Un milagro en equilibrio



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—¿Sabes lo que me ha dicho el negro de abajo? —obvia decir que Supernegro la conoce, la ha visto entrar y salir de casa, conmigo y sin mí, infinidad de veces—. Me ha dicho: «Qué bien te sienta el bonnet.» No ha dicho boina, sino bonnet. Es cultísimo, ese señor...


La sentencia del juicio llegó dos meses después, y venía a decir lo que ya nos esperábamos, que —siempre según su texto— Cita no era culpable de nada, pues la jueza estimaba que «su actuación no había supuesto una intromisión en el derecho fundamental al honor, a la intimidad personal y a la propia imagen de la demandante» (cito textualmente) ya que había sido «lo suficientemente diligente en la recapitulación de datos como para ser amparada por la libertad de información».

La propia Paz cogió un avión y se presentó en Madrid para comunicarme personalmente la noticia.

—En cristiano, lo que viene a decir esta sentencia es que la supuesta diligencia a la hora de contrastar la noticia ampara su publicación, incluso aunque la noticia resulte ser falsa. Alucinante. Y tal diligencia consiste en que tienen a un fotógrafo sacando fotos y a una periodista que luego escribe un texto malintencionado, pero que, eso sí, es tan lista como para que no se olvidara nunca de añadir «probable» o «aparente» en las frases en las que sabía que estaba mintiendo. Así se curaba en salud, porque no se la puede acusar ya que ellos pueden decir que nunca han afirmado nada categóricamente. Sin embargo, lo único que su redacción me prueba a mí es que llevan tantos años jugando a hacer esta basura que ya han aprendido a bordear peligrosamente el límite de lo legal sin cruzarlo nunca del todo. —Suspiró aparatosamente y hundió la cabeza entre las manos—. No, si es que yo cuelgo la toga...

—Paz, por favor, no te pongas así... No va a acabar la abogada más deprimida que la cliente.

—No es por ti, es que estoy harta de ver este tipo de cosas. Hace poco tuvimos un caso de un chico que se había matado en una obra. Ni llevaba casco, ni el arnés reglamentario ni nada... La obra incumplía las más elementales normas de seguridad. Pues al final el juez concluyó que el chico se había matado por su culpa, porque él no se quiso poner el casco. Increíble. Pero claro, la empresa constructora tenía un capital social de miles de millones y ahí estaban untados todos. Estoy harta de ver casos de este tipo...

—Pero aquí no se ha muerto nadie, Paz... No es lo mismo.

—¿Tú te fijaste en el alegato del fiscal?

—Pues claro. ¡Si casi me pongo a llorar allí mismo!

—Ya, pero tú no caíste en la cuenta de dos cosas. Primero, se supone que durante la vista el Ministerio Fiscal debe tomar notas, y él no tomó ninguna. Y segundo, cuando leyó sus conclusiones estaba repitiendo, punto por punto, la contestación que Cita presentó a nuestra demanda.

—¿Y...?


—Que él no la podía haber leído. Que se supone que la Fiscalía debe hablar sólo desde lo que ha visto, sin información previa. Que no podía haber leído ni el texto de nuestra demanda ni el de la contestación de esos hijos de... —A punto de perder los papeles Paz, que jamás dice tacos, respiró hondo y recuperó la compostura—. Es decir, que el fiscal nos estaba enviando un doble mensaje.

—¿Qué quieres decir?

—En primer lugar, nos dejaba claro que ya había tenido contactos con Cita y, además, que no le importaba que lo supiéramos. Al repetir casi punto por punto los argumentos de la revista nos estaba amenazando, avisándonos de que la publicación no se anda con chiquitas, por si estábamos pensando en apelar.

—¿Y vamos a apelar?

—¿Tú qué crees?

—Que no.
Y no, no apelé. Así que las vecinas de mi madre seguirían creyendo para los restos en la leyenda de Eva Agulló, cocainómana y robamaridos. Y así estaban las cosas: sola, sin trabajo o con poco, acosada por los medios y por los acreedores y para colmo con la reputación por los suelos y la autoestima por el subsuelo. Pero todo, ya se sabe, es según el color del cristal con que se mira.

Analicemos mi situación: había sido infeliz en mi relación durante muchísimo tiempo y no hacía más que fantasear con el día en que por fin aquella tortura se acabara, pero cuando mi torturador desapareció me olvidé de lo desgraciada que me había sentido a su lado, concentrada exclusivamente en lo sola que de pronto me encontraba y envenenada por el vano y grato residuo de las horas felices que pasé en su compañía, que también las hubo, pues de no haberlas habido nunca hubiera podido aguantar las malas. Por primera vez en mi vida había publicado un libro, pero un libro que no sentía como mío y del que íntimamente casi me avergonzaba. Y para colmo aquella obra me había hecho famosa, pero famosa en el peor sentido de la palabra, en su sentido original, pues la palabra famosa deriva del original latino fama: cotilleo y mala reputación. Me sentía impotente e indefensa, a merced de los golpes de cualquier desconocido, y me enredaba en constantes espirales de autocompasión creyendo que mi vida era un fracaso, que yo misma era un fracaso. Pero en algún momento pensé que no podía quedarme todo el día en casa sintiendo pena por la pobrecita Eva, que yo era humana y que, como humana, estaba condenada a equivocarme, pero que, como humana, si quería crecer, tendría que aprender a lidiar con lo inesperado. Existían infinidad de factores en mi vida sobre los cuales no tenía control. No podía controlar, por ejemplo, a una periodista sin escrúpulos que quería medrar en su revista de tercera sin que le importase hundirle la reputación a quien se interpusiese en su camino, pero sí podía controlar la forma en que yo misma respondiera a las circunstancias, sí podía controlar hasta qué punto me importaran o me dejaran de importar la periodista o el fiscal. Al fin y al cabo no me estaba muriendo de hambre, no había nacido en Tailandia, donde mi padre me habría vendido a un burdel de Bangkok por menos de quinientos dólares; ni en Nigeria, donde podrían haberme lapidado por adúltera; ni en Somalia, donde me habrían extirpado el clítoris a los once años; ni en Afganistán, donde no me habrían dejado enseñar ni mi rostro por el implacable burka, así que mis penas resultaban manejables, y podía aprender a responsabilizarme de ellas y plantearme creativamente la manera de sobrellevarlas en el futuro. Si persistía en la estúpida idea de que los demás debían cambiar para que yo fuera feliz, resultaba evidente que nunca lo sería. Porque mi ex novio no iba a cambiar, ni David Muñoz iba a cambiar, ni la periodista de Cita ni el fiscal corrupto tampoco iban a cambiar. Pero yo sí podía cambiar, podía elegir tomarme las cosas de una manera distinta. Porque sólo no anhelando lo imposible sería feliz, porque sólo quien no busca finalmente encuentra, sólo quien no busca ya tiene.

