Un milagro en equilibrio



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Tras las putas, las maltratadas y las anoréxicas, les tocaba el turno, en buena lid, a las drogadictas, y para darles voz hacía falta una periodista que a poder ser hubiese colaborado en revistas femeninas. La verdad es que yo en realidad soy filóloga, pero teniendo en cuenta mi pluriempleo se me podía considerar cualquier cosa. Y así fue como tu madre se encontró escribiendo su segundo libro por encargo (el primero fue el que firmó la presentadora pija) y entrevistando a yonquis chandalistas, ejecutivas cocainómanas, niñas in-diepastilleras, universitarias porreras y amas de casa enganchadas a los tranquilizantes o a la botella, no tanto porque le hiciera particular ilusión tratar con unas y con otras como porque se había encontrado un mes con que estaba más pelada que el chocho de la Nancy y con que el banco amenazaba con embargarle la casa a cuenta del impago de los últimos plazos de la hipoteca. Finalmente resultó que escribir un libro semejante resultaba más apetecible que ponerse a trabajar ella misma en el D'Angelo, y así fue como nació Enganchadas: ellas nunca dicen no, que acabó agotando ¡catorce ediciones!, que se dice pronto (hazaña sólo comparable, en lo que a obras de no ficción destinadas al mismo tipo de público se refiere, al pelotazo de la Alborch con Solas), y haciendo famosa a tu madre de la noche a la mañana y muy a su pesar, porque a tu madre —que había aspirado a darse a conocer como escritora seria y que siempre pensó que aquel libro, al igual que los otros integrantes de la Colección Femenino Plural, pasaría más bien desapercibido— no le hizo ninguna gracia saltar a la palestra como escritora de best sellers sensacionalistas. Y te cuento esto porque a ti te llevé en el vientre, necesariamente, cuando hacía la gira de promoción, que se organizó aprovechando la salida de la decimoquinta edición. Pero ésa es otra historia, como diría de nuevo Moustache en Irma la dulce, que te contaré más adelante.


Ayer se pasó a verte Elena, la vecina, y me estuvo contando que había visto a nuestra común amiga Nenuca en Marbella, donde se dedica al cultivo exhaustivo de la nada más absoluta, y es que Nenuca no trabaja porque no lo necesita: su familia es lo suficientemente rica como para que ella no tenga ni que pensar en ganarse los garbanzos. Y quien dice los garbanzos dice el todoterreno, el chalet ideal, la ropa de marca y los caprichitos varios. Y Elena comentó al respecto: «Yo no entiendo cómo puede vivir así, ¿no se aburre? Estoy segura de que con el tiempo va a acabar frustrada, nadie puede vivir sin hacer nada de provecho.» A lo que yo respondí: «Pues yo podría divinamente, es más, sería mi sueño: saber que no tengo que trabajar el resto de mi vida.» Elena: «No me lo creo, tú escribirías, seguro.»

Sí, claro. Escribiría, leería, pintaría incluso... Pero no publicaría lo que escribiera, no me sometería al escrutinio constante de críticos, admiradores, detractores, amigos, enemigos, ex amantes, ex amantes de ex amantes, conocidos de conocidos y desconocidos varios. Podría quizá hacer ediciones especiales y limitadas para mis amigos o, como el Sebastián Venable de De repente, el último verano, dejar constancia expresa de que mis escritos sólo podrían publicarse tras mi muerte (por cierto, que lo mismo hizo Katherine Hepburn —Violet Venable en la película— con sus memorias) , cuando a mí ya no pudieran herirme los aguijones y las flechas de la maledicencia ajena. Porque si ya sufrí bastante con todo el revuelo que se organizó a cuenta de Enganchadas (unas críticas feroces que me acusaban poco menos que de incitación a la politoxicomanía y un escándalo sonado cuando unas fotos mías aparecieron en la portada de la revista Cita, pero de esto ya hablaré más adelante), que al fin y al cabo era un libro que me daba bastante igual, no quiero ni imaginar lo que sufriría si me atacaran por una obra que tratase de algo más personal, un libro en el que hubiera volcado mis experiencias, mis sentimientos, mi vida. Me he pasado la mitad de ella anhelando publicar y, cuando finalmente lo hice, descubrí tantas paradojas al respecto de la misma que tuve que agradecer al Todo Cósmico, o a la Divina Providencia, o a quienquiera que rija este universo de locos, que mis tres novelas anteriores no se hubieran publicado, pues me di cuenta de pronto de que, de haberlo conocido, probablemente no hubiera sobrevivido al éxito: no hubiera soportado verlas escrutadas, despedazadas, arrastradas. De esta forma me consuelo por no haber alcanzado a culminar mi sueño, sueño que, en teoría, aún podría cumplirse aunque empiezo a sospechar que nunca se materializará. Lo malo de haber albergado un sueño que tuvo visos de ser posible es que aparejó la verdadera desilusión. Porque si hubiera soñado desde pequeña con algo más grande, con ser reina o astronauta, por ejemplo, no me hubiera costado tanto resignarme a no serlo al crecer. El sueño que promete lo imposible ya nos priva con su propia promesa de su consecución, pero un sueño accesible delega en nosotros su solución: nos parece que si no se ha cumplido es nuestra la culpa y no del azar o del destino. Y, así, me temo que yo moriré como he vivido, en el baratillo de los fracasados.

¿Que por qué te cuento esto? Porque según tecleo me tengo que enfrentar a la posibilidad de que lo que escribo ahora mismo, estas palabras sólo para ti, pudieran publicarse (ésta es una carta para ti, en principio, pero todo lo escrito se escribe en realidad para uno mismo, y a partir de ahí para el Otro o la Otra que uno lleva dentro y que representa también al Otro u Otra que son los demás, porque toda carta, decía Derrida, está condenada a viajar interminablemente, tanto por su plurivocidad como por la indeterminación inconsciente de su destino, y ya me ha salido la vena filóloga y me he puesto pedante), y es que tanto mi agente como la editora de Enganchadas no hacen más que decirme que por qué no escribo sobre la maternidad, ansiosas como están de repetir éxito ahora que el público me conoce (eso sí, no aceptaron mi propuesta de editar, aprovechando el tirón de mi recién adquirida popularidad, algunas de esas tres novelas inéditas que duermen en el cajón, ya ves) y no estoy muy segura de que merezca la pena exponerse tanto, porque sé que cualquier libro que hiciera sobre el tema acabaría tratando sobre ti.

