personalidad como características dura­deras de una persona, que se infieren a partir del comportamiento observado.

Un conjunto de rasgos constituye un tipo de personalidad. Los tipos son modelos de comportamiento, que no existen en realidad, pero cada per­sona puede incluirse dentro de uno, aunque jamás coincide plenamente con él.

Hans J. Eysenck (1916- ) afirma que existen dos dimensiones o rasgos principales de la personalidad: extraversión-introversión y estabi­lidad emocional o inestabilidad, que dan lugar a cuatro tipos de personalidad, de los cuales dos tienen carácter patológico: los inestables introvertidos (ansiosos y obsesivos) y los inestables extravertidos (histéricos y psicópatas).

La organización psicológica propuesta por Eysenck no es categorial, es decir, una persona no pertenece a una u otra tipología, sino que tiene puntuaciones propias en cada una de las dos dimensiones tipológicas:




  • Extraversión versus introversión. Refleja el grado en que una persona es sociable y participativa en su relación con los demás. A los sujetos extravertidos les gustan las situaciones en las que pueden interactuar y relacionarse con otras personas (fiestas, reuniones, viajes, salir y entrar…), tener muchos amigos y las relaciones personales despreocupadas.

  • Estabilidad emocional versus inestabilidad. Se refiere a la adaptación del individuo a su ambiente y a la estabilidad emocional que expresa en el transcurso del tiempo. En un extremo del continuo encontramos personas tranquilas, sin preocupaciones y con emociones estables, y en el otro se encuentran los individuos ansiosos, obsesivos, con mal humor e inestabilidad emocional (neuróticos).



Según algunos psicólogos de entre los rasgos que Eysenck señala hay cinco que son los rasgos fundamentales de la personalidad humana, es decir aquellos en los que nos fijamos cuando tenemos que hacer algo con otra persona y nos hacemos preguntas como ¿es emocionalmente estable o está desequilibrado? ¿es sociable o insociable? ¿es buena o mala persona? ¿es responsable? ¿es interesante o es especial? Son:


  • Amabilidad: suelen ser personas agradables de trato, que evitan los conflictos y la expre­sión de hostilidad, y se llevan bien con la gente que les rodea. En sus relaciones son útiles, simpáticos y complacientes.

  • Extraversión: son personas amistosas y afectuosas, a quienes les agrada divertirse y tener muchas relaciones sociales.

  • Neuroticismo: describe a las personas con poca estabilidad emocional, escaso con­trol personal e incapaces de tener unos objetivos vitales. También poseen baja autoestima, suelen ser inseguras y sus relaciones con los demás son conflictivas.

  • Responsabilidad: es la capacidad de control de los impulsos y la voluntad para imponerse metas y objetivos. Habitualmente son personas responsables, honestas, con principios morales sólidos y alta motivación de logro.

  • Apertura a la experiencia: suelen ser personas reflexivas, tener amplios intereses y sentirse atraídas por la cultura y las artes.


3. Trastornos de la personalidad
3.1. Definición
Los trastornos de la personalidad no son algo exótico, sino formas de conducta desadaptadas que se dan en todas las culturas y grupos sociales y que podemos descubrir en nuestro entorno laboral, social y familiar. Muchas veces utilizamos las expresiones «loco», «sádico», «paranoico» en la vida cotidiana para describir a alguien cuya conducta consideramos «anormal». Lo cierto es que no es posible diferenciar de forma objetiva y tajante entre normalidad y anormalidad, más bien se trata de establecer una línea continua que va de la normalidad, que es siempre una normalidad estadística, hasta la anormalidad.

Podemos señalar los siguientes criterios para diferenciar el funcionamiento de la persona con un trastorno de personalidad:




  • Su estabilidad emocional es muy frágil en situaciones estresantes, por ello suele provocar situaciones críticas y percibe la realidad social de forma distorsionada.

