Un milagro en equilibrio



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Me acuerdo que Sonia la actriz (también conocida como «Sweet Sonia» por lo cariñosa que es, nada que ver con mi antigua compañera de clase, que es Sonia la fotógrafa, también conocida como «Slender Sonia» por lo delgadísima que está, ni con Sonia la guionista, también conocida como «Suicide Sonia» debido a su conducción temeraria, ni con Sonia la DJ, también conocida por «Senseless Sonia» por su afición a los éxtasis...) me escribió un e-mail cuando me quedé embarazada en el que decía:

«Vete preparando para los primeros meses. Lo que llaman depresión posparto no es más que una reacción perfectamente lógica y racional al hecho de verte de pronto convertida, de la noche a la mañana, en la vaca lechera de un ser que ni siquiera sabe sonreír para agradecértelo.»

Estas palabras me las vino a confirmar una desconocida pocos días antes de tenerte a ti. Llevaba yo días de retraso sobre la fecha prevista de parto, me dolía todo el cuerpo y casi no podía andar por culpa de la sínfisis púbica y las contracciones ineficaces (el sentido de estos términos te lo explicaré más adelante) y necesitaba desesperadamente una distracción, así que esa semana fui al cine casi a diario. Y por casualidad me encontré en la cola del cine Ideal a mi agente, que por fortuna no se llama Sonia y que tiene un niño de más o menos un año. «Querida», le pregunté ansiosa, «¿son los primeros meses tan malos como dicen?». Con la mejor de sus sonrisas empezó a decirme: «No, mujer, no es para tanto...» Pero este intento de tranquilizarme se vio bruscamente interrumpido por el comentario de la chica que le acompañaba, en la que hasta entonces no me había fijado. «Ni cassso, osssea, ni cassso a ésta. ¡Es horrible! Osssea, como que te suicidas, tía, de verdad...» Resultaba tan tremendo el contraste entre el acento ultrapijo de la desconocida acompañante —acento que suelo asociar a la hipocresía y al respeto estricto por las formas y los convencionalismos— y la cruda sinceridad con la que me advertía que no pude evitar creerla a ella antes que a mi muy bienintencionada agente, y me marché a casa aterrada, previendo lo peor.

Vale, no ha sido tan terrible, en absoluto, pero eso no quita que a veces me levante como hoy, convencida de que voy a ser incapaz de salir adelante contigo y con la vida en general. Tu padre cogió la gripe, me la contagió a mí y me temo que te la hayamos pasado a ti, porque ayer no hacías más que quejarte no sabemos por qué y yo estoy agotada y además me duele la garganta y cada uno de los huesos, por no hablar de las hemorroides, que es un tema del que se supone que no se habla pues se sufre en silencio. Dice en la guía Vamos a ser padres (sí, la misma que aconsejaba que avisaras a tu abuela tras la amniocentesis para que se pusiera a tejer patucos) que las hemorroides «pueden ser muy dolorosas», pero no dicen que el dolor te puede llegar a paralizar y que excede, con mucho, al de las contracciones del parto, con la diferencia además de que las contracciones del parto sirven para algo. Excepto las ineficaces.


La psicóloga que dirigía el grupo de apoyo me atendió muy amablemente y me regaló una guía de actuación editada por la Comunidad de Madrid en la que leí cuáles eran las secuelas del maltrato y cómo muchas mujeres las vivían incluso años después de que la relación hubiera acabado:

— Autoestima pendular.

— Miedo.

— Estrés.

— Conmoción psíquica aguda.

— Crisis de ansiedad.

— Depresión.

— Desorientación.

— Incomunicación y aislamiento.

— Bloqueos emocionales.

— Complejo de culpa y asunción de la responsabilidad de los sucesos.

— Desmotivación, ausencia de esperanza.

— Trastornos alimentarios severos.

— Trastornos del sueño.

— Irritabilidad y reacciones de indignación fuera de contexto.
Me describían punto por punto: por entonces me odiaba y me acometían cada dos por tres todo tipo de tentaciones suicidas pensando que mi vida no servía para nada, ni para mí ni para nadie que me rodeara; se me ponía el corazón en la boca cada vez que campanilleaba el timbre del teléfono más allá de las diez de la noche, no te quiero describir ya si lo que sonaba era el pitido del telefonillo del portal; lloraba por cualquier cosa: si se retrasaba un autobús, si tenía que corregir un texto o si se me quemaba el cazo de la leche; no podía ir en metro porque de repente me asaltaba una claustrofobia aguda que me impedía respirar, como si se me hubiesen bloqueado de pronto las vías respiratorias, además me perdía siempre en los pasillos y al final no acertaba a recordar ni adónde quería ir ni de dónde venía (el viaje a Cuatro Vientos constituyó una afortunada excepción); me había quedado sin amigos porque no quería hablar con aquellos empeñados en decir que pobrecito él y que había que ver lo mal que le había tratado yo, así que había dejado de llamar a muchos de ellos, cuando no de devolverles el saludo, con lo cual me gané una fama de borde y maleducada que no te quiero ni contar, fama merecida, porque de repente me dominaban unos accesos de rabia injustificada y lo pagaba a gritos con cualquiera: amigos, perro, portero o señor que me empujaba en el autobús. Y es que yo respondía a mis sentimientos más profundos de odio hacia mí misma, pues me sentía responsable de todo lo que me había pasado y me estaba pasando, volcando ese odio al exterior y traduciéndolo en agresividad, y pasaba por encima de los demás como una apisonadora para luego volver a odiarme por ello, en un círculo vicioso del que no conseguía salir; me sentía incapaz de volver a querer a nadie y, si por casualidad me liaba con alguien, dejaba siempre muy claro que lo nuestro no podía ir más allá de una noche o simplemente boicoteaba la relación poniéndome insoportable; pensaba que todo lo que me pasaba había sido mi culpa, que yo no era una persona a la que alguien pudiera querer, que estaba loca, que no tenía ni puñetera idea de escribir y que lo mejor era que no volviera a hacerlo, y que estaba gordísima. Y lo estaba: había engordado siete kilos en cuatro años a base de intentar calmar la ansiedad con atracones de chocolate, y me daba asco verme en el espejo. Y a todo eso se añadía un problema más: bebía como una cosaca.

