Un milagro en equilibrio



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El sueño era el siguiente: Mirta y yo caminábamos cogidas de la mano por un campo de amapolas. A nuestro alrededor zumbaban millones de abejas recogiendo polen entre las flores, pero a nosotras no nos asustaban pues sabíamos que nunca nos picarían. Por todas partes, el paisaje circundante ofrecía a la vista hermosos árboles frutales cargados con sus apetitosos manjares: melocotones, mangos, papayas, peras... Todos maduros y jugosos. En un momento dado, yo me detenía a comer un albaricoque y el jugo me caía por la boca. Cuando lo acabé enterré el hueso en la tierra y en ese momento empezó a caer un aguacero de verano, una lluvia fina que más que mojar refrescaba. Entonces Mirta me cedió el abrigo que llevaba puesto, que era azul, yo me lo puse y le dije algo así como «Muchas gracias, Mirta, necesitaba un abrigo para mi viaje». Y allí nos separábamos, bajo el árbol, y yo seguía camino hacia la línea del horizonte.

Mirta había insistido a Nenuca en que me hiciera notar que la letra «A» se repetía constantemente a lo largo del sueño: amapolas, abejas, árboles, albaricoque, aguacero, abrigo azul...

—¿Este sueño tiene algún sentido para ti? —me preguntó Nenuca.

—Mucho. Díselo a Mirta. Y dile también que le agradezco mucho que te haya insistido para que me lo cuentes.

¿«A»? Avión, América y Anton.
Así que le escribí un mail al rumano y le dije que aceptaba la oferta, que me presentaría en su piso el 2 de julio y que ya le podía ir diciendo a su novia que yo era lesbiana o algo así.

4 de noviembre.


Pesas 5 kg, 750 g. O sea, casi seis kilos. Imposible siquiera plantearse lo de escribir contigo en brazos. Así que te aguantas. Y deja de llorar.

5 de noviembre.


Gracias sean dadas desde estas páginas a Sonia, «Suicide Sonia», Sonia la guionista (no confundir con las otras Sonias), que me regaló la hamaca para bebés en la que estás durmiendo ahora. Así puedo balancearte con el pie mientras escribo. Entre eso y las sonatas de Bach, pareces bastante calmadita.

Ayer alquilé el vídeo de Thelma 8c Louise y tuve ocasión de comprobar, una vez más, cómo la ficción no es más que un espejo en el que nos vemos reflejados nosotros mismos, y así nuestra opinión sobre una obra dice en realidad más sobre nosotros que sobre quien la creó. Por ejemplo, la primera vez que vi la película (en el Alphaville, última fila, tenía yo veinticuatro años) me pareció que Louise era una estúpida por rechazar al buenorro de Michael Madsen en esta escena:


Louise y Jimmy, su novio, en una habitación de motel. Ella le ha llamado diciéndole que necesita dinero y pidiéndole un favor: que saque dinero de su cuenta (de ella) y le envíe un giro. En lugar de enviarlo, Jimmy se ha presentado en persona.
Jimmy: Vale, vale, dime cuál es el problema.

Louise se queda mirándole un momento.



Louise: Jimmy, ahora no puedo decírtelo. Algún día lo entenderás, pero ahora no puedo decírtelo, así que mejor no preguntes.

Jimmy alucina al ver lo seria que se ha puesto Louise.



Jimmy: (casi sin palabras) De acuerdo, de acuerdo, pero dime, ¿puedo preguntarte una cosa?

Louise: Quizá.

Jimmy: ¿Tiene que ver con otro? ¿Estás enamorada de otro?

Louise: No, no es nada de eso.

Jimmy explota y se dedica a arrojar objetos por la habitación en un ataque de furia.



Jimmy: (a gritos) Entonces ¿qué? ¿Qué coño pasa, Louise? ¿Dónde coño te marchas? Joder! ¿Me estás dejando o qué?

Louise: ¡Para! ¡Para ahora mismo o me marcho! Lo digo en serio.

Jimmy: (se calma)Vale, vale, lo siento.

Jimmy recupera la compostura.



Jimmy: ¿Puedo preguntarte otra cosa?

Louise: Quizá.

Jimmy se saca una cajita del bolsillo.



Jimmy: ¿Quieres ponerte esto?

Le pasa la caja a Louise, que la abre. La caja contiene un anillo.

Jimmy: ¿No te lo vas a probar?

Louise: Jimmy... ¡Es precioso!

Jimmy: No te lo esperabas, ¿verdad?
¿Aceptará Louise el anillo? Resulta evidente que no, puesto que sabemos, tras casi tres cuartos de hora de cinta, que Louise es una chica lista, y una chica lista no se casa con un tío que va por ahí destrozando habitaciones de hotel sólo porque sospecha que su chica se puede estar planteando dejarle. Aparte de que un tipo medianamente normal no se declara a gritos, ni en un momento tan poco oportuno. Es decir, a mis treintaytantos ya sé reconocer problemas en cuanto me los ponen delante. Pero a los veinticuatro aún me creía el mito del Príncipe Azul, y pensaba que si alguien con el tipazo de Michael Madsen te regalaba un anillo de diamantes, ya te podías dar con un canto en los dientes. De ahí a acabar liada con un chalado cuya vida se resumía en una exhaustiva dedicación a la nada y que se expresaba, al hablar conmigo, fonando cada palabra como si estuviera escrita en mayúsculas y en tipos negros, un paso. Mientras estuviera bueno y me repitiera quince veces al día que me quería, ¿qué importaba que me hablase a berridos y me tratase como a un objeto de su propiedad? (Miento: peor aún, a su guitarra la trataba con mimo y consideración.) Pero cuando una crece abre los ojos, y por eso ahora puedo ver la película de otra manera: con los ojos abiertos. Porque durante años he ido por la vida con los ojos cerrados de par en par, tomando por amor lo que no era más que control. Mi diferente reacción ante una misma escena explica lo mucho que yo he cambiado y cómo: a golpes.
En mi mail no había sido muy amable con el rumano, pero después de salir de Guatemala pocas ganas me quedaban de entrar en Guatepeor, y puede que a aquel chico rumano que conocí en Nueva York le sentara muy mal que le hubiera echado con cajas destempladas pero yo no me sentía con ánimos de excusarme, ni mucho menos de empezar ahora a ser simpática con él. Después de las que me había tenido que tragar, no estaba yo como para ponerme demasiado amable con quien se me acercara, por si las moscas.

