Un milagro en equilibrio



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Llevaba doce días en NY cuando Sonia me avisó de que había concertado una doble cita para aquella noche. Lo decía en plan irónico. Un jovencito que trabajaba de becario en la Black Star llevaba meses insistiéndole para que quedaran a tomar una copa, y al final Sonia aceptó la invitación con la condición de que tenía que llevarme a mí de acompañante. Utilizó la excusa de la amiga que había venido a visitarla y a la que no podía dejar sola en casa porque en realidad no le hacía ninguna gracia quedar con aquel tipo, pero ya se le habían acabado las maneras de decir no y terminó dejándose convencer por puro cansancio. Eso sí, no quería verle a solas. El proyecto de periodista le dijo entonces que se llevaría a un amigo.

La descripción que Sonia me había hecho de su pretendiente se ajustaba perfectamente al que nos estaba esperando a las ocho en el Alphabet Lounge: majo, bastante guapo y culto dentro de lo culto que pueda ser un neoyorquino, es decir, el tipo de culto que sabe mucho de arte contemporáneo y fotografía moderna pero al que el nombre de madame Pompadour le suena a encargada de un boudoir caro. No estaba mal, pero no era del tipo de Sonia, así de simple. Ella los prefería más cuadrados y menos jóvenes. El carabino que me habían asignado no me dio, a primera vista, ni frío ni calor. Era más guapo que feo pero, decididamente, no espectacular, aunque tenía los ojos bonitos —de una singular mezcla de tonos castaños, verdes y ambarinos— y un aire inteligente que le animaba un poco las facciones, algo toscas pero suavizadas por la luz del cabello trigueño que le caía en mechones lacios sobre la frente. Lo que más me gustó fueron las manos, blancas, de huesos largos y delicados. Manos de artista, pensé. Pero no era ningún artista, era un científico, o un proyecto de. Estaba haciendo un doctorado en Biología, o eso entendí con gran esfuerzo, porque el chico hablaba en un hilillo de voz, una especie de tono empañado y trémulo, de persona muy tímida. Pensé que sería de un pueblo perdido de Alabama o algo así y me sorprendí mucho al enterarme de que era rumano, pues hablaba un inglés impecable. Me explicó que parte de su familia había emigrado a Canadá y que había vivido allí desde los dieciocho años. Iba a hacer un año que se había mudado a NY.

Al principio yo me había comportado como una santa y me había limitado a beber Coca-Cola y zumos de naranja. Llevaba trece días lejos de Madrid y no había probado una gota de alcohol desde mi llegada: me sentía orgullosa. Cuando aquellos dos propusieron que nos fuésemos a un club a bailar acepté encantada y convencida de que aguantaría sobria el resto de la noche. Pero cuando llegamos al sitio —Nell's, creo que se llamaba, un garito inmenso lleno de negros— sucumbí al efecto estímulo-respuesta y, como el perro de Pávlov, reaccioné por asociación. Para mí la música, las luces y el ambiente festivo se asociaban indefectiblemente a la necesidad de alcohol, y antes de que me diera cuenta me encontraba en la barra pidiendo una copa. A la primera siguió la segunda, y a la segunda la tercera, y a la cuarta o quinta ya me creía la reina de la pista.

A la mañana siguiente desperté con la boca de tiza, un dolor de cabeza no por conocido menos insidioso, un agujero negro en la memoria y un desconocido roncando a mi lado en el desfondado sofá cama del salón de Sonia. O no tan desconocido: el perfil me resultaba vagamente familiar. Sí, conocía esos mechones trigueños y lacios y aquel perfil de querube. En aquel momento odié al pobre chico con toda mi alma, pues proyectaba sobre él toda la rabia que sentía contra mí misma. Sonia se había marchado ya a trabajar, y yo no me atrevía a preguntarle al durmiente cómo había llegado hasta allí, porque me lo podía imaginar, y tampoco sabía cómo pedirle educadamente que se marchara. Así que lo hice muy poco educadamente: le dije que me apetecía estar sola y que por favor se fuera. Me miró con ojos de animal herido, recogió sus cosas y se marchó.

Cuando el rumano se hubo ido y me quedé por fin sola en el apartamento de Sonia, me acometió de pronto una náusea acuciante: alguien parecía estar retorciéndome el estómago a dos manos, como cuando se estruja una toalla mojada. Apenas me dio tiempo a llegar al cuarto de baño para devolver. Las arcadas eran tan violentas que resultaban dolorosas, parecía como si el esófago estuviera a punto de abrírseme en canal. No sé cuánto tiempo estuve allí, agachada frente a la taza, vomitando. Cada vez que creía que por fin había acabado, que tenía el estómago completamente vacío, llegaba otro espasmo más salvaje que el anterior y me descubría que aún quedaba allí dentro algo por arrojar. Al final no salía más que una bilis amarillenta más propia de la niña de El exorcista que de una vulgar y terrenal treintañera con resaca.

No sé cómo logré arrastrarme de nuevo hasta la cama de Sonia, que estaba perfectamente hecha. Sospeché que no había dormido allí porque nunca hacía la cama al irse (me dio tiempo a pensar, con la única neurona operativa que me quedaba, que si llego a saber que mi amiga no iba a dormir en casa a qué iba yo a dormir acompañada en el sofá). No podía mantenerme en pie, literalmente, porque sentía que la habitación daba vueltas a mi alrededor. La luz del día que entraba por la ventana me estaba taladrando las retinas y la cabeza me dolía tanto que parecía a punto de estallar. Para colmo, me entró una temblequera tremenda que me hacía vibrar como un diapasón.

Fantaseaba con grandes jarras de agua y con el paracetamol que, sin duda, debía de guardar Sonia en algún cajón o estante del cuarto de baño, pero me encontraba tan mal que no me imaginaba capaz de ponerme en pie y avanzar los veinte o treinta pasos que me llevaran a cualquiera de los dos fregaderos del apartamento.

Yo sabía, o sospechaba, lo que me estaba pasando, pues no en vano había escrito un libro sobre las adicciones dentro del cual había un muy documentado capítulo sobre alcoholismo. Aquello respondía a un fenómeno que se viene a llamar algo así como hipersensibilización de receptores dopaminérgicos postsinápticos, lo que traducido al castellano viene a querer decir que tu organismo o la química de tu cerebro se ha acostumbrado a funcionar con etanol de forma que, cuando falta el combustible, los receptores se encuentran «sedientos» de alcohol. Y así, cuando vuelven a recibirlo lo sintetizan «ansiosamente», produciéndose una intoxicación. En otras palabras, una reacción tan exagerada al consumo de alcohol tras un período de abstinencia no era propia de una simple borracha sin más, por lo que ya podía empezar a considerarme una Alcohólica, con mayúscula. Era oficial. Lo mío no tenía arreglo ni en hipótesis.