El hombre al que una brújula eliminó de mi paisaje bebía mucho, lo que se dice mucho, salía todas las noches y se ventilaba un mínimo de tres o cuatro copas. Pero también bebía de día: las cañas del tapeo, los güisquis para la sobremesa y los carajillos de media tarde. El caso es que a base de seguirle el ritmo yo misma me había convertido, si no en una alcohólica anónima, sí en una borracha conocida, conocida en todos los bares de Malasaña y Lavapiés.

Pero no todo era negro en mi vida. Había perdido un montón de amigos, cierto, pero también conservaba muchos que habían demostrado una lealtad inquebrantable y que me habían aguantado en los peores momentos, cuando gritaba a la menor nimiedad o me ponía a llorar porque se me derramaba la taza de té; estaba redonda, pero no obesa, seguía teniendo una cara bonita y, desde luego, no me costaba ligar; había escrito un libro del que me avergonzaba, pero al menos había conseguido publicarlo; me había quedado sin novio, pero había ganado en tranquilidad; tenía casa propia (o que llegaría a serlo algún día, porque en realidad la casa era del banco), un perro al que adoraba, varios trabajos (por más que malpagados) y, sobre todo, tenía ganas de vivir, no demasiadas ni exultantes, pero desde luego muchas más de las que tuviera antes, pues por cada pensamiento suicida que surgía dentro de mí había dos momentos en los que pensaba: «Esto se puede arreglar, las cosas se pueden arreglar, todo puede ir a mejor.» Porque como te he escrito antes no disponemos de más armas que la razón para combatir los sentimientos.

10 de octubre.


Te explico lo que son «contracciones ineficaces». Son las que tuve yo durante casi un mes antes de que nacieras. Son muy fuertes y se diferencian por su intensidad de las «contracciones de Braxton-Hicks», que son, por así decirlo, unas contracciones de prueba, poco dolorosas, con las que el útero se va entrenando para el parto y que se notan desde el octavo mes de embarazo. Las que yo sufría, sin embargo, eran serias, de esas que te hacían doblarte en dos de dolor, pero resultaban ineficaces porque la capacidad de contracción del útero estaba disminuida y eran movimientos demasiado débiles como para dilatar el cuello de la matriz. Creo que a esto se le llama distocia uterina. En fin, el caso es que me tiré días doblada de dolor antes de llegar a parir. Cuando le conté esta historia a Miguel Hermoso me hizo una metáfora preciosa, me dijo que él conocía otro tipo de contracciones ineficaces: las que uno experimenta cuando escribe un guión por la noche y se siente convencido de que está escribiendo la escena del siglo y de que ya puede dar la obra por terminada para descubrir, a la mañana siguiente y cuando lee la escena bajo otra luz (la del día) y tras haber dormido, que lo que había creado ni tiene originalidad ni hace avanzar la acción ni resulta interesante ni nada, y que lo que se había tomado por el parto de la obra maestra no había sido más que un ataque de ineficaces contracciones... artísticas. Las mismas, me temo, que me llevaron a pergeñar esas novelas que tengo guardadas en el cajón y que algún día te dejaré leer para que veas lo pedante que podía llegar a ser tu madre antes de que siquiera se planteara concebirte, mucho menos escribir para ti.
Habían pasado escasos seis meses desde el asunto de la brújula cuando me invitaron a una fiesta en la que conocí a una chica aparentemente normal y corriente (unos treintaypocos años, rubia, ojos muy claros, sin un 666 tatuado ni un pentáculo colgándole al cuello ni una cabellera que le llegara por debajo de la cintura ni ningún signo externo que delatara algún interés esotérico ni vinculación con lo paranormal). No sé cómo salió a colación el tema de la cartomancia, pero cuando yo le conté que la única vez que me habían leído las cartas la predicción se había cumplido, ella me dijo que siempre llevaba a mano las suyas y que le gustaría hacerme una tirada. Acepté encantada y entonces la desconocida me llevó a una habitación apartada del salón donde la reunión hervía en plena ebullición para, lejos del mundanal ruido, extraer de su bolso dos barajas, una del tarot y otra española, proceder a mezclarlas concienzudamente, extender algunas cartas sobre la mesa, y hacerme las siguientes predicciones:

La primera carta que salió fue la de La Emperatriz, la carta de la fecundidad.

—Vas a ser madre —me dijo—. Está claro. En poco tiempo. Alrededor de un año.

«¡Anda ya...!», pensé yo. Hacía poco me había hecho una revisión ginecológica exhaustiva y el médico me señaló que, si bien no se me podía definir categóricamente como estéril, sí tenía un problema de infertilidad derivado de una endometriosis y de un desequilibrio hormonal. Este problema, según él, se podría solucionar con una intervención y un tratamiento a base de hormonas costosísimo tanto en tiempo como en dolor como en dinero, pero como a mí la maternidad como función biológica tampoco me llamaba gran cosa la atención, había decidido no someterme al tratamiento, de forma que la predicción de la bruja no es que me sonara imposible, pero sí bastante poco probable.

La segunda carta fue una Sota de Copas.

—El padre de tu bebé es más joven que tú —dijo ella.

«Pues sí, bonita...», dije para mis adentros, «mejor que hagas un curso de ofimática, que de bruja como que te veo poco futuro». Y es que en la vida me había liado con un hombre más joven que yo, nunca (o casi nunca, a excepción de mis escarceos con David Muñoz, al que apenas sacaba un mes, cuando aún íbamos a las clases de José Merlo, y eso sólo por darle en las narices a las pijas que babeaban por él y que nos miraban por encima del hombro a Sonia, a Tania y a mí porque no llevábamos Loden). Muy al contrario, tenía tendencia a colgarme de señores que me sacaban diez años, como me los había sacado, sin ir más lejos, el tipo aquel cuyo nombre estaba escrito en un pergamino encerrado en una botella enterrada en un descampado cerca de Cuatro Vientos.

