Un milagro en equilibrio



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Hubo que desconectar los dos teléfonos, fijo y móvil, porque no dejaban de sonar. Hasta el correo electrónico se colapsó. De repente parecía que todo el país conocía mis números y mis direcciones, incluidos los becarios de El Adelantado de Granada, la presidenta, vicepresidenta tesorera y secretaria del club de fans de David y varias de sus antiguas amantes, que querían mostrarme su solidaridad. En la puerta de mi casa tuve apostados a varios paparazzi durante semanas, y no podía salir de casa porque me encontraba siempre con un reportero, micrófono en mano y la misma pregunta en los labios: «¿Qué hay de tu relación con David Muñoz?»

Me llamaron también desde la mismísima revista en la que se había publicado el reportaje ofreciéndome una millonada por un desnudo. Y desde dos programas de televisión directamente relacionados con ella, pues compartían colaboradores. Les mandé sin contemplaciones a la mierda a gritos y les advertí que iba a denunciarlos. Aún me acuerdo de la respuesta, al otro lado del teléfono, del subdirector de uno de los programas: «Si eres lista y sabes lo que te conviene, no lo hagas.»

Después recibí llamadas de todos los programas sensacionalistas habidos y por haber ofreciéndome cantidades de seis ceros por mis declaraciones, cantidades que me hubiesen permitido cancelar la hipoteca y comprarme de paso un chalet en una urbanización de lujo. Y cuantas más ofertas rechazaba, más me llegaban y a más iba ascendiendo el montante de las mismas. Calculo que si hubiera hecho la gira de rigor por todos los programas de la tele, habría sacado limpios alrededor de cien millones de pesetas de las de entonces.

Pero no la hice por tres razones básicas:

La primera porque a mi madre, que siempre había mantenido la consigna de que una dama sólo debe aparecer dos veces en la prensa, el día de su nacimiento y el de su boda, la habría matado del disgusto.

La segunda porque, si bien era consciente de que mis posibilidades de acabar labrándome una carrera literaria eran escasas, tenía muy claro que si participaba en semejante circo iban a dejar de ser remotas para pasar a ser sencillamente inexistentes.

Y la tercera, porque a mí me educaron en el respeto a conceptos como la ética y la dignidad, y me resultaba imposible librarme de semejante condicionamiento. Todo lo que ganara me lo iba a gastar después en psiquiatras, pues no iba a poder perdonármelo.

Así que opté por una solución muy distinta: la de cumplir la amenaza que le había hecho al gilipollas con el que hablé. Llamé a Paz y le dije que quería interponer una demanda contra el semanario.

15 de octubre.


He tenido que interrumpir mi teclear frenético porque a las doce has abierto los ojos y te has empeñado, para variar, en que te coja en brazos. Y me he pasado el resto de la mañana cantándote nanas desafinadas. Hasta las dos, hora en que ha venido tu padre y te has puesto a dormir. Es un patrón de conducta. Empiezo a darme cuenta de que lo haces todos los días. A las doce de la mañana y a las ocho de la noche abres los ojos y gimes. No quieres el chupete ni el biberón ni que te cambie el pañal. Sólo quieres que te coja en brazos. Son tus horas brujas.

Lo que pasa es que por la noche aprovechamos para bañarte y resulta menos pesada la obligación de entretenerte (dejando al margen que por la mañana siempre recibo alguna llamada importante justo cuando empiezas con tus exigencias. Es matemático, una prueba empírica de la Puta Ley de Murphy). O más bien aprovecha para bañarte tu padre, porque no te gusta nada la esponja y siempre que te la pasan por el cuerpo montas un escándalo digno de la Castafiore, y tu papá o bien tiene los tímpanos menos sensibles que yo o la virtud de la paciencia más desarrollada (esto último no es que sea muy difícil). Conste que te perdono la brasa que me das porque la verdad es que eres muy mona y muy divertida (y no es pasión de madre). Por ejemplo, sonríes si te hago cosquillas, y pones cara de profunda concentración cada vez que te canto, como si intentaras identificar la melodía (tarea imposible no sólo porque seas un bebé: de mayor te va a costar igual, porque desafino mucho, aunque comparada con tu padre sea la Callas). Tu padre te llama «la esponja de amor» porque estás diseñada para gustar. Me acuerdo que en uno de estos días en los que me estaba quejando me dijo algo así como: «Venga, no te puedes deprimir... Mira esta niña: es Prozac natural.» Y es verdad, sea porque todos los bebés sois así o sea porque el día en que tú naciste (nacieron todas las flores) Venus estaba en su regencia de Libra, lo que significa que los astros te conceden tal belleza y talento artístico que resultará muy difícil sustraerse a tu encanto. En esa novela que he dejado a medio escribir y cuya acción sucedía en Santa Pola, la protagonista (que lleva tu mismo nombre) también había nacido bajo la misma conjunción planetaria. Y por eso resultaba irresistible.

Había una entre doce posibilidades de que el día de tu nacimiento Venus cayera en la casa de Libra.

Fíjate qué casualidad.

O no.
Paz trabajaba por entonces en uno de los bufetes más prestigiosos de Barcelona, y aunque era una de las abogadas más jóvenes, se la consideraba muy prometedora. Un caso como el que yo le proponía le resultaba sumamente apetecible puesto que, de ganarse, supondría un gran triunfo para el bufete y para Paz en particular, quizá el último empujoncito necesario para que sus jefes la hicieran socia de una vez. Sin embargo, tenía muy claro que la cosa iba a resultar muy difícil por muchas razones. La principal venía a ser que la revista Cita ostentaba el dudoso honor de ser el medio escrito español que había acumulado mayor número de demandas interpuestas por difamación como de sentencias en firme en su contra. Creo que estas últimas ascendían a ciento dieciocho en poco más de veinticinco años de existencia de la publicación. Sin embargo, sólo prosperaba una de cada diez demandas interpuestas, y esto era porque dicho semanario vivía del escándalo y, por lo tanto, tenía organizada una calculada infraestructura para sustentarse que venía a ser, a grandes rasgos, la siguiente:

En primer lugar, el semanario publicaba cualquier noticia que pudiera suponerle ventas incluso cuando estaba clarísimo que ello conllevaría una demanda. Porque, haciendo cuentas, resultaba rentable aventurarse ya que una posible indemnización futura nunca saldría más cara que el beneficio que la noticia podría rentar no ya en ventas sino, sobre todo, en publicidad. Vayamos a un caso concreto: una noticia como la de la presunta infidelidad de David se reseñó en cientos de medios que al hacerlo siempre debían citar el nombre de la revista, lo que suponía un incremento de notoriedad de la publicación que llevaba aparejada que ésta podía aumentar sus tasas de publicidad a los anunciantes. De hecho, Cita no vendía tantos ejemplares como podría pensarse, pues la mayoría de los lectores la leían a través de Internet. El dineral que la revista ganaba llegaba principalmente de lo que cobraba por inserción de anuncios, bien en papel impreso o en su sitio web.

En segundo lugar, si la demanda se presentaba resultaría muy difícil que prosperara, puesto que un particular no podía pagarse a un abogado a la altura de los ocho abogados, ocho, que la revista, perteneciente a un grupo mediático enorme y muy poderoso, tenía en plantilla, cada uno cobrando al mes un sueldo de ministro; abogados más que avezados tras muchos años y muchos casos de experiencia en el uso de todo tipo de tecnicismos legales destinados a lidiar con demandas por calumnia, difamación o delitos contra el honor.

Finalmente, en el caso de que la demanda, pese a todo, prosperase, los abogados iniciarían un recurso tras otro para derrotar al contrario por puro cansancio, pues lo más probable es que un particular no pudiera permitirse semejante gasto en minutas de leguleyos. Y si el particular fuera lo suficientemente rico como para no darse por vencido y se revelara capaz de aguantar el proceso recurso tras recurso (al estilo de la Preysler o la Obregón), la sentencia podría retrasarse hasta diez años después del juicio, cuando ya el honor dañado fuera irrecuperable.

—Mira —me explicó Paz—, resulta baratísimo difamar y contaminar. A una empresa le sale más rentable lanzar vertidos a un río que reformar su fábrica porque las multas por delito ecológico son ridículas. De la misma forma, a cualquier medio le resulta más económico difundir noticias falsas. Casi nunca tienen que pagar nada y, cuando les toca hacerlo, la cantidad es irrisoria en comparación con los millones que ganan. Y, para colmo, lo normal es que un particular que litigue se gaste más en abogados de lo que pueda llegar a recibir por la indemnización, así que una gran mayoría de los perjudicados no se atreven a denunciar, sencillamente, porque no cuentan con medios para hacerlo. La justicia es cara, ya sabes. O más bien la injusticia sale barata para quienes la practican. Y con todo esto, ¿qué te quiero decir? Pues que si interpones una demanda te meterás en un follón tremendo, porque el grupo mediático de esta gente es muy poderoso y te pueden hacer la vida imposible. Piensa, Eva, que vas a estar en la lista negra de un montón de medios con los que ya no podrás trabajar y que intentarán hundir cualquier libro que saques. David, por ejemplo, no va a demandar, ya me he informado.

—¿Y eso?


—Pues mira, su abogada no me ha querido aclarar las razones, pero me he enterado por otras fuentes. Por lo visto, en Cita tienen toda la documentación referente a sus curas de desintoxicación y a la cantidad de veces que ha ingresado en urgencias por sobredosis, y amenazan con publicarlo todo. Y ahí sí que se le acabaría la carrera a tu amigo, para siempre.

—No sé, quizá hasta le viniera bien... Ya sabes, que hablen de mí aunque sea mal.

—No, no creo, a nadie le conviene tener fama de yonqui, sobre todo en el cine. A Guillaume Depardieu, por ejemplo, nadie quería asegurarlo por la fama que tenía, y dime tú qué productora se arriesga a contratar a un actor que no esté asegurado. Por eso David lo tendría muy difícil, a no ser, claro, que estuviera dispuesto a ir a «Tómbola» a contar cómo ha dejado las drogas. Pero parece ser que está a punto de hacer una película más o menos seria, y como se meta en el circuito de programas basura el director prescinde de él en el acto.

—¿Y cómo te has enterado tú de todo eso, Paz?

—Ya ves, los de Cita no son los únicos que tienen contactos. Por cierto, también sé cómo les llegó toda la documentación del Ramón y Cajal y de la clínica de la Concepción, lo de los internamientos de David, que se suponía que era confidencial. Normalmente estas cosas se consiguen sobornando a un enfermero que trabaje allí, pero en este caso en Cita contaban con una fuente de lujo. A ver, ¿quién crees tú que les puso en la pista?

—Ni idea.

—No te lo vas a creer... ¡Su mujer!

16 de octubre.


Esta mañana te he llevado al pediatra: pesas 4 kg y 950 g. O sea, que pesas cinco kilos. ¡Eres enooooorme! Al parecer, los niños criados con biberón engordan más ya que nunca se quedan con hambre.

Como sigo enferma, porque la faringitis se curó pero apareció la temida traqueítis (y no voy a extenderme en detalles sobre el historial médico de tu madre: baste decir que sufre una traqueítis crónica de origen alérgico que cualquier gripe o resfriado agudiza), mucha gente, cuando me ve por la calle estornudando y moqueando, me pregunta si te estoy dando el pecho. Presuponen que la leche materna inmuniza y el biberón no, y que si mamas de mí no te contagiaré nada. Sin embargo, sin leche materna, tú sigues sana como una manzana. Cuando respondo que no, que doy biberón, se me mira con recelo, como tomándome por una madre desnaturalizada. La cara de la dueña del herbolario, por ejemplo, era todo un poema: ¿cómo yo, defensora de la alimentación natural, vegetariana, asidua de su establecimiento, había faltado al mandamiento número uno de la madre naturista? Al principio me deshacía en explicaciones sobre mis problemas médicos, pero a la larga me acabaron tocando las narices con tanta pregunta y ya no doy cuenta alguna. Y si hubiera decidido no amamantarte simplemente porque soy una mujer frívola y me apetece seguir disponiendo de mi vida, ¿qué? ¿Acaso no tendría derecho a resolver por mí misma si quiero convertirme en tu central lechera o prefiero seguir siendo un ser semoviente? ¿Qué fue de aquel dicho que afirmaba que Nosotras parimos, nosotras decidimos? Sí, ya sé que la leche materna es lo mejor y lo más aconsejable y bla, bla, bla, y sin embargo el caso es que tú te estás criando maravillosamente y, según el pediatra, estás sana como un balneario.