  • Carece de capacidad de adaptación. La persona normal es flexible respec­to al papel que desempeña, sabe cuándo tomar la iniciativa y modificar el entorno. La persona con personalidad anormal es inflexible desde el punto de vista adaptativo.

  • Posee unas pautas de conducta rígidas que impiden nuevos aprendizajes, por ello los repertorios patológicos que dominan su vida se repiten como círculos viciosos, provocando nuevos problemas y perdiendo oportunidades de mejorar.


3.1. Algunos trastornos de la personalidad
Personalidad antisocial (psicópata). Se trata de un individuo frío, duro e insensible, ambicioso y agresivo, con baja tolerancia a la frustración. No se inhibe ante el peligro o el castigo. Descuida los derechos y el bienestar de los demás. Sus patrones cognitivos son rígidos e inflexibles.

Personalidad narcisista. Es presuntuoso, esnob, mimado y explotador. Sobrevalora su importancia personal. Dirige sus afectos hacia sí mismo más que hacia otros. Espera que los demás reconozcan su valor único y personal. Quiere ser el centro de atención, es emocionalmente frágil y se comporta de forma exhibicionista.

Personalidad dependiente. Se caracteriza por la docilidad. Tiene sensación de falta de ayuda, de apoyo y de reafirmación, baja autoestima y sentimientos de inferioridad; prefiere abdi­car de la propia responsabilidad y control en los demás. Cuando está solo, es incapaz de desarrollar una vida constructiva y presenta falta de habilidades para interactuar en su ambiente.

Personalidad pasiva-agresiva. Personalidad ambivalente y negativista. Tendencia a ser opositor, no complaciente, malhumorado, pesimista y quejica. Suele estar descontento y desmoralizar a los demás. El pasivo agresivo muestra rápidos cambios de humor, y parece inquieto, inestable y errático en sus sentimientos.

Personalidad obsesivo-compulsiva. Tiene tendencia a construir su mundo en términos de reglas y normas, esquemas y jerarquías. Se relaciona con los demás según su rango y esta­tus. Los valores convencionales son las reglas con las que vive. Es afectivamente reprimido, solemne y serio. No expresa su afecto por miedo a experimentar emociones incontrolables.

Personalidad por evitación. Se caracteriza por sentimientos de aislamiento y soledad com­binados con temor al rechazo y la humillación interpersonal. Es hipersensible, posee baja autoestima y es reacio a entablar relaciones interpersonales.

Personalidad esquizoide. Consiste en la incapacidad para percibir las necesidades de los demás. La persona esquizoide es insensible y poco comunicativa. Es impreciso sobre sus metas, indeciso en sus acciones, permanece absorto en sí mismo y está aislado socialmente. Trabaja calladamente y rara vez atrae la atención de quienes están en contacto con él. Prefiere el aislamiento social y realiza actividades que son extrañas para los demás. Su estilo cognitivo es reflexivo y autista; incapaz de orientar sus pensamientos de forma lógica. Su expresión afectiva es apática e insensible. Suele considerarse a sí mismo desamparado, vacío y sin sentido de la vida.

Personalidad paranoide. Es la tendencia a estar siempre en guardia y a desconfiar de los demás, combinada con el deseo de estar libre de relaciones personales íntimas, en las que exista una pérdida de poder, de independencia y autocontrol. La persona se vuelve suspi­caz, resentida y hostil.


4. EL PENSAMIENTO SOCIAL
4.1. La percepción de las otras personas
Como dijimos al principio a través de la socialización desa­rrollamos nuestra identidad personal y social, una identidad que permita la adaptación al grupo y la cohesión social. En ese largo proceso la relación con otras personas es fundamental, esa relación implica poder comunicarnos con ellos, formar lazos afectivos estables y cooperar de forma activa en una comunidad.