A continuación descubrió la carta de El Colgado, pero colocada a la inversa, de forma que El Colgado no pendía, sino que se mantenía en pie.

—No te asustes —quiso tranquilizarme, aunque yo no me había asustado porque, a aquellas alturas de la tirada, creía tanto en las cartas como en los anuncios de la teletienda—. En esta carta se unen, según la Cábala, Hod (la mente) con Geburah (la severidad). En Geburah encontramos todas las órdenes y leyes que rigen en el universo, y una de ellas es la del Karma, que es la ley de causa y efecto. La letra hebrea que corresponde a este sendero es la letra Mem, que significa agua. Otros significados secundarios de la letra Mem son los de Madre Que Concibe y Fecundidad... ¿Me sigues?

Asentí con la cabeza pese a que no entendía nada.

—Por todo esto, yo diría que el padre de tu hijo vive cerca del agua. Un mar os separa.

Acto seguido apareció la carta de El Mago.

—Éste es. Esta carta representa al padre de tu hijo. En su trabajo transforma cosas. Creo que el padre trabaja en un laboratorio, quizá sea científico.

Mi escepticismo se iba convirtiendo en incredulidad pura y dura, porque yo siempre había salido con artistas o presuntos artistas o proyectos de (tres músicos, un corto-metrajista, dos aspirantes a escritores y un artista conceptual) , pero no con un científico. Nunca me atrajeron los hombres de ciencias, y mucho menos los de ciencias puras. La palabra laboratorio me sonaba a formol, vivisección, ratas abiertas en canal y monstruos de Frankenstein. Sinceramente, empezaba a dudar mucho de la fiabilidad de las predicciones que me estaba haciendo aquella aprendiza de bruja o lo que fuera.

El As de Copas cayó sobre la mesa:

—Éste es El Hogar —me dijo la bruja.

Le siguió La Templanza:

—Esto es un cambio a mejor. En breve vas a hacer reformas en tu casa.

«Esto sí que no», me rebelé yo. La casa la había tenido que reformar de arriba abajo al comprarla —una reforma que acabó, como la mayoría, alargándose varios meses más de lo previsto y excediendo con mucho el presupuesto que se me había ofertado al principio—, y había acabado tan harta de obreros, andamios y pintura como para no plantearme siquiera tirar un tabique o pintar una pared en muchísimo tiempo.

Aparecieron entonces un montón de cartas de bastos en sucesión y, por fin, la carta de El Juicio, invertida:

—Veo enemigos, una situación muy, muy mala. Vas a tener que ir a juicio. Y lo perderás.

«Ya.»


Luego vino La Fuerza:

—Esto es un triunfo, y ahora ya no sé decirte si pierdes el juicio o lo ganas. Quizá quiera decir ambas cosas. Que lo ganes en un recurso o algo así. O que el perderlo te acabe reportando algo valioso.

No es que aquello me sonara imposible, pero tampoco muy plausible, dado que yo no había tenido que ir a juicio en toda mi vida, excepto a los quince años, cuando la que era mi profesora de Historia nos llevó a toda la clase a ver uno como actividad extraescolar destinada a hacer de nosotros, el día de mañana, unos ciudadanos conscientes de sus responsabilidades con la sociedad. Aunque, teniendo en cuenta que la mitad de clase acabó politoxicómana o alcohólica (categoría que nos incluye a Sonia, a Tania, a David Muñoz y a mí) y la otra mitad creo que narcotraficante, la verdad es que no le arriendo la ganancia a la pobre señorita Esperanza en lo que respecta a su fe en la influencia de las actividades extraescolares como parte de la formación de mentes preadolescentes.

Finalmente, la chica rubia acabó diciéndome que, aunque estaba pasando un momento muy malo y pese a que aún me quedaban más malos tragos que apurar en ese año, con el tiempo todo se iba a arreglar y mi vida empezaría a ser muy feliz, pero eso no iba a suceder de la noche a la mañana.

Como conclusión afirmó al ver aparecer una larga sucesión de cartas de oros que, sobre todo, debería confiar siempre en mi trabajo, pues eso nunca me iba a fallar y al final de mi vida me iba a reportar muchísimos triunfos.
En fin, como comprenderás, en principio no me creí ni una sola palabra de lo que aquella chica dijo y la tomé por una farsante que, eso sí, sabía mentir con mucha teatralidad. Me tengo que tragar mis palabras porque las predicciones se cumplieron una a una como se verá más adelante. Excepto la del trabajo, o al menos de momento, porque si lo del éxito de Enganchadas se puede considerar un triunfo, casi que prefiero seguir yendo de perdedora por la vida.

Mucho tiempo después, ya con mi escepticismo digerido, estuve buscando a la bruja por activa y por pasiva. Pregunté entre los que asistieron a la fiesta a ver quién podía conocerla o darme rastro de su paradero, pero nadie recordaba a aquella chica rubia ni sabía quién pudo haberla llevado a la casa. La adivina se presentó y se marchó como el mismo azar, con todas sus fuerzas invencibles y sus constelaciones desatadas. Llegó y se fue tan inesperadamente como el mismo destino que anunciaba, esa ley misteriosa que un día se encarna y se hace realidad. Tan inasible y extraña como el azar y el destino, desapareció como si se la hubiese tragado la tierra y probablemente, quién sabe, hoy esté haciéndole compañía en algún universo paralelo al tipo aquel que me regaló la brújula.

11 de octubre.
No tienes gripe, ni faringitis, ni fiebre, ni nada. Te quejabas de puro vicio.