Pero tú y yo tenemos un problema: necesitamos dinero. (Dinero, dinero, metal sin corazón, no compra lo que quiero, que decían el tango y mi tía Reme, pero sí paga las facturas.) Y la única forma en la que tu madre ha demostrado, hasta el día de hoy, que sabe conseguir tan vil metal es escribiendo. La pena es que ahora mismo tu madre, yo, se ve incapacitada para hacerlo sobre otra cosa que no seas tú y tus circunstancias, las razones por las que llegaste, a través de mi cuerpo, hasta aquí. Y escribir sobre ti es arriesgarse mucho, es poner la propia vida en bandeja, festín en una orgía de palabras que muerden, a disposición de cualquiera que desee trincharla y desmenuzarla. Sí, por supuesto, estas notas se expurgarán convenientemente y se eliminará cualquier referencia que pueda hacer reconocible a algunos personajes, se cambiarán los nombres y me escudaré además en eso que se dice de que la ficción es siempre ficción y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia. Aunque, a fin de cuentas, ¿qué es realidad? Algo tan maleable, gaseoso e inasible... En fin, no tengo ni idea de si esto se publicará o no. Puede que te dé estas notas cuando cumplas los dieciocho años y entonces tú decidirás. O, si resuelvo publicarlo antes, lo haré previa poda y censura y luego tú tendrás el dudoso honor y privilegio de acceder a las partes no rechazadas, para que sepas qué tipo de madre te ha tocado en gracia. De todas formas, para cuando estés en condiciones de leer esto, me temo que ya tendrás una idea bastante precisa sobre el particular.

(Por cierto, cuando yo dudaba sobre si aceptar o no el encargo de Enganchadas, tu madrina Consuelo —una de tus muchas madrinas, porque tú eres demasiado especial para tener una sola—, doula en tu nacimiento y «hermana en dios» de tu madre —así se les llama a las mujeres que asisten al parto de otra—, insistía en recordarme, para convencerme de que escribir por dinero no es algo indigno ni mucho menos, que Dostoievski escribió El jugador a toda prisa porque necesitaba pagar unas deudas. Pues dicho —escrito— queda.)

Verás, me acuerdo de cuando tú llevabas cuatro meses o más dentro de mí y eras un feto que medía aproximadamente dieciocho centímetros y pesaba cerca de ciento veinte gramos. Algunas partes de tu esqueleto ya se habían endurecido en forma de huesos y los músculos del cuello y la espalda ya podían sostenerte la cabecita hacia arriba. Eras todo un pequeño ser humano, ovillada flotante en la placenta, donde el amor era un fruto que pesaba y maduraba, con diez dedos en las manos y diez dedos en los pies, cada uno rematado con su correspondiente uñita. Ya te movías y yo ya sabía que eras una niña. Y que te ibas a llamar Amanda. Pues bien, entonces tuve que ir a Barcelona a promocionar Enganchadas porque acababan de lanzar, como antes te dije, su decimoquinta edición. En Cataluña es tradición que los enamorados se regalen por Sant Jordi una rosa y/o una espiga de trigo (según rezaba la tradición, el chico debía regalarle a la chica una rosa y una espiga, símbolos del amor y la fertilidad, y ella a él un libro, pero con la emergencia de lo políticamente correcto y el auge del movimiento gay, ahora cada cual regala rosa, o libro, o ambas cosas, sin que el género del destinatario cuente demasiado). La cuestión es que la calle se llena de tenderetes y casetas de venta de libros y flores y hay una muchedumbre enorme que se desplaza de un lado a otro de la ciudad, rosa o libro en mano, a la búsqueda del amante; o con las manos vacías y ávidas de comprar el susodicho ejemplar o la rosa que, si no se destinan al enamorado, irán a parar a la madre, la tía, la mejor amiga, la vecina del quinto... (Yo, sin ir más lejos, recibí aquel mismo día unas quince rosas, todas ellas con su correspondiente espiga pese a que a mí puñetera la falta me hicieran los amuletos para la fertilidad.) El caso es participar en la fiesta, regalar y ser regalado.

Como suele suceder con la mayoría de las tradiciones, ésta también se comercializó, lo que significa que las librerías catalanas encargan los pedidos más grandes del año para el día de Sant Jordi, que las editoriales envían en esa fecha a sus escritores estrella a firmar libros a Barcelona, y que hay un montón de autores que se enfadan con sus editores porque no les han considerado lo suficientemente importantes como para pagarles un billete y una noche de hotel a fin de que en tan señalado día puedan encontrarse firmando sus obras en un puesto de las Ramblas. Y no sé a qué les viene el cabreo, porque si al final conmovieran a sus editores y les tocara hacerse el paseíllo de tenderete en tenderete igual hasta se arrepentían de tanta súplica tras acabar baldados (no, si ya lo decía santa Teresa, líbrame Dios de las plegarias atendidas), porque al escritor firmante en Sant Jordi le despiertan a las siete de la mañana y desde las diez hasta las nueve de la noche (exceptuando la pausa de la comida) se las pasa de caseta en caseta, desplazándose de un lado a otro de la ciudad y firmando libros hasta que se le agarrotan las articulaciones. Eso si tiene suerte, como yo —toco madera—, y firma, que también los hay que se la pasan mano sobre mano mirando desfilar al gentío y sin que nadie les venga con un triste ejemplar de su obra.

