Una aproximación a las heroínas y anti-heroínas de los cuentos de hadas desde la sociología jurídica



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Una aproximación a las heroínas y anti-heroínas de los cuentos de hadas desde la sociología jurídica

Autora: Andrea L. Gastron

Las conclusiones del trabajo fueron presentadas al Encuentro a 200 años de la enseñanza del Derecho en Buenos Aires ¿Liga de la Justicia? Superhéroes y Derecho, organizado por el Depto. de Ciencias Sociales de la Facultad de Derecho de la UBA, 31 de agosto de 2015.



Sociológicamente hablando, la Cenicienta no existe. De ahí la fascinación que provoca. Juan Carlos Agulla

Había una vez

Por diversas razones, los héroes y las heroínas de los cuentos fascinan y han fascinado siempre a los lectores y narradores de todas las edades, de todas las eras, de todas las culturas y de todas las historias. Tal vez porque, como decía Homero hace demasiados años, están ahí para mostrarnos que la realidad también puede ser de otro modo. O tal vez, como pensaba Sigmund Freud [1908 (1907)], muy lejos de Homero en el tiempo aunque no en las razones, porque en los seres humanos, tanto los niños como los adultos, hay una Necesidad (que el padre del psicoanálisis transcribió, precisamente, con mayúsculas) eterna de jugar (los niños) y de crearse fantasías (los adultos), para poder inventarse una fuente de placer, una “prima de placer”, y liberar “tensiones en el interior de nuestra alma”.

En este trabajo, me voy a centrar en las heroínas de los cuentos infantiles. Me interesa posarme en ellas, porque constituyen un tipo ideal (en sentido weberiano) ineludible en el análisis de la construcción social de los estereotipos de género y su relación con ciertos valores que atañen al derecho, como lo es la justicia y el restablecimiento de cierto equilibrio (no necesariamente perfecto, pero sí colectivamente añorado), teniendo en cuenta el lugar de subordinación de las mujeres en la sociedad actual.

Lo haré sobre todo desde un punto de vista socio-jurídico, eludiendo, por consiguiente, algunos de los ricos condimentos que el estudio de los cuentos y los relatos poseen para otras ramas del saber (como la arqueología, la historia, la antropología, la filosofía o la psicología), ya que, para el derecho, las protagonistas de estas historias plantean dos preguntas fundamentales a las que intentaré, aquí, dar alguna respuesta: en primer lugar, cuál es el rol que ellas tienen en una sociedad en la cual el derecho, o mejor dicho, el Estado, no logra ser eficaz (o al menos, no lo suficientemente) en la construcción de una sociedad más justa e igualitaria, entre varones y mujeres, pese a un discurso legal que así lo sostiene a través de sus textos normativos, sus operadores jurídicos, de los símbolos y las imágenes que lo adornan y la fuerza y el poder que lo legitiman. Y en segundo lugar, si las heroínas de los cuentos infantiles tradicionales proponen alguna definición alternativa acerca de la justicia y el derecho, y cuál sería el impacto de esta propuesta en la actualidad.

Parto para ello de las hipótesis siguientes: las heroínas y anti-heroínas de los cuentos tradicionales infantiles (vg., las hadas, brujas y princesas) proponen una caracterización de la justicia más cercana a los parámetros de una ética del cuidado, que tiene como premisa la prohibición de provocar daños a los demás, por sobre la noción de una justicia conmutativa o retributiva. Gran parte de estos cuentos parten de modelos o arquetipos femeninos hoy cuestionados socialmente (mujeres jóvenes y bellas, pero ingenuas y vulnerables; mujeres poderosas, malas, viejas y feas; mujeres bellas, poderosas y bondadosas, pero volátiles e inestables), a los que durante mucho tiempo han reforzado y convalidado.

Los cuestionamientos actuales hacia estos estereotipos de género, algunos de los cuales se presentan incluso en la propia narrativa de los cuentos recientes, darían cuenta de profundos cambios sociales en relación con una redistribución de roles según los géneros, y de cómo ello impacta en las redefiniciones culturales del derecho y la justicia.



La construcción social de las heroínas y las anti-heroínas de los cuentos de hadas

En el presente recorrido, propondré un punto de partida ciertamente incómodo, y afirmaré que las hadas, las brujas y las princesas de los cuentos no necesariamente no existen. Al menos en un sentido sociológico-jurídico.