Además, últimamente no hago otra cosa que escuchar historias de mujeres que me cuentan que sus hijos lloraban sin parar durante los primeros meses hasta que al tercero se les empezó a dar el biberón y por fin se callaron, y entonces la madre se dio cuenta de que lo que le pasaba al bebé era que se estaba muriendo de hambre. Frente a lo que dicen el doctor Carlos González y sus acólitos de que la leche materna siempre es suficiente y de que ninguna mujer tiene poca leche, contrapongo el sentido común: con esta vida moderna de estrés, tabaco, alcohol, mala alimentación, etc., no es de extrañar que la producción de leche resulte insuficiente en algunas mujeres del mismo modo que está decayendo la producción de espermatozoides del varón medio occidental. Es más, de toda la vida en Elche, el pueblo de mi madre, muchas familias recurrían a las amas de cría porque la madre biológica no tenía leche suficiente para alimentar a su recién nacido. Y dado que en ese tiempo no existían las mujeres ejecutivas ni en aquel pueblo por entonces había alta burguesía (mujeres tipo la Bovary, que contrataban a una nodriza porque entre las de su clase no se estilaba rebajarse a tan ingratas tareas o a estropearse el pecho), podemos suponer que se recurría al extremo de la madre sustituta por necesidad y no por frivolidad o capricho.

Por otra parte, si una mujer decide que no le apetece pasarse seis meses con un rorro amorrado a la teta, teniendo que dar de mamar cada tres horas y no pudiendo por tanto salir al cine, de copas, a trabajar, a la peluquería... ¿Hay que culpabilizarla por eso? Sinceramente, y conociendo mi carácter, al Orden Cósmico hay que agradecerle de alguna manera mi incapacidad como fuente alimenticia porque, para una persona hiperactiva como yo, esos meses hubieran resultado una tortura. Sí, ya sé también que dicen que te lleves al bebé a todas partes y le des de mamar donde haga falta, en el autobús, en la peluquería o en la cola del Instituto Nacional de la Seguridad Social (donde tengo que ir el lunes, por cierto, a reclamar la baja por maternidad), pero esa gente no piensa que cargar con un bebé de casi cinco kilos no es tan fácil, y dudo que vieran con muy buenos ojos que yo me sacara la teta sin más en medio de una institución pública (sobre todo una teta tan evidente como la mía, que me habría incapacitado para dar de mamar con recato o disimulo). Amén de que ¿iba a cambiarte también allí? ¿En un cuarto de baño sucio y estrecho? ¿En el suelo? (porque el único cuarto de baño a mano tiene un retrete y un lavabo, pero no una superficie en la que acostarte).

El doctor González se olvida de que en el mundo hay muchas madres solteras o madres con compañeros en paro o madres a las que sus jefes les exigen que no cumplan el permiso de maternidad completo bajo amenaza de rescindirles el contrato, madres que no pueden quedarse en casa cumpliendo el papel tradicional de esposa sumisa y abnegada, apéndice del varón proveedor. Y quizá tampoco querrían hacerlo aunque pudieran.

A veces me parece que esa insistencia en la lactancia materna contra viento y marea oculta en realidad una promoción del retorno a los valores tradicionales. Sí, de acuerdo, dar de mamar es lo más natural, también lo más natural sería salir de paseo en taparrabos y follar al aire libre. Pero lo que me ha acabado de reafirmar en mi postura es un dato del que me acabo de enterar vía Internet: ¿sabes quién es la presidenta de La Liga de la Leche en Texas? Laura Bush. Acabáramos.


Por lo visto la tal Verónica Luengo (cuyo aspecto de pálida princesa de flor desmayada en su boca de fresa ocultaba en realidad una mujer de las de rompe y rasga y armas tomar) debía de estar más que harta de que su marido o no marido (la calidad de marido de David depende de que uno crea o no que un rito balines certifica un matrimonio) le pusiera los cuernos. Por eso, cuando vio el momento de matar dos pájaros de un tiro, ella debió de decirse que si a la ocasión la pintaban calva ella estaba dispuesta a agarrarla de los pelos de los sobacos si fuera preciso. Así que por un lado se vengó de él y por otro encontró motivo para firmar una exclusiva millonaria con Hola (la primera portada de su vida) para la que posó como esposa sufriente y llorosa, contando los duros años que había pasado al lado del chico de moda que había resultado ser un lobo bajo su bella piel de cordero. —Ya sabes —continuaba Paz—, no es oro todo lo que reluce, el triste drama de la mujer maltratada...

—¿Maltratada?

—Ella asegura a quien quiera oírla que David le pegaba cuando iba drogado.

—Eso no me lo creo de ninguna manera. Conozco a David de toda la vida y...

—Pues es lo que ella cuenta, qué quieres que te diga. En fin, eso vende muchísimo. Por de pronto se le han acabado las cutre giras por teatros de mala muerte, y creo que ya le han ofrecido hacer de presentadora en la tele. Y con todo esto lo que te quiero decir es que con David no puedes contar para nada. Y si él, que es el principal perjudicado de esta historia, no demanda ni te apoya, tú lo vas a tener aún más difícil de lo que lo tienes de por sí.

—O sea, que me estás aconsejando que no demande.