En fin, que debían de ser la seis de la tarde y estábamos en el puesto de El Corte Inglés tu tía Paz (tía adoptiva y no biológica), Bea (la chica de prensa de la editorial) y yo, alucinadas ante el panorama que se nos presentaba: frente a nosotras había una fila, una fila, de gente que venía a comprar un libro sobre el que se estampara una firma MÍA, de tu madre. Bien que no se trataba de una fila muy larga, en realidad no habría allí más de cinco personas (dos casetas más allá Andreu Buenafuente tenía a una masa de cientos de individuos apiñándose y poco menos que pegándose codazos por conseguir su rúbrica estampada en un libro de monólogos), pero seguía siendo una fila, y ya era más de lo que tenían otros escritores que miraban al tendido con cara de aburrimiento y mano inmóvil. Me invadió un sentimiento ambiguo: por una parte me halagaba tener lectores, y estaba segura de que el día en que la suerte cambiara y me encontrase de la noche a la mañana sin ellos me vería más deprimida que Norma Desmond en El crepúsculo de los dioses, por mucho que prefiriera que mi público me amase más por una novela que por un libro de encargo (aunque, como bien decía tu casi madrina Consuelo, la misma que dijo aquello de que no era indigno escribir por dinero, al fin y al cabo Enganchadas era una mezcla entre libro de cuentos y nuevo periodismo; es más, acabó comparándolo con A sangre fría por aquello de la realidad confundida con la ficción, con lo cual si bien no contaba con lectores de novela, al menos sí contaba con lectores, y menos daba una piedra: con Consuelo por amiga, la que no se consuela es porque no quiere). Pero, por otra, los desconocidos me inspiran un miedo terrible, por no hablar del temor al compromiso y a la responsabilidad que a tu madre la caracteriza, y que hace que, cuando siente que alguien la admira por cualquier razón —razón, en cualquier caso, para ella incomprensible— se sienta agobiada por una especie de tenaza que le aprieta la garganta a fuerza de pensar que no va a estar a la altura de lo que esperan de ella. Es por eso que necesitaba a Paz y a Bea cerca, porque si no me hubiera visto incapaz de quedarme allí sentada, de dedicarles sonrisas a cada uno de mis «clientes» y de comportarme con cierta amabilidad.

Pues eso, que allí estábamos, la Bea, Paz y yo, cuando vemos emerger de entre la cola al joven más guapo que había visto yo aquel día (y te diré que, justamente ese día, había visto a unos cuantos), un adonis rubio de sonrisa de anuncio y ojos azul eléctrico que destacaba entre la multitud que recorre en Sant Jordi la ciudad como una blanca orquídea en un campo de amapolas. Codazo e inclinación de cabeza de Eva a Paz, gesto que se reproduce acto seguido, de idéntica manera, de Paz a Bea. A buenas entendedoras pocas palabras bastan. El adonis se presenta por fin ante mí y yo le dedico una sonrisa, esta vez completamente espontánea. Entonces él me dice que quiere que le dedique mi libro a «su princesa», y no me paro a pensar en lo cursi que resulta que un hombre le llame a su chica «princesa» porque pienso que un hombre como ése tiene bula para llamarle a su chica princesa, bomboncito o caramelito, y me sale del alma escribir sobre la primera página del libro: Nuria, princesa, ¡QUÉ suerte tienes! Que disfrutes el libro y, sobre todo, el novio, con salud. El chico desaparece y allí nos quedamos las tres comentando la jugada. «Las hay con suerte.» «Es que hombres así no quedan, guapo y encima cariñoso.» «Algún defecto tendrá, seguro... Que no es oro todo lo que reluce.» «Sí, fijo que escribe con faltas de ortografía.» «O es impotente...» Y no seguimos viboreando porque el escritor que está sentado a mi lado —un cuarentón desabrido con tripa y gafas de pasta que no tiene cosa mejor que hacer que escuchar nuestra conversación pues nadie ha acudido a que le firme— empieza a mirarme con cara rara.

Al rato aparece por una esquina de la caseta una chiquita rubia, bastante mona, que me dice: «Yo no vengo a que me firmes ningún libro, sólo quiero darte esta nota.» Me deja un papel azul sobre la mesa y desaparece. Guardo el papel en el bolso con la sana intención de leerlo más tarde, rogando a la Diosa que no se trate de una carta de amor enfebrecido del mismo tono delirado de algunas de las que suelo recibir por parte de lectoras de Enganchadas, enganchadas también ellas no sólo al libro, sino a todas las drogas habidas y por haber, y no lo leo hasta la mañana siguiente.

Aquí tengo la nota, la guardo para que la leas de mayor y para que tengas un recuerdo de cuando estabas dentro de mí.

Te la transcribo:


«Querida Eva, soy la "princesa" a la que has felicitado por el novio. Me encantó Enganchadas. Yo también estuve enganchada a la coca mucho tiempo, y me identifiqué absolutamente con el capítulo de Gloria... Pero esta nota no es para contarte mi vida. Es para decirte que el libro me gustó tanto que se lo presté a todas mis amigas y al final, como suele suceder en estos casos, una no me lo devolvió y me quedé sin él. De ahí que mi novio, que sabe lo mal que me sentó perderlo, me lo haya vuelto a regalar por Sant Jordi, pero esta vez ¡firmado! Me ha hecho muchísima ilusión.

»Sé que estás embarazada y quiero felicitarte de corazón. Yo tengo ahora treinta años y a veces pienso en tener un hijo, pero me asaltan un montón de dudas: ¿se me deformará el cuerpo?, ¿perderé mi libertad?, ¿sabré quererle? Por eso me parece tan importante que una mujer como tú escriba un libro sobre la experiencia, porque sé que no harás nada cursi ni lleno de tópicos. ¡Anímate a empezarlo! Y luego anímate a acabarlo, claro. Por favor... muchas te lo agradeceríamos.

Nuria»
Te diré que lo primero que me sorprendió fue la preocupación aquella por la posible deformación del cuerpo. En realidad, me pareció bastante frívola. Poco podía yo imaginar que acabaría compartiendo aquella inquietud que tan absurda me resultaba. Y sí, claro que se me deformó el cuerpo, aunque como tampoco es que antes del embarazo lo tuviera de top model, lo cierto es que no hubo que lamentar grandes desgracias.

Pero después venía su petición: que escribiera sobre mi estado.