Y, en ese momento, alguien comenzó a aporrear la puerta.

Desde luego, no me apetecía lo más mínimo abrirla, y pensando que sería el cartero o el casero ni me planteé levantarme para atender a nadie. Pero los golpes seguían sonando y luego les siguió un batacazo mucho más contundente, como si alguien se hubiera precipitado contra la puerta para intentar derribarla. Daba la impresión de que en cualquier momento quienquiera que fuera el que estaba al otro lado iba a tirarla abajo. Quizá, pensé, fuera el casero reclamando el abono de unos alquileres impagados, o tal vez la policía hubiese decidido por fin hacer una redada entre los camellos del barrio y estaban registrando el edificio apartamento por apartamento. No me cupo duda de que si les abría me iban a tomar por una yonqui, pero lo que acabó convenciéndome para levantarme fue que cada golpe en la puerta parecía rebotar en mis sienes como un gong. No sé cómo me arrastré hasta la entrada y abrí. Allí no había ningún casero, ni cartero, ni policía, frente a mí se hallaba la última persona a la que esperaba encontrarme: el rumano que, habiéndose marchado tan precipitadamente, se había olvidado su bolsa y se había dado cuenta justo en la entrada del metro, con lo que había desandado sus pasos hasta el apartamento de Sonia. Los portorriqueños, que le habían visto salir de casa, le habían abierto el portal. Cuando vio que yo no respondía a las llamadas, y deduciendo que no había podido salir del apartamento en los escasos cinco minutos que le había llevado regresar pensó, muy acertadamente, que me había pasado algo, e intentó derribar la puerta, sin éxito, porque se trataba de un chico muy delgado y de hombre de Harrelson tenía bastante poco.

Yo debía de presentar un aspecto lamentable, porque inmediatamente me preguntó si quería que avisara a un médico. Le dije que no, que me conformaba con un vaso de agua y un analgésico de cualquier tipo. El vaso me lo trajo al instante, lo del analgésico le llevó un poco más, pues tuvo que ir a la farmacia a buscarlo. Pero volvió, eso sí, con una caja de alka seltzer, otra de paracetamol, unas ampollas de vitamina B12, un paquete de Rennies, dos tetrabriks de zumo de pomelo y una bolsa de hojas de manzanilla para hacer infusión. Aparte de prepararme la manzanilla me hizo también un arroz hervido con limón, cuya visión no me suscitó precisamente un cosquilleo de placer anticipado en el estómago pero que desde luego me ayudó a asentarlo. El caso es que entre el arroz y los fármacos, al cabo de una hora me encontraba más o menos repuesta, lo que significa que podía mantenerme sentada en el sofá apoyándome sobre las almohadas. Sin embargo la cabeza seguía doliéndome como si me la hubieran machacado a martillazos. El rumano sugirió entonces un remedio de emergencia que, según él, supondría la solución definitiva a mis problemas: debía sumergirme en una bañera de agua caliente en la que hubiéramos disuelto la caja entera de paracetamoles. Al parecer, el agua caliente dilataba los poros y facilitaba la absorción del compuesto por vía tópica. Pero lo cierto es que la bañera del apartamento de Sonia presentaba un aspecto de no haber conocido estropajo en muchos años, y daba la impresión de que sumergiéndose allí una podía pillar todo tipo de enfermedades conocidas y por conocer. Cuando se lo dije al rumano él se ofreció a solucionar el problema y, dicho y hecho, armado de estropajo y detergente la emprendió con la bañera que dejó como los chorros del oro, así que no me quedó otra que probar el baño. Le dije que podía irse a su casa si quería, que no tenía que esperar a que acabara de bañarme, porque lo cierto es que me sentía un poco incómoda con aquella situación, pero él insistió en quedarse, por si acaso me desmayaba al salir, no fuera que el agua caliente me bajara la tensión. Cuando, después de media hora larga en remojo, salí del agua hecha una mujer nueva —y es que el remedio había funcionado a las mil maravillas—, me encontré con que el rumano había preparado una sopa de fideos a partir de los cuatro botes que había encontrado en la cocina de Sonia.

Una sensación ambigua me invadía. Por una parte me sentía lógicamente agradecida, e incluso necesitada, pero por otra tanta generosidad me abrumaba, no sé si porque me sentía indigna de ella o porque me fatigaba tener que cargar con el fardo de la admiración ajena, o lo que fuera, porque tenía claro que algo tenía que haber despertado en aquel chico para que se hubiera tomado tantas molestias por mí, a no ser que tuviera una clara vocación de buen samaritano, que todo podía ser. Me fatigaba verme obligada a sentir algo de reciprocidad, aunque sólo fuera agradecimiento, y me excedía la responsabilidad de corresponder, de tener la decencia de mostrarme al menos amable y educada. Sentía gratitud, por supuesto, pero una gratitud abstracta, asombrada, más forzada que sincera, que nacía antes de la razón que del corazón. No sé si, de no haberme visto obligada por esa conciencia de la obligación, hubiese pasado toda la tarde con el rumano, como finalmente hice, tirados en el sofá viendo vídeos y charlando, en una tarde casera y absolutamente asexual. Tan asexual como había sido la noche anterior, porque Antón, que así se llamaba el chico, me explicó que entre nosotros no había pasado absolutamente nada. Cuando salimos del Nell's, Sonia se marchó con el pretendiente que aparentemente tan poco le gustara hasta entonces y nosotros dos cogimos un taxi. La idea era que el vehículo se detuviera primero en mi apartamento para seguir desde allí hasta el Bronx, que era donde vivía él. Pero durante el trayecto me quedé dormida como un tronco y, cuando llegamos, sólo acerté a articular con voz desmayada el piso y la puerta del apartamento y a sacar mi juego de llaves del bolsillo de la chaqueta, de forma que Anton se vio obligado a arrastrarme como pudo hasta la casa (yo estaba lo suficientemente lúcida como para dejarme arrastrar, e incluso colaborar en la operación de remolque intentando a duras penas andar, pero no lo bastante despierta como para ser capaz de articular una frase medianamente coherente) y una vez allí se quedó a dormir a mi lado; primero, porque le daba no sé qué dejarme sola en semejante estado; segundo, porque hubiera sido imposible encontrar un taxi en Spanish Harlem a las tantas de la mañana. No le dije que hubiera podido llamar a uno por teléfono porque di por hecho que estaba omitiendo una tercera razón: que yo le gustaba, aunque asumir algo así resultaba bastante inmodesto por mi parte.