—No, al contrario: yo te aconsejo que demandes aunque crea que vayas a perder. No sólo porque pienso que esto es un atropello que no se puede consentir y porque sé de buena tinta que desde el principio ellos sabían que estaban publicando una historia falsa, que tú no tenías nada que ver con David y que organizaron todo el montaje para vender, porque lo de que hubieras publicado un libro con un título como el de Enganchadas les venía al pelo. También te lo recomiendo para que les pares los pies, para que vean que vas en serio y se lo piensen antes de seguir con el culebrón, para que evites que te sigan a la playa y te saquen en portada en un top less robado o que aparezca cualquier foto que te hicieras a los quince años en la piscina, yo qué sé. Además, de este modo limpias un poco tu nombre, porque si demandas se verá que no te haces partícipe de lo publicado, que ya es algo. Si no demandas, de algún modo parecería que admites tácitamente que lo publicado era verdad.

—Sí, pero tú misma has dicho que me va a salir carísimo.

—Conmigo no. De eso te vale tener amigas de la infancia. Pero, por supuesto, esto de mis honorarios queda en secreto entre tú y yo.

Así que demandé.


17 de octubre.
Volvía del pediatra arrastrando el cochecito en el que dormías plácidamente (y es que siempre te quedas traspuesta según te monto en el carro, y no hay método mejor de que se te pase una crisis de llanto vespertino que pasearte en cochecito pasillo arriba, pasillo abajo), cuando en la calle Carretas me paré frente al escaparate de una tienda enorme de ropa para bebés. Los trajecitos me atraían como la luz a la polilla y, casi sin saber cómo había llegado allí, me encontré curioseando entre el género, ávida de comprarte ropa que en realidad no necesitas. La ropa talla un mes estaba separada en dos grandes anaqueles, rosa pastel y azul celeste, de forma que me dirigí a la señorita y le pregunté muy educadamente:

—Perdona, ¿tenéis algo para bebé que no sea rosa o azul?

—Sí, mira allí.

Y me indicó una estantería enorme con ropita multicolor.

—Sí, pero es que allí pone «A partir de tres meses», y esta niña tiene veinte días —dije, señalando a mi bebé, tú, que ibas de lo más moderna con tu ranita malva y tu chaquetita verde, todo un alegato indumentario en contra de los estereotipos sexistas, aunque me temo que tu abuela no hubiera estado muy de acuerdo conmigo y le hubiera dado un conato de infarto (otro) si te hubiese visto. (Es por eso por lo que cuando vamos a comer a casa de mi madre te llevamos vestida de blanco y rosa porque, como me dijo la pediatra cuando me recomendó la lactancia artificial, bastante estrés tengo yo en mi vida como para añadirle más.)

—Pues lo siento, señora. De talla de un mes sólo hay eso —me respondió muy seria la dependienta, como si la pretensión de vestir a un bebé de naranja o amarillo fuese algo tan descabellado como comer hamburguesas con salsa de chocolate.



Así que me marché de allí muy digna, empujando mi cochecito y sin llevarme nada de la tienda, refunfuñando para mis adentros y meditando sobre algo que leí hace tiempo: puedes vestir a una niña de azul, pero nunca vistas a un niño de rosa. Y sobre la posibilidad de abrir una tienda Hip Bebé... Pero algo en mi interior me dice que me arruinaría.
Eso sí, antes de presentar la demanda intenté por todos los medios llamar a David, porque sabía que mi reclamación perdería peso sin su apoyo. Nunca me respondió. Cuando llamaba a su móvil o a su casa me encontraba indefectiblemente con el contestador, en el que dejé varios mensajes que jamás obtuvieron respuesta. Y así, de un certero e irreversible corte de guillotina, se acabó una amistad que venía durando casi veinte años, desde los tiempos del instituto, cuando me enamoré de José Merlo, al que sabía un amor imposible no sólo porque me llevara veinte años o porque a él no le gustaran las mujeres, sino por la opresiva sensación de inferioridad que se apoderaba de mí cada vez que quedaba a tomar un café con él —se trataba de un educador de aquellos progres que animaban tertulias literarias y actividades culturales fuera de las paredes del aula, y que estaba siempre dispuesto a charlar con cualquier alumno después de clase— y éste, absorto en su propia fascinación literaria, se olvidaba de mi ignorancia y de mi incapacidad para seguir sus elucubraciones y se embarcaba en monólogos inacabables en los que iba salpicando nombres de autores y títulos de libros que yo no había leído o, peor aún, de los que jamás había oído hablar hasta entonces y, para colmo, haciendo pausas que parecían invitarme a que participara silenciosamente en sus pensamientos, invitación que forzadamente yo debía declinar pues ni remota idea tenía sobre lo que podía José estar pensando. Puede que fuera por eso por lo que me lié entonces con David, no tanto por darle en las narices a las pijas que babeaban por él y que nos miraban por encima del hombro a Sonia, a Tania y a mí porque no llevábamos Loden, como por restregarle en la cara mi conquista al profesor que secretamente la deseaba para sí, o quizá por sentir que me acercaba más a él, que algo de José Merlo conseguiría yo si besaba a quien él besaba en sus sueños nocturnos; si probaba su saliva, por muy imaginaria que fuera, en la saliva que con la suya se mezclaba por las noches y en su cabeza. Pero siempre me mantuve reservada, fingiendo que no era consciente de que nuestros morreos no eran sólo producto de la curiosidad sexual propia de la edad, de que los juegos estaban animados por algo más que por un acuerdo de exploración mutua sin ulteriores compromisos o por un muy particular concepto de extensión de la amistad, de que bajo aquellos juegos aparentemente irrelevantes latía un impulso de acercamiento más profundo por parte de David, demasiado orgulloso para expresarlo verbalmente, mientras yo permanecía desdeñosa, indiferente a sus insinuaciones, y aún hoy no sé decir con exactitud si era orgullo feroz el que mantenía inconmovible en mi postura (antes morir que liarse en seno con un chico que escucha a Los Secretos), o si se debía a que me estaba reservando para un futuro más brillante, o si no me comprometía, simplemente, porque, parafraseando a Groucho Marx, no quería ingresar en ningún club que admitiera a gente como yo.