Si la vida social consiste sobre todo en la relación e interacción con otras personas, debemos estar alerta sobre el hecho de que en esa interacción nosotros tratamos a los demás tal y como los percibimos, no tal y como son en realidad, y del mismo modo somos tratados por ellos. Por eso es tan importante saber cómo se lleva a cabo el proceso de percibir y ser percibido por las personas. Nuestro pensamiento es más vulnerable al error de lo que sospechamos. La capacidad de la mente humana es grande para sostener creencias falsas y crear experiencias ilusorias del mundo social. Para comprender este mundo, muchas veces usamos atajos mentales que nos llevan a establecer juicios falsos o tomar decisiones erróneas.

La percepción social es el proceso por el cual tenemos una primera impresión de las personas y nos formamos sobre ellas juicios que guiarán nuestra interacción posterior. La percepción de las personas es semejante a la percepción de un objeto ya que ambos tienen unas características físicas que presentan cierta estabilidad (peso, forma, volumen, etc.). Sin embargo, las motivaciones, intereses y expectativas de quien percibe a otra persona, así como el carácter dinámico y complejo del contexto en el que tiene lugar la percep­ción, convierten este proceso en algo diferente y mucho más complejo que la percepción física.

Para empezar el contexto en que interactuamos con las personas por primera vez es determinante. Las personas respondemos a una situación o contexto de manera subjetiva, en función de cómo la percibimos, y no de cómo la situación es en sí. Distintas personas percibirán una misma situación objetiva de mane­ras diferentes al procesar diferen­tes aspectos de la misma; es más, para un mismo sujeto la misma situación es interpretada de modo distinto en diferentes momentos. Cualquier situación es interpretada en función de esquemas previos del sujeto; el que se activen unos u otros depende de los estados de áni­mo del sujeto, de la presión del tiempo (tener prisa por terminar una tarea en el trabajo o estar relajado en las vacaciones) y del espacio (un bar o el metro) y de las experiencias anteriores.

La primera impresión que nos formamos de otra persona es por inclusión dentro de categorías o agrupamientos sociales, la juzgamos y nos hacemos ya una primera impresión inconsciente de ella de acuerdo a estas categorías:


  • Categorías demográficas: sexo y edad

  • Roles: padre, ama de casa…

  • Profesiones: profesor, bom­bera, jueza, mecánico…

  • Características relativas al aspecto físico: guapo/a, rubio/a, gordo/a, alta/o, atractivo sexual, ojos azules, forma en que se viste, se peina…

  • Características que deducimos por lo que observamos: simpatía, inteligencia, agresividad …

  • Características que nos comunican: “…está repitiendo primero …”, “ …es un borde …”, “ … se ha casado dos veces …”

Entre las distorsiones de la percepción social hay algunas muy representativas, son:




  • Error de primacía. La valoración del primer contacto condiciona la secuencia de acontecimientos posteriores. Si conocemos a alguien cuando está enfadado, es probable que nos pongamos en su contra, aunque luego se comporte de forma más agradable.

  • Efecto de halo. Si conocemos una característica de una persona, presuponemos que también posee otras características que asociamos con la primera. Ejemplos: si es rubio, es ególatra; si es filósofa es rara; si es un comercial es extrovertido; si es ingeniera es muy inteligente.

  • La cognición humana tiende a ser conservadora: intentamos preservar aquello que ya está establecido, mantener nuestros conocimientos, actitudes e hipótesis previas, de ahí que la primera información que recibimos suela ser la que más influye, que usemos más las categorías de fácil acceso para formular juicios, que nos dejemos llevar por los estereotipos y las ideas preconcebidas, que nuestra memoria se reconstruye para que se ajuste a nuestras perspectivas actuales, que caigamos en el llamado “sesgo de confirmación”, es decir, las personas buscan información que confirme sus creencias y no atienden a las evidencias que refutan dicha información, y en el efecto del “ya lo sabía yo” o tendencia a exagerar lo que sabíamos después de saber el resultado de un acontecimiento.