Comprendía, como en una iluminación, que la mejor manera de apurar aquel trago de angustia consistía en centrarme en ideas positivas sobre el futuro que me conducirían, como un puente, al otro lado del abismo próximo que me espantaba, el de mi propia e inmediata soledad. Y entonces se me vino a la cabeza una estupidez que leí en un libro de autoayuda: que el carácter de caligrafía chino para la palabra crisis resulta de una combinación de los caracteres «peligro» y «oportunidad». Una estupidez, porque cuando se lo comenté a Susana, la hija de la dueña del chino todo a cien de la esquina (Susana es el nombre español, el chino no lo sé transcribir, es algo así como Chun suán), que habla y escribe español y cantones perfectamente, me dijo que era la primera vez que oía algo así, pero que de todas formas en la escritura china hay casi cincuenta mil signos caligráficos y, probablemente, muchas formas de escribir crisis. En cualquier caso, la idea se me quedó, y para traducirla a mi idioma, que se escribe con un alfabeto y no con signos conceptuales, pensé en aplicar una máxima que solía repetir mi madre cuando hablaba de los tiempos de posguerra: lo que no te mata, te hace más fuerte.

2. ESTE VALLE DE LÁGRIMAS
Menuda invención son las madres. Espantapájaros, muñecos de cera para que les clavemos agujas, simples gráficos. Les negamos una existencia propia, las adaptamos a nuestros antojos: a nuestra propia hambre, a nuestros propios deseos, a nuestras propias deficiencias. Como he sido madre, lo sé.

Margaret Atwood,



El asesino ciego

Pancreatitis: La pancreatitis aguda es una inflamación brusca, causada por el daño que se produce en el propio páncreas por la activación prematura de las sustancias que éste produce para la digestión. La pancreatitis aguda se manifiesta con la aparición de un fuerte dolor de vientre. Además del dolor, el enfermo suele encontrarse muy afectado en su estado general y puede tener náuseas y vómitos.

Las dos causas más frecuentes de la pancreatitis aguda son las piedras en la vesícula de la bilis y el alcoholismo. Se cree que cuando la causa son los cálculos, la inflamación se produce si alguno de éstos se escapa de la vesícula y viaja por un conducto denominado colédoco hasta atascarse en la desembocadura del intestino. Como muchas veces el conducto principal del páncreas desemboca en el mismo sitio que el colédoco, la piedra es capaz de iniciar la inflamación del páncreas.

Otras causas más raras de pancreatitis aguda pueden ser, entre otros motivos: virus, medicamentos, alteraciones congénitas de los conductos del páncreas, obstrucciones de la desembocadura del conducto de Virsung por motivo distinto que un cálculo, aumento mantenido de calcio en sangre (hipercalcemia), falta de riego en el páncreas, golpes en el abdomen por accidentes y algunas intervenciones quirúrgicas... Entre un diez por ciento y un veinticinco por ciento de las pancreatitis agudas pueden ser de origen no conocido (pancreatitis aguda idiopática).

En el veinte por ciento de los casos las pancreatitis agudas son graves. Esto se debe a que el páncreas se destruye en un proceso que se llama necrosis. La necrosis facilita que el organismo tenga una fuerte reacción generalizada que puede provocar el fallo de sus órganos y funciones más vitales (riñón, pulmón, corazón...). Si además se infecta la necrosis, el proceso se agrava todavía más.

Fallecen entre el dos y el cinco por ciento de todos los pacientes con pancreatitis. Los casos de muerte se dan en los supuestos más graves, que son aquellos afectados altamente por la necrosis, sobre todo si se acompaña de infección de la misma. La causa de muerte suele deberse, como ya se ha dicho, al fallo de funciones y órganos vitales o fallo multiorgánico.
Enciclopedia Médica y Psicológica de la Familia

22 de octubre.


Mi madre, tu abuela, ingresó en urgencias con una crisis de vómitos y quejándose de un dolor abdominal agudo. Lo que en principio se tomó por simple gastroenteritis acabó resultando ser una pancreatitis aguda recidiva. Lo de recidiva significa, me acabo de enterar, que no es la primera. Al parecer, mi madre ya había tenido varios episodios de pancreatitis previos, pero yo no tenía ni idea.

Los médicos nos explicaron que es muy posible que no se hubiera podido diagnosticar entonces la existencia de pequeños cálculos de la vesícula no visibles en la ecografía, y nos hablaron de que había surgido un montón de complicaciones colaterales a la pancreatitis: derrame pericárdico, absceso mediastínico, disminución de los campos pulmonares, oliguria prerrenal, hemorragia digestiva... términos que nos sonaban a chino y a los médicos a noventa por ciento de riesgo de mortalidad.

La trasladaron a la UVI el domingo por la mañana después de una intervención de emergencia para eliminar un cálculo atascado e intentar limpiar lo más posible la zona del páncreas, que se había necrosado, y sus inmediaciones.

Dicen que es un milagro que haya sobrevivido a la operación teniendo en cuenta su edad y patología, y que ahora el peligro más grave lo supone la infección mediastínica que ha sobrevenido. Más o menos en cinco días debería saberse si la batalla la gana la infección o su sistema inmuno-defensivo, aunque esta estimación es siempre aproximada. La salud de tu abuela lleva años siendo mala así que, en cierto modo, estábamos preparados a pesar de que nadie está preparado nunca para algo como esto.

Sólo nos dejan verla media hora al día. Eso sí, nos hacen esperar una hora o más en la sala de espera de la UVI antes de que lleguen los muy postergados treinta minutos de visita. Está entubada e inconsciente, así que nuestra presencia es más simbólica que otra cosa. Mi padre está convencido de que puede oírnos, por eso le hablamos todo el rato. Yo no sé si semejante convicción responde más al deseo de mi padre que a la realidad, aunque por si acaso procuro hablarle en el tono más animado posible, teniendo en cuenta lo difícil que resulta hablar en tales circunstancias y que nunca sé qué contarle, puesto que durante años nuestra comunicación ha sido de lo más superficial. Por eso sólo le hablo de ti.
Te copio un e-mail que he recibido de Alicante:

«Sé por experiencia personal (me tiré mucho, muchísimo tiempo en una UVI) que cuando los demás creen que estás dormido y sin sentido tú sientes algo. Yo sentía cómo la gente entraba y salía, y aunque de una forma difícil de definir, podía escuchar a los que hablaban. De hecho, aunque durante mucho tiempo no pude reconocer a nadie, yo supe siempre que estaban allí, así que haz caso a tu padre y háblate, no muestres pena e intenta que no se sienta como si fuese algo terrible. Te lo repito, mi experiencia avala lo que digo.

»Besos, Jaume»

23 de octubre.


La han cambiado de planta. Ayer por la tarde un médico muy amable se sentó con nosotros y nos dijo, textualmente, que se trataba de una «situación dramática». Creo que fue la primera vez que me di cuenta de la gravedad del asunto, pues hasta aquel momento mantenía intacta mi fe en que las cosas se arreglarían.