El caso, decía, es que David nunca se puso al teléfono, y ni siquiera se dignó responder un solo mensaje y pararse a explicarme lo que yo ya sabía: que no quería, que no podía, que no pensaba ayudarme. Me dolió mucho darme cuenta de que ya no quería saber nada de mí, que su carrera estaba muy por encima de sus antiguas amistades, y ni siquiera me valía el consuelo de pensar que, por muy profundamente que me propusiera en adelante despreciar a David Muñoz, era casi seguro que él se despreciaría a sí mismo con mucha más virulencia aún.

18 de octubre.
En la planta baja del edificio en el que vivimos hay un karaoke cuya clientela es de lo más variopinta: a partir de las siete vemos a mucho viejecito que debe de ir a gastarse allí el cheque de la pensión mientras que, después de las diez, proliferan cantidad de gañanes con pinta de llevar el carnet del Atleti en la cartera, y bastantes guiris, sobre todo hooligans británicos. Hemos visto a más de uno sacarse muy ufano una foto con una titi en la puerta del establecimiento, supongo que para fardar después entre sus coleguillas de Manchester. ¿Fardar de qué?, te preguntarás. Pues fardar concretamente de la titi a la que han conocido en el local, porque el presunto karaoke en realidad no es otra cosa que un club de alterne bastante popular, que no llega a ser de alto standing pero que se precia de ser de los más famosos de la capital. El «negocio» cuenta con un portero que se aposta en la entrada desde las diez de la noche hasta las seis de la mañana. Es un tiarrón negro-negro —vaya, que el tono de la piel le tira más al ébano que al chocolate—, formato armario ropero y debe de medir casi dos metros de altura y un metro de hombro a hombro. A mí me vino como caído del cielo: por fin podía llegar a casa de noche a la hora que quisiera sin pasar un miedo terrible al abrir la puerta del portal y sin tener que mirar por encima del hombro cada vez que viera a un tipo con pinta rara bajar por la acera, porque el barrio está plagado de individuos con pinta sospechosa: tenemos traficantes marroquíes y colombianos, yonquis, pastilleros y borrachos, bakalas rapados e incondicionales del Real Madrid. Sabedora de que nadie iba a intentar atracarme en el portal —como ya pasó una vez— mientras el negro cancerbero montara guardia a la puerta del garito, cada vez que entraba o salía de casa siempre le saludaba de lo más amable y le dedicaba una sonrisa agradecida. Al principio el portero me ignoraba soberanamente y ya te he dicho que cuando Cita me hizo famosa incluso me esquivaba la mirada. Lo cierto es que al tipo le tomó su tiempo devolverme el saludo —igual es que no sabía si yo estaba intentando ligármelo o qué— y al principio hacía como que no me oía. Después empezó a responderme con una escueta inclinación de cabeza y más o menos a los cuatro meses ya se dignaba a pronunciar entre dientes un «hola». Un día incluso me ayudó con las maletas cuando bajaba del taxi. Muy caballero pero muy frío, eso sí.

El caso es que este señor me ha estado viendo entrar y salir a diario durante meses y ha podido, por supuesto, verificar el avance de mi tripa. A veces yo pensaba si no le resultaría raro ver llegar a una embarazada de ocho meses a las dos y tres de la mañana (porque hasta el último día de embarazo yo he seguido saliendo y entrando cuando me ha dado la gana), pero me decía que, teniendo en cuenta su entorno laboral, el tipo ya debería de haber visto de todo y estar acostumbrado a cualquier cosa. Quizá eso justificase su indiferencia ante el mundo. Así que yo le seguía saludando al llegar, como siempre, fuera la hora que fuera, y él me respondía, como siempre, con un hola apenas mascullado y gélido.

Me lo encuentro el otro día al salir a comprar algunas latas de cerveza para Sonia la DJ (también conocida por «Senseless Sonia» por su afición a los éxtasis, repito, y te recuerdo que no has de confundirla con Sonia la guionista, también conocida como «Suicide Sonia» debido a su conducción temeraria, ni tampoco con mi antigua compañera de clase, Sonia la fotógrafa, también conocida como «Slender Sonia» por lo delgadísima que está, ni mucho menos con Sonia la actriz, también conocida como «Sweet Sonia» por lo cariñosa que es, y sí, ya sé que me repito más que el ajo, pero es que si no no te enteras tú y ni siquiera yo), que había venido a conocerte. Evidentemente, no podía agasajarle con psicotrópicos, pero tampoco podía ofrecerle un té con pastas a una chica como ella, así que tuve que bajar a por cervezas porque en la nevera no había.

—¿Ya has tenido al bebé? —me pregunta el negro.

—Sí —respondo sorprendida al comprobar que Super-negro sabe hilar más de dos palabras seguidas, pues a mí nunca me había dirigido más que el hola de rigor.

—¿Y es niño o niña?

—Niña.

—Ah, qué bien. Yo tengo cinco hijos, ¿sabes?



Y pasa acto seguido a contarme vida y milagros de sus hijos, para mi pasmo y asombro, pues nunca hubiera creído que Supernegro fuera un honrado padre de familia si hasta incluso dudaba de que fuera capaz de sonreír, ser amigable y enzarzarse en animada conversación con la vecina. Cuando acaba de darme el parte de la vida y milagros de sus retoños, acaba con el tópico de siempre: «Pues nada, ahora a criarla con salud.»

Sonia se fue de casa con tres hojas de maría recién arrancadas de la planta. Dice que ya encontrará la forma de prensarlas.


Paz presentó en mi nombre una demanda contra la revista Cita por intromisión en el derecho al honor, término técnico que venía a decir que yo quería dejar claro ante Cita y ante el país entero que no era una cocainómana ni una robamaridos.

