Una mirada cultural y literaria a esa “perspectiva menor”: infancia, significados y artificios



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Una mirada cultural y literaria a esa “perspectiva menor”: infancia, significados y artificios
Andrea Jeftanovic

Las referencias a la infancia en la literatura y en el arte son infinitas, están ahí, como un sustrato frente a la pregunta por el sentido articulador o desarticulador de la figura del niño en la cultura. En este ensayo intentaré reflexionar someramente sobre la evolución en la representación del infante en manifestaciones culturales, en especial en la literatura. Comprendiendo que el modo cómo se trabaja esa figura desde esos espacios indican la compresión que se le ha dado a tal sujeto de acuerdo a determinada época y lugar.


Existe una producción literaria, plástica y fílmica que ha utilizado narradores/protagonista niños, un inquietante recurso que ofrece un tratamiento literario que explora particulares usos lingüísticos, imaginarios y registros. Los “textos desde la infancia” intentan, con la creación de ese artificio que es el habla infantil en manos de un autor adulto, manejar de otra forma el universo conceptual, los pactos socio-culturales y el lenguaje. En este sentido, el niño es una figura transgresora al nivel de discursos y de estéticas. Pensemos en el terreno del cine, películas como 400 Golpes (1959) de François Truffaut, El tambor de hojalata (1979) de Volker Schlöndorff basada en la novela de Günter Grass, en Pixote (1981) de Hector Babenco, en Adiós a los niños (1987) de Louis Malle, Leolo (1992) de Jean-Claude Lauzon. En literatura, en libros como Felicidade clandestina (1971) de Clarice Lispector, El sótano (1976) de Tomás Bernhard, El gran cuaderno de Agotha Kristoff (1987), Apariciones (1996) de Margo Glanz. En la plástica, los retratos de niños de Schiele, Rubens, Mary Cassatt, y otros más. Las pinturas de lenguaje lúdico de Pablo Picasso, que aseguraba que “le había tomado cuarenta años aprender a pintar como un niño”, dando cuenta de una técnica que tenía una intencionalidad artística.
EVOLUCIÓN DE LA CONCEPCIÓN SOBRE LA INFANCIA
Antes de iniciar cualquier análisis cultural y literario, es imposible evadir preguntas tales como: ¿Cuándo comienza y cuándo termina la infancia? La infancia, ¿ha sido entendida siempre cómo lo es hoy en día? ¿Cómo es posible establecer las apropiadas fronteras entre infancia y adultez? Estos límites, ¿tienen relación con la edad, el tamaño, la madurez sexual, la incorporación a la fuerza laboral? En el fondo, ¿cuándo comienza y termina la infancia? La respuesta no es fácil ni unívoca, ha ido variando en diferentes contextos y épocas, y se basa sobre una premisa fundamental: la infancia no es sólo una realidad biológica, sino también una creación cultural. Y un itinerario por las distintas concepciones y épocas es un recorrido fundamental para enmarcar este trabajo con sus correspondientes variables y antecedentes.
La mirada contemporánea occidental sobre la infancia, constituida principalmente en torno al psicoanálisis y la psicología, con autores como Melanie Klein, Sigmund Freud, Jean Piaget, Erik Erikson respectivamente, es tajante en afirmar que el niño posee una estructura mental y procesos psíquicos distintos a los del adulto. Esta disciplina convierte a la infancia en uno de sus principales objetos de estudio, al postularse la relevancia de estos primeros años de vida en el desarrollo de la personalidad y en el descubrimiento de la sexualidad. Esta visión actual contrasta abismantemente con una Edad Media que mantenía a los niños segregados de sus familias. Una época en que los ciudadanos más ricos entregaban sus hijos a tutores y sirvientes, los enviaban al campo para alejarlos de las infecciones urbanas, y sólo los hacían regresar cuando mostraban los primeros signos de comportamiento adulto. La clase más pobre esperaba impaciente que los hijos crecieran lo suficiente para cooperar en el mantenimiento del hogar. El niño era visto como fuerza laboral, prestaba utilidad dentro de la célula familiar, o bien era contratado en otra casa para dar servicios domésticos. Esto no significa que los padres no amaran a sus hijos, sino que cuidaban más de las tareas comunes que entre todos realizaban, y prestaban menos atención a sus necesidades personales; como sostiene Ariès, “la familia era más una realidad social y moral que una realidad sentimental”.
Este contrapunto se menciona para apuntar al hecho de que la infancia es en gran parte una construcción social por parte de los adultos de acuerdo con un sistema ideológico, cultural y político. El historiador francés Philippe Ariès escribió, en su colección sobre la historia social de la familia, un volumen dedicado a la evolución de la infancia, donde expone las principales concepciones de los niños en la larga tradición occidental: como vehículos de las almas residuales, potencial humano, naturaleza y pecado original, asociados con el edén, víctimas de la decadencia del hombre, trayectoria y aprendizaje, rol epifánico, discurso nacional, etc.
La escritura desde la infancia se instala en la tradición hispánica en el siglo XV con un incipiente formato, la picaresca, por ejemplo con el anónimo Lazarillo de Tormes (1554), donde el protagonista hacía un viaje, escapaba de la casa paterna y aceptaba otra servidumbre. Todo esto en un ánimo de jolgorio, donde principalmente se divertía sin dejar que el sistema lo afectara, improvisando baladas callejeras y pillerías. Digo “incipiente intento” porque es un tipo de literatura episódica, donde no hay un desarrollo de la subjetividad del protagonista, con los profundos alcances y sentidos que vislumbramos en los textos contemporáneos. En éstos, el protagonista infantil intenta entender y cambiar su fortuna y hay un amplio estudio de la psiquis latente y manifiesta, como también una mirada crítica y transgresora al entorno y la tradición. Son relatos con menos locaciones exteriores, y donde, a través de la mirada de los niños, se presenta el mundo que les tocó vivir, principalmente confinados en el espacio de la casa, y se reflexiona sobre él.
