Un milagro en equilibrio



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En el fondo todos tenemos una razón íntima, determinada, para hacer las cosas, y esta razón que nos anima acaba siendo más poderosa que el azar o su república. Te cuento, por ejemplo, que mi amiga Nenuca solía decir que ella había vivido una infancia feliz, muy feliz, y por eso nadie entendía cómo una persona que en apariencia no había vivido trauma ninguno, el mimado retoño de una familia excelentemente avenida, sufría tamaños ataques de ansiedad, angustia y abandono, y cómo era capaz de aguantar relaciones tan destructivas como la que vivía con Mirta —relación idéntica a otras igualmente dañinas que la precedieron— con tal de no estar sola, y cómo este terror a la soledad se le notaba tanto como para hacerle atraer siempre a parejas que disfrutaban poniéndose por encima de ella, pues utilizaban su natural dependencia como carta blanca para permitirse todo tipo de irrespetos, conscientes de que ella todo se lo permitiría con tal de que no cumpliesen la tantas veces repetida amenaza de dejarla. Pues bien, sucede que cuando Mirta dejó a Nenuca —por otra, por supuesto, otra que, también por supuesto, tenía más dinero y mejores contactos para conseguirle la tan preciada tarjeta de residencia—, esta última entró en una depresión gravísima y decidió visitar a una terapeuta. Y aquella doctora le ayudó a recordar lo que su mente había borrado: las muchas tardes y noches que había pasado angustiada de pequeña cuando sus padres se iban de casa, bien fuera a una cena, a un cóctel, a una recepción o un viaje de placer, dejando a la hija única al cuidado de algún miembro del servicio, gente que nunca duraba lo suficiente en la casa como para que la niña les tomara cariño o confiara en ellos o pudiera llegar a considerarlos presencias estables y, por lo tanto, garantes de seguridad. Y cómo la infancia que se presentaba tan feliz en el recuerdo no había sido en realidad otra cosa que un tiovivo de angustias, y cómo así no fue el destino o el azar el que la enredara en tantas relaciones sin sentido, sino una poderosa fuerza interna que le enganchaba siempre a mujeres volubles e impredecibles como la madre a la que tanto había amado y a la que nunca había sentido cercana, amores que estaban muy presentes un día y ausentes al siguiente, que exigían cariño incondicional pero imponían al suyo inacabables exigencias, que sólo sabían darse cuando Nenuca dejaba de ser ella misma para ser la Nenuca que ellas querían que fuera, igual que en su infancia su madre sólo la había querido cuando estaba tranquila y calladita y no se hacía notar demasiado. Y en el mismo apelativo cariñoso que había acabado por sustituir a su nombre se notaba que ella se había permitido estancarse en aquellos días, que no había sabido crecer. Porque siempre hay que volver a eso, a esa infancia que la mayor parte del tiempo nos llena el alma sin que nosotros mismos nos demos cuenta y que, sin embargo, tiene mayor importancia para nuestra felicidad que los días que vivimos ya adultos, pues ésos los vivimos siempre a través de ella, y no es sino la infancia la que asigna su pasajera grandeza a cada minuto que disfrutamos. Y yo, como Nenuca, era incapaz de apreciar algo por mi cuenta, puesto que no sabía considerarme, por lo que necesitaba siempre de un refuerzo externo para ver las cualidades de los demás. Por eso el FMN me había impresionado tanto a primera vista, y el rumano... tan poco.

Tras la visita a la médica pija del Monte Sinaí me había prometido no volver a beber. Y el futuro se me presentaba como una sentencia, al menos el futuro inmediato, ya que casi me quedaba un mes entero por pasarlo en Nueva York, porque mi billete no tenía fecha de regreso hasta el dos de septiembre. Por supuesto siempre podía empeñar los Versaces y regresar de inmediato a Madrid para asilarme en casa de Consuelo hasta que se fuera el francés, pero su casa era demasiado pequeña y, además, ¿cómo iba a soportar un vuelo transoceánico si no podía bajar sola a la calle sin ayuda, tal era la flojera que sentía? Así que decidí considerar el piso del Bronx como un retiro, una especie de retiro estival de días huecos y tranquilos en el que me dedicaría a hacer nada o casi nada. Leer y reponer fuerzas, entendiendo por fuerzas unas energías abstractas como las prometidas en la publicidad de cereales o de complejos vitamínicos o en los folletos de los gimnasios. Y acabé por instalar en mi cuarto la mesilla de noche del rumano y su lamparilla para poder leer con más tranquilidad, la mesa plegable de la cocina y una silla para poder escribir, y dos plantas del salón para animar un poco la habitación, y colgué en las ventanas unas cortinas que trajo Sonia y que había encontrado en una tienda del Soho, y me empeñé en hacer de aquella habitación desnuda un rincón agradable y acogedor.



Mi compañero de piso se comportó desde el principio tan servicial como lo fuera aquella primera mañana de monumental resaca que pasamos juntos. Solía salir de casa muy temprano y llegaba más o menos hacia las seis de la tarde. Durante aquellas horas en las que él no estaba yo apenas notaba su ausencia puesto que, por lo general, las pasaba leyendo o dormida, o suspendida entre el sueño y la vigilia, saboreando los restos que se disolvían en la boca como caramelo, con la atención aún flotando entre dos mundos, abotargada por el aturdimiento del primer rayo de luz que entrase por la ventana y que calentara la superficie estancada de los sentidos, adormilados. Cuando llegaba era él quien preparaba la cena para los dos, y ponía también la mesa, así que yo no tenía que hacer más esfuerzo que el de recorrer los apenas diez metros que llevaban de mi cama al salón para dejarme agasajar, como si fuera una princesita de cuento. Ni siquiera tenía que hacer la compra, pues él la traía siempre en su regreso desde el laboratorio de la universidad en el que trabajaba preparando su tesis (¿vacaciones?, ni se las planteaba, no a punto de terminar el doctorado), y sólo aceptó mi contribución económica para pagar las comidas después de que yo insistiera hasta el punto del enfado. En nuestras cenas solíamos mantener largas conversaciones... Miento, yo solía mantener monólogos en los que él intercalaba alguna frase. Yo hablaba de mí, de Madrid, de Alicante, de Elche, de mi perro, de mi barrio, de mis amigas, peroraba y peroraba y él dejaba que me agitase, que me esforzase en impresionarle con mis historias mientras permanecía en la tranquilidad más absoluta, y si yo seguía hablando era porque, cada vez que me detenía, él me hacía alguna pregunta que me obligaba a continuar ¿Y en Madrid a qué hora cierran los bares? ¿Y el perro de qué raza es? ¿Quién te lo regaló? ¿Cuánto tiempo llevas viviendo en el mismo barrio?, preguntas que me intrigaban tanto más cuanto su rostro no delataba signo alguno que dejara sospechar cuál era la impresión que mi charla le causaba. Parecía verdaderamente interesado en todos los detalles de mi vida, pero no impresionado. Y sin embargo él apenas hablaba de sí mismo. A mí acababa por ponerme nerviosa, porque yo exponía allí sobre el mantel toda mi vida, o la reinterpretación de aquella que me había creado, y sólo conseguía a cambio, cuando yo hacía alguna pregunta sobre la suya, evasivas o algún monosílabo casi imperceptible de puro mascullado. Pero su frialdad, en lugar de desanimarme, me impresionaba. Me parecía como si aquel chico estuviese conteniendo su propia energía, como si se estuviera reservando para algo más importante. Y eso me motivaba, activaba algún interruptor en mi más frágil yo, ya que, como buena neurótica, siempre me ha importado mucho lo que los demás piensen de mí, ya lo he dicho. Además, tampoco tenía a nadie más con quien hablar, dado que aún no había recuperado las fuerzas y casi no podía salir a la calle, o no sin ayuda. Sí, Sonia y Tania venían a verme, pero no tanto como yo quisiera. Las dos estaban muy ocupadas con sus respectivos empleos y en el momento en que supieron que mi presunta enfermedad, si es que así se la pudiera calificar, no revestía carácter grave, se desinteresaron del asunto.

Pero poco a poco el rumano empezó a abrirse, a hablar; de su tesis, de su laboratorio, de sus experimentos... Como era casi morbosamente cauto usaba siempre medias tintas, como pensándoselo mucho, pero sus comentarios, certeramente agudos y precisos, tenían un sabor totalmente suyo. No era mucho lo que contaba ni era muy personal, pero era algo, suficiente como para que yo pensara que acabaría por encontrar en sus palabras la clave para entenderle, sobre todo porque esas palabras las hacía brotar yo con mis preguntas, imitando su propio juego, y así me sentía como una investigadora que por medio de pruebas confirmaba suposiciones, buscando ávidamente la significación de sus silencios en unos ojos que por fin me sonreían, y de esa manera, antes de que me diera cuenta, ya lo había instalado en mi espacio como si fuera otro atrezzo del mobiliario, como la mesilla o la lamparita o las plantas, algo que me hacía la vida más fácil, una distracción que poseía el verdadero secreto de hacerme el tiempo agradable justamente porque no aspiraba a ello, sino sólo a hacérmelo menos aburrido, y no sé cuándo, exactamente en qué preciso instante, dejó de ser la persona que cada tarde estaba allí, el incuestionable hecho de la vida, inevitable pero carente de interés, para pasar a ser casi el centro de mis días, algo que esperaba con ansiedad y que se me hacía tan necesario como una droga, y me encontré desplazada de mi propio yo, como si me hubieran trasladado por ensalmo a un territorio diferente; y así caí en la cuenta de cómo, por debajo de los incidentes visibles y desde la primera noche en la que dormimos juntos en el desfondado sofá de Sonia, había existido una subyacente nota callada, tan misteriosa y potente como la influencia que prepara a las hojas de los árboles para brotar cuando todavía se hiela el agua en los charcos de las aceras, y entonces advertí que volvía a estar enganchada, y me pregunté qué habría sido de aquella novia de la que ninguno de los dos había vuelto nunca a hablar.


Han pasado ya dos meses, y no sé por dónde empezar a contarte...
Quizá no debería contarte nada. Quizá debería archivar este montón de folios y olvidarlos. O quizá debería empezar por la locura que supuso ir a buscar un traje negro para tu padre, que nunca antes se había vestido de esta manera.

Teníamos apenas una hora para encontrar uno, pues habíamos quedado en que a las diez de la noche estaríamos en la que fue casa de mi madre para poder salir hacia Alicante a la mañana siguiente.



No, no es así...

Me llamaron a las tres de la mañana, eso lo sabes. Insistieron en que no apareciera en el hospital hasta el día siguiente. Me presenté allí a las nueve, en la cafetería del hospital donde estaban todos reunidos: mi padre, mis hermanos, Reme, Eugenia, más un montón de parientes, amigos y conocidos cuyos nombres y caras no me decían nada a pesar de que todos parecían saber quién era yo, y cómo había sido de pequeña, las coletitas que mi madre solía hacerme y el ceceo que no conseguí quitarme hasta casi los diez años. Me explicaron que mi padre había llegado al hospital a las siete y firmó todos los papeles que había que firmar. Pregunté si podía ver a mi madre y todos intentaron disuadirme aduciendo que debía esperar a que la arreglaran y acicalaran, que pronto la bajarían al velatorio y que entonces podría verla, pero antes no. Sin embargo yo insistí denodadamente y acabé por subir a la UVI, donde me encontré con Caridad, a quien le rogué que me permitiera ver a mi madre, o lo que de ella quedaba (consideré milagro, intervención divina, que aquella mañana estuviera allí, y que además fuera la primera enfermera con la que me topara) . Caridad accedió enseguida, sin decir palabra. Ella también parecía afectada —me hubiera atrevido a decir que había rastros de lágrimas en sus ojos—, y me llevó hasta una camilla donde había una bolsa verde con una cremallera que la recorría de forma transversal. Ya había visto ese tipo de bolsas en las series de la tele —cuando el forense enseña el cadáver a la desconsolada viuda que ha de reconocerlo y que rompe a llorar acto seguido—, pero nunca había estado delante de una. Caridad abrió la cremallera y entonces vi a mi madre, o a una parte de mi madre sin mi madre, a su envoltura mortal (porque me vino a la cabeza de inmediato aquella frase de Hamlet: this mortal coil), blanca, fría, muy fría, helada, pero no rígida aún, porque pude cogerle aquella mano aterida pero todavía flexible y apretarla contra mí, y sólo en aquel instante me di cuenta de que aquello ya era irreversible, de que a partir de ese momento ya sólo me quedaría recordar cómo era el tono de su voz, de qué manera sus gestos, sus palabras o sus silencios se grababan en las retinas de la interpretación ajena y dejaban algo escrito en la involuntaria memoria de los otros, memoria a la que tendríamos que recurrir desde entonces para revivir a quien ya no estaba. Y entonces lloré. Lloré como no había llorado nunca en el hospital, como no había llorado cuando me enteré de la muerte de José Merlo, porque entonces no lloré una lágrima, sino que me fui de bares y me cogí una cogorza mayúscula que duró tres días seguidos. Lloré por el amor que le había tenido y que tantas veces se había transformado en odio cuando caía en el crisol de la impotencia. Mi impotencia ante la imposibilidad de verla feliz, sana, contenta. Mi impotencia al sentir que ella no era otra cosa que un apéndice de mi padre, alguien a quien yo no quería de ninguna manera parecerme y a quien sin embargo siempre acababa imitando en mi estúpido coleccionismo de hombres que me gritaban siempre para ponerse por encima de mí, réplicas de mi padre que yo no sabía identificar pero que sólo yo, al fin y al cabo, había elegido.

Las madres regalan la vida, Amanda, y siempre simbolizan eso para sus hijos, de forma que aquellos que no nos hemos entendido con nuestras madres interpretamos la vida como un regalo envenenado y avanzamos a trancas y barrancas porque albergamos un feroz y permanente instinto de muerte que tira de nosotros. Y a esa pulsión de muerte yo la llamé Mi Otra. Y la Otra, que había nacido del amor a mi madre, se quedaba allí, impotente frente a una bolsa verde, viendo cómo la razón de existir que la animara se reducía a eso, a un envoltorio.

Me daba vergüenza que Caridad viera las lágrimas, así que articulé como pude un «gracias» entrecortado. Recogí la estampa de la Virgen de la Asunción que aún seguía en la cabecera de la cama ya vacía, me la guardé en el bolsillo y me marché.

Bajé a la cafetería, aguanté de nuevo el chaparrón de comentarios sobre mis coletas y mi ceceo y lo mona que yo había sido de pequeñita y lo mucho que mi madre me quería y descubrí que ya habían hecho planes por mí.

Estaríamos en el velatorio por la tarde. De seis a diez.

Y a las diez yo llegaría a casa de mi padre, que se acostaría a las once. A las siete de la mañana del día siguiente nos levantaríamos para estar a punto a las ocho y emprender camino hacia Alicante.

Por supuesto mi eficientísimo hermano ya había hablado con todos los representantes de funerarias y decidido quién llevaría a mi madre desde Madrid en un coche fúnebre. Había elegido también el féretro, sobrio pero no en exceso, lo suficientemente caro como para que se notara que nos importaba. (De Tatiana o Marushka o como se llamara nada se supo, y no me atreví a preguntar, quizá no se la consideraba parte de la familia como para compartir esos momentos o quizá mi hermano ya se había deshecho de ella, agobiado ante la inminencia de chalet adosado y pareja de niños ideales que la continuidad de aquella relación parecía sugerir.) Según le oí decir más tarde, uno de los comerciales que intentaba colocarle un ataúd carísimo —de caoba con repujados, asas de bronce y un cristo yaciente con incrustaciones de oro sobre la tapa— había utilizado un argumento de venta bastante singular: «Es igualito que con el que enterraron a Franco.» Huelga añadir que nadie me preguntó mi opinión, que nadie pensó que yo tuviera una opinión sobre el féretro en el que la enterrarían, o más bien a su envoltura.

Todos esos planes a los que debía ceñirme me obligaban a organizarme para comprar un traje negro, preparar las maletas y la bolsa de tus cosas y llegar al velatorio sobre las siete, ya que a las seis me sería imposible y mi familia me había concedido magnánimamente una hora de gracia.

Y encontrar entretanto un rato para comer.

Eran las once. Si me daba prisa llegaría a casa a las doce y contaría con seis horas para hacer el equipaje y comprar la ropa, sin desperdiciar el tiempo en lágrimas y desmayos.

Oh, la sacrosanta eficiencia de la familia Agulló, herencia de nuestro recto y organizado padre, la misma que hizo que yo en su día clasificara por orden alfabético las cintas que contenían mis entrevistas y me impusiera un horario espartano de cinco horas diarias —de siete de la mañana a doce del mediodía— para escribir mi libro; la misma que consiguió que entregara el manuscrito quince días antes de la fecha de entrega señalada, para pasmo de la editora, que nunca había visto algo parecido en la historia de la edición, por mucho que yo entonces bebiera como una cosaca y me pasara borracha la mayor parte del día (pero no hay licor ni bebida espirituosa capaz de borrar una imposición que te grabaron a fuego en la cabeza de pequeña: antes morir que no terminar el trabajo a tiempo, y bien hecho); la misma que no nos deja tiempo ni para llorar a nuestra madre si hay que encargar un féretro, la misma que hizo que yo llamara a tu padre desde el taxi, sin una sola lágrima ni un trémolo en la voz, para avisarle de que debía esperarme en el portal a tal hora y tantos minutos, contigo preparada, subida al carrito, la bolsa a punto con su cambiador y su biberón y su muda de repuesto, porque teníamos que comprarle ropa negra, y es que la familia Agulló no entendería que para una ocasión tan formal como un entierro se presentara el nuero de la finada —que no era en realidad tal nuero, puesto que su unión con la hija no ha sido legitimada ni civil ni religiosamente, ni siquiera con una ceremonia en Bali— sin vestimenta formal con su chaqueta y su corbata, por mucho que no se hubiera puesto una corbata en la vida. Las formas, ya sabes, son las formas.

Llamé también a Consuelo y quedé a la misma hora en el portal para que me asesorase con la ropa. Y cuando llegué, puntual como una sentencia, allí me esperabais los tres, mi compañero, mi amiga y mi hija, dos de ellos con cara de pompa y circunstancias, la tercera feliz cual castañuela como siempre que la sacan a pasear. Y no imaginas la tortura que supuso, en una ocasión tan rara como aquélla, someterse al estrés que implica encontrar en menos de dos horas un traje, unos zapatos, una corbata y una camisa, todo oscuro, y someterse de paso al escrutinio de un dependiente que no entendía qué hacían esas dos mujeres dándole órdenes a aquel chico pasmado, evidentemente ajeno al mundo de las formas y los complementos, mucho más preocupado de la niña que le miraba desde el carrito que del corte o de la sisa. Y agradécele a la diosa o a la suerte o al azar o al Todo Cósmico el que tu padre tenga buen tipo y no fueran necesarios posteriores ajustes o retoques y pudiéramos salir de Cortefiel a la hora programada con dos trajes de chaqueta negros —uno de señora y otro de caballero—, una camisa, una corbata, un par de zapatos negros y un agujero también negro en la tarjeta de crédito de tu madre que hubo que rellenar después con el importe de cinco artículos hechos contra reloj.

Cierto es que no lloré, pero más cierto es aún que fue Consuelo (y nunca se lo agradeceré bastante) la que me tuvo que hacer las maletas porque a mí me temblaban las manos. Pero no lloré y eso es lo importante: no traicioné las consignas de los Agulló según las cuales las formas y la compostura no se pierden en familia, sobre todo en los momentos en los que se entendería que alguien pudiera perderlas, y me presenté en el velatorio a las siete y dos minutos, vestida de negro y con el pelo recogido en un moño de lo menos vistoso, como si fuera a interpretar La casa de Bernarda Alba en un teatro de provincias, arrastrando a tu padre, igualmente vestido de negro y más incómodo en su recién estrenado atuendo que un baloncestista con tacones, y contigo acicalada y repeinada, vestida de rosa como mandan los cánones, con más puntillas que un huevo frito y apestando a Nenuco a kilómetros.
Había estado en muchos velatorios antes, pero nunca en uno tan feo.

En realidad no había estado en tantos. Cinco, para ser exacta.