4.2. La atribución de la causalidad:
Para conocer e interactuar con otras personas y desenvolvernos en nuestro entorno social, necesitamos saber las causas de sus acciones y de las nuestras. La teoría de la atribución analiza el proceso de hacer inferencias sobre las causas de la conducta propia y ajena. Las causas a las que atribuimos nuestra conducta y la de otros son:


  • Causas externas o ambientales: No son controlables por el actor. Pueden ser.

    • Estables: Se mantienen constantes, la principal es la dificultad de la tarea.

    • Inestables: Se refiere al azar, la suerte y otras fluctuaciones incontrolables del ambiente como puede ser recibir una ayuda extra.

  • Causas internas o personales: Son controlables por el actor aunque no en la misma medida.

  • Capacidad: habilidades físicas y psíquicas exigidas para realizar una tarea, depende de factores como nuestros aprendizajes previos, actitudes y creencias personales, estado de ánimo y autoestima. Es una variable poco controlable.

  • Motivación: está compuesta por dos elementos, la intención que nos pone en la dirección de algo, y el esfuerzo, que mide el grado o intensidad con la que lo buscamos. Es una variable controlable.

Las posibilidades de obtener éxito en nuestra vida personal y social aumentan si atribuimos nuestra conducta a causas internas y controlables. Por otro lado los principales errores de atribución que pue­den afectar a nuestras explicaciones sociales son:




  • Subestimamos el poder de la situación. Consiste en asignar a factores personales las causas de la conducta del otro y menospreciar las influencias ambientales, mientras que nuestro comportamiento lo atribuimos casi exclusivamente a causas externas. Por ejemplo: si un amigo llega tarde a una cita es porque es un irresponsable, pero si tú llegas tarde es porque tienes una buena razón, el tráfico, por ejemplo.

  • Sesgo favorable al yo. Es la tendencia a atribuir el éxito a causas internas («apro­bé matemáticas») y el fracaso a causas externas («me han suspendido historia»).

  • Sesgo actor-observador. Se refiere a la diferencia entre la persona que actúa o hace algo y la persona que lo observa en la atribución causal que ambos hacen de una determinada conducta. En general, los actores atribuyen sus acciones a la situación, causa externa, y los observadores a disposiciones del observador, causa interna. Por ejemplo, si veo en la calle que un peatón tropieza con un bache de la acera, probablemente pensaré « ¡qué individuo más distraído, debería fijarse por dónde pisa...!». El peatón, sin embargo, sabe que esto no suele ocurrirle, ya que no tiene por qué haber baches en la acera, y echará la culpa a la desidia del Ayunta­miento. Ejemplo:

Conducta

Explicación del actor

Explicación del observador

Abandono del entrenamiento y la actividad deportiva

Exige mucho tiempo y mis obligaciones me lo impiden

Es demasiado perezoso y carece de espíritu deportivo

Pesimismo extremo en la visión de la realidad

Soy realista y me atengo a los hechos

Es muy cerrado de mente y sólo ve lo que está mal

Abuso de bebida y mezcla de bebida y marihuana

Disfruto relajándome con la bebida y la marihuana porque así consigo desinhibirme

Es un adicto y no tiene autocontrol

Discusión violenta de pareja

Me saca de mis casillas que nunca reconozca sus errores y que renuncie a comprenderme

Nunca puede relajarse y mucho menos perder una discusión



5. Las actitudes
5.1. Definición
Ya hemos hablado de ellas en la unidad 3 en relación con la diversidad cultural, pero lo cierto es que nuestras actitudes son determinantes en todas nuestras interacciones sociales. La forma en la que nos relacionamos con cada persona, nuestros padres, nuestra pareja, nuestros profesores, el conductor del coche que llevamos delante …etc. depende de las actitudes que tengamos hacia las categorías sociales en las que incluimos a esas personas. Las actitudes explican porqué interactuamos mejor con unas personas que con otras y muchas veces son inconcientes, por lo tanto sin saberlo, pueden estar provocando problemas en nuestro desarrollo social.