No hago esta afirmación irónicamente, como cuando se quiere connotar lo extraordinario de intuiciones inexplicables para ciertos cánones racionales, y que son comúnmente asociados a estereotipos de género valorados por la sociedad negativamente (“las brujas no existen, pero que las hay las hay”). Tampoco, lógicamente, en el sentido estadístico utilizado en la frase que enuncia Agulla, y que encabeza el presente texto. Al asumir que las heroínas de los cuentos son, que tienen entidad, y que para muchos (por ejemplo, los niños y las niñas) forman parte del mundo de lo real, intento explicitar que su existencia constituye, entre otras cosas, parte de un relato que, aunque ficcional, tiene un impacto directo en la realidad socio-jurídica, porque de algún modo influye en la adecuación de conductas sociales y de expectativas de comportamiento. De este modo, traigo a colación el conocido teorema de Thomas (1928): “si las personas definen las situaciones como reales, éstas son reales en sus consecuencias”.

Y por otro lado, al afirmar que las hadas, las brujas y las princesas existen, asumo que determinados aspectos de su comportamiento tienen correspondencia con prácticas sociales a partir de las cuales se construyen, narrativamente, ciertos estereotipos de género. El arte (en este caso, la literatura) es el puente que recoge ciertos aspectos de la realidad, y los une con la imaginación y la fantasía, atravesando ciertas connotaciones y definiciones acerca del mundo de lo justo y del derecho.



Hace muchos años vivían un rey y una reina quienes cada día decían: "¡Ah, si al menos tuviéramos un hijo!" Pero el hijo no llegaba. Sin embargo, una vez que la reina tomaba un baño, una rana saltó del agua a la tierra, y le dijo: "Tu deseo será realizado y antes de un año, tendrás una hija.". La Bella Durmiente

Al igual que las normas jurídicas, las heroínas de los cuentos conforman modelos de conducta de una gran legitimidad sociológica y simbólica, que animan los comportamientos apreciados y desalientan los despreciables, que permiten confrontar realidades diferentes y que ofrecen alternativas de procederes diversos con significación jurídica, porque interpelan al mundo de lo permitido y lo prohibido, de lo bueno y de lo malo, de lo valioso y lo disvalioso, de lo que se puede y lo que no se puede, y de lo que se debe y lo que no se debe hacer.



Una vez en el castillo, el rey ordenó que condujesen a la hija del molinero a una habitación repleta de paja, donde había también una rueca: "Tienes hasta el alba para demostrarme que tu padre decía la verdad y convertir esta paja en oro. De lo contrario, serás desterrada." El Enano Saltarín (Rumpelstiltskin).

Vistas de este modo, ellas se sitúan en los intersticios entre el mundo de la realidad y la fantasía, pero también entre la psiquis individual y el pensamiento colectivo; juegan roles y desarrollan conductas que podrían ser reales (y de los cuales hay buenas razones para suponer que alguien o algo –como el Estado, que, en tanto “persona jurídica”, en sí mismo también podría ser visto como una gigantesca y poderosa ficción- debiera de asumir), aunque todo sucede de manera sobrenatural, mágica, extraordinaria, a través de superpoderes que exceden el plano de la experiencia y la razón humanas.



- Si te avienes a invitarnos a la boda, sin avergonzarte de nosotras, nos llamas primas y nos sientas a tu mesa, hilaremos para ti todo este lino en un santiamén.

- Con toda el alma os lo prometo -respondió la muchacha-. Entrad y podéis empezar ahora mismo.

Hizo entrar, pues, a las tres extrañas mujeres, y en la primera habitación desalojó un espacio donde pudieran instalarse.

Inmediatamente pusieron manos a la obra. Las tres hilanderas

Y además, la satisfacción de deseos y de necesidades es, una vez sorteados los obstáculos, prácticamente inmediata, y nunca está librada al azar (los premios y castigos funcionan, absolutamente siempre, porque en la moral que trasuntan los cuentos infantiles, a la larga o a la corta, los buenos y altruistas son los que ganan y los malos y egoístas los que pierden).