Dos en Alicante, y los dos en la casa del finado, con el féretro en medio del salón rodeado de velas y flores y, en una habitación contigua dispuesta a tal efecto (quizá fuera el comedor y alguien se había llevado la mesa y dejado las sillas), unas cuantas señoras de negro que lloraban junto a una mesita y en ella una bandeja con licor y pastas mientras los señores, todos encorbatados, fumaban en el recibidor. O así es como se me aparece la escena, difuminada entre las brumas del recuerdo, alzándose ficticia desde mi contemplación desentendida, pues aquellos velatorios (uno el de mi abuelo paterno y el otro creo que el de mi abuela) los viví muy jovencita, puede que a los once o doce años. Quién sabe si al describirlos estoy regresando a salones en los que en realidad no haya estado nunca.

Los otros tres velorios los había vivido en Madrid, siempre en el tanatorio de la M-30. Uno fue el de un amigo que falleció por sobredosis, otro el de otra amiga víctima de un accidente de tráfico y el tercero el de una compañera de trabajo, directora de la colección de narrativa en la editorial para la que yo trabajé de correctora, a la que un cáncer fulminante se llevó antes de que cumpliera los cincuenta. Y de aquellas velas de tanatorio, aquellos acompañamientos urbanos, organizados y asépticos, tengo un recuerdo muy distinto.

En el tanatorio de la M-30 hay diferentes salas para cada finado, algunas más pequeñas y otras enormes, más grandes que mi propio apartamento, pero todas decoradas en los mismos tonos pastel, melocotón para las paredes, si no recuerdo mal, y rosa palo para la moqueta, con una iluminación indirecta a tono con la calidez del papel pintado y unos sillones mullidos y confortables, de tal forma que aquello parece un salón recién copiado del Elle Decoración. Cada sala dispone de una pequeña habitación adjunta en la que reposa el féretro, de forma que al velado se le puede ver a través de un cristal, sin tocarlo, eso sí, para que nadie advierta que está frío y rígido y así pueda mantenerse la ilusión de que simplemente duerme. Recuerdo que había incluso un libro de visitas a la entrada en el que cada cual escribía su último mensaje y me queda en la memoria un extraño perfume, como de señora mayor, que definía el ambiente. Creo que el aroma es igual en la memoria al que era en realidad y tiene, perennemente presente, si se levantase de donde finge que duerme, el mismo poso decadente, la misma nota almibarada, pues todo tenía un aire tan civilizado, tan elegante, que una esperaba ver aparecer en cualquier momento a camareros paseando entre los invitados con una bandeja de Ferrero Rocher.

Los velatorios de hospital, sin embargo, como el de mi madre, no tienen libro de visitas ni colores pastel ni sillones mullidos. Tienen una sala común con sillas de plástico duro, una máquina expendedora de Coca-Colas que ya ni funciona y un suelo helado y no muy limpio de loseta barata. Y después una serie de habitaciones individuales que dan a un pasillo común, tan pequeñas como para que prácticamente sólo quepa el féretro (una de las coronas de mi madre, la que habían enviado desde La Estrella, la compañía de seguros en la que trabaja mi hermano, era demasiado grande y por poco no cabe, hubo casi que encajarla contra el ataúd), minihabitáculos que casi parecen armarios y que no disponen de cristal que separe al muerto de los vivos, sin mampara que distancie a un cadáver tangible y obvio que visto de cerca parece una estatua de cera, porque allí, a diferencia del tanatorio, no hay lugar para la ilusión y el sueño.

Nadie lloraba, nadie. Mi padre, grave y circunspecto, iba saludando con exquisita corrección a aquellos que llegaban a presentarle sus últimos respetos a mi madre, o a su envoltura, los mismos que no supe reconocer por la mañana y alguno más, todos con el mismo comentario a flor de labios, que qué desgracia tan grande y qué excelente mujer era, y cuando se dirigían a mí venga a decir qué guapa eras tú (que lo eres) y cómo te parecías a mí (no te pareces, te pareces a tu padre en versión sensiblemente mejorada), y de nuevo a sacar a colación las coletitas y el ceceo, supongo que porque era mejor hablar de mi infancia que de mi presente de madre soltera y de presunta cocainómana liada con un actor casado, pues las últimas noticias que tuvieron de mí se remontaban al escándalo Cita. La tía Reme estaba sentada en una esquina, con un aire bastante abatido pero sin soltar una lágrima, mientras mis hermanas, en la otra, hacían causa común con la tía Eugenia, venga a hablar de historias de Alicante que sucedieron antes de que yo naciera, anécdotas que todo el mundo parecía conocer menos una servidora. Mi hermano, de pie, le relataba a quien quisiera escucharlo la historia de la difícil elección del féretro y de cómo hubo de regatear entre varias empresas funerarias para conseguir la mejor relación calidad-precio. Me sorprendió enterarme de que estas empresas de pompas fúnebres tienen varios comerciales que se pasan el día en el hospital y a quienes los propios médicos ponen en contacto con los familiares de los pacientes fallecidos. Y me quedé con un detalle que no sé si calificar como sórdido, esperpéntico o netamente celtibérico: estos señores van vestidos de negro, traje y corbata de luto, el mismo disfraz que hubo de ponerse tu padre para la ocasión, con la diferencia de que ellos no lo hacen por respeto a ningún familiar (o a las formas) sino porque ése es su uniforme de trabajo y porque el negro es para ellos lo que el naranja para los butaneros, supongo. Ya sé que lo que estás leyendo suena a comedia negra de Mihura, pero te juro que no me lo invento, y para cuando leas esto ya me conocerás lo suficiente como para saber que no bromearía con algo así.

Nadie lloraba, nadie. Se me vino a la cabeza una antigua canción de Golpes Bajos que yo solía tararear cuando tenía quince años y llevaba túnicas negras y muñequeras de pinchos: Ni una sola lágrima. Y después me vino una reflexión de Canetti o de Ortega sobre la individualidad que se pierde en la masa, y es que en un grupo humano el individuo tiende a acomodar su actuación a aquélla, por imitación, pese a que sea el individuo, a solas consigo mismo, el único ser que sienta, de ahí que siempre se presuponga una cierta insinceridad en los sentimientos colectivos. Probablemente si alguien hubiera empezado a llorar (la tía Reme era la que tenía todas las papeletas), otro alguien le habría seguido (alguna de las señoras con cardado y pendientes de perla que parecían saberlo todo sobre mi ceceo), y aquello habría degenerado, como suele suceder en esas situaciones, en un duelo de plañideras a ver quién se hacía notar más. Pero no, eso hubiera ido en contra del espíritu Agulló —en público, la contención ante todo, que las emociones sólo se ventilen en privado— y bastaba con la actitud de mi padre para poner dique a aquella potencial descarga de desconsuelo. Y así nos dieron las diez tranquilamente y nos marchamos todos a cenar a casa de mi hermana que —otra vez la famosa eficiencia familiar— puso a nuestra disposición una cena fría que había dejado preparada antes de salir para el velatorio, cena que casi ni probé puesto que se componía en su mayoría de embutido (Asun siempre olvida que soy vegetariana, como olvida o ignora casi todo sobre mí) y porque tenía un nudo en el estómago, con todos los sentimientos reprimidos estrujados allí dentro como un trapo viejo. Y de ahí a casa de mi padre, a la antigua casa familiar, el piso de Madrid en el que yo viví hace tanto, desde el que partiríamos mi padre, el tuyo, tú y yo, a Alicante a la mañana siguiente.

No te diré que no pude conciliar el sueño porque sería falso. A las once nos retiramos, tu padre durmió en la que fue la habitación de Vicente y yo me metí en mi antigua cama, la misma que dejé a los veinte años cuando me marché de allí pegando un portazo después de una sonada discusión con tu abuelo, y apenas una hora más tarde estaba profundamente dormida ahogada en un sueño denso, absoluto, sin imágenes, de esos que suelen resultar del cansancio acumulado, y del que no desperté hasta las siete, cuando mi padre entornó la puerta para anunciarme que ya era la hora y descubrí, sorprendida, que no habías llorado en toda la noche.

Ni se me ocurrió remolonear cinco minutos en la cama, como hago cuando estoy en casa, disfrutar de esa lentitud confusa entre el sueño y la vigilia, porque bien sabía que ni siquiera la muerte de mi madre serviría de excusa o de coartada para saltarse una de las reglas inquebrantables de los Agulló, una de las pocas reglas de la que he sabido olvidarme con los años, desaprendiendo con esfuerzo algo que en mi infancia habían grabado a fuego en mi mente: que el tiempo no está para perderlo y que el día hay que empezarlo con decisión castrense. De hecho, toda la vida he sospechado que mi padre se levanta y se ducha con agua fría, porque él siempre ha combinado admirablemente dos personalidades casi opuestas: fuera de casa, el hombre sociable, simpático y bon vivant, y dentro el espartano, el eficiente, el sobrio, la máquina de racionalidad matemática, y en ese sentido me sorprendió que Eugenia, en aquella conversación sobre la juventud de mis padres, me lo definiera como un golfo, porque de golfo no creo que haya tenido nunca nada aunque de puertas para fuera pudiera a alguien parecérselo. Desde luego, no me sorprendería nada si alguien me dijera que mi padre, de joven, salía de juerga hasta las tantas, pero estoy segura de que, si lo hacía, se levantaba al día siguiente a las siete y se quitaba la resaca con una ducha helada.

Yo no me he duchado nunca con agua fría ni lo haré, pero sí es cierto que he aprendido a hacerlo en el menor tiempo posible porque durante años viví en una casa con dos cuartos de baño, uno para padres y otro para cuatro hermanos, y todos teníamos que entrar en el colegio a la misma hora, así que ninguno podía perder tiempo en la ducha pues le estaría robando su turno a otro, y esa obligación de la ducha rápida es otra imposición de las que se graban a fuego en el subconsciente: tu madre, aunque lo intentara, nunca sería capaz de entregar un trabajo tarde o permanecer más de tres minutos bajo el chorro del agua. Así que a las siete estaba despierta, a las siete y diez duchada y a las siete y veinte vestida, y durante ese tiempo tu padre te había despertado, cambiado y dado el biberón. A y media en punto estábamos los dos sentados en la mesa frente al desayuno que la asistenta había preparado, y a las ocho, cumpliendo con los planes previstos, estábamos más que listos. Un cuarto de hora después llegaría Vicente a recogernos en la puerta de casa: todo organizado y predecible como el mecanismo de un reloj. La sacrosanta y siempre perfecta eficiencia Agulló.

Llegamos al hospital con tiempo de sobra para firmar los papeles de rigor y puntuales a nuestra cita con el hombre de negro que nos presentó al chofer del furgón funerario que llevaría el cuerpo de mi madre hasta Alicante. Estaban allí también Asun y Laureta con sus maridos y sus niños y sus coches respectivos. Qué precisión de máquina bien engrasada.

Tal y como estaba calculado (por supuesto ¿lo dudabas?) llegamos a Alicante a la hora de comer, donde habíamos quedado con el resto de la familia y con Reme y Eugenia, que habían salido en el primer tren de la mañana desde Atocha.

Y todo transcurrió según el plan trazado. Llegada a Alicante y comida familiar en La Finca, el que fuera el restaurante favorito de mi madre y donde se sirven, se supone, los mejores arroces de Alicante (arroces que no probamos, ya sabes lo de las manías de mi padre, tu abuelo, pero que sí probaba mi madre cada vez que Eugenia quería agasajarla). Con la comida todavía en el estómago nos subimos en los coches y enfilamos para el segundo velatorio, éste en el tanatorio de Elche, epítome del kitsch ibérico funerario donde los haya y situado en las afueras de la ciudad, en un polígono industrial que se halla en la carretera de Aspe, entre un hiper y una gasolinera presuntamente ecológica (pese a que la expresión «gasolinera ecológica» constituya en sí misma un oxímoron) y rodeado de fábricas de zapatos. A la entrada de este tanatorio hay una fuente medio seca que gotea agua verdosa (el limo podrido de su fondo suelta una pestilencia más densa que la de ningún cadáver), rodeada de arbolitos estragados y famélicos y de cactus rozagantes (si es que un cactus puede ser rozagante, que lo dudo), única vegetación, junto con las palmeras y los aloes, que sobrevive en semejante secarral. Preside la fuente una reproducción de la Dama de Elche, tan escasamente lograda como cualquiera de las otras muchísimas representaciones que el Ayuntamiento ha ido situando estratégicamente por toda la ciudad y en las que la pobre más que dama parece fallera, y tras ella surge el tanatorio, un edificio que parecería de lejos una fábrica más de no ser por los añadidos de estilo neoclásico de su fachada, decorada a base de vidrieras y piedra de granito de colores (un muestrario del sillar de Novelda y una demostración del arte de vidriera alicantino, pero en falso, porque son de cristal coloreado y no de vidrio) al más puro estilo mediterráneo, fachada que queda muy mona y muy alegre pero desde luego para nada en consonancia con el propósito del lugar.

Esta tónica de lo vistoso y lo nuevo rico continúa en el interior, donde sigue el muestrario del sillar granítico de Novelda en todas sus variedades (rosa, azul y granate en suelos, paredes y aseos), una especie de mármol que no lo es, porque es granito, pero que brilla mucho más que si lo fuera, sobre todo el suelo, enceradísimo hasta casi resultar peligroso. Al fondo hay un mostrador de madera pintado de blanco inmaculado en el que nos atendió un señor inmensamente alto como un ciprés y muy delgado, vestido de un negro absoluto e imponente por el contraste con el fondo níveo, un señor, por cierto, que tenía la cara azul (sí, he dicho azul, como un cadáver) y que parecía la viva creación del doctor Victor Frankenstein excepto porque iba muy bien vestido y porque, sorprendentemente, nos atendió con una amabilidad exquisita, muy poco propia de un monstruo. Tras indicarnos la planta y la sala en la que se velaría a nuestra madre, decidimos subir por la escalera de granito, y cuál no sería nuestra sorpresa al encontrarnos en el primer rellano con una instalación decorativa digna de ser expuesta en Arco, obra de la florista del cementerio y compuesta de todo tipo de capullos, pistilos y pétalos de plástico (ninguno natural) con los colores desvaídos por la pátina de polvo que se había acumulado sobre ellas, y que se vendían por ramos a unos precios exorbitantes. A partir de entonces empezó a resultar difícil avanzar debido a una multitud que colapsaba el primer piso e incluso la propia escalera, hormigueando arriba y abajo como si aquello en lugar de un tanatorio fueran unos grandes almacenes el primer día de rebajas. Más tarde nos enteramos que estaba integrada por los visitantes al velatorio de algún miembro de la familia Paredes, una de las más importantes y conocidas de la ciudad —que se enriquecieron gracias a las famosas zapatillas—, y que constituía una sonada ocasión social en la que se habían presentado parientes, amigos, conocidos y perfectos desconocidos que iban a cotillear. En suma, el pueblo entero. Nos costó dios y ayuda pasar de la primera planta, nos era imposible avanzar por aquel exiguo espacio repleto de gente y, además, teníamos que detenernos cada dos minutos a saludar, y es que nos encontramos con todo Elche, incluidos los amigos que debían de ir a nuestro velatorio pero que se habían quedado en la primera planta atraídos por el bullicio y la irrepetible plana de personalidades allí reunidas.

Por contraste, en la planta segunda reinaba una desolación absoluta, aunque en cuanto se corrió la voz abajo nos llegó una riada de gente que conocía a mi madre o a su familia y que pensarían que bien podían matar dos pájaros de un tiro y asistir en el mismo día a los dos actos. Así que allí se presentaron no sólo nuestros parientes y amigos, sino el carnicero, el panadero, la frutera, la pescadera, el teniente de alcalde y su mujer, la bruja Juli (aquella que le dijo a mi madre que mi padre jamás la dejaría, y a quien la presencia de mi padre le confirmaba lo acertado de su predicción), la mismísima María Dolores Mulá (una pintora famosísima del pueblo que siempre va muy moderna y a la que todos conocíamos de vista o de oídas pero ninguno personalmente, y que sin embargo se mostró muy amable con todos nosotros y muy afligida por la muerte de nuestra madre) e incluso Pepito, el que había sido el florista más popular de todo Elche porque tenía el puesto en la plaza y al que hacía años que nadie veía en ningún sitio. Y así se formó el revuelo en el velatorio y volvieron los comentarios de siempre «pobreta, qué pena, con lo buena mujer que era», «si es que no somos nadie», «unos vienen y otros se van» y «qué guapa es tu hija y cómo se parece a ti» y vuelta a hablar de cuando yo era pequeña y de mis ceceos y mis coletitas. Harta ya de estar harta, que diría Serrat, enfilé para el baño, en donde me encontré con una multitud haciendo cola y además con una señora que por lo visto había hecho noche en el edificio, velando a un familiar, y que estaba en sujetador y con el vestido arremangado hasta la cintura, lavándose los sobacos con una pastilla vieja de jabón que había encontrado en aquel lavabo desportillado.

Me gustaría poder decir que la tristeza se me había agarrado al estómago, pero mentiría. Ni siquiera sé si estaba triste, porque todo resultaba tan desconcertante y surrealista como para pensar que aquello no era sino un sueño, que antes o después volveríamos a la vida real en la que no habría habido ni muerta ni tanatorio. Y lo cierto es que para las diez ya tenía un hambre de náufraga, y no sólo yo, sino toda la familia. La tía Reme se quedó en la sala, porque se empeñó en que no podíamos dejar a mi madre sola y porque estaba enfrascada en una charla muy animada con la Mulá, y nos bajamos a la cafetería. Tu padre decidió volver hacia Alicante, con Laureta y sus niños y contigo. Entendimos que yo debía quedarme a hacer noche, o al menos parte de ella, en el velatorio.

La cafetería estaba hasta los topes y más animada que una rave en Kapital, pues allí estaban todos los que habían ido a acompañar al finado de los Paredes. Supongo que habrían empezado por los cafés, pero después ninguno había podido resistirse a la tentación de los solysombras a un euro veinte y los cubatas a dos cincuenta, con lo que más de uno y más de dos se estaban agarrando una tajada soberana aprovechando que se habían encontrado en el tanatorio con amigos a los que hacía tiempo no veían. Aquí me topé con el primo Gabi, que traía con él a Jaume y a Manolo, compañeros de correrías y aventuras en Santa Pola desde que teníamos ocho años, quienes parecían afectados de verdad por lo sucedido, porque al fin y al cabo mi madre les había hecho en aquellos veranos quién sabe cuántos bocadillos de Nocilla. Nada más vernos, los tres se dirigieron inmediatamente a la mesa donde estaba sentada mi familia a dar el pésame. Tanto mi padre como mis hermanos los recibieron con exquisita corrección (ya sabemos que los Agulló somos muy finos), y sin embargo se notaba cierta tensión en el intercambio de saludos, y es que a Vicente nunca le cayeron bien Jaume y Manolo. Lo cierto es que mi hermano estaría dispuesto a jurar a todo aquel que le escuchara que él de homófobo no tiene un pelo, pero el caso es que tampoco ha tenido un amigo gay en su vida, y ni Jaume ni Manolo van precisamente ocultando su condición. La situación no era tensa en apariencia, pero yo, que conozco bien a mi familia, entendí enseguida que lo mejor era retirarme, así que me levanté de la mesa y me fui a cenar a la barra un pincho de tortilla que compartí con mis amigos y que, a juego con el ambiente de tanatorio, parecía recién embalsamado.

Tras la cena subimos otra vez al velatorio. Allí estábamos Reme, Eugenia, mi hermano Vicente, mi padre, cuya expresión era casi tan rígida como la del cadáver que estaba velando, mis tres amigos y yo. Resultaba muy difícil iniciar una conversación de circunstancias, pero Jaume se esmeró y atacó con los tópicos de siempre, que si no somos nadie y que qué gran mujer era, como si no hablara un chico de treinta años sino una maruja de cincuenta. En algún momento mi padre intentó ser amable y recordar anécdotas de Santa Pola, cuando mi madre le limpiaba a Jaume los mocos, y me dio la impresión de que ese esfuerzo de buscar algo agradable que hiciera menos penosa la obligación de velar era una metáfora de la vida misma, que no es sino una lucha constante para intentar hacer menos duro lo que siempre lo es. Y en esto estaba pensando, cansada en lo físico y en el alma, con el cuerpo molido de vivir y la cabeza agotada ya de esa tristeza solemne que siempre habita en las reflexiones a deshora, cuando entró un señor desconocido, de unos cincuenta años, que se quedó mirando a mi madre con los ojos desmedidos y acto seguido se puso a llorar casi a gritos. Por un momento pensé si no sería el notario aquel con el que mi madre estuvo a punto de casarse en la juventud, pero luego caí en la cuenta de que si aquél era ya entonces mayor para mi madre, probablemente hacía tiempo que ya habría dejado este mundo. Sin embargo, aquel señor parecía no haber cumplido los sesenta. Miré a mi padre y, por su expresión, adiviné inmediatamente que tampoco él sabía quién era el visitante. En aquel momento el lloroso desconocido se desplomó sobre uno de los sillones de escay de la sala y casi de inmediato se puso a roncar con gruñidos tales que cualquiera habría dicho que había un cerdo suelto hozando por el tanatorio.