Entonces, el uso de narradores niños es posible cuando la figura del infante se diferencia del resto de los sujetos de la sociedad, es decir, cuando se hace reconocible y visible. Las distintas concepciones del niño corresponden a un contexto histórico y social distinto, que de uno u otro modo se recoge en las construcciones literarias: en la forma como actúan estos narradores infantiles, en lo que denuncian, en sus discursos, su uso del lenguaje, etc. Richard Coe, en su libro When the Grass was Taller (1984), hace un extenso análisis del uso de la perspectiva infantil en distintas culturas, como la inglesa y la africana, que es fundamental para entender el surgimiento y la trayectoria de este “subgénero”.
Pero siempre hay más variables en juego, y sin duda en la Edad Media factores como la densidad poblacional y el hacinamiento habitacional hacían que el concepto de familia, como algo privado e íntimo, no existiese. También era una sociedad más precaria, donde no existían los recursos ni la conciencia para comprender la mente y las necesidades específicas de los niños. Los “niños no contaban”, por razones higiénicas eran tan débiles que en cualquier momento podían desaparecer; y si lograban traspasar la barrera de los doce años, se insertaban súbitamente en la sociedad adulta, trabajando, casándose y reproduciéndose. Por lo tanto, en la tradición literaria de esos tiempos se presentó a los niños como una “prehistoria” que antecedía a la presencia del “yo”, de la verdadera persona, del sujeto/ciudadano completo. La infancia era tratada rápidamente en los textos; los niños eran vistos como adultos en miniatura o seres incompletos, deficientes. Es por eso que hasta el momento en que esa “razón” se instalaba, el niño era marginado de la sociedad, era una ausencia, un individuo sin historicidad, una tabula rasa que dependía patológicamente de los adultos, concebido como cualquier otro súbdito. En el capítulo “The long duration of childhood” de su libro, Ariès argumenta:
As it appeared in the common idiom was due to the indifference with which strictly biological phenomena were regarded at the time: nobody would have thought of seeing the end of childhood in puberty. The idea of childhood was bound up with the idea of dependence: the words “sons”, “varlets” and boys were also words in vocabulary of feudal subordination. One could leave childhood only by leaving the state of dependence.
¿NIÑOS, O ADULTOS EN ESPERA?
La filosofía y la cultura, en su inherente desarrollo, fueron indirectamente aportando nuevas concepciones de la infancia. Importante fue la tesis de Locke respecto de que la primera fuente de conocimiento era el contacto sensual y no el razonamiento abstracto. Ello daría las bases para validar a la infancia como una etapa que cuenta con distintas herramientas cognitivas, con propiedades particulares, lo que inicia la diferenciación del niño y sus procesos respecto a los adultos. Esta distinción, junto con los aportes teóricos de Louis Dumas, Rousseau y otros, establece que la estructura mental de un niño difiere absolutamente de la de un adulto, por lo que responderá a estímulos propios a su naturaleza. Luego, la disminución de la tasa de mortalidad infantil, las mayores expectativas de vida y los mejores conocimientos biológicos y psicológicos sobre el desarrollo humano, identificarán la infancia en su especificidad y modificarán la relación con los niños. El valor del tratado de educación Emile (1762), de Rousseau, reside en que primero analiza la mente infantil antes de imponer una metodología, y en que subraya que no se trata de una mente ineficiente, sino independiente y autónoma, que tiene sus propias dinámicas y valores. Por tanto, la primera meta de un educador no debe ser convertir a ese niño en un hombre, sino perfeccionarlo en su potencialidad como infante: “Los niños necesitan ser niños antes que adultos”.
Se comienza a preferir la institución de la escuela como instancia de aprendizaje por sobre la modalidad de entregar los hijos a otra familia. De este modo, adultos y niños permanecían juntos y se daba un espacio de convivencia. Ese nuevo modelo familiar surgió como un espacio de civilidad, de enseñanzas vitales destinadas a adquirir buenas maneras para la vida como ciudadanos. El interés por la educación transformó a la sociedad, y la familia pasó a ser no sólo un vehículo de transmisión de nombre y estado, sino portadora de una función moral y espiritual: moldear a estos jóvenes cuerpos y almas. En una nueva perspectiva ética, los padres comenzaron a privilegiar a todos los hijos por igual, los lazos se estrechan; se eliminan las jerarquías entre los distintos hijos en cuanto al cariño y los bienes que les corresponden.
El académico de la Universidad de Harvard Ala Alryyes, que sigue la tesis de Ariès, identifica la concepción del niño como sujeto moderno hacia el siglo XVIII, en analogía con el sistema político:
The emergence of childhood as a separate stage of human development and a theme of narration is, I believe, inextricable intertwined with the modern’s society desire to differentiate himself or herself from the dependent subject of absolutism, a subject long imaged as a child. If the bourgeois sought freedom, he also desired a discovery of the “real”, age-defined child and a limited childhood.