El día del baile había llegado. Cenicienta vio partir a sus hermanastras al Palacio Real y se puso a llorar porque se sentía muy triste y sola. Pero, de pronto, se le apareció un Hada que le dijo:

"Querida niña, sécate tus lágrimas porque tú también irás al baile". Cenicienta.

Los cuentos de hadas constituyen el contexto en el cual estos personajes se desenvuelven; así, ellas forman parte fundamental del mundo de las representaciones sociales infantiles. En el marco conceptual de las ciencias sociales, las representaciones sociales son comprendidas como elaboraciones psíquicas complejas donde se integran, en una imagen significante, la experiencia de cada persona y los valores e informaciones circulantes en la sociedad. Es decir que la significación de las representaciones sociales va más allá de una idea o imagen, porque está impregnada de valores, ideales y prejuicios que constituyen vectores que orientan las actitudes y comportamientos de los sujetos, organizando un mundo simbólico del que surgen marcos interpretativos construidos a lo largo de la historia, cuya función es fundamental, en tanto garantizan la comunicación, la interacción y cohesión social (Gastron, Monchietti y Oddone, 2012).

Estos valores y prejuicios son organizados, en los cuentos infantiles, muchas veces de manera dicotómica, como en un juego de suma cero: se está del lado del bien, o del lado del mal. Por ello, los grises y los matices, las circunstancias atenuantes, el estado de necesidad o de emoción violenta, que en la realidad jurídica forman parte de los factores que los jueces y operadores jurídicos deben considerar a los fines de ponderar conductas y actitudes para tomar una decisión conforme a derecho, son raramente considerados en este tipo de relatos: se trata de un comportamiento sociológico ideal, en la medida en que tiende a satisfacer las necesidades de los personajes de un modo absolutamente justo, correcto y eficaz.

De este modo, mientras que las hadas son seres bellos, angelicales, luminosos, maternales, bondadosos y altruistas, todo ello de un modo exagerado, y usan sus poderes mágicos para hacer el bien, las brujas son, también excesivamente, malévolas, egocéntricas, oscuras y feas, merodean de noche y se rodean de seres y de objetos tan tenebrosos y macabros como ellas mismas.

Por lo tanto, las hadas constituyen la negación, la contracara de las brujas. Y las brujas se muestran como la sombra de las hadas. En este sentido, podemos afirmar que ambas figuras conviven en una situación de equipolencia1, ya que, así como el bien adquiere significación cuando existe la idea del mal, un hada sería inconcebible si las brujas no existieran: a un estereotipo del mal sólo puede enfrentárselo con otro estereotipo de igual fuerza, pero de signo contrario2.

Y esta construcción de estereotipos a través de los cuentos infantiles adquiere una gran eficacia en la conformación de la persona social, ya que forma parte del proceso de socialización primaria de los individuos.

Cierta viuda tenía dos hijas, una de ellas hermosa y diligente; la otra, fea y perezosa. Madre Nieve (Frau Holle)

Como sostienen Berger y Luckmann (1986), la socialización primaria que tiene lugar durante la infancia, y que de hecho constituye el proceso de socialización más importante en la vida de los actores sociales, involucra una enorme carga emocional, tornando posible, entre otras cosas, los procesos de enseñanza-aprendizaje. Así, la identificación del niño y de la niña con ciertas conductas, con ciertos valores y con ciertos caracteres de personalidad procede cuando tiene lugar la internalización de "roles" y actitudes de los otros significantes, lo cual implica que el infante los acepta, los internaliza y que se apropia de ellos. Es decir que el proceso de socialización trata, en definitiva, de aprender (y también de aprehender) a ser persona social, a interactuar con otros, y a reconocer y reconocerse en esos otros, con esos otros, y a través de esos otros, en una dialéctica entre la auto-identificación y la identificación que hacen los otros, entre la identidad objetivamente atribuida y la que es subjetivamente asumida.