6 de noviembre.


En la puerta del hospital me he encontrado con el médico residente que atendió a mi madre en urgencias. Le he reconocido al instante porque tiene pinta de todo menos de médico: lleva una coleta y un pendiente. Lo que no esperaba era que él me reconociera a mí, porque debe de estar harto de atender enfermos, y me extraña que se quede con las caras de los familiares. Le he saludado con una sonrisa y el consabido holaquetal. Él se ha detenido y me ha respondido con idéntico holaquetal.

—Aquí estamos —le he dicho—, a ver a mi madre, que sigue en la UVI.

Se lo cuento porque la enfermera me explicó que el médico residente no sigue después la evolución de los pacientes a los que ha atendido.

—¿Es tu madre? —me pregunta él.

—Pues sí, claro.

—No, lo digo porque pensaba que era tu abuela. Como eres tan joven...

Con eso ya he subido contenta a la planta nueve. Allí me he encontrado, en el hall de espera (ya no lo llamo sala porque más que sala es un descansillo enorme), con una abigarrada turbamulta que se hacía sitio a codazos, y en un principio he pensado que habría pasado algo grave, una catástrofe masiva, como un descarrilamiento de tren, un accidente de autobús o un ataque terrorista. Luego, cuando me he fijado, me he dado cuenta de que la mayoría de las personas que allí había aglomeradas eran gitanos, y que además compartían un más que reconocible aire de familia: no veía más que la misma nariz repetida en un montón de caras diferentes de todas las edades. Casi todos los hombres llevaban gruesos cadenones de oro colorao colgando al cuello, mientras que todas y cada una de ellas lucían el pelo muy largo y pendientes a juego (largos). Una anciana arrugadísima, vestida de negro de pies a cabeza y rodeada de otras cuatro abuelas a su imagen y semejanza, también ajadas como pasas, gemía: «¡Ayyyy, mi hijoooo, que se vea él aquí, ay qué degrassssia! Señor, ¿por qué no me llevas a mí en su lugar que yo ya tengo edaaaaaá?» Por el volumen y cadencia del lamento casi parecía que se tratara de cante jondo.

Después de más de veinte días yendo a la UVI prácticamente a diario, me dicen ¡hoy! que si tengo niños pequeños, que no olvide lavarme las manos con Betadine al llegar a casa antes de tocarlos. A buenas horas. Gracias a Dios, o a la Diosa, o a la Divina Providencia o al Famoso Todo Cósmico, eres resistente. Como tu abuela.


Tal y como Sonia me había explicado, el piso del rumano estaba bien, más que bien. Parecía muy limpio, era bastante amplio para lo que se estilaba en Nueva York y, sobre todo, tenía algo que lo hacía mágico a mis ojos: era completamente exterior y todas las habitaciones tenían luz, incluidas la cocina y el cuarto de baño. Al cuarto que me correspondía, el del bailarín metido a gogó, lo amueblaban un futón, una especie de barra metálica colgada de una pared a otra a modo de armario y cuatro cajas de cartón apiladas en una esquina como cajones. Y nada más. Ni una estantería ni una mesa ni una silla, porque por lo visto, y según me explicaría el rumano más tarde, el bailarín no leía nunca y mucho menos escribía, ni siquiera mails. Como bien me había anticipado Sonia, no encontré trazas de presencia femenina en todo el apartamento, excepto un paquete de tiras de cera depilatoria y unas pinzas de cejas que en realidad, y como descubriría más tarde, no pertenecían a mujer alguna sino al bailarín.

El rumano era aún más delgado y alto de lo que yo lo recordaba, más largo que un día sin pan, que hubiera dicho mi madre, o que un domingo sin alka seltzer, que hubiera dicho mi primo Gabi. Estaba esperándome cuando llegué desde el JFK en un taxi que me costó el presupuesto de la comida para tres semanas y nada más abrirme la puerta y enseñarme la distribución del piso y la habitación que me correspondía me comunicó, muy azorado, que había quedado con su novia y que, sintiéndolo mucho, muchísimo, me tenía que dejar sola. No me dejó teléfono donde localizarle. En cuanto él se marchó aparqué mis dos maletas y mi ordenador portátil en una esquina de la habitación y me tumbé cuan larga soy en el futón. No había dormido en el avión porque, al tratarse de un vuelo chárter, los asientos estaban reducidos a su mínima expresión y había viajado comprimida, con las rodillas prácticamente en la barbilla, así que entre las once horas de viaje (una de mi casa al aeropuerto, dos entre facturación y embarque y ocho de vuelo), más la hora que pasé de pie en la cola de inmigración, más la hora de taxi en pleno atasco neoyorkino, llevaba unas veinticuatro sin dormir y me dolían todos los huesos de mi baqueteado cuerpo, de forma que me quedé dormida sin darme cuenta siquiera, y cuando volví a abrir los ojos me encontré acurrucada en el futón vestida tal y como había llegado a NY, con las botas puestas y todo. En ese momento escuché el ruido de la puerta al abrirse, me levanté y encontré al rumano que llegaba. Como la luz del día todavía entraba a raudales en la casa, me figuré que su cita no había podido ser muy larga.

—¿Qué hora es? —le pregunté.

—Las doce —me anunció tras consultar su reloj de pulsera.

—Pues no has tardado mucho, ¿no?

—¿Qué?


—Eso, que ha durado poco la cita...

—Pero si me fui ayer, ayer por la mañana... —Me miró con cara de pensar que estaba loca.

Yo había estado durmiendo, vestida y con las botas puestas, durante veinticinco horas seguidas.

7 de noviembre.


