Un milagro en equilibrio



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—Pues porque se lo he dicho yo, claro. Como comprenderás, si una amiga mía sale con un famoso, no vas a esperar que me lo calle.

—Ya no salgo con él. Y además no sé por qué tendría que saberlo la doctora, y si lo supiese, qué tendría que ver eso con mis problemas médicos.

—Pues porque si supiese que sales con un alcohólico, puede suponer que tú también lo eres.

—¿Y qué te hace pensar a ti que el FMN es alcohólico?

—Joder, Eva... ¡Porque lo sabe todo el mundo! Ha estado internado ni se sabe la de veces en el Presbyterian Center, ha salido en la prensa y todo, aunque creo que su problema era con la coca, ¿no? —Esto último se lo preguntaba a Tania.

—No estoy segura, pero creo que sí, o eso vi en la tele —añadió Sonia— en uno de esos programas de la MTV que no sé cómo se llaman, esos que hablan de la vida del famosillo de turno y salen sus parientes y conocidos y toda la plana mayor poniéndolo a caldo —añadió Tania.

—Acabáramos.

Y entonces se me desvelaron algunos interrogantes que habían flotado sobre la figura de mi amado durante el corto tiempo que duró nuestra breve pero intensa, por así decirlo, relación. Cuando nos conocimos parecía que nos encontrásemos en algún paraíso vacacional que supusiera un paréntesis de nuestras respectivas vidas, como dos quinceañeros que comparten un amor de verano en la playa y se encuentran de pronto solos, sin amigos, sin relaciones, incapaces de gestionar tantas horas como se presentan por delante de ocio absoluto, sin compromisos, con un montón de tiempo para gastarlo y una necesidad apremiante de encontrar un compañero con quien hacerlo, dos adolescentes que se embarcan en un blando calendario de planes que se improvisan a última hora. Y ya te he dicho que en mi caso se entendía así, puesto que efectivamente estaba de vacaciones y prácticamente no conocía a nadie, pero que en el suyo yo no acertaba a explicarme a qué respondía ese aire de viajero en permanente tránsito. De pronto lo entendía todo, las piezas encajaban, cinco años de gira bebiendo y esnifando cada día, supongo, y finalmente el obligado paso por una cura de desintoxicación y luego el vacío de tener que empezar una nueva vida sin coca y el intento de llenar ese vacío a base de priva acompañado por otra desocupada como yo. Sí, todo cuadraba. O no, vete tú a saber. Apenas habíamos pasado juntos un mes, veintitantos días, ¿qué sabía yo de él o de su vida?

Nada. Desde luego que con los discos que había vendido contaba con dinero suficiente como para pasarse el resto de sus días sin dar golpe, así que ¿por qué habría de darlo? ¿Y qué si quería tomarse una temporada saliendo cada noche? ¿Acaso no había pasado yo por temporadas parecidas en mi vida? Sí, claro, pero entonces tenía yo veinte años, no cuarenta y tantos, como el FMN. No, no tenía ni idea de con quién había pasado aquellos días y aquellas noches, y si por alguien había estado trastornada, obnubilada, traspasada, y demás adjetivos acabados en -ada que se te puedan venir a la mente, ese alguien había existido sobre todo en mi cabeza, y ahora que sentía que esa ilusión comenzaba a disolverse me embargaba una difusa pena al entender que debía abandonar ciertos placeres simbólicos a los que había concedido el mismo valor que los demás le concedían, porque desde fuera podía parecer maravilloso el hecho de que los porteros de los clubs de moda te saludasen con una respetuosa inclinación de cabeza, o el disponer de una casa con vistas al mar y al jardín, y piscina y litografías de Taaffe en las paredes desnudas, y me encontraba de pronto con que el debilitamiento de la ilusión se correspondía simultáneamente al deseo de seguir alimentándola, de permanecer en aquella etapa tan particular de mi vida de la que ya estaba saliendo. Sin embargo, con todo, no era tan tonta como para no darme cuenta de que por mucho club de moda, casita en New Jersey, apartamento en Tribeca y brunch diario en Gotham que el futuro pudiera depararme, nada justificaba que me embarcase con un desconocido en un carrusel etílico inevitablemente condenado a girar sobre sí mismo sin llegar jamás a destino alguno excepto, quizá, al de acabar averiado y detenido para siempre o, peor aún, desmantelado.