Virginia Woolf, que no podía o no quería aceptar que el tifus le había arrebatado a su hermano, ideó una extraña estratagema para negarse la brutal realidad. En sus cartas a su amiga y antigua mentora Violet, que también se encontraba enferma, urdió una fantasía según la cual Thoby continuaba recuperándose y su salud se restablecía. Durante un mes envió cartas aderezadas con informes médicos y detalles esperanzadores, y sólo puso fin a aquellas imaginativas notas cuando Violet descubrió por fin la verdad en una nota del periódico. Finalmente ingresaron a la joven Virginia en una casa de reposo víctima de una crisis nerviosa, la primera de la larga serie que padeció a lo largo de su vida. Entiendo perfectamente su reacción, porque durante un tiempo estuve obsesionada con Virginia y leí primero todas sus novelas y después amplié otras obras hasta devorar todo lo que se había escrito sobre ella (o al menos todo lo que yo pude encontrar), desde biografías a estudios críticos. Además, yo también siento ahora la tentación de desviarme de este diario y escribirte una carta distinta, una carta redactada desde un universo paralelo en el que tu abuela esté en su casa, en su sillón, hojeando una revista y refunfuñando como de costumbre. Me siento incapaz de decir nada sobre su enfermedad aquí. Ése siempre ha sido uno de mis principales recursos de defensa: si algo me duele mucho, no hablo sobre ello. No soy de las que llama a los amigos buscando consuelo. Muy al contrario, si me encuentro mal prefiero que los demás me hablen de sus cosas. Por otra parte, ¿qué hace un escritor más que construirse una realidad alternativa para huir de la presente? (Y en la categoría de «escritor» incluyo también a las novelistas inéditas y a las periodistas con ínfulas.)


Hacía mucho que no pasaba tanto tiempo con mis hermanas y mi hermano, tus tíos, con los que tuve que compartir la larga noche del sábado en la sala de espera. Ninguno acaba de entender por qué te llamé Amanda. Demasiado «antiguo» según Laureta; o «pretencioso» según Vicente, o «raro» según Asun. Asun habría querido un nombre más normal, de los de toda la vida, tipo Cristina o Elena o María; Laureta uno de los que salen en las revistas, Alba, Cayetana, Inés o Alejandra; y Vicente... Vicente no habría pensado en ello siquiera, pero ahora que ya tienes uno se apresura a dejar claro que ése no le gusta. Desde el embarazo estuvieron intentando convencerme de que renunciara a la idea de llamarte así. El caso es que, desde que yo recuerdo, mis hermanos nunca han aprobado nada que yo haga, así que tampoco resultaba muy sorprendente que no les gustara tu nombre. Podría haber elegido cualquier otro y lo más probable es que también le hubiesen puesto pegas. Pero sus críticas me afectaron y, a mi pesar, empecé a pensar en cambiarte el nombre que era tuyo por derecho, porque ya lo llevabas antes de nacer, antes incluso de ser concebida, en cualquier sentido, cuando no eras ni embrión y ni siquiera concepto, apenas una posible bendición futura imaginada en la cabeza de tu madre, que cuando todavía escuchaba a The Cure y a Bauhaus solía tararear, para pasmo de Tania y escándalo de Sonia, una canción de Víctor Jara que le encantaba y que decía: « Te recuerdo Amanda, la calle mojada, corriendo a la fábrica donde trabajaba Manuel, Manuel, Manuel, la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo, no importaba nada, ibas a encontrarte con él, con él, con él, son cinco minutos, la vida es eterna, en cinco minutos suena la sirena de vuelta al trabajo y tú caminando lo iluminas todo, los cinco minutos te hacen florecer.»

Evidentemente aquella canción no la escuché por primera vez en casa, que en mi casa había discos de Gardel (tía Reme, ya sabes, y, por contagio, mi madre) o de Serrat (Asun), o de Leonard Cohen (Laureta) o de Genesis (Vicente) o de Wagner (mi padre), pero de Víctor Jara nunca hubo nada. No te devanes la cabeza que te lo aclaro, aunque debiera ser fácil de adivinar: la canción me la descubrió José Merlo, quien, siempre innovador a la hora de proponer textos para comentarios (ya he dicho que él era un profe de los de progresía y buena onda), nos la puso un día en clase en un radiocasete cascado que había traído de su propia casa y en el que el tema se oía con un siseo de fondo, como de reverberación de película antigua, que hacía que la voz del chileno tuviese un deje cascado y abatido que más le hubiera convenido al tango que a la canción protesta. Fue José Merlo el que nos contó que cuando Víctor Jara se enteró de que su hija era diabética escribió esta canción para su esposa y su niña, que compartían el mismo nombre. La imagen de una mujer corriendo bajo la lluvia sólo para poder ver a su marido escasos cinco minutos sugería un amor tan entregado que conmovía al mismísimo Merlo, al que dudo que las historias de amor heterosexuales conmovieran demasiado. Cuando nuestro profesor nos explicó que aquel ritornelo, la vida es eterna, sugería en la letra de la canción la conexión entre la madre y la hija, decidí, recién cumplidos los diecisiete años, que mi hija se llamaría Amanda, por mucho que Víctor Jara, definitivamente, no estuviera de moda, y fuera aún peor visto que Los Secretos entre la pandillita de modernos de pro que llevábamos muñequeras de pinchos, fantaseando en mi yo más íntimo con una hija fruto del amor del mismísimo profesor que nos hizo escuchar aquel tema a dos Amandas dedicado. Y más tarde, ya en la facultad, me ratifiqué en mi decisión, porque amanda, en latín, es la forma gerundiva dativa femenina del verbo amar, es decir, que amanda significa «para ser amada». Pero lo que me acabó de convencer a la hora de darte tu nombre fue enterarme de que no se conoce ninguna santa Amanda, de forma que así podría seguir una antigua tradición familiar, y es que mi bisabuelo, el abuelo de mi madre, que era ateo y masón, llamó a sus tres hijas Palmira, Flora y Sabina, nombres romanos y no de santas, pues no quería que ninguna de ellas pasase por la pila bautismal o tuviera nada que ver con el santoral católico, y a mí siempre me encantó aquella idea, y me ha hecho ilusión recuperarla y darte un nombre pagano que explica que tu madre te concibió en abstracto y en concreto, como concepto y embrión, para amarte.

Porque al pensarte te di forma y al nombrarte te creé: tú eres mi logoi.