Ayer por la noche ofrecimos una cenita que resultó un desastre gastronómico porque yo llegué a las nueve y media a casa desde el hospital y, teniendo en cuenta que tu padre tiene muy buena voluntad pero muy poca maña en la cocina, no nos dio tiempo a preparar nada especial aparte de los siempre socorridos espaguetis y ensalada. Habida cuenta de las circunstancias a nadie se le ocurrió quejarse, excepto a «Suicide Sonia», que se negó a probar algo más que dos hojas de lechuga, aduciendo que a ella, mientras hubiera vino, le daba igual comer. Eramos cuatro parejas: Consuelo y Jorge, Sonia la actriz («Sweet Sonia») y Esteve, Sonia la guionista y un tal Ángel con el que se acuesta de cuando en cuando, tu padre y yo. Resultó muy deprimente comprobar cómo, una vez acabada la cena, nos dividimos, casi sin darnos cuenta, en dos sectores: el masculino, que salió en bandada a la terraza a fumar (no dejo hacerlo en casa porque me niego a convertirte en fumadora pasiva desde tan tierna edad) y de paso a examinar la planta de maría que allí había crecido y discutir sobre sus posibles usos y utilidades (pocos, me temo, porque está ya la pobre más muerta que viva); y el femenino, que permaneció en el salón teorizando sobre un único tema de conversación: ventajas y desventajas de la maternidad. Y digo lo de «teorizando» porque allí sólo había dos madres, y las que más hablaban eran precisamente las que no lo eran, así que sus argumentos no podían provenir, evidentemente, de la praxis.

Qué ironía, tanto ir de feministas y posmodernos y al final acabamos reproduciendo los esquemas tradicionales: los hombres al salón de fumar y las señoras a hablar de temas propios de su sexo alrededor del café.

En mitad de la conversación te oímos llorar de hambre y hubo que traerte a nuestro lado para darte el biberón. Tu padre, que te oyó desde la terraza, se presentó a echar una mano, gesto que despertó los admirados «oooooohs» y «aaaaaahs» de mis amigas, que no cesaban de repetir: «¡Es un padrazo, un auténtico padrazo! ¡Qué suerte tienes, Eva!» Excepto «Suicide Sonia», que ya se había metido ella solita media botella de Campo Viejo del 96 entre pecho y espalda y que soltó la frase de la noche: «O sea, que cuando ella se levanta a buscar a la niña porque llora y se la pone en el regazo para darle el biberón, os parece de lo más normal, mientras que él es un padrazo sólo porque se pasa a echar un vistazo. Pues vaya panda de feministas estamos hechas.» Sonia tiene razón: no hay peor machista que una mujer machista. Es como si un negro se afiliase al Ku Klux Klan.

8 de noviembre.


No me ha quedado otro remedio que llevarte al hospital porque tu padre tenía un compromiso ineludible: Gabi le invitaba al cine y yo no quería aguarles la fiesta. Pensaba que no sería tan complicado, pero ha resultado ser la proeza del siglo, porque el transporte público no está pensado para bebés. Yo no te puedo llevar en mochila porque ya pesas seis kilos y, como ya te conté, el embarazo y el consiguiente crecimiento del pecho acentuaron mi desviación de columna y el médico me ha prohibido cargar pesos, así que si sales conmigo vas en carrito. Pues bien, la estación de metro que conduce al hospital está llena de escaleras, pero ni una sola rampa. Y eso que se trata de la estación de un hospital, donde se supone que acudirá mucha gente en silla de ruedas. Al final he conseguido arreglármelas porque un joven fornido me ha ayudado a bajar el carrito. Conste que yo se lo he pedido, ojo, no vayas a creer que se ha ofrecido espontáneamente. Como el metro tampoco tiene rampas y sí muchas escaleras, no puedo plantearme salir contigo a la calle a hacer distancias largas, o al menos como para que no pueda cubrirlas a pie. Quienquiera que diseñara el transporte urbano de esta ciudad debía de ser amigo de Tibi y pensaba que mujer parida, en casa, tendida y con la pata quebrada. Y de paso pensaba también que los minusválidos harían feo en la calle.

A ti te gusta Asun, siempre sonríes cuando la ves. Probablemente te atrae su olor francés a flores, su voz dulce o sus maneras amables. Por ese motivo te he dejado con ella en la planta baja del hospital, porque los niños no pueden entrar más allá y alguien tenía que cuidar de ti. Allí había un montón de familias con críos de todas las edades que jugaban a perseguirse o se arrastraban debajo de las sillas de espera, de plástico, durísimas y bastante incómodas, por cierto. A los pequeños, al contrario que a sus padres, parecía darles igual estar en el hospital o en el cementerio. Había una señora que lloraba a lágrima viva mientras a su lado una niña de unos tres años le contaba historias a su muñeca con su lengua de trapo, tan feliz. Supongo que hay un montón de gente que tiene familiares en el hospital y que se llevan a los chiquillos porque no les queda otra, pero no debe de ser plato de buen gusto para nadie llevarlos a semejante sitio. Digo yo que tampoco costaría mucho habilitar un pequeño espacio para guardería. Pero deben de considerarlo como las rampas de la estación: un lujo prescindible.

Cuando llego a la planta nueve me llama la atención lo desértica que la encuentro con respecto a ayer. Al momento caigo en la cuenta del porqué de esa primera impresión: me falta el clan gitano. Pregunto a Caridad, a la que me encuentro al lado de la cama de mi madre, charlando con mi padre, y ella me cuenta que el joven gitano por el que la madre tanto se lamentaba sólo estuvo una noche en la UVI y al día siguiente ya estaba en su casa. Eso sí, su familia se la ha pasado entera haciendo guardia. Y cuando digo familia lo digo en el sentido más extenso de la palabra: madre, hermanos, primos, primos segundos, tías, tías abuelas... Por lo visto se trataba de un yonqui que se atragantó con su propio vómito. Dice que cuando un gitano ingresa en el hospital, el clan entero acude a su lado.

—En maternidad hemos tenido muchos problemas —nos explica—, porque aquí no nos importa que se queden pero allí molestan, y no hay forma de que entiendan que tantos no pueden estar. Nos han llegado a amenazar y todo.