Forman parte de ellas nuestros prejuicios, los estereotipos que aplicamos a determinados grupos, nuestras conductas discriminatorias, nuestras actitudes racistas, xenófobas y sexistas. Repetimos la definición del término actitud.

Una actitud social es la predisposición a responder de forma favorable o desfavorable hacia algo (por ejemplo, la pena de muerte) o hacia alguien (por ejemplo, los inmi­grantes). Las actitudes constan de tres compo­nentes: cognitivo, afectivo y conductual:


  • El componente cognitivo es la creencia que el sujeto tiene acerca del objeto de la actitud y puede ser favorable o desfavorable.

  • El componente afectivo es la emoción que le produce el objeto de la actitud y puede ser positiva o negativa.

  • El componente conductual es la acción que el sujeto emprende cuando se encuentra con el objeto de la actitud, puedes ser de apoyo u hostil.

Las actitudes se aprenden durante toda la vida y se adquieren a través de la educación, de la experiencia personal (por ejemplo la persona que deja de beber después de sufrir un accidente automovilístico causado por la embriaguez), de los grupos con los que nos relacionamos y de los medios de comunicación (muchas actitudes hacia los objetos mate­riales de nuestro ambiente como coches, alimentos, ropa… y hacia nuestro cuerpo se basan en la influencia de la televisión).

Las actitudes son muy resistentes al cambio y se mantienen estables a lo largo del tiempo pero dado que son adquiridas y se aprenden, se pueden modificar. Dos importantes estrategias para cambiar las actitudes son:


  • El uso de recompensas y castigos para cambiar las acciones de las personas (uso del cinturón de seguridad).

  • El uso de la persuasión publicitaria. La persuasión es el intento de cambiar creencias y actitudes, opi­niones, gustos, inclinaciones políticas… etc., a través de la información. Para que un mensaje persuasivo cambie la actitud y la conducta tiene que cambiar pre­viamente los pensamientos o las creencias del receptor del mensaje. El éxito o fracaso de la persuasión depende del comunicador, el mensaje y la audiencia. Deben respetarse algunas condiciones:




  • El comunicador debe ser agradable, expresivo y semejante a la audiencia en algún aspecto.

  • El mensaje debe apelar a las emociones, en particular al temor y a la ansiedad y tendrá más efecto si está respaldado por los hechos.

  • Si es un mensaje conflictivo se presentarán argumentos si la audiencia está bien informada.

  • El mensaje debe repetirse con la mayor frecuencia.

Todas las personas tratamos de justificar nuestras actitudes. Cuando alguien hace algo, intenta convencerse a sí mismo y a los demás de que es una cosa lógica y razonable porque necesitamos mantener una cierta coherencia entre nuestros pensamientos y nuestras conductas, entre los que pensamos y decimos y lo que hacemos, de lo contrario se produce una disonancia cognitiva o incoherencia entre actitudes y conducta que causa tensión y malestar. Cuando esto sucede las personas tendemos a reducir el conflicto mental cam­biando lo que pensamos para hacerlo compatible con la conducta que manifestamos o cambiando lo que hacemos para hacerlo compatible con lo que pensamos. Pues bien, se ha demostrado que a las personas nos resulta más fácil lo primero. Por ejemplo, si una persona fumadora lee un artículo sobre la relación entre fumar y el cáncer de pulmón, observará que esa información es disonante con su conducta. Para reducir la disonancia cognitiva, puede cambiar su actitud hacia el tabaco o su conduc­ta de fumar. Es más fácil hacer lo primero diciendo cosas como “de algo hay que morir”, “tal persona murió de cáncer y nunca había fumado”….


5.2. Estereotipos
Todos los días conocemos disputas entre naciones, comunidades, grupos políticos, étni­cos o religiosos. En muchos casos, los conflictos intergrupales se producen por las imágenes estereotipadas y los prejuicios hacia los miembros de otro grupo.