—¿Y éste quién es? —susurró Jaume, aunque bien lo podía haber preguntado a gritos, porque estaba claro que a aquel señor ya no lo movía ni una grúa.

—Yo no lo conozco de nada —aseguró mi padre—. ¿Y tú, Eva? —me preguntó, como dando por hecho que si algún indeseable se personaba en el velatorio de mi madre, el susodicho sólo podía haber llegado invitado por mí.

—De nada —respondí—. No lo conozco de nada.

—Este señor apesta —apuntó la tía Eugenia.

—A alcohol, entre otras cosas —añadió Reme.

—Yo creo que venía al otro velatorio y se ha equivocado —opinó Manolo.

—No sé, chico... Me extrañaría, parecía muy afectado... —Reme siempre tan ingenua, la pobre.

—Pues ahora a ver quién lo mueve de aquí —dijo mi padre, visiblemente enfadado.

Entretanto el señor seguía bramando como una segadora mientras la voluminosa tripa subía y bajaba al ritmo de sus estrepitosos resuellos.

Manolo se acercó al señor e intentó despertarlo, al principio golpeándole ligeramente en el hombro («¿Señor... ? ¡Despierte, señor!»), y al final zarandeándole sin contemplaciones, pero el tipo ni se inmutaba. Jaume sugirió avisar al amable Frankenstein que nos había recibido al llegar para que se lo llevara, pero el caso es que siempre cabía la posibilidad de que el señor fuera de verdad un pariente lejano o conocido de mi madre, y entonces no sería cuestión sacarle de allí a la fuerza. Ésa era la opinión de Reme, que no coincidía con la de mi padre, que pensaba que nadie, fuera o no pariente de la finada, podía ponerse a roncar en un velatorio así como así.

En ese momento llegó un nutrido grupo de amistades, ilicitanos todos ellos, a quienes conocíamos bien aunque tampoco fueran íntimos de la familia: Fina la verdulera, Marga la de la pescadería y Lucía Lozoya la del delicatessen, acompañados de un montón de caras que nos resultaban familiares pero a las que no sabíamos poner nombres. Venían todos ellos visiblemente achispados —o eso dedujimos de inmediato, porque ninguna persona sobria se pone a cantar La Manta al Coll i el cabasset en una ocasión así— y al minuto estaban arremolinados frente al féretro de mi madre, contemplándolo presos de lo que parecía hondo y colectivo pesar. En ese momento mi padre se levantó y anunció con determinación:

—Se acabó. Nos vamos a casa. Este velatorio se da por terminado.

Fill meu, qué fas?, que asó no pot ser—dijo Reme en valenciano, para mi gran sorpresa porque la tía, que es de muy buena familia, siempre ha hablado en impecable castellano—. ¿No ves que no podemos dejarla aquí a la pobre?

—La pobre, como comprenderás, no está ya como para enterarse de si se queda sola o acompañada —dictaminó mi padre, tajante—. Y mañana tenemos que estar bien enteros para el entierro y el funeral. Así que nos vamos y no se hable más. —Y dirigiéndose al grupo de dolientes espontáneos—: ¿Han oído ustedes? ¡Que esto se ha acabado! —Y a nosotros—: Eva, hija, baja a avisar al señor de recepción de que nos vamos y de que hay que cerrar esta sala. Y vosotros, Jaume y Manolo, despertad a... a ese señor, y sacadlo de aquí.

En cinco minutos la reunión estaba disuelta, la sala cerrada y nosotros cinco, Vicente, Eugenia, Reme, mi padre y yo, de camino a Alicante.

Cuando llegué, a las cinco de la mañana, tu padre y tú dormíais en mi antigua habitación, tan profundamente que la luz no os despertó y ni siquiera os agitasteis. Y yo caí completamente derrotada, hundiéndome otra noche más en un reposo inmóvil y vacío de imágenes en el que se dormía pero no se soñaba.

El día siguiente fue catastrófico.

A las once menos veinte salíamos de nuevo hacia el tanatorio, pues el funeral se celebraría en la misma capilla del complejo funerario, sita en la ampliación del vestíbulo del edificio y evidentemente concebida por el mismo arquitecto que diseñó el adyacente horror mortuorio, con la misma composición de mármoles y adornada con profusión de idénticas flores de plástico polvorientas idénticas a las que componían el arreglo que habíamos visto en el vestíbulo el día anterior. El altar, por supuesto, también era de mármol valenciano, de un blanco refulgente, y estaba presidido por un crucifijo de hierro forjado neocubista de lo más setentón. En definitiva, por mucho que se diga que la estética es una cuestión subjetiva y que lo que es bello para algunos puede no serlo para otros, la fealdad de aquella capilla era incuestionable. Y aplastante, pues transmitía una extraña sensación de agobio, de opresión. Parecía que hubiera fuerzas hostiles e incorpóreas ejerciendo presión desde aquel recinto presuntamente sagrado.

La ceremonia transcurrió como suelen suceder las ceremonias de este tipo, una misa católica con sus repetidas letanías parecidas a las que yo recitaba en la infancia, pero renovadas. El Padrenuestro, por ejemplo, ya no era el mismo que yo aprendí, ni tampoco el Credo. Como el cura no había conocido a mi madre y por lo tanto no pudo hacer un panegírico de la finada, en vez de ello se fue perdiendo en tópicos y lugares comunes sobre la vida que les espera a los justos en el Reino de los Cielos y a la derecha del Padre. Hubiera podido resultar solemne de no haber sido tan amanerado, porque aquel cura tenía una pluma tremenda y, en cuanto empezó a hablar, Gabi, Jaume y Manolo, desde la tercera fila, no dejaron de dirigir miraditas y gestos cómplices hacia mí, que estaba en la primera intentando esquivarlas o no darme por enterada, pues me daba cuenta de que si mi padre sorprendía alguno de aquellos gestos se iba a enfadar de veras. La media hora de ceremonia se me hizo eterna, pero de alguna manera me encontré con que habíamos llegado al final sin advertirlo. Entonces llegaron unos señores vestidos de traje negro y corbata y se llevaron el féretro, que había permanecido allí, todo el rato, frente al altar, cubierto de una corona de flores blancas. Y naturales, gracias a dios.

Intenté avanzar como pude por el pasillo central hacia la salida, tarea harto difícil porque a cada metro me interceptaba una prima, una tía lejana, una vieja amiga de mi madre que me había oído en la radio o que había leído mi libro y que ardía en deseos de contarme qué gran mujer había sido mi progenitura o qué mona era yo de pequeña cuando ceceaba y llevaba coletitas. Se colgaban de mí como niños mendigos que abordaran a un turista en una capital árabe, reclamando mi atención y mis palabras como si yo fuera una celebridad, lo cual probablemente sí era, a sus ojos. Yo buscaba a tu padre con los míos, pero tu padre no estaba. Ni siquiera había asistido a la ceremonia, había permanecido todo el tiempo fuera de la capilla con la excusa de que debía atenderte a ti y enmascarando así la verdadera razón de su ausencia: que detesta las iglesias y los ritos. Por fin llegué a la entrada del recinto y alcancé a ver a lo lejos a la comitiva que se disponía a dirigirse al cementerio, situado a un tiro de piedra del tanatorio. En ese momento, mi hermano Vicente empezó a gritarme desde la distancia:

¡Eva, por el amor de Dios! ¡Que llegamos tarde!

Le hice gestos para indicarle que estaba con Gabi, Jaume y Manolo, y que les seguiría por mi cuenta en cuanto pudiera reunirme con tu padre y contigo. Y cuando por fin os tuve a todos a mi lado, nos dirigimos al cementerio.

En la puerta del camposanto los cipreses, caldeados por el sol, despedían una especie de aliento fúnebre, como un perfume denso, oscuro y profundo. Mi hermano nos esperaba echando llamas por los ojos. Avanzó hacia mí dando zancadas, me agarró del brazo con violencia y me apartó del grupo como si fuera un policía.

—¿Qué hacen ésos aquí?

—Pues vienen con...

—Ésos no pueden entrar porque no son de la familia y ésta es una ceremonia íntima, ¿me has entendido? Ya les estás diciendo que se vayan por donde han venido, ¡que eres gilipollas!

Y acto seguido, se dio la vuelta y se internó por un camino que serpenteaba, entre las tumbas, hacia el panteón familiar, sin permitirme réplica ni explicación, dejándome tirada en la puerta del cementerio con la palabra en la boca y lágrimas en los ojos.

Mis amigos se acercaron. Tu padre y tú os quedasteis algo rezagados.

—¿Qué pasa? ¿Qué te ha dicho?

—No sé... —no me atrevía a decirles la verdad, pero tampoco a decirles que entraran al camposanto, pues la actitud de mi hermano me había asustado—, no me encuentro bien —dije, y era verdad: se estaba apoderando de mí un cansancio infinito—, quizá sea mejor que descanse.

—Claro nena, es normal, la impresión... —dijo Jaume.

—Sí, vamos a buscar un banco y te sientas —añadió Manolo, solícito.

—Igual lo mejor va a ser que no entremos al entierro —aventuró Gabi—, porque si no te encuentras bien puede que no te convenga la impresión. Lo de las paletadas de tierra sobre el féretro, ya sabes... es muy desagradable. Además, tampoco es cosa de entrar con la nena, que es un bebé —añadió señalándoos a tu padre y a ti, que teníais pinta de enteraros de lo mismo. O sea, de nada.

Nos sentamos en un banco en la misma puerta del cementerio. El sol caía a plomo y la luz lo inundaba todo de amarillo con exagerada lentitud. Y en ese momento fue cuando me eché a llorar, cosa muy rara en mí que, como buena Agulló, nunca lloro en público. Sin embargo, de repente noté cómo me ardían los ojos y me atravesaba un sollozo en la garganta que me impedía respirar, un torrente de rabia e impotencia que se solidificaba dentro del pecho. Gabi me abrazó y me hundí en su pecho, aspirando un aroma familiar, a infancia, a tardes jugando al escondite en Santa Pola y a primeros besos robados entre primos. Y yo sabía que Gabi pensaba que lloraba por mi madre, pero yo no lloraba por ella, lloraba por orgullo, lloraba por la humillación de haber asistido al momento en que mi propio hermano le negó la entrada a mis amigos y por no haber sabido defender mis derechos y los suyos, lloraba porque detesto que me griten y porque me he pasado toda la infancia escuchando gritos e imposiciones, jugando al papel de la hermana pequeña a la que nadie considera, lloraba porque pensaba que nadie me había visto como una adulta y que yo misma no había aprendido nunca a verme como tal, y que aún me comportaba como una niña que acepta órdenes y reprimendas. Pero ya no era una niña, acababa de perder a mi madre y no podía jugar ya el papel de hija, tenía que empezar a comportarme como madre, y no me sentía capaz, ni siquiera encontraba fuerzas para desenterrar la cabeza del pecho de Gabi o de levantarme de aquel banco.

Y en ese momento escuché un rumor de grupo que se acercaba y me di cuenta de que el entierro debía de haber acabado ya. El cura ya habría leído el responso y a continuación habrían introducido el féretro en el panteón sin paletadas de tierra, como Gabi creía, porque no se trataba de ese tipo de sepultura. Alcé los ojos y vi cómo una especie de nube negra se acercaba hacia nosotros, y cuando se fue concretando más empecé a distinguir en medio de aquel borrón contornos y figuras familiares, el perfil inmediatamente reconocible de mi padre, de mis hermanos, de mis cuñados, y a figuras que no eran familiares, a perfectos desconocidos que no sabía reconocer pero a los que nadie había negado la entrada al cementerio. Y entendí que la imposición de Vicente nada tenía que ver con el hecho de que existieran unos lazos de familia que debían respetarse para compartir los rituales más íntimos, sino a la necesidad de dejar claro que nuestra madre era más suya que mía, pues nunca la sintió tan cercana como la sintió en la muerte, y a la de demostrar su poder, su superioridad, después de que una vez más yo le hubiera robado el protagonismo, bien que sin desearlo, de la misma forma que llevaba haciéndolo desde pequeñita, desde que ceceaba y llevaba coletitas y le quité el puesto al nene, aquel nene espectacular, el querubín rubio entre las dos hermanas morenas, el de los ojos azules inmensos y asombrados, el niño frente a cuyo cochecito se paraban todas las señoras de Alicante deshechas en alabanzas, triste príncipe destronado al que nadie volvió a hacer caso nunca más en cuanto nació una niña más pequeña y más rubia que él. Nadie volvió a llamarle rey de la casa, ni siquiera su madre, sobre todo su madre, la fue perdiendo desde pequeño, me temo, y cuando la tuvo que dar por definitivamente perdida hizo lo que ha venido haciendo desde siempre, lo que toda la vida había visto hacer a mi padre, traducir su dolor a gritos, porque los niños no lloran, o eso había escuchado él desde pequeño. Y me acordé de aquel documental que vi en la tele en el que un chimpancé al que sus cuidadores le arrebataban su juguete favorito la emprendía a mamporros con otro chimpancé más pequeño con el que compartía jaula.

La linda Laureta, bella como nunca en su traje negro (a primera vista diría un Sybilla, pero yo no tengo mucho ojo para estas cosas), que armonizaba divinamente con su figura de junco y su melena oriental, avanzó hacia nosotros como si lo hiciera por una pasarela.

—¿Pero qué haces aquí? ¿Cómo no has entrado? —me preguntó con tono indignado a la vez que me repasaba de arriba abajo con la mirada, dejando claro sin necesidad de decirlo que mi aspecto no le parecía el adecuado—. Ay, hija, Eva, cómo eres... Siempre a lo tuyo. —Y desvió entonces la mirada como si mi presencia la alterara.

—No se encuentra bien —le explicó Gabi.

Vicente se acercó para anunciar solemnemente:

—Nos vamos todos a comer a La Finca.

—Yo no voy, no me encuentro bien, y además no tengo hambre.

—Claro, la impresión... —intentó explicar Jaume.

—Ya, y las ganas de llamar la atención —respondió Vicente—. Eva siempre se tiene que hacer notar. Recuerda que a las cinco salimos hacia Madrid, algunos mañana tenemos que trabajar —recalcó el algunos con una voz de engolamiento campanudo, como si las demás, yo, no trabajáramos.

—A las cinco menos cuarto la tienes en el portal de la casa de tus padres —garantizó Manolo—. Yo la llevo.

—Eso espero. ¿Tú te quieres venir a comer con nosotros? —le dijo mi hermano a tu padre, que negó con la cabeza—. ¿No? ¿Prefieres quedarte con ellos?

Tu padre asintió con la cabeza, sin decir nada porque, supongo, le parecería obvio que no iba a dejarme sola.

—Pues allá tú. Pero te advierto que dentro de dos minutos ésta estará perfectamente y tú andarás muerto de hambre. Los numeritos de mi hermana nunca duran mucho, lo sabrás tú mejor que nadie, que vives con ella. En fin, hasta las cinco —concluyó Vicente, despidiéndose con una inclinación de cabeza.

—No le he dicho lo que se merece porque estamos donde estamos, pero hay veces en que tu hermano anda pidiendo una hostia a gritos —comentó Gabi al verle desaparecer—. No ha cambiado nada desde pequeñito, qué cruz de niño, por dios.

—Y que lo digas. El repelente niño Vicente —confirmó Jaume.

—Yo creo que está un poco tocado —opinó Manolo.

—No, qué va a estar tocado... Ése sabe muy bien lo que hace y lo que dice —le contradijo Gabi—. Lo que pasa es que es una malísima persona, aunque esté bueno de aburrir.

—¿Qué dices? —preguntó Jaime, alucinado—. Qué va a estar bueno...

—Pues claro que lo está, en su estilo pijo madrileño, pero lo está. Si no de qué iba a poder tener tanta novia.

—Pues por la pasta —le explicó Manolo—, porque yo le veo más bien enano.

—¿Y eso qué más da? Mira Tom Cruise... —insistía Gabi—. Lo que pasa es que lleva encima un complejo desde niño que le ha vuelto gilipollas, y lo digo con conocimiento de causa porque lo conozco desde pequeño, que para eso es mi primo. Siempre estuvo amargado... Claro, las nenas eran más altas que él, más lucidas, más llamativas... Y no ha sabido crecer con eso y así se ha vuelto: un neuras. Y a Eva, como es más pequeña que él y no ha tenido hasta ahora un marido al lado que, según su punto de vista machista, le haga cortarse un pelo, la ha visto siempre más indefensa y es a la que más caña le ha dado.

—No digas esas cosas, no seas bruto. —Manolo siempre conciliador—. El pobre, en el fondo, no es tan malo. Lo que pasa es que tiene sus cosas, como todos, y ese pronto tan bestia que ha heredado de su padre, todo hay que decirlo. Pero yo creo que no es malo, sólo que Vicente está un poco tocado, siempre ha tenido un punto raro, el pobre niño... Pero aparte de eso tiene muy buenas cualidades. A nadie, y menos a alguien de tu familia, lo puedes describir en blanco y negro...

—Mismamente, por ejemplo, Hitler adoraba a sus perros.

El apunte irónico provenía de Jaume.

—Pues ahí quería ir. Que hasta la peor persona tiene algo bueno. Y Vicente cualidades tiene, a montones. Es muy inteligente, eso todos lo sabemos, y por tu madre siempre se desvivió, nadie puede decir que no ha sido un buen hijo. Lo que pasa es que tiene ese pronto que le pierde, pero eso él no sabe evitarlo, y lo peor es que es a él a quien a la postre le pasa más factura, porque el pronto es tan horrible como para que oscurezca sus muchísimas virtudes, y al final todo el mundo acaba pensando que es un ogro, aunque en realidad, en el fondo, no sea tan malo como parece. No sé cómo te diría... no sabe cómo relacionarse, eso es lo que le pasa. Pero yo creo que en el fondo sufre más que el resto. Si fuera más feliz no fumaría tanto.

—Anda ya... —masculló Gabi, escéptico.

—No te hagas mala sangre, Eva, que eso nunca viene bien y menos en momentos como éste, en los que todo se exagera —Manolo seguía en sus trece—. Vicente se pone así por la sencilla razón de que no sabe expresarse. Se le sube el gallito sólo para disimular que está hecho polvo.

—Sí, pero es que me destroza...

—Mira, Eva, a nadie se le puede definir en blanco y negro, ya lo he dicho, siempre hay infinitos matices de gris. Ni tu hermano es un ogro ni tú eres una mártir, sólo que a veces os da por interpretar esos papeles. Pero tú sólo serás la mártir si a ti te da la gana, porque él únicamente te puede hacer daño en la medida que tú le dejes, ¿no lo entiendes? Si dejas que esto te afecte, te dolerá. Pero si no le das importancia, le quitarás todo el poder sobre ti. Además, ya sabes que en todas las familias siempre acaba habiendo broncas en los momentos de más estrés.

—Por eso dice tan sabiamente el dicho alicantino: «Familia y trastos viejos, pocos y lejos» —apuntó Gabi.

—Oye... ¿tú crees que el rumano éste se ha enterado de la movida? Como no habla patata de español... —Manolo intentando cambiar de tema.

—No estoy tan segura, a veces no sé si de verdad no se entera o si finge no enterarse —dije yo.

—¿Y a ti eso no te importa? —preguntó Manolo.

—Pues no me debe de importar, supongo.

—Pero, ¿tú estás enamorada de este chico?

Éste era Jaume.

—Es el padre de mi hija. Lo de estar enamorado no es más que una ilusión pequeñoburguesa.