Mi padre asiente con la cabeza, interesadísimo. Ya trata a Caridad como si la conociera de toda la vida. A ella y a todo el personal de la UVI, médicos y enfermeras, de los que se ha hecho amiguísimo, al igual que de los familiares de los otros enfermos. Se sabe el historial de cada uno y les pregunta a todos que cómo va su hermano, su madre, su padre o quien corresponda, interesándose por la evolución del paciente y finalizando cada miniconversación con palabras de ánimo y/o consuelo. Esta sociabilidad exagerada la he heredado yo, que soy tímida pero no maleducada (tu padre no acaba de entender por qué cada vez que salimos a la calle tenemos que pararnos cada tres metros a saludar al quiosquero, al portero del bloque de al lado, a los del mercado y a cuarenta conocidos que me paran por la calle), y la has heredado tú también, que cuando sales en el carrito le dedicas una de tus radiantes sonrisas recién aprendidas a cualquiera de las múltiples viejecitas que se paran arrobadas a repetir aquello de «¡qué niño tan guaaaaapo!» porque, como no vistes de rosa ni llevas pendientes, ninguna te toma por niña. La ha heredado hasta el perro, que cada vez que llega a casa cualquiera, ya sea amigo, cartero, mensajero o cobrador del gas, saluda moviendo la cola desaforadamente y pegando unos saltos de campeón olímpico. Es el antiperro guardián.

Sí, mi padre es y siempre ha sido el hombre más sociable del mundo, el más atento y el más seductor, al menos de puertas para fuera. Y siempre ha caído bien allá donde estuviera, todos le encuentran siempre taaaaan fantástico. Porque él es Leo, el Sol, y los demás estamos condenados a ser planetas que giramos a su alrededor. De siempre se ha dicho en mi casa que mi padre estaba más enamorado de mi madre que ella de él, a pesar de que sus temperamentos fueran diametralmente opuestos y de que raramente coincidieran en cuestión ninguna, y en el pequeño universo en el que yo vivía esta afirmación era aceptada como dogma, e incluso era mi padre el primero en proclamarla. Nunca hubo al respecto la menor sombra de duda ni nadie se planteó que las cosas pudieran ser de otra manera. Esta alianza de afectos desparejos se hizo siempre evidente en las actitudes y en las conversaciones. A mi madre le gustaba repetir a quien la escuchara, por ejemplo, la historia de aquella vez en que se hizo echar las cartas por la bruja Juli, la vidente más famosa de Elche y de Alicante toda —provincia en la que probablemente haya más videntes, brujas, curanderos y espiritistas que en ninguna otra región de España, con la posible excepción de Galicia—, y cuyo prestigio subió como la espuma desde el día en que predijo acertadamente que el gordo de la lotería iba a caer en Elche, por mucho que la señora recete cosas tan raras como ese sortilegio para ungar —atraer hombres—, que consiste en darles en el café o el chocolate sangre de la menstruación (de la menstruación de la mujer que les quiere ungar, no de la bruja, se entiende). Cuántas veces le he oído contar cómo había ido a que le leyeran las cartas arrastrada por la tía Reme (porque ella, y eso le encantaba remarcarlo, no creía mucho en esas cosas, que por algo era católica, pero fue por no hacerle un feo a su cuñada, que tanta ilusión tenía por ver a la Juli) para que mi madre le preguntase que cuánto iba a durar su matrimonio, y ésta le echó las cartas en dos filas paralelas, una que representaba a la consultante y otra que representaba a su marido, y le respondió que la relación duraría lo que ella quisiera, porque la carta que presidía la fila opuesta a la suya era la de Los Enamorados, y eso significaba que su marido nunca iba a dejarla, porque estaba y estaría siempre loco por ella.



Y sin embargo, y por mucho que esta afirmación nunca se discutiera y por mucho que repitiera la tía Eugenia que no entendía cómo su Eva había acabado casándose con semejante pelagatos cuando, con lo guapísima que había sido (ya se sabe a quién ha salido Laureta), hubiera podido elegir entre los mejores partidos de la provincia, que ofertas nunca le faltaron, el caso es que, de puertas afuera, habría parecido siempre que mi padre tenía cualidades suficientes, por no decir más que de sobra, para enamorar a cualquier mujer. Tan alto, tan fornido, tan rubio (a él he salido yo, con la sutil pero nada irrelevante diferencia de que el adjetivo fornido sólo queda bien cuando se aplica al varón), tan hombre, tan brillante e ingenioso (si bien su ingenio, de un agudo que acaba a veces por ser afilado, tiende a desembocar en el sarcasmo mordaz e inmisericorde con excesiva frecuencia, excesiva sobre todo si se tiene en cuenta que muchas veces la destinataria de sus puyas he sido yo), tan amigo de sus amigos (frase que me resulta un poco absurda, es obvio que amigo de sus enemigos no va a ser), tan, tan, tan... En fin, la lista de sus muchas cualidades, siempre destacadas en boca de los que de toda la vida le conocen, sería tan larga como su propia estatura: a mi padre le recuerdo desde la infancia rodeado perennemente de incondicionales —ellos y ellas— dispuestos a reírle las salidas y a ignorarle las mezquindades. Y mentiría si dijera que no he sospechado alguna vez que algunas de las amigas de su círculo (por lo general mujeres de sus amigos) le veían con unos ojos más tiernos de aquellos con los que se supone que está bien visto mirarse entre parejas casadas.