No sé dónde leí que existen dos tipos de madres: las que están hechas polvo y son conscientes de ello y las que lo están pero no lo saben. Ayer el médico le dio un nombre técnico a mi nube negra: «faringitis viral aguda». Te aseguro que en el camino de vuelta de la consulta tenía un ataque de depresión muy serio y no hacía más que pensar en todas las fiestas a las que ya no podría ir, todos los hombres a los que no podría seducir, todos los países a los que no viajaría... De ahí a decidir que soy un fracaso como amante, como madre y como escritora, sólo hay un paso. Intenté con todas mis fuerzas repetirme el mantra que suele funcionar en estos casos: «Concéntrate en lo que tienes y nunca en lo que no tienes.» Pero cuando lo que tienes es fiebre, dolor en las articulaciones, la nariz congestionada por un aluvión de mocos, una especie de nudo de alambre de espino en la garganta y una sensación rara en el estómago, como si te hubieras tragado una docena de sapos, casi es mejor pensar en lo que no tienes. Sí, podría haberme concentrado en lo que tengo: una niña muy guapa, muy sana y que sabe sonreír por mucho que la ciencia médica se empeñe en afirmar que no puede, pero, como de mayor descubrirás, tu madre es un poco tendente a anegarse en un pozo de autocompasión a la mínima, sobre todo cuando está cansada o enferma. En eso es muy masculina.


Ya te he dicho que la bruja que luego se esfumó acertó en sus predicciones, pero ahora voy a explicarte cómo se cumplieron una a una:

Respecto a lo que dijo de unas reformas en mi casa, resulta que durante casi dos semanas el cielo de Madrid estuvo llorando agua en cataratas con sincrónicos susurros cantarinos, y al cabo la lluvia se filtró desde el suelo de la terraza hasta el techo del vecino, que acabó decorado con una extensísima mancha de humedad. Hubo que levantar el suelo para cambiar las prehistóricas y picadísimas tuberías de plomo, y la rehabilitación, que en principio tenía que durar dos semanas, se alargaba y se alargaba como casi todas las reformas, por razones de todos los colores, y aquello amenazaba con durar más que las obras de El Escorial.

La historia del juicio es larga y merecería por sí misma una novela, o al menos daría para una en lo que a extensión e intriga se refiere y no sé cómo me las voy a arreglar para resumírtela en unas pocas páginas. Pero, en fin, ahí va:

Estábamos en que yo me acababa de separar del presunto maltratador psicológico, y más o menos por ese tiempo Enganchadas estaba recién publicada y aún no había agotado su primera edición, es más, nadie sospechaba siquiera que tamaña hazaña pudiera lograrse, algo que se consiguió mucho más tarde, al menos un año y medio después, cuando yo ya estaba embarazada de ti. Pues en ese tiempo aún anónimo y libre me llamó David Muñoz. Pero antes tal vez deba explicarte qué había sido de él: dejó colgada la carrera de Empresariales en tercero tras suspender cinco asignaturas de seis (creo que el único aprobado se debió a que un profesor se colgó tanto de él como José Merlo en su día) y estaba hecho un lío con su vida, sin saber por dónde tirar, así que para sacarse unas pelas se apuntó a una agencia de figuración, de esas que contratan público para los programas de televisión, y acabó saliendo en «La Quinta Marcha» haciendo el mono detrás de Penélope Cruz. Pues bien, como estaba tan bueno, el director del programa (víctima fulminante de idéntico flechazo al que sufrieran en su día José Merlo y el profesor de Dirección Financiera) se fijó en él, le dio un papelillo en la serie juvenil «Al salir de clase» y, encantado con la fotogenia y naturalidad del chaval, le recomendó que hiciera un curso en la escuela de interpretación de Cristina Rota. El caso es que pese a que la argentina le dijera en su día que ni tenía madera de actor ni la tendría nunca, el chico había acabado haciendo carrera en la tele, y para cuando me llamó llevaba ya dos años trabajando en «Los Arenales», una serie de televisión que giraba alrededor de los sosos y predecibles avatares de una familia feliz y bien avenida que vivía en un chalet que para sí lo quisiera un ministro y cuyos integrantes se pasaban el día en la cocina, más que nada para que pudiesen verse bien los tetrabrik de leche, los paquetes de cereales y los botes de cacao en polvo de las marcas de alimentación que patrocinaban aquella serie blanca y familiar dirigida a todos los públicos e inventada y gestionada por una productora muy conservadora. Se suponía que todos los actores protagonistas tenían que ofrecer una imagen irreprochable, pero muy en particular David, quien, a pesar de tener los treinta más que cumplidos, interpretaba el papel del hijo veinteañero, gracias al cual había conseguido un éxito arrasador y un más que nutrido club de fans. Su fama llegó a tal punto que acabó convirtiéndose en la estrella del culebrón y en el actor mejor pagado del elenco. Tanto la productora como su representante le habían dejado muy claro a la firma de la renovación del contrato que esperaban de él que se mantuviera a la altura de la filosofía familiar del programa y que no diera escándalos de ningún tipo.

Pues el escándalo lo dio, y mayúsculo, cuando su foto apareció en la portada de la revista Cita. Mejor dicho, más bien en una esquina, puesto que la portada lo ocupa cada semana, desde su primer número, la foto de una chica estupenda ligerita de ropa (generalmente aspirante a actriz o concursante de algún programa de telerrealidad) que promete un desnudo de la susodicha starlette en páginas interiores. Pues bien, en esa esquina en cuestión había una foto de mi ex compañero de clase bajo un titular que decía: «David Muñoz, ¡enganchado!»

Lo peor de todo es que en la foto David no estaba solo.

12 de octubre.
Como si quisieras compensarme por mis males, esta noche has sido buena como tú sola y apenas has llorado, igual que en tus mejores tiempos. Es más, esta mañana incluso te dignas a dormir a mi lado en tu cuco sin necesidad de que te coja en brazos ni nada, apoyando la cabeza en la manita como si estuvieras pensando en algo muy serio. Eso sí, tengo que estar ahí. Es matemático: se te deja durmiendo en cualquier parte, sea el cuco, encima de la cama, el cochecito e incluso el sillón, y ahí te quedas tan pancha, durante horas, siempre y cuando yo esté cerca. Pero supongamos que me ausento más de cinco minutos para ir a picar algo a la nevera. Entonces, no sé cómo, te enteras de que no estoy y arrancas a llorar según el procedimiento habitual: primero el gemidito interrogante, de aviso, que va in crescendo y que degenera, si no aparezco a consolarte, en berridos desgañitados que me hacen temer que los vecinos me denuncien por maltrato infantil. Pero ¿por qué lloras? ¿Porque abres los ojos y no me ves? En realidad es imposible que me veas, o al menos no a tanta distancia, ya que se supone que sólo diferencias los objetos cuando los tienes a treinta centímetros. ¿O acaso lloras porque no me oyes? Puede que eches de menos los ruidos del teclado, pero lo cierto es que a veces estoy leyendo sin hacer el más mínimo ruido y entonces no te quejas. También cabría la posibilidad de que disfrutaras de un sentido del olfato hiperdesarrollado o de un radar de murciélago que te permita captarme... En fin, el caso es que sólo duermes si estoy a tu lado. Una cuestión de supervivencia, supongo, porque un bebé que aún no ha cumplido el mes tiene muy pocas posibilidades de salir adelante si le dejan solo y no vuelven a por él.