De alguna forma, la mirada de Alryyes a las etapas de la vida como una alegoría nacional apunta a ese lugar privado/público que ocupan los sujetos en la sociedad. Porque en un sentido más moderno, el niño es: “[…] el futuro de la nación y de la raza, productor y reproductor, ciudadano y soldado del día de mañana […] Todo ello equivale a decir que la infancia es, por excelencia, una de esas razones límites en que lo público y lo privado se bordean y afrontan, a veces violentamente”. Específicamente, para Alryyes el narrador infantil representa una sensibilidad distinta a la de la Ilustración. Es el símbolo del nuevo ciudadano producto de la revolución francesa. El ciudadano se convirtió para la nación lo que antes era el niño para el pedagogo. El rey, la figura paterna por excelencia, es reemplazada por el Estado. Los niños también ejemplifican una continuidad o resistencia cultural. La Ilustración ve en el niño un ideal de autonomía en sus posibilidades y limitaciones:
The problem that children present, I believe, is inevitable, given their biological and mental dependence on their parents (or tutors, or the state). Education presents a paradox to the liberal philosopher concerned with realizing the Enlightenment’s ideal of autonomy, and a demonstration of autonomy’s limitations given the dialogical human condition. Education will always have to be a compromise between indoctrination and freedom. The danger of allegorizing is ever present.
Siguiendo esta lógica, hacia el siglo XIX la literatura ahondará en la salida de la casa, la construcción del propio destino por parte de la clase media, y la inserción en el mercado; todos signos de una naciente clase social: la burguesía:
Leaving –usually escaping– the father’s house is the narrative device and structure that allegorizes the middle class’s desire for, and ambivalence towards, the destruction of the feudal past and traditional values. The child’s experience in the novel, when she/he enters the world, whether to make money or to escape tyranny and seek domestic happiness, fictionalizes the experience of the nascent bourgeosie: its need to enter into life economically and experientially, to break received traditions and narratives.

NUEVOS CONTEXTOS, NUEVOS SIGNIFICADOS: INFANCIA Y LITERATURA EN EL SIGLO XX


El descenso en la tasa de natalidad implica un cambio en la escala de valores, los costos de los hijos y los recursos de tiempo y energía que requiere cada nuevo hijo. A medida que los hijos van sobreviviendo, el valor de un nuevo hijo aumenta, puesto que hay cada vez más seguridad de que los hijos van a salir adelante, y es necesario hacerse cargo de todos. Además, el Estado del bienestar permite que durante la vejez no sea necesario depender de los hijos para asegurarse la vida (mano de obra). La decisión de tener menos hijos es fundamental para el descenso de la natalidad, pero también lo son los métodos anticonceptivos que permiten que esa decisión sea efectiva.
La familia comienza a tomar distancia de la sociedad, y a cultivar su intimidad. Esto influye en la organización de la casa. La evolución de la familia ha ido perdiendo sus funciones públicas para sólo mantener las privadas. Incluso se erige una vida individual dentro de ella. En el seno de las familias los individuos conquistan el derecho de tener una vida privada autónoma. Al “privatizarse” se desinstitucionaliza. Surgen otros modelos de existencia y convivencia (no hay un único modo).La evolución de la familia ha ido perdiendo sus funciones públicas para sólo mantener las privadas.
Pero también es un error hacer como si el niño estuviera limitado a sus padres y sólo accediera a otros medios a posteriori, y por extensión, por derivación. El padre y la madre no son las coordenadas de todo aquello de lo que el inconsciente se apropia. No existe un momento en el que el niño no esté ya inmerso en un medio actual que recorre y en el cual los padres como personas sólo desempeñan el papel de abridores o de cerradores de puertas, de guardianes de los umbrales, de conectadores o desconectadores de zonas internas/externas.

LA VOZ INFANTIL EN LA CONSTRUCCIÓN LITERARIA


Pero, ¿puede la infancia hablar? ¿Cuál es la estrategia ficcional que está detrás del uso de protagonistas niños? ¿Por qué y en qué situaciones hablan los niños? ¿Cuál es el deseo que despliega el autor adulto en esta narrativa?, ¿Qué es lo que ofrece esa otra opción narrativa? ¿Cuál es la función que tiene esa época de la vida en cuanto fuente de información y de constitución del sujeto? ¿Cómo se esboza su entorno circundante? ¿Cuáles son las consecuencias de esta joven presencia en la operación ficcional?
La literatura de mediados del siglo XX, dará cuenta de las problemáticas contemporáneas: la crisis de pertenencia, la disolución de la familia y el sujeto, la preocupación por el self, la autonomización de las esferas del saber, la alienación de la sociedad, la radicalización del poder y las metodologías de la violencia, la tensión de la civilización moderna y episodios de barbarie. La incertidumbre y la crisis es la marca de la niñez narrada. La sociedad adulta esbozada por estos narradores es caótica, no confiable; las reglas no son claras, la autoridad es corrupta o ineficaz. Se presenta una comunidad habitada por gente infeliz, preocupada de sí misma. Los narradores de este género son por lo general niños que han sufrido una infancia traumática, ya sea por situación externa –guerra, dictadura o crisis económica– o por factores internos: inestabilidad familiar, ausencia de uno de los padres, abuso por parte de mayores, incomunicación u otros motivos.
En consecuencia, es importante la pregunta por el narrador. La mayoría de estos textos prescinde del narrador omnisciente para instalar un narrador en primera persona singular. La pregunta es quién está detrás, “quién toma el espejo y deforma la realidad”. Dejar de lado al clásico narrador omnisciente revela cierta desconfianza hacia ese tipo de mirada, hacia ese líder impersonal y autoritario que entrega su perspectiva sin comprometer su identidad. Esto es parte de la desintegración de la creencia, de la nación como comunidad imaginaria, del individualismo y la subjetividad
Y ocurre una paradoja: estos niños que debieron crecer prematuramente, adaptarse y sobrellevar difíciles circunstancias, en cuanto narradores justamente lo que no pierden es la voz infantil; en este caso, una voz al servicio de una visión siempre crítica del mundo social adulto, y que se justifica precisamente porque, en cuanto niño, el narrador no pertenece a ese mundo. En este punto es importante hacer la diferencia con un subgénero “emparentado”, el bildungsroman, que se caracteriza por la entrada del adolescente al mundo adulto y su conflicto con la opresión de las instituciones sociales y el enfrentamiento con la autoridad paterna. Si bien son “subgéneros” cercanos, difieren en la trayectoria interna del protagonista. La narrativa desde la infancia despliega el desarrollo del sujeto desde una no-conciencia a una conciencia poética de una niñez que se descubre, describe su entorno y se escribe a sí misma. Lo que subyace es la premisa de la infancia como recurso literario, como un artificio que presenta retos a los territorios discursivos y a las poéticas escriturales.
