Un milagro en equilibrio



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4 de octubre.


No acabo de entender por qué, si tanto se han esforzado la naturaleza y la evolución en diseñarte de forma tan atrayente (tanta oxitocina, tanto efecto Bambi, tanto delinear hasta el milímetro la disposición de los rasgos faciales...), luego se han cargado el invento con la puñetera contrapartida esa de que cada tres horas haya que alimentarte, sacarte los gases y cambiarte el pañal. Desde luego, menudo demiurgo chapuzas.

En principio tu padre y yo habíamos acordado establecer un sistema de turnos, que no hemos cumplido porque entre nuestras virtudes no destaca, esencialmente, la de la organización (detalle que tendrás ocasión de descubrir en cuanto crezcas), y porque resulta imposible en la práctica que uno te atienda mientras el otro duerme, ya que el demiurgo evolutivo que tan ¿bien? te diseñó decidió que tu llanto se registrara en una frecuencia que el oído humano no puede ignorar, algo así como los silbatos de ultrasonidos para el adiestramiento canino, de forma que cada vez que lloras nos acabamos despertando los dos, con el resultado de que, por la mañana, estamos ambos muertos de cansancio e irritabilidad. Y eso que tú eres una niña de lo más buena, que pide educadamente su biberón con un ¿gueeeeé? interrogativo casi inaudible, que se traga toda la leche sin rechistar y se queda dormida casi en seguida, pero a pesar de eso te tomas tu buena media hora en beberte tus obligados sesenta mililitros, media hora que se extiende a veces hasta la hora entera, o más, si además resulta que hay que cambiarte el pañal.

Y a veces me siento tan agotada que todo el amor que siento por programación genética, subidón de oxitocina o lo que sea, parece disolverse como por ensalmo, y entonces me encuentro preguntándome quién diablos me encargó a mí meterme en semejante berenjenal, cuándo desaparecerá esta barriga fofa y abultada que me ha quedado como recuerdo del embarazo, si alguna vez volveré a salir o tener vida privada de algún tipo o a disfrutar de tiempo para escribir. Y me pregunto también si tal vez, de la misma manera que tú estás diseñada para enamorar, yo no estaré diseñada para vivir una vida normal, teniendo en cuenta que últimamente de cualquier grano de arena hago una montaña y que, más o menos, así me he sentido siempre durante toda la vida. Y si casi no soy capaz de cuidar de mí misma, ¿cómo voy a ser capaz de cuidar de un bebé?

Mi vecina Elena, esta chica que te ha traído kilos de ropa que vas a heredar de su hija Anita (la misma que nació como resultado de una noche de amor y de una indigestión), dice que a los bebés se los quiere por una pura cuestión marxista: la inversión que se hace en tiempo y dinero en ellos es tan grande que luego uno no puede permitirse despreciar el resultado. Hasta los afectos responden a la economía de mercado.


Habían pasado unas dos semanas desde la visita al profesor cuando un periodista se presentó en casa para hacerme una de las primeras entrevistas a propósito de Enganchadas, que se acababa de publicar y ni era todavía un éxito editorial ni nadie sospechaba remotamente que algún día llegara a serlo. Al terminar acabé invitándole a un café porque me di cuenta de que al pobre le había apetecido tan poco hacerme preguntas como a mí responderlas. Él lo había hecho por dinero, y yo por educación. Cuando desconectó la grabadora y se relajó, me explicó que, aparte de trabajar para el semanario en el que aparecería nuestra charla, escribía también en una revista sobre parapsicología, y no lo hacía por dinero, sino porque de verdad le interesaban los temas esotéricos. De ahí a contarme que sabía echar las cartas y ofrecerse a hacerme una tirada no mediaron tres sorbos de café. Yo, que siempre había oído que para que las cartas digan la verdad nunca debes pedir que te las lean, ni mucho menos pagar por que lo hagan, pues el lector debe ofrecerse él mismo a echarlas desinteresadamente, acepté la propuesta del periodista, más por curiosa que por crédula, y escuché cómo, según él, las cartas decían que estaba viviendo una relación que no me convenía pero que, a partir del mes de septiembre, el curso de aquella historia iba a llegar a una encrucijada porque una mujer morena iba a interferir para acabar con ella. Y a partir de septiembre, siempre según las cartas —o según quien las leía o decía leerlas—, me tocaría a mí decidir si seguir o no. Y si no quería seguir, me dijo, tendría que escribir con tinta negra el nombre de mi pareja en un papel blanco, enrollar acto seguido el papel y meterlo dentro de una botella, sellar ésta con cera negra y enterrarla después en un lugar por donde yo supiera que no iba a volver. Así le transferiría la historia y el amor a la mujer morena pues, según me explicó, no hay mejor magia para librarse de una relación de inconveniencia que pasársela a un tercero.

Sorprendentemente, me vino a decir lo mismo, aunque con distintas palabras y metáforas, claro, que el profesor tío segundo o lo que fuera de Consuelo, que me había asegurado que los maltratadores son codependientes, que necesitan a su víctima porque sólo humillando a una persona se sienten reforzados y compensan su complejo de inferioridad. Por eso no pueden estar solos. Y por eso casi nunca sueltan a una presa si no han encontrado otra con que sustituirla. Ya esa necesidad que se enciende en la entrepierna como una llamarada y que incendia la razón la llaman amor, y dicen muero de amor porque mueren de la urgencia de la piel de otro, de verse reflejados en los ojos de otro. Pero hablan de un amor hecho a su propia imagen, lo invocan con triste acento de suspiros y lágrimas pautado, y a quien quiera escucharles le dicen y repiten cuánto sufren, cuánto aman, porque se han convertido en ridículos espías de los pasos de otro, en implacables jueces que condenan sin pruebas, y es que no en vano al niño amor lo pintan ciego, que ya lo dijo Tirso de Molina, porque ve lo que quiere ver y lo que inventa, y a veces lo que se llama amor es desvarío. Desvarío y cadenas.