Una pena no tener a mano uno de mis libros favoritos para explicar tu constante lloriqueo desde un punto de vista racional o científico. Es lo que pasa cuando una ha hecho casi quince mudanzas en diez años: que se hace budista zen por necesidad y aprende a prescindir de lo accesorio. Y no es que los libros fueran accesorios, pero no podía permitirme tener cientos de ejemplares e ir cargando con ellos de un lado a otro como un caracol con su concha, de manera que acababa por regalarlos con la convicción de que al menos harían tan feliz a otro como en su día me habían hecho a mí, autosugestión que atenuaba bastante el dolor de la pérdida. El libro que estoy echando de menos en este momento en particular se llama Estoy aquí, ¿dónde estás tú? y lo escribió el etólogo Konrad Lorenz, premio Nobel de Medicina 1973. Lo leí y releí innumerables veces desde los nueve años hasta los veintitantos, cuando lo regalé no recuerdo a qué afortunado mortal. (No me llames marisabidilla por leer libros de divulgación científica a tan temprana —tierna no era— edad. En mi descargo diré que el libro tenía unas ilustraciones preciosas y era muy divertido, aunque también es cierto que en casa mis hermanos, alucinados ante aquella cría que nunca salía a jugar a la calle porque prefería quedarse en casa leyendo todo lo que pillaba, lo mínimo que me llamaban era pedante, e incluso Laureta llegó a estar seriamente preocupada por mi salud mental, como me confesaría, o más bien me echaría en cara, años más tarde.) Creo que el libro está descatalogado en España, pero he visto en Amazon que existen un montón de ediciones sudamericanas y acabo de decidir que te lo compraré en cuanto seas mayor, aunque lo más probable es que me lo devuelvas asqueada por mis pretensiones de hacerte leer algo porque, como ya me advirtió Miguel Hermoso, los hijos acaban haciendo siempre lo que tú no quieres que hagan e interesándose especialmente por lo que a ti más te fastidie. Es lo que los psicólogos llaman «definición por oposición», razón por la que supongo que de mayor te harás torera, hincha del Real Madrid, skin, especuladora inmobiliaria o traficante de influencias.

En cualquier caso, el libro describía comportamientos idénticos a los tuyos: primero una llamada interrogativa, luego el gemido que aumenta en intensidad y, en cuanto el bebé comprueba que su madre no está, su degeneración en una crisis incontrolable de llanto. Los bebés cuyo comportamiento, tan similar al tuyo, se describía en el libro eran bebés gansos: ansarones, para ser más exactos. Un ansarón que ha perdido a sus padres no lo lamenta en silencio: llora con todas sus fuerzas, absolutamente incapaz de dedicarse a otra actividad. No come ni bebe, sólo vaga llorando desconsolado porque sabe que cuenta con escasas perspectivas de supervivencia mientras no encuentre a sus padres y, por eso, para el ansarón tiene pleno sentido el agotar hasta la última chispa de su energía para reunirse con quienes le faltan.

Supongo que, en tu caso, actúa ese mismo mecanismo instintivo de supervivencia que debes de llevar inscrito en alguno de tus genes. Respondes a ese precepto de la ciencia de que todo individuo está sujeto a leyes fatales, leyes a las que no se reacciona de forma consciente porque la reacción consiste en que ellas hayan hecho que reaccionemos, y ese precepto se adjunta a otro más antiguo, el del Plan Divino. Seas guiada por el Creador o por los genes, ya sabes que sin un adulto estás perdida, que tienes muy pocas posibilidades de sobrevivir si no cuentas con alguien que te ayude, y por eso gritas con tanta desesperación en cuanto notas que te has quedado sola. Es el gemido del abandono, que todos llevamos dentro. Por eso nos cuesta tanto afrontar la ausencia o la deserción de los que amamos, y no sólo cuando somos bebés.