Ya te he dicho que no era la primera vez que alguien me decía que debía escribir sobre el embarazo, o sobre mi embarazo (la verdad es que yo odio decir embarazo y prefiero decir preñez, porque la palabra embarazo implica algo vergonzoso, molesto, mientras que preñez reivindica la parte más animal del asunto). De hecho, todos me lo decían por aquel entonces, conocidos y desconocidos, amigos que me llamaban para felicitarme (por el éxito del libro o por mi nuevo estado o por ambas cosas) y periodistas que me entrevistaban, gente que me abordaba por la calle porque me acababan de reconocer (te digo que me hice muy famosa, sobre todo porque en el libro había testimonios sobre adolescentes que vivían la cultura del botellón o del éxtasis, y como el tema estaba candente, me llamaron para que participara en tropecientos mil programas de radio y en algunos debates de televisión), hasta el mismo portero del edificio me lo preguntó. En fin, tú imagínate que a Iñaki Gabilondo le sale una erupción en la piel y de repente todo cristo le pregunta si se está planteando escribir un libro sobre la dermatitis atópica. Pues más o menos así me sentía yo. ¿Qué iba a poder escribir? ¿De qué otra cosa iba a poder escribir? ¿Cómo evitar contar la realidad de mi embarazo, que en nada se parecía a esas vivencias color pastel que la gente gusta de asociar con lo que llaman «el estado de buena esperanza»? ¿Qué editorial iba a querer publicar algo así?:



«Hoy me he levantado con una náusea pegajosa en el estómago, como si me hubiera comido un kilo de toffees. Además, me dolía cada hueso de mi cuerpo. Cuando de alguna manera he conseguido arrastrarme hasta el cuarto de baño me he encontrado en el espejo con una réplica de mi persona a la que por poco no reconozco, porque no me acordaba de que las tetas me llegan hasta el ombligo. Y la verdad, no sé cómo había podido olvidarme, porque me duelen tanto que se me hace imposible obviarlas. En fin... ¡qué bonito es estar embarazada!»

Y es que, lejos del éxtasis sublime y la sensación de plena realización que se suponía que yo debía experimentar, llevaba cuatro meses más que largos viviendo lo que parecía ser la gripe más persistente de mi vida, un malestar físico constante, no lo suficientemente grave para que tuviera que guardar cama pero sí lo bastante insidioso como para que cualquier actividad física o mental me resultase una tortura, no digamos ya la promoción de un libro por los pueblos de España con sus correspondientes sesiones de entrevistas y firmas. Y, para colmo, todo el mundo, lectoras incluidas, empeñados en que escribiera sobre el bonito estado en el que me encontraba. Lo dicho: «buena esperanza» le llaman. Esperanza de que aquello acabara de una vez.

Cuando terminamos con las sesiones de firmas, y aprovechando que en el día de Sant Jordi los libros se venden con descuento, me compré, en la misma librería en cuya caseta había firmado el libro para Nuria la princesa, una especie de diario-ensayo cuya lectura me había recomendado fervientemente Elena: Tiempo de espera, de Carme Riera. Lo leí —o más bien lo devoré— en menos de una hora y, cuando lo cerré, me quedé con la sensación de que un abismo se abría entre la percepción del embarazo según la Riera y la realidad que yo estaba viviendo. En aquellas páginas —maravillosamente escritas, por cierto— se describía una especie de remanso idílico de días huecos y redondos, una paz derivada de la conexión mística entre la madre y el bebé. Nada que ver con lo mío: yo me sentía como la teniente Ripley teniendo que manejar una nave en la que se había colado un alien, con la diferencia de que no contaba ni con el valor ni con la resistencia física de la heroína galáctica. Además, ¿acaso nunca había vomitado la Riera, no se había mareado, no se cansaba, no le dolían todos y cada uno de los huesos?

Pensaba yo que quizá mi malestar físico no fuera otra cosa que una manifestación psicosomática: en realidad no quería tener un bebé, así que mi cuerpo estaba haciendo todo lo posible por rechazarlo. ¿No sería que ella era una mujer de una pieza, estable y serena, y yo poco más que una niñata inmadura e histérica? Acabé por escribir a la autora y le dije algo así como: «Me ha encantado tu libro, pero lo que describes no se parece en nada a mi vivencia del embarazo...» Ella me respondió a vuelta de e-mail, amabilísima, y vino a decirme que sí, que claro que había vomitado durante el embarazo y que lo había pasado tan mal como cualquiera, pero que, como el libro estaba destinado a su hija, quiso insistir en la parte más amable del proceso para que la niña pensara que ella había nacido como resultado de un acto de amor y no de una simple crisis de vómitos.

Yo no te quiero vender la moto de que el embarazo es un proceso maravilloso. De paso, tampoco quiero convencerte de que te ha tocado una madre estupenda ni pretendo que de mayor me idealices a base de ocultarte lo peor de mí. Mujer, no es que te lo vaya a contar todo, todo, pero uno de los problemas de ser despistada es el de que a los distraídos no sólo se nos da mal mentir, sino también economizar con la verdad, tú ya me entiendes, porque antes o después me olvido de que había algo que no debía decir y siempre acabo por meter la pata. Es decir, por ejemplo, que a qué vendría escribir aquí que nunca jamás dudé que quisiera tenerte o que el embarazo fue un estado pleno y dichoso de gozosa espera, si me conozco y sé que cualquier día, dentro de unos años, te acabaría contando la verdad a poco que tú me preguntaras. Espero que entiendas que yo no soy más que el vehículo que la Providencia o Dios o la Diosa o el Uno o el Todo o el Orden Cósmico o como quieras llamarlo puso a tu disposición para que tú vinieras al mundo, y que nunca tienes que esperar el tener una madre perfecta, porque yo no lo soy, ni de lejos.