Las heroínas de los cuentos y la Justicia: el rol ideal y el rol teórico

Llegado a este punto, diré entonces que los estereotipos que se condensan en las heroínas de los cuentos bien podrían remarcar ciertas diferencias importantes en la definición de la justicia, que muchas veces tienen como punto de referencia, pero también como punto de llegada, las desigualdades de género.3

Y en este sentido, está muy claro que las heroínas podrían encarnar, precisamente, una definición de lo que es justo a partir de la premisa del neminem laedere, el no dañar a los otros, y la consiguiente actitud de cuidado hacia los demás, por sobre otras caracterizaciones posibles de la justicia, del derecho y de lo que corresponde a cada uno y cada una. Es muy probable que uno de los mecanismos que podría operar en este sentido es la idea del perdón, que muchas veces aparece en los cuentos de hadas mostrando la magnanimidad de los personajes femeninos centrales (las heroínas: las princesas, las niñas ingenuas rescatadas) que habían sufrido ofensas por parte de las contra-figuras, también femeninas (las anti-heroínas: las brujas, las madrastras, etc.), que terminan siendo derrotadas, pero a la postre perdonadas, en un final que jamás termina siendo no feliz.

Por otro lado, las heroínas de los cuentos (por ejemplo, las hadas madrinas) vienen a cubrir necesidades sociológicas muy concretas, y sobre todo en contextos desfavorables y de desigualdades diversas, y así, con su actitud y su conducta, ponen de manifiesto, precisamente, cómo debería funcionar el Estado y la Justicia, sus instituciones y sus operadores, si funcionara de acuerdo con cierto mínimo nivel de expectativas razonables, achicando la brecha entre las personas poderosas y las débiles (pero nunca conmoviendo o cuestionando las bases mismas del sistema).

Juan Carlos Agulla, partiendo de una teoría de las funciones sociológicas, denominó a este modelo de análisis de comportamiento como el del rol “ideal”, y lo confrontó con el rol real (que es el comportamiento tal como se manifiesta en la realidad, de acuerdo con la función que se detente) y el rol teórico (tal como se lo define desde un cierto marco normativo y conforme al “status” que se le asigne institucional y socialmente)4.

En este sentido, diré que el rol teórico se puede observar, por ejemplo en la justicia penal, a través de las normas y dispositivos jurídicos, y por ello asumiré que tiene como fundamento una definición retributiva (el “dar a cada uno lo suyo”) o conmutativa (en el extremo del “ojo por ojo”) de lo justo.

Pero en verdad, este modelo “ideal” de ejercer los roles es, por definición, un modo agigantado, excesivo, exuberante de comportamiento (en el ejercicio de los roles, pero también, en la construcción de la esencia misma de los estereotipos que constituyen los personajes que estamos analizando), lo cual es natural en el mundo del arte, ya que, en tanto expresión artística, los cuentos muestran una realidad exagerada: parafraseando a Gilles Deleuze (1988), este tipo de figuras es, por definición, una exageración con respecto a la realidad (aunque no con respecto al arte mismo que las inventa).

Es decir que el modelo histórico de los roles de las hadas madrinas, las brujas y las princesas (dicho en términos de Agulla, el rol “real”), se presenta muy distinto.



Las hadas madrinas y las mentoras: el rol real

Tal como sostienen muchos pensadores, asumiré que la figura del hada madrina remite a las figuras maternas sustitutas (las madrinas, las madres adoptivas, las abuelas, las madrastras, las niñeras y cuidadoras, etc.). Su importancia es crucial en un contexto histórico en el cual la mortandad asociada a los partos era sumamente elevada, y los ensamblajes debidos a la viudez masculina frecuentes5.

Este vínculo entre las madres sustitutas y sus hijas de crianza o ahijadas ha sido descripto desde una perspectiva psicodinámica como sumamente conflictivo; entre los autores que esbozan alguna explicación para la compleja relación entre ambas figuran desde Sigmund Freud hasta pensadoras feministas, como Nancy Chodorow o Luce Irigaray.

No obstante, dado el marco teórico del presente trabajo, me interesa reflexionar aquí desde una perspectiva que tenga en cuenta un dato socio-jurídico fundamental, y que se refiere a la escasez de modelos femeninos en el mundo de lo público: es evidente que esta carencia, que no es únicamente cuantitativa, refleja claramente las mayores dificultades que presentan las mujeres en sus posibilidades concretas de insertarse, crecer y mantenerse en los ámbitos profesionales, políticos, económicos y, en muchos casos, también laborales (áreas que han sido concebidas a partir de modelos de comportamiento patriarcales), que sus pares varones.