El texto del reportaje que apareció en páginas centrales de Cita y que dinamitó en pedazos la imagen de buen chico de David Muñoz era el siguiente:
«Una ocasión especial bien vale una juerga salvaje. Y así se lo montaron David Muñoz y sus compañeros, entre otros su muy íntima amiga, la periodista Eva Agulló, en la celebración del cumpleaños del protagonista de "Los Arenales ". Un desmadre en el que, como bien muestran las fotos, no faltó de nada.
»David Muñoz, protagonista de esta conocida serie televisiva, se lo pasó verdaderamente en grande en la fiesta de su último cumpleaños. El chico de moda eligió una conocida discoteca para dar rienda suelta a su lado más salvaje. Un desmadre en toda regla al que David invitó a su amiga, la periodista Eva Agulló, que se convirtió en su mejor compañera de correrías.
»Mucho cachondeo para una noche loca en la que no faltó de nada, aunque sí hubo ausencias notables, como la de la mujer de David, la también actriz Verónica Luengo, que al día siguiente, muy profesional, presentó en Valencia la obra de teatro La importancia de llamarse Ernesto, con la que está realizando una extensa gira teatral por España que le ha obligado a permanecer lejos de su hogar durante la mayor parte de este año. Quizá Verónica, después de ver estas imágenes, debería calibrar "la importancia de hacer una gira ", y si ésta merece dejar al chico de moda solo y expuesto a las tentaciones de la gran ciudad.
»Las fotos muestran a un atractivo David más desinhibido que nunca, ajeno a las miradas indiscretas de las muchas personas que abarrotaban el local que eligió para celebrar su cumpleaños. Una juerga de cuidado en la que Muñoz se dejó querer por su acompañante acaso sin pensar en las consecuencias que tendría semejante jarana en su relación con Verónica, con la que este mismo verano posaba para la prensa en su casa de Mallorca anunciando su intención de tener su primer hijo en un futuro cercano.
»Alcohol, mucho alcohol, y otras sustancias, además de los cariñosos apretones a su acompañante, que disfrutó como nadie de las caricias de David, como bien se puede observar en la instantánea en la que se ve a ambos tortolitos enardecidos ante el rumbo que la noche, cada vez más caliente, comenzaba a tomar.
»Hubo cava y muchas cosas más. Risas y desparrame. Tanto que, por momentos, David y su compañera se dejaron ver más que aturdidos, como muestran las fotos, y en aparente estado de casi inconsciencia.
»No es la primera vez que el protagonista de "Los Arenales" (serie en la que da vida al carismático Rubén) acaba alguna noche en semejante o peor estado. De hecho, David ha ingresado dos veces en la clínica de la Concepción de Madrid para someterse a sendos procesos de desintoxicación tras haber sufrido en el pasado varios episodios graves de abuso de drogas, algunos de los cuales requirieron tratamiento de urgencia en el hospital Ramón y Cajal. En cuanto a su compañera de juerga, tampoco es ajena a semejantes avatares, y de hecho acaba de publicarse su primer libro, Enganchadas, en el que narra su relación con el mundo de las drogas. Enganchado estuvo ¿o está?David a la cocaína, y más que enganchado parece estar a su nueva acompañante.
»David y Eva se dejaron ver por el local en un estado de aparente embriaguez más que probable, resultado de la copiosa ingestión de alcohol y ¿ otro tipo de sustancias no tan públicas ni permitidas ? Pero se recuperaron, como muestran las imágenes, tras un cariñoso achuchón de los que despiertan a cualquiera y que sirvió como colofón de lujo para una parranda de cuidado que acabó muy de mañana, a eso de las seis y media, ya con las luces del alba. Como se ve en la foto de la página siguiente, la pareja abandonó muy abrazada el local tras una noche de marcha a tope de las que, seguro, David y Eva no olvidarán.»

Las fotos que acompañaban al reportaje no tenían desperdicio. En una se nos veía a David y a mí abrazados y acarameladísimos. En la otra aparecía yo desmayada en un sillón con David a mi lado. Y en la tercera se nos veía salir del local, e íbamos amarraditos los dos, espumas y terciopelo, que diría la Pradera.

El subtítulo de la última foto rezaba: «David y Eva, enganchados.»

13 de octubre.
Ayer vino Sonia la actriz a verme (repito: Sonia la actriz, también conocida como «Sweet Sonia» por lo cariñosa que es, nada que ver con mi antigua compañera de clase, Sonia la fotógrafa, también conocida como «Slender Sonia» por lo delgadísima que está, ni con Sonia la guionista, también conocida como «Suicide Sonia» debido a su conducción temeraria; ni con Sonia la DJ, llamada «Senseless Sonia» por su afición a los éxtasis... ¿Te aclaras?), o más bien a verte a ti, y me encontró hecha un guiñapo, más triste que un entierro en un día lluvioso, bajo los efectos de la falta de sueño y la incubación del virus. Completamente olvidada del momento aquel en el que leí la nota de mi lectora y pensé que era una frívola por preocuparse tanto de que el cuerpo se le deformase, acribillé a Sonia a preguntas sobre cuándo iba a recuperar mi antigua figura, como si ella fuera una experta en fitness, endocrinología o dietética, que no es: su única credencial consiste en haber tenido ya un hijo. «Nunca», me dijo Sonia, «nunca se recupera». Iba a escribir que lo dijo «resignada», pero no fue así. Más bien lo dijo contenta, como si estuviera encantada de haber perdido para siempre la cintura y el culito respingón, ilusionada ante la perspectiva de que por fin dejen de acosarla los productores rijosos en los estrenos y en los platos.

Lo veo en mis hermanas: una y otra lucen mejor o peor tipo según quién se cuide más o menos o quién haga más o menos ejercicio (Laureta prácticamente vive en el gimnasio y Asun asiste tres veces por semana), pero, desde luego, ninguna de las dos tiene el tipo que tenía antes de parir, ni siquiera La Triple Ele o La Linda Laureta (así conocida desde su adolescencia en su círculo de amigos en razón de su elegancia, su altura y su figura juncal), a la que de todas formas creo que lo de la maternidad le vino bien, porque antes estaba demasiado esquelética, y es que Laureta no ha vuelto a comer un bollo de chocolate desde los quince años, cuando mi hermano Vicente la llamó culigorda en medio de una encendida discusión a cuenta de un jersey que no sé quién de los dos le había quitado al otro. Es la típica hermana que ha nacido para acomplejar a las que le rodean. Acaba de cumplir cuarenta y cinco años y sigue teniendo un tipo que yo no he tenido ni tendré nunca y una larga melena negra y lacia, como oriental, de anuncio de champú, que le cae por debajo de los hombros. (La melena se la alisa, eso sí, al igual que Asun, y las dos van por la vida siempre como recién salidas de la peluquería —¿o sin el como?—, con lo cual marcan aún más la diferencia con su hermana pequeña, rubia de pelo rizado, casi siempre enmarañado, con cierto aspecto de estropajo de fregar.) Los que no nos conocen mucho piensan a menudo que Laureta es más joven que yo, y Todo El Mundo afirma que es clavada a mi madre, pero como yo nací cuando tu abuela ya era mayor, siempre he conocido a mi madre con el pelo blanco y corto, o al menos no recuerdo otra cosa. Desde luego, en las fotos de la boda sí se aprecia el parecido: los mismos ojos negros, la misma cara de talla de Salzillo, sencilla, espiritual, esa cara de virgencita ensimismada que nunca ha roto un plato. Los que la conocieron de joven dicen que mi madre era un bellezón que se llevaba de calle a medio Alicante, e incluso una vez le escuché a la tía Eugenia decir, después de una de las algaradas más sonadas que mis padres tuvieron y de que mi madre se fuera a pasar tres días a su casa, que no entendía cómo su Eva había acabado casándose con semejante pelagatos cuando, con lo guapísima que había sido, hubiera podido elegir entre los mejores partidos de Alicante, que ofertas nunca le faltaron.