De todas formas, me viene a la cabeza una frase que alguna señora con hijos me dijo una vez refiriéndose a la educación de los suyos: «Los niños aprenden más de lo que no se les dice que de lo que se les dice», con lo que quería decir que cuando les mientes, acaban por darse cuenta y la verdad que pretendía ocultárseles se les queda mucho más grabada que cualquier mentira que se les hubiera dicho. Algo parecido a lo que leí sobre niños con orejas de soplillo: si sus padres se empeñan en ocultar el defecto dejándoles crecer el pelo, los niños entienden que sus orejas son algo que hay que esconder a toda costa, algo repugnante, obsceno, y acaban mucho más acomplejados que si mamá les hubiera cortado el pelo al rape o peinado o con coletitas. La verdad es esquiva, juega al escondite, se repliega si la buscas, aparece cuando menos te lo esperas, y si intentas ignorarla se planta firme ante ti, agitando los brazos.

Te vengo a contar lo de los libros sobre embarazo porque este tema me tuvo muy interesada durante nueve meses. ¿Por qué, me preguntaba yo, si los dos acontecimientos límite en la vida del ser humano son, lógicamente, el nacimiento y la muerte, la una está tan tratada en la literatura mientras que el otro prácticamente no está descrito? Apenas hay descripciones de partos ni embarazos en los clásicos, omisión no tan sorprendente si se tiene en cuenta que el noventa y nueve por ciento de la literatura universal está escrita por hombres, y por eso queda constancia de los modelos exactos de botines que calzaba la Bovary (hasta Vargas Llosa tiene un estudio sobre el particular) y de sus desvelos para encontrar unas cortinas elegantes que le dieran un toque de distinción a su saloncito, pero nada se cuenta de esos largos nueve meses que pasó embarazada ni de las doce horas de parto que atravesó (si es que no fueron más) ni del mes de puerperio que debió pasar en la cama (como cualquier otra burguesita decimonónica). No recuerdo ningún párrafo que detallara sus vómitos matinales o sus problemas con el corsé cuando el pecho empezó a crecerle y la cintura a ensancharse. Es más, Emma tiene una niña, se la enchufa a la nodriza de turno y prácticamente nada más volvemos a saber de la pobre Berthe hasta que su madre se muere. Y vale, la Karenina se pasa el libro diciendo lo mucho que quiere a su niño pero, entre tú y yo, leyéndolo parece que quiera bastante más al teniente Vronski y, que yo recuerde, su amor por su hijo no le impide ni la frena a la hora de arrojarse al tren.

Pero es que tampoco encontré mucho más sobre embarazo o parto en la literatura moderna, porque hasta hace relativamente poco parecía que la mujer que escribía no paría y viceversa —cosa nada sorprendente teniendo en cuenta que lo que se entendía por normal era que la mujer casada renunciara a su vida en función de la de su marido; y la soltera, si era madre, lo iba a tener tan crudo como para no poder ni plantearse escribir— y por eso agradecí tanto el libro de la Riera, por muy parcial que fuese o me pareciera, porque resultó ser el único que encontré sobre el tema escrito en español que no fuera una guía de divulgación sobre los aspectos médicos del proceso.

Porque las susodichas guías tampoco tenían desperdicio: en una se decía algo así como «al cuarto mes de embarazo te podrán hacer la amniocentesis y sabrás el sexo del bebé. Ya puedes llamar a la abuela y decirle si tiene que tejer los patucos azules o rosas». O sea, tanto hablar de la educación no sexista y ya imponemos roles y colores desde antes del parto, y además ponemos a la abuela a calcetar, que la pobre señora por lo visto no tiene mejor cosa que hacer, que ya se sabe que las abuelas para eso están, que el abuelo es el que lee el periódico. En otra se explicaba la postura que la embarazada debía adoptar si tenía que agacharse para recoger algo —siempre con la espalda muy recta, en ángulo de noventa grados con el suelo— y se complementaba la información con dos ilustraciones: en la primera la señora recogía un cubo de ropa para lavar, y en la segunda un bebé, para que no dudemos de que una mujer preñada es una ama de casa y no una ejecutiva. En casi todas se hablaba del papel del padre, pero siempre en unos términos de merengue y cornucopia dignos de un pastel nupcial, y siempre recomendando a la pareja de la madre que se implicara en el proceso, como si eso no se diera por hecho en pleno siglo XXI. Casi nunca se planteaba la posibilidad de que la futura madre fuera soltera, y nunca jamás de que tuviera una pareja femenina.

La portada de un libro la ocupaba una pelirroja estupenda y semidesnuda con una tripa enoooooorme (de al menos ocho meses, calculé yo), con la foto cortada justo antes de la altura del pubis, para no tener que enseñarlo. Sus tetas resultaban un prodigio de desafío a las leyes de la gravedad. Nada que ver con mis ubres, desde luego, ni de lejos, pero tampoco con el pecho de ninguna de mis amigas embarazadas, que se inflaba y caía casi antes de que se hiciesen el Predictor incluso en el caso de las que habían sido más planas. Aquellas breves turgencias prácticamente adolescentes me resultaban imposibles en un cuerpo gestante... tan imposibles como que estaban retocadas con aerógrafo, como me hizo ver más tarde mi vecina Elena que, como buena diseñadora gráfica, tiene más ojo que yo para este tipo de detalles. Como también lo estaban las modelos del catálogo Prenatal de ropa interior, que tenían tripa de preñada pero muslos y senos de virgen prepúber, sin asomo de celulitis o retención de líquidos, ni flacidez o estrías. Y lo mismo digo de la mayoría de las futuras madres que aparecen en las guías médicas, que parecen fotografiadas por Hamilton (ese efecto flou tan setentón), peinadas por Rupert-te-necesito y vestidas por su peor enemiga en el más tradicional estilo entre mesa camilla y Casa de la Pradera.

Por no hablar de las revistas. Me refiero a Mi bebé y yo, Padres, Tu embarazo y demás. Sus jefes de redacción deben de pensar que existe una relación inversamente proporcional entre el aumento del estrógeno y la disminución inversa del cociente de inteligencia.