En este modelo, el “pacto ficcional” con el lector es un gesto especialmente complejo: se acepta que un autor adulto presente los hechos desde la percepción de un niño, es decir, que sea capaz de recrear esa otra mirada con las particularidades de la temprana edad. La falacia consiste en que un adulto nos hace creer que es capaz de llevarnos de vuelta a la infancia y adentrarnos en ese universo. La escritora y ensayista mexicana Rosario Castellanos, definió la infancia como: “un momento de vacío, en el que aún no se ha volcado el contenido cultural de los adultos: este vacío hace del niño un ser disponible, receptivo, situado en la orilla de una inminencia. Cualquier cosa puede sucederle, cualquier aventura encontrar en él a su protagonista, cualquier fenómeno manifestarse a través suyo, sin encontrar resistencias organizadas y eficaces”. Esta condición “de vacío” permite que los “textos desde la infancia” puedan manejar con más facilidad un universo conceptual libre de censura y de convenciones; y, por otra parte, generar un lenguaje particular. Esto refuerza su postura “ideológica”, en el que las críticas siempre están envueltas en un aire de indulgencia que las encubre como tales. Nos muestra a un supuesto infante – un artificio- inserto en un mundo de mayores al que no pertenece, pero que registra y que le produce intriga, rechazo o desasosiego.
La relativa inarticulación de los niños, su expresividad aleatoria, un proceso identitario en ciernes, hace que todo intento de representación sea producto de una construcción artificial. Por otra parte, la figura del niño es ambivalente y controversial pese a todos los esfuerzos culturales por catalogarlos como seres angelicales, inocentes y simples. Al niño, se le concibe como un ser creativo, hipersensitivo, inocente; un “trabajo en progreso” . Por otra parte, son concebidos como psicológica y físicamente incompletos (en formación), ignorantes de la cultura occidental, susceptibles a enfermedades, dependientes de otros, generadores de una comunicación reducida y sintética, y también capaces de una gran crueldad.
Respecto de la especificidad de esta escritura, la académica Guadalupe Cortina, en su libro Invenciones Multitudinarias: escritoras judío mexicanas contemporáneas (2000), afirma:
La autobiografía de la infancia es una modalidad contemporánea de usar la literatura como un medio del propio entendimiento. En términos generales, indica la aceptación o recuperación del niño que se ha extraviado o descuidado, y que es absolutamente necesaria para la completa identidad del sujeto adulto. La dificultad en estos textos estriba en la manera en que se imita el discurso de los niños y cómo se compagina para que retóricamente sea un texto creativo y suficientemente interesante para los lectores. (85, el subrayado es mío)
Pensemos que, además, y en relación con lo anterior, este tipo de textos ofrece algo crucial para la teoría literaria: nos muestra cómo se constituyen los sujetos literarios y cómo se establece el significado dentro de un texto. El niño ocupa un lugar marginal en la esfera del conocimiento y el lenguaje, y esta condición es trasladada a la construcción artificial del hablante niño; de este modo, como lectores somos testigos del proceso en el cual este sujeto va adquiriendo los recursos emocionales y cognitivos para comprender la realidad y su lugar dentro de ella.
También podemos observar de qué modo se maneja un código verbal que está constantemente cambiando y haciéndose más amplio y sofisticado. Pero es necesario recordar que ese código no representa la verdadera habla de un niño, sino que se trata de una construcción organizada por un autor adulto. La relativa inarticulación de los niños, su expresividad aleatoria, un proceso identitario en ciernes, hace que todo intento de representación sea producto de una construcción artificial. Se debe tener claro que esta escritura, este “ensayo” de perspectiva, no es neutro, pues no está libre de los intereses adultos –estructuras de poder, preconcepciones, deseos, denuncias, etc.–; es, más bien, un instrumento retórico que se utiliza para transgredir las convenciones ideológicas, psicológicas, socio-políticas y lingüísticas. Un instrumento que si bien es consciente de su calidad de artificio, tiene un “punto ciego”: la recreación de punto de vista infantil se enfrenta a la imposibilidad de recrear fehacientemente la experiencia de la niñez sin que esté condicionada al presente. Ya lo decía Rousseau, quien se abocó a comprender la naturaleza y el rol de la educación de los infantes en Emilio o el Tratado de la educación (1762): “Jamás sabremos colocarnos en el lugar de los niños; no entendemos sus ideas, les prestamos las nuestras, y siguiendo siempre nuestros propios razonamientos, con cadenas de verdades con las que sólo amontonamos en su cabeza extravagancias y errores.” (182)
Siguiendo esta idea de la imposibilidad o punto ciego, la académica Naomi Sokoloff, una de las autoras de Infant Tongues: The Voice of Child in Literature (1994), sostenía que la experiencia de “extrañamiento” de la niñez con el resto del mundo dificulta contar algo que ocurrió hace mucho tiempo atrás: ¿Quién era yo en ese ajeno contexto? ¿Cómo imaginarme y recordarme al interior de un ámbito en el que no encajaba bien? ¿Cuál era mi lugar en una sociedad que veía alienada, que no muestra claramente el lugar del niño en ella? La autora sostiene que “volver a la infancia ayuda a indicar una experiencia de pérdida aguda, subrayando la sensación de soledad y diferencia respecto al mundo circundante.