El término estereotipo proviene del griego: stereos («rígido, sólido») y tupos («señal, huella»). Su origen etimológico e histórico nos trans­mite la idea de que los estereotipos son algo rígido y repetitivo, un molde que se aplica de forma mecánica. Un estereotipo es el conjunto de creencias compartidas acerca de los atributos perso­nales de un grupo de personas. Estereotipar es hacer juicios, inferencias o predicciones sobre los miembros de un grupo sin considerar las diferencias individuales existentes entre ellos. Los estereotipos son imprecisos, falsos y resistentes a la nueva información. Ejemplos: tradicionalmente se consideraba que los judíos eran avariciosos, los negros, perezosos, las mujeres, débiles, incapaces o histéricas, etc.

Los estereotipos tienden a incluir a las personas en las categorías de «nosotros» y «ellos». Cuando se estereotipa a una persona, lo más fácil para ella es cumplir las ex­pectativas de los demás. Sin embargo, a nadie le gusta ser etiquetado, porque los este­reotipos le roban a uno su individualidad.

Los estereotipos tienen las siguientes funciones:




  • Ayudan a la adaptación porque simplifican la percepción de la realidad y reducen su complejidad por medio de la categorización. Por ejemplo, si creemos que «los ingleses son reservados» o los «andaluces son graciosos», no tenemos que evaluar cada caso individual y suponemos que todos se ajustan al estereotipo.

  • Facilitan la integración grupal, ya que un modo de ser aceptado en un grupo es aceptar los estereotipos dominantes del grupo. La persona prejuiciosa es inmune a toda información que discrepe de su estereotipo.

  • Implican su propio cumplimiento, porque observamos todo lo que apoye nuestros estereotipos. Por ejemplo, si consideramos a los escoceses tacaños, nos fijamos en el escocés tacaño, pero no prestamos atención al generoso.


5.3. Prejuicios

Pertenecer a un grupo cohesionado es reconfortante, pero valorar excesivamente al propio grupo (endogrupo) es, en parte, la causa de los prejuicios contra otros grupos (exogrupos). El prejuicio es una actitud hostil o creencia indeseable hacia los miembros de otros grupos sociales y se caracteriza por manifestar suspicacia, temor u odio irracionales. Supone pensar mal de los otros sin suficiente justificación. A veces, los prejuicios se basan en una correlación ilusoria, que supone estimar dema­siado la relación entre dos variables; por ejemplo, entre «delitos» e «inmigrantes».

Los estereotipos y prejuicios casi siempre van unidos, porque es difícil mantener una actitud de hostilidad hacia otro grupo si no hay unas creencias previas respecto a ese grupo social. A veces, los prejuicios se institucionalizan o se reflejan en las políticas gubernamentales y son impuestos por las estructuras del poder social (así sucedió en la Alemania nazi o en el genocidio Ruandés).

Las causas más frecuentes de los prejuicios son:




  • El deseo de relacionarnos sólo con personas que tengan las mismas ideas que noso­tros.

  • Lograr sentimientos de superioridad y autoafirmación.

  • Buscar un «chivo expiatorio» en el que descargar la agresividad producida por las propias frustraciones y limitaciones.

  • Proporcionar ventaja a los grupos mayoritarios, negando derechos y oportunidades a los grupos minoritarios.

Actualmente, aunque la mayoría de las personas apoya en público la igualdad y la soli­daridad, todavía mucha gente muestra actitudes negativas sobre las minorías étnicas y culturales. Una buena forma de desterrar los estereotipos y prejuicios es conocer a per­sonas de diversas culturas y aprender de ellas.


5.4. Discriminación
La discriminación es la conducta negativa o no igualitaria que una persona tiene hacia otra en virtud del grupo o categoría social a la que pertenece.