Efectivamente, antes del verano intervino una mujer morena y este hombre me dejó. Ya me había dejado muchas veces, pero en todas aquellas ocasiones yo le había perseguido para que volviera, convencida de que si lo hacía, si finalmente le tenía para mí sola y conseguía vivir con él para embarcarnos ambos en una relación «normal», me redimiría a sus ojos, a los míos y a los del mundo, y dejaría de ser la mala que él decía que era, la mala que yo creía ser y la mala por la que muchos de nuestros amigos comunes me tenían, siempre creyendo lo que él, hecho un mar de lágrimas, les contaba cuando se los encontraba de copas. Aquéllos eran los amigos que tomaban partido resuelta y alegremente por el ofensor para convencerse así de que, en realidad, en aquella historia no había ofensa ninguna y sí mucho teatro, y de que no estaban, por tanto, obligados a intervenir. El caso es que yo me había empapado de esa imagen de mí misma hasta tal punto que llegué a olvidar quién era realmente y, al no quererme en absoluto, no hacía otra cosa que sabotearme. Repetía de nuevo el viejo esquema: dentro de una, dos, y las dos enfrentadas.

5 de octubre.


Olvídate de la oxitocina y del efecto Bambi y de todas esas puñetas. Hace un minuto me he estado planteando seriamente darte en adopción o hacerte beber una infusión a base de cogollos de la planta de marihuana que hay en la terraza (que creció casi por casualidad, sin que nadie se ocupara de ella, y con la que ahora no sabemos qué hacer, porque yo no tengo ni idea sobre recolección o procesamiento de las hojas o de los cogollos, y tu padre menos). Te has tirado toda la mañana llorando, y cuando ha quedado claro que no era ni porque quisieras comer (me has escupido la leche a la cara indignadísima) , ni porque te faltara el chupete (que también me has escupido), ni porque tuvieras el pañal sucio, he descubierto que lo único que querías, pequeño bulto cagón y mimado, es que te tuviera en brazos, así que estoy escribiendo contigo encima, situación enormemente incómoda para mí pero que a ti parece encantarte, porque ahora estás calladita como una santa, mirando alternativamente a tu madre y al teclado con mucha atención, como si te estuvieras planteando seriamente la posibilidad de seguir, en un futuro, los pasos de la que te parió (visto lo visto, te lo desaconsejo de corazón).

Tengo un libro que me regalaron cuando me quedé embarazada en el que se afirma que en casos así no debería cogerte de ninguna de las maneras, que lo que tendría que hacer es dejarte llorar en tu cuna hasta que te callaras de puro agotamiento. Yeso mismo es lo que viene a decir también mi madre. Vale. Pero yo estoy segura de que el doctor que escribió tan sádico manual no se habrá sacado su flamante carrera de Medicina dedicándose precisamente a cuidar a bebés, y estoy segura también de que a sus propios niños los habrá cuidado o su señora o la chacha, porque a ver quién es el guapo que tiene corazón o estómago para dejar a un bebé de dieciséis días llorando desconsolado.

Yo no, desde luego. Primero, porque cuando lloras tus berridos se me cuelan en los tímpanos y amenazan con provocarme la peor jaqueca de mi vida. Segundo, porque me asaltan dudas sobre si no iré a provocarte un tremendo trauma infantil y de mayor seré yo la responsable de que te hayas convertido en una skinhead, una asesina en serie o una especuladora inmobiliaria. Lo digo porque he leído en otros libros, escritos por doctores que nada tienen que ver con el anterior, que los niños a los que se deja llorar sin proporcionarles consuelo aprenden que no pueden generar una respuesta de su medio ambiente, que a nadie le importan sus necesidades, que están solos frente al mundo. Parece ser que, según los estudios realizados por no sé qué universidad yanqui (estos estudios siempre los realizan las universidades yanquis, que son las que tienen presupuesto para gastárselo en martirizar a bebés), los niños que presentaban un mayor nivel de desarrollo cognitivo y socio-emocional tenían mamas muy reactivas, es decir, madres que respondían a la más mínima señal con la que sus hijos intentaran captar su atención.

O sea, que lo que para mi madre y para según qué doctores que creen saberlo todo sobre crianza de bebés es ser una exagerada y una histérica, para otros se llama ser reactiva. Y, si bien es cierto que la opinión de mi madre cuenta para mí más que la de un galeno que ni siquiera ha cuidado de sus hijos —no sólo porque madre no hay más que una, sino también porque mi madre sí ha criado cuatro retoños y lo ha hecho ella sola, sin ayuda de chacha o de cónyuge—, me consta que, por mucho que ella me diga que no te coja en brazos, no aplicaba la teoría con sus propios bebés, al menos conmigo, que era, según las crónicas familiares, un bebé berreón como el que más que se pasó los primeros años de su vida mecida por mi mamá primero y por tíos, tías, amigas y cualquier vecino que pasara por allí después. Ese bebé creció y se convirtió en tu madre, la madre que te escribe ahora, aprovechando esta media hora bendita en que ¡por fin! duermes como el bebé que eres.


Una noche de septiembre aquel amante, influido, según supe más tarde, por una mujer morena con la que por entonces tonteaba, me llamó para decir que lo nuestro se había acabado y que no quería verme más, afirmación hecha en el mismo tono y con las mismas o casi idénticas palabras con las que me había venido a decir lo mismo más o menos una vez al mes durante cuatro años. Así que, como más o menos una vez al mes durante cuatro años, me encontré en la barra de un bar de Lavapiés que llevaba y lleva aún el profético nombre de La Ventura, ahogando solitaria mis penas en alcohol cuando, como ocurría casi siempre más o menos una vez al mes durante cuatro años, se me pegó un individuo de esos que acuden como moscas a la miel en cuanto ven a una tía sin compañía bebiendo, por más que la susodicha les deje claro cien y ciento cincuenta veces que quiere seguir estando sola, sola y sola.