En fin, que qué voy a decirte. Mi padre, tu abuelo, ha sido el rey de su casa, y sus deseos eran órdenes para todos los demás, muy en particular para mi madre, que nunca jamás le ha discutido ninguna de sus decisiones, expresadas en una voz masculina, tajante, posesiva, palpante como una mano y envolvente como una bofetada de calor, seductora o amenazadora según el matiz que su dueño le imprimiera, pero siempre, en sustancia, la misma. Se trata de un hombre que ha vivido acostumbrado a imponer disposiciones con el aplomo de quien se asombra de que no se cumplan aun antes de haber sido dadas. Si íbamos a veranear a Santa Pola, por mucho que mi madre dijera que allí se aburría, era porque él compró el apartamento a través de un conocido suyo que era constructor. Si vinimos a vivir a Madrid fue porque él quiso (y porque encontró un trabajo aquí, claro), cuando se empeñó en que Alicante se le había quedado pequeño y él quería vivir en una ciudad grande, pese a que mi madre no se cansara de repetir a quien quisiera escucharla que así pasaran cien años ella nunca se acostumbraría a los inviernos castellanos. Si en nuestro apartamento de Santa Pola no se podía beber otra horchata que no fuera la que hacía Melchor —el orxatero de Almussafes—, traída expresamente en gelaora de veinte litros, era porque mi padre insistía en que no había otra mejor, y que constituía un sacrilegio probar siquiera una horchata que no se hubiera hecho conforme a la tradición artesana de siglos, y que en Alicante la costumbre ya se había perdido. Si en la despensa de casa siempre hubo reservas de botes de berenjenas en salmorra que casi se podían calificar de industriales era porque a él le gustaban, y si nunca se sirvió arroz en nuestra mesa—sacrilegio imperdonable, tratándose de una familia de alicantinos— fue porque él no lo podía ni ver (yo probé el arroz por primera vez a los seis años, en el comedor del colegio), después de que a los veinte se intoxicara por culpa de una paella d'arpó que le sirvieron en una excursión en un motor de la Albufera y le tuvieran que ingresar en el hospital. Y por eso mi madre, en las contadas ocasiones en las que salía a comer sin mi padre, acompañada por Reme o Eugenia, pedía siempre arroz, y esto lo sé porque mi tía biológica y mi tía postiza me lo contaron, cada una por su lado, rogándome que no delatara a la una frente a la otra. Y ahora, por primera vez, las cosas no le salen a mi padre como él quiere, porque en más de una y de dos ocasiones le he oído decir que él querría morir antes que mi madre, que no se imaginaba cómo viviría sin ella. Y claro que no podría vivir sin ella... ¡Si ni siquiera sabe freír un huevo o calentarse un café! De hecho, lo primero que hizo mi hermano en cuanto a mi madre la ingresaron —más bien lo segundo, lo primero fue cambiar la titularidad de las cuentas— fue hablar con la asistenta que trabaja en casa de mi madre y ofrecerle un sobresueldo para que le haga a mi padre el desayuno y la comida y le deje hecha la cena antes de marcharse.

No es que mi padre no supiera vivir sin mi madre, es que no sabe vivir solo.

9 de noviembre.
Los tubos a los que tu abuela estaba conectada le suministraban, entre otras cosas, cloruro mórfico. Morfina pura y dura para que no sintiera el dolor: no lo habría soportado. Pero, como sucede a veces, puede ser peor el remedio que la enfermedad, porque la morfina es altamente adictiva, de forma que los médicos decidieron, hace dos días, quitarle la sedación. Tu abuela debería haber vuelto en sí, pero no lo ha hecho. Sigue tan inconsciente como antes.

A la vuelta del hospital me he encontrado a Tibi —al que hacía días que no veía, porque normalmente entra a trabajar a las diez, un poco más tarde de que yo llegue a casa—, hecho un brazo de mar, vestido de traje y corbata color café, elegantísimo.

—Buenas noches, Tibi, qué elegante estás.

—Ya ves, hay que darle clase al local.

—Sí, falta le hacía.

10 de noviembre.


No me ha quedado otro remedio que llevarte de nuevo al hospital, esta vez en la mochila, porque Gabi y tu padre se iban al Rastro a buscar una estantería para tu cuarto y ya bastante difícil iba a resultar cargar con el mueble como para llevarte a ti de paso. Creía que todo iba a ser más fácil, pero he vuelto con un dolor de espalda tan intenso que hacía que se me saltaran las lágrimas. Quién tuviera morfina.
Récord de permanencia en coma en esta UVI: veintitrés días. El anterior, veintidós días, lo ostentaba una chica joven que se llamaba Nuria —según nos ha explicado Caridad—, cuyo coche fue embestido en un cruce por otro, conducido por un irresponsable que iba beodo a más no poder. Cuando llegó a la UVI nadie daba un duro por que sobreviviera. Pero sobrevivió, a los veintidós días bajó a planta y a los treinta salió del hospital.
Tu abuela sigue inconsciente, ni siquiera parpadea. Esto empieza a parecer la agonía de Franco.
Julián —el marido de Asun—, que sigue en sus trece y se niega a entrar en la UVI, nos ha contado que en los hospitales de Andalucía, cuando un señorito tardaba demasiado en morirse, la familia recurría a un truco. Me explico: imagina a un señorito andaluz poseedor de una enoooorme extensión de tierras y cortijos. Se pone enfermo y va al hospital, y allí se tira, como el barquito de la canción, uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis semanas y aquel señorito sigue sin despertar. Pero es que encima no ha designado representante que pueda manejar su dinero en su ausencia, y la familia está a verlas venir porque no pueden tocar sus cuentas. Así que recurren a un muerto de hambre que entra con ellos al hospital, de visita, y pisa el tubo del respirador. Así de fácil. Parece ser que hace veinte años no había forenses que se pusieran a buscar responsabilidades. Llegó a ser tan normal el recurso que en el argot andaluz ya se ha incorporado la palabra: «pisatubos». Julián lo sabe porque tiene familia en Sevilla, aunque él sea ilicitano de toda la vida.

En tiempos modernos se abandonaron los «pisatubos» y se recurrió a lo que se llama «no asistencia». Esto me lo ha explicado Caridad. Es decir, que si está claro que un enfermo terminal ya no tiene posibilidades de sobrevivir y que se enfrenta a una agonía larga y dolorosa, los familiares pueden pedir que no se asista al paciente. O sea: adiós goteros y adiós respirador. Pero ya casi no se recurre a esta medida, ningún profesional se atreve a no prestar asistencia, porque se teme la reacción posterior de la familia.

—Yo nunca he vivido una situación así —me dijo Caridad—, pero me han contado muchas historias. Hijos o hermanos que rogaban, que suplicaban incluso, que se desconectaran los aparatos y que después, cuando el paciente fallecía, demandaban al hospital por negligencia.

—Pues hay que ser cabrón —dije yo.

—No, no es eso. —Caridad, tan buena persona como siempre—. A veces es el dolor, o el complejo de culpa, vete tú a saber... Cuando ven que su madre o su padre ha muerto, la pena les remuerde tanto por dentro que se olvidan de lo que dijeron. O a veces podría parecer que toda la familia estaba de acuerdo, pero había uno que no quería y ése es el que demanda.