Hay una sección en este tipo de revistas en donde las presuntas lectoras escriben contando su parto y, ¡oh, sorpresa! , todas han tenido unos partos maravillosos y fantásticos, al contrario que la mayoría de mis íntimas y conocidas. Una amiga periodista se presentó en tres redacciones ofreciéndose a escribir un artículo sobre los verdaderos riesgos y consecuencias de la cesárea después de la nefasta experiencia que tuvo con la suya, que derivó en una sucesión encadenada de complicaciones posparto (gases, un punto que se soltó por coger a su bebé, una infección de la herida...) que hicieron de su puerperio una pesadilla que haría agradable, en comparación, una excursión nocturna por el bosque de la Bruja de Blair. Pero en las tres le vinieron a decir que no les gustaba la propuesta porque el tono editorial debía ser «optimista», y su artículo, a fuerza de realista, no lo era.

Eso por no hablar de lo poco coherentes que son. En la misma revista te dicen, en un artículo, que al bebé hay que darle de comer cada cuatro horas y procurar que se acostumbre a dormir solo («la opción del doctor Estevill», para entendernos) , mientras que diez páginas más adelante, en otra sección diferente, defienden las virtudes del colecho y de la lactancia a demanda («la opción del doctor González»).

El problema de estas publicaciones es que son como los libros de autoayuda o las revistas femeninas: es fácil establecer una relación amor-odio con ellas, porque por un lado mantienen estereotipos sexistas y anticuados, pero por otro ¿quién más te habla de tus problemas específicos? Y una embarazada o una madre primeriza se siente siempre sola y desprotegida, y desesperadamente necesitada de información, de una mano amable que la guíe a través del misterio y la confusión de la maternidad y de su propio cuerpo. Así que, a regañadientes, acabé suscribiéndome a Padres, porque más valía tragarme tonterías que encontrarme sin saber qué hacer el día en que te diera un cólico. Y fue así, a fuerza de leer libros y revistas, como empecé a entender por qué todo el mundo me pedía que escribiera sobre la maternidad: porque hay muy poco escrito, y muy poco aceptable. Esto justifica, en cierto modo, por qué estoy sentada aquí, enredada en esta larga carta a la Amanda futura, este diario de tu vida que llevo yo por ti porque ahora tú no puedes escribirlo y de mayor tampoco podrás recordarlo, haciendo yo de tu memoria además de hacer de tu central lechera. Esta carta no es sólo para ti. Puede que también sea para Nuria, la princesa. Puede que sea para mí, para explicarme cosas que nunca entendería si no me paro a pensarlas y a escribirlas. En fin, Derrida que estás en los cielos, ¿qué querías decir cuando hablabas de la indeterminación aporética del destino de una carta?

3 de octubre.
Cuando naciste pesabas tres kilos y trescientos gramos. Diez días después ya estabas en casi cuatro kilos. Y mañana te pesaremos otra vez. Supongo que habrás engordado mucho porque, aunque sigues siendo un bebé precioso, has perdido ya el punto de belleza prerrafaelita, aquel rostro de óvalo perfecto y lánguido, la elegante delgadez que tenías en la clínica, y cada vez te pareces más a un buda de la suerte de los que venden en el chino todo a cien de la esquina, si queremos ser amables, o al Mister Proper de la tele, que ahora se llama Don Limpio, si nos ponemos un poco más puñeteros. Hasta te llamaba siempre nena pero, sin darme cuenta, he empezado a llamarte gordita.

La primera noche que pasé en la clínica contigo prácticamente no dormí, pero no porque tú lloraras, muy al contrario, dormías plácidamente y se te podía achuchar, mover, zarandear o acunar sin que nada pareciera molestarte. Sólo se sabía que dormías y que no estabas en coma o inconsciente gracias a tu respiración rítmica y a los gestitos de satisfacción que hacías cuando te tocaba. De hecho, llegué a pensar que eras sorda, o algo peor, al verte tan tranquila.

Lo dicho, no dormía no porque me hubiera tocado en gracia un bebé llorón (como resultó ser, por ejemplo, el de la habitación contigua, que berreó desconsolado toda la noche), sino porque estaba completamente fascinada contigo. Era idéntica sensación a la que sentí alguna vez siendo muy joven cuando intenté dormir al lado de una persona de la que estaba totalmente enamorada: no podía conciliar el sueño porque tenía que quedarme despierta para mirarla, presa de una sensación intransmisible que comprimía el universo y lo condensaba en un solo punto —su respiración pausada y rítmica— para hacerlo mío. Entonces empecé a cantarte todas las canciones que me sabía, desde el «barquito chiquitito» hasta Blowin'in the wind y cuando me encontré entonando emocionada aquello de no hay problema que no solucione Mayaaaaa caí en la cuenta de que estaba bajo el efecto de una droga, porque aquello era exactamente igual que ir de éxtasis. Pero no iba de éxtasis, no. Aquello era un subidón de oxitocina. Una droga de la que nadie hablaba en Enganchadas.

Yo había llegado a un acuerdo con el ginecólogo para que en tu alumbramiento no se recurriese a la oxitocina química, y así fue... antes del parto. Lo que no pude evitar es que me engancharan el gotero después de parir, cosa que no deberían haber hecho, pero entonces yo estaba demasiado cansada y sin fuerzas para protestar ante la comadrona que vino a pincharme y que insistía en que era fundamental que me inyectaran oxitocina para ayudar a que el útero se contrajera, ni mucho menos arrestos para exigirle que hablase con mi médico antes de recurrir a intervenciones protocolarias que yo no hubiera autorizado. Así que dejé que me pusieran «la vía» —como aquella señora se empeñaba en llamarla— y me quedé dormida con una aguja pinchada al brazo. Y puede que la mezcla de toda la oxitocina que yo había segregado de forma natural para poder traerte al mundo sumada a la oxitocina sintética que aquella señora me metió en el cuerpo fuera la responsable de ese sentimiento de profundo amor que me invadió después de aquella primera noche en el hospital.

Pero supuestamente el subidón de oxitocina debería haberse pasado ya, puesto que yo no te estoy amamantando y se presume que la hormona se retira con la leche cuando dejas de dar de mamar. Paradojas de la vida: no pude criarte porque tenía demasiado pecho. Has leído bien. He escrito «demasiado». No «demasiado poco». Yeso que dicen que demasiado nunca es suficiente.