El tipo en cuestión llevaba una pinta que llamaba la atención incluso en aquel bar donde hasta el más extravagante aliño indumentario (que diría Machado) resultaba poco vistoso habida cuenta de la infinidad de crestas, pelos de colores, piercings, peinados rastas, minifaldas cinturón, maxifaldas jipiosas, pantalones de comando y monos de pintor que por allí se veían. Iba vestido con una especie de túnica bordada y llevaba una barba larguísima que inducía a elucubrar sobre cómo demonios podía comerse aquel señor, por ejemplo, un plato de espaguetis, aunque la verdad es que tenía aspecto de alimentarse sólo de zumos o de aire, de tan delgado como estaba. Se plantó a mi lado en la barra y acto seguido, interpretando como invitación a la conversación un gruñido emitido por mí que en realidad quería decir «déjame en paz», me largó un rollo incomprensible sobre el sentido de la vida, rollo que le aguanté sólo porque pensé que al menos se le veía tan concentrado en lo divino que no parecía muy factible que le diera por pasarse a lo terreno, y que mientras no intentara abalanzarse sobre mí, probablemente disuadiría con su presencia a otros que sí pudieran intentarlo. Y allí estábamos, él perorando sobre algo así como el Todo Cósmico que debe ser Todo lo que realmente es y del que nadie sino el Todo mismo puede comprender su ser y yo apurando copa tras copa sin molestarme siquiera en poner cara de que el tal Todo Cósmico o lo que fuera o dejara de ser me interesara poco o mucho, cuando en éstas, y sin venir a cuento, el tío rebusca en una especie de bolso que llevaba colgando y que era lo más parecido al jubón de Frodo Bolsón y extrae de él una especie de cajita redonda que brillaba, me coge la mano, me la abre hasta hacerme extender la palma, me pone allí la cajita y me dice: «Toma, para ti.» Y en ese momento se marcha sin decir más y sin darme tiempo siquiera a pedirle que pagase su zumo (claro que bebía zumo, ¿qué esperabas?), y es entonces cuando me fijo en la cajita, y al abrirla me doy cuenta de que lo que me ha regalado es una brújula.

A la mañana siguiente llamé al mismo periodista que me había leído las cartas para saber cuándo iba a salir mi entrevista publicada, y no sé cómo acabé por contarle la historia de la brújula. Él me dijo que sin duda aquello era una señal que significaba que yo había perdido el Norte y que debía encontrarlo de nuevo, y sus palabras me hicieron pensar que quizá me convendría tomar una bifurcación y dejar así de seguir la senda que me iban marcando los pasos de aquel hombre por el que estaba tan obsesionada.

Por cierto, desde entonces he vuelto miles de veces a La Ventura, pero no he visto al tipo raro de la barba y la túnica. Casi llegué a creer que había soñado ese encuentro, que no fue más que una alucinación de borrachera, pero aquí está la brújula sobre la mesa de mi estudio para confirmar con su presencia la realidad de la historia.

El caso es que tomé la decisión de no perseguir a aquel hombre, de no llamar, no presentarme en su casa, no enviarle cartas, no escribirle poemas, no extrañar el calor de sus manos, el olor de su cuerpo, el reflejo del mío en su mirada. Antaño, siempre que había recurrido a una de esas tácticas, él había vuelto a mi lado con la misma actitud de quien te hace un favor, de quien te salva la vida porque le das pena y porque si él no vuelve contigo te quedarás sola, ya que no vas a encontrar a otro que te aguante teniendo en cuenta lo loca que estás y lo mala persona que eres. Sin embargo esta vez no hice nada por recuperarle, más bien al contrario. ¿Cómo decía el tango? «De pie, sobre el más negro, el último peldaño que alcanza mi existencia, el más débil y oscuro, desde allí, con tristeza, contemplo tu partida y dejo que te vayas...» Y así, escribí su nombre con tinta negra en un trozo de pergamino, la caricia deseada, dos sábanas, dos piernas, lo enrollé, lo introduje en una botella, la sellé con la cera de una vela negra derretida para la ocasión, la metí en el bolso junto con un cucharón de sopa, el monedero y las llaves, lavé mis manos sucias en las tranquilas aguas de la esperanza buena, cogí el metro, quijotesca y absurda emprendí la cruzada, me bajé en la estación de Cuatro Vientos —a la que nunca regresé—, busqué un descampado, arrastrábamos juntos un pasado de ruinas, cavé un hondo agujero con ayuda del cucharón, enterré la botella, tu mente estuvo grávida de oscuros apetitos, y regresé a casa decidida a no volver a mencionar jamás, ni siquiera por escrito, el nombre de aquel hombre, el mismo que ya nadie lee en un papel encerrado en una botella enterrada en un descampado en la zona de Cuatro Vientos, y dejo que te vayas, y dejo que te vayas...

6 de octubre.


Mi vecina Elena (la misma que vomitó el Ovoplex y que detecta en los catálogos las tripas retocadas con aerógrafo) me contó que cuando quería barrer la casa no le quedaba otro remedio que colgarse a Anita de la mochila de paseo porque si la dejaba en la cuna o en el cuco no paraba de llorar. Ahora mismo, por cierto, has cerrado los ojos y esbozado una sonrisa de profunda satisfacción sin que te preocupe lo más mínimo la escoliosis que me estás causando (o que más bien estás agravando, porque ya me la había causado antes el embarazo y mi consiguiente transformación de chica tetona en monstruo de feria). Y sí, sonríes, sonríes desde que naciste.

Sonríes por mucho que la gente se empeñe en repetir —presuntamente cargada de razón— que los bebés sólo pueden sonreír a partir de las seis semanas, según afirman los médicos y los psicólogos.

Tú sonríes cuando estás tranquila o cuando te despiertas y me ves, momento en que me dedicas un festival de guiños y balbuceos, supongo que para hacerte perdonar los lloros con los que arremeterás más tarde. Pareces encantada y aliviadísima al comprobar que no he desaparecido por la noche. Debe de darte mucho miedo perderme, porque tu padre asegura que cuando dormimos siempre estás agarrada a un rizo de mi pelo o tocándome la cara para comprobar que sigo ahí. (Sí, duermes en mi cama, práctica radicalmente desaconsejada por el inevitable doctor que escribe libros, pero después de despertarte a las tres de la mañana te niegas en rotundo a volver a tu cuna, y no estoy yo a esas horas como para intentar hacer entrar en razón a un bebé, así que te acuesto conmigo, única forma de que aguantemos las dos tranquilas hasta las siete.)