Por otra parte, la figura del niño es ambivalente y controversial pese a todos los esfuerzos culturales por catalogarlos como seres angelicales, inocentes y simples. Al niño, en tanto figura ambivalente y compleja, se le concibe como un ser creativo, hipersensitivo, inocente; un “trabajo en progreso” o en formación, contenedor de secretos y cercano al mundo espiritual. Por otra parte, son concebidos como psicológica y físicamente incompletos (en formación), ignorantes de la cultura occidental, susceptibles a enfermedades, dependientes de otros, generadores de una comunicación reducida y sintética, y también capaces de una gran crueldad.
La académica argentina Adriana Astutti, en su libro Andares Clancos (2001), se pregunta por los tonos que se utilizan para hablar desde la infancia. La autora nombra como posibilidades la memoria, el paraíso perdido, la repetición, el reivindicativo, la picardía o la fábula moral como posibilidades. En su estudio revisa textos de Lamborghini, Onetti, Darío, Borges, Ocampo y Puig, y destaca que en todos los casos se presenta una complicidad que se traiciona, una traición a toda una comunidad, que abre un hiato por donde se escapa algo, o se exceden inflexiones. Hay un desvío, trasgresión, otra forma de habitar el mundo. La autora sostiene también que cuando esta infancia “habla”, se asimila como una voz propia donde los niños ocupan un lugar como protagonistas o como intermediarios de los hechos, y que muchas veces en los juegos asimilan la presencia de la muerte y la violencia.
Los niños son extrañas máquinas de percepción y criaturas que suscitan la mirada entre sorprendida y escandalizada de los adultos, porque pese a todo esfuerzo de control y formación, consiguen inaugurar un territorio impenetrable e imposible de reproducir:
[…] todo niño habita, desde siempre, una zona propia. Zona bloqueada en la memoria del adulto respecto de la propia infancia, de la que no quedan sino jirones confusos, haces de percepciones vagamente familiares que remiten a ese lugar perdido al que no se puede acceder y que Proust recrea a partir de una taza de té y una magdalena. Nadie puede dar cuenta de los primeros años de su infancia: los psicoanalistas intentan explicarlo diciendo que la memoria del adulto borra todo lo que correspondió al período preedípico; así, el niño que imaginamos haber sido no es sino la proyección del adulto que busca recuperar su pasado y que, al hacerlo, lo inventa de nuevo, una vez más”. (el subrayado es mío)
Pese a todas estas limitaciones, los niños en la literatura son llamados a recordar, a traer al presente las infancias de los adultos o la propia. Es más, en el recurso a ellos se insiste en diferentes usos que desembocan en heterogéneos proyectos literarios. Si pudiéramos sistematizar los principales de esos usos, hablaríamos primero de la infancia como lugar de la memoria y del mito: es la etapa de los primeros recuerdos, de esa batería de vivencias que se acumulan y forman un sustrato, que corresponde al origen, a ese inicio misterioso que ofrece claves por descifrar. Además, por ser una experiencia universal, se genera una empatía natural con esa perspectiva fundacional: todos hemos sido niños alguna vez. Es una fuente a la que se acude para comprender ese primer “ser” en la vida, la singularidad del “self” en ese extraño pasado que contiene la sustancia que explica una parte importante del presente, las motivaciones personales, la identidad actual, los proyectos de futuro. Se revisa la temprana edad que da origen a esa identidad múltiple y final. Así es como Lady Rojas-Trempe comenta acerca de la biografía de Aline Petterson: “Desde el inicio textual el sujeto autobiográfico considera la infancia, el objeto literario, como el espacio real y simbólico de donde emerge la simiente humana de creación literaria”. Entonces aparece la infancia en analogía con un momento de génesis individual y colectivo.
La infancia es el retorno catártico a las raíces personales, familiares, sociales, étnicas y culturales; en un esfuerzo por valorizar y comprender las motivaciones personales y colectivas. En la esfera individual, la niñez será el lugar por excelencia donde se realiza la introspección, con ese potente y confuso mundo interior que poco a poco va erigiendo los límites entre lo interno y lo externo. El niño primero observa, después habla y con el tiempo va construyendo relaciones e interacciones con los demás y los objetos de su entorno. En esa silenciosa mirada él va siendo el registro, el depositario de hechos y secretos que explican el origen de sí mismo, del hombre, de una familia o de un orden social. Se comienza a tener conciencia de “uno mismo” como entidad separada del mundo, una compleja experiencia de irse descubriendo en contraste y semejanza con el mundo circundante. Entonces, a veces el autor adulto querrá regresar en búsqueda de una mayor comprensión de su identidad personal, en un itinerario que no siempre es feliz.
La figura del niño también realiza un ejercicio colectivo de memoria, un artilugio encubierto en una tramposa neutralidad. El niño es testigo y registro de experiencias tales como conflictos sociales, guerras, rebeliones, esclavitud, estructuras sociales. Ha ocurrido en la historia de la literatura que después de traumas históricos, como guerras civiles, conflictos mundiales y otros; algunos autores acuden a narradores niños para la recreación de un mundo original mejor, donde la felicidad y la infelicidad, el paraíso y el infierno están en perfecta analogía con la infancia y la adultez. Es el caso de la guerra civil española con la numerosa producción de novelas con perspectiva infantil, tales como Memorias de Leticia Valle (1945) de Rosa Chacel, El cuarto de atrás (1978) de Carmen Martín Gaite, Mi primera memoria (1960) de Ana María Matute, y otros más. Por otra parte, está la producción posdictaduras latinoamericanas que ha utilizado la figura del menor en textos que denuncian el autoritarismo, la represión y la censura, como La rebelión de los niños (1980) de Cristina Peri Rossi, Óxido de Carmen (1986) de Ana María del Río, El cuarto mundo de Diamela Eltit (1986).