Ya ves, la vida es como una partida de cartas. A ella llegamos con una mano determinada y, si bien es cierto que en el resultado final cuenta la destreza del jugador y su habilidad para echarse faroles, también lo es que no da lo mismo salir con una pareja de doses que con un póquer de ases. Por eso decían las feministas que anatomía es destino, porque no es igual nacer hombre que mujer, blanco que negro, alto y esbelto que chaparro y gordito.

Y no es lo mismo nacer pechugona que plana.

Yo me di cuenta de esta última verdad a los doce años. Hasta entonces yo había sido una niña gordita y empollona que se pasaba las horas muertas en la playa (Santa Pola, un pueblo costero que en su día debió de ser bonito pero que ahora se ha convertido en un crimen estético, crimen en el que mi familia tiene un apartamento y donde he pasado todos los veranos de mi infancia, desde que recuerdo hasta los veinte años), leyendo un libro sin que nadie le hiciera ni caso. Pero aquel verano de mi contento, como por arte de magia, un montón de chicos descubrieron mis hasta entonces ocultos encantos y casi se pegaban por hablarme. O por no hablarme, porque se quedaban a mi lado, acuclillados al borde de la toalla, tartamudeaban, se ponían rojísimos y, de repente, sin explicación mediada, se arrojaban al agua y me dejaban con la palabra en la boca. Pensaba yo que eran unos maleducados, pero entonces poco sabía de los problemas masculinos a la hora de ocultar una erección.

Lo de ser una chica pechugona marca. Cuando éramos más jóvenes, más o menos en la época entre The Cure y Portishead (creo que entonces escuchábamos a Lush), cuando algún gurú de la moda urbana ya había decretado que las muñequeras de pinchos estaban definitivamente passé y cuando yo salía a la calle con un chaleco con —horror de los horrores— ¡flecos! de pura inspiración country, David Muñoz, que ya no era nuestro compañero de clase pero seguía siendo vecino y con el que quedábamos de vez en cuando a tomar cañas con la antigua pandi del instituto, le dijo un día a Sonia que «el problema de tu amiga Eva es que piensa que todos estamos babeando por sus tetas». Ni idea tenía el tonto de David del complejo enorme que tenía yo en aquel tiempo, y supongo que si él pensaba que yo pensaba... es porque él de verdad babeaba por mis tetas. Y por las de cualquiera, dicho sea de paso.

Y lo mío, además, no sólo era complejo, también había cuestiones prácticas de por medio que me hacían anhelar levantarme una mañana convertida por arte de magia en un clon de Jane Birkin: el problema de no encontrar nunca ropa de tu talla, por ejemplo, o el de tener que hacerte los sujetadores a medida (desde la llegada de la silicona ha sido más fácil encontrarlos de talla cien, antes imposible), o el de asumir que no podías entrar sola en según qué bares a la hora del carajillo porque tu llegada se anunciaba con un humillante clamoreo de aleluyas y silbidos entonados a coro por parte del grupo de obreretes que allí hacían la pausa de las doce.

Y para colmo yo quería ser siniestra, y una siniestra que se preciara no iba por la vida convertida en una chica de centerfold de Playboy, porque para más colmo de males la naturaleza me había hecho rubia. Y rubia y tetona equivale, en el inconsciente colectivo, a tonta de solemnidad. Lo que te dije antes: anatomía es destino. Porque yo me figuraba que si hubiera nacido plana, esbelta y morena como mi hermana Laureta, que viene a ser una clónica de Linda Fiorentino con su aire exótico y oriental de mujer misteriosa y muy vivida, habría podido atraer a intelectuales y artistas, a hombres menos interesados en lo obvio que en lo sugerido, a connaiseurs que abrieran ante mí un reino de infinitas posibilidades por explorar en lugar de tener que cargar con el tipo de gañán que indefectiblemente se interesaba por mí. Sin ir más lejos, el propio David Muñoz, un chico que escuchaba a Los Secretos y decoraba su habitación con pósters que en realidad eran la página central del Lib. Y lo peor es que para más inri Laureta no leía nada y venía a ser tan misteriosa como la publicidad de una lejía pero, eso sí, pillaba siempre a novios forradísimos, bellezones extranjeros (indefectiblemente guiris) que avanzaban por la vida exhibiendo ese inconfundible desdén por las cosas mundanas que fingen sentir ciertos hombres de mundo, hombres cuya presencia en casa conseguía que yo secretamente me reconcomiera de la envidia.

Más o menos desde los dieciocho fantaseaba con operarme, pero dos inconvenientes de aquella presunta solución me echaban atrás: el primero, las inevitables cicatrices; y el segundo, la idea de que si algún día, en un futuro, me decidía a tener un hijo, me gustaría darle de mamar. Ya ves, al final me dejé las tetas puestas para nada, porque no te amamanto, y no tanto por decisión propia como por razones ajenas a mi voluntad y por doble recomendación médica: la de la pediatra, que opinó que podía asfixiarte (cualquiera de mis dos tetas —desmesuradamente enormes tras el embarazo— era bastante más grande que tu cabeza y puede que incluso una sola pesara más que tu cuerpo entero: he pasado de ser una chica russmeyeriana a una matrona felliniana), y la del ginecólogo, que aseguró que con semejante tamaño de pecho, y teniendo en cuenta que dos días después del parto de allí seguía sin salir leche, estaba haciendo oposiciones a una mastitis segura. Además, añadió, a sus tres hijos los habían criado con biberón y eran los más altos de su clase.

Así que me dieron unas pastillas inhibidoras de la prolactina que cortaron para siempre la poca o ninguna leche que quedara y la posibilidad de mastitis y, se suponía también que, de paso, la segregación de oxitocina.