Cita contestó a la demanda sosteniendo que ellos nunca habían afirmado en su artículo ni que la demandante mantuviera una relación amorosa con David Muñoz ni que fuera adicta al consumo de drogas, por lo que —siempre según su contestación a la demanda— en modo alguno habían podido lesionar mi honor. Añadían además que no podía hacerse responsable de las interpretaciones, propias o individuales, que sobre el artículo pudiera hacer cada uno de los lectores.

Así que durante el juicio a Paz le correspondería demostrar que en el artículo no se dejaba nada a la interpretación del lector, sino que se afirmaba meridianamente que yo estaba enganchada a las drogas y también a David.

En fin, querida, al contrario que a la mayoría de los espectadores, a mí nunca me han gustado las películas de juicios, siempre me aburrieron soberanamente, así que no te voy a dar un informe pormenorizado de cómo transcurrió la vista porque fue tan aburrida como podría serlo una película, o más, puesto que ni tuvimos a Harrison Ford haciendo de fiscal, ni a Calista Flockhart interpretando a Paz, ni allí nadie era guapo ni iba bien vestido. Muy al contrario: los abogados de la parte contraria eran todos gordos y calvos, la jueza necesitaba urgentemente una esthéticienne, todo fue lento y tedioso e incluso la sala donde se celebró el juicio era poco cinematográfica. Estaba sucia y polvorienta, mal iluminada, olía a humedad y resultaba tan deprimente como para poder predecir sólo por su aspecto el resultado del proceso.

Intentando demostrar que yo nunca había sido adicta a la cocaína, Paz aportó, amén de los diferentes análisis de sangre que yo había tenido que hacerme por motivos varios a lo largo de los años (uno de ellos, las pruebas en las que se basó el ginecólogo para afirmar que resultaba altamente improbable que tú nacieras) y cuyo valor probatorio, a tenor del tiempo pasado, no hubiera resultado concluyente, unos análisis de cabello que tuve que hacerme pocos días antes, porque esa prueba capta el uso de cocaína hasta tres meses después de haberla consumido, mientras que el test de orina revela consumo sólo de dos a tres semanas previas.

Lo que yo no entendía era a qué venía tanta insistencia en demostrar que no tomaba drogas si en la contestación de la demanda los propios abogados de Cita ya daban por hecho que no, que no las tomaba. Pero, por supuesto, me quedé en mi rincón, contemplando todo aquello sin decir palabra, como me había recomendado Paz, calladita, monísima y como ausente en mi traje de chaqueta rosa estrenado para la ocasión (convenía dar imagen de chica formal), y cruzando una mano sobre la otra para que el temblor no delatara mi nerviosismo.

Me explicó Paz más tarde que aunque mi presunto consumo de drogas no fuera el tema de debate, pues lo que se venía a demostrar allí era si la revista me había deshonrado o no (cual si yo fuera una tierna doncella y Cita un truhán sin escrúpulos que de mí se hubiera aprovechado), teníamos que convencer a la jueza de que yo nunca tomaba drogas, para dejar claro que el artículo era del todo gratuito y malintencionado. Y no, yo no tomaba drogas, al menos no drogas ilegales, pero no porque estuviera más o menos de acuerdo con su consumo, sino porque cada cual tiene su droga de elección, la más importante, la que más le pone, aquella sin la cual no sabe vivir, y para mí ésa siempre fue el alcohol y, por tanto, consideraba la cocaína como un polvo caro para niñatos, nada que a mí me llamara demasiado la atención. Porque yo era una enganchada más, porque mi Otra se empeñaba en hundirme la vida dándome de beber y liándose con quien menos pudiera interesarme, porque como persona escindida y autodestructiva era una adicta, una drogadicta pero, eso sí, una drogadicta legal.

19 de octubre.
Ayer noche salí con Sonia, Sonia la actriz (ya sabes: no hay que confundirla con las otras Sonias), que me invitó al estreno de una obra de teatro. Me resultaba un poco extraño encontrarme allí, como una cucaracha en un plato de nata, entre todas las actrices, modelos, cantantes y artisteo en general que lucían sus mejores y más ajustadas galas para la ocasión mientras que yo iba vestida con uno de los tres únicos pantalones que ahora me caben y con una pinta de trapera que haría que, en comparación, cualquier mendigo colgado de su tetrabrik de Don Simón resultara un prodigio de distinción. Normalmente me preocupa un pimiento mi aspecto y ya tengo muy asumido que entre los muchos o pocos dones que se me concedieron al nacer no figuraba el de la elegancia, pero no es lo mismo llevar unas pintas horribles cuando eres una simple chica gordita pero todavía con un pasar que cuando eres una matrona recién parida con unas ubres que te caen hasta la cintura y unas caderas anchas como el olvido. Le pregunté de nuevo a Sonia, que ya ha tenido un hijo pero sigue teniendo un tipo estupendo:

—Sonia, ¿después de haber parido, cuánto se tarda en recuperar el cuerpo que una tenía?

—Ya te lo dije, pesada: nunca.

—Pero tú sí que lo has recuperado —miento piadosamente, porque lo cierto es que Sonia es una Sonia menos juncal de lo que era, pero también es cierto que la diferencia no le resta atractivo.

—Pues entonces échale un año.

—¿Un añooooo? ¡Pero yo no me puedo tirar así un año! Me da algo...

—Bueno, nena, si haces mucho ejercicio y una dieta equilibrada, puedes reducirlo a... once meses.