Esta cuestión ha sido desarrollada por autores que destacan la importancia que tiene contar con el madrinazgo o padrinazgo de una persona que asuma una función de cuidado y protección, a quien se lo suele denominar como “mentor/a”6, lo cual es bastante frecuente en algunos ámbitos profesionales (como el académico, donde incluso se ha legitimado a través de la obligatoriedad de la figura del director/a o tutor/a de tesis, de investigación, del profesor/a titular de cátedra, etc.).

Como se desprende del párrafo anterior, la enorme ventaja que supone contar con la ayuda de un mentor parece ser fundamental no sólo para las mujeres: de hecho, investigaciones realizadas en otros países del mundo han mostrado diferencias significativas entre los individuos que han contado con esta ayuda y aquéllos que no la han tenido, más allá de su sexo/género; estas diferencias fueron observadas e incluso medidas en aspectos diversos, tales como los resultados de la carrera profesional, la satisfacción laboral, la socialización organizacional y el nivel de ingresos (Chao, 1997).

Por otro lado, también se sabe que el “mentoring” es ejercido por varones y mujeres de manera muy distinta; así, en un abanico profesional sumamente amplio, ocupado por industrias diversas, se ha podido observar la gran influencia que tienen las mujeres mentoras en el modelado del rol profesional (tanto respecto de varones como de mujeres protegidos o aconsejados), a diferencia de los varones mentores, que en cambio han tenido un mayor impacto en el desarrollo de la carrera de la persona protegida, pero menor en el modelado del rol profesional (Sosik y Godshalk, 1999).

En nuestro medio, al analizar las trayectorias de vida de mujeres que combinaron la actividad doméstica con la vida laboral, Maldavsky Burin observó la exposición de las tensiones entre ambas áreas de desarrollo, frente a lo cual se plantearon dos maneras de resolución clásicas: intentar mantener el equilibrio y la armonía entre ambas, procurando ser una mujer que todo lo puede (el modelo “mujer maravilla”), o bien un modelo dicotómico entre ambos, en el cual se opta por una alternativa (el trabajo o la familia), postergando o aplazando el despliegue del área que quedó relegada. Los conflictos que surgen en el dilema para dirimir estas situaciones dicotómicas son percibidos por las propias mujeres como laberintos de cristal, en el sentido de que aparecen como un espacio con varios puntos de entrada y de salida (a diferencia de los laberintos clásicos descriptos por diversas mitologías), en tanto que la imagen del cristal se debe a que visualizan sus paredes como transparentes: a través de las paredes del laberinto se pueden ver a otras mujeres que circulan por el laberinto buscando variados caminos para poder seguir avanzando.

La propuesta de Maldavsky Burin consiste, pues, en pensar la figura de una mentora no únicamente como alguien que opera para la subjetividad femenina en la adquisición de una identidad laboral, sino también como mediatizadora entre el mundo del trabajo y el mundo de los vínculos afectivos y de intimidad. Que es, precisamente, el lugar que ocupaban las hadas madrinas en los cuentos infantiles… aunque sin sus poderes mágicos.

Las brujas y el derecho: el rol real

Las brujas constituyen, tal vez, uno de los sujetos históricos femeninos más interesantes sobre los cuales los estudios de género han puesto su mirada.

Desde tiempos muy antiguos, a ciertas mujeres, como las hechiceras, pitonisas o curanderas, se les atribuyeron poderes mágicos y ocultos, ya que detentaban conocimientos que servían para satisfacer determinadas necesidades de gran parte de la población. Estos saberes eran eminentemente prácticos, e incluían, entre otras, nociones de farmacología y remedios de diversa índole (basados en los preparados que efectuaban con hierbas y plantas), de traumatología, de ginecología (atendían embarazos y partos) e incluso, de psicología cuando actuaban como “celestinas”, demostrando un profundo saber empírico sobre las relaciones humanas.

Sin embargo, con el triunfo del cristianismo, y a medida que ciertas prácticas comenzaron a ser consideradas paganas por la religión oficial, ellas también fueron perseguidas o confinadas. Así, durante la Edad Media, debieron recurrir a medios de vida marginales, alejándose de las personas que contaban con aprobación social y uniéndose a otras mujeres de su misma condición (Burin y Meler, 1998).