A los que dicen que no puedes sonreír (a los de antes) les respondo con estos dos argumentos: el primero, que si puedes llorar y hacer pucheros no veo por qué no vas a poder sonreír, si al fin y al cabo el mismo esfuerzo supone curvar las comisuras de los labios hacia arriba que hacia abajo. Y el segundo, que hace poco un científico inglés probó, gracias a las ecografías de última generación, que los bebés sonríen ya en el vientre de su madre, con lo cual resulta evidente que la sonrisa es un gesto innato y no un reflejo aprendido, hecho que de todas formas ya se daba por sabido porque los bebés ciegos sonríen. Además, hace nada unos japoneses probaron también que los fetos de cuatro semanas ya tienen actividad cerebral y responden a estímulos externos (lo vi hace muy poco en el telediario). Es como cuando, por fin, la ciencia médica reconoció que los fetos pueden comunicarse con la madre desde el útero después de siglos de hacer oídos sordos a todas las madres que afirmaban lo evidente: que el niño respondía tranquilizándose si ellas le hablaban o pegando patadas si ellas lloraban, error médico producto de una sociedad machista que prefería hacer caso a doctores varones que nunca han estado embarazados antes que a mujeres que sí sabían de lo que hablaban. El silencio de unas afirma las causas de otros.


Y así acabó una relación que había durado cuatro años y que apenas me dejó nada, ni huellas, ni pisadas tras de sí. En la distancia, ahora, parece como si se tratase de una historia que le sucedió a otra, algo leído en una novela barata, un enredo tonto y predecible alrededor de una mujercita boba y sufridora de las que suelen protagonizar los telefilmes de sobremesa.

Miento, algo dejó aquella historia: un miedo terrible a volver a amar, indeleble veneno de experiencias pasadas.

Aquel problema en particular, el que tenía nombre de varón, había acabado, pero eso no quería decir que mi vida estuviera libre de problemas. Sólo acudí una vez al grupo de apoyo de maltratadas que el profesor me había recomendado, y no tuve valor para decir qué me había llevado allí, una vez más me excusé en la presunta labor de documentación para un futuro libro (Maltratadas: el retorno, supongo) . Las historias que escuché eran tan parecidas a la mía que casi daban miedo. Hombres que bebían mucho, que negaban abiertamente los ataques utilizando este mecanismo de luz de gas para que su mujer acabara pensando que era ella la que estaba loca; hombres que atribuían a su mujer la responsabilidad de sus propias conductas; hombres que nunca escuchaban, que no daban cuentas, que no respondían a las preguntas, que manipulaban las palabras de su mujer y las usaban contra ella misma, echándoselas a la cara en las discusiones como armas arrojadizas; hombres que no expresaban sentimientos ni respetaban los ajenos; hombres que nunca ofrecían apoyo en momentos de crisis; hombres que recurrían en los conflictos a los comentarios degradantes, a los insultos, a las burlas o a las humillaciones; hombres con los que cualquier intercambio de opiniones degeneraba en una pelea mayúscula pues no permitían que nadie les llevara la contraria; hombres que insistían en considerar a su mujer desequilibrada, estúpida o inútil excepto cuando ella estaba a punto de dejarlos, momento en que parecían olvidar lo poco que la valoraban; hombres que un día las miraban con desprecio y las culpaban de todos sus males para considerarlas al siguiente sus únicas razones de vivir, y vuelta a empezar después, adorándolas y odiándolas alternativamente, en un continuo subeybaja emocional que las dejaba desconcertadas e indefensas, incapaces de reaccionar ante los insultos y las amenazas; hombres siempre celosos, que nunca ofrecían explicaciones de sus actos, que se hacían las víctimas en público asegurando que eran ellas las celosas, las posesivas, las agresivas, las histéricas; hombres cuyo control estaba siempre justificado por las buenas intenciones y mujeres que siempre acababan por justificarlos y que aseguraban que, a pesar de todo, seguían queriéndolos. Exactamente igual que yo. Pero no, yo no era una maltratada, a mí nunca me habían pegado, yo no era una maltratada.

7 de octubre.


Esta mañana el efecto sedante de la oxitocina brilló por su ausencia y casi me entra un ataque de nervios. Y esto me pasa por soberbia. Cuando vino a casa Elena, la vecina, a traer el saco de ropa que has heredado de Anita, estuvo hojeando el libro Vamos a ser padres, que es una de las doce (sí, doce) obras sobre embarazo que devoré mientras te llevaba dentro, y entonces leyó en voz alta un párrafo que venía a decir que casi todas las mujeres experimentaban depresión posparto, aunque a unas les duraba un día y a otras una semana. Y yo fui tan estúpida como para pavonearme de que no había tenido depresión posparto ni parecía que la fuera a tener. Pues bien, esta mañana, en el mismo momento en que estaba ordenando la ropa que Elena ha traído, me he encontrado de pronto pegándole gritos a tu padre por una estupidez tan grande como que no encontraba el conector del teléfono (que se había llevado mi amiga por equivocación, como descubriría más tarde) y de pronto me puse a llorar a moco tendido y a berrido limpio porque a mi alrededor todo está hecho un asco y porque me siento incapaz de ocuparme a la vez de poner orden en la casa, en tus horarios, en el correo y en todas las facturas que me esperan acumuladas sobre mi mesa de trabajo, y porque debo una pasta a Hacienda, y porque al paso que vamos tú vas a acabar heredando mi hipoteca y no sé cómo demonios voy a poder pagarla, y porque estoy cansada, y porque me duele mucho todo el cuerpo, y porque quiero una niña que no pida estar todo el día en brazos y un compañero con un trabajo y unos ingresos, que no me deje sola cada mañana contigo porque se marcha a un curso de español, y porque tú, al verme llorar, te pusiste a berrear también, y porque aquello había derivado en un pandemónium atronador de berridos. Así que te dejé en brazos de tu padre y me fui a llorar a mi cuarto. Y lo que me avergüenza reconocer aquí es que llegué a tener celos de ti, porque tu padre se dedicó a intentar consolar tu llanto y no el mío. Lo mismo que hizo en el paritorio: cuando por fin saliste, después de que yo me hubiera tirado mis buenas veinte horas dilatando, se fue inmediatamente tras de ti, con el pediatra y la comadrona, y no me hizo maldito el caso. Ni felicitaciones, ni loas ni alabanzas por el valor demostrado, ni siquiera una sonrisa de comprensión y apoyo. Desapareció en tu estela, hechizado como una rata tras el flautista de Hamelín.