Entre vídeo y vídeo surgió en la conversación el tema de mi posible estancia estival en Nueva York y le pregunté a Anton si conocía a alguien que quisiera subarrendar un apartamento o una habitación para el mes de agosto. Me dijo que preguntaría, que no creía que fuera difícil porque la mayoría de los estudiantes se marchaban en verano, que incluso su compañero de piso, estudiante de danza en la Escuela de Arte de Nueva York (me vino inmediatamente a la cabeza la imagen de Leroy en Fama) se marchaba cada verano, normalmente de gira con alguna compañía o a trabajar de camarero cuando no encontraba trabajo como bailarín. Se lo agradecí, pero no le dije que no me apetecía vivir en el Bronx.

Sonia apareció a la hora de costumbre, las nueve, con unas ojeras de oso panda, y sólo aceptó salir a cenar conmigo porque sabía que al día siguiente yo dejaba la ciudad. Despedí entonces al rumano, porque quería reservar la última noche para mi amiga, e intercambiamos teléfonos y direcciones de correo electrónico más por cortesía que por otra cosa, pues ya te dije que tanta obsequiosidad había acabado por abrumarme y me sentía demasiado incómoda como para pensar que pudiera querer volver a verlo.

Sonia y yo tuvimos una cena muy poco memorable, las dos estábamos muy cansadas y, además, ya nos habíamos contado todo lo que nos teníamos que decir a lo largo de aquellas dos semanas. Apenas comentamos los incidentes con el becario y el rumano porque no nos habían dejado huella a ninguna de las dos, y cuando regresamos al apartamento nos encontramos con un coche patrulla en la puerta del edificio y con que unos policías se estaban llevando esposados a nuestros amigos los portorriqueños. Sonia nunca los volvió a ver. Como contrapartida, tampoco volvió a ver a ninguno de los yonquis que salían y entraban constantemente del bloque.

Al día siguiente mi vuelo despegó con retraso, así que hice tiempo curioseando por las duty free, mirando gadgets y tentaciones que no me interesaban y que no pensaba comprar. De repente, y sin saber por qué, me encontré en una tienda de juguetes frente a una montaña de pelotas de peluche con cremallera que guardaban en el interior, ¡oh, sorpresa!, un osito de peluche. Las había azules y rosas: en las azules ponía «It's a boy» y en las rosas «It's a girl». Debería haber aborrecido de semejante chorrada sexista y, sin embargo, me encontré con una de las pelotitas en la mano que, sin que yo pudiera explicármelo, parecía estar pidiendo a gritos que me la llevara conmigo. Pensé regalársela a uno de los niños de Laureta, pero en seguida supuse que ya estaban demasiado mayores para peluches. Entonces pensé que en realidad la quería para mí. Peor aún, me encontré pensando que la quería para mi bebé. Cosa absurda, porque ya he dicho que yo estaba convencida entonces de que no iba a tener hijos. En cualquier caso, fue como un fogonazo en la conciencia, la visión repentina de un bebé mío al que en el futuro le diría que lo había imaginado incluso antes de desearle. Y me llevé la pelota de peluche. Rosa: una niña.

Tiempo después de aquella insólita redada se hizo público que los Clinton habían comprado un edificio en la zona, lo que explicaba el repentino interés de la policía por limpiarla. El precio del metro cuadrado se multiplicó por dos en menos de un mes y amenazaba con seguir subiendo, y montones de familias limpias y blancas se mudaron a viviendas hasta entonces en ruinas y repentinamente reformadas a toda velocidad.

He escrito que Sonia no volvió a ver a los portorriqueños. Afirmación no del todo exacta porque sí que volvió a ver a uno de ellos, a quien todos llamaban Vergara. Se lo encontró en el metro por casualidad y le contó que tanto él como sus amigos habían salido de comisaría sin cargos por falta de pruebas. Probablemente habían tenido tiempo de deshacerse del material gracias a sus compañeros, que les habrían avisado de la llegada de la policía mediante los walkie talkies. Una vez libres se mudaron al sur del Bronx para seguir con el negocio, y allí deben de seguir.

En cuanto a la bailarina exótica, dejó a Klara y dos años después, y en Madrid, cuando Sonia vino a pasar su obligada semana de Navidades familiares, se la encontró en la televisión, en una de esas películas porno que pasan en Canal Plus los viernes por la noche. Se la estaba mamando a un garañón cuyo aparato no habría cabido en un vaso de cubata. Ahora es una estrella y se ha cambiado el nombre a Bonita Sweetlove.

1 de noviembre.


Los médicos nos dicen lo de siempre: estable dentro de la gravedad. Mi madre sigue conectada a sus máquinas y tengo la impresión de que a más frascos que antes. Me he entretenido en contarlas: son nueve, nueve botellas colocadas boca abajo, enchufadas a tubos rematados en una aguja pinchada en su cuerpo inerte a través de la cual se le inyectan los líquidos que quién sabe si la mantienen viva o dormida o ambas cosas. Quizá sea por tanto líquido por lo que mi madre esté edematizada, hinchada como un globo de feria a pesar de que haya otro tubo que va a parar a una cuña y a través del cual se le sonda. El color del líquido que sale por ese tubo es verde parduzco: un extraño brebaje de detritus y desechos, la alcantarilla del cuerpo de mi madre. Las manos, de puro hinchadas, están perdiendo la forma, parecen manos de muñeco de trapo, manos inútiles, incapaces de asir, mucho menos de escribir o acariciar, que se diría que fueran a reventar en cualquier momento. De todas formas, tampoco podríamos cogerle la mano, porque hay un tubo conectado a cada una. Además de la hinchazón, el edema le ha creado una doble papada que le da el aspecto de un enorme sapo dormido, un cruce entre batracio y humano recién salido de un cuento de Lovecraft, semejanza que se intensifica porque mi madre, como las criaturas de Lovecraft, está húmeda. Supura: la aguja del gotero que tenía conectada a la mano le ha hecho una herida que segrega un líquido transparente.