Todos estos ejemplos nos alertan acerca del rol de los narradores niños, quienes desde su supuesta inocencia e ignorancia, denuncian la realidad desenmascarando los tabúes sociales y posiciones ideológicas que un narrador adulto no puede manifestar tan libremente, por estar inserto en el discurso oficial y menos ajeno a las circunstancias sociales e históricas. En este sentido, estamos hablando de un subterfugio que a veces permite la “mediación” entre diferentes mundos. Ilustrativo es el caso de los escritores Rosario Castellanos (México) y José María Arguedas (Perú) con el mundo indígena. Ambos autores acudieron al uso de narradores niños blancos como “traductores” del mundo indígena, rol posible por su socialización primaria con ellos a través de la servidumbre, lo que les dio la capacidad de comprender y valorar ese mundo alternativo. Es así como narradores pueden representar la figura del oprimido y son testigos y denunciadores de las arbitrariedades del hombre blanco sobre el nativo. Esto refuerza su lugar “ideológico”, en el que las críticas siempre están envueltas en un aire de indulgencia que las encubre como tales. Pero, a su vez, nos muestra a un infante inserto en un mundo de mayores al que no pertenece, pero que registra y que le produce intriga, rechazo o desasosiego. Un mundo de mayores respecto del cual la visión crítica se basa precisamente en mostrarlo como incomprensible para un niño.
El sujeto infantil también simboliza a un sujeto subalterno. El niño siempre va a ser “otro”, lo que se marca tanto por su comprensión parcial de la realidad como por su débil relación con el poder. La académica Guadalupe Cortina, en su libro Invenciones Multitudinarias: Escritoras judíomexicanas contemporáneas (2000), cita a Naomi Sokoloff para afirmar que las voces narrativas infantiles corresponden a una técnica que funciona como una alegoría para marcar la otredad, en analogía con la condición de minoría del sujeto judío:
De acuerdo con su planteamiento [el de Sokoloff], el niño viene a ser el otro del otro, considerando que los grupos judíos son siempre una minoría dentro de una sociedad y que los niños son considerados en ciernes, sin voz. Al tomar una categoría de personaje que ha sido periférico y situarlo en el centro, los textos promueven una figura menor, a la vez que lo enlazan con asuntos importantes de la escritura judía moderna. (84)
Además, esta condición subalterna o desaventajada respecto del poder central y las clases dominantes se da por su peculiar perspectiva “desde abajo”. Un “desde abajo” determinado por el tamaño corporal y por la nula o escasa injerencia en asuntos familiares, sociales y nacionales. Los niños son uno de los grupos –no los únicos, claro está– menos poderosos de la sociedad y menos “contaminados” por las creencias imperantes. La novela de Rosario Castellanos, Balún Canán (1957), ilustra con maestría este particular ángulo de visión por parte de la protagonista, una niña de siete años que vive dentro de una rígida y opresora sociedad patriarcal:
No soy un grano de anís. Soy una niña y tengo siete años. Los cinco dedos de mi mano derecha y dos de la izquierda. Y cuando me yergo puedo mirar de frente las rodillas de mi padre. Más arriba no. Me imagino que sigue creciendo como un gran árbol y que en su rama más alta está agazapado un tigre diminuto. […] Miro lo que está a mi nivel. Ciertos arbustos con las hojas carcomidas por los insectos; los pupitres manchados de tinta; mi hermano. Y a mi hermano lo miro de arriba abajo. Porque nació después de mí y, cuando nació, yo ya sabía muchas cosas que ahora le explico minuciosamente. (9, el subrayado es mío)
El poder mirar a “nivel de las rodillas” de los demás, el reconocer que hay un nivel propio limitado y que no hay más opción que fantasear con aquello que no se alcanza a ver, condiciona un modo de ver alternativo. Sin embargo, la parcialidad de la mirada, la incapacidad para explicar algunas cosas, es precisamente lo que imprime un rasgo propio a este tipo de escritura, en el modo como se maneja esa restricción y se generan visiones compensadoras y particulares. El niño ocupa un lugar marginal, no tanto en los tradicionales términos socio-económicos o etarios, sino por su capacidad de deconstruir los patrones establecidos. En este sentido, el niño en la literatura es el narrador y el testigo, el espejo de la crueldad del mundo; denuncia los límites arbitrarios y la necesidad de solidaridad con los grupos o sujetos victimizados. Ello además de ser un extraño sujeto que ahonda en problemáticas subjetivas, filosóficas y metafísicas.
HACIA UNA POÉTICA DE LA INFANCIA
La literatura de perspectiva infantil va erigiendo, con sus limitaciones, usos y propiedades, una modalidad literaria más abierta y móvil. En este sentido, Castellanos definió la infancia como “un momento de vacío, en el que aún no se ha volcado el contenido cultural de los adultos: este vacío hace del niño un ser disponible, receptivo, situado en la orilla de una inminencia. Cualquier cosa puede sucederle, cualquier aventura encontrar en él a su protagonista, cualquier fenómeno manifestarse a través suyo, sin encontrar resistencias organizadas y eficaces”. Esta libertad, originada a raíz de su condición “de vacío”, permite que los “textos desde la infancia” puedan manejar con más facilidad un universo conceptual libre de censura y de convenciones socio-culturales; y, por otra parte, generar un lenguaje económico, sensorial, repetitivo y aparentemente ilógico. Es decir, los narradores niños pueden escamotear la tradición y generar una propuesta transgresora en la forma y en el fondo. Porque la infancia en sí es un sitio dislocado, que elude las normas sociales y culturales.