—¿La no asistencia es lo que se llama eutanasia? —pregunté yo.



—No... Bueno, no sé. La eutanasia es el suicidio asistido, otra cosa distinta. La verdad es que los conceptos legales no los tengo muy claros. Yo soy enfermera, no abogada.
No he hablado, por cierto, de tu tía Asun, la mayor de la familia, esa mujer callada y sonriente que siempre viste en tonos claros. Ella es, básicamente, una mujer sensata, equilibrada como buena Libra. Agradable, sociable, de buen gusto y muy delicada, con una manera cálida de expresarse, un poco infantil, que le permite relacionarse con facilidad aunque manteniendo sus reservas: siempre parece que esté dando más de lo que recibe. Asun es complaciente, amable y diplomática, trata de no herir los sentimientos ajenos y por ello evita los enfrentamientos directos y cuida sus expresiones al máximo, dejando de lado a veces su verdadera opinión. Se nota que se esfuerza por adaptarse y agradar a los demás. Incluso su manera tan característica y expresiva de andar con el cuerpo hacia adelante indica gentileza y ganas de complacer. Su deseo de ambientes y relaciones armónicas es tan fuerte que evita confrontaciones personales o cualquier expresión de emociones intensas y desagradables. A Asun le gustaría pintar el mundo en colores pastel, como su propia casa, para vivir en paz y armonía con los demás todo el tiempo. En realidad, tan grande es su deseo de llevarse bien que uno no sabe nunca a ciencia cierta lo que está pensando, porque se cuida mucho de expresar opiniones propias si sospecha que pueden entrar en conflicto con las ajenas. De hecho, uno de sus problemas más comunes es la indecisión que le aturde a la hora de tomar decisiones importantes, ya sea comprar un traje nuevo, escoger el colegio de los niños o cambiar la decoración del piso, porque mi hermana cae con facilidad en la inercia de la duda y la mayoría de las veces necesita apoyarse en la opinión de otro para tomar la suya propia, así que es incapaz de ir de compras sola o de elaborar el menú para una cena sin haber llamado previamente a mi madre unas quinientas veces. Internamente, casi siempre la divide la incertidumbre, y sospecho que tiene muchos más problemas consigo misma de lo que adivinarían otros a partir de una disposición tan aparentemente equilibrada y tranquila. En el fondo, todo se reduce a una grave inseguridad que se trasluce en su afán de complacer, siempre desmesurado, sobre todo cuando se compara con el alcance más bien mediano de sus obligaciones. La pobre Asun vive inmersa en una atmósfera de esfuerzo mal disimulado bajo su sempiterna sonrisa amable. Es como si desde pequeña se hubiera propuesto alcanzar la armonía suprema incluso dudando de que semejante anhelo fuese factible. Es por eso por lo que sólo se siente a gusto en los lugares sin ruido, bien decorados y armoniosos, y detesta las malas maneras, las groserías y la rudeza (se pone verdaderamente enferma si sus hijos sueltan algún taco, por ejemplo). No bebe y, por supuesto, no se droga. Y nunca o casi nunca sale por la noche porque no le gusta ir de bares, pues detesta de corazón los ambientes estruendosos y el olor a humo. Es, o al menos lo parece, una excelente madre, una muy cariñosa compañera de sus hijos y una ama de casa competente e incluso creativa, siempre anticipándose a las necesidades y hasta los caprichos de su marido y sus vástagos.

Asun se casó más o menos a la misma edad que Laureta con un señor que venía a ser como su marido pero en versión ibérica, es decir, que no lo conoció en Ibiza sino en Elche, que no era rentista sino mayorista de zapatos, y que ni de lejos era tan guapo como Serge, ni tenía tanto glamour, sino que era más bien un tipo del montón —chaparrito y colorado— y sin mucha cultura —o lo que es lo mismo, poca, por no decir ninguna—, pero con mucha labia y don de gentes, cualidades que le ayudaron a hacer bastante dinero en cuanto consiguió la representación de las mejores fábricas de Elche (Paredes, Panamá Jack, Pikolinos, Sendra, Mustang...) y se vino a trabajar a la capital, con coche de empresa y un sueldo de varios ceros. Pero en el fondo mis dos cuñados no eran tan distintos como parecían a primera vista y acabaron comportándose igual: mucho dinero para la legítima y todas las comodidades que ella quisiera, pero muy poco tiempo y casi ninguna atención. Y demasiada, en cambio, para con la cuñadita; aunque hay que reconocer, en honor a Julián, que cuando empezó a ponerme ojitos y a pegarme pataditas por debajo de la mesa en las cenas familiares yo ya había cumplido los veintiún años. Sin embargo, Asun, a diferencia de Laureta, nunca se quejó ni buscó una salida romántica a la jaula. Muy al contrario, se diría que adora a su marido y cuando habla de él cualquiera pensaría que, comparado con lo que siente, lo de Julieta por Romeo era casi antipatía, porque para ella es un dechado de virtudes sin falla ninguna, y es que su Julián es el más listo y el más gracioso y el mejor padre (la siempre comedida Asun no llega a decir el más guapo porque eso sería pasarse demasiado, porque el tipo ha engordado mucho desde que se casó y nadie vería un adonis en un señor bajito que ronda los cien kilos), y si casi nunca está en casa es porque se desvive por su mujer y sus hijos, que él no tiene la culpa de tener que trabajar y viajar tanto, de Madrid a Elche y de Elche a Madrid, ni de tener que salir hasta las tantas con sus clientes cuando vienen a la capital. Con la venda de su amor por bandera, mi hermana finge ignorar, con una terquedad casi conmovedora, lo que todo Elche sabe: que cuando los dueños de las fábricas vienen a la Feria de Calzado de Madrid aprovechan para ir a darse la gran comilona a Toledo y en la sobremesa correrse la gran farra en todos los bares de putas de carretera, y que lo mismo o parecido pasa en las ferias de Dusseldorf y Milán a las que mi cuñado va cada año, motivo por el cual las esposas de los dueños de las fábricas se niegan a que éstas contraten a modelistas mujeres, porque los diseñadores de calzado también van a las ferias, y una cosa es que los cuernos los tengan asumidos y otra muy distinta que los tolerasen con conocidas, hasta ahí iban a llegar.