Nos sentaron a una mesa al lado de un actor que me solía gustar muchísimo por la época en la que aún suspiraba por José Merlo. Yo daba por hecho que él nada podía interesarme, en primer lugar porque su juventud, como la mía, ya se ha esfumado, pues si tenemos en cuenta que su juventud era menos juventud que la mía —o sea, que me saca unos años—, el señor ya está a punto de dejar de ser un apetecible cuarentón para pasar a ser un cincuentón venerable, y a mí nunca me han gustado los hombres maduros, y en segundo lugar porque no me gustan los actores por mucho que pueda llegar a admirarlos: demasiado egocéntricos y neuróticos para mi gusto. (Y para muestra un botón: David Muñoz.) Pero resultó que este señor no era de los que empiezan todas sus frases con el inevitable yo y, para colmo, se hallaba sorprendentemente bien conservado para su edad, por lo que me estaba poniendo tan nerviosa tenerle cerca que me metí tres copas de champán entre pecho y espalda. Craso error, porque después de casi diez meses sin beber me sentaron como un tiro y ya se sabe que el alcohol agudiza los sentimientos, así que al rato ya estaba yo hundiéndome otra vez en la fosa de la depresión y pensando que años atrás hubiera podido al menos intentar seducir a este señor y a cualquier otro (conste que escribo intentarlo, no conseguirlo), mientras que ahora cualquier intento estaría condenado al ridículo más espantoso porque ¿qué galán maduro iba a fijar sus ojos en la réplica femenina del muñeco Michelin?

Bajé de un taxi frente al portal a las tres de la mañana, no borracha perdida pero sí un poco tambaleante, saludé a Supernegro y me dispuse a intentar que encajase la llave en la cerradura, tarea harto difícil dado mi cansancio y mi ligera intoxicación etílica. En ese momento escuché la voz de Supernegro.

—¿Sabes lo que dicen en mi tierra en estos casos?

—No, ¿qué dicen? —respondo, pensando que va a hacer algún tipo de chiste sexual sobre llaves grandes que no encajan en cerraduras estrechas.

—Pues dicen: «Mujer parida, en casa y tendida.»

Cuando llego a nuestro cuarto te encuentro dormida de lo más plácidamente al lado de tu padre, que ni se entera de que he vuelto. No así tú, que te pones a gimotear en cuanto percibes mi presencia. Descubro entonces que tu indiferente o agotado progenitor no ha advertido que te has hecho una caca enorme y que te molesta el pañal, así que me dispongo a cambiarte. Pero entonces se me viene a la cabeza una escena del libro Corre, conejo, de Updike, cuando Janice, borracha perdida, intenta bañar al bebé y acaba por ahogarlo, y me acosan horribles imágenes de una madre beoda intentando cambiar un pañal y un bebé que se le resbala entre los brazos como una pastilla de jabón. Aun así, de alguna manera consigo cambiarte sin que tu integridad física peligre en momento alguno y me meto en la cama con tu padre y contigo. No consigo dormir y el tiempo se me pasa dando vueltas en la cama e intentando no aplastarte, porque me agobio al pensar que no sirvo para esto, que no sirvo para nada, que ni voy a recuperar mi antigua vida ni me voy a saber adaptar a la nueva, e imagino que la luz de la luna, apoyada en los postigos entreabiertos, arroja al pie de la cama una escala encantada ofreciendo una salida mágica hacia una vida celestial y distinta. Entonces me llaman la atención unos gemiditos casi inaudibles de satisfacción, vuelvo la cabeza para mirarte y me doy cuenta de que te has quedado dormida otra vez con uno de mis rizos enganchado al minúsculo puño que parece de juguete, pero que se aferra como una tenaza.
Paz llamó a declarar a Consuelo, que estuvo allí aquella noche, y que podría explicar todo el malentendido. Cuando, antes de tomar su declaración, la jueza le preguntó si mantenía alguna amistad o enemistad manifiesta con alguna de las partes, Consuelo se quedó mirando a la letrada con los ojos muy abiertos como si no supiera qué responder.

—Ehmm, yo es que soy amiga de Eva, por eso lo puedo contar todo, porque estaba allí...

El abogado de Cita tachó a Consuelo como testigo, y la jueza lo aceptó.

Después llamó a declarar a un tipo al que yo no había visto en la vida y que afirmó trabajar de camarero en Pachá. El abogado le preguntó si me reconocía. El chico me miró y afirmó tranquilamente que sí, aunque a mí ni siquiera me sonaba su cara. Después dijo que estaba en Pachá la noche del día tal y que recordaba perfectamente cómo yo había desaparecido abrazada al «señor Muñoz» (al que había reconocido perfectamente, aseguró, no sólo porque salía en la tele sino por ser un habitual del local) por la puerta de acceso a los cuartos de baño.

Cuando le tocó el turno a Paz ella le preguntó: primero, si aquella noche había mucha gente en el local; segundo, si él había estado todo el tiempo en la barra atendiendo a clientes; y tercero, y una vez hubo contestado afirmativamente a las dos primeras preguntas, cómo, al estar trabajando en la barra y entre el trajín que supone estar yendo y viniendo para buscar botellas, coger hielo, servir vasos, dar el cambio, etc., había podido apreciar tan claramente las evoluciones del señor Muñoz y su representada. Aquí, el camarero se quedó blanco, apretó los labios, como si le hubieran pegado una bofetada, y cuando recuperó el color y el habla, afirmó con rotundidad que los (nos) había visto, y punto.

Después, el abogado de la parte contraria (esto es, uno de los abogados de Cita) solicitó a la jueza que le permitiera aportar cierta documentación. La jueza le preguntó de qué se trataba. El abogado, extrayendo con gesto muy teatral una carpeta de su cartera, le informó que tenía un informe del hospital La Paz, lugar en la que la demandante (yo) había sido internada con evidentes síntomas de intoxicación por consumo de drogas.

Paz me dirigió una mirada en la que creí leer un «¿De qué están hablando?», a lo que respondí con un encogimiento de hombros que quería decir: «Ni idea.»

—Señoría —interpeló Paz con un aplomo digno de Perry Mason—, solicito que se me permita ver dicho informe.

Ajaeza jueza asintió con un leve movimiento de cabeza.

20 de octubre.


Copio literalmente una de las preguntas del test «¿Qué tipo de madre eres?» publicado en Padres.
«Estás sentada completamente exhausta en la cocina tomándote un pequeño descanso y un café. ¿Qué se te pasa por la cabeza en un momento así?
»a) Me compensa, porque así mi familia es feliz.

»b) Y ahora me tocará planchar y también debería limpiar los cristales. Están fatal.

»c) ¡Sería fenomenal estar sentada ahora en una terraza en Roma!

