Un poco de historia



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PROLOGO
LA CENSURA SOBRE LA CULTURA DURANTE LA ÚLTIMA DICTADURA MILITAR. DOCUMENTOS E INTERPRETACIONES
Hernán Invernizzi


UN POCO DE HISTORIA

Corría el año 2000. El Ministerio del Interior avanzaba en su proyecto de ocupar el edificio del desaparecido Banco Nacional de Desarrollo con oficinas administrativas. Uno de tantos empleados acomodaba los salones cuando se encontró con una de las bóvedas del BANADE. Allí descubrió una enorme pila de papeles más o menos acomodados en el piso y se puso a hojearlos. Leyó: "estrictamente confidencial y secreto", "destruir después de leer", "reservado". Vio sellos militares, membretes de la SIDE, de los servicios de inteligencia del Ejército y del Ministerio del Interior. El empleado avisó a su jefe inmediato y poco después llegó hasta allí el entonces Ministro del Interior. Había aparecido un archivo secreto de la dictadura militar. Organizaron una conferencia de prensa, la noticia salió en los diarios y trasladaron los papeles a la Secretaria de Derechos Humanos. Allí quedaron en un rincón.


Unos meses después fuimos a revisar aquellos documentos de los cuales no se había vuelto a hablar. Y allí estaban, amontonados, a la espera de una investigación que se ocupara de ellos. Esos papeles alguna vez habían sido un archivo, papeles oficiales sobre la represión que se habían salvado de la destrucción ordenada por el general Emilio Bignone, último presidente de la dictadura militar. Desde entonces se los conoce como el "Archivo Banade".
La mayoría de esos documentos pertenecían a los archivos del Ministerio del Interior. Dedujimos que se trataba de los papeles que no llegó a destruir uno de los principales cerebros del terrorismo de estado, el coronel Carlos Tepedino, durante dos años Jefe del Batallón de Inteligencia 601. Tepedino fue Director General de Seguridad Interior en ese Ministerio desde 1981 hasta el final de la dictadura y fue procesado, precisamente, por la destrucción de documentos oficiales sobre la represión.
Dado el tema de investigación, nos limitamos a analizar sólo los documentos referidos a la represión cultural - dejando al interés de otros investigadores los informes de inteligencia sobre ciudadanos del interior del país, informes de la Cruz Roja acerca de los presos políticos, etc. De allí salió una base de datos que organiza más de 600 documentos, alrededor de unas 4.000 páginas sobre represión y control cultural. En la actualidad se encuentran disponibles en la misma sede del archivo de la CONADEP y son frecuentemente consultados por investigadores y estudiantes.
Si bien se lo llama "archivo Banade", estrictamente hablando no se trata de un "archivo" sino de los restos de lo que alguna vez fue un archivo. Carece por completo de sistematicidad y no tiene un principio organizador; muchos de sus documentos están incompletos, algunas expedientes comienzan y no terminan, la mayoría de los memos hacen referencia a documentos que nunca pudimos encontrar, etc. Hay borradores sin firma, manuscritos anexos a materiales de trabajo y también carpetas completas, minuciosas y burocráticas como deducimos que todo el sistema lo fue alguna vez.
Este caos puede impresionar antes como un problema que como una solución. No obstante, este laberinto fue muy estimulante y productivo. Por un lado porque nos facilitó una inmensa cantidad de pistas que nos permitieron reconstruir el sistema en su conjunto. Y por el otro - por razones metodológicas - porque obligó a producir una compleja red contextual armada con nuevos documentos secretos, testimonios, documentación oficial pública, prensa, etc.
Pero por encima de todo, el "archivo Banade" fue el primer conjunto de documentos que nos permitió confirmar - con fuentes documentales inobjetables - que la dictadura militar había llevado adelante una verdadera estrategia de control cultural de alcance nacional.
La mayor parte de los documentos que encontramos allí se refieren a diversas formas de control y censura sobre libros, autores y editoriales. De modo que "libros, autores y editoriales" controlados y censurados por la dictadura fue el tema que seleccionamos para nuestras primeras publicaciones1[1]. Pero, como había materiales acerca de otros temas, y además, como aparecieron otros documentos semejantes, continuamos la misma línea de trabajo con otra publicación reciente2[2], mientras seguimos trabajando sobre la misma temática general con otros proyectos en curso.