No hay que olvidar que las personas tenemos más parecidos que diferencias. Es verdad que el color de la piel y la constitución del cuerpo, la lengua y la cultura diferencian a los diversos grupos humanos que hay repartidos por la Tierra, pero esta variedad refleja nuestra capacidad para adaptarnos a distintos ambientes y desarrollar estilos de vida originales, y es la mejor garantía para el futuro de la especie humana. Sin embargo todavía existen resistencias sociales para aceptar la diversidad cultural como un hecho positivo. Todos debemos aprender a respetar y apreciar las diferencias y luchar por cam­biar las condiciones legales, económicas y sociales que sufren las culturas minoritarias. Otorgar una posición igualitaria a grupos étnicos y culturales diferentes es un recono­cimiento e implica la aceptación de la diversidad humana.


5.5. Racismo y xenofobia
A comienzos del siglo XXI, el racismo y la xenofobia son dos de los problemas fundamen­tales de las sociedades actuales. Uno de los mayores desafíos de la Unión Europea será integrar en su seno a las minorías étnicas, culturales, religiosas que habitan en ella y a la vez seguir siendo sociedades democráticas. La convivencia pacífica y no discriminatoria entre diferentes grupos que coexisten en una sociedad supone erradicar actitudes ideológicas como el racismo y la xenofobia (desprecio y rechazo al extranjero).

El racismo es una construcción social, que consiste en desvalorizar a un grupo social en función de alguna característica física (color de la piel, sobre todo). Esta actitud negativa ha cambiado a lo largo de la historia y se ha dirigido contra los indígenas, los negros, los judíos (en Israel encontramos judíos “blancos” que manifiestan conductas racistas contra judíos “negros”), los árabes, los gitanos, etc.

¿Cuáles son las causas del racismo? Una persona con actitudes racistas:


  • Se basa en la consideración de que hay razas superiores e inferiores y destaca las diferencias entre individuos o poblaciones.

  • Defiende un sistema social según el cual algunos tienen más ventajas por pertenecer a un grupo social determinado. Los racistas del tipo norte-sur creen que la gente del norte es más emprendedora, trabajadora y capaz que los holgazanes del sur, a los que tienen que subvencionar (pero a los que en realidad explotan siempre que pueden).

  • Considera a las víctimas como chivo expiatorio del mal social. Cuando la sociedad sufre, siente la necesidad de encontrar a alguien a quien imputar el mal y en quien vengarse de toda su frustración. En la sociedad actual las actitudes racistas tienen una víctima propiciatoria: los inmigrantes.

  • Fomenta y permite la marginación y el aislamiento de una persona o de un grupo en función de su raza. Debemos juzgar a las personas por sus conductas y no por el color de su piel o su lugar de nacimiento.

Lo opuesto a estas actitudes es el multiculturalismo que supone respetar las costumbres culturales diferentes a las nuestras y tolerar al diferente. Pero el multiculturalismo trata de huir de un radical relativismo ya que sostiene que no podemos acep­tar que todas las costumbres culturales sean respetables y valiosas, no lo son todas aquellas que atenten contra la libertad y la dignidad humanas. Ahí están la esclavitud, la poligamia, la ablación del clítoris, el trabajo infantil, la discriminación de las mujeres en el ámbito familiar o profesional, la imposición de una legislación basada en textos religiosos ancestrales.



¿Cómo desterrar el racismo y la xenofobia? En primer lugar, la investi­gación científica demuestra que, en términos biológicos, en el género humano no existen razas. La separación genética entre diferentes po­blaciones es tan escasa que no está justificado emplear el término «raza» para describir a los humanos. En segundo lugar, frente a la tendencia de los individuos y grupos a considerar sus valores y creencias como los únicos apropiados, el reconocimien­to del otro es una condición indispensable para la existencia de la tolerancia. Ver al otro como igual en su condición humana, por encima de su origen, religión o estatus social, supone reconocer su valor personal.





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