En fin, que allí me quedé, tirada en la cama, hundida en la más negra ciénaga de autocompasión, hasta que recurrí a un libro que me leí como unas cinco veces mientras estaba embarazada y en el que busqué los síntomas que se supone describen la depresión posparto y que, siempre según la señora autora, son:

— Estoy siempre irritable.

— No puedo dormir.

— Me cuesta pensar.

— Estoy siempre nerviosa.

— Tengo náuseas.

— Me siento culpable.

— Me siento fea.

— Mi vida es un fracaso.

— Ya no me interesa el sexo.

— Lloro a la mínima.

— Todo me preocupa.

— No puedo dejar de comer.

— Estoy siempre cansada.

— Todo me da miedo.

— Me siento sola.

— Me siento avergonzada.

— No siento nada.
(Aprovechando que parecías haberte quedado dormida te he dejado en tu cuco y me he levantado a desayunar —es la una y diez y no he podido hacerlo hasta ahora porque no he sabido cómo desenvolverme contigo en brazos— y a hacer la comida. A los diez minutos te has puesto a chillar histérica porque, no sé cómo, ni merced a qué extraño radar interno, te has dado cuenta de que me he ido y no te has callado hasta que me has visto llegar para cogerte en brazos, bicho chantajista.)

La verdad es que los síntomas que describen la depresión posparto me los podía haber aplicado a la depresión preparto, pues más o menos durante todo el embarazo me sentí fea, gorda, confusa, asustada, nerviosa, sola, fracasada, llorosa, mareada, irritable, cansada, avergonzada... Eso sí, no se aplica el «me cuesta dormir» porque a mí no me costaba lo más mínimo, es más, no deseaba otra cosa que dormir, soñar acaso, que diría Hamlet, y me quedaba traspuesta a la mínima, en cualquier parte, en el tren, en el autobús, en salas de espera de aeropuertos, frente a la tele o en mitad de la lectura de un libro que acababa por caérseme de las manos.

Yendo más lejos, podría incluso decirte que los síntomas antes expuestos describirían cómo me he sentido durante prácticamente toda mi vida: fea, gorda, confusa, asustada, nerviosa, sola, fracasada, llorosa, irritable, cansada, avergonzada... eso sin estar embarazada ni recién parida.

Y es que la otra que llevaba dentro de mí no dejaba de darme la brasa todo el día: «¿Por qué no comes, Eva? Para adelgazar. Pero, ¿para qué adelgazas, Eva? Coño, aquí me has pillado. ¿Para qué adelgazo? ¿Para estar guapa? No, porque con el complejazo de tetona que tengo nunca me voy a sentir guapa. ¿Para gustarme un poco más? No, porque me odio de cualquier manera. ¿Para gustar a los demás? No, porque no les voy a gustar de ninguna manera. No sé para qué quiero adelgazar. Entonces, ¿quieres adelgazar, Eva? Creo que no quiero adelgazar, simplemente quiero no comer. ¿Quieres morirte, Eva? A veces. ¿Ahora te quieres morir? Ahora no, porque estoy escribiendo. ¿Cuando dejes de escribir querrás morirte? Puede que sí. ¿Hasta dónde quieres llegar, Eva? No lo sé. ¿Quieres desaparecer? Sólo a veces. ¿Crees que estas preguntas que te hago te sirven de algo? Lo cierto es que no. ¿Entonces por qué me prestas atención, por qué sencillamente no cierras los ojos, piensas en otra cosa y me haces desaparecer? Porque no puedo controlar esa parte de mí que me habla, me interroga, me juzga... O sea, porque no puedo controlarte a ti. ¿Quieres que desaparezca? No, porque me dejarías sola. ¿Crees que un psiquiatra te puede ayudar? No o al menos no podría si yo no pongo de mi parte. Perfecto, entonces, ¿estás dispuesta a poner de tu parte, Eva? No.»

Y así la otra que llevo dentro, porque siendo una soy también dos, me machacaba y me machaca, y no tiene pues nada de extraño que entonces y ahora me sintiera como me siento: fea, gorda, confusa, asustada, nerviosa, sola, fracasada, llorosa, irritable, cansada, avergonzada. ¿Por qué? Porque me lo merezco. Porque yo lo valgo. Porque hoy es hoy.

¿Es esto una depresión posparto?

Copio del libro: «La depresión posparto afecta entre el cincuenta y el ochenta por ciento de las mujeres en el primer mundo y repercute en un tremendo síndrome de abstinencia pues, después de que nazca el bebé, se produce un drástico descenso hormonal. Los niveles de estrógeno en sangre, que se habían elevado hasta el mil por ciento durante el embarazo, caen, un día después del alumbramiento, hasta los niveles normales.»

Y el efecto de un cambio tan radical (esto te lo explico yo, que el libro no lo dice) es el mismo que el de un síndrome premenstrual, pero multiplicado por un millar. Por otra parte, la placenta ha estado durante nueve meses estimulando la producción de endorfinas, que son opiáceos naturales, es decir, Prozac de lujo no imitable en laboratorio. Así se explica por qué tantas toxicómanas pueden dejar de tomar drogas durante el embarazo sin esfuerzo aparente (fenómeno de cuya existencia me enteré cuando entrevisté a las chicas de Enganchadas), o que las anoréxicas y las bulímicas vuelvan a alimentarse de forma normal durante los nueve meses de gestación. O cómo yo, que había recurrido sin éxito a todo tipo de métodos para dejar de beber, desde la hipnosis al autoencierro, no bebiera ni una sola gota de alcohol desde el día en que me tomé dos copas de vino con Consuelo para celebrar la noticia y vomité hasta la primera papilla. Pero cuando una pare, amén de expulsar al bebé, expulsa también la placenta, así que, tras el parto, adiós a la producción extra de endorfinas y vuelta a tu antigua vida.