21 de noviembre.
Todo el mundo (amigos, conocidos, parientes, enfermeras y varios ATS) parece de lo más sorprendido de que mi madre aguante tanto tiempo. He oído la palabra milagro innumerables veces y ya forma parte de mi vocabulario habitual. Incluso si no sobreviviera, opina mucha gente, el simple hecho de que haya aguantado casi dos meses tras la operación ya es un milagro en sí mismo. Sobre todo por su edad. El caso es que mi madre tenía razones para vivir: sus nietos, sus amigas, sus libros, sus viajes, su propia tozudez. Se empeñó en tener hijos y los tuvo. Si se empeña en vivir, lo conseguirá.

Jaume estuvo en casa ayer por la noche. Sí, el mismo Jaume que me escribió un mail diciendo que hablara a mi madre porque él sabía por experiencia que aun inconsciente en apariencia, en pleno sopor mórfico, un enfermo se entera de lo que sucede a tu alrededor. Visita relámpago desde Alicante. Vino a firmar algo de un contrato y se vuelve a casa hoy mismo, según él porque tiene mucho trabajo pendiente, pero sospecho que la verdadera razón es que no quiere dejar a Manolo, su novio, solo. A Jaume y a Manolo los conozco desde que éramos críos y críos debían de ser ellos cuando se liaron. Ante familiares amigos y conocidos siempre fueron una pareja de amigos inseparables. De la solidez real de esta inseparabilidad me enteré yo a los veinte años, cuando me explicaron la situación, pero nunca me han dicho en qué momento la cosa pasó de amistad a amor. En cualquier caso, no iba aquí a hablarte de sus vidas sino de un tumor cerebral que a Jaume le extirparon cuando era muy joven y que le costó tres meses en cuidados intensivos. Dice que sobrevivió porque ni un solo día dudó de que lo lograría. Me contó que cuando ya le habían quitado la morfina y estaba despierto, jugaba a las cartas con otros pacientes de la planta. Tenían una norma: cada uno debía pagar sus deudas a final de partida. No se fiaban, porque nunca se sabía si el deudor despertaría vivo a la mañana siguiente.

22 de noviembre.
Lo que sucedió en el cuerpo de tu abuela se parece mucho a lo que sucede en el entorno del enfermo. Se vuelve a aplicar ese viejo axioma de la sociología del cuerpo como metáfora de la sociedad. Una pancreatitis que provoca una mediastinitis que provoca un absceso que provoca un neumotórax que exige antibióticos que provocan un fallo en el riñón... Una reacción en cadena. Una hija de una madre que se pone enferma, una hija que va al hospital y vuelve cansada y enferma a su vez de complejo de culpa, y entristece a la persona que vive con ella, que a su vez se deprime... Y la tristeza se va extendiendo como una mancha negra, inexorable como un cáncer. Otra reacción en cadena.
El hospital es un caos. Hay camas arrumbadas en los pasillos y por todas partes se ve al personal corriendo de un lado a otro como hormigas despavoridas de un hormiguero pisoteado. No puedo dejar de pensar que transcurrieron casi dos días desde el ingreso de mi madre hasta que se confirmó el diagnóstico de pancreatitis. Tal vez, de haberlo sabido antes, no estaríamos en las que estamos pues se habría podido atajar la infección. Pero qué más podía hacer un grupo de médicos estresados en un hospital al que le falta personal, medios, y, sobre todo, dinero.