»d) Sólo cinco minutos de tregua y luego seguiré.»

Me entran ganas de enviar una carta a la redacción de Padres.
«Estimado equipo de Padres:

»Respecto a la pregunta número 11 de su test "¿ Qué tipo de madre eres?", publicado en su número de octubre del 2003, me complace informarles de que si mi familia se sintiera feliz de tener una extenuada esclava a su disposición para plancharles la ropa y limpiar los cristales, mi vida no me compensaría lo más mínimo, amén de que pronto ellos dejarían de ser tan felices, cuando me convirtiera en una neurótica amargada y victimista enganchada a los tranquilizantes y entrometiéndome todo el día en la vida de mi hija para compensar de alguna manera los sinsabores y las carencias de la mía. Es por ello por lo que me alegro de no poder contestar a su pregunta número 11, ya que tengo la suerte de trabajar fuera de casa y contar con un compañero y una asistenta que hacen que nunca me halle en situación de encontrarme sola y exhausta en la mesa de la cocina por culpa de las tareas domésticas. De paso, les sugiero que dejen de fomentar estereotipos sexistas en su publicación.
»Saludos de una madre trabajadora, de las que hay tantas en España, aunque parece que para su publicación no existamos.»

De hecho, ya la he enviado, aunque mucho me temo que no la publicarán.
El informe se refería a una ocasión, dos años atrás, en la cual el hombre cuyo nombre está escrito en un papel de pergamino y encerrado en una botella enterrada en un descampado cerca de Cuatro Vientos y la presunta deshonrada (yo) habíamos tenido un accidente. Serían las tantas de la mañana, volvíamos de no recuerdo qué garito, conducía él, borracho como siempre, y se saltó un semáforo en rojo. Nos estampamos contra otro coche. Afortunadamente todos llevábamos el cinturón de seguridad (incluyendo al conductor del otro vehículo) y la cosa se quedó en un abollón en la carrocería. En la carrocería del coche y en la mía, pues me di de frente con la luna delantera y me hice una brecha que en principio parecía cosa seria, por la abundante sangre que manaba, pero que se reveló como un simple rasguño en cuanto me limpié con un pañuelo. En cualquier caso fuimos al hospital por aquello de que es lo que se debe hacer cuando te das un golpe en la cabeza. Como llegué desorientada, la enfermera me preguntó si había bebido. Yo contesté que sí, y debí de añadir, aunque la verdad es que no lo recuerdo con seguridad, que había tomado una o dos rayas. Y por lo visto aquello constaba.

Después de echar un vistazo al informe, Paz volvió a dirigirse a la jueza.

—Señoría, impugno estos datos solicitando no se tengan presentados por extemporáneos por cuanto se debían haber presentado en el momento de la contestación de la demanda. Pero, además, dese parte al Ministerio Fiscal, ya que la obtención de este informe ha sido irregular por cuanto se trata de documentos privados cuya presentación en este tribunal supone una intromisión en el derecho a la intimidad de mi representada. Se trata de datos personalísimos que deben permanecer en su esfera personal, según Ley Orgánica 15/1999, de 13 de diciembre, de Protección de Datos de Carácter Personal.

Una vez acabados los interrogatorios (en realidad, un solo interrogatorio, el del camarero, puesto que a Consuelo no se le permitió declarar), las partes debieron hacer su alegato final, bastante previsible, por supuesto.

Paz sostuvo que la redacción y presentación del artículo afirmaba claramente que su representada (yo) había mantenido relaciones con un hombre casado con el que además había consumido drogas, y que por mucho que el reportaje nunca afirmase tajantemente ambas cosas, las daba a entender con tanta claridad como para no dar lugar a ninguna otra interpretación, y resultaba evidente que cualquier lector así lo entendería, pues si no no se explicaba por qué todos los medios que habían recogido la noticia de Cita afirmaban que el semanario había sorprendido a David Muñoz consumiendo drogas y siendo infiel a su mujer.

El abogado de la parte contraria volvió a repetir lo que decían en la contestación: que en el artículo nunca se afirmaba claramente nada, que simplemente la periodista había interpretado lo que las fotos sugerían, y que lo que las fotos mostraban era a una pareja abrazada y en evidente estado de estupor o desorientación.

Finalmente, un hombre vestido de gris que había permanecido sentado al lado del abogado de la parte contraria y en quien yo no había reparado en todo el tiempo que duró la vista se levantó y, en tono monocorde, vino a repetir uno por uno los argumentos que ya había expresado el representante de la revista. En otras palabras, que los lectores eran tontos y que qué culpa tenía Cita de que lo fueran.

Pues bien, ese señor era el fiscal. Y en España, le corresponde al Ministerio Fiscal promover la acción de la justicia en defensa de la legalidad, de los derechos de los ciudadanos y del interés público tutelado por la ley, de oficio o a petición de los interesados, así como velar por la independencia de los tribunales, y procurar ante éstos la satisfacción del interés social. Esto es, que lo que aquel señor acababa de hacer era expresar su opinión, teóricamente independiente, sobre lo que había visto en el juicio, opinión que la señora jueza estaba obligada a tener en cuenta.

21 de octubre.
Tu tía Sonia (Sonia la guionista, también conocida como «Suicide Sonia» debido a su conducción temeraria y a su manifiesta inclinación a manejar el vehículo en estado leve — y a veces no tan leve— de intoxicación etílica; nada que ver con mi antigua compañera de clase, Sonia la fotógrafa, también conocida como «Slender Sonia» por lo delgadísima que está, ni con Sonia la actriz, o «Sweet Sonia», llamada así por lo cariñosa que es, ni con Sonia la DJ, también conocida por «Senseless Sonia» por su afición a los éxtasis...) subió a casa a hacerte una visita vestida de espía francesa de la Resistencia, con una falda de tubo, unas medias de rejilla, una gabardina cruzada y una boina que quedaría muy garrula sobre la cabeza de Marianico el Corto, pero que sobre sus rizos rubios resultaba un prodigio de glamour.




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