Lo de mis hermanas es bastante evidente. Cada una es el reverso de la otra pero a la vez son idénticas. Me explico: ya he dicho que tengo un padre guapo, y simpático, y encantador, y fascinante, y es sabido que todas las hijas se enamoran de sus padres, así que lo lógico es que mis hermanas se enamoraran también del suyo. Pero el mío era de esos padres ciclotímicos que un día era encantador y nos llevaba a todos al parque y a comprar helados y los siguientes cinco se los pasaba encerrado en su despacho sin querer ni vernos porque decía que le molestábamos. Imposible entonces llamar su atención extrañamente ausente, esfuerzo inútil, pues de improviso no sólo dejaba de comportarse como un padre sino que casi parecía sentirse orgulloso de la falta de interés hacia su prole, como si el hecho de engendrarla hubiera sido un accidente o un acto de magnificencia para con su esposa, al cual, por pura modestia, no quisiera volver a aludir. Y, para colmo, mi madre siempre fue de esas que tendían a criticar los defectos de un niño ensalzando las virtudes de otro («¿Es que no vas a dejar de moverte nunca, Laureta, que no ves lo calladita que está Asun?» o «Por supuesto que vas a ponerte el traje rosa para ir a misa, Asun, faltaba más, y no me digas que te da vergüenza, mira cómo a Laureta no se la da»), así que mis dos hermanas se vieron condenadas desde pequeñas a competir por el afecto, y la única manera de hacerlo fue diferenciándose todo lo posible la una de la otra. Laureta, ya lo he dicho, siempre fue la guapa, la resultona y la excéntrica, así que Asun, que no contaba con la belleza espectacular de su hermana, tuvo que esforzarse en ser la buena y la sensata, y a veces casi me parece que si se quedó con su marido y se empeñó en interpretar como ninguna el papel de perfecta madre y abnegada esposa, filtrando aburrimiento de manera tranquila y uniforme, fue porque Laureta se había divorciado, de forma que si ella permanecía junto al golfo de su marido y encima poniendo buena cara, se distanciaba así aún más de su hermana, que no había sabido guardar las formas y la decencia ni había demostrado la mínima capacidad de sacrificio que a una madre se le supone. Hasta tal punto ha hecho Asun de la fidelidad un rasgo de su carácter que no sólo cualquiera pondría la mano en el fuego de que nunca ha mirado con ojos ávidos a otro hombre más que a su marido, sino que ni siquiera se le ocurre serle infiel a su perfume, porque desde que me alcanza la memoria asocio su persona con una aureola de L'Air du Temps cuya estela la precede y que, cuando ella llega, se insinúa a su alrededor en un radio de varios metros, permaneciendo allí hasta mucho después de que se haya marchado. Que yo recuerde, siempre vi el frasco en su mesilla de noche, probablemente lo usa desde los quince años, cuando aún estaba de moda, ahora no sé ni en qué perfumería lo encontrará. Quizá Asun ya sabía que sus esfuerzos exagerados podían parecer más ridículos que heroicos, pero no obstante se sentía impulsada a interpretar su papel, a tratar de hacerles la vida agradable a todos a su alrededor, de la misma manera que Laureta se veía impelida a destacar y a estar siempre divina, y no salía nunca a la calle sin haber comprobado varias veces ante el espejo que su aspecto era impecable. ¿Salir ella a comprar el pan en chándal y zapatillas? Antes muerta. Por supuesto que la rivalidad era sólo entre ellas dos, que apenas se llevan un año de diferencia. Con Vicente no podían competir porque era chico, y conmigo tampoco porque era la pequeña. Y así, cada una es el espejo de la otra, la cara opuesta de la misma moneda, la parlanchina y la callada, la extravagante y la discreta, la aventurera y la sensata. Pero en el fondo son dos Agullós mucho más parecidas de lo que nunca reconocerían.