No debieran afectarme las pegas familiares, tendría que estar acostumbrada a ellas, tendría que tener asumido que nunca les gustará la ropa que visto, los libros que leo, la gente que frecuento, tendría que entender de una vez que cada familia es como una compañía de teatro en la que los roles se reparten, que la unidad familiar depende en parte de que cada uno cumpla el papel adjudicado y así Vicente tiene que ser el galán, Laureta la primera actriz, Asun la actriz de reparto y Eva —la desastre, gorda, inmadura e histérica— la cómica. Pero como a veces se me olvida esta verdad creí que las críticas iban en serio y pensé en algún momento en darte el nombre de Eva para que fueras la tercera de la familia que lo llevaras (tu abuela, tu madre y tú). Pero tu padre seguía empeñado en que fueras Amanda pese a que yo, no él, hubiera elegido el nombre.

Y elegí Amanda porque al nombrarte quería crearte, y crearte distinta a mí. Mi Otra. Una Otra que machacara por fin a aquella primera Otra que me consumía. Una Otra luminosa, invencible.

Tenías que ser distinta, no podías ser como yo, y por eso, aunque a punto estuviste de ser Eva, te quedaste con Amanda, porque así había de ser y por sugerencia (no me atrevo a escribir imposición) de tu padre —que no estaba acostumbrado a acatar decisiones o aceptar indicaciones de nadie, y mucho menos de una familia que no era la suya, ni siquiera por matrimonio puesto que conmigo no se ha casado— y, desde luego, porque siempre te habíamos llamado Amanda, desde que supimos que existías como embrión, pese a que mis hermanos pusieran el grito en el cielo y aseguraran que nadie sabría pronunciar tu nombre y que todos los niños se meterían contigo en el patio del colegio. Cuando se lo comenté a Paz me aconsejó que si tal cosa sucediera, te enseñase a decir: «Voy a llamar a mi tita Paz y te pondrá una demanda por acoso que te vas a cagar.»

Te quedaste con Amanda y no fuiste Eva, y las gracias sean dadas a tu padre, porque Eva es nombre de suplantadora, porque es la sumisa que le quitó su puesto a la primera esposa, a aquella Lilith que no nació de la costilla de Adán, la que fue creada a la vez que su compañero y modelada a partir del mismo barro, a aquella Lilith que exigió copular a horcajadas sobre su pareja, a aquella Lilith a la que un Dios padre masculino y vengativo expulsó del Paraíso (un Dios también suplantador que le había robado el puesto a Elohim, el creador/creatriz que no tenía género, que era a la vez Él y Ella pero que en la segunda versión del Génesis fue sustituido porque algún escribiente, varón, decidió que el Creador era padre y no madre, y que a Lilith mejor la echaban no sólo del Paraíso sino también del libro) y que fue burdamente reemplazada por una Eva segundona de Adán, una Eva como la que no te llamas, porque tú nunca vas a ser una segundona y porque dice Alejandro Jodorowsky que trae mala suerte llamar a los hijos como a los padres, que así nunca desarrollan personalidad propia. Debe de tener razón, mira si no cómo salí yo, siempre intentando a la desesperada averiguar quién soy, en permanente búsqueda de una identidad que desde el principio me fue negada pues ni mi propio nombre tenía: nunca fui Eva en mi casa, siempre Evita, siempre niña incluso cuando dejé de serlo, una niña que seré siempre para ellos hasta que muera.

Seguía tu tío insistiendo, entre calada y calada de su purito —haciendo caso omiso al cartel de «No fumar» que colgaba bien visible en la pared frente a nuestro banco—, en que a los niños hay que ponerles nombres de toda la vida y no inventos sudamericanos. De todas formas, poco nos importa que tu tío conozca o no la etimología de tu nombre porque dudo mucho que vayas a tener demasiada relación con él en un futuro. Y es que tu tío Vicente, tu narilargo y estiradísimo tío Vicente, no es precisamente el mejor amigo de tu madre. Está dotado de una visión muy peculiar del mundo según la cual éste se divide en dos partes: una, Vicente Agulló Benayas; la otra, los demás. Eso sí, con la particularidad de que la segunda debe girar siempre alrededor de la primera. Por eso a tu formalísimo, organizadísimo, correctísimo y perfectísimo tío Vicente le molesta muchíiiisimo tener un caos de hermana pequeña como la que tiene, porque no logra encajarla en ninguno de esos dos segmentos.

Lo cierto es que, si como embrión te llamábamos Amanda, curiosamente ahora, en casa, en tu casa, esa que habitamos tu padre, el perro, tú y yo, nunca te llamamos por tu nombre. Eres siempre «la nena», quizá porque ahora que por fin te vemos nos pareces tan minúscula que aún no te hacemos con nombre de mujer. (Y entiendo por fin por qué nuestra amiga de Marbella se quedó con el nombre de Nenuca, porque como sigamos a este paso, Nena vas a llamarte el resto de tu vida.) Quizá respondemos a un mandato latente del inconsciente colectivo que nos ata a otros mundos dentro de éste, a organizaciones distintas, más sabias que la nuestra, porque he leído que en muchas culturas no se los nombra a los niños hasta que tienen tres meses. En Bali, por ejemplo, los bebés no pisan tierra firme hasta pasado el primer trimestre porque están siempre en brazos o colgando de las hamacas-cuna, ya que los balineses creen que los recién nacidos no pertenecen a la Tierra puesto que son hijos de los dioses. Sólo transcurrido ese tiempo se les da de beber a las criaturas su primer sorbo de agua y se les impone nombre en una ceremonia ritual. Quizá a los tres meses, cuando por fin puedas enfocar objetos, girar la cabeza, sonreír, susurrar y responder con gruñidos a mi voz, empezaré a llamarte por tu nombre. Y al nombrarte te crearé de nuevo, y dejarás de ser un bebé para ser una niña en miniatura cuando vuelvas la cabeza para sonreírme.
Otro e-mail que te transcribo:

«Pasé por algo parecido con mi padre, así que entiendo perfectamente cómo te sientes, con la diferencia de que yo no tenía que hacerme cargo de un bebé, que debe de hacer las cosas más agotadoras todavía. Llámame para lo que necesites.

Paz»
Tiene razón, un bebé agota. Pero ayuda muchísimo. Me acuerdo que cuando mi hermana Laura —la linda Laureta, la joya oriental— se separó de su primer marido, me contaba que no tenía tiempo para deprimirse, porque al llegar a casa tenía que ocuparse de que los niños merendaran, cenaran y se bañaran —o más bien de supervisar que su niñera lo hiciera diligentemente—, de leerles el cuento antes de acostarse y, sobre todo, de que no la viesen triste. Y a base de fingir alegría acababa por sentirla, que es lo mismo que de pequeños nos decían las monjas en las catequesis de la parroquia: «Lleva una sonrisa en la cara y acabará sonriendo el corazón.»

Es cursi, pero es verdad. Si no te tuviera a ti llegaría a casa y acabaría bebiendo, o tomando tranquilizantes o entonteciéndome con la tele o tirada en la cama sin poder moverme, víctima de un paralizante ataque de autocompasión. Pero tengo que darte el biberón y acunarte y cantarte, y no necesito forzar la sonrisa, porque verte me hace sonreír de verdad. Otra vez cursi, otra vez verdad. Como dice tu padre, eres Prozac natural.