El sábado estaba haciendo zapping de cadena en cadena, contigo en brazos, con la vana esperanza de encontrar algo que te distrajera, cuando aterricé en un programa del corazón. Una invitada anunció alegremente que había habido un desfalco en el ayuntamiento de Marbella de cincuenta y seis mil millones de pesetas y luego siguió hablando de su divorcio como si tal cosa, como si el tema del dinero robado no tuviera mayor importancia y, desde luego, fuera mucho menos relevante que los cuernos que le puso su marido, como si la desaparición de semejante cantidad fuera cosa de todos los días y como si esa cantidad no fuera propiedad en realidad del pueblo de Marbella, que se la han cedido al ayuntamiento vía impuestos. Por menos se montó la Revolución Francesa.

23 de noviembre.
Aveces estoy tan cansada y tan desesperada que me gustaría estampar algo contra la pared. Pero no lo hago porque racionalizo: pienso antes de actuar. En el pasado, cuando bebía, ese paso intermedio, la milésima de segundo de razón que precede al acto impulsivo y lo aborta, no existía: el alcohol lo eliminaba. Por tanto actuaba siempre por puro instinto y acababa haciendo todo tipo de estupideces.

Lo curioso es que en lugar de deprimirme sienta rabia. Rabia. No quiero llorar, no. Mi primer impulso sería emprenderla a puñetazos con alguien, salir a quemar el Ministerio de Hacienda. Y eso lo he aprendido de mi familia. En mi familia nadie llora en público, ni se coge la mano o se besa. Pero sí gritan a la mínima ocasión. Incluso mi madre, que tenía prohibidas las alteraciones por expresa indicación médica, se enzarzaba a gritos con mi padre día sí día también. Obvia decir que estas discusiones las ganaba siempre él. Ya te he dicho que era quien tenía siempre la razón y la última palabra. Es una extraña contención de sentimientos propia de esta familia, que sólo sabe expresarlos cuando ya están acumulados y de pronto explotan como una olla a presión. Será por eso por lo que, por mucho que lo intente, no he sido capaz de acercarme a mi madre inconsciente y decirle al oído que, a pesar de que nunca lo haya parecido, en realidad sí la quiero. Pero nos opone un mundo derruido que se alza como obstáculo entre mi madre y yo, un montón de ruinas cercadas por una impenetrable barrera de silencio.


Y te preguntarás por qué me concentro en contarte la historia del FMN, que al fin y al cabo tan poco duró y nada dejó, ni estelas, ni marcas, ni pisadas ni recuerdos tras de sí. Pues te he contado la historia porque la encuentro muy importante a pesar de que muchos puedan pensar, y con razón, que poca importancia llegara a tener, si ni siquiera cumplió el mes, una historia vivida junto a un hombre del que nunca más volví a saber nada, cuyas intimidades o secretos jamás conocí, al que sólo me unía un lazo muy precario hecho de ilusión e inseguridad. Pues bien, a mí me resulta muy importante esta historia porque el FMN representaba el Santo Grial que yo me había pasado media vida persiguiendo, en aquellos tiempos en los que no entendía por qué Susan Sarandon rechazaba a Michael Madsen en Thelma 8c Louise, en aquellos tiempos en los que trepaba trabajosamente por la escala social de Madrid tratando de que me invitaran a las mejores fiestas para ver si allí encontraba a ese hombre rico, famoso, talentoso, glamuroso y demás adjetivos terminados en -oso que me gustara, que cuidara de mí, que me hiciera la mitad de una pareja, de la pareja del milenio a ser posible, y que me diera una vida fácil y llena de lujos, una vida en la que el dinero nunca fuera un problema, una vida en la que las entradas y salidas viniesen a colmar el vacío inmenso del que estaba hecha mi historia, una vida en la que experimentara por primera vez sensación de pertenencia, en la que pudiera llamarme «señora de» para poder decirme a mí y al mundo que efectivamente yo era de alguien, una vida en la que los demás me colocaran en un puesto fijo, en la que los otros me reconocieran por mi nombre y así me explicaran quién era, una vida en la que se acusara mi presencia, se registrara mi nombre, se perdonaran mis errores y se atendieran mis necesidades. Una vida delegada a la que dejara de llamar mía, cuya responsabilidad recayera, por fin, en otro.