—Anda, vamos a dar un paseo —Gabi terminó la conversación porque sabía bien que a mí no me apetecía dar más explicaciones—, y a picar algo.
Y al fin y al cabo, qué es el amor sino una invención. No, no hablo del amor que siento por ti, ni del que sentía por mi madre, un sentimiento que se va construyendo poco a poco, contradictorio pero firme porque se asienta sobre unos cimientos muy profundos, sino de ése que causa vértigos, euforia, mareos, falta de apetito y una total necesidad de otra persona, algo así, por ejemplo, como lo que sentí yo en su día por el FMN y que era, entonces sí, una ilusión, un producto de la química cerebral y de la oxitocina, pero también de mi propia imaginación, de la que brotó un amor inventado por el que me dejé llevar, que inhalé en una respiración ansiosa y que retuve, porque pensaba que ese arrebato romántico significaba el preludio de un cambio en el que el FMN tomaría las riendas de mi destino y lo encaminaría por derroteros mucho más plenos e interesantes que los que hasta entonces hubiera conocido; la misma imaginación que proyectó, como si de una pantalla en blanco se tratase, todas mis carencias, mis frustraciones y mis necesidades por resolver y que se fueron a aplicar como un barniz sobre el objeto de mis ilusiones, ocultándome por entero al hombre que había debajo al confundirse con él, como dos figuras superpuestas que no formaran más que una. Ya lo dijo mi admirada Virginia, esa mujer capaz de consignar en sus cartas el restablecimiento de la salud de un hermano que ya había muerto: el amor es una ilusión, una historia que una construye en su mente, consciente todo el tiempo de que no es verdad, y por eso pone cuidado en no destruir la ilusión, y por eso mi pensamiento no era capaz de ver lo que de verdad hubiera debido apreciar, porque no tenía el campo libre, ya que la perspectiva de una vida fácil en Nueva York, lejos del Madrid que tenía asociado a tantas decepciones y dolores, y la admiración que yo sentía por la música de aquel hombre se plantaban allí, obstruyendo la entrada de mi conciencia, estimulando las riendas de mi imaginación y taponando los conductos de mi percepción, porque yo reaccionaba desde el pasado, desde lo que temía y de lo que huía, en un intento desesperado de modelar la forma, aún libre, de mi porvenir. Y de esa manera el FMN que yo me creé y creí, a quien, incluso antes de conocerle, yo había ido elaborando delicadamente a través de la transparente belleza de su música, el FMN imaginado (un prodigio de encanto y sensibilidad, además de un genio musical) que superpuse sobre el FMN real y tangible (un excelente músico —eso era cierto— pero también un tipo soso, cobarde y bastante inculto), resultó ser tan falso como la novia del rumano, quien por fin, en una de nuestras conversaciones en la cena, acabó por confesarme que nunca hubo tal novia. Se la había inventado, tal y como Sonia supuso desde el primer momento, y las noches de ausencia las había pasado en el laboratorio, comprobando resultados de no se qué experimentos y encadenando sueñecitos de cuando en cuando sobre una camilla.

Porque le di miedo, porque le atraje tanto como le aterré, porque aquella escena que vivió la primera mañana que se despertó a mi lado ya la había vivido muchas veces, demasiadas veces, y de ahí que supiera tan bien lo que debía hacer para ayudarme a sobrellevar una resaca que no era proporcional a lo que yo había bebido ni, evidentemente, una de tantas. Desde el principio se dio cuenta que allí había un problema, o más bien reconoció un problema con el que ya había tratado, pues no en vano había convivido muchos años con una mujer que bebía: su madre, que empezó a copear en serio después de que su padre les dejara hacía mucho tiempo, el suficiente como para que apenas le recordara, pues el señor había emigrado a Canadá y de él no sabía más que a través de pocas cartas y menos llamadas, enviadas y recibidas muy de cuando en cuando. Inmediatamente tuvo que asumir el papel de hombre de la casa, y de paso el de enfermero y asistente de su madre, que trabajaba de camarera y solía llegar tan borracha como para que su hijo tuviera que desvestirla, meterla en la cama y prepararle al día siguiente un desayuno a base de remedios anti resaca que había acabado aprendiendo de memoria. Se acostumbró a sus cambios de humor, a sus lagunas de memoria, a su desorden, a que nunca estuviera despierta cuando él se levantaba, a que no hiciera nada, ni el desayuno ni la comida ni la cena, a que contara con su hijo para hacer camas o fregar platos, labores que en su día ella había monopolizado y de las que se había ido poco a poco desentendiendo hasta olvidarlas por completo; dejó de sorprenderse al encontrar vómitos por la mañana en el cuarto de baño y aprendió a limpiarlos sin decir palabra ni quejarse; se hizo a los gritos, a las lágrimas y a las canciones, todos exagerados y todos convocados sin ningún motivo y a veces alternados en rapidísima y absurda sucesión, pues la bebida provocaba en su madre cambios de humor sinusóidicos.

A veces llegaba tan borracha que deliraba, y se ponía a insultar al padre desaparecido como si nunca se hubiese marchado y estuviese allí, delante de las mismas narices, sentado a la mesa de la cocina, o se reía con él de chanzas antiguas, privadas, remanentes de una complicidad amorosa vivida hacía muchos años y después perdida, chistes que el hijo no podía ni quería entender, bromas de aquellos años en que ella había sido guapa, antes de que el alcohol la hinchara como un sapo, le enrojeciese la nariz y le abotargase las facciones. De vez en cuando un hombre la subía a casa, arrastrando su cuerpo inerte por las escaleras, o habría que decir hombres, porque no siempre era el mismo, eran más bien individuos distintos pero muy parecidos entre sí, con la misma nariz roja e hinchada de su madre, los mismos ramales de venillas tiñéndoles las aletas, la misma lengua floja, el mismo aliento agridulce y el mismo falso aire festivo, una necesidad de risas y canciones bajo las que se detectaba fácilmente la desesperación. La mayoría se quedaban, pero algunos, al encontrarse en la casa a un niño que les miraba con ojos grandes y acusadores, se marchaban por donde habían venido después de pasarle al niño la mano por la cabeza como lo harían con un animalito doméstico extraviado. Cuando alguno se quedaba, Anton se tapaba la cabeza con la almohada para no oír los golpes del cabecero contra la pared, los chirridos de los muelles del somier y, sobre todo, unos gruñidos y resoplidos que le recordaban a los de los cerdos que había conocido de pequeño en la granja de su abuela paterna, a la que no había vuelto a ver desde que su padre se marchó. Lo peor es que él quería a su madre, y ella le hacía sentirse querido, por necesitado, y pese a que entendía que la situación era insostenible, sabía de sobra que nunca cambiaría, y sentía una nostalgia casi asesina de su primera infancia y unas ganas desesperadas de largarse lejos de allí, adonde fuera.

Mientras tanto, Rumanía se iba sumiendo en una crisis cada vez más grave, y los que podían emigraban, como había hecho su padre. Un día llegó una carta suya en donde le comunicaba que había vuelto a casarse y se había convertido, por matrimonio, en ciudadano canadiense. El país se iba a pique y el pequeño Anton se convertía en la estrella de su instituto, el chico con mejores notas en todas las asignaturas, el que se llevó el premio al mejor estudiante al acabar la secundaria. Y por eso el director, que le había tomado cariño y que conocía muy bien su situación, pues era vecino de su mismo bloque de viviendas, le sugirió que intentara estudiar fuera, que aprovechara la nueva nacionalidad del padre y, puesto que todavía era menor de edad, apelase al concepto de la reunificación familiar, consiguiera tarjeta de residencia en Canadá y obtuviera una beca de estudios allí. Mucho tiempo atrás, antes de que el padre se marchara, cuando la madre aún no bebía ni vino en las comidas, cuando los domingos eran días de pelota y de tren y de excursiones al campo a tres, aquel señor había sido muy amigo del padre, por eso se ofreció a escribirle una carta hablándole de las capacidades de su hijo para convencerle de que un cerebro como aquél no podía desaprovecharse.

Cuando Anton le habló a su madre de la idea del profesor, ella se puso como una fiera. ¿La iba a dejar sola, a la única que se había desvivido por él, para marcharse con un señor que le había engendrado pero poco más, que no se responsabilizaba de nada, que apenas mantenía el contacto, que les había dejado a los dos tirados como una colilla? ¿Y qué iba a hacer ella sin su hijo, su único sostén emocional, su único amigo, su sola razón de vivir?

Para acabar de disuadir a Anton, llegó la larga carta del padre, respuesta a la que había recibido del director, la más larga de las nunca recibidas, tan larga que su extensión superaba a la de todas las demás cartas juntas que habían ido llegando durante aquel no menos largo decenio. Explicaba que nunca le había olvidado, que jamás había dejado de quererle, y hablaba de la responsabilidad y de la hombría, y de los deberes para con la propia sangre, y se enredaba en justificaciones sentimentales que sonaban a canción de radiofórmula, para acabar diciendo que él firmaría los papeles que hubiera que firmar y ayudaría a su hijo en lo que pudiese, pero que éste no podría vivir bajo su techo, pues se había casado con una mujer muy celosa que no quería ni oír hablar de la existencia de un amor previo y, mucho menos, de un fruto de aquel amor.

De forma que Anton asumió que no abandonaría Rumanía, que allí se quedaría al lado de su madre, y sin embargo fue curiosamente su madre la que le obligó a marchar, pues tras una larga conversación con el director se había dado cuenta de que no había otra opción, de que su hijo no podía desaprovechar la oportunidad que le ponían en bandeja cuando medio país estaba intentando a la desesperada, y muchas veces infructuosamente, salir de allí jugándose incluso el tipo y la salud, cruzando ilegalmente las fronteras, arribando en países en los que no se conocía a nadie o en donde eran rechazados. Al principio, cuando su madre se resistía a dejarle marchar, su actitud le había parecido a Anton egoísta, casi cruel y hasta odiosa. Pero su repentino consentimiento le inspiró un cariño vivísimo por renacido, y de repente sintió que ya no se quería ir. Decidió que lo mejor sería no marcharse si con ello iba a disgustarla tanto aunque, pese a todo, la misma decisión de quedarse le provocaba más deseos de escapar. Pero no de huir a Canadá, sino hacia un paraíso soleado y difuso que imaginaba en sueños, y que estaba seguro de poder encontrar el día en que fuera libre para ir a buscarlo, el día en que pudiera sentirse ajeno a los chantajes de su madre, o al fantasma de su padre.

Cuando le anunció a su madre su decisión de permanecer a su lado, ella, en lugar de alegrarse, insistió más todavía en la necesidad de su partida. Lo mejor era que se marchara, decía, porque no tendría jamás salida en aquel país devastado. Quería que se fuera y que no tuviera cuidado, que no sintiera ninguna pena por ella, al fin y al cabo su vida ya se estaba acabando y la de él casi acababa de empezar y no quería que su futuro se pareciera en absoluto al pasado que ella había vivido. A Anton, sin embargo, esa recién adquirida obligación de vivir una existencia plena, feliz, exitosa, que contrastase con la de su madre y en cierto modo la resarciera, se le antojaba una carga muy pesada, y le parecía que se desgarraría si se apartaba de ella.

Pero no se desgarró. Muy al contrario, sólo se sintió entero, persona independiente y no parte de un conjunto binario, cuando llegó a Canadá. Su madrastra era dentista y por lo tanto, según los cánones canadienses, casi millonada, y el padre se había hecho su hueco como agente inmobiliario. A los dos les sobraba el dinero y les faltaba el tiempo, así que su padre, complejo de culpa obliga, le había buscado alojamiento en Toronto, un apartamento minúsculo que se ofreció a pagar mientras hiciera falta. Anton no podía haber imaginado mejores condiciones para establecerse. ¿Qué otro muchacho de dieciséis años podía decir que vivía solo, sin obligaciones ni imposiciones paternas, sin limitaciones de entradas y salidas? Y sin apoyo, sin compañía, sin sentimiento de pertenencia, carencias que se hacían temores en la cabeza de Anton, pero que jamás mencionó a nadie, mucho menos al señor que le pagaba el alquiler y cuyo abogado se ocupó de todos los trámites, incluido el de matricularle en una High School.

Al año, cuando ya estaba certificado como ciudadano canadiense y podía alardear de un expediente tan brillante o más que el que obtuviera en su ciudad natal (pues en Canadá el nivel académico resultó ser sensiblemente inferior al rumano, sobre todo en lo que a ciencias se refería) pidió la famosa beca. La obtuvo y se marchó a estudiar biología a Kingston, donde su vida siguió caracterizada por la misma tónica que en Toronto: la soledad. El tiempo que había pasado fuera de Rumanía lo había dedicado a tres cosas: estudiar, perfeccionar su inglés y escribirle cartas diarias a su madre. No había hecho amigos en clase, y apenas podía ver a su padre más que una vez cada quince días, cuando éste le invitaba a comer en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. De vez en cuando, en cualquiera de esos locales, su padre se cruzaba con algún conocido que les saludaba a distancia y que secretamente inspiraba la envidia de Anton. Aquellas personas participaban en la existencia de su padre, una existencia que transcurría más allá de aquel restaurante, una vida a la que Anton no tenía acceso.

Sí, el señor parecía tremendamente orgulloso de su hijo, pero no tanto como para llevarle a su casa o presentarle a los nuevos hermanos, que los había, y probablemente el hecho de saber que esa omisión no podía interpretarse más que como una canallada derivaba en un complejo de culpa que a su vez se traducía en el pago del alquiler del apartamento y en una renta mensual para su hijo, que ingresaba puntualmente cada primero de mes en una cuenta corriente que el eficiente abogado había abierto a nombre de Anton. La mitad exacta de aquella renta se la reenviaba Anton a su madre (el cambio de moneda obraba un milagro análogo al de la multiplicación de los panes y los peces y convertía aquella moderada suma en una cantidad más que respetable), y así actuaba a su vez tal y como lo hacía su padre: intentando acallar con dinero su complejo de culpa.
Anton adoptó ante la vida una actitud defensiva. Se acorazó en un castillo muy bien fortificado en cuyo centro había una torre de marfil construida con mimo a base de lecturas, estudios y cartas a su madre. Y allí habitaba solo, como un príncipe en el exilio a quien le quedara el título pero no el poder. Hubo algún intento de relación amorosa que a nada le condujo, estudiantes que se sentían atraídas por su aura de misterio y que sirvieron de medicina temporal para la soledad, chicas que no hablaban su lengua ni conocían su pasado, que ni siquiera sabrían situar en un mapa su país, amigas que compartieron alguna vez su cama pero no consiguieron sacarle de su estancamiento emocional.

Las cartas que recibía de su madre eran cada vez más animadas. Al principio, cuando Anton se marchó, entró en una crisis aguda que la sumergió de lleno en la bebida, hasta la mañana en que su vecino, el director del colegio, la encontró desmayada en la escalera con un reguero de sangre seca cruzándole la cara. Él fue quien la animó, o casi la obligó, a acudir a las reuniones del grupo de alcohólicos de la parroquia. Dejó su trabajo, pues en el bar era imposible ni plantearse abandonar la bebida, y el cura le encontró un puesto como limpiadora en un hotel. Ganaba menos y trabajaba más, pero no se pasaba el día rodeada de botellas, y el dinero no importaba tanto ahora que recibía los generosos giros de su hijo (dinero cuya procedencia real ella desconocía, pues Anton —seguro de que ella no habría aceptado jamás un dólar que viniera de su padre o, peor aún, de su nueva mujer— le había contado que tenía un empleo a tiempo parcial como camarero en un restaurante). Ahora acudía a misa cada domingo y había empezado a salir con un hombre, un viudo bastante mayor que ella al que había conocido en las reuniones parroquiales. De vez en cuando Anton la llamaba por teléfono y no sólo la encontraba más animosa y coherente, sino que incluso notaba un cambio en el color y el matiz de la voz, que había perdido ese tono ronco, ese carraspeo áspero del vodka que antaño la caracterizara. Imaginaba que en cierto modo ella había reunido fuerzas y valor para salir del agujero al encontrarse totalmente sola. Él, sin saberlo, la había reafirmado en su debilidad con su mera presencia y aquel estar siempre disponible para arreglarle la cama, para aliviarle sus resacas y para levantarla cuando caía; le había hecho creer que su papel era el de enfermero y el de ella el de enferma y que si actuaba de otra manera perdería todas esas manifestaciones de atención y cariño que su hijo le dedicaba siendo alcohólica. O tal vez eso era lo que Anton prefería creer, porque esa explicación a su mejoría —muy plausible, por otra parte— aliviaba un poco el complejo de culpa que sentía por haberla dejado sola y que los giros mensuales a Rumanía no lograban calmar, como tampoco apagaban la terrible nostalgia que a veces sentía de su calor, de su compañía. Sin embargo nunca fue a verla, ni ella jamás se lo pidió, quizá porque ambos sabían que la relación de dependencia mutua que habían mantenido no había beneficiado a ninguno, quizá porque, por mucho que se echaran de menos, ambos se sentían mejor sin el otro.


Tras cuatro años en Kingston, Anton pidió otra beca y aterrizó en Nueva York. Seguía recibiendo puntualmente su asignación, pero ya no podía enviar la mitad a su madre porque el dinero en la nueva ciudad parecía encogerse como por arte de magia. Por primera vez hizo amigos y, relevado al fin de la obligación de obtener las mejores notas del campus con vistas a la futura beca de doctorado, pues ya la había obtenido y no parecía que le fueran a hacer falta más en el futuro, se permitió hacer cierta vida social. En la gran ciudad su propia vida se le ocultaba enteramente tras una decoración nueva, como si se pudiera olvidar de su pasado y casi de su propia persona para convertirse en alguien distinto, y así decidió emplear todas las fuerzas acumuladas durante su inactividad social en Toronto y en Kingston para entregarse espontáneamente a una vida nueva y libre, porque lo que hasta entonces había vivido no le parecía más que un desierto, una parte mínima del espacio que se extendía ante él y que ansiaba recorrer porque parecía ofrecerle, replegado entre los callejones y las puertas de los clubs y los bares, una prolongación y posible multiplicación de sí mismo.

En Canadá, el hecho de no compartir ninguna costumbre ni idea ni recuerdo con los que le rodeaban le había forzado al aislamiento, pero en Nueva York, en medio de aquel crisol de desarraigados, aquel sentimiento de no pertenencia adquiría un efecto contrario, porque la conciencia de que no existía entre su nueva ciudad y la que le había criado le inspiraba la sed de una vida que quería absorber a grandes sorbos, con la ansiedad de quien sentía que nunca había probado una gota de ella. Cuando empezó a salir, acompañado por amistades recién hechas, gente que conocía en las clases, en la biblioteca de la universidad o en fiestas a las que le llevaba su compañero de piso, todo le parecía luminoso, contagiado del brillo de lo nuevo, y tenía tendencia a encarecer el valor de cualquier placer precisamente por lo difícil que le había resultado lograrlos. Cualquier bar, cualquier librería, cualquier restaurante, cualquier concierto, cualquier exposición le contentaba, y por todas partes creía ver mujeres atractivas que parecían estar brindándole en los ojos, en los labios, en las piernas, la oportunidad de resarcirse de tantos años de aislamiento, como si llevara dentro un ideal que reconocía de lejos en cada hembra que pasaba, como si todas pudieran encarnar a la mujer de la que se enamoraría, la que le daría las réplicas en la comedia amorosa que iba escribiendo en la cabeza desde que llegó a la ciudad que nunca duerme. Era como si, lejos de su padre y del sentimiento de exclusión que su cercana lejanía le inspiraba (ese padre que estaba pero en realidad no estaba y que siempre le dejó muy claro que existía una línea limítrofe que nunca se le permitiría cruzar), y más lejos aún de su madre y de aquella sensación de no ser uno sino sólo la mitad de uno, de un uno que estaba en realidad formado por dos, se hubiese encontrado a un Anton desconocido dentro del Anton de siempre, como una muñeca rusa encerrada en otras muchas muñecas, y pudiese por fin actuar en libertad y ser, por primera vez, él mismo.

Se convirtió en otra persona, en alguien que quizá siempre había sido, de la misma manera que otros no pueden recordar cuándo dejaron de ser quienes eran porque, en realidad, nunca fueron nadie. Se convirtió en un chico simpático, sociable, abierto sin dejar de tener un poso reservado, pues aún lastraban su recién descubierto ánimo festivo las inagotables reservas de tristeza, larvadas en la infancia, que afloraban pese a la oposición de la voluntad consciente. Y fue en aquel momento, exactamente, cuando me encontró, cuando a él le empezaba a llamar lo que a mí ya me estaba hastiando, cuando disfrutaba por primera vez de placeres que yo consideraba de lo más común (salir con los amigos, tomar copas, conocer gente) y que le suponían el principio de la vida. Y me convertí a sus ojos en una sirena, tentadora por lo que tenía de promesa de una puerta abierta a la diversión y peligrosa en tanto le recordaba a su madre.
Cinco figuras vestidas de negro arrastrando un carrito de bebé bajo un sol de justicia en medio de un secarral. Cinco figuras que por fin llegan al coche de Jaume y emprenden camino a una terraza de Elche. A una de esas figuras, tu madre, la acometen accesos de llanto intermitentes. Todos la compadecen pensando que llora por su madre y ella no se atreve a explicar que llora por sí misma.