Según esto, la depresión posparto no es otra cosa que un mono de endorfinas y de estrógenos agravado por factores como la falta de sueño, el cambio hormonal, el aislamiento, el cansancio y el lógico temor ante el cambio de vida radical que se avecina, y en base a esto, los hechos acaecidos y el exterior circundante nada tienen que ver con la tristeza.

Conclusión (aplicable a todo el género humano): la tristeza es una sensación antes que una reacción. Lo razonable nada tiene que ver con lo sensible.


Dicen que el verdadero sabio es el que aprende a ser feliz, o al menos a ser sereno, porque dispone su vida acorazándola desde la razón de modo que los desaires y desastres le afectan en lo mínimo posible. Pero no son tanto los acontecimientos como la forma de percibirlos lo que nos hace felices o desgraciados, y en la percepción no cuenta tanto la razón como la sensación. O sea, que uno no es feliz porque sepa que tiene motivos para serlo, es feliz porque así lo siente, y así lo siente en función de factores que se nos escapan, que tienen mucho más que ver con la biología o con el plan divino que con nuestras propias y pobres armas racionales. De forma que ¿habría que aislar el momento, ser feliz cuando se puede, enjaular al pensamiento en la sensación excluyendo cualquier otra aspiración? No, no creo. El único modo de superar la sensación es mediante la razón, decirse «esta sensación no es real, no responde a un motivo serio y, por tanto, debo sobreponerme». Lo que me aterra de todo esto es que cuando llegue a ser feliz piense lo mismo, que te mire y me diga: «este amor no es real, no es más que un truco biológico». Pero entonces toda la vida, Mi vida, lo bueno y lo malo, no sería más que una ilusión o un fantasma. Porque si repudiamos el sufrimiento, abdicaríamos también de la felicidad: es la teoría del yin y el yang.

En cualquier caso, déjame decirte que depresión, lo que se dice depresión aguda, ya la había vivido antes de gestarte, y que además, si tomamos como indicadores los antes citados, resulta que yo me he pasado media vida deprimida. Y que, sinceramente y con la mano en el corazón, por mucho que ahora esté irritable e histérica y haya momentos en que me pongas de los nervios, creo que me prefiero ahora a como estaba antes de tenerte, y resulta increíble pensar que no querría mejor vida que estos lentos minutos pasados junto a ti, esta inacción sin salidas, enganchada al teclado y a tus berridos, este abandono de antiguos propósitos formados y ahora inconcebibles desde que tú existes. Este ocaso de la voluntad, antaño dispersa entre tantos esfuerzos vanos y ahora centrada en tu presencia y en lo que sobre tu presencia escribo.


Para cuando leas esto ya te sabrás de memoria el cuento de Blancanieves (porque yo me encargaré de contártelo por las noches) y ya sabrás que su madrastra tenía un espejo mágico en el que se miraba todas las mañanas (It was a mirror framed in brass, a magic talkinglookingglass...) y al que le preguntaba quién era la más bella del reino. Invariablemente, una voz desde el azogue le contestaba: «Tú, mi reina.» Hasta el día en que el espejito de marras, harto de repetirse, se salió por la tangente y le dijo aquello de que su hijastra era más bella. Y en ese mismo instante comenzó la ruina de la reina.

Todas las brujas tienen un espejo. También tienen, puestos a enumerar, una vara, un pentáculo, una campana y una daga. ¿Y una escoba? No, la escoba no es necesaria, en realidad era una forma de esconder la vara de avellano, por si se pasaba por casa un inquisidor, tú ya me entiendes.

Ahora cualquiera tiene un espejo, pero entonces, en los tiempos de Blancanieves, los espejos eran raros y caros. Mucha gente moría sin haber visto nunca su propio reflejo, sin saber cómo era su cara.

¿Y por qué tenían las brujas un espejo? Porque el primer conjuro que una bruja debe realizar es el de encantarse a sí misma en los dos sentidos de la palabra. Debe mirarse al espejo cada mañana y repetirse siete veces (ya sabes que siete es un número mágico, por algo tú naciste a las siete en punto): eres bella, eres adorable, formas parte del universo. Y este primer encantamiento le proporcionará la fuerza suficiente para poder realizar después cualquier otro hechizo.

Muchos terapeutas que nada saben de brujas ni de magia recomiendan lo mismo a sus pacientes. Lo sé porque cuando fui a aquella terapia para mujeres maltratadas se lo escuché a la psicóloga que dirigía el grupo. Había que levantarse cada mañana, plantarse desnuda frente al espejo y decirse «te quiero» a una misma. Como suena.

Yo lo intenté, pero me fue imposible. ¿Cómo iba yo a querer a ese ser deforme, de caderas anchas como el canal de Panamá, con semejantes ubres colgantes y aquellos rollos de grasa que destacaban flácidos allí donde deberían estar los abdominales? Mi espejito me estaba diciendo que yo no era la más bella, y yo era incapaz de decirme «te quiero» porque no me llevaba bien con la chica que vivía al otro lado del espejo, y por eso yo había perdido el poder sobre mí misma y se lo había cedido al primero que vino reclamándolo.

Y por eso me había embarcado en aquella estúpida historia que fue a la vez reposo y amenaza, porque los ojos en los que me miraba un momento eran tiernos y al siguiente reflejaban la fijeza del odio en las pupilas de vidrio, porque el afecto o su necesidad o su deuda acababan por pesar como grilletes, porque se aceptaban con calma los insultos y los gritos cuando pensaba, equivocada, que el rencor dolía menos que el olvido. Pero si alguna vez el deseo ofreció delicias llegaron a la boca envenenadas por el sabor amargo de la desconfianza. Y así vivía exhausta, al borde de morirme de mí misma por recordar al otro a cada instante como el ciego recuerda la luz. Ciega, sí: ya no tenía ojos porque sólo veía a través de los de otro, condenada a repetir en un laberinto de espejos el mismo dédalo sangriento y angustioso que tantas otras amantes dóciles, sumisas, sufridoras y abnegadas recorrieran antes que yo, sin encontrar jamás la salida, sintiéndose como sombra, sin peso, como si la propia presencia fuera apenas vibración leve en el aire inmóvil: retrato, copia, calco, reflejo, refracción de cristal, figura proyectada, doble, eco... pero no yo, no mi persona.