Cuando, a partir del siglo XIII, la medicina se legitimó académicamente y se crearon las primeras carreras en las Universidades, a las que por supuesto sólo accedieron los varones de los estratos sociales elevados, las mujeres que poseían estos conocimientos quedaron aún más al margen del reconocimiento público, y las persecuciones se agravaron. De este modo, tuvieron lugar las “cazas de brujas”, eufemismo con el que se encubrieron crímenes atroces y torturas a aquellas mujeres que, por diversas razones, no se avenían a vivir de acuerdo con los rígidos cánones de la época, y residían fuera de las casas feudales o los conventos religiosos.

De acuerdo con Saez Buenaventura (1979; cit. en Burin y Meler, 1998), la "caza de brujas" tenía los siguientes rasgos: l) las brujas eran mujeres en una sociedad que despreciaba a las mujeres; 2) por su edad, habían perdido el encanto físico y la posibilidad de procrear; 3) hicieron uso de su sexualidad fuera de los límites prescritos; 4) se reunían y formaban grupos con sus pares; 5) lograban vivir con autonomía dedicándose a actividades no domésticas. Además, cuestionaban la autoridad masculina demostrando el ejercicio y la transmisión de un saber de mujeres.

Trasgresoras en un mundo donde el poder y la dominación estaban incuestionablemente en manos varoniles, las brujas fueron doblemente segregadas: por su condición femenina y por la baja posición estamental que ocupaban. La marginalidad fue entonces el lugar que les cupo. La comunidad que habitaron concibió para ellas castigos sumamente crueles, y una ley que ardía en llamas dolorosas y tratos lacerantes.

Las princesas y el derecho: el rol real

En el mundo real, el de princesa es un título nobiliario que denota una elevada posición en la jerarquía estamental, y que suele adjudicarse a las mujeres que pertenecen al mismo linaje que el (más frecuentemente) o la (excepcionalmente) monarca, o bien, a quien termina desposando a un príncipe (princesa consorte).

Habitualmente, por su origen noble, las princesas estaban destinadas a desposarse, por razones de conveniencia, con los reyes o soberanos de otras casas reales con las cuales se trababan alianzas políticas, económicas o militares; las decisiones acerca de los matrimonios eran tomadas por los padres (en especial, por el patriarca), como lo eran las decisiones domésticas más importantes en la familia patriarcal, durante la adolescencia de sus hijos.

Juan Carlos Agulla (1991) define a este tipo familiar como característico de una forma de vida social comunitaria. En él, se unen dos parentescos pertenecientes al mismo estamento (endogamia). Así, el sistema de parientes que se crea es muy amplio, puesto que allí se encuentran relaciones de sangre (ascendencia y descendencia), políticas o por afinidad (cónyuges y sus parientes) y adscriptos (siervos).

Como sucede siempre en una estratificación social estamental, la división de funciones y desigualdad de posiciones se funda en dos criterios definitorios: el sexo (ya que son los varones quienes detentan el poder) y la edad (los viejos mandan sobre los jóvenes).

En los estamentos, la unidad del sistema se legitima por el recuerdo y la valoración de la gesta y de los ancestros que crearon el linaje (memoria histórica), que se conserva a través de instituciones como el mayorazgo, a fin de mantener la unidad familiar: el patrimonio familiar es único e indiviso, y administrado por el patriarca (Agulla, 1991).

Los derechos y obligaciones sociales se asientan en privilegios hereditarios, y están garantizados por “fueros”; abarcan las actividades sociales expresamente monopolizadas por cada estamento. Los fueros, que se definen por su carácter específico, son guardados por una tradición familiar que garantiza un estilo de vida fundado en el honor (Agulla, 1991; Weber, 1964).

Actualmente, como la mayoría de los títulos nobiliarios, el “principado” permanece como un resabio estamental en una sociedad estructurada en base a criterios de desigualación y estratificación social diferentes (clasista, niveles de status ocupacionales, etc.), que superaron (aunque nunca de manera absoluta) el orden sociológico propio de las comunidades territoriales (castas o estamentos).



Conclusiones

En los cuentos infantiles, quedan tajantemente marcados el lugar del bien y del mal, de lo permitido y lo prohibido, de lo justo y lo injusto. Por ello, si bien se trata de relatos y ficciones que no coinciden con los modelos históricos conocidos, poseen cierto correlato en la realidad empírica que permite conocer el funcionamiento de las prácticas que rodean a la ley y al derecho, más allá de sus aspectos normativos.