A las cinco menos cuarto en punto estamos en el portal de la que fuera casa de mi madre en Alicante. Nos toca esperar en el bar de enfrente porque mi familia no aparece hasta las cinco y media pasadas, sin ofrecer explicaciones, por supuesto. Nos despedimos afectuosamente de Gabi, Jaume y Manolo —quienes ni se dignan a mirar a mi hermano, por cierto, y son correspondidos con la misma glacial indiferencia— y subimos a recoger nuestras maletas, que habíamos dejado allí por la mañana. Después mi hermano, quién si no, decide la distribución de la comitiva de vuelta a Madrid. Mi padre, Eugenia y él, en su coche, uno de esos grandísimos y flamantes híbridos entre todoterreno y vehículo lunar, con relucientes faros y poderosos parachoques, de esos que casi reclaman escalerilla o taburete para acceder al interior, como bien notaron tanto Eugenia como mi padre, y que aupan al conductor, mi hermano, el bajito, en una especie de carroza desde la que puede observar desde arriba al resto de vehículos que pueblan la carretera —menos autobuses y camiones, claro—. En definitiva, el sueño de todo señor acomplejado por su tamaño, en una nueva interpretación, mucho más actual, de aquel refrán: «Caballo grande, ande o no ande», y es que no hay nada como un coche bien tremendo para curar complejos y epatar a los demás con la única grandeza de que sus dueños pueden presumir. Y suerte tuvo Reme de quedarse en Alicante, porque si no también habría tenido que auparse a semejante engendro galáctico y soportar, durante todo el camino, la humareda de tabaco negro y las fardadas de Vicente sobre velocidad, tracción, o válvulas del motor, discurso inteligible tanto para ella como para Eugenia.

Mis hermanas se repartieron cada una en sus coches con sus respectivos niños y a nosotros nos tocó ir en el coche de Julián, que no debe de haber oído hablar de cosas como la ecología o el desarrollo sostenible y que piensa que para qué va a viajar su familia en un coche cuando tienen dos. Conste que no ha traído el coche por mí, que a una lo mismo le daba volverse en tren, y de hecho él ha realizado el camino de ida a Alicante solo mientras nosotros lo hicimos con mi padre y Vicente, pero es que Julián dice que no le gusta viajar con los niños en el coche y por eso se los deja a Asun, aunque a veces pienso que lo que no le gusta es ese mareante deje a L'Air du temps, el aura a edulcorado paraíso que te inunda la nariz en cuanto pones un pie en el coche de su señora. Lo que no entiendo es por qué, si no quiere viajar con sus propios hijos, accede a viajar con un bebé, pero tampoco estoy yo como para preguntar mucho, porque yo sólo quiero subirme en el coche y largarme de una vez. Así que ahí estoy, plegando tu carrito para introducirlo en el maletero del flamante Mercedes (un maletero amplísimo, de esos que hacen pensar en películas de mañosos en las que el cuerpo del chivato recién ajusticiado viaja en el portaequipajes del coche de un Estado a otro), cuando se acerca mi hermano Vicente, purito en mano, como siempre y, a modo de despedida, intenta plantarme los dos besos de rigor. El olor a tabaco negro me asquea. No tengo ni ganas de besarle ni motivos para hacerlo. Y aparto la cara.

Y en ese momento mi hermano se vuelve loco.

O quizá, como decía Manolo, siempre lo estuvo, pero el caso es que ahora lo demuestra, porque se le va completamente la cabeza y empieza a gritar como un poseso.

—¿Pero tú quién te crees que eres? ¡Egocéntrica de los cojones! ¡Bastante jodida está esta familia para que vengas tú a joderla más! ¡Ya estamos hartos de ti y de tus numeritos histéricos! ¡Tú estás loca y siempre lo has estado!

Ni mi padre, ni mi compañero, ni mi cuñado, que han presenciado la escena, intervienen, y ante esa pasividad todo mi desasistido yo se repliega al interior de una única y absoluta sensación enferma de fatalidad inminente, y me quedo allí, contemplando a mi hermano con fascinado horror, plantada como una palmera más en una calle cualquiera de Alicante, frente a un maletero tan amplio como un armario, con un carrito de bebé a medio doblar en la mano. Mi hermano trepa a su coche y se planta en el asiento del conductor. Mi padre, sin decir palabra, se sienta a su lado. El coche arranca y desaparece por la avenida y Eugenia, desde el asiento de atrás, me dice adiós con la mano. Yo me miro las mías y noto que estoy temblando como un animal aterrorizado, con la misma violencia histérica con la que tiembla el perro cuando escucha truenos y se esconde bajo la mesa.
Recuerdo aquella terapia de grupo a la que asistí, la misma historia repetida en boca de tantas mujeres diferentes. Cómo había aprendido que si yo soportaba los gritos y las humillaciones era porque estaba entrenada para ello, porque aquél era el trato que había recibido toda la vida, porque había aceptado desde pequeña el papel de víctima. Mi hermano había seguido un patrón de libro, de manual de asistente social: primero se busca una falta que no existe, luego se ataca a la persona en razón de esa falta recurriendo al grito, a la humillación y al insulto y sin dejar posibilidad de réplica. Y si la atacada intentara defenderse se la desautoriza llamándola loca o mala persona. Y todo eso lo había aprendido de mi padre, que solía hacer lo mismo en aquellos tiempos en los que discutía con mi madre constantemente, cuando se empeñaba en repetir a todas horas aquello del favor que le hizo al casarse con ella y daba a entender —pero cómo podía saberlo yo por aquel entonces— que en el tiempo en que él la conoció ya era ella mercancía usada, de saldo, que se le había pasado el arroz y que sólo un viudo viejo podía querer llevársela; cuando decía lo del favor que le hizo al traerla a Madrid refiriéndose, me temo, a que la había apartado de las habladurías y los chismorreos; cuando vivía devorado por el monstruo de ojos verdes, los celos que sentía de Miguel, de un Miguel que seguía, efectivamente, enamorado de ella, de un Miguel que, según me confesó Reme con voz trémula en el velatorio de Alicante, ahora podría estar por fin bien a gusto, teniéndola cerca en el cielo, si es que el cielo existe, a su lado tal vez ya que siempre la había querido cerca aunque no pudiera tenerla, y por eso, por su ausencia, acabó matándose cuando mis padres se marcharon a vivir a la capital, porque ya nada tenía sentido para él si al menos no podía verla cada día.

Y es ahora, que sé todo esto, cuando me doy cuenta de que probablemente la bruja Juli siempre tuvo razón, de que mi padre estuvo más enamorado de mi madre que ella de él. Pero ¿se puede llamar amor a un sentimiento que le lleva a uno a destruir el objeto presuntamente amado?, ¿tenía razón Wilde cuando dijo aquello de que todo hombre acaba por matar a lo que ama? Me da vueltas la cabeza, no estoy en situación de desenmarañar este lío y a fin de cuentas aquélla era su historia, no la mía, por mucho que yo naciera a consecuencia de ella, y sé que nunca la conoceré del todo, que no entenderé sus mecanismos o resortes y no tiene sentido que me empeñe en descifrar un misterio que a mí no me pertenece.



Subí al coche en estado de shock. Tu padre y tu tío seguían sin decir nada. Nadie allí decía nada. Yo lloraba y quería dejar de llorar, pero no podía reprimir el torrente de sal picante de las lágrimas. Estuve sollozando durante kilómetros y horas. Quería parar, pero no podía: el miedo era como un motor enloquecido que, una vez puesto en marcha, no había forma de aplacar. Y todo ese tiempo no hacía más que pensar en cómo me iba a suicidan Fantaseaba con escribir un testamento en el que dejaría muy claro que mi hija —tú— debía mantener el mínimo contacto o ninguno con mi familia, para después inyectarme una sobredosis letal de heroína de forma que todo pareciera un accidente y no un suicidio. Te parecerá una fantasía infantil, Amanda, y cuando leas esta carta pensarás que tu madre estaba loca. Y lo estaba. Loca de atar, ida, completamente enajenada. A tu madre la estaba consumiendo una frustración infantil que le impedía distanciarse de los problemas de los otros y era incapaz de decirse a sí misma que podía vivir sin necesidad de la aprobación o el cariño de quienes no estuvieran en condiciones de dárselo, consumida por su propia obsesión narcisista, por esa manía de verse sólo reflejada en los ojos ajenos, de no saber explicarse a sí misma de otra manera que a través de las palabras de los demás y magnificando por ello situaciones que habría podido manejar sin esfuerzo de no estar empeñada en exagerar su importancia. Yo espero que cuando leas esta carta, si en algún futuro lejano llegas a leerla, hayas cumplido los veinticinco años, y sería muy feliz si no llegaras a entenderme, porque eso significaría que nunca habrás pasado por un momento parecido y, por ende, que algo habré hecho bien en la vida, que habré criado a una mujer con autoestima, entera, segura, a una mujer que no sea como yo, pero soy perfectamente consciente de lo peligroso que resulta proyectar en los hijos nuestras carencias y esperar que ellos consigan los triunfos que nosotros no fuimos capaces de alcanzar. Ojalá, Amanda, no heredes de tu madre este carácter depresivo y esta incapacidad para establecer distancia. Ojalá, Amanda, tú seas una mujer de acción y no de sentimiento, porque el que siente no avanza, se queda paralizado como yo en medio de una calle con un carrito de bebé en la mano a medio doblar, en medio de la vida, sin atreverse a avanzar, porque el mundo, Amanda, es patrimonio de quien impone su voluntad a sus emociones, porque la vida es una guerra y cada día una batalla. No debe uno quedarse quieto nunca, y mucho menos retroceder ni para tomar impulso. Espero que cuando leas esto, si lo lees, no simpatices con tu madre, no la entiendas, no la apoyes, espero que me odies cuando sepas que fantaseé con matarme y dejarte sola y sin mi apoyo, espero que de ninguna manera puedas comprender por qué cuando una se sume en un estado depresivo grave lo que al día siguiente encontraremos ridículo no nos lo parece en ese momento y sí se muestra, en cambio, como una solución justísima y de una claridad meridiana, espero que no comprendas un razonamiento que machaca en la cabeza diciendo así: «Es verdad, soy una inútil, y nunca voy a poder hacer nada bien jamás, y ya estoy tocada para siempre, porque vengo de una familia de locos y eso nunca se supera, y lo único que voy a conseguir en mi vida es hundirle la existencia a mi hija y a todo el que se acerque, y lo mejor es que acabe con esto de una vez de la manera más rápida posible. »

Me vino a la cabeza en aquel Mercedes, en aquel trayecto Alicante-Madrid, una bronca terrible que me montó una vez aquel novio que quería a su guitarra más que a mí y al que dejé de ver porque preferí creer lo que me habían predicho unas cartas y lo que simbolizaba una brújula que un borracho me entregó en un bar. Recordaba cómo en aquella bronca me había calificado de egocéntrica y loca. Tal y como había hecho Vicente conmigo, tal y como mi padre solía hacer con mi madre. Y pensé que cuando él me insultaba, ya sembraba sobre campo abonado, sobre todo porque trataba con una mujer sin arrestos, asustada de antemano. En fin, yo deseo, Amanda, que cuando crezcas nunca te conviertas en una idiota, en una idiota mayúscula como yo.

Después de aquella bronca con aquel novio volví a casa y me puse a beber, yo sola, chupito tras chupito de vodka hasta que me ventilé una botella entera a palo seco, sin naranja ni limón. Y cuando acabé la botella se me ocurrió la feliz idea de sacar al perro a pasear a las cinco y media de la mañana. Y así me encontré en una plaza de Lavapiés desierta, sin coches. Creo que era lunes. El silencio, en comparación con el bullicio que de día y al sol reverbera en la plaza, parecía inmutable, y daba la sensación de que el aire de la noche se había quedado paralizado. Donde quiera que miraba, el paisaje nocturno sólo me sugería la negación del movimiento, la suspensión de la continuidad. Los coches estaban aparcados, el quiosco cerrado, las persianas de los cafés bajadas, las puertas candadas, las luces de las ventanas apagadas. No había nadie en la calle, nadie, ni siquiera algún borracho que volviera de un garito o cualquiera de los camellos que se apostan en las esquinas a vender material. Todo parecía quieto como la muerte. Pero de repente empecé a notar que la plaza se movía, que el suelo se agitaba bajo mis pies y que el cielo entero giraba de costado, con las estrellas revolviéndose como la purpurina de esos pisapapeles que parecen una bola de cristal rellena de agua y falsa nieve que cae sobre un paisaje de mentira.

Cuando abrí los ojos no recordaba nada más. Cada pensamiento, cada imagen, parecía tener una existencia arbitraria, como si se hubiera cortado la conexión entre unas cosas y otras. Estaba en una cama de una sala de hospital y allí, a mi lado, estaban mis padres y mis hermanas. Luego, cuando las cosas empezaron a tomar sentido, cuando me enteré de que me había desmayado o que quizá había sufrido un ataque epiléptico, que en cualquier caso me habían encontrado tirada inconsciente en una acera, sólo pude preguntar por el perro, que se había convertido en mi única obsesión. Quería saber qué había pasado con él una vez que el mundo había retornado al ámbito de lo posible. Y fue entonces cuando mi padre me preguntó cómo podía ser tan insensible, cómo podía preocuparme tanto por un animal y tan poco por ellos, por el susto que les había dado. Recuerdo claramente que me dijo: «¿Cómo has podido hacernos esto?»

Y en aquel momento lo acepté, acepté su palabra, acepté lo malísima que era por haberle pegado a mi familia semejante susto, por emborracharme hasta quedar sin consciencia y haber estado a punto de morir de una pulmonía tras pasar varias horas al raso de la noche, hasta que el dueño de un bar me encontró cuando se disponía a abrir su establecimiento y avisó al Samur. Él fue, por cierto, quien acogió al perro hasta que yo volví a casa, dato del que me enteré más tarde, cuando a mi padre se le pasó el enfado y por fin me lo explicó.

Pero en cuanto a su reproche, a esa pregunta enmascarada de acusación que flotó en el aire todo el tiempo que estuve ingresada y que se mantuvo hasta mucho después como un abismo entre nosotros, debo decirte que, ya recuperada, tuve la tentación de replicarle a mi padre que él no era tan importante como para que yo fuera a poner en peligro mi vida sólo por fastidiarle a él la suya. Y que si tanto le importaba lo que a mí me pasaba, entonces ¿por qué nunca parecía interesarse por mi vida, por mi trabajo, por mis problemas?, ¿por qué ni siquiera había pisado una sola vez mi apartamento desde que lo compré y me endeudé hasta las cejas en una hipoteca a treinta años que había acabado por convertirse en mi pequeña tortura mensual?, ¿por qué ni siquiera se había interesado por saber cómo se llamaba el hombre con el que yo llevaba cuatro años acostándome y peleándome?, ¿por qué sólo un día antes, cuando llegué tarde a la típica comida dominical en familia, nadie preguntó si había razones para mi retraso, si me encontraba bien o mal y, en vez de ello, lo primero que hicieron fue echarme en cara a gritos mi demora?

Aquella mañana me había despertado al lado del novio guitarrista, el mismo cuyo nombre está escrito en un trozo de pergamino encerrado dentro de una botella enterrada en un descampado de la zona de Cuatro Vientos. Eché un vistazo al reloj de la mesilla y me di cuenta de que casi era la una del mediodía y, si no me apresuraba, iba a llegar tarde a la comida. Me levanté de un salto y me dirigí al cuarto de baño. El preguntó a qué venía tanta prisa y yo le contesté que tenía que comer con mis padres, mis hermanos y mis sobrinos. Me dijo que no fuera, que llamara para excusarme, y yo le respondí que aquello no podía ser. No sé por qué sigues esforzándote por complacerlos, dijo él, si al fin y al cabo nunca te hacen ni caso, si no te tienen en consideración, si ni siquiera han querido conocerme, si sólo quieren apartarte de mí... Yo interrumpí: tú tampoco has insistido en que te presentara. Es cierto, dijo él, pero nunca ha salido de ellos. Además, yo noto que nunca te llaman, y he visto la mirada despectiva que me dirigió tu hermano cuando coincidimos a la salida de aquel cine, no me hace falta más. Anda, quédate en la cama, conmigo, y vamos a tener un domingo para nosotros solos... No me quedé en la cama y eso le sacó de sí. Y lo siguiente fue acusarme de egoísta, de manipuladora. No te importo, decía, sólo me haces caso cuando te intereso y cuando ya no te hago falta me tratas como a un kleenex usado. Sí me importas, argumentaba yo. Pues, si de verdad te importo, llama a tu familia y quédate aquí conmigo. No puedo, sabes que no puedo... Y así durante diez minutos, veinte minutos, media hora, hasta que él recogió sus cosas y se marchó pegando un portazo.

Los pensamientos empezaron a aparecer en mi conciencia como relámpagos. Trataba de apresar uno, pero los que venían detrás lo empujaban y hacían imposible que me concentrase en alguno. Intentaba canalizar la corriente, pero la resistencia cedía. No sabía cuál de las dos partes tenía razón, si el hermano que había contado a la familia que el chico que me acompañaba a la salida del cine tenía pinta de drogadicto; si el padre que me dijo en su momento que sólo le presentara a un novio si estaba segura de que la cosa iba a durar toda la vida porque, de lo contrario, prefería no enterarse de mis aventuras, pero que sin embargo se mostraba amabilísimo, excesivamente amable, casi al borde del flirteo, con la sucesión de Olgas, Mashenkas, Natalias y Tatianas que acompañaban a mi hermano; o si el novio al que tanto le molestaba que comiera con la familia y no con él, el chantajista sentimental que me ponía entre la espada y la pared, obligándome a elegir entre dos lealtades que tiraban de mí con idéntica fuerza. Como era de esperar llegué tarde al restaurante, y cuando me encontré con la escena que me esperaba empecé a pensar, por vez primera, si no había elegido a aquel hombre precisamente porque se parecía mucho a las dos figuras masculinas más importantes de mi vida, mi padre y mi hermano, pese a que no compartiera rasgos físicos, ni indumentarios, ni de estilo, ni religión, modos o creencias con ellos. Sólo había en común un rasgo de su carácter muy particular: el de creer que a él le asistía siempre la razón y que los demás estábamos desposeídos de ella por principio.

Aquella comida fue el detonante de la espectacular bronca que tuvimos sólo un día después en un bar debajo de mi casa, pues mi entonces pareja no me perdonaba que le hubiera dejado solo un domingo, y después de esa discusión fue cuando me bebí un litro entero de vodka yo sola, etcétera, etcétera, etcétera...

Los recuerdos invaden la cabeza como una marea negra.

En aquel Mercedes blanco, de camino a Madrid, me vinieron a la mente muchas cosas, muchos recuerdos que creía enterrados bajo una espesa capa de silencio, sueño y olvido, como todos esos años de infancia vividos junto a una madre siempre callada que juraba a quien quisiera oírla que su marido estaba loco por ella, como si necesitara repetirlo sin parar para poder creérselo. Pero qué sabía yo de mi madre si no sabía nada, si desconocía por completo que su cuñado, mi tío, estuvo enamorado de ella, si ya se había ido y nunca podré preguntarle si vivió feliz o infeliz, si se casó enamorada o eligió la renuncia por sistema y la resignación por destino, una especie de acomodo sin adaptación, por inercia. Años enteros en los que ella vivió persiguiendo la aprobación de otros como quien persigue el horizonte, que se intuye pero nunca se alcanza, y años enteros de mi vida en los que yo hice exactamente lo mismo. Y toda mi historia, dentro de aquel vehículo, se me confundía en un laberinto donde me extravié de mí. Porque había vivido lo que creía que era mi vida entre la confusión y el ruido, creyendo avanzar cuando sólo me movía en círculos, creyendo amar cuando no hacía sino chocar una y otra vez contra un espejismo del amor que interponía como un cristal entre yo misma y mi reflejo. Hubo quien vivió esa vida, y había sido yo, pero de pronto me sentí como si hubiera despertado de un sueño ajeno, y pensaba que nada de por lo que yo había luchado merecía la pena, ni siquiera mi familia, o quizá y sobre todo mi familia.