Mi padre ha adelgazado visiblemente en estos ¿once? días. Como es un hombre tan alto empieza a parecerse a un personaje de un cuadro de El Greco, con ese aire no se sabe si entre espiritual o tétrico. Ya estoy perdiendo la cuenta del tiempo, las tardes son todas iguales aquí, una monótona letanía de horas sucesivas. De todas formas, advierto que se ha puesto corbata para venir, y eso me parece buena señal. Una enfermera viene y no podemos evitar preguntarle lo de siempre aun a sabiendas de que no nos puede dar más información que la que los médicos nos han proporcionado. Pero nos la da. No exactamente información, un nuevo punto de vista, una actitud diferente a la hora de evaluar la cuestión, su particular interpretación del carpe diem: «Ustedes aférrense al día. Piensen que hoy sigue aquí, y eso es bueno. No intenten pensar en cómo va a ser mañana, sólo en que hoy sigue aquí, que resiste.» Lo dice con una sonrisa que no parece ensayada a pesar de que yo no pueda evitar preguntarme si no habrá aprendido a esbozarla como herramienta terapéutica para familiares durante el tiempo que lleva aquí. Únicamente nos ha dedicado tres minutos, pero nos ha regalado un mundo: su sonrisa, ensayada o no, ha brotado como por contagio en el rostro demacrado de mi padre.

Más tarde, Caridad, la enfermera lectora, ya fuera de la UVI, en el pasillo, tras los saludos de rigor y el cómo te encuentras de ánimo hoy (como nos ve venir todos los días ya nos trata con familiaridad) me comenta, mientras espero a que salga mi padre (mi hermana ha ido a ocupar mi puesto), que los médicos son mucho más fríos, que no conocen ni al paciente ni sus circunstancias, que se limitan a pasar cinco minutos diarios, verificar el historial, contrastarlo con las gráficas de las máquinas y emitir un diagnóstico. «Pero no están aquí a pie de cama como nosotras, que no tendremos la carrera hecha, pero que vamos viendo la evolución minuto a minuto, que llegamos incluso a cogerle cariño a enfermos con los que no hemos hablado nunca, porque no pueden hacerlo.» Me habla del día en que se dio cuenta de que a un paciente le habían estado administrando durante ocho días un medicamento que sólo podía administrarse, como máximo, durante siete, y eso en casos extremos. Cuando fue a indagar se enteró de que los hematólogos que debían verificar al enfermo (el medicamento tenía algo que ver con los leucocitos) llevaban nueve días sin aparecer por la UVI. Caridad no acabó la carrera de Medicina, la dejó a la mitad, me dice, pero no se arrepiente, asegura. Piensa que ser enfermera puede ser mucho más satisfactorio. Pero también es cierto que puede que los hematólogos llevaran nueve días sin aparecer porque sencillamente no dieran abasto en un hospital colapsado. Y yo me pregunto una vez más cómo teniendo la carga impositiva más alta de Europa, nuestro dinero se gasta en enviar tropas a un país que no nos lo ha pedido pero no en arreglar la sanidad pública o en conseguir que tú puedas ir a una guardería.

Ayer tu padre llegó a casa diciendo: «Tú, que te quejas siempre de que la vida no tiene sentido, de que el hombre es un lobo para el hombre, deberías haber subido al metro conmigo hoy. En cuanto me he montado con el bebé se han levantado varias personas para cederme su asiento, y cuando he dicho que no nos hacía falta, una señora ha insistido y prácticamente me ha incrustado en el suyo. Y medio vagón hacía comentarios sobre la niña, que qué buena era y que qué suerte tenía yo.» Incluso una señora le ha regalado una medallita de la Virgen de Lourdes, para que te protegiera. Supersticiosa como soy —tendrás tiempo de descubrirlo—, te la he cosido al carrito.

Pero no, lo que cuenta no me hace creer en la bondad intrínseca del género humano. Cuando iba camino del hospital ha subido al metro un negro famélico pidiendo dinero. Era un esqueleto andante de ojos amarillos y le costaba mucho caminar. Creo que tenía sida. Según el negro iba avanzando por el pasillo con la mano extendida, como un zombi suplicante, los pasajeros apartaban la mirada. La única que le ha dado algo he sido yo: todo lo que tenía en el monedero, impulsada por el sentimiento de culpa y por la vergüenza ajena.

A la gente le hace ilusión ver una nueva vida, pero no aguantan ver la muerte cerca: les recuerda demasiado la inevitabilidad de la suya.

Ésa es la razón por la que tu tío, mi cuñado Julián, marido de tu tía Asun, se ha negado a entrar en la UVI a ver a tu abuela. Dice que no soporta los hospitales. A mí, al contrario, no me deprimen, quizá porque los asocio con algo bueno. He pasado media vida en hospitales a partir de la adolescencia a cuenta de la traqueítis crónica y siempre recuerdo que el dolor terminaba, no empezaba, cuando llegaba al centro. En cuanto te enganchaban un gotero con morfina o un inhalador sabías que había empezado el fin del sufrimiento, que el dolor o el ahogo acabarían en breve. Y esa asociación hospital-alivio se confirmó cuando tú naciste. La situación ahora es muy distinta, pero a pesar de todo me esfuerzo en intentar no asociar UVI con dolor, más bien al contrario. Prefiero pensar que si tu abuela sobrevive es gracias al hospital, que si se hubiera quedado en casa estaría utilizando el pasado como tiempo verbal para escribir sobre ella, que si no le inyectaran drogas a través de los goteros estaría aullando de dolor.

Dijo Fernando Pessoa que «ser pesimista es tomar algo por trágico, y esa actitud es una exageración y una incomodidad».