Ocuparse de ti me hace feliz no sólo por la oxitocina o el efecto Bambi o porque estés diseñada para gustar. También porque está demostrado que proporcionar felicidad o consuelo a alguien también hace feliz a quien lo ofrece. Por eso sobrevive la especie, dicen, porque si estuviéramos programados para aniquilarnos los unos a los otros, no habríamos durado ni tres generaciones. Estamos diseñados —imperativo del Plan Divino o de los genes— para tomar parte en juegos de resultado positivo, aquellos en los que todos los jugadores salen ganando algo, mientras que los de resultado negativo son aquellos en los que uno sólo puede ganar algo si el otro lo pierde, de forma que cuantos más juegos de resultado positivo haya en una cultura, más posibilidades tiene ésta de prosperar, y por eso nuestra especie está diseñada para desarrollar estrategias de juego positivo, para moverse por empatía.

O eso dicen los antropólogos, aunque miro a mi alrededor y empiezo a dudarlo seriamente.

El hospital, por ejemplo, está colapsado, y no me atrevo a quejarme de lo antipáticas que son algunas enfermeras, que lo son, porque me doy cuenta de que soportan un estrés tremendo. En la sala de espera de urgencias hay diseminadas unas fotocopias que dicen: «Nos faltan médicos, enfermeros y asistentes sanitarios. No podemos atenderle como se merece porque la Administración nos niega el dinero para contratar más personal. Por favor, si no se siente bien tratado, eleve una queja a las autoridades competentes.» Pero ¿qué país es este que escatima recursos al presupuesto de sanidad y se gasta una millonada enviando soldados a Irak? Un país que considera normal regalarle trescientos millones de euros a Bush para que pueda seguir jugando a soldaditos. Y lo peor es que parte de ese dinero lo he pagado yo, con mis impuestos.

No me creo una palabra de lo que digan los antropólogos: lo divino siempre me ha sido indiferente, y ahora empiezo a despreciar lo humano.


La misma mañana del día en que ingresaron a tu abuela hablaba yo en la mesa de la cocina con tu padre sobre la conveniencia de parir más hijos que siguieran haciéndonos sentir útiles e importantes. Yo, en principio, pensaba que contigo bastaba y sobraba, y tu padre se mostraba de acuerdo por más que a los dos nos vuelvan locos los niños en general y tú en particular. Pero después de lo mal que lo pasamos ambos durante mi embarazo, a ninguno nos quedaban ganas de repetir la experiencia. Yo le aseguré que, siguiera con él o no, probablemente adoptaría otro niño en el futuro por varias razones. Una, porque me gustan los niños. Dos, porque ya que tú has tenido la inmensa suerte de venir a nacer en un país en el que hay agua corriente, electricidad y vacunas, casi me siento obligada a darle la misma oportunidad a un niño que haya nacido sin ella. Tercero, porque te llevo los años que te llevo, y si de mayor te toca vivir con una madre enferma que te haga perder dos terceras partes de tu tiempo tratando con médicos, prefiero que tengas alguien con quien compartir la preocupación o las guardias en el hospital. Espero que te hayas dado cuenta de que no cito aquí el manido argumento de la soledad del hijo único. Porque yo, de pequeña, quería ser hija única. Sentía una envidia tremenda por las niñas a las que los Reyes Magos colmaban de regalos, niñas que dormían en cuarto propio, que no tenían que heredar la ropa de sus hermanas, que no temían los coscorrones de su hermano mayor, que no se veían obligadas a hacer turnos para el cuarto de baño ni a contar los buñuelos de la bandeja para averiguar a cuántos se tocaba exactamente por cabeza ni a pelearse con uñas y dientes para defender su ración (pelea que en cualquier caso casi nunca se ganaba, pues siempre acababa algún hermano mayor comiendo un buñuelo de más). Niñas que no crecían sintiéndose inferiores y poca cosa a la sombra de unos hermanos que siempre eran más fuertes, corrían más rápido, hablaban más alto y escupían más lejos. Y a la sombra también, en mi caso, de unas hermanas unidas por una relación matemática y exacta que me excluía de su habitación y de sus juegos. Además, estoy por leer el estudio que me pruebe que los hijos únicos crecen siendo más asociales o depresivos que los demás.

¿Y si trajéramos otro niño y te murieras de celos? ¿Y si te convirtieras en una sosias de tu tío Vicente, amargada para el resto de tu vida porque llegó otro bebé que te robó tu trono de princesa, tus juguetes y la atención que te mereces? Yo, que nunca he sido monógama, empiezo a serlo contigo. En cierto modo, me parece una traición querer a otro niño tanto como te quiero a ti.

Pero los últimos días no he hecho más que repetirme: gracias sean dadas al Todo Cósmico (aquel que debía ser Todo lo que realmente era y del que nadie sino el Todo mismo podía comprender su ser, aquel que me trajo una brújula que me condujo aquí a través de un visionario perdido en La Ventura), gracias por tener una familia numerosa. Porque por poco y mal que la aguante, sé que peor hubiera sido aguantar todo este estrés sola.
En el hospital, en la cama contigua a la de tu abuela, hay un niño en coma que no llegará a los doce años. Ha sido intervenido de un tumor cerebral intraventricular y, por la expresión de sus padres, presumimos que el pronóstico no debe de ser muy halagüeño. Estuve a punto de acercarme a su madre para decirle que lo sentía mucho, pero en el último momento me faltó valor, pues no sabía si ella podría tomárselo como una intromisión. Más tarde, cuando salimos de la UVI, tu tía Laureta comentó que es imposible medir la magnitud de una desgracia, porque siempre hay algo que te hace ver que hay tristezas más grandes que la tuya. Porque tu abuela, al fin y al cabo, ha tenido una vida larga que ha dado sus frutos en forma de cuatro hijos, y podía estarle muy agradecida a su dios porque los cuatro se han sacado su título universitario y ninguno ha salido drogadicto (¿ninguno? bueno, al menos siempre lo ha creído así, y me parece que ella no considera al alcohol o al tabaco drogas duras). Pero un niño de doce años tiene toda la vida por delante, apenas acaba, de estrenarla.

Laureta dijo entonces que no hay desgracia peor que la muerte de un hijo, que nadie se recupera de algo así. Me he pasado la noche atenta a tu respiración.


Llamaron al sacerdote para que le administrase a tu abuela la unción de los enfermos. Ya no se llama «extremaunción», supongo que para no pasarse de extremistas (mal chiste). La cama de al lado de tu abuela —no la del niño, la otra— la ocupaba un señor que estaba consciente y que, en cuanto el sacerdote sacó el misal, empezó a quejarse a la enfermera para que corriera la cortinilla. Como dijo luego tu tío Vicente, en un arranque de humor negro inusual en él —no lo de negro, sino lo de humor—, la visión del cura debió de ser para el pobre señor como la de un buitre para una cabra moribunda. En un momento dado del sacramento el sacerdote leyó: «Señor, libra a nuestra hermana de todo pecado y toda tentación.» Pero ¿qué tentación puede experimentar tu abuela en semejante entorno? Miré a tu tío. Los ojos azules se habían quedado fijos en el misal, como dos lagos insoportablemente helados, y me di cuenta de que estaba pensando exactamente lo mismo.