Mi familia de origen. Porque la primera familia había dejado de serlo desde que naciste tú.

¿El amor de mi padre? ¿El de mis hermanos? No sé si me quieren, no me atrevería a afirmarlo. Ni siquiera conozco si saben lo que es querer porque no creo que les hayan enseñado, si el amor es algo tan subjetivo como Dios o la literatura, conceptos que cada cual interpreta y aplica a su manera, ni siquiera yo sé lo que es querer si, hasta hace poco, sólo sabía obsesionarme por quien no me quería o por quien representaba lo socialmente aceptable, el sello que imprimir sobre el pasaporte que me permitiera cruzar la frontera que separaba mi mundo del de los otros.

Yo no quería a aquel famoso músico negro, sólo estaba alucinada, transportada y engañada, autoengañada, sólo me atraía el hecho de que el mundo le quisiera, de que miles de personas compraran sus discos, incluso de que los porteros de los clubs de lujo supieran su nombre. En algún rincón de mi cabeza suponía que su encanto se me contagiaría, que mientras estuviera a su lado no tendría que esforzarme como siempre por conseguir la aprobación ajena, que la adquiriría por ósmosis, por contacto.



¿Mi padre siente algo por mí? Ignoro lo que siente por mí, porque apenas lo conozco ni lo entiendo. Sé que dice que me quiere, como sé que yo nunca lo he sentido así, nunca. Sé que me hace daño, que me hunde, que cada vez que le veo vuelvo a mi casa odiándome. Pero también sé, porque te tengo a ti, que un hijo tira de tal manera del corazón de quien lo cría que sería imposible o muy difícil que mi padre hubiera olvidado ese lazo invisible y sólido que pese a todo nos une. Quizá lo que sucede es que, como el mono del documental, no puede impedir desahogar su frustración, y que el amor y el odio se encuentran íntimamente conectados en su cerebro, emociones que se basan en idénticos circuitos primarios, que atraviesan las mismas regiones en su camino hacia el hipotálamo. Qué puedo yo entender o aspirar de un hombre del que en el fondo todo ignoro, que vivió más de cuarenta años en un mundo en el que yo no existía, cuando yo no era ni una ilusión de futuro siquiera. Un hombre con sus propios miedos, angustias y sueños rotos que nada tienen que ver conmigo, un hombre cuya vida no gira a mi alrededor, por más que así yo lo deseara, tan intensamente, cuando era niña.

No, yo no fui muy feliz en la infancia. Ni mucho ni poco. De hecho, conozco poca gente que lo fuera. Los padres de Sonia se divorciaron cuando ella tenía cuatro años. Tania, por su parte, ni siquiera conoció a su padre, un señor casado que dejó a su madre embarazada. El conocimiento me ha hecho entender que las únicas familias felices son aquellas que no conocemos bien y que mi tragedia personal no es ni mejor ni peor que la de otros, sólo distinta. Pero es mía, es mi equipaje, mi recuerdo, mi memoria. Es el fardo con el que tengo que cargar o del que me tengo que deshacer. El caso es que no fui feliz. Desde que tuve uso de razón vi llorar a mi madre al menos una vez por semana por una cosa u otra, bien porque se había peleado con mi padre o porque se trataba de uno de aquellos días en que se encontraba demasiado fatigada y no podía levantarse de la cama. ¿Su corazón? Sí, era su corazón el que le impedía levantarse, pero nunca sabré si se trataba del órgano físico, el músculo que bombea la sangre a los tejidos del cuerpo a través de los vasos, ese que tiene dos atrios y dos ventrículos, o el metafórico, los sentimientos inexpresables que se guardan ahí y que afloraban en forma de síntomas físicos, el puro cansancio de cargar cada día con la culpa, la amargura y la frustración a las espaldas. No importaba lo que hiciéramos por ella, nunca era suficiente. Como los niños, exquisitos barómetros sensitivos, están tan bien sintonizados a la frecuencia emocional de sus padres, y como yo vivía en mi propio mundo y era incapaz de darme cuenta de que ella tenía un mundo ajeno, personal e intransferible, del que yo no formaba parte, vivía convencida de que, si mi madre no estaba bien, de alguna manera yo había sido la causante, y así estar cerca de ella se convertía en una experiencia de culpa constante y, consecuentemente, cuando crecí acabé por evitarla al máximo. Tenía por otra parte un padre guapo e inteligentísimo, pero también distante e imprevisible. Ya te he dicho que un día parecía encantado con nosotros y al siguiente nos prohibía entrar en su despacho bajo ningún pretexto y no salía de allí excepto para irse a la cama. Mi hermano, como bien dijo Jaume, era el repelente niño Vicente, un crío acusica y resentido, herido en el alma con el dolor agudo y puro que sólo los niños pueden sentir, un niño con el que no se podía jugar a nada porque no le gustaba perder y porque a la mínima se aprovechaba de su superioridad física para emprenderla a patadas o pellizcos. Y mis hermanas vivían en su propio universo exclusivo, en su habitación compartida de estampados florales y colchas y cortinas a juego, en una existencia paralela que se intuía brillante y armoniosa y a la que yo no tenía acceso porque, como la más pequeña, me hallaba siempre muy lejos de sus preocupaciones, adolescentes ellas cuando yo era niña y universitarias cuando yo era adolescente. A su lado me sentía incómoda y ridícula, poca cosa, insignificante, tonta. Y fea. Fea porque yo era una niña regordeta y torpe, mientras que a las dos las recuerdo siempre delgadas y espigadas, siempre con la barbilla apuntando al cielo. Sí, en algún tiempo ellas debieron de haber sido regordetas y torpes como yo, pero entonces yo no había nacido, o era muy pequeña como para darme cuenta.

Puede que hubiera una parte feliz en mi infancia, sin duda la hubo (las tardes sesteando al calor de la playa, la espuma rizada del mar caliente, la luz reverberando en las crestas de una agua limpia y turquesa que parecía jarabe de sol, un bañador de lunares y un flotador con forma de foca, las monas de Pascua, las lagartijas dormidas en el borde de la tapia, la sorpresa que una vez me tocó en el roscón de Reyes o el día en el que hice de arcángel san Gabriel en una función del colegio porque la profesora dijo que con esos ricitos rubios parecía clavadita a un ángel) y te juro que he intentado recordarla muchas veces, porque ésa era mi única forma de sobrevivir, pero el caso es que los malos recuerdos envenenan todos los demás porque, incluso cuando las cosas parecían ir bien y mis padres no se peleaban y mi padre no se encerraba en el despacho y mi madre se levantaba de la cama, yo vivía sabiendo que eso no iba a durar, que antes o después iba a haber otra bronca, y nunca me sentí protegida, ni sentí que yo sirviera para nada, ni que el mundo fuese un lugar agradable o acogedor.

Tampoco fui feliz de mayor y, si has llegado hasta aquí, no hace falta que me embarque en más explicaciones. Y justo cuando empezaba a pensar que mi vida se iba a arreglar y que las cosas se enderezarían, bum, apareció una bomba dispuesta a dinamitar los cimientos del edificio que había empezado a construir y en cuya primera planta me había instalado. Porque yo he buscado la felicidad por muchas vías y me he equivocado en todas. Ni las drogas ni el alcohol ni la escritura ni los amores apasionados proporcionan felicidad. Proporcionan ciertos momentos de exaltación, pero, en el fondo, cuando bebía o me drogaba o me ponía a escribir compulsivamente o me liaba con locos de atar sólo porque decían que me adoraban y que no podían vivir sin mí me sentía igual a como me sentía en la infancia, perdida, porque siempre subsistía la certeza de que se trataba de algo transitorio, de que antes o después bajaría el efecto del alcohol o de las drogas o se ralentizaria el rapto amoroso, o el libro se acabaría y habría que volver a enfrentarse a la cruda realidad. Pero ahora, por primera vez, siento que tengo algo estable y duradero y que incluso puede crecer e ir a más, y no puedo permitir arruinarlo.

Cualquier psiquiatra te dirá que en una familia el único que duda sobre su cordura resulta ser, paradójicamente, el miembro más lúcido. Los demás se instalan en su propia locura y viven en ella más o menos confortablemente mientras que el lúcido es quien paga el pato, pues cuando ve lo que los demás no ven y lo dice, se encuentra con un grupo compacto empeñado en convencerle de que cambie, y es que su visión pone en peligro la visión de los otros al contraponerse a ella enfrentándola a una verdad que no es mejor, ni más pura, ni más útil, ni más fiable, pero que es, eso sí, distinta. Una verdad alternativa.

Que yo recuerde, en mi infancia y adolescencia mi padre y mi madre criticaban por sistema cualquiera de mis actuaciones. Esto es algo que pasa en todas las familias, en las que la personalidad del adolescente ha de construirse por oposición a la de sus padres. Para los míos, las túnicas negras y las muñequeras de pinchos eran uniformes satánicos, mis amigas unas malas influencias y la decisión de estudiar letras puras una ventolera de tantas que sencillamente no podía entenderse. Si iba a la universidad, ¿por qué no iba a estudiar algo serio, como Empresariales, en lugar de perder tiempo y dinero en tonterías? Al final parecía que la única forma de tratar con ellos consistía en renunciar a ser yo misma, con lo cual reduje el contacto a lo imprescindible, consciente como era de las buenas cualidades de mi padre: inteligente, atractivo, socialmente respetado, encantador... (y utilizo la palabra encantador en muchos sentidos, porque es encantador como un encantador de serpientes, porque su encanto es de los que obliga a los demás a danzar al son de su música), pero también conocedor de su carácter colérico que convertía cualquier intento de acercamiento en lo más parecido a avanzar por un campo minado: una nunca sabía cómo o dónde iba a explotar la bomba.

De pequeña hubo una temporada en la que odié a mi madre con toda mi alma porque no conseguía entenderla y porque me exasperaban sus suspiros, sus enfermedades, sus cansancios y sus lágrimas, y transformé mi amor en odio en un intento desesperado, supongo, de zafarme de mi parte de responsabilidad (responsabilidad que no existía, pero eso ¿cómo iba a saberlo yo?), y la aborrecí hasta tal punto que cada vez que me preguntaban en el colegio si quería más a mi papá o a mi mamá respondía orgullosamente que a mi mamá no la quería (y lo que me sorprende ahora que lo escribo es que nadie nunca intentara decirme que aquello estaba mal, nunca). De ahí que después me resultara dificilísimo acercarme de nuevo a ella. Por eso quizá me dolió más que a nadie que se muriera, porque al dolor de la pérdida se mezclaba el de la culpa y ahora estoy pagando el no haber tenido la decencia ni los arrestos de decir que mejor me iba por mi cuenta al funeral y lloraba a mi madre a mi modo y como a mí me diera la gana, y lloraba de paso la posibilidad de una comunicación irrecuperable y que nunca se dio, y lloraba la infancia que no tuve y habría querido tener y la cantidad de cosas no dichas que se han quedado para siempre a este lado de la vida.

En cuanto a mi padre, siempre sentí que asfixiaba como una planta parásita. Porque cuando él me quería yo me odiaba. Porque para que me quisiera yo tenía que fingir que no era yo, que no creía en lo que creía, que no recordaba lo que recordaba y que aprobaba unos comportamientos que no aprobaba. Yo creí que el verdadero amor no podía exigir del otro una renuncia, no quería creer a Wilde y pensar que el amor es, por definición, un asesino. Por eso creo que cuando él decía que me quería mucho decía la verdad, pero decía su verdad, no la mía, porque la verdad está en la cabeza de cada uno, y no es un axioma inmutable y es cierto que él me ha querido, pero me ha querido cuando era una niña y por tanto una extensión de su persona sin personalidad ni autonomía propias, y me ha querido más mayor pero sólo cuando mentía y me adaptaba a lo que él quería de mí, y no llevaba, por ejemplo, a mi novio a las comidas familiares de cada dos domingos por más que Vicente blasonease (mejor dicho, pendonease) a sus Mashenkas, Tatianas, Olgas o Natalias. Me quería cuando yo me presentaba sola y además vestida como nunca me vestiría en otra parte, con el pelo recogido y un traje de chaqueta, me quería cuando me portaba bien y procuraba no preguntar mucho sobre la vida de los demás ni tampoco contar demasiado sobre la mía, no hablar demasiado de nada en general y limitarme a poner buena cara y a dar cuenta de lo que hubiera en el plato. Me quería cuando no era yo.

Me he pasado la vida persiguiendo inútilmente la aprobación familiar como el burro que avanza por un camino marcado por su dueño a base de perseguir la zanahoria al final del palo, y sólo he conseguido avanzar por un camino que yo no había decidido y no conseguir sentirme mejor ni más querida por eso.

Se me hacía muy difícil aspirar a conseguir la aprobación de mi padre, un trofeo por otra parte que se hacía más valioso a mis ojos por lo disputado: todos, menos mi madre, babeábamos tras él como perritos. La Eva real no parecía gustarle y pretendía machacarla a base de llamarla mimada, loca, desagradecida y mentirosa (mimada si no se levantaba a su hora, loca si se ponía la famosa muñequera de pinchos, desagradecida desde el primer verano que decidió no pasarlo en Santa Pola, mentirosa si afirmaba que a su hermano le faltaba un tornillo). Yo siempre supe cómo era él, y le aceptaba. Es más, le quería. Le quería mucho, demasiado incluso, pero sabía que me había embarcado en una relación de amor imposible. Y cuando vi que se repetía el mismísimo patrón con el hombre cuyo nombre está escrito en un trozo de pergamino encerrado en una botella enterrada en un descampado cerca de Cuatro Vientos, que estaba persiguiendo desesperadamente a alguien que no podría nunca devolverme lo que yo le daba, me di cuenta de que aguantaba esa relación porque seguía un esquema aprendido, porque estaba jugando a ser mi madre sin serlo, poniéndome en el lugar de la misma mujer a la que mi padre tanto decía amar, cambiando el escenario pero reinterpretando el libreto palabra por palabra en un intento desesperado e inútil de cambiarle el final.

Te juro que una parte de mí se siente muy culpable por escribir lo que escribe, la misma parte que siempre se sintió culpable por todo, la misma que creía amar a músicos brillantes que no buscaban otra cosa que una rubita mona que les animara las salidas y otras cuantas cosas más. Pero otra, que creo que es mi yo esencial, tiene la impresión de que si no escribe lo que siente, que si no protesta y clama por sus derechos, no va a sobrevivir. De la misma forma que sabe que hablar con sinceridad significa romper lazos, aunque sólo sea para anudar otros nuevos menos apretados que no la ahoguen tanto. Los lazos antiguos había que romperlos antes o después porque se estaban convirtiendo poco a poco en la soga del ahorcado. Y la culpa es el precio que se paga por la libertad.

Y no sabes lo que me duele escribir esto porque toda la vida he soñado con tener una familia idílica que me quisiera incondicionalmente, de esas de teleserie yanqui, un refugio al que acogerme en caso de necesidad. Y duele dar por terminada esa ilusión. Esa ilusión que todos acariciamos, pero que no se puede materializar en la vida real. Porque ningún ser humano es perfecto y por lo tanto no existe la familia perfecta. Y si las series de televisión nos advirtieran de que todas las familias, todas, se basan en lazos de afecto y complicidad, pero que están anudados, en enmarañada red, con otros de celos, traiciones, desilusiones y envidias, no nos decepcionarían tanto nuestros padres y hermanos y aprenderíamos a valorar a cada familia como lo que es: ni mejor ni peor; distinta. O igual, según se quiera ver. Duele admitir esto, es cierto. Duele crecer. Pero ya lo dijo el cantautor italiano: lo siento mucho, la vida es así y no la he inventado yo.

Lo que quiero que entiendas, Amanda, si algún día lees esto, es que cuando aquel Mercedes por fin se detuvo en Madrid y yo llegué a casa con los ojos rojos y la cabeza enredada, me di cuenta de que uno no se puede pasar la vida ni intentando ser como sus padres quieren que sea ni culpándolos a ellos de la persona en la que uno se ha convertido. Porque si se estanca en la infancia no crece, y si no crece nunca será una persona completa, sino un simple apéndice de su mamá, dependiente de su aprobación y temeroso de su desprecio. Yo no estoy contenta de cómo me trataron, pero al fin y al cabo ¿quién lo está?, ¿existe alguna persona que no tenga algo que reprochar a su educación y su crianza?, ¿soy tan ingenua como para pensar que, en el futuro, tú no tendrás algo que reprocharme? Y también pienso a veces que quizá no pudieron o no supieron hacerlo de otra manera. Peor aún, que es más que probable, por no decir irremediable, que yo también me equivoque contigo. Quién sabe si las cosas hubieran ido a mejor si mi madre se hubiera casado con el tío Miguel o si mi padre no hubiera tenido que ver al cuñado que fue rival día sí y día también. Quién sabe si todo habría sido mejor de no haber estado los bandos divididos por una guerra cainita, quién sabe si las cosas pueden ir mejor o si en realidad la vida está sujeta a leyes fatales contra las que nada se puede oponer porque es la divina fatalidad la que mueve todo con hilos invisibles. Yo, desde luego, no lo sé, Amanda, pero sí sabía entonces que quería protegerte de todo aquello, y por eso, cuando una semana después llamó mi padre para saber si todo iba bien y me dijo que no hacía falta que llorase tanto, que no había que sacar las cosas de quicio, que lo único que había pasado era que mi hermano perdió los nervios, esperando que yo aceptase, una vez más, la normalidad de Vicente y la exageración de mis propias reacciones, le colgué el teléfono y no le he vuelto a llamar desde entonces a sabiendas de que ese amor de padre me estaba asfixiando y que en cierto modo su vida se había alimentado siempre de la nuestra, con dos hermanas enfrentadas jugando a la buena y a la mala y un tercer hijo siempre machacando a la cuarta para disimular su complejo de inferioridad. Sé que cuando tú seas mayor podrás juzgarme igual que yo un día juzgué a mi padre, y eso me aterra, porque pienso que si mis padres no supieron hacer las cosas de otra manera es más que probable que yo tampoco sepa transmitirte nada válido, que cometa los mismos errores y vuelque en ti mis frustraciones y mis miedos, que no sepa contener mis accesos de mal genio, esconder mis inseguridades y mis neuras, ser refugio ni consuelo cuando me necesites. Es más que probable que algún día me desprecies cuando leas que te concebí como asidero a la vida, que te utilicé incluso antes de que nacieras.


Que te utilicé para llenar mi vida vacía, que deseaba concebirte porque necesitaba alguien que habitara mi soledad, porque cada cual busca e incluso planea sus amores (amantes, amigos, hijos) en función de sus carestías. Y en ese sentido, todo monógamo sucesivo debería anotar en el carácter de cada nuevo enamoramiento un índice de variación que se acusa a medida que se va avanzando a nuevas regiones de la vida. Detalles que años antes pasaban por insignificantes llegan a convertirse en la razón exacta por la que, tiempo después, nos sentimos atraídos por una persona. Sin ir más lejos, a mí me gustaban los músicos por lo que representaban: energía, movimiento, exaltación, y pensaba que todas mis posibilidades futuras de felicidad estaban contenidas en aquellas cualidades —virtudes a mis ojos— que implicaban una promesa de cambio. Y en aquel tiempo no me hubiera fijado en alguien como Anton, que personificaba todo lo contrario: tranquilidad, sosiego, paz... inmovilidad. Pero después de haber tenido mi dosis de movimiento resultó que la agitación había sido excesiva, que me había dejado mareada, atontada y por lo tanto en situación de interpretar como virtudes lo que tiempo atrás hubiera considerado defectos, y viceversa, de forma que llegó a parecerme encantadora, por ejemplo, una predecibilidad que antaño no hubiera dudado en calificar de aburrida. Sí, el rumano era predecible por puntual. Exacto como un reloj suizo, aparecía por casa siempre entre las seis y las seis y media con su bolsa de la compra bajo el brazo. El único día que se retrasó, cuando apareció por casa a las ocho y tantas, advertí de repente cómo los extraños pensamientos que llevaban dos semanas dándome vueltas dispersos en la cabeza se reunían en conciliábulo, descendían por el pecho y acababan por concentrarse en un punto concreto de mi anatomía, traducidos en una punzada en el corazón: una necesidad nueva, ávida y absurda de él.