2 de noviembre.
Mi hermana Laureta, la madre de Laurita, hace tiempo que quiere separarse. O al menos lleva años diciéndolo. Laureta se casó por primera vez a los veintitrés años con un francés de buenísima familia y larguísimo apellido que vivía y vive de las rentas familiares y al que conoció en Ibiza. Hasta los veinte había estado estudiando Psicología y trabajando de camarera en el Pachá de la playa de San Juan, el club más fashion de la provincia de Alicante que sólo contrata a bellezones para servir detrás de la barra (obvia decir que mi hermana lo era y todavía lo es), pero se ve que ese ambiente se le quedaba pequeño, así que un día le dio una de sus ventoleras y se cogió un ferry directo a la isla sin más equipaje que una mochila y varios pareos. Hablamos de hace más de dos décadas, cuando la isla aún no era un nido de hooligans y pastilleros y sí un puerto franco para poetas, pintores, escritores, hippies de toda condición y aventureros y desarraigados en general. A mi hermana le había dado por Ibiza porque siempre había sido muy excéntrica, y entonces esta isla era lo más de lo más —supongo que ahora se hubiera ido a Goa—, porque Laureta se tenía y se tiene por una persona de ideas originales y brillantes y se pasa el día en actividad constante pero poco fructífera: en general se interesa por todo lo que le parece novedoso, original, arriesgado y progresista, y se mueve y habla mucho —es muy elocuente y un tanto dramática a la hora de expresarse— pero acaba haciendo poco. Es plenamente sabedora de su apariencia personal, su atractivo y su carisma, y por eso a veces —bastantes— resulta un tanto narcisista. Siempre ha actuado según sus propias reglas, y si se le contradice se puede poner bastante agresiva e intolerante: ya desde muy pequeña sus explosiones de mal genio eran sonadas e impredecibles. Una vez, por ejemplo, me tiró un plato de sopa caliente a la cara cuando le hice notar que estaba sorbiéndola, y gracias a Dios que me aparté a tiempo, u hoy no podría presumir de este cutis de porcelana que tu padre tanto alaba. Pero, por otra parte, Laureta se preocupa por buscar la compañía de los demás y, cuando está de buenas, tiene unas maneras agradables y complacientes, de modo que siempre ha utilizado su encanto para conseguir lo que quiere sin tener que esforzarse demasiado.

Cuando se hartó de Ibiza, por ejemplo, eligió el camino más fácil para dejar la isla: el matrimonio. La opción parecía natural porque, a qué negarlo, la actividad laboral no iba mucho con Laureta, como si ella fuera un objeto de lujo y no de servicio. Como ella siempre ha sido para los hombres lo que la miel para los osos, no le resultó difícil encontrar un más que buen partido. Porque Laureta desprendía y aún desprende una penetrante emanación de feminidad, una aura de intensa sensualidad que los vuelve locos precisamente porque no parece ir dedicada a ellos sino que más bien los excluye, como si mi hermana perteneciese a una casta muy superior a la que deben rendir pleitesía. Esa exagerada conciencia en su propia valía prometía un despliegue descomunal de sus atributos, y fue, supongo, lo que, entre porro y porro y fiestecita en la cala atrapó al francés riquísimo y guapísimo que le propuso matrimonio en un tiempo récord. Serge, que así se llamaba aquel príncipe azul, encandiló al principio a todas las mujeres de la familia (tía Reme incluida) excepto a mí, que era curiosamente a quien más quería encandilar (ya en la misma boda el tío, borracho perdido, intentó meterme mano, imagínate, a la hermana pequeña de su novia que apenas había cumplido quince años. Esto no se lo había contado nunca a nadie excepto a tu padre). A los veintiséis años, Laureta ya tenía dos hijos (y seguía tan delgada como si ella no hubiese intervenido siquiera en su concepción), dos casas (una en Madrid y otra en Ibiza), dos coches, dos asistentas (una para limpiar y otra para cuidar de los niños), dos ojeras permanentes bajo los ojos y una cara de amargada tremenda, porque resultó que el francés, un bon vivant acostumbrado a los mejores lujos, se hartó pronto del genio de Laureta, y huyó de ella viajando sin cesar y haciéndole el más mínimo caso. Por no estar, no estuvo ni en el parto de sus hijos, pues según versión oficial en ambas ocasiones estaba en viaje de negocios (si fue capaz de tirarle los tejos a una menor el mismo día de su boda, y para más inri hermana de su futura señora, imagínate dónde podía estar, sobre todo teniendo en cuenta que sus únicos negocios consistían en hablar de tanto en tanto con el administrador encargado de gestionar sus rentas) . Antes de tenerte a ti, cuando Laureta me contaba lo de la ausencia de Serge en sus partos, me parecía mal, pero no tan mal como me parece ahora que ya he vivido un parto yo misma, un parto que no sé si habría sabido sobrellevar sin la presencia de tu padre. En fin, como te iba diciendo, en su día Serge le había parecido a Laureta muy moderno y original, tan francés, tan glamuroso, tan vivido, pero en cuanto se casó con él dejó de parecérselo. Y es que a ella, independiente y muy suya, le disgusta que le digan qué y cómo hacer algo, y especialmente si lo que le dicen es cómo y en qué pensar, como él intentaba hacer. Laureta siempre había actuado siguiendo sus propias reglas y raramente obedecía órdenes. Nunca las había aceptado por parte de mi padre y, desde luego, no iba a acatar las de su marido. Una buena Acuario como ella precisa un ambiente no estructurado que le permita tomar sus propias decisiones y responder a las necesidades del momento en vez de seguir una rutina o una forma fija de hacer las cosas. Necesita vivir en una atmósfera excitante y estimulante, y el matrimonio pronto suele dejar de serlo.

Como era de esperar, Laureta se pasó años quejándose de Serge, que la tenía a cuerpo de reina pero que cada vez paraba menos por casa, hasta que un verano conoció al que sería su segundo marido, también en Ibiza y esta vez alemán, y se lió la manta a la cabeza separándose de Serge casi al mes de conocer a Christian, que así se llama el nuevo.

Y es que su mente funciona de una forma intuitiva, no lineal, y los flechazos le llegan de golpe, de la nada. El problema es que Christian adora a Laureta y a los niños, pero no tiene un duro. En Ibiza se ganaba la vida limpiando barcos (limpiaba, por ejemplo, el yate de Serge; así fue como le conoció) y poniendo copas, y cuando se enamoró de ella se vino a Madrid porque mi hermana no quería cambiar a los niños de colegio y de rutinas, pero ya no pudo seguir trabajando de camarero porque su recién estrenada novia no quería que pasara las noches fuera de casa. De modo que Christian acabó encontrando un trabajo de profesor en el Instituto Alemán. Bien pagado, en mi opinión, pero que no da para mantener el nivel de vida al que mi hermana estaba acostumbrada. Así que se acabaron los veranos en Ibiza y hubo que vender uno de los coches y despedir a las chicas.