Lo más patético del caso es que tamaña desmesura no impide que los gañanes de costumbre me sigan dedicando por la calle todo tipo de adjetivos calificativos constituyendo, una vez más, la prueba empírica de la llamada Primera Ley de la Gañanodinámica de Eva Agulló: la medida de tus tetas va en relación inversa al cociente intelectual de los hombres a los que atraerás con ellas. A más grandes, menos cerebro, y viceversa.

Te lo digo desde ya, no sea que en quince años me salgas de esas adolescentes que le piden a su sufrida mamá que les regale un par de tetas nuevas como premio por sacarse la selectividad porque su amiga Susana, que es tetona, se lleva de calle a los chicos en las discotecas (que no exagero, te lo advierto, que esto lo vi en «El Diario de Patricia»). La que avisa no es traidora, y te habla la voz de la experiencia.

Dejando aparte el hecho de que te creas de verdad que el amor de un hombre pueda tener que ver con un mayor o menor perímetro o unos senos más turgentes que colgantes, te puedo ir prediciendo una sucesión de catástrofes sentimentales que ríete tú de las siete plagas de Israel o de la historia sentimental de tu madre, sin ir más lejos. Porque quien se valora sólo como un cuerpo no se valora en esencia, y es bien sabido pero conviene recordarlo que la que se quiere poco a sí misma acaba atrayendo a gente que la querrá aún menos. Espero enseñarte esto desde muy pequeña, porque a mí me ha costado lágrimas aprender a aplicarme el cuento (si es que me lo he aplicado, que está por ver). Lo cierto, nena, es que si tienes una autoestima sólida no te hará ninguna falta un buen par de tetas.

Lo dicho, que si no te amamanto y por tanto no segrego oxitocina, entonces no hay excusa química para que pueda quererte tanto, y nos tendremos que aferrar a la explicación de Desmond Harris según la cual tanto los bebés humanos como los lactantes de cualquier mamífero —sea éste cachorro, gatito o bebé foca— presentan una especial disposición de los rasgos de la cara (ojos exageradamente grandes, nariz y boca pequeñas, óvalo redondeado) que incita automáticamente al amor de sus progenitores y, ya de paso, al de cualquier adulto de su especie. Es el efecto Bambi.

Y es por eso que cada vez que viene uno de tus innumerables tíos y tías postizos a verte a casa no puedan evitar deshacerse en oooooohs y aaaaaahs, cautivados todos por tus ojazos de agua, por tu piel increíblemente suave, por los gorjeos con los que los saludas en un heroico lenguaje de tu propia invención y por la desesperada forma en que les agarras el dedo con tu puñito a la mínima que ves la oportunidad, impulsados por una programación genética o un plan divino que los ha diseñado incapaces de sustraerse al encanto de una criatura como tú, de una maravilla que es el resultado final de un truco evolutivo depurado durante milenios para garantizar la supervivencia de la especie.

Antes de conocer a tu padre yo estuve casi cuatro años manteniendo una relación con otro hombre, de la que entraba y salía como a través de puertas giratorias. Llevaba siempre conmigo su imagen obsesionante ceñida como un cilicio. Era como una montaña rusa emocional: un día estaba en lo más alto, en la cima del éxtasis y la felicidad, y al siguiente descendía en picado hasta las más negras simas del desamor y la desdicha. Acabé por aceptar su presencia en mi vida con la misma resignación fatalista con que hubiera aceptado una tormenta de granizo o cualquier otra catástrofe natural, sin preguntarme los motivos ni intentar huir de ella. Y durante esos cuatro años me perdí totalmente, dejé mi cuerpo por una temporada y vino a sustituirme una pálida fotocopia de la que antaño yo fuera. La nueva se pasaba el día llorando y compadeciéndose, nada queriendo y nada deseando, atrapada entre los cuatro muros de su propia impotencia. Puesto que el hoy es un prólogo del futuro, al no tener una idea del futuro, de lo que podía querer o aspirar, no vivía para algo ni por algo, y había quedado atrapada en la desolación del mero dejarse vivir, sin propósito, como un barco expuesto a tormentas, sin la más remota idea del puerto al que podría o debería acogerse.

Hasta que un día Consuelo se presentó en casa sin avisar y me pilló llorando a moco tendido, y me atreví a contarle cosas que hasta entonces no le había contado a nadie, no tanto porque tuviera mucha confianza en ella, aunque la tenía, como, y sobre todo, porque sentía que si no me sacaba aquel lastre de dentro iba a acabar por reventar. «Lo que tú me estás contando se llama maltrato», me dijo. «¿Qué maltrato, si él no me ha pegado nunca?», respondí yo entre lágrimas. «Hay muchos tipos de maltrato. Y por lo que dices, éste se llama abuso psicológico.» Yo ni me acababa de creer ni quería creerme lo que me estaba diciendo, pero aun así acepté un consejo: que fuese a ver a un especialista en el tema, un catedrático que había escrito muchos libros sobre el particular y al que ella conocía porque era tío segundo suyo o algo parecido.

El profesor resultó ser un chico joven poco mayor que yo, no el cincuentón con barba que había imaginado, y me vino a decir lo mismo que me había dicho mi amiga: que cortase inmediatamente aquella relación. Y añadió que, si podía, me uniera a un grupo de apoyo para mujeres maltratadas. Pero ni yo me veía como maltratada ni estaba segura de que la responsabilidad de todo lo que me pasaba no hubiera que atribuirla exclusivamente a mí, porque la culpa me desbordaba y me fluía en ríos de remordimiento, lágrimas y nostalgia de un pasado compartido que yo veía como mejor. Pero al fin y al cabo el que vive sin culpa muere sin historia, y la culpa es subjetiva, no se percibe su presencia sino su sentimiento, y de qué servía achacar responsabilidades o buscar culpables, me dijo el doctor, si lo importante, lo obvio, lo innegable, es que aquella relación se había estancado y ya empezaba a oler, que las posibilidades de hacerla avanzar se habían agotado hacía mucho, que ya no quedaba otra opción que expedir de una vez el certificado de defunción, y no arañar con ternura el cadáver, intentando rebañar los restos de lo que una vez fue, o no siquiera fue y sólo pudo haber sido. Y ahí sí que tuve que darle la razón.




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