A tu madre tampoco le faltaron ofertas en su día, te lo juro. Lo que pasa es que casi siempre se decidía por las peores.
El caso es que David y yo ni siquiera nos habíamos besado aquella noche y no nos habíamos metido una sola raya de cocaína. O al menos yo. Sí era cierto que él había celebrado su cumpleaños y que yo era una de las invitadas. No era cierto que nuestra amistad pudiera calificarse de íntima (o no al menos en el sentido de intimidad que la revista sugería), ni que yo hubiese alcanzado en ningún momento de la noche un estado de semiinconsciencia.

La foto a la que la revista se refería cuando hablaba de «el cariñoso achuchón» reflejaba en realidad un momento bastante inocente en el que yo estaba hablándole al oído al «chico de moda» no llevada por ningún impulso amoroso o lascivo, sino por la sencilla razón de que el atronador chunda chunda del garito no permitía mantener una conversación a una distancia superior a quince centímetros del interlocutor. Y sí, David me pasaba el brazo por los hombros. No, no se trataba de un trato especial ya que idénticas atenciones había dispensado a la mitad de sus amigos y amigas aquella noche.

La otra foto a la que se refería la revista cuando hablaba de «el estado de semiinconsciencia» reflejaba en realidad el momento en que yo, borracha como estaba, tuve que sentarme en un sillón del local para no desmayarme. David, de lo más solícito, se sentó a mi lado y me apretó la mano con fuerza, y no era aquél tanto un gesto afectuoso como una manera de transmitirme que no me estaba dejando sola, que estaba dispuesto a sacarme a tomar el aire si hiciera falta.

Cosa que hizo, pero no a las seis de la mañana, sino más bien alrededor de la una. Momento inmortalizado también por el fotógrafo. De forma que la foto a la que la revista se refería cuando hablaba de «la pareja que abandonaba acaramelada el local» reflejaba en realidad cómo yo salía de Pacha agarrándome a David para no caerme.


La cuestión es que estuvimos en la calle tomando el fresco apenas cinco minutos, hasta que apareció Consuelo, a la que no habíamos podido encontrar dentro del follón de la discoteca pero que, convenientemente avisada mediante un sms, acudió presta y veloz para tomar el relevo de David, que volvió al local a seguir la juerga por su cuenta. Ignoro si él acabó a las seis de la mañana. Lo que sé es que yo a las dos estaba en mi casa, sola.

De hecho, ni siquiera sabía que David estaba casado ni tenía por qué saberlo, ya que nunca me lo dijo. Porque él se había casado en Bali por algún rito exótico de esos según los cuales lo estás a los ojos de Vishnú, Brama o Shiva y a los de los lectores de la revista que pagó por la exclusiva, pero no a los de Hacienda y el Registro Civil español, por si las moscas, no sea que en el futuro David quisiera divorciarse y a la otra le diera por intentar llevarse la mitad de sus bienes o por reclamar una pensión. Así que no nos invitó a ninguno de sus ex compañeros de clase y los que no leíamos prensa del corazón ni siquiera nos enteramos de la noticia de su matrimonio. Sí sabía que a él le encantaba la compañía femenina porque por entonces frecuentábamos los mismos bares y muy de cuando en cuando quedábamos en reuniones nostálgicas con los viejos amigos del instituto, y solía encontrármelo en ellas siempre con chicas muy jóvenes, evidentemente emocionadísimas de estar a su lado. Además, una vez nos había invitado a su apartamento, para tomar la última copa, y allí no había trazas, ni tan siquiera indicios, de una presencia femenina: el pisito estaba inmaculado como una habitación de hotel. Y tan inmaculado, como que no vivía allí. Tras casarse (o lo que fuera) había conservado su guarida de soltero a pesar de haberse ido con su mujer a un chalecito en una urbanización de la sierra madrileña. La excusa que a ella le ofreció para mantener lo que iba a ser su picadero era la necesidad de conservar un piso en el centro de la ciudad por razones de trabajo, puesto que él era actor y tenía que acudir a estrenos de cine y teatro para establecer contactos, hacerse ver y que se notara que seguía estando en el «candelabro» y no se veía capaz, tras las consabidas copas del estreno, de coger el coche y hacerse sesenta kilómetros en mitad de la noche y habiendo bebido. Por supuesto que su mujer le acompañaba a los estrenos siempre que podía, pero podía poco, porque ella trabajaba en el teatro y se pasaba la vida de gira por provincias. Y es que las obras en las que actuaba Verónica eran de esas que casi nunca llegan a estrenarse en la capital, y con esto supongo que ya se entiende que Verónica era más conocida por ser la mujer del chico de moda que por su talento como actriz. Pero de todo esto, claro, me enteré yo mucho más tarde.

14 de octubre.
Soy una de esas incautas que creían que la maternidad no me iba a alterar el cuerpo lo más mínimo y que me iba a convertir en una cuarentona estupenda, una cincuentona impresionante, una sesentona magnética y una setentona incendiaria (Angela Molina, la Paredes, Pilar Bardem y Julieta Serrano, para entendernos). Se me había olvidado que la mayoría de los modelos de mujer que se nos ofrecen desde los medios de comunicación se han hecho reconstrucciones de todo tipo (pre y posparto), de forma que cualquier parecido entre esos clones de mujeres y la cruda realidad es mera coincidencia.