Y más tarde cambiar de casa, porque la antigua estaba alquilada, aunque en realidad fuera propiedad de Serge, que la había puesto a nombre de una sociedad. Y claro, una cosa es vivir una pasión prohibida en un entorno paradisíaco y otra muy distinta vivir una vida normal con un profesor de alemán que está buenísimo (porque lo está), pero no más que lo estuviera el primer marido, y que encima es, como buen alemán, bastante previsible y aburrido.

Hoy, en el hospital, nos han hecho esperar más que de costumbre y a Laureta le ha dado tiempo a desgranarse en confidencias, pasillo va pasillo viene, mientras esperábamos a que los médicos acabaran con lo que estuvieran haciendo dentro ¿un respirador que falla?, ¿un monitor cuyas constantes descienden? Laureta dice que se separaría ahora mismo si pudiera comprarle a Christian la mitad de la casa (que compraron a medias tras el divorcio de ella), pero no puede, y ¿adónde va a ir ella con dos niños y al precio que se han puesto los pisos? Como los hijos son de su primer marido y al segundo no le corresponde garantizar su bienestar, ella está segura de que un juez no le daría la casa, de forma que parece que la burbuja inmobiliaria es la responsable de que viva atrapada en un matrimonio infeliz.

—He estado tan desesperada que he llegado a pensar que si mamá muriera al menos podría separarme. Con la herencia, ya sabes.

—No, si te entiendo. A mí se me pasó lo mismo por la cabeza, que podría pagar la deuda de Hacienda y cancelar la hipoteca.

—Se lo dije a Vicente y me dijo que él pensó lo mismo, que con la herencia podría pagar por fin la reforma de su casa.

—Somos unos hijos horribles...

—Sí...


Es el síndrome de Pollyanna, la niña que vivía en un orfanato esperando una muñeca y que recibió, por equivocación, un par de muletas de regalo de Navidad: dijo que se sentía feliz porque no tendría que usarlas.

De todas formas, la herencia no daría para tanto.

O sí. Me esfuerzo en alejar malos pensamientos, la imagen, por ejemplo, de una comida familiar en la que, cotilleando sobre las peleas familiares de unos vecinos, mi madre le dijo a Reme: «Yo siempre pensé que mis hijos tenían sus diferencias, pero cuando me entero de cosas así, me doy cuenta de que no se llevan tan mal», y Vicente intervino, medio en broma, medio en serio: «Ya, ya, espera a que tú te mueras y nos empecemos a pelear por tu dinero.»

3 de noviembre.


Ninguno nos conocemos del todo, y hace falta una situación extrema para que descubramos lo poco que sabemos de nosotros mismos. A solas creemos vislumbrar a veces algo de nuestro yo esencial —soy nerviosa, soy sensible, nunca diría esto, nunca me pondría aquello, nunca probaría lo otro, nunca llegaría a hacer una cosa así, nunca me sentiría atraída por tal o cual persona, este límite nunca lo sobrepasaría...—, pero al final esto no es más que una parodia íntima y el día menos pensado, en la situación aparentemente más cotidiana, descubrimos que todos los límites son sobrepasables. Vivimos más o menos felices mientras no sabemos lo que somos, pero todo cuanto somos consiste en lo que no somos, porque siempre nos engañamos en lo que creemos verdadero.

Fue horrible. No conseguía conciliar el sueño porque me rondaban por la cabeza tanto mis problemas de dinero como la imagen de mi madre en el hospital, y cuando por fin parecía, a las tres de la mañana, que empezaban a pesarme los ojos de sopor, tú te pusiste a llorar reclamando biberón y cambio de pañal y al final nos dieron las cuatro entre una cosa y otra. Había quedado con mi padre a las nueve de la mañana en el hospital y a las siete y media tenía que levantarme para que me diera tiempo a maquillarme, peinarme y vestirme con cierto esmero para que tu abuelo no me soltara la consabida perorata sobre mis pintas y mi aspecto, que me soltó de todas maneras en cuanto me vio llegar por la puerta.

Cuando volví a casa, a las tres, tu padre sacó el perro a pasear y me dejó sola en casa contigo. Y entonces, aún no sé por qué, te agarraste la primera rabieta de tu vida. No querías chupete, ni biberón, ni rorros, ni nanas, ni que te meciera, ni que te siseara, ni que te pusiera en el cuco ni que te paseara en cochecito por el pasillo, gritabas y gritabas cada vez más alto, la cara se te estaba poniendo roja como a un antiquerubín, un pequeño demonio de mes y medio, y pataleabas como si quisieras romper el aire. Yo estaba agotada y cansada, y parecía que tu llanto fuera un interruptor que hubiera activado de pronto lo peor de mí, todas mis inseguridades y mis miedos, y una voz interna me decía que no servía para madre y que no servía para nada, ni siquiera para algo tan simple como ocuparme de un bebé, y antes de que me diera cuenta me encontré zarandeándote. Las palabras del libro se me aparecieron de pronto, en letra negra impresa como si tuviera una pantalla blanca frente a mí: «Nunca sacuda al bebé, ni cuando se enoje ni cuando juegue. Sacudir a un bebé puede lesionarle el cerebro o causarle la muerte.» Entonces recuperé de pronto la cordura, te dejé en el cuco, todavía berreando, y me fui a otra habitación. Jamás me había apetecido tanto una copa.

Había leído en algún libro que si en cualquier momento me encontraba desbordada y fantaseando con maltratarte, debía llamar inmediatamente a una línea de ayuda.

Como creo recordar que el libro era yanqui, pues nunca he oído de líneas de ayuda para madres desbordadas en España, agarré un cojín del salón y lo aporreé con todas mis fuerzas hasta que me quedé exhausta. Al llegar a casa tu padre nos encontró a las dos hechas un mar de lágrimas.

No había pasado tanto miedo desde que vi Tiburón en el cine, a los ocho años.