Y para verme a mí misma tenía que desechar todas esas imágenes, y quedarme con la imagen dibujada en la última soledad, en la más íntima, sin fusiones ni dobles. Aquella en la que otro no participara.

8 de octubre.
¿Cómo pretende alguien que escriba si te tengo que tener en brazos todo el rato? He probado a poner el cuco en la mesa, al lado del ordenador, de forma que me puedas ver, pero no es lo mismo. Reinterpretando a Bretón, tú has decidido que «será en brazos, o no será» y ya no es que resulte de lo más heroico teclear y mantener al mismo tiempo en el regazo sin que se caiga una niña que pesa 4,200 kg, sino que además no puedo levantarme para ir al baño o a picar algo o coger el teléfono sin exponerme a una de tus rabietas. Estás perfectamente tranquila hasta que notas que he desaparecido de tu radio de visión, o quizá debiera escribir radio de olfato o audición, porque tengo entendido que lo que se dice ver, no puedes ver mucho, apenas unas manchas de color. Entonces empiezas a llorar: primero unos leves gemiditos de advertencia y luego, si no te he hecho caso, un berrido histérico y desconsolado. Sé que te dormirás plácidamente cuando llegue tu padre, así como hacia las dos, y él te encontrará toda mona soñando tranquilita en tu cuna y por tanto no me creerá cuando le diga que te has pasado cuatro inmisericordes horas despierta, martirizando a tu pobre madre. Tienes suerte de ser tan guapa (y no es pasión de madre, eres un bebé precioso: cuando fuimos a pesarte en la farmacia a todas las señoras, farmacéutica incluida, se les caía la baba), porque si ahora tuvieras la cara de tu prima Laura a tu edad (que parecía, te lo juro, una réplica de ET), seguro que no se te consentía tanta tontería. Lo dicho, y van tres: anatomía es destino.
Muchas de nosotras tenemos que mirar hacia afuera para atrevernos a mirar dentro y esperamos de los demás que nos valoren para poder así valorarnos nosotras mismas, lo que, inevitablemente, nos deja con el regusto amargo de sentirnos utilizadas e invadidas. Y permitimos esta invasión por miedo y por culpa: miedo al rechazo, a no gustar, a no estar a la altura de las expectativas del otro, y culpa cuando no se está. Porque tememos el rechazo de los demás permitimos que violen nuestros espacios y fronteras emocionales. Así confundimos amor con sumisión, intimidad con posesión, afecto con culpa, chantaje con deber, sexo con violencia, control con pertenencia.

Y es que del amor al odio media un paso o un tabique de obra, ya lo decía Chrissie Hynde: There's a thin line between love and hate. De la misma manera, una línea muy difusa hace de frontera entre un abuso y una relación de inconveniencia, y es muy difícil a veces establecer la diferencia, sobre todo si se trata de una diferencia que la afecta a una muy directamente.

Te pongo un ejemplo: en los años ochenta, cuando aún me paseaba por Madrid con la túnica negra y las muñequeras de pinchos, yo era fan pero que muy fan de Prince (antes de que se quitara el nombre primero y se hiciera testigo de Jehová después, y pese a que a Sonia y a Tania les pareciera una horterada) y me vi no sé cuántas veces Purple Rain, que no era exactamente una joya del séptimo arte, pero en la cual, qué diablos, salía Prince en tres cuartas partes del metraje. Pues bien, recuerdo una escena en la que Apollonia Kotero, recién estrenada novia de El Chico (ergo, Prince), se presentaba en la casa de su amor, toda contenta y pizpireta, a regalarle una guitarra y, de paso, a comunicarle la buena nueva: ha sido contratada como corista estrella de un grupo de chicas. Pero resulta que el factótum del grupo no es otro que Morris, el superenemigo de El Chico, así que, sin mediar palabra, El Chico le pega tal bofetón a Apollonia que la tira literalmente al suelo. Primer plano de una estupefacta Apollonia acariciándose la mandíbula no se sabe bien si porque le duele o para comprobar que no se le ha desencajado. Por fin se levanta como puede sobre sus tacones de aguja y se marcha indignada, recomponiendo la postura y la poca dignidad que le queda. Pero ¿te crees tú que se va derechita a la policía a denunciar a El Chico? No, qué va.

Apollonia enfila sin dudar hacia el club de moda para cantar, ligerita de ropa, You are my sex shooter, que es lo suyo. Es más, al final de la peli Apollonia y El Chico terminan juntos y acarameladísimos, como se veía venir (no se iba a quedar Prince solo, vamos, es lo que faltaba), y eso que aún la tira al suelo una vez más antes de que la cinta se acabe. Y nunca, jamás, le pide disculpas.

Y a nosotros, los de entonces, que ya no somos los mismos porque unas viven en Nueva York y con el otro ya no me hablo, no nos parecía que hubiese nada raro en aquella relación. Ni a mí, ni a Sonia, ni a Tania (a las que arrastré al cine pese a sus protestas, y que sólo entraron en la sala cuando comprobaron que ningún conocido del barrio las había visto), ni siquiera a David Muñoz, que se vino a ver la peli con nosotras (pues a él también le gustaba Prince, porque sólo a un hortera al que le gustan Los Secretos y a una tarada como yo les podía gustar Prince, o eso decía Tania) puesto que, a fin de cuentas, estábamos todos más que acostumbrados a vivir historias similares fuera de la pantalla, porque las habíamos visto repetidas en los amores de nuestros padres, de nuestros tíos o vecinos, en los culebrones venezolanos o en nuestros propios rollos de verano. Y no hablábamos de abuso y sí de amor, de pasión o de «qué pedo me cogí anoche, ni te imaginas cómo acabé, qué bronca más absurda...».