También me podía haber aburrido, en otro tiempo, su carácter tranquilo y reservado que, sin embargo, acabó siendo, de entre sus rasgos, uno de los que más me gustaban. Todo lo que decía lo expresaba claramente y con naturalidad, sin prisas ni dudas, sin aderezar la historia con chistes ni bromas ni circunloquios. Parecía de una absoluta inocencia y simplicidad, pero una se daba cuenta en seguida que había algo misterioso en él que se notaba, precisamente, en sus silencios. Y tiempo atrás habría encontrado ridículas, seguramente, algunas de sus manías, como la obstinación en no usar jamás el microondas o la enconada resistencia a comprarse un móvil (debió de ser, probablemente, la única persona que yo conociera en Nueva York que no tenía uno), aparatos que, según él, no eran necesarios y podían causar cáncer (afirmación que hasta entonces yo había considerado una superchería pero que, salida de los labios de un científico, cobraba un siniestro valor admonitorio). Y si bien años antes lo habría calificado de soso, es más que probable que en aquel verano me atrajera el hecho de que, a diferencia de la mayoría de los hombres que yo había conocido hasta entonces, en ningún momento intentara rebasar una distancia de seguridad invisible que tácitamente establecimos entre nuestros cuerpos. Normalmente, cuando acabábamos de cenar, me proponía dar un paseo, o más bien me obligaba, porque él opinaba, y con razón, que la debilidad que sentía no sólo no mejoraría con el reposo estricto sino que probablemente se incrementaría. Yo, aprovechando que para andar no me quedaba otro remedio que colgarme de su brazo, pues todavía me mareaba demasiado como para atreverme a avanzar sola, intentaba acortar aquella invisible distancia y apretarme contra él, pero parecía no advertir mis evidentes señales, porque se comportaba tan respetablemente como si yo fuera una anciana de ochenta años y él mi enfermera de enlace.

Hubiéramos podido mantenernos mucho tiempo en aquella situación imprecisa, como de quien sueña despierto, lo cual, en cierto modo, tenía mucho que ver con mi realidad pues no en vano me pasaba la mayor parte del día moviéndome de forma confusa entre el sueño y la vigilia: de pronto me quedaba dormida y se me caía de las manos el libro que leía, y cuando despertaba no tenía muy claro si lo que recordaba del sueño lo había soñado, lo había leído o quizá incluso lo había vivido.

El libro que leía, por cierto, resultó ser Madame Bovary, un nombre que al FMN le sonaba a título de ópera y del que yo había encontrado nada menos que cuatro, cuatro ejemplares, en la estantería del salón: uno en inglés, otro en francés, otro en caracteres cirílicos (deduje el nombre del título a partir de la ilustración de portada, de las similitudes del alfabeto cirílico con el griego que había estudiado en la universidad y de mi propia imaginación, que sirvió de argamasa a la hora de construir una deducción), y un cuarto en lo que supuse que debía de ser rumano. Mi presunción la confirmó aquella noche el propietario de los libros, quien de paso me aclaró que, efectivamente, podía leer en los cuatro idiomas, y que si tenía las cuatro traducciones era porque el francés era el idioma original en que la obra había sido escrita, el rumano su lengua natal, el inglés la lengua que había tenido que aprender y que por tanto quería perfeccionar leyendo una obra que ya conocía y el ruso la lengua que había aprendido en el colegio.

—Como me sé la novela prácticamente de memoria no hace falta que entienda todas las palabras del idioma en que esté escrita, el significado lo imagino a través del sentido de la frase y lo que recuerde de la primera lectura del libro. Así que primero la leí en rumano, la segunda vez en francés, la versión inglesa la compré aquí para practicar y la rusa me la encontré en una librería de viejo y pensé que me vendría bien leer trozos del libro de cuando en cuando para no olvidarme del poco ruso que sé, porque aquí no lo practico nunca.

—¿Me estás diciendo que habías leído Madame Bovary en rumano y en francés antes de los dieciséis años?

—Pues sí. ¿Tan raro te parece?

—No... O sí. O sea, que yo también había leído el libro en francés y en español a los quince años, pero era la rara de la pandilla. Vamos, que casi ni me atrevía a decirlo.

Claro que no me atrevía a decirlo, porque cada vez que abría la boca en clase de literatura y osaba exponer una opinión o hacer una pregunta faltaba tiempo para que el grupo de gañanes capitaneados por David Muñoz se liara a llamarme pedante y empollona. Por esa razón me enamoré de aquella manera de José Merlo, porque era el único hombre al que conocía —padre y hermano incluidos— al que no sólo no le resultaba raro que me gustara tanto leer sino que me alentaba y me admiraba por ello.

—¿De verdad? —preguntó el rumano—. ¿Me lo dices en serio?

—¿Ahora te haces tú el sorprendido?

—No, es que no me parecías ese tipo de chica...

—¿Y por qué?

No sé ni por qué se lo preguntaba si ya sabía la respuesta. Una respuesta grabada en la psique colectiva según la cual la imagen arquetípica de la chica que lee Madame Bovary en francés a los quince años es la de una morena de piel muy blanca (resultado de pasarse el día encerrada en la biblioteca) con gafas de montura de concha (dioptrías derivadas del esfuerzo al forzar la vista para leer), un cuerpo filiforme y andrógino, casi rayano en la anorexia terminal (pues se entiende que, abstraída como está en la lectura de los clásicos, la chica prácticamente no come, apenas la triste manzana que se lleva a la biblioteca y que mordisquea distraída mientras relee a Cicerón), y pelo recogido en un moño artísticamente desordenado (pues, enfrascada en sus preocupaciones intelectuales, no pierde el tiempo en vanidades tales como el cuidado de su imagen o su cabello). Y una rubia tirando a alta, de pelo largo, con mechas, tetona y bronceada (yo todavía estaba bronceada porque cada día me tumbaba quince minutos en la escalera de incendios, apenas vestida con un top y unos minishorts, para no perder el color que había adquirido en la piscina del FMN), dista mucho de parecerse a la citada imagen arquetípica.

De todas formas no fue ésta la respuesta que me dio porque no abrió la boca. Se limitó a mirarme fijamente con unos ojos desmesurados, y cuando cayó en la cuenta de que se había abstraído contemplándome desvió la mirada y la volvió a clavar con fijeza, pero esta vez en la ensalada. Y aquélla fue la primera ocasión en la que se me ocurrió pensar que era posible que le gustara más de lo que yo misma había imaginado.

Pese a todo pensaba que la cosa nunca pasaría de allí, puesto que al fin y al cabo, desde José Merlo, había conocido en mi vida muchos amores platónicos, admiraciones a distancia que nunca se concretaron. Hubo, por ejemplo, un compañero de la radio que me gustó durante los casi dos años que estuvimos compartiendo programa y con el que tonteé de la manera más descarada sin que la cosa nunca llegase a mayores, y eso que en aquel estudio también había habido cruces de ojitos y caídas de pestañas, y miradas que se intercambiaban, expresadas con la misma intensidad como la que me acababa de dirigir mi compañero de piso. De alguna manera yo creía que si las cosas no sucedían desde el principio, si no había un flechazo devastador e instantáneo, nada se cimentaba, y los coqueteos se quedaban en una especie de limbo que no conducía ni al cielo ni al infierno. Y además yo entonces me contentaba con sentirme enamorada por el placer de estarlo, sin exigir reciprocidad. Había decidido renunciar a la persecución del ideal —y en cualquier caso Anton nunca encarnaría a mi ideal como lo había encarnado en su momento el FMN— para contentarme con la satisfacción de ciertos placeres cotidianos: las cenas de cada noche, los paseos al atardecer, las conversaciones inacabables. En alguna de ellas estuve a punto de confesar lo que sentía, notaba cómo la declaración borboteaba en el fondo de mi garganta, cómo iba ascendiendo por la laringe, alcanzaba la glotis y rozaba casi las comisuras de los labios, pero siempre se quedaba allí, en la punta de la lengua, sin llegar a emerger del todo.

Al fin y al cabo, pensaba yo, aquella atracción podía no ser más que una variante del síndrome de Estocolmo. Desde luego, Anton no me tenía secuestrada, pero también era cierto que casi no veía a nadie más. Sonia y Tania llamaban mucho, pero, enfrascadas en sus respectivos trabajos, me visitaban poco, y en semejantes condiciones resultaba normal que me llamase la atención el único ser humano con el que mantenía un contacto de tú a tú, el hombre que me llevaba a pasear, que me alimentaba, que me escuchaba. Pero, por otra parte, ¿me habría fijado en un hombre así si me lo hubiera encontrado en Madrid, estando yo sana y activa? ¿Si lo hubiera conocido en un estreno, en una fiesta, en un concierto, en un bar, habría ido más allá de la habitual charla social de circunstancias? No, probablemente no. Demasiado delgado, demasiado taciturno, demasiado desgarbado... Demasiado insípido, quizá.

Entretanto, yo iba adelgazando a ojos vista. Muy probablemente porque había dejado de beber y también porque reduje mis tres comidas diarias a una sola, la cena, en la que me limitaba a picotear con desgana lo que mi compañero de piso preparaba. La primera semana perdí casi tres kilos, aunque lo cierto es que me la había pasado dormida casi por entero, con lo cual no tuve ocasión de comer mucho. La segunda, otros dos. Cuando iba por el séptimo kilo perdido me di cuenta de que a partir de entonces iba a rebasar una barrera: si seguía adelgazando empezaría a estar por debajo de lo que las tablas médicas consideraban mi peso ideal. Y entonces comprendí, por primera vez, la motivación última de las anoréxicas. Nada que ver con estar más o menos guapa o parecerse a una modelo de portada de revista. Aquella obsesión con perder peso estaba relacionada, sobre todo, con el control. Yo no podía controlar lo que me rodeaba: los hombres que me gustaban podían invertir el orden de los cuentos de hadas y pasar de príncipes a sapos a partir de unos cuantos besos, la justicia era una especie de juego de póquer en el que ganaba aquel que más faroles echara y no el que mejor o peor se hubiera comportado, el estado del bienestar era una falacia, la familia una cárcel sin barrotes y el sexo una especie de ruleta rusa en la que un condón roto equivalía a una bala en el cargador. En resumidas cuentas, el mundo exterior era un territorio impredecible e inhóspito, pero de la piel para dentro mandaba yo. Yo podía decidir cuánto iba a pesar, cuánto iba a comer, cuánto de mí se iba a enseñar. Yo podía dejar de ser una rubia tetona para convertirme en un angelito lánguido (aunque lo cierto es que con cincuenta y cinco kilos seguía siendo una rubia tetona, sólo que más delgada, así que mucho más tendría que adelgazar si quería dejar de serlo), y aquella sensación de poder, de control sobre mi cuerpo y mi persona que experimentaba por vez primera era casi narcótica.

Si el rumano advirtió mi cambio físico, no hizo comentarios al respecto. También era cierto que yo no había comprado ropa nueva y no llevaba nunca nada ceñido o revelador que evidenciase mi anatomía, pero algo debía de haber notado, aunque sólo fuera el hecho de que las faldas me bailaban sobre los huesos de las caderas. O bien mi compañero de piso era demasiado tímido como para hacer comentarios sobre mi físico o en todo caso no se fijaba, aunque esa segunda posibilidad me resultaba difícil de admitir teniendo en cuenta las miraditas que me arrojaba en la cena. De cualquier modo, yo había renunciado a entender al género humano en general, al género masculino en particular y a mi compañero de piso en concreto, así que no intentaba hallar el enlace que me aclarara actitudes aparentemente tan contradictorias.

Seguía durmiendo la mayor parte del día, pero ya no pensaba que aquella pasividad tuviera nada que ver con el hecho de haber dejado de beber. Probablemente fuera consecuencia del calor húmedo de la ciudad, que parecía hervirnos a todos en nuestra propia sangre, dejándonos tan nacidos como unas zanahorias al vapor. O de la propia inercia: puede que no me levantara porque tampoco creía que tuviese nada mejor que hacer. Puede que estuviera deprimida. Yo misma no entendía lo que me sucedía. Me resultaba ridículo pasarme las vacaciones encerrada en un apartamento, y sabía que iba a ser complicadísimo volver a Madrid y explicar que había pasado dos meses en Nueva York, uno de los cuales casi no recordaba porque lo había vivido inmersa en una nube etílica, y otro que se podía resumir en una frase de cinco palabras: un apartamento en el Bronx. Pero el caso es que nunca encontraba el valor ni la ocasión para alejarme del barrio. Podía haberme animado y salir a visitar una librería, o una tienda de discos, o a dar un paseo por Central Park, o ver las exposiciones del MOMA, pero ninguna de aquellas opciones, que desde Madrid me habían resultado tan atractivas, me llamaba ahora en absoluto la atención. Me sentía poco o nada urbanita. A veces miraba por la ventana y apoyaba la mejilla en el cristal para hacer llegar la vista lo más lejos posible, donde se alzaban los rascacielos, y todo aquel ejército de acero y cristal me resultaba amenazante, peligroso, y me sentía como una miserable hormiga que nada contaba en aquel hormiguero superpoblado.

Cuando sólo me quedaban cuatro días para dejar la ciudad, cuando pesaba cincuenta y cuatro kilos y ya echaba desesperadamente de menos mi apartamento de Madrid y a mi perro, Sonia llamó y propuso que saliéramos a cenar para despedirnos. De aquel compromiso no había posibilidad de evadirme, así que me puse uno de los Versaces que, por fin, me sentaba como un guante sin hacerme parecer una buscona de acera o una vigilante de la playa de camino a un cóctel de gala, pese a que el modelito siguiera siendo tan hortera como cuando me lo regalaron, y llamé a un taxi para que viniera a recogerme, pues no me veía con fuerzas para hacer el camino hasta el centro en metro.

Nada importante que resaltar en aquella cena en el Soho. Sonia ya había dejado a su amante bajista y estaba medio liada con un fotógrafo sueco. Tania seguía obsesionada con su tesis, y poco más. Lo relevante para la historia que nos ocupa no son las conversaciones que sobrevolaron la mesa sino las dos botellas de vino que pedimos, los cuatro vasos que bebí en una comida en la que apenas probé bocado, la agradable sensación de euforia etílica tanto tiempo olvidada, como si el alcohol fuese rellenando mis muchos vacíos y ahogando la angustia, arrasándola como un río desbordado que se lleva por delante los árboles y las casas allí por donde pasa. De repente, Tania me parecía más guapa, Sonia más ingeniosa, mi vida más prometedora... Incluso el modelito de Versace, reflejado en la inmensa luna del restaurante, me parecía un prodigio de elegancia, y yo, flotando dentro de él, una clónica de Michelle Pfeiffer. No entendía cómo había podido prescindir durante tanto tiempo de aquella sensación tan maravillosa. Y tampoco entendía por qué, de repente, me parecía que todas las mesas del restaurante flotaban girando a mi alrededor, como en aquella vieja película de Walt Disney en la que los muebles cobran vida y se ponen a ejecutar animadas danzas aéreas.



Recuerdo vagamente a mis amigas metiéndome en un taxi pese a mis protestas, pues yo estaba empeñada en seguir la juerga. Creo que me dormí en el trayecto, pues lo siguiente que recuerdo es al conductor dándome golpecitos en el hombro. De alguna manera subí la escalera y encajé la llave en la cerradura. Llegué a casa y pensé en lo fácil que sería meterme en la cama del rumano, ahora que el alcohol me había desinhibido y me permitía ver claro lo que quería. Porque la bebida tiene esa virtud: el ponerte en contacto con lo más escondido de ti misma, lo que hasta entonces no podías o no querías ver. Es un catalizador emocional que trae a la superficie los posos más estancados. Claro que el reverso negativo de esa fuerza es que también saca lo peor de uno, y así tantos maltratadores sólo atacan a sus mujeres cuando están borrachos, no porque el alcohol los vuelva agresivos, sino porque sobrios no se atreven, y la bebida les sirve de excusa y de coartada. Pero algo dentro de mí insistió en que no tenía sentido hacer algo semejante, repetir la tónica que había definido a todas mis relaciones anteriores, enfrentarme al sexo tan borracha como para poder responsabilizar luego del asunto a Baco y no a mí misma. Así que me fui al cuarto de baño y me di una ducha fría, helada, de la que salí completamente despejada y luego, por si acaso, y todavía en albornoz, disolví en un vaso de agua dos alka seltzers en lugar de uno para eliminar los restos de la borrachera. Así que puedo jurar y juro, desde aquí, que sabía perfectamente lo que hacía cuando encaminé los pasos hacia la habitación del rumano en lugar de hacia la mía.

Él sí que debía de pensar que yo estaba borracha, pero, si lo pensó, ese detalle no le detuvo. No le inhibió ningún sentimiento de caballerosidad mal entendida ni ninguna aprensión derivada de la evidente analogía con su madre. Me deslicé en su cama y sentí el tacto helado de sus pies y, casi al momento —deduzco que mis pasos lo habían despertado y apercibido de mi entrada—, mi cabeza aferrada por dos manos que me echaban hacia atrás el rostro y unos labios que se pegaban a los míos y una boca que bebía de mí. Todo transcurría en la oscuridad, de forma que esta escena, al escribirla, se revive de forma muy abstracta. Era consciente de la humedad de su boca, de la agilidad de su lengua, del sabor a cerveza de su aliento bajo el que subyacía, como una nota más profunda —algo parecido a ese regusto a madera de roble que sólo un buen catador detecta en una copa de vino—, un rastro a menta de pasta de dientes y, bajo aquél, otro sabor animal, el de su saliva, el acre y penetrante regusto de las feromonas que transportaba mezclado con un deje metálico a sangre. Era consciente de su olor a sudor, dulce, nada desagradable, que se mezclaba con el mío, y con mi perfume (Carolina Herrera, también regalo del FMN, un olor que evocaba reminiscencias de otros encuentros y que debería desentonar en aquella situación, pero que paradójicamente la hacía más familiar, más reconocible, la despojaba del aspecto temible de lo imprevisto, de lo desconocido) y con cierto matiz a incienso o marihuana que flotaba en el ambiente. Era consciente del tacto multiforme de las yemas de sus dedos (diez, lo sé, aunque en la oscuridad parecieran cientos) que tamborileaban por mi vientre, tormentas que ascendían, descargando relámpagos, hasta los pechos, los blandos y ya no tan incómodos pechos que habían estado comprimidos toda la noche en un sujetador reductor y que, liberados de su prisión, se revelaban extrañamente receptivos, como un gatito ávido de mimos. Sentía que me disolvía, que me convertía en vapor, en éter, como si intentase salir de mi cuerpo para no hacerme responsable de la escena que estaba viviendo, y que inevitablemente traería consecuencias, buenas o malas, más que probablemente malas, o así lo temía en los escasos segundos en que regresaba a mi cuerpo y razonaba, por más que estuviera muy lejos de prever o siquiera imaginar las verdaderas consecuencias de aquella noche. Lo sentía encima de mí, aplastándome un costado, de manera que me moví, o debería decir que ella, mi Otra yo, la que no se había disuelto y no vagaba por el techo de la estancia contemplando la escena desde arriba, se movió, abriéndose de piernas, y él se colocó en medio. Ella, o yo, le rodeó con los brazos, conmovida por su delgadez, fascinada por la inesperada suavidad casi cremosa de la piel de su espalda. En el recuerdo, mis manos ascienden por la columna vertebral, se desvían hacia las costillas, tantean la fibrosa musculatura de su abdomen. Me aprieto contra él aspirando su pelo: huele a champú de brea, un aroma que transporta ecos de infancia en vaharadas, de veranos en Santa Pola, del tiempo en el que yo tenía un bañador rosa con lunares y un flotador en forma de foca. Cierro las piernas alrededor de su espalda, en tenaza. Una cuchillada de brevísimo dolor indica que ha aprovechado la ocasión y ha entrado dentro de mí y se me revela un Anton nuevo que me domina y sobre el cual, sin embargo, siento que ejerzo un poder misterioso, desconocido hasta entonces. (Habrás advertido que hasta ahora nadie ha hablado del condón, elemento característico de las escenas eróticas en las novelas del tercer milenio, salvavidas imprescindible para no naufragar en las tumultuosas aguas de la promiscuidad y el sexo infectado, ese preservativo que nunca se había olvidado en cada encuentro con el FMN, por mucho alcohol o coca que hubiéramos consumido. ) Parece que me esté meciendo, o quizá yo sea la que le meza a él, cada uno buscando jirones de infancia, ecos de esa ternura que se ha echado tanto de menos pero nunca con conocimiento, y este encuentro silencioso y sosegado, casi remilgado, tiene algo de escena marina, de olas que suben y bajan y de choque de dos botellas con mensaje arrojadas al mar en busca de socorro. Luego me quedo dormida, efecto fulminante del calor o de la descarga de endorfinas fruto del orgasmo, y cuando al día siguiente abro los ojos soñolientos vuelvo a encontrarme enroscada al mismo cuerpo tibio, y me paso los dos días siguientes en la cama, desayuno en la cama, ceno en la cama, duermo en la cama, pero esta vez sin leer libro ninguno, y no estoy sola, y como en la cama, y duermo en la cama, y amo en la cama, y hago de la cama mi territorio y mi refugio y en algún momento pegajoso entre el sueño y la vigilia se me viene a la cabeza que amapolas, abejas, árboles, albaricoque, aguacero y abrigo, cuando se presentan en sueños, constituyen todos símbolos de prosperidad y de buenos augurios, y remiten todos a una misma letra: la A de Anton, y la A de Amor, que es lo que tu nombre implica.