De esta manera, sus personajes se presentan como un riquísimo material de estudio socio-jurídico para conocer cómo opera la construcción social de los estereotipos de género y su relación con ciertos valores que atañen al derecho y la justicia; en particular, el rol que juegan las heroínas y anti-heroínas, sus actitudes, sus comportamientos y expectativas de comportamiento en su relación con los otros personajes constituyen una fuente de conocimiento sumamente interesante, porque permite caracterizar, en un contexto muy concreto y acotado, los mecanismos sociológicos que sostienen y trasmiten a las nuevas generaciones los lugares de poder y de subordinación (en este caso, de las mujeres) en la sociedades y las culturas.

Ellas operan sobre la realidad, en la medida que refuerzan o cuestionan los roles sociales en un medio en el cual el Estado no logra ser lo suficientemente eficaz en la construcción de un orden jurídico más justo e igualitario, entre varones y mujeres, pese a un discurso legal que así lo sostiene. En segundo lugar, éstas proponen una definición alternativa acerca de la justicia y el derecho, basado en una ética del cuidado, que parte de una caracterización distinta al modelo de justicia conmutativa o distributiva (aun cuando en la realidad jurídica no necesariamente este modelo de conducta se haya impuesto, más allá de algunos contextos muy específicos7).

En nuestro análisis, partimos de la teoría que Juan Carlos Agulla construyó para el estudio de las funciones sociológicas ligados a los trasmisores de saberes jurídicos (vg., los profesores de derecho), y en la que distinguió el rol ideal (que alude al funcionamiento de la Justicia, sus instituciones y sus operadores, en relación con un mínimo nivel de expectativas razonables, y que operaría achicando la brecha entre los poderosos y los débiles), el rol real (que es el comportamiento tal como se manifiesta en la realidad, de acuerdo con la función que se detente) y el rol teórico (tal como se lo define desde un cierto marco normativo y conforme al “status” que se le asigne institucional y socialmente).

Y en relación con los diferentes roles analizados, vimos también que gran parte de los cuentos infantiles conciben a los personajes femeninos a partir de las funciones más tradicionales, a las que durante mucho tiempo han contribuido a reforzar y convalidar (mujeres jóvenes y bellas, pero ingenuas y vulnerables; mujeres poderosas, malas, viejas y feas; mujeres bellas, poderosas y bondadosas, pero volátiles e inestables); hoy, estos mismos roles y actitudes están siendo cuestionados, incluso en la propia narrativa de los cuentos recientes.

Podría decirse que dedicarse a reflexionar acerca del lugar de las hadas de los cuentos en el mundo actual constituye una actividad sin sentido, anacrónica, acaso frívola: en una sociedad en la cual estamos obligados a repensar los conceptos clásicos de la sociología, porque al parecer las categorías sobre las que la sociología se fundó ya no alcanzan para dar cuenta de la brecha escandalosa que separa a los sociológicamente desiguales, a los económicamente diferentes, a los culturalmente segregados, a los diferencialmente educados, parece claro que la Cenicienta no existe. La mataron la realidad fulminante de la exclusión social, de la pobreza estructural, de la violencia de género, y de todas las violencias que hoy nadie desconoce. Pero igual nos sigue fascinando. Como hace cientos de años, como hace miles de años, como en tantos relatos de tantísimas culturas, la Cenicienta resiste, aun contra cualquier pesadilla…

Por eso, creo que esta fascinación es el dato sociológico clave en la búsqueda de una sociedad mejor, porque en ella se resiste a morir la esperanza de un mundo más justo y equitativo para todos. Y para todas…



Bibliografía

Agulla, Juan Carlos (1991). El hombre y su sociedad. La formación de la persona sociológica, Docencia, Buenos Aires.

Agulla, Juan Carlos, con la col. de Ana Kunz (1990). El profesor de Derecho. Entre la vocación y la profesión, Cristal, Buenos Aires.

Berger, Peter L., y Luckmann, Thomas (1986). La construcción social de la realidad, Amorrortu, Buenos Aires.

Burin, Mabel, y Meler, Irene (1998). Género y Familia. Poder, amor y sexualidad en la construcción de la subjetividad, Paidós, Buenos Aires.