Pocos años más tarde se emitió en televisión un programa que presentaba Jesús Puente y que se titulaba «Lo que necesitas es amor». Se suponía que si tu pareja te había abandonado, tú ibas al programa y desde el plató le suplicabas en público la posibilidad de una reconciliación. Luego tu amor emergía de detrás de un decorado con un bonito fondo de violines de acompañamiento y, frente a toda España, te daba un sí o un no, normalmente un sí, que pa' eso estamos en la tele y pa' eso hay un presentador tan majo y que se pone tan contento cuando las parejas se reconcilian. No sé ni cuántos casos hubo de señor que reconocía haber pegado a su legítima pero que decía que aquello era cosa del alcohol y la mala vida y que no lo iba a hacer más. ¿Y tú te crees que alguien le decía a la buena y sufrida mujer: «Cuidado, señora, que un maltratador siempre reincide, que si lo ha hecho una vez lo va a seguir haciendo y que éste que dice que la quiere no la quiere nada y no es más que un hijo puta, por no decir un psicópata»? Pues no, casi siempre se reconciliaban, porque por la época nadie usaba el término maltratador, ni mucho menos el anglicismo ese de «violencia de género», y porque la pobre esposa solía ser una mosquita muerta a la que, después de tantos años de machaque exhaustivo por parte de aquel cabrón, no le quedaban trazas de autoestima ni arrestos, y sí le quedaba un único remedio: creerse de verdad, la muy ingenua o la muy ignorante o la muy ambas cosas, que si su Paco le había declarado su amor delante de toda España y en la tele, es que esta vez de verdad, de verdad de la buena, estaba dispuesto a cambiar.

Para entonces yo ya había tirado la túnica a la basura y había perdido la muñequera en algún bar de aquellos que tenían las paredes pintadas de negro, y ya me había leído algún que otro libro feminista sobre la necesidad de redefinir las relaciones de pareja, y también me había indignado después de ver tres veces el programa, hasta el punto que llegué a enviar enfurecidas cartas a Antena 3 exigiendo el fin de su emisión. Cuando lo explicaba en la facultad o en los bares, compañeros y amigos me tachaban de loca o exagerada, y recuerdo muy bien cómo alguno (el propio David Muñoz, si no me falla la memoria) llegó a decirme: «Una chica que está tan buena como tú, ¿qué necesidad tiene de ir por ahí de feminista?» Ojo, que hablamos de 1995. Anteayer, como quien dice.

Otra sobre la tele. Este mismo año en «Gran Hermano». Yo nunca he visto ese programa, pero no me hace falta, puesto que los momentos estelares los repiten hasta la saciedad en los programas de zapping y uno de esos grandes momentos Nescafé era el que sigue: una chica va persiguiendo por toda la cocina a otra, acosándola verbalmente y yo diría que insultándola: «Porque eres una maleducada y una soberbia y una engreída y... ¡Y no te quedes ahí callada! ¡Hazme caso! ¡Respóndeme!» La otra intenta ignorarla y fustigarla con el látigo de su indiferencia, pero la primera la sigue como un perro de presa hasta que la que era una maleducada, y una soberbia y una engreída se sirve con la mayor parsimonia un vaso de agua en el fregadero y, de pronto, se da la vuelta, y ¡zas!, se lo tira a la cara a la que reclamaba a gritos una respuesta, como si le dijera «aquí la tienes». Recién recuperada del susto, la atosigadora, tan empapada como indignada, persigue a la empapadora a gritos por todo lo largo del pasillo: «¡Hija de puta! ¡Si esto me lo llegas a hacer en la calle te corro a hostias!» ¿Era acoso verbal lo de la una? ¿Fue agresión la respuesta de la otra? ¿Y los gritos finales?, ¿se podían calificar de amenazas? Ni idea, nadie se pronunció al respecto, pero sí te puedo decir que por algo parecido echaron en una edición pasada a un concursante masculino que le pegó un empujón a una chica, en este caso su novia. Por el contrario, en el suceso de la regadora y la regada, la dirección del programa ni echó a nadie ni tomó cartas en el asunto. Se deduce que, por tratarse de dos chicas en lugar de chica y chico, no se exigían paternalismos ni intervenciones.

¿Qué te quiero decir con todo esto? Que a veces es muy difícil encontrar culpables o atribuir responsabilidades o definir qué es amor, qué es masoquismo y qué es la reacción aprendida después de años y años de condicionamiento cultural y/o familiar, porque la mayoría de los humanos estamos condenados a repetir, consciente o inconscientemente, lo que vivimos o aprendimos en la infancia.

O que yo nunca quise verme como una víctima, y creo que esa actitud tampoco me habría ayudado.

¿Y por qué te estoy contando esta historia? Pues porque, como verás más adelante, el hecho de haber tocado fondo en la piscina y remontar hacia la superficie influyó muy directamente en tu concepción. Pero aún no hemos llegado a eso. Ten paciencia, querida, que al fin y al cabo lo inmenso es la categoría de cada minuto, porque cada minuto contiene el germen de otra cosa futura, antesala a su vez de infinitud, y así porque cada cosa inevitablemente lleva a otra y cada minuto al siguiente, todos somos el fruto de los actos —de amor o no, en tu caso de amor— que nos preceden. No puedes entender tu historia si no entiendes primero la mía, aunque en principio no parezca que tengan mucha relación estas líneas que escribo con tu vida.

9 de octubre.


«Octubre es el mes de las buenas manzanas / octubre es el mes de los viejos recuerdos / y todas las cosas buenas suceden en octubre.»

Estos versos los escribí con trece años y los recupera la memoria, porque el cuaderno en el que escribía mis poesías lo tiré hace tiempo para bien o para mal (sospecho que para bien). Pero esta mañana me he levantado con una nube negra encima de mi cabeza y con la impresión de que este octubre será el profético inicio del invierno de mi descontento y que no habrá sol, ni de Madrid ni del Caribe, capaz de animarlo.




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