Una de las Sonias, ahora no recuerdo cuál, me contó que a su abuelo, que estuvo dos meses ingresado aquejado de un cáncer terminal, le administraron la unción cuatro veces. Al final, cada vez que el buen hombre veía al cura le decía: «Pero padre, ¿para qué voy a confesarme otra vez, si aquí no tengo oportunidad de pecar?»


A tu prima Laura le habían pedido en el instituto que escribiera un trabajo sobre el tema «Cómo era la vida sin contestador, sin teléfono móvil, sin avión y sin televisión».

Para realizarlo, había entrevistado a tu abuela, única persona —además de tu abuelo— a quien conocía que vivió tiempos así, y luego había dado a la entrevista formato de cuento. Hablo de Laura hija, que sigue siendo Laurita a los dieciséis años y que a este paso lo será el resto de su vida, y es que una de las razones que más me pesaban para no llamarte Eva era porque te ibas a quedar con Evita para los restos, y el nombre me suena demasiado a aquel chiste que solía repetir mi padre según el cual Perón le envió un telegrama a su mujer, que se encontraba de viaje oficial, en el que decía: «Evita besos y abrazos.»



Después de entrevistar a mi madre, Laura-Laurita escribió cinco páginas en las que contaba los rigores de la posguerra y en donde aparecían un montón de anécdotas que yo desconocía. Ignoraba, por ejemplo, que Antonio Machín había comenzado su carrera española actuando en la Explanada de Alicante y que en los años cuarenta no había en esta provincia más salas de fiestas ni cines que los de la capital y, por esa razón, todos los mozos de los pueblos iban allí los fines de semana a buscar novia, a pesar de que poco pudieran hacer en una época en la que canciones como Bésame mucho o Fumando espero estaban prohibidas (no hablemos ya de los tangos de Gardel que tanto le gustaban a mi tía Reme y que hablaban de cosas tales como «calzones de seda con rositas rococó») y no se podían escuchar en la radio ni bailar en público y mucho menos ver u oír en el cine, porque una mano delante del proyector censuraba cualquier escena de amor en películas que, para colmo, ya se habían censurado previamente. Fue por aquella época cuando se prohibió el tradicional carnaval de Alicante, por indecente. Tampoco sabía que la playa del Postiguet fue el escenario de los primeros amores de tu abuela con un veraneante madrileño —amores que se frustraron cuando conoció a su segundo novio, que acabó siendo su cuñado (pero ésa es otra historia, que diría Moustache)—, un romance de lo más inocente ya que un bando del alcalde ordenaba expresamente que los bañistas llevasen albornoz fuera del agua y prohibía los juegos en la playa, y que debía cumplirse a rajatabla so pena de condena, como el arresto de quince días que sufrió una mujer por lucir «un traje de baño inmoral». Pero yo nunca había oído hablar de todo aquello ni conocía tampoco detalles del hambre que tu abuela había llegado a pasar pocos años antes de iniciar aquellas relaciones, cuando el azúcar, el arroz, las judías y el aceite estaban racionados, cuando los hogares se iluminaban con carburo y candil, cuando los caldos se hacían con un raquítico hueso de jamón que todos se peleaban por saborear, cuando afortunado era aquel que podía probar la carne o el pescado pues había quien incluso llegaba a comerse las cáscaras de naranja que se encontraba por la calle, cuando los agricultores vendían de estraperlo la mayor parte de sus cosechas en connivencia con los altos cargos de la jerarquía franquista, enriqueciéndose de forma rápida a costa del hambre de media España. Y mucho menos sabía que tu abuela se había pasado casi toda la juventud vestida de negro, porque el color de los lutos llegó a ser casi el habitual de las prendas de vestir pues rara era la familia que no había sufrido la pérdida de algún familiar. Además, resultaba el atuendo más barato, ya que la sarga negra podía usarse sin que se notaran en demasía el paso del tiempo y los mil y un lavados. Otra de las cosas que ignoraba es que tu abuela no tuvo un traje rojo hasta el año sesenta debido a que en la posguerra aquel color pasó a estar tácitamente prohibido, y también desconocía que la tía de mi madre, Sabina, sospechosa de roja porque tuvo un novio que cayó luchando a favor de la República, se quedó soltera pese a haber sido guapísima de joven porque en Elche nadie se atrevía siquiera a hablarle, temerosos de las represalias, y por este motivo los padres de mi madre, Blai Benayas y Palmira Lloret, decidieron trasladarse a Alicante al poco de su boda después de que alguien denunciara a Sabina, no fuera que luego fuesen a por mi abuela, que no se había significado nunca pero que no dejaba de ser una Lloreta, hija de un ateo y masón reconocido y para colmo hija «natural», como decían entonces, dado que sus padres no se habían casado por la Iglesia. Y eso que Elche nunca fue fascista, muy al contrario, siempre se dijo en Alicante que era «la ciudad del marxismo» debido a que era una zona textil con un movimiento obrero muy fuerte, donde casualmente se fundó en 1870 la primera logia de toda la provincia, la «Illecense» (aunque mi bisabuelo no pertenecía a ésta sino a la «Constante Alona»), creada bajo los auspicios del Gran Oriente Nacional de España. Pero aun así mis abuelos seguían teniendo miedo, pues eran conscientes de que en aquellos tiempos cualquiera denunciaba al vecino aireando antiguas afrentas o celos nunca solventados. Sin embargo, Flora y Sabina, las tías de mi madre, se quedaron en Elche a cargo de la turronería de la primera.

De repente entendí el porqué de las manías de mi madre. Su obsesión, por ejemplo, de guardar siempre el terrón de azúcar que ponían en las cafeterías. En casa la palabra «azúcar» nunca figuró en la lista de la compra porque tirábamos de los montones de terrones y sobrecitos que mi madre acumulaba. También era una maniática de las latas y por ello siempre había cientos de ellas acumuladas en la despensa: de pisto, de fabada, de albóndigas, de lentejas, de pimientos fritos, de atún en escabeche y, sobre todo, botes y botes de berenjenas en salmorra, una cosa rarísima de encontrar que no nos gustaban a nadie excepto a mi padre, que se volvía loco por ellas. Mi tía Reme siempre bromeaba con mi madre y le preguntaba que por qué, ya puestos, no construía un refugio atómico en la despensa.

—Pues igual lo hago —respondía ella—. Nunca se sabe.