DEL BANADE A LA DIPBA

Hay otros archivos sobre la represión a la cultura durante la dictadura militar. En realidad, hay archivos de este tipo "por todos lados", especialmente en toda clase de dependencias públicas. Si bien gran parte de la documentación fue destruida, si bien parte de ella no se sabe exactamente dónde está, el hecho es que a los efectos de investigar el tema "censura y dictadura" el gran problema no es la falta de fuentes documentales. El problema pasa por otro lado.


De una parte, uno de los grandes problemas es la importante y activa participación civil en la represión a la cultura. Muchos de los intelectuales, periodistas, científicos y profesionales que fueron parte del sistema de censura siguen hoy en funciones en el aparato estatal, en universidades públicas y privadas y en medios de comunicación. Ellos son un fuerte obstáculo fáctico en la búsqueda de documentación - en parte porque no quieren que se sepa qué pasó y en parte porque no quieren que se los investigue. Son parte de la red ideológica que desde hace décadas promueve la idea de que durante la dictadura no hubo control cultural, que a la dictadura la cultura no le interesaba, etc.
De otra parte, el tema general "cultura y dictadura", pero sobre todo el asunto "censura y dictadura", fue hasta hace pocos años motivo de escasas investigaciones rigurosas. Es comprensible: los principales esfuerzos de las primeras décadas estuvieron puestos en investigaciones acerca de los desaparecidos, los niños apropiados por los represores y crímenes contra la humanidad en general. Frente a la trágica gravedad de la violación de nuestros derechos humanos fundamentales, la problemática cultural quedó postergada, hasta que le llegó su oportunidad.
Y por fin, las fuentes documentales sobre el tema tienen todas - hasta ahora - un común denominador: no hay series completas, se trata de fuentes incompletas, fragmentarias, jirones, como los restos de un naufragio. Menos una. Me refiero, precisamente, al archivo de la Dirección de Inteligencia de la Policía de Buenos Aires (DIPBA).
La Comisión Provincial por la Memoria tiene asignada por ley la guarda y la gestión de un tesoro archivístico excepcional. Como ellos mismos sintetizan, este archivo "es un extenso y pormenorizado registro de persecución político ideológica sobre hombres y mujeres a lo largo de medio siglo". Consta de alrededor de 4.000.000 de folios, 750 casetes de video VHS con filmaciones propias y de programas televisivos y 160 casetes de audio con grabaciones de eventos, así como cintas abiertas magnetofónicas. “Esto equivale a 3300 contenedores, 90 cuerpos de estanterías con 600 estantes. El Archivo de la DIPBA es un fondo orgánico y cerrado”3[3].
Se trata entonces de una fuente documental extraordinaria que debería dar lugar a fecundas investigaciones, no sólo en el terreno del control cultural y la censura sino acerca del sistema represivo argentino en general. A los fines de esta introducción la Comisión por la Memoria nos facilitó las imágenes escaneadas de dos expedientes. Veamos en principio el caso del legajo o expediente 17.518.
Se suele decir que la burocracia de inteligencia “guarda todo”, que todo lo archiva, que no pierde nada. Tal vez sea cierto. Por el momento no podemos confirmar esa hipótesis. En cambio podemos señalar que el sistema burocrático de inteligencia en general sigue pautas organizativas y de presentación relativamente rígidas que tienen como objetivo facilitar el procesamiento de la información. O sea, hay una metodología. Y cumplían con ella. Así como la fidelidad a un método les facilitaba el procesamiento de la información, de manera análoga, ese rigor metodológico se vuelve muy útil cuando llega la hora de los investigadores. Gracias a esa compulsión metodológica podemos deducir qué falta en un expediente, por cuáles canales se debía hacer circular la información o por dónde seguir el rastro de las pistas que quedaron en el camino de la destrucción documental. El expediente 17.518 confirma todo lo que habíamos aprendido a partir del “archivo Banade”.




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