Por eso, el hecho de que nunca respondiese a la retahila de llamadas que se fueron acumulando en el contestador podría revestir poca importancia a ojos ajenos, pero marca para mí el momento en que te concebí sin ni siquiera haberte concebido, pues el hecho de verme una persona entera y no como una mitad en permanente búsqueda de la otra mitad que debía completarla, implicaba además la asunción de mi capacidad de enfrentarme a la vida yo solita, sin muletas. Y de rebote, mi capacidad de reproducir esa misma vida si quisiera. Porque por supuesto yo nunca había siquiera soñado con tener hijos, no era aquella una perspectiva que me llamara lo más mínimo la atención porque, como solía decir por entonces a quien quisiera escucharme repitiendo una coletilla muy de moda entre la gente con la que me movía: ¿cómo iba a saber cuidar de otra persona cuando ni siquiera sabía cuidar de mí misma?

Y sin embargo, cuando meses más tarde y ya en Madrid descubrí con sorpresa que estaba embarazada, lo asumí con la mayor naturalidad del mundo, pese a que sé muy bien que si aquella doctora neoyorquina pija y lesbiana me hubiera dicho que los análisis revelaban no una anemia ni una hepatitis ni una mononucleosis sino un embarazo, lo primero que le habría preguntado acto seguido habría sido el emplazamiento exacto de la clínica abortiva más cercana.

24 de noviembre.