(Y vuelve a ser importante mencionar que en todos esos días de cama compartida nadie rebusca en el cajón de la mesilla donde debiera estar el imprescindible nido de condones, que el pene trota libre, que nadie lo empaqueta en funda de plástico y que a nadie se le ocurre mencionar una ausencia tan obvia. A mí, porque he llegado a un vacío existencial tan profundo que sólo se me ocurre, para llenarlo, jugarme la última carta a vida o muerte a esta absurda ruleta rusa: si sale muerte me contagiará el sida, si sale vida me quedaré embarazada. Aunque también podría no suceder nada, que me quede como esté o que pille una molesta pero fácilmente solucionable candidiasis. En cuanto a él, yo no sabía entonces lo que se le pasaba por la cabeza, pensaba que supondría que yo tomaba la píldora o que prefería, antes que hacer caso a las campañas que insistían en la profilaxis sexual, creer en aquella leyenda urbana que asegura que en Occidente hay más posibilidades de morir atropellado por un automóvil que de pillar el sida en un coito heterosexual. Pero tiempo más tarde me reconocería que él también jugaba su particular ruleta rusa. Cargador vacío, la pierdo. Cargador con bala, no podrá olvidarme tan fácilmente. )


Acabo esta carta bajo la improbable protección de la Virgen de la Asunción, cuya estampa está prendida con un alfiler en un corcho, junto a recordatorios de facturas impagadas y teléfonos de editores, y mientras en mi escritorio la aguja imantada de la brújula que guió mis pasos hacia tu concepción, la misma brújula que te dejaré en herencia junto con mi casa y este manuscrito, apunta al Sur, al mismo Sur que el corazón señala con su punta, el Sur hacia el que viaja el curso de la sangre. A ti, que eres mi sangre, me gustaría haberte transmitido, para el día en que leas esta carta —si lo haces—, que cuando asume una su pasado y sus condicionantes y no intenta ocultarlos y engañarse, y los mira a distancia y con desapasionamiento, cuando una consigue por fin adquirir una visión más amplia sobre la situación en la que vive, es cuando finalmente puede decidir qué papel jugará frente a esta situación, elegir si formar parte activa o pasiva de ella. Y esta decisión debe tomarla frente a una misma a partir del nivel de convicción que tenga sobre la legitimidad de las situaciones que viva, para entonces, y únicamente entonces, plantearse cuándo quiere ser víctima o cuándo no. Cuanto más me sumerjo en la memoria reviviendo años que creía borrados, cuantos más detalles y fórmulas conscientes añado, que entonces no podía reconocer o utilizar, porque no se presentaban claros ni decisivos ni traducibles ni confesables a palabras, cuanto más asumo e interpreto, más acopio de verdades puedo extraer del silencio. No sé si entiendes lo que digo, no sé si estos folios emborronados algo te enseñarán, pero me gustaría que comprendieras que sólo cuando una decide dejar de ser hija de alguien, hermana de alguien, mujer de alguien, sólo cuando se atreve a mencionar su nombre a solas sin tener que definirlo siempre a partir de una preposición, sólo en ese momento empieza a ser persona por sí misma, y quiero que razones por qué en cierto modo la muerte de mi madre me preparó para ser madre a mi vez y me obligó a tomar un camino recto en lugar de continuar tropezando en círculos alrededor de un mismo punto: mi propio ombligo. Porque yo podía hundirme estando sola —al fin y al cabo mi descenso no iba a arrastrar a nadie tras de mí—, pero no podía hundirme llevando una carga y remolcándola conmigo hacia el fondo. Si yo sigo empeñándome en ser la mujer que quieren los demás que sea, la víctima, la loca, la sufridora, entonces voy a convertirte a ti en lo que mi madre me convirtió: una réplica.

Primero me odiarías, frustrada ante la impotencia de tu incapacidad por ayudarme y ahogada por la compasión y por sentirte culpable por odiarme, y finalmente acabarías por imitarme y te convertirías sin darte cuenta en una víctima más que yo habría creado a mi imagen y semejanza, una mujer que se dejara aplastar por la bota verbal del primero que viniese a machacarla. Es la lógica del vampiro: el que ha sido mordido a su vez acabará mordiendo. Y no quiero seguirla. Yo nunca me he querido, Amanda, y por eso he sentido la tentación de volcar sobre ti ese amor que nunca he sabido volcar sobre mí, pero entiendo muy bien que ese amor sólo conseguiría ahogarte, acabar contigo como el que mata a su rosal favorito cuando, en un exceso de buena voluntad, lo riega a diario. En mi mente agotada y flotante sólo una sensación adquiere peso de realidad: tu carga física y emocional, el lastre que me arrastra al suelo, la plomada que me mantiene en tierra y la mano que tira de mí para ponerme en pie. Sin ti estaría desenraizada, y me habría dejado arrastrar como esas plantas ligeras que el viento se lleva a su paso como hojas en las películas del Lejano Oeste. Yo hasta ahora me dejaba pisar, pero ya no: me niego a que tú tengas que ver cómo lloro o me atormento. Porque nadie puede cambiar las cosas que le han pasado, pero sí puede cambiar su actitud, la forma que tiene de sobrellevar tanto los recuerdos como el presente. He aprendido que tengo derecho a ser feliz, pero, además, desde que tú naciste, tengo también el deber de serlo.

Mi madre ha muerto, ya está fuera de mi alcance, tan inalcanzable como José Merlo y, como en el caso de mi profesor, se ha llevado dondequiera que haya ido todo lo que no se le pudo decir en vida, todo lo que no me pudo dar. Ya está fuera de mi alcance, ya no pertenece a otra que a sí y me he quedado sin saber la razón última de sus silencios y sus melancolías, porque a los vivos se les puede interpretar esperando que más tarde haya una nota en el glosario que lo explique todo, porque la palabra de un vivo es una llama voluble que sube o baja según el aire que le dé, y si hace falta ya se encargarán ellos mismos —o esa esperanza queda— de aclarar sus palabras o sus actos o de rectificar nuestras interpretaciones. La memoria de un muerto, sin embargo, aun siendo recuerdo vivo cargado de resonancia, arde en sí misma, y así yo ya nunca sabré si mi madre de verdad añoraba al tío Miguel o si se compadecía en secreto de la pobre Reme y se alegraba de que la vida le hubiera acabado demostrando, en un alarde de justicia poética, que en realidad no había perdido nada cuando creyó perderlo. Nunca sabré si amó a mi padre o sólo le estuvo agradecida, o si le aguantó tantos años y tantos gritos en un esfuerzo por demostrarle al mundo (a Miguel y a su madre, a mi padre, a la bienpensancia de Alicante), por demostrarle incluso a la propia Eva Benayas lo muy por encima de su marido que estaba, sólo por poder así proclamarle a tantos que valía todo lo que la familia de Miguel no supo ver. No sé si quiso tanto a Reme como parecía o si la quiso a su lado para ratificar su triunfo. Sé muy bien que Reme sí la quiso, pero no sé qué podía haber de culpa en ese amor, culpa por haberle arrebatado a mi madre lo que legítimamente le pertenecía —o así podía pensar—, culpa por no haber sabido sustituirla, no haber sabido consolar a su marido por la pérdida, no haber sabido evitar lo que pasó... culpa que, si existió, Reme expió de sobras, porque está claro que entre el marido y la suegra le debieron de dar una auténtica vida de tango.

Pero esto no son más que elucubraciones. Mi madre ha muerto y lo único que sé es que nunca supe mucho de ella. Por eso no quiero que tú en un futuro tampoco sepas nada de mí, de dónde vienes, por qué naciste, por qué te engendró precisamente tu padre y no otro, por qué tu madre apostó por la vida a pesar de que confiaba tan poco en ella, a pesar de que siempre pensó y a veces todavía piensa que lo mejor es pasar por el mundo de puntillas, como si este valle de lágrimas no fuera sino la estación en la que una espera la llegada del tren que la conducirá al abismo. No quiero que tengas que enterarte, confusamente y por terceros, de partes trascendentales de la historia de tu madre, como me sucedió a mí, y sentir además que te faltan otros pedazos importantes sin los cuales no puedas reconstruir un rompecabezas que quedará irresoluble para siempre. En cualquier caso, quiero que sepas que me prometí a mí misma y a ti, aunque no me entendieras y no supieras lo que te estaba contando, que trataría de no intentar convertirte en un apéndice de mi persona, ni en un vehículo de mis ambiciones, ni en un espejo para mis vanidades, que respetaría tus opiniones y tus gustos incluso si no coincidían con los míos y que me esforzaría en lo posible para hacerte sentir querida y válida.

No sé si sabré cumplir con mis propósitos, de la misma forma que no supo mi madre, porque la condición humana es la del fracaso, porque sólo Dios no se equivoca, que decía el tango y tarareaba la tía Reme, porque nunca conseguimos todo aquello a lo que aspiramos y casi siempre lo que no hemos obtenido es aquello que más hemos deseado. En cualquier caso, Amanda, no habré sabido hacerlo mejor como tampoco supieron hacerlo mi padre ni mi madre, porque es imposible aislarse de lo irrevocable, de la realidad que hemos tocado y que nos ha tocado a su vez, pero te paso el testigo con determinación porque pienso que, en realidad, de nada sirve plantearse si merece o no la pena haber traído al mundo una nueva vida cuando ésta ya ha llegado, y es la misma vida, porque tú eres la vida: la vida es Una y, como dice la canción que te dio el nombre, la vida es eterna.

Y se ha manifestado a través de tu cuerpo.


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ACLARACIONES Y AGRADECIMIENTOS
Según los psicólogos existen tres tipos de amor.
El primero es el que sentimos por nuestros padres y, en general, por las personas que nos proporcionan consuelo, afecto, seguridad, aceptación y refugio. Y nos hacen felices por eso. Así que quiero agradecerle a mi madre todo esto y mucho más, dedicándole este libro.
El segundo, el que sentimos por nuestros hijos y por las personas a las que podemos ofrecer semejantes bondades. Y también nos hacen felices porque nos hacen sentirnos útiles e importantes. Es obvio que este libro se lo dedico también a mi hija, por mucho que ahora no tenga edad para leerlo. Y a mis dos perros, Nacho y Tizón.
El tercero es el que se siente por una pareja estable. Este amor no tiene que ver con el romántico, que se da en la fase del enamoramiento, sino que es el que se experimenta en una pareja ya consolidada que ha superado la fase de idealización del otro, cuando se exaltan las fortalezas y virtudes del amado y se minimiza la importancia de sus defectos. Este amor implica un compromiso mutuo de seguridad y refugio, en el que cada uno da y recibe a la vez. Y por este motivo quiero incluir aquí a Jeff Robson.

Los desmemoriados psicólogos olvidaron reseñar un cuarto tipo de amor, que es el que uno siente por sus amigos. Pero yo no lo olvido, y por eso quiero incluir en este apartado a mucha otra gente que me ha dado afecto y comprensión cuando lo he necesitado:

A Mercedes Castro, sin cuyas sugerencias y opiniones este libro no sería el que ahora es, porque habría resultado, sin el menor género de dudas, mucho, muchísimo peor, y sin cuyos consejos esta autora sería aún más inaguantable de lo que a veces ya es.

A Juan Pedro López Agulló, que me llevó a conocer Elche.

A Antonio, a Antonio Jr. y a María José Magraner, que me contaron todo lo relativo a la Partida del Saladar de Benidorm.

A Eva, a Alessia, a Inma, a Magda, a Lola, a Luis, a Marta, a Ángela, a Javier, a Sabela, a Anna, a Ana, a Germán, a Hilka, a Gemma, a Joana, a Julie, a Lluvia, a Iñaki, a Bernat, a los Jotas, a las Sonias, a las Pilares, a las Silvias, a Natalia, a Olga, a Juan y Vicente, a Pedro y Toño, a Alfonso y Héctor, a Alfonso y Jaime, a Beatriz, a Noelia, a Auxi, a Joseba y a..., todos los demás. Vosotr@s ya sabéis quiénes sois.


Agradecer también la participación de los votantes de la encuesta realizada vía SMS y en la que se decidió el título definitivo del libro: Un milagro en equilibrio, que derrotó en dura lid a su rival, Las únicas familias felices, no por abrumadora mayoría sino por ajustada ventaja.
Le tengo que agradecer a Gregg Alexander, líder del grupo New Radicals, el haberme proporcionado una banda sonora y un mantra durante el tiempo en el que estuve redactando el primer borrador de esta novela, cuando no podía dejar de tararear esta canción: «But when the night is falling and you cannot find the light if you feel your dream is dying, hold tight You've got the music in you. Don't let go: You've got the music in you. One dance left, this world is gonna pull through. Don't give up: You've got a reason to live. Can't forget we only get what you give. (... ) This whole damn world can fall apart. You'll be ok follow your heart. »
Le agradezco también estas palabras que dijo en una entrevista: «We need to use art for something useful instead of just making money for the man. Such as? Ready for a run-on sentence ? Making closedminds, sexism, corporate greed, economic and educational separation of the races, homophobia, and fat people phobia of the past. »
Hablando de música. El tango que Eva recuerda cuando emprende la expedición a Cuatro Vientos es 32 escalones, de Gardel, con letra de Julio Sosa a partir de un poema del libro Dos horas antes del alba. Cuando habla de «quien busca en el licor que aturda la curda que al final termine la función poniéndole un telón al corazón», cita el tango La última curda, con letra de Cátulo Castillo.
Por si algún lector no entiende a qué se refiere Eva cuando utiliza el término logoi, cito el evangelio (gnóstico) de san Valentín: «Quien no existe, no tiene nombre... Ésta es la perfección en el pensamiento del Padre y éstos son los logoi de Su Meditación. Cada uno de sus logoi es el producto de Su Voluntad unitaria, en la revelación de Su Significación. Mientras quedaban todavía en las profundidades de Su Pensamiento, el Logos fue el primero que emergió. Además, Él los reveló de una mente que expresa al Logos único en la gracia silenciosa llamada Pensamiento, puesto que ellos existían allí dentro antes de ser manifestados. Y al nombrarlos los crea. »

Enganchadas es un libro que existe, que recomiendo fervientemente, y que fue escrito por Coché Echarren, quien generosa y graciosamente me ha permitido jugar literariamente con la ilusión de que fue Eva Agulló quien lo escribió.
El caso de David Muñoz está basado en varias sentencias reales acumuladas por un semanario sensacionalista. Hubiera sido imposible recrear las escenas del juicio y recopilar la documentación legal sin la inestimable ayuda de Raquel Franco, abogada a la par que amiga, por más que los dos términos parezcan incompatibles.
Existe una Silvia fotógrafa que vive en NY, pero por lo demás cualquier parecido con la Sonia amiga de Eva es pura coincidencia. Más que nada porque Silvia Uslé merecería un libro para ella sola. Y lo tiene: Crónicas de NY, en el que me he basado para contar la anécdota de los camellos portorriqueños de Spanish Harlem, una recopilación de anécdotas de los sufridos urbanitas neoyorkinos escrito por Silvia y aún inédito. Interesados pueden contactar con la autora en la siguiente dirección de correo electrónico: lipstickcannibal@hotmail. com.

Quien desee contactar con Eva Agulló puede hacerlo a su vez en eva_agullo@planeta.es, sabiendo que Eva es un ente de ficción y no puede por tanto responder a sus mensajes. Al menos, no en este plano de la realidad.


El libro que Eva había leído en el que se hablaba de la depresión posparto es Misconceptions: Truth, Lies and the Unexpected on the Journey to Motherhood, de Naomi Wolf, publicado por Doubleday Press.
Las opiniones a favor y en contra de imponer un horario de sueño y comidas a los bebés se recogen y defienden en los libros Duérmete, niño, del doctor Estevill, y Quiéreme mucho, del doctor Carlos González.
El libro de pediatría que leyó Eva en el que se hablaba de la importancia del paseo para los bebés se titula El bebé más feliz del barrio, del doctor Harvey Karp.
El artículo extractado en la novela y que supuestamente se publicó en la revista ficticia Padres apareció realmente tal y como he escrito con el título «¿Qué tipo de madre eres?» en el número de noviembre de 2003 de la revista Ser Padres, a la que estoy suscrita y que considero útil —a pesar de que de vez en cuando se cuelen consejos como éstos, que sugiero humildemente intenten evitar en el futuro— para padres primerizos y para los no tan inexpertos pero que desean estar informados.
Tampoco he inventado el texto del cómic sobre los planes navideños: se publicó en el número de diciembre de 2003 de la revista Marie Claire. Es de Jordi Labanda.
Pero sí me he inventado la existencia de la Enciclopedia Médica y Psicológica de la Familia. Quede claro, empero, que los datos científicos en ella recogidos son reales y están contrastados.
Hablando de médicos, me gustaría agradecer al doctor Miruán Yordi, de la clínica Belén de Madrid, que me ayudara a ser madre (pues si yo no hubiera sido madre no habría podido escribir este libro) asistiéndome en un parto natural sin cesárea ni episiotomía.

Y hablando de partos, la modelo de la imagen de portada es mi hija, en foto tomada a las escasas cinco horas de vida por mi amigo Jaime Losa Romay.


El artículo «Alicante en el cambio del siglo XIX al XX», escrito por Alicia Mira Abad y Mónica Moreno Seco y publicado en la Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova, me ayudó a situar en su contexto la historia de don Trino Lloret.
El Mercado de la Carne (The Meatpacking District) es un barrio de Nueva York que se llama así porque antaño estaban allí los mataderos de la ciudad, sustituidos en la actualidad por muchísimos clubes, entre ellos el Nell's y el Blue Note.
Y, por último, el bar La Ventura se halla en calle Olmo, 16, en el madrileño barrio de Lavapiés. Valentín asegura que invitará a un chupito a cualquiera que se presente allí con un ejemplar de este libro abierto por la página en que hace referencia a su local.
© Lucía Etxebarria, 2004

Lucía Etxebarria nació en 1966. Publicó su primera novela, Amor, curiosidad, prozac y dudas, en 1997, que la reveló como una de las jóvenes narradoras más carismáticas de nuestro país. En 1998 fue reconocida con el Premio Nadal con Beatriz y los cuerpos celestes y, tras la publicación de Nosotras que no somos como las demás (1999), recibió el Premio Primavera en 2001 con De todo lo visible y lo invisible. También ha publicado los ensayos La Eva futura, La letra futura (2000), En brazos de la mujer fetiche, coescrito con Sonia Núñez (2002), y Courtney y yo (2004); el poemario Estación de infierno (2001) y el volumen de relatos Una historia de amor como otra cualquiera (2003).

En 1999 obtuvo el Premio de los Lectores de la Feria del Libro de Bilbao y en 2004 el Premio Barcarola de Poesía por Actos de placer y amor, aún inédito. Entre sus numerosos guiones de cine destaca el de la película Sobreviviré. Su obra ha sido traducida a catorce idiomas.

Esta novela obtuvo el Premio Planeta 2004,

concedido por el siguiente jurado:

Alberto Blecua, Pere Gimferrer, Juan Marsé,

Carmen Posadas, Antonio Prieto,

Carlos Pujol y Rosa Regás.

Premio Planeta

2004



Libros Tauro

http://www.LibrosTauro.com.ar

1Piensen un momento: mulato, muy guapo, ojos azules, músico, famosísimo. ¿Lo tienen? Ese mismo. Por motivos obvios su nombre no va a figurar en esta edición impresa, aunque sí figura en la copia privada para Amanda.

2Al que a partir de ahora llamaremos, para abreviar, FMN, y espero que entiendan ustedes por qué no figura su auténtico nombre.

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