En cuanto regresé a Madrid desde NY mi vida se convirtió en un frenético teclear de mails, todo encaminado a atar bien atado mi verano. Mails a Tania, que me aseguró que ya me tenía buscado y cerrado el trabajo para el verano como profesora de español para los cursos de Stony Brook. Mails a Sonia, que me buscó un sublet, un apartamento realquilado en Manhattan que pertenecía —no iba a ser de otra manera— a una stripper que en verano se iba a hacer la aventura japonesa (por lo visto en Japón las strippers blancas y rubias cobran sueldos astronómicos, muy en particular las aniñadas, razón por la cual esta chica era probablemente la única integrante de la muy boyante sex industry de Nueva York que no se había operado el pecho: caprichos del yen obligan). Mails al rumano, que me enviaba de vez en cuando notas muy cariñosas a las que yo respondía por educación y porque pensaba que me convenía contar con algún amigo en la ciudad más que porque el tipo me interesara demasiado o demasiado poco. Mails también al estudiante francés con el que había contactado por Internet y que me realquilaría el piso de Madrid durante el verano para, además de pagarme un dinero que me permitiera a mí pagar el plazo de la hipoteca, ocuparse de mantener limpia y viva la casa y cuidar de las plantas (aunque, por si acaso, Consuelo, que se quedaba con el perro, también tenía un juego de llaves y se pasaría cada semana a verificar si las cosas iban bien). Y mails finalmente a Claudia, una amiga de Paz que trabaja en una agencia de viajes y que se ocupó de buscarme el billete más barato en el vuelo chárter Madrid-Nueva York más cutre y casposo que se podía encontrar.

Así que a finales de junio lo tenía todo dispuesto y había hecho gala de una organización y una eficiencia dignas de mi hermano Vicente. Y de pronto, como si alguien me hubiera echado un mal de ojo, todo el presuntamente organizado plan se desbarató en cuestión de días.

Primero llegó un correo de Tania en el que me comunicaba que los cursos de español de Stony se suspendían por falta de solicitantes. Al parecer, no habían conseguido siquiera diez inscripciones, por lo que, sintiéndolo mucho, se veían obligados a prescindir de mis servicios, y como yo no había firmado contrato ninguno, no podía protestar ni recurrir. A los dos días me escribe Sonia. Las desgracias nunca vienen solas. La única stripper no operada de Nueva York se había caído al intentar realizar una voltereta sobre la barra de bombero (sí, esa barra vertical que todos hemos visto en las pelis yanquis) aterrizando abiertísima de piernas sobre el escenario, con lo cual se había roto la pelvis y tendría que guardar reposo absoluto durante meses. Adiós pues a su viaje a Japón y a mi sublet en NY. Me quedaba, eso sí, el billete. ¿Qué hacer? ¿Escribir al francés y contarle que la que se había roto la pelvis había sido yo y que me quedaba en Madrid durante el verano? Pero resulta que el francés ya había pagado el alquiler, y éste me lo había gastado entero en el billete de avión. Podía devolvérselo, claro, pero eso significaría vivir prácticamente a base de pan y agua durante dos meses puesto que, con vistas a mi estancia en NY y contando con lo que me iban a pagar por las clases (que, aunque fuera una miseria, algo era) había ido rechazando todos los encargos que me ofrecieran y hasta septiembre no se me ocurría de dónde sacar dinero.

Al rumano le conté esta historia muy por encima, a ver si conocía a alguien que subarrendara un apartamento en verano. A vuelta de mail me respondió que su compañero de piso, el estudiante de danza, se iba en verano a trabajar a Ibiza como animador en Manumission, por lo que estaban pensando en realquilar su habitación, que me saldría exactamente por la mitad de lo que iba a costarme el apartamento de la bailarina accidentada, con lo cual compensaría en algo el dinero que iba a perder por las clases que al final no daría. El problema, añadía, era su novia —del rumano, no del gogó ibicenco—, a la que hasta entonces no había mencionado jamás. La chica, por lo visto, era muy celosa y no le iba a hacer ninguna gracia que él compartiera piso con una mujer. Lógicamente, semejante cuestión me desanimó: no me apetecía nada irme a vivir al Bronx para estar acosada por una neurótica que creía que me iba a tirar a su novio al que, para colmo, ni siquiera recordaba si me había tirado o no.

Escribí a Sonia de nuevo. Respuesta: a esas alturas imposible encontrar en NY ningún sitio donde quedarse a no ser que estuviera dispuesta a pagar precios astronómicos. No era la única española que pretendía pasar el verano en la ciudad. Ni la única europea tampoco. Pero el rumano vivía en el Bronx Norte, no en el Sur. El Bronx Sur es el peligroso, mientras que el Norte es un tranquilo barrio de judíos ricos, un remanso de solemnes edificios Victorianos. No había visto el apartamento pero creía que, si era por esa zona, no podía estar tan mal. De todas formas, se ofrecía para pasarse a verlo. Respuesta mía: hazlo. Y hazlo pronto, que el tiempo corre. Mail de Sonia a las veinticuatro horas: ha ido al Bronx y ha comprobado que el apartamento es maravilloso, enorme y con mucha luz. Y ni rastro de novia. Inspeccionó el cuarto de baño de arriba abajo en el tiempo en el que se suponía que debía de estar haciendo pis y no encontró ni un estuche de maquillaje ni un secador ni una caja de Tampax, nada. O la novia celosa se desplazaba con su neceser cada vez que iba a visitar a su amado, o no paraba mucho por esa casa, o el rumano se la había inventado, vete tú a saber por qué. En cualquier caso, concluía Sonia, siempre te puedes venir a mi casa, pero no sé si te apetecerá dormir dos meses enteros en el sofá.

No, no me apetecía nada. Aún me quedaban marcas en la espalda de mi última visita, y además y sobre todo, por mucho que supiera que Sonia era generosa y me hacía la oferta de corazón, también sabía que mi amiga, como buena artista, era y es una neurótica muy celosa de su espacio, y comprendía que invadir su intimidad equivaldría a poner en peligro de muerte una amistad que estaba a punto de cumplir veinte años.

Atrapada en un carrusel de dudas, e incapaz de decidir por mí misma, llamé al periodista esotérico, el mismo que en su día me leyera las cartas e interpretara el aviso de la brújula.

—Te va a parecer raro —le dije—, pero me pregunto si me podrías hacer una tirada de cartas telefónica de emergencia.

—Eva, que no soy un número 908. ¿Por qué no te pasas a verme, digamos el miércoles, nos tomamos un café y te echo las cartas tranquilamente?

—Me encantaría, pero es que el tema me corre prisa y no tengo hasta el miércoles para decidir. Necesito saberlo ahora.

—Un tema amoroso, como si lo viera...

—No, nada que ver. Es sobre un viaje que tenía atado y bien atado y que se ha descalabrado en el último momento. Es largo de contar, pero... Resumiendo: no sé si cancelar el viaje o no.

—De acuerdo, pues hagamos una cosa. Voy a tirar tres cartas. Si me dan una respuesta clarísima, entonces haz caso al Tarot. Y si no, no te digo nada, porque yo nunca he hecho algo parecido a tirar las cartas por teléfono.