Llego hoy al hospital y me encuentro en el hall a Reme y a Eugenia, las dos con los ojos rojos y abesugados, con pinta de haber llorado mucho. Prácticamente no se miran la una a la otra. Cuando digo que voy a coger el tren para volver a mi casa, Eugenia se empeña otra vez en venir conmigo, y yo me resigno a lo inevitable: a que me largue uno de sus inmisericordes monólogos y me haga recuento de todos sus achaques. «Estoy pasando las de Caín, te lo juro —me dice en cuanto se acomoda en el asiento del tren—, en un mes me he echado encima diez años, me están quitando la vida entre unas cosas y otras, tanto hospital, tanta enfermera, tanta, tanta, tanta... Yo es que todo esto lo estoy llevando fatal, no me hago el ánimo... pero es que cuando he visto a la Reme se me ha puesto el corazón en la garganta y el estómago en un puño, de verdad, que la pobre no tiene la culpa de nada, bastante tiene con lo suyo, tantos años malcasada con ese bruto... y cada vez que pienso que no tuvo hijos, con lo que tu madre sufrió para que al final Reme no tuviera hijos... Hay que ver qué absurda es la vida, hija mía.» Yo no entiendo nada. No veo qué tiene que ver que Reme tuviera o no tuviera hijos con toda esta historia, y se lo pregunto. «Pues eso, nena. Que Miguel se casó con Reme porque creía que Eva no podía tener hijos, y ya ves, al final la Reme no tuvo ninguno y la tuya cuatro.» Entonces ¿es verdad esa historia del antiguo noviazgo entre mi madre y mi tío? Yo ya lo había oído contar alguna vez, lo de que el tío Miguel había estado con mi madre, pero nunca había escuchado nada de que no se casaran por una cuestión de niños. «Pues por eso fue, nena, por eso y porque Miguel siempre fue un hombre sin voluntad, un calzonazos. Muy resultón, todo lo que quieras, porque a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César, que era un hombre que de joven tenía mucho ángel, sobre todo, que hay que reconocer que sin ser guapo era resultón, muy hombre, ya me entiendes. Pero en los adentros siempre fue un insustancial dominado por la madre. En cuanto escarbabas un poco debajo del hombretón no había más que un niño de teta, y a la madre se le puso entre ceja y ceja que con Eva no se casaba y con Eva no se casó. Pero desde entonces ya ha llovido y mejor no remover más las cosas.» Y la tía Eugenia suspira y mira por la ventana, como dándome a entender que aquí se acabó la charla. Yo intuyo que no voy a tener otra oportunidad como ésta, que no voy a volver a estar cara a cara a solas con una Eugenia tan necesitada de desahogo como hoy, y me puede la curiosidad. Mi madre siempre ha sido un misterio, y ahora que de pronto parece que alguien ha abierto una rendija en la puerta del hasta ahora hermético sanctasanctórum del pasado no voy a dejar escapar la ocasión, así que suelto la pregunta para encajarla en el hueco recién abierto a modo de palanca: ¿y por qué esa inquina de la madre de Miguel hacia la mía? «Pues ya te lo he dicho, porque Eva no le gustaba, porque estaba enferma y el médico había dicho que no podría tener nenes. Y porque la veía poco para su niño. Ya sabes que en la familia hubo mucho rojerío, y lo que decían de las Lloretas... Porque tenían miedo, porque entonces se represaliaba a cualquiera, podías acabar en la cárcel sólo porque hubiera habido un rojo en tu familia, y si tenías la suerte de estar libre no encontrabas trabajo de ninguna manera... Ésa era la política de los nacionales, la tierra quemada... Soltera se quedó por ejemplo la pobre Sabina, tu tía abuela, con lo guapísima que era, tan rubia, y además que ella en política ni entraba ni salía, que el novio le salió rojo como le pudo haber salido azul. Y en la familia de Miguel eran unos tiralevitas de los de cilicio y estameña, que tenían la casa plagadita de imágenes y hasta les tenían un lugar reservado en las misas de la catedral... Para que te hagas una idea, por aquellos años el ayuntamiento debatió una moción, respaldada por los falangistas, para que a la ciudad se rebautizase como Alicante de José Antonio, porque ya sabes que a él le fusilaron en la prisión provincial, ¿no?, pues figúrate quién fue uno de aquellos falangistas, ¿lo imaginas?, el padre de Miguel, claro, que era miembro de la Junta Directiva del Centro Católico, reducto integrista del nacional-catolicismo alicantino, o sea... te haces una idea, y a la señora se le atravesó la Eva desde que le echó la vista encima, le tomó una ojeriza tremenda. Mira, nena, entonces no era como ahora, la gente era muy suya. Por aquéllos nos dábamos caminatas por la Explanada o por la Rambla, las chicas por su lado y los chicos por el otro, y cuando dos grupos coincidían se lanzaban miraditas, y durante mucho tiempo el Miguel le echaba a Eva unos ojos que partían el alma, y no sabes lo que tardaron en hablar el uno con el otro, ni te lo imaginas. Pues al final empezaron a hablar, como decíamos entonces, y a verse a solas... En mala hora. Y también a quedar