En la redacción de Laurita tu abuela concluía con su frase estrella, frase que le he escuchado repetir del orden de diez veces al día desde que tengo uso de razón, ya fuese al hablar de su juventud en Alicante, ya fuese para convencernos de que nos tocaba ir al colegio andando porque ella no se encontraba bien aquella mañana (una de tantas) y no podía llevarnos: «Lo que no te mata te hace más fuerte.»

Al acabar de leer el trabajo me di cuenta de que no sé nada de mi madre, de tu abuela.

Peor aún, de que nunca me he parado a escucharla.

24 de octubre.
El banco me niega el aval.

Las desgracias nunca vienen solas.


Ayer fuiste oficialmente presentada a Supernegro, que ya no se llama Supernegro sino Tibi. Yes portugués, de Madeira. Cuando se enteró de que te llamabas Amanda me preguntó cómo se me había ocurrido ponerte un nombre tan raro.

—¿No había una cantante que se llamaba así? —me dijo ex-Supernegro, ahora Tibi—. Amanda Lear, que era travestí o transexual, no me acuerdo. Que tenía una pinta muy exagerada. Es que el nombre suena a eso... a nombre de chica de las que trabajan aquí.

—Y tú, ¿cómo te llamas de verdad? —le pregunté, ligeramente ofendida—. ¿Tiburcio o Tibidabo?

Se rió.


Vi a una cantante famosa en la tele haciendo de modelo de excepción en un desfile de L'Oreal. Pero si esta mujer parió cuatro semanas antes que yo, me dije, ¿cómo diablos ha hecho para recuperar la figura? Teniendo en cuenta que durante la cuarentena no se puede hacer ejercicio, o se ha pasado un mes haciendo abdominales o dos sin probar bocado. En ese momento una de las tertulianas del programa del corazón en el que las imágenes se mostraban dijo exactamente lo mismo que yo estaba pensando: «Pero, ¿cómo ha podido recuperarse tan rápido?» Otra tertuliana respondió: «Liposucción, hija.» Y una tercera apostilló: «No, no, querida, sé de buena tinta que Marta no se ha hecho ningún retoque» (últimamente, querría decir).

Me avergüenza reconocer que estaba viendo semejante programa, y no sé si sirve de excusa o de eximente decir que necesitaba un desahogo en medio de tanto caos y que me faltaba la necesaria concentración para leer. En cualquier caso, pensé que mejor hubiera hecho Marta no retocándose o no yendo al gimnasio o no haciendo lo que quiera que haya hecho para conseguir milagro semejante, porque si las mujeres nos acostumbráramos a ver en la tele a otras mujeres normales, de carne y hueso, de esas cuya figura se resiente tras un embarazo, estaríamos orgullosas de nuestras caderas anchas y nuestros pechos colmados en lugar de añadir otro motivo más de estrés a nuestra ya estresada vida.

Marta, por favor, por todas nosotras te lo pido:

Engorda.
Una cosa de la que nunca te advierten cuando te quedas embarazada: la incontinencia urinaria posparto. De alguna manera, al dilatarse el canal de parto, se hace imposible que puedas aguantarte. Teóricamente tienes que hacer unos ejercicios para recuperar el tono y la musculatura que a mí no me sirven de nada. Acabo de ir corriendo al cuarto de baño y no he llegado, en mitad del pasillo he sentido el agua corriendo entre las piernas y no he podido hacer nada por evitarlo, de forma que he tenido que desandar el camino e ir a la cocina a por la fregona. Como el perro está tan celoso de ti, también se desahoga por toda la casa, como si fuera un cachorro, así que este piso empieza a oler a urinario público. Me pregunto si Marta conocerá este tipo de problemas.


A mi madre la han cambiado de planta. Ha pasado de la UVI de neurocirugía —a la que la enviaron debido a la falta de camas— a la de digestivo, que es en la que hubiera debido estar desde un principio. Cambio para mejor, porque en esta nueva UVI la mayoría de los pacientes están despiertos y no se respira ese ambiente tétrico de muerte inminente que se percibía en la otra. A los familiares se los ve también mucho más animados. Además, una de las enfermeras de aquí es un encanto que acicaló con mimo a tu abuela. La ha peinado, le ha cortado las uñas y le ha puesto vaselina en los labios. Y es evidente que esto lo hace más por nosotros que por ella, para que el impacto de ver a tu abuela absolutamente amarilla conectada a veinte tubos, un respirador y cuatro máquinas se amortigüe un poco. La enfermera, que se llama Caridad, debe de andar más cerca de los cincuenta que de los cuarenta, pero igual se trata de una mujer guapa, con ese tipo de belleza que se siente antes de verse: es bella porque transmite armonía, no porque se ajuste a ningún canon. Me hizo mucha ilusión enterarme de que era una de las lectoras de Enganchadas. Creo que fue Savater el que dijo aquello de «No hay mejor antídoto para la vanidad que conocer a tus admiradores». Y es cierto que esta mujer me borró de un plumazo cualquier resto de vanidad, pero no por las razones que el filósofo imaginaba. Me hizo sentir pequeña a su lado porque me di cuenta de que mi trabajo no vale nada comparado con el suyo.
Por la mañana el médico le dijo a mi padre que nos fuéramos preparando, que a mi madre le había fallado el riñón varias veces, que el hígado no funcionaba y que tenía los dos pulmones encharcados.