Chao, Georgia T. (1997). “Mentoring Phases and Outcomes”. En Journal of Vocational Behavior Nº 51, Article Nº VB971591, pág. 15–28. Recuperado de http://www.researchgate.net/profile/Georgia_Chao/publication/232451404_Mentoring_phases_and_outcomes/links/00b7d521f68c4d2412000000.pdf

Deleuze, Gilles (1988). El Abecedario, Pierre Boutang (prod.). Recuperado de http://imperceptibledeleuze.blogspot.com.ar/

Freud, Sigmund [1908 (1907)]. “El creador literario y el fantaseo”. En http://webcache.googleusercontent.com/search?q=cache:IlMnHQkSXdIJ:cmapspublic2.ihmc.us/rid%253D1GFHG6VXS-G5GXQ4-DP7/El%252520creador%252520literario%252520y%252520el%252520fantaseo.doc+el+creador+literario+y+el+fantaseo+freud+pdf&cd=1&hl=es&ct=clnk&gl=ar

Gastron, Liliana, Monchietti, Alicia, y Oddone, Ma. Julieta (2012). “Representações sociais sobre homens e mulheres na velhice”. En Rangel Tura, Luiz Fernando, e Oliveira Silva, Antonia (Orgs.), Envelhecimento e Representações sociais, FAPERJ y QUARTET, Rio de Janeiro, pág. 117-138.

Maldavsky Burin, Susana Mabel (2012). “Laberintos de cristal en la carrera laboral de las mujeres. El rol de las mentoras”, paper presentado al Congreso Ciencia, Tecnología y Género, Sevilla.

Sáez Buenaventura, Carmen (1979). Mujer, locura y feminismo, Dédalo, Madrid.

Sosik, John J., y Godshalk, Veronica M. (1999). “The Role of Gender in Mentoring: Implications for Diversified and Homogenous Mentoring Relationships”. Recuperado de http://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S0001879199917347

Thomas, William I. (1928). The Child in America: Behavior Problems and Programs, Knopf, New York.

Weber, Max (1964). Economía y sociedad. Esbozo de una sociología comprensiva, F.C.E., México-Buenos Aires.



1 Juan Carlos Agulla (1991; 46) utilizó la figura de la equipolencia al analizar los conceptos de roles y status sociales, y la caracterizó, precisamente, al explicar que todo comportamiento social se orienta en función de la respuesta (eventual) de otro u otros individuos particulares. Así, en virtud de la respuesta que reclaman los comportamientos de los actores sociales (o, como diría Max Weber, en la reciprocidad con la que se orientan las acciones), se establecen las relaciones sociales.

2 Dice Agulla al respecto que los roles nunca se ejercen solos, sino interrelacionados unos con otros, y que por eso conforman relaciones sociales: “una relación social es una relación de roles, es una equipolencia de funciones, que se dan en los comportamientos sociales reales y concretos (...). Son siempre comportamientos que permiten el trato de cada uno con los otros, que permite el mínimo de conocimiento para tratarse con el fin de satisfacer necesidades afines y/o de lograr fines comunes” (Agulla, 1991; 47).

3 Acerca de las diferencias en la definición de justicia entre varones y mujeres, cf. Gilligan, 1985, discutido en el capítulo “Shakespeare tras las rejas”, en este mismo libro.

4 En efecto, este autor diseñó esta clasificación entre los roles ideal, teórico y real al analizar los roles de los profesores de Derecho de la Universidad de Buenos Aires (Agulla, con la col. de Kunz, 1990; 15).

5 Agradezco la inspiración de esta sugerente idea a Ricardo Rabinovich Berkman y a Irene Meler (en conversaciones personales e intercambios epistolares con la autora).

6 Si bien hay traducciones al español para esta palabra, que alude a la persona que tiene a su cargo la guía, orientación, consejo, enseñanza y/o protección del otro u otra (ya que, en verdad, el mentor/a asume todas esas funciones), he preferido mantener la palabra en el inglés original, puesto que así es conocida y aplicada en el marco teórico de los estudios que ponen el foco en esta actividad. Del mismo modo, he preferido utilizar la palabra original “mentoring” a cualquiera de sus posibles traducciones.

7 Dejo mencionado aquí el modelo que propone Carol Gilligan (1985), como así también, las críticas de las que fue objeto.


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