Me contó Sonia (la actriz, coletilla que hay que añadir siempre para no confundirla con las otras Sonias) que cuando ella dio a luz en la clínica Nuevo Parque vino una enfermera a preguntarle si iba a aprovechar para hacerse la liposucción. Al parecer es una práctica normal entre las modelos: cesárea y lipo, dos en uno, y sales de la clínica con los mismos vaqueros ajustados con los que te hiciste el Predictor. No me lo acababa de creer por más que ella me asegurara que era verdad, y verdad de la buena, lo que me contaba. Pero lo que sí me parecía increíble del todo era la costumbre, muy extendida en Hollywood según Sonia, de inducir una cesárea al iniciarse el octavo mes de gestación para evitar que se produzca el temido ensanchamiento del hueso de la cadera, que se da justo al final del embarazo, y asegurar así que la futura madre no rebasará jamás su talla 38. Sonaba casi a experimento nazi y no tengo constancia de que se realice de verdad, pero lo cierto es que sólo así puedo explicarme cómo salen en los programas del corazón tantos reportajes de madres de dos y tres niños exhibiendo modelito playero en Ibiza, modelito que apenas cubre un cuerpo que para sí lo quisiera tu prima Laurita (hija de Laura, el diminutivo en castellano para diferenciarla de su madre, a la que a día de hoy mucha gente aún llama Laureta) a sus diecisiete años (y eso que a tu prima Laurita siempre la toman por modelo).

Esta obsesión por mantener a toda costa un cuerpo pre-púber será todo lo vergonzosa que tú quieras, pero se ha convertido en una pandemia. Leí en el periódico anteayer que en Brasil, país en el que el sesenta por ciento de las cirugías que se realizan son estéticas, la mayoría de las mujeres no amamantan a sus hijos. Las razones que esgrimían las encuestadas para no hacerlo no se basaban en la comodidad, o en la necesidad perentoria de volver al trabajo, o en la indicación de su pediatra o ginecólogo, sino en el temor a la flacidez mamaria. En fin, sin comentarios. Intento decirme que el cuerpo no es tan importante y contagiarme un poco de la serenidad de Sonia, pero me temo que estoy demasiado condicionada por el bombardeo mediático y por años de asumir que toda la atención masculina que recibía estaba más concentrada en mis tetas que en mi ingenio o mi encanto, tanto, que me resulta muy difícil aceptar que una de mis principales monedas de cambio en el mercado de la interacción social se ha devaluado de la noche a la mañana.

La Bolsa cayó el día en que el Predictor dio positivo.

La cuestión es que si yo hubiese leído prensa del corazón o hubiera sido asidua a los programas de cotilleo, a aquellas alturas ya sabría que David se casó en su día (o lo había pretendido) con una actriz de poco prestigio pero bastante popularidad y que ambos eran tema recurrente del couché, siempre dando la imagen de pareja envidiable: jóvenes, guapos, exitosos y enamorados. Imagen que a ambos les convenía vender.

Y cuando esta imagen se desmoronó David lo pagó carísimo, porque Nutrespan, la compañía alimentaria que esponsorizaba la serie, y cuyo presidente y dueño absoluto era un self made man numerario del Opus Dei en la más rancia tradición Ruiz Mateos, exigió a la productora que rescindieran el contrato a la joven estrella para no continuar dañando la imagen del producto. Así que los guionistas le buscaron rápidamente a Rubén, su personaje, un máster y una novia en los Estados Unidos, poniendo punto final a su fulgurante carrera televisiva.

El escándalo fue mayúsculo. Todos los programas de cotilleo y las revistas del colorín se hicieron eco de la noticia. Media España sabía mi nombre y por unas semanas me hice más famosa que el perdido carro de Manolo Escobar.

Y me vi también en las mismas de David, porque la cadena de radio en la que yo colaboraba era propiedad de un grupo mediático católico, de forma que mi trabajo estuvo pendiente de un hilo. Y si no me echaron con cajas destempladas fue porque el director del programa, un sesentón católico y sentimental como Bradomín y al que sospecho ligeramente enamorado de mí, se negó en rotundo a firmar mi carta de despido y dijo que si me despedían a mí tendrían que despedirle de paso a él, y como el popular locutor y periodista tenía un contrato blindado y llevaba más de cuarenta años trabajando para aquella sacrosanta casa, a la cadena le podía salir carísimo prescindir de mis servicios, lo que hizo que se lo pensaran dos veces.

A mi madre casi le dio un infarto, literalmente, porque sufría del corazón, y hubo que ingresarla de urgencias aquejada de una taquicardia. Mi padre no me habló durante muchísimo tiempo. Dos editoriales dejaron de llamarme/atenderme. La editora de una de ellas me explicó, en petit comité y muy amablemente, que desde dirección le habían exigido que mi nombre no se relacionara con ellos, ya que querían mantener una imagen de «seriedad literaria». En cristiano: que ya podía despedirme de mis traducciones y mis encargos de edición. (Se trataba de la misma empresa que, en la entrevista para escoger a la editora de libros infantiles, había incluido la pregunta «¿Te consideras decente?». Esto me lo contó después la propia editora, que acabó contratada porque había respondido con un sí meridiano y sin asomo de titubeo, no tanto porque se considerase decente como porque necesitaba el trabajo.) De la otra editorial, directamente, nunca más supe. Y en la calle ocurría lo mismo: en el banco, en el que siempre me habían dispensado un trato exquisito, se portaban de lo más gélido conmigo, situación no muy agradable cuando estás en pleno papeleo de renegociación de la hipoteca y encima no tienes avalista y tus ingresos fijos demostrables son bastante exiguos. Y ojo, si estás pensando que por aquel entonces ya tenía el libro publicado, debo recordarte que apenas acababa de salir la primera edición y yo aún no me había revelado como una escritora supervendedora (me temo que el escándalo de Cita contribuyó a disparar las ventas del libro, y luego el boca a boca hizo el resto), por lo que debía seguir manteniendo mi trabajo semanal en la radio, llamar con insistencia a las editoriales proponiéndoles nuevos libros del tipo de Enganchadas y, por supuesto, pasarlas canutas para pagar las mensualidades de la hipoteca. Los vecinos, si me encontraban en el ascensor, miraban a otro lado. Incluso el portero del karaoke/bar de alterne que está al lado de mi portal me ponía mala cara y desviaba la mirada cuando yo pasaba frente a su local.




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