Los niños en la esfera pública presentan una especial habilidad para empujar las barreras lingüísticas y sociales, y denunciar tanto la arbitrariedad del idioma como la de la estructura social. La voz infantil es una posibilidad de evadir la rigidez lingüística de la lengua docta, de la racionalidad cartesiana y de los conceptos consagrados. Es un alternativa escritural que se define a sí misma sobre la base de esas limitaciones o contrarrespuestas. Son esas carencias respecto a la conciencia adulta –cognición incompleta, desarrollo afectivo en proceso, etc. – lo que ofrece una gama de posibilidades distintas y que le entregan su “marca”, su distinción a la voz infantil. Por lo tanto, la estrategia de esta escritura será precisamente la “narración deficiente”, basada en una comprensión parcial de los hechos, el manejo limitado del lenguaje, la precaria abstracción y racionalización.
La perspectiva infantil se ha convertido en la tradición literaria occidental en una forma de cuestionamiento y protesta contra la alienación de la sociedad moderna. Es un espacio “agridulce” de aprendizaje donde se reconocen los actuales vicios del mundo –el egoísmo, el dolor, la opresión, la exclusión, la injusticia–. Además, como afirma Marta Lopez-Locuas en su estudio Ese extraño territorio: la representación de la infancia en tres autoras latinoamericanas (2001), que analiza el caso de tres escritoras, Norah Lange, Silvina Ocampo y Elena Garro, los niños en la narrativa contemporánea reflejan a un sujeto posmoderno en peligro de disolución y fragmentación: “los niños –ya sea con su propio cuerpo, con otras personas, o con el espacio de la casa– ponen en evidencia un ser dividido, una subjetividad múltiple y fragmentada que cuestiona la concepción de un ser existencial, monolítico, unificado bajo una idea supuestamente ‘coherente’ de personalidad, de cuerpo biológico o de género”. (el subrayado es mío)
Todo esto posibilita un relato/sujeto dinámico, ya que el narrador-niño va creciendo y cambiando su capacidad de comprensión y su relación consigo mismo y con el medio, de un modo más brusco que el de un “narrador adulto”. Hay cierta movilidad, que va girando en nociones y ritmos; que nos ofrece la posibilidad de identificar un hecho concreto que posteriormente tendrá una importancia crucial en ese sujeto en otro momento de su vida. Y que, además, encarna las problemáticas de una época como la contemporánea, con un sujeto posmoderno dividido y en peligro de disolución.
Así, la infancia se construye como objeto de discurso en tanto se torna objeto de significación social. Las ciencias sociales, por su parte, han incorporado los conceptos de inclusión/exclusión –así como el de vulnerabilidad– en su análisis de la problemática social de los infantes. Y también es posible pensar el lugar de la infancia en otra parte, fuera de las determinaciones con las que el mercado o la escuela pretenden fijarla y que puede resultar clave para comprender su traslación al terreno estético:
La infancia es siempre una forma de ponerse fuera de alcance, de subvertir la lógica adulta mediante la rapidez de sus desplazamientos. La literatura que hace del vacío de las palabras su propio sentido, que busca otra forma de producir sentido, respetuosa de la naturaleza cambiante, contradictoria e inasible de lo real, intenta reconstruir o reinventar la infancia. A través de la literatura es posible acceder a ese espacio que ha quedado bloqueado en la memoria del adulto como un lugar perdido. (el subrayado es mío)
Entonces, la infancia como desplazamiento, como trayectoria, etapa en movimiento, ofrece perspectivas cambiantes, perfomativas en la construcción de sujetos y situaciones en relación a ese “vacío” inalcanzable e irreductible. La relación infancia-literatura nos lleva por el camino de algunas representaciones que a través de la diversidad de imágenes y tonos, intentan develar un misterio.
Se ha dicho que la imagen de la infancia en la literatura se vincula a la conciencia de ‘sí mismo’ del artista en su relación con la sociedad; específicamente, al despertar de su conciencia. Los relatos en los que se representa la infancia, junto con revelar una conciencia aguda de las injusticias sociales, muestran una búsqueda de identidad a través de la subjetivación de la memoria y de la historia. En ese sentido, se trata de relatos que, por un parte, son una “política de la representación” que pone en juego un ejercicio de poderes ideológicos, culturales, sociales y económicos; y, por otra, una “poética de la experiencia” como lugar de enunciación, a partir del lenguaje y la interpelación que permiten esta relación de la infancia con la literatura y la vida. Por ello, más allá de la extrañeza lingüística, de la imposibilidad de enunciar –por escrito– ciertos sonidos, de recordar ciertas palabras o del uso de una ortografía particular, la literatura estructurada de alguna manera en torno a la infancia tiene que ver con la constitución de identidad en tanto remite a un sujeto que sufre algunas fracturas en ciertas formas de entender y pertenecer al mundo.
Siguiendo la definición de Deleuze y Guattari de “literatura menor”, la escritura de los textos de perspectiva infantil corresponde de alguna forma a una lengua de minoría, en el sentido de que pese su dependencia de lenguas dominantes, ha logrado transformarse en dialecto minoritario, precisamente por sus particularidades. Para los autores franceses, la literatura menor no designa a un sujeto de enunciación específico (o menor), ni a un sujeto enunciado específicamente que pueda servir de representante de las historias menores, sino que se refiere a las condiciones revolucionarias que permitirían una práctica cultural marginal dentro de la cultura mayor o hegemónica. Ya hemos comentado, y lo ilustraremos en los capítulos siguientes de análisis de obras, las experimentaciones en ritmos y gramáticas de esta escritura. Lo curioso es que el sujeto niño utiliza las mismas herramientas del adulto o el opresor, en el sentido antagónico, tales como el lenguaje, la memoria, la historia, la crueldad, pero de tal modo que llegan a instaurar otra historia, otra memoria, otro lenguaje.