Por cierto, y hablando de familia, ha venido también a la UVI la novia de Vicente, la última novia de Vicente, asesora fiscal en Arthur Andersen, alta (por lo menos cinco centímetros más que él, porque mi hermano, como tantos hombres bajitos, siente debilidad por las mujeres que le sacan la cabeza), delgada (ese tipo de delgadeces que sugieren que se ha invertido mucho dinero en ella —gimnasio, mesoterapia, pastillas de carnitina, cremas reafirmantes...—), rubia (luce una melena corta que también apunta a una inversión monetaria importante en suavizantes, mechas y corte de puntas mensual), vestida con unos vaqueros impecables y una camisa planchadísima, aderezada con joyas discretas pero caras (pendientes de perla y gargantilla de Tous) y un tanto remilgada en su señoritismo. O sea, una clónica de la anterior novia de Vicente, a la vez que casi una gemela de su precedente, porque mi hermano, epítome del perfecto yuppie soltero, es lo que se llama un monógamo en serie, y colecciona conquistas como otros coleccionan sellos o mariposas, con la diferencia de que él no tiene ninguna posibilidad futura de vender la colección. Más o menos todas las acompañantes le duran entre dos o tres años, hasta que llega el recambio. Son relaciones mayonesa: cuando una se corta, se tira e inmediatamente se empieza a batir otra. Porque mi hermano es un caso de manual: no vive en casa de mis padres porque a su edad ya quedaría mal, pero hasta ahora iba a comer allí todos los días y mi madre le preparaba sus platos favoritos pues, obvia decirlo, no sabe cocinar como no sabe planchar o fregar —puesto que en nuestra casa nunca hizo nada, ni siquiera levantar la mesa— y su apartamento lo limpia una asistenta. Su vida es fácil: un trabajo bien pagado, vacaciones de lujo todos los años a destinos exóticos (un crucero por las islas del Egeo, una escapada a Bali, un safari a Mali en busca de los dogones...) y fines de semana en los mejores paradores. Cenas en los restaurantes más pijos de Madrid, de esos decorados por un artista famoso y reseñados por un crítico gastronómico en las páginas de algún suplemento de ocio, trajes hechos a medida, su hora de gimnasio diaria en Abasota... Hasta su tabaco es especial, pues él no se rebajaría al Ducados de toda la vida, no, fuma exclusivamente Gauloises (los compra por cartones en el duty free de París) o puntos (Montecristo, Farias o Entrefinos, adquiridos en un estanco de la calle Arapiles que se dedica exclusivamente a los puros y que, según mi hermano, es el único establecimiento de Madrid en el que mantienen la humedad exacta, no es pijo Vicente ni nada). No quiere hijos ni compromisos, se advierte aunque no lo diga explícitamente, y sin embargo defiende ideas conservadoras: vota al PP y critica las drogas siempre que puede (especialmente si yo estoy delante, claro), aunque eso no le impida beber en abundancia cada vez que sale. Mi hermano, ya lo he dicho, es y ha sido siempre muy organizado y eficiente, posee una gran capacidad de concentración y siempre disfrutó estudiando en soledad. En seguida llega al meollo en cualquier discusión y puede rápidamente ver el pensamiento confuso o las debilidades en la lógica de otros, lo cual le convierte en un adversario muy peligroso en las discusiones familiares. Él sabe que posee esa ventaja y la aprovecha, no ignora que en un enfrentamiento entre hermanos llevaría siempre las de ganar y que ninguna nos atreveríamos a contradecirle: le tememos. A su lengua de doble filo y a sus explosiones de mal genio, que son pocas pero impresionantes (vuelvo a acordarme de la discusión con Laureta a cuenta del jersey, por ejemplo), como si mi hermano calculara con previsión y exactitud el momento preciso para desplegar el armamento y atacara sólo cuando no cabe duda de que la ofensiva va a resultar fulminante, para no malgastar la munición en batallitas de menor envergadura. Como se ve, Vicente es juicioso incluso en los momentos más aparentemente impulsivos, y por eso estaría bien empleado en cualquier trabajo que requiera el pensamiento organizado, precisión y un acercamiento metódico, puesto que disfruta encargándose de tareas que otros consideran tediosas, repetitivas y técnicas. De ahí que se convirtiera en agente de seguros y, obvia decirlo, en un muy buen agente de seguros, la estrella de La Estrella, que así se llama su compañía. La pobre novia nueva, cuyo nombre no recuerdo —aunque sé que era algo así como Natalia, u Olga o Tatiana o Anuska, algo que sonaba a novela rusa en cualquier caso—, que debe de llevar algún tiempo con mi hermano porque ya se le nota un deje de olor a tabaco negro por debajo de la nube de perfume caro que la rodea, pensará seguro, como pensarían las otras, que antes o después sentará la cabeza, que se comprarán un chalet en Pozuelo y que tendrán dos niños y un perro, y por eso se siente ya tan de la familia como para venir al hospital y aguantar la tensa espera, pero no tanto como para entrar a ver a mi madre, pues en el último momento ha preferido optar por la solución Julián: ojos que no ven, corazón que no siente.

Y ninguno se lo hemos reprochado.


Una no sabe si las cartas adivinan lo que va a pasar o si la programan para ello. Por ejemplo, si unas cartas te aseguran, como a mí me dijeron en su día, que en septiembre vas a tener una bronca con tu novio y romperás con él, y llega septiembre y efectivamente tienes una bronca con tu novio porque con tu novio tienes broncas de media una vez al mes y tirando por lo bajo, y entonces te dices: «Ésta es la bronca, estaba escrito, tenemos que terminar», y le dejas, esa ruptura ¿estaba escrita en el destino o la has propiciado tú misma porque ya te habías convencido de que tu destino era ése? Y si te dicen más tarde que otras cartas aseguran que en un viaje vas a encontrar el amor con A mayúscula, y si también lo asegura el sueño que tuvo una amiga tuya, ¿no saldrás a la calle mucho más confiada que de ordinario, mejor vestida y peinada, más acicalada? ¿Y quizá no saldrás, como de costumbre, convencida de que no merece la pena que nadie repare en ti, sino muy al contrario, completamente segura de que van a hacerlo, pues al fin y al cabo eso te han dicho las cartas y nunca te han fallado? ¿Y no serás más amable con cualquier desconocido que te aborde en un bar, no le atenderás con el espíritu dispuesto y la sonrisa a flor de labios?

De forma que cuando sucedió lo excepcional, es decir, que yo saliese de marcha a los dos días de llegar a Nueva York y conociese al que tenía todas las papeletas para salir elegido como mi hombre en el sorteo de la vida, lo encontré como la cosa más natural, y no porque me lo hubiesen predicho las cartas, sino porque había salido a buscarlo.

Era viernes, primer viernes de mes y, como era de esperar, quedé con Sonia, que me había asegurado por teléfono que se moría de ganas de verme y que quería llevarme, me dijo, a un club de jazz nuevo en el que tocaba aquella noche su última conquista, «uno de los tíos más guapos que me he tirado nunca», según aseguró, aunque lo cierto es que solía decir lo mismo de cada hombre con el que se liaba, si bien tampoco es menos cierto el hecho de que Sonia siempre se ha liado con hombres guapísimos y cualquier varón bien plantado despierta en ella el instinto adquisitivo del coleccionista de trofeos. De hecho, una de las razones por las que sigue viviendo en Nueva York a pesar de que los alquileres puedan calificarse como mínimo de astronómicos, las relaciones personales casi no existan, los inviernos sean para tártaros y la comida un asco es, según me confesó una vez —recalcando con seriedad que me lo decía muy en serio y sin atisbo de ironía—, porque en Madrid nunca tendría la oportunidad de acostarse con los hombres que encuentra en esta ciudad, ya que en nuestra capital no hay tan alta densidad de actores y modelos por metro cuadrado, ni tampoco una segunda generación del melting pot, cuya mezcla de razas ha dado como resultado especímenes de museo, ni está tan extendida la costumbre, el ritual o la imposición de la hora diaria mínima de gimnasio, motivos por los cuales Sonia, que se asume como hombreriega, sigue viviendo en Nueva York a pesar de que jure a quien quiera escucharla que echa muchísimo de menos Madrid, a sus amigos y a su familia.




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