Hago memoria de lo que me han contado y me remito a los años de antes de la guerra para hablarte de mi abuela y sus dos hermanas, a las que en Elche apodaban les Lloretes —las Lloretas—, porque Lloret era su apellido. Siempre iban las tres juntas a todas partes y las consideraban las muchachas más bonitas de la ciudad. Ya te he contado que se llamaban Flora, Sabina y Palmira por convicción anticlerical del padre, don Trino Lloret, mi bisabuelo, que no quiso cristianarlas y por eso escogió para ellas tres nombres romanos. Sin embargo, debido a esta fiebre radical y anticlerical del buen señor, años más tarde mi abuela Palmira descubriría que sí estaba bautizada, y no una sino tres veces, porque cada una de sus tías la había bautizado por su cuenta a escondidas de su padre y en una parroquia distinta. («Me llevo a la nena a dar un paseo», anunciaban, sin especificar que se trataba de un paseo a la iglesia, donde esperaba el cura, conchabado para imponerle el sacramento a la niña sin decir nada al resto de la familia, especialmente a su padre, el feroz ateo.) El tal Trino era todo un personaje: la suya fue una de las seis (o siete, menos de diez desde luego) uniones civiles que se celebraron en la provincia a principios de siglo y, empeñado en permanecer lejos de los curas hasta el final, dejó escrito en el testamento que quería un entierro civil (aprovechando que Elche, junto con Crevillente y Alicante, era una de las únicas tres ciudades de toda la región que tenían cementerio «neutro»), pero el pobre acabó enterrado por la fuerza en el católico, cuando la dictadura prohibió los camposantos laicos, pues fue a fallecer en el año cuarenta y dos. Aunque, bien pensado, hubiera dado lo mismo que hubiese muerto antes de la dictadura, porque por mucho que en Alicante hubiera cementerio civil durante la República, casi todos los socialistas acababan enterrados en camposanto, y es que bien se encargaba la Iglesia de persuadir a los supersticiosos familiares de la inconveniencia de sepultar al pariente en tierra no sagrada. Trino Lloret perteneció a una logia de Elche, era miembro del Círculo Obrero Ilicitano —en el seno del cual estalló una dura polémica cuando su presidente fue acusado de admitir el retrato de Pablo Iglesias pero no el de Carlos de Borbón— e hizo algunos pinitos literarios publicando artículos de fondo en El Alicantino Masón y en el Mundo Obrero alicantino, que había fundado el socialista Miguel Pujalte, mentor y amigo suyo. Siendo muy joven, cuando aún no había cumplido los dieciocho, fue uno de los redactores de un famoso panfleto editado por los socialistas en respuesta a los ataques del párroco de Santa María, que había afirmado que los socialistas pretendían que en la sociedad futura no hubiera intercambio de productos y que las mujeres fueran comunes a todos los que las desearan. Conviene recordar que en el Alicante de la época era posible ser masón o espiritista sin quedar por ello relegado en los asuntos ciudadanos de importancia, pues la persecución no comenzó hasta después de la República, cuando se fundó el Tribunal de Represión de la Masonería. De hecho, diez de los once diputados alicantinos electos tras los comicios de 1931 eran masones. El propio Pujalte era espiritista y fundó la Sociedad de Estudios Psicológicos La Caridad y la revista espiritista La Revelación. Y es que desde la izquierda, incluso la obrera, las inclinaciones paranormales eran muy bien acogidas en la lucha contra la oligarquía católica, y por eso en la época había sociedades espiritistas también en Alcoy, Santa Pola, Elche y Villena. De hecho, en Villena sigue habiendo una comunidad espiritista muy nutrida (pero eso es otra historia, que diría Moustache) y en Elche se ha mantenido incólume un gusto por lo paranormal que lleva a consultar a brujas del estilo de la Juli, la vidente ilicitana por antonomasia de la provincia de Alicante, que tiene fama de infalible y a la que mi propia madre consultó en su día. De las tres Lloretas sólo Palmira, mi abuela, tuvo hijos, dos: Eva, mi madre, y Blai, su hermano menor, que falleció muy joven por culpa de la tuberculosis, una muerte muy usual en los tiempos de posguerra —tanto que los niños se tomaban a chufla la desgracia y cantaban una canción que decía: Somos los tuberculosos / los que más nos divertimos / y en todas nuestras reuniones / arrojamos y escupimos / es el Bacilo de Koch / el que más nos interesa / y estamos llenos de taras / de los pies a la cabeza / pasando por los... cordones, y que más de una vez le he escuchado cantar a mi tía Eugenia cuando estaba más que achispada—, aunque probablemente lo que de verdad le mató fue el hambre y la ínfima atención médica. Sabina tuvo un novio que cayó en la guerra, luchando en el bando republicano, y después de aquello nunca se volvió a casar. En cuanto a Flora, se había casado a los dieciocho con un marino mercante oriundo de Benidorm, pero enviudó a los veinte y tampoco quiso volver a saber nada de hombres desde entonces. Creo recordar que mi madre me contó que su tía había conocido a su futuro marido en el velatorio de su antiguo profesor de matemáticas, pues el marino era pariente del profesor, así que el difunto que propició la feliz unión enseñó a mis tres tías abuelas en el Instituto de Elche, que se cerró en la dictadura porque se aseguraba que la República lo había creado sólo para perjudicar a las órdenes religiosas, y mira que ya tiene mérito intentar hacerle la competencia precisamente a los colegios de curas y monjas, porque por entonces había en Alicante setenta y nueve escuelas y sólo tres de ellas eran laicas. Por lo visto, el flechazo fue instantáneo: se gustaron en el velatorio, se enamoraron en el funeral y acabado el entierro ya eran novios formales. A los tres meses se casaron. No era raro que Flora, tan avanzada y culta como era, se sintiera atraída por un marino, porque de siempre en Alicante los pueblos del interior han sido más tradicionales y los pueblos marineros y las partidas municipales más liberales y matriarcales, aunque sólo fuera por necesidad, debido a que los hombres no estaban mucho en tierra. Pero poco les duró la dicha. El novio, que trabajaba para la Compañía Transatlántica, la naviera mercantil más importante de la zona por entonces, contrajo unas fiebres en un viaje a Cuba y murió en el mismo barco. Después de aquello Sabina y Flora se fueron a vivir juntas y, con el poco dinero que a Flora le había dejado su marido, abrieron un negocio que era heladería en verano y turronería en invierno. De hecho, su especialidad era el helado de turrón, tan exquisito como el de Xixona, una mezcla de almendra, azúcar y miel que habían aprendido a hacer en casa pues durante mucho tiempo su fabricación había sido un proceso de carácter familiar. Como las dos señoras vivían solas y todo lo compartían, y como además leían mucho y encargaban de Alicante libros y revistas, acabaron creándose fama de raras.

Pues bien, años después, cuando murió la que había sido suegra de Flora por poco tiempo, se descubrió que la había mencionado en el testamento, conmovida tras comprobar que su nuera, tan bonita y bien plantada, había permanecido fiel a la memoria del marido y nunca se había vuelto a casar. El legado no era nada del otro mundo: las tierras fértiles y cultivables las destinó la buena señora a sus hijos vivos y, a la que fuera nuera, le legaba un solar situado en la Partida del Saladar, en el término municipal de Benidorm, escriturado en cuatro mil pesetas de las de entonces. Vaya, que tuvo el detalle de dejarle lo que entonces eran unas tierras salitrosas demasiado cerca del mar y malas para cultivar, de hecho frente a él, justo en la playa de la Xanca, que se llama hoy playa de Poniente. El terreno tenía pues más valor simbólico que otra cosa. Como ya he dicho, no era fértil ni tampoco valía para hacerse una casita porque por aquella época tan cerca del mar sólo vivían los pescadores más paupérrimos debido a que el salitre que la brisa del estero transportaba desde el agua se colaba en las casas y estropeaba los muebles. Además, y en el improbable supuesto de que una familia medianamente pudiente se arriesgara a asentarse allí sacrificando el buen estado de sus preciados enseres, también permanecía en el inconsciente colectivo de Benidorm como una prohibición inherente, como un riesgo que sólo los muy irreflexivos o muy pobres podían asumir, la idea de que una casa frente al mar no era segura. Antaño la localidad había sido víctima de innumerables saqueos berberiscos y moros, y por eso había perdurado a través de los años una norma no escrita: la gente de posibles se instalaba en lo alto de la montaña. Sólo los pobres vivían en la playa, pero siempre con la aspiración de subir la cuesta.




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