En general, los protagonistas niños rechazan el lenguaje de los poderosos, la retórica de la oficialidad, el discurso que genera el poder. Hacen uso del lenguaje “mayor” desde posiciones menores o disidentes, convirtiéndose en entes extraños dentro del propio lenguaje. Y no se trata exactamente de la condición léxica del idioma, sino de la invención sintáctica con la que ciertos autores usan este artificio, el habla infantil, para reflejar la condición oprimida, los invisibles procesos de autoconstitución dentro de estructuras familiares, sociales y nacionales.
Por otra parte, el desplazamiento y la flexibilidad de la niñez literaria forjan textos que despliegan una operación ficcional, a partir de narradores con capacidades creadoras que procesan los recuerdos con una voluntad transformadora e inventiva propia de la edad: producto artístico, facultad y proceso. Todo esto va configurando una poética que contiene un uso particular del conocimiento, el lenguaje y las imágenes. La infancia implica ilusión, una brecha entre imaginar-razonar, un acercamiento a la realidad con capacidad lúdica, con fuerza imaginativa o impulso creador, negador o evasivo. El niño como narrador y protagonista despliega su maduración en el proceso de escritura. En este sentido, la literatura ha ofrecido representaciones de la infancia que generan, a menudo, una forma en tensión entre la reconstrucción biográfica, la fantasía, la autoconciencia y el relato de denuncia. Siguiendo esta línea argumental de la operación ficcional desde la infancia, la crítica mexicana Luzelena Gutiérrez de Velasco destaca el poder de la invención en la literatura de Elena Garro:
En el arte la infancia es una invención. Constituye la reconstrucción de un tiempo perdido y ya para siempre, porque el recuerdo trabaja a partir de datos que han sido cancelados por la razón, tamizados por la fuerza de las jerarquías, tasados y medidos según las normas de una sociedad adulta. El artista inventa su propio pasado o erige el pasado de los otros, con la convicción, según Wallon, de que: el niño no sabe más que vivir su infancia”. Un saber que se traduce en un vivir. (el subrayado es mío)

LOS NIÑOS ENTRE LA REALIDAD Y LA FICCION


La UNICEF cuantifica en más de mil millones los niños que padecen en el mundo las terribles consecuencias de la pobreza, las guerras o el Sida. Según el informe anual 2004 de esta institución, un total de 640 millones de niños no poseen una vivienda adecuada. En la década de 1990, cerca de 20 millones de menores se vieron forzados a abandonar sus pueblos o regiones a consecuencia de las guerras y en el período 2001-2003, y 15 millones de ellos perdieron al menos a uno de sus padres a causa del Sida.
Pero esos son los datos de los niños de carne y hueso, y en este trabajo hemos estudiado la representación de la infancia en la literatura, como un espacio simbólico en el no sólo indaga en esta situación de vulnerabilidad; sino que también, en cómo esa vulnerabilidad se altera y reformula para transformarse en una herramienta literaria para subvertir contenidos, discurso sociales y poéticas escriturales. La facultad fantasiosa, propia de la mente del niño, o adjudicada a éste, da licencia para una producción que desemboca en relatos múltiples, contradictorios, inconclusos, paralelos; como también mayor experimentación en el lenguaje y subversiones ideológicas y culturales.
Por otra parte, todo sujeto niño está inserto en una red de dependencias e interdictos, constituida por la escuela y la familia.
Los textos dominados desde la perspectiva infantil aluden a experiencias que constituyeron pérdidas físicas, emocionales o simbólicas; situaciones, personas u objetos que de una u otra forma ya no están. Las situaciones de duelo que vive los protagonistas de las obras analizadas, la muerte de uno de los progenitores, o el abandono de uno de estos, o bien experiencias de pérdida menos traumáticas, como una mudanza de ciudad –la pérdida de un contexto y de sus personas–, de una rutina o un objeto que son vividas como pérdidas de sí mismo. El niño aún en vías de erigirse como un sujeto autónomo, siente que hay una parte de él que se murió con ese cambio de circunstancias. La infancia es en sí una dinámica de “pérdidas” de la propia vida –muerte, separaciones, mudanzas– y del crecimiento –inocencia, mitos, creencias mágicas–, pero también hay “ganancias” –conocimiento, madurez, independencia, dominio corporal, libertad. Los protagonistas en cuestión despliegan este contrapunto entre la experiencia pérdida y “la ganancia” a partir de los conflictos que los marcaron, señalando y denunciando las injusticias y traumas. En los diferentes relatos analizados se esboza la elaboración de esas experiencias, lo que significaron, cómo se superaron esas ausencias y de qué modo dejaron secuelas.
La infancia literaria aparece entonces como un lugar de vacío, no sólo en cuanto pérdida, sino también es un vacío en el proceso de auto constitución. En los relatos en que los protagonistas alcanzan la madurez, ese sujeto adulto resulta ser la amalgama de intercambio entre el “self” y el mundo, entre la memoria y el presente, proceso originado en las primeras impresiones de vida en el que siempre hay un punto vacío. A través de la literatura es posible acceder a ese espacio que ha quedado bloqueado en la memoria del adulto como un lugar perdido. La relación infancia-literatura nos lleva por el camino de algunas representaciones que a través de la diversidad de imágenes y tonos, intentan develar su misterio. Y por momentos en estas historias la infancia se extingue, y surgen las voces de otros, o de una época de guerra y exterminio, de padres y familias quebradas, de sociedades represivas. Todos estos sentidos de “vacío” abren la posibilidad de las transgresiones discursivas y estéticas antes mencionadas. El niño, sujeto de discurso, sujeto caracterizado por su estado de tensión hacia el futuro, de transición entre el no – ser y el ser adulto, opera como un significante vacío que puede encarnarse en contenidos diversos; y da cuenta del poder y riqueza de este artificio.

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