—Pues Rappel lo hace.

—Él no lo hace, lo hace su equipo, y no me digas que te crees esas cosas...

—Vale, pues tira tres cartas a ver qué pasa.

—Espera, que voy a por la baraja... A ver, que ya he vuelto. Estoy barajando. Ahora concéntrate en lo que quieres saber y trata de proyectar esa energía sobre las cartas.

—Vale.


—Perfecto. Pues tiro.

Se sucedieron unos segundos que cayeron como bombas de silencio en el zumbido de la línea.

—Eva, no me lo puedo creer.

—¿El qué?

—Tres arcanos mayores. ... Esto es casi imposible, de verdad. Casi nunca salen tres arcanos mayores seguidos. A mí nunca me había pasado.

—Ah... ¿Y son buenos o malos?

—La Rueda de la Fortuna, Los Enamorados y La Emperatriz... Y los tres de pie... Eva, sin ninguna duda tienes que hacer ese viaje.

—¿Sin ninguna duda?

—Sin ninguna duda.
Sin embargo, no fue la tirada de cartas la que me convenció: no es que yo sea una cobarde y una escéptica, y no es que sea tampoco una experta en estadística, pero si en la baraja del Tarot hay 78 naipes y de entre ellos 22 son arcanos mayores, las posibilidades de que en una tirada salgan tres seguidos no son tan remotas como el periodista quería creer.

Pero justo a la mañana siguiente recibí una llamada de Nenuca.



Nenuca todavía no se había retirado al chalecito familiar de Marbella y por entonces aún vivía en Madrid. Como no hacía nada la mayor parte del día se aburría muchísimo y le concedía a sus problemas amorosos (los únicos que tenía, porque los económicos o laborales no los había conocido nunca) una importancia exagerada. En ese sentido, era como si todavía tuviera quince años. Yo temía sus llamadas telefónicas, porque era capaz de tirarse horas al teléfono (y lo digo literalmente, alguna noche me había tenido tres horas al aparato, cronometradas en mi reloj de pulsera) analizando exhaustivamente los pormenores de su relación con Mirta, la chica con la que llevaba tres años saliendo, una cubana que trabajaba de cuando en cuando de camarera en un bar de la calle Argumosa, aunque en realidad viviera del dinero de su novia que era, a su vez, el dinero de los padres de Nenuca, en una curiosa reinterpretación de la doctrina de la redistribución de la riqueza Norte-Sur. Yo pensaba entonces, y todavía pienso, aunque siempre me guardé muy mucho —con esa hipocresía que albergamos todos, hasta las personas más sinceras, cuando hablamos con un amigo y omitimos voluntariamente la opinión que nos inspiran sus actos o, en este caso, sus relaciones— de explicarle a Nenuca mi teoría de que la cubana en el fondo albergaba un resentimiento enorme hacia la mano que le daba de comer, porque el saberse mantenida la hacía sentirse inferior; pero por otra parte, evidentemente, Mirta necesitaba a Nenuca, pues no podía vivir sin ella en el sentido más literal y menos romántico de la palabra, y era por eso por lo que le alicortaba cualquier conato de ligereza y la sometía al sistema ducha escocesa en la relación amorosa: ahora frío y ahora calor, hoy vienes al bar y ni te miro, mañana me paso el día diciéndote que eres la más linda y que dónde has estado tú toda mi vida y pasado mañana te monto un número de celos tremendo sin venir a cuento, asegurando a gritos que te has pasado mi turno en el bar haciéndole ojitos a una chica que estaba al final de la barra en la que hasta entonces ni habías reparado. Y, por supuesto, cuanto peor la trataba Mirta, más enganchada estaba Nenuca, totalmente obnubilada por una especie de síndrome de Estocolmo por el que se había enamorado de su propia torturadora. El culebrón de Mirta era de lo más previsible, y si al principio yo creía de verdad, cuando Nenuca me llamaba, en los sufrimientos de la una y la devoción de la otra, al cabo de unos meses la historia me tenía tan harta como para no coger el teléfono móvil si veía el nombre de Nenuca parpadeando en la pantalla. Pero ese día en particular respondí a la llamada porque llevaba semanas evitando a mi amiga y me torturaba cierto complejo de culpa y de mala persona. Para mi sorpresa, Nenuca no llamaba para quejarse, porque en las últimas semanas la relación con Mirta atravesaba por uno de aquellos períodos de luna de miel que sucedían inevitablemente a las broncas más sonadas (en este caso la bonanza relevaba a una tormenta en la cual Mirta llegó a levantarle la mano a Nenuca, y como probablemente ahí se dio cuenta de que se había pasado de verdad y podía llegar a perder a la víctima de la que dependía, la cubana se había estado esmerando desde entonces y nunca había sido más amable y entregada que desde la reconciliación posterior a aquella discusión), esta vez me llamaba para contarme un extraño sueño de Mirta que se refería a mí. «A ver si tú lo sabes interpretar, porque no me dice nada, pero Mirta insiste en que te lo cuente, ya sabes el valor que le da ella a sus sueños.»

Al principio nosotras nos reíamos de los sueños de Mirta, que era capaz de no dejarle coger el coche a Nenuca y obligarla a ir una semana en metro si soñaba con un accidente (¡A Nenuca!, ¡a la pija más pija de Madrid, que antes del encontronazo con Mirta, no había usado un transporte público en su vida!), pero con el tiempo aprendimos a fiarnos de sus visiones después de que predijera acertadamente que el gordo de la lotería acabaría en 103 y de que anunciara la muerte de su tía Kerly en La Habana, que ella había soñado con dos días de antelación. A Mirta le sorprendía que nos asombráramos tanto de la precisión de sus sueños proféticos, puesto que al fin y al cabo en su familia, de larga tradición santera, estaban más que acostumbrados a lo paranormal y lo tenían integrado en el día a día, moviéndose entre lo visible y lo invisible con la facilidad con la que una rana salta de la tierra al agua. Y por lo visto Mirta había soñado conmigo, y se había levantado excitadísima, insistiendo una y otra vez en que Nenuca tenía que llamarme y contármelo. Deduje que no me llamaba Mirta misma porque, merced a su intuición privilegiada o paranormal, o simplemente gracias a su sentido común y viendo las malas caras que yo le ponía siempre, había adivinado lo mal que me caía.




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