para tomar un café o dar un paseo, todo de lo más inocente. Lo normal habría sido que después cada uno le hubiera presentado al otro a su familia, que así se hacían entonces las cosas, porque ya en la ciudad se comenzaba a hablar. Pero el Miguel nunca habló de que Eva conociera a sus padres, y cuando ésta insistía le daba largas, y si más insistía más él se enfadaba, y ella no entendía bien lo que pasaba. Si Eva le preguntaba abiertamente si es que algo iba mal, si es que sus padres no querían conocerla, a él se le volvía todo en decir que no, que no pasaba nada, que él la quería más que a nadie y que se casaría con ella. Y ella le creía y esperaba, por mucho que ya la gente hablara, porque entonces, si un chico se veía a solas con una chica durante cierto tiempo y la cosa no se formalizaba, a la chica la llamaban de todo, tú ya me entiendes, nena. Pero tu madre nunca fue de ésas, ¿eh?, que estar con un hombre, lo que se dice estar, sólo estuvo con tu padre, y eso después de que el cura le diese la bendición, pongo mano en candela. Con el Miguel fue novia, pero en decente. Y es que el Miguel para engatusarla se daba mucho arte. Mentía mejor que Judas. Y lo peor, lo que yo nunca le perdoné, es que no se atreviera a decirle la verdad, que la tuviera engañada tanto tiempo si sabía desde el principio que no se iba a casar con ella, que era como el perro del hortelano, ni como ni dejo comer. Total, que estuvieron de novios una eternidad, años, pero sin serlo, porque las familias nunca se habían visto, y yo venga a decirle a Eva que aclarara las cosas, que le obligara a tomar una decisión, que a ese paso se le iba a pasar el arroz, que ya empezaba a írsele el lustre, que se le apagaba la cara de tristeza, que daba penita verla... Y así se le iba la vida, esperando y esperando, que era ceguera la suya, y con toda la ciudad hablando de ella, criticándola o teniéndole pena. Si sería pava... A mí es que se me abrían las carnes, de verdad, de verla hacer el bobo de aquella manera. Y en el ínterin un día se encontró con veintisiete años y soltera, que entonces no era como ahora, que hoy en día a esa edad se es una chica pero entonces se era una señora y parecía que si no se casaba entonces no se casaba nunca, que se quedaba a vestir santos como Sabina. Y por fin se atrevió y le dijo: "O me presentas a tus padres o lo dejamos, pero de este año no pasa." Y él que seguía dándole largas y ahí ella entendió lo que pasaba y lo dejó. Porque por su gesto creo que Miguel habría seguido aplazando la cosa ad aeternum. Pero entonces la ciudad era pequeña, y a Eva ya le habían llegado por muchas correveidiles noticias de lo que la madre de Miguel decía de ella, que no quería para su hijo una mujer enferma y que no pudiera darle nietos, porque tu tío Miguel era hijo único, y la señora no sé si era muy mañaquera o no, pero nietos quería, seguro. Y tu madre tonta no fue nunca y entendió lo que pasaba. Y al poco, al año más o menos, aparece en el Diario de Alicante el anuncio del compromiso de Miguel con Reme, y nos quedamos de piedra. Primero porque la Reme era casi una niña, no había ni cumplido los dieciocho años, y segundo porque no entendíamos cómo después de haber estado con una mujer como era tu madre iba a acabar Miguel con una chica como ésa, porque Eva a la Reme le daba ciento y raya, que la Reme era, cómo te voy a decir, una blanda. Blanda, lacia y escurrida, una mujer sin sustancia. Pues sí, una sinsustancia. Pero una sinsustancia sana, muy sana, y de buenísima familia, justo lo que la señora quería para el niño. No sé, quizá buscaba una chica como Reme porque a tu madre se le veía que tenía mucha fibra, muy de mi cuerda, y la otra parecía más fácil de llevar, poquita cosa. Siempre fue sosona, y de joven más. Pero probablemente lo más importante fue lo de los nenes.»

Llegamos a Atocha y, excepcionalmente, no ardo en deseos de que Eugenia tire para su casa. La última vez recuerdo aún la tortura que supuso tener que aguantar su charla de pie en mitad de la calle, escindida yo entre el hartazgo y la compasión hasta que no me quedó más remedio que decir que la tenía que dejar, que en casa me esperaban. Pero ahora las tornas han cambiado: soy yo la que quiere seguir con Eugenia. Así que le digo que la invito a un café y se le iluminan los ojos como si mis palabras le hubieran encendido bombillas de cien vatios en las cuencas. Cogida de mi brazo, renqueando con dignidad, porque Eugenia se ha convertido ya en una anciana desvencijada, avasallada por la edad, que casi se arrastra hasta el café de la estación. «¿Te importa si pido una copita de anís, nena? Ya sé que a estas horas no es lo suyo pero, chica, un día es un día, y de vez en cuando hay que tener correa...» Yo encantada de que se tome un anís, por supuesto, a ver si el chinchón le suelta la lengua. Un camarero sudamericano muy ceremonioso viene a atendernos, la tía me pregunta por ti y yo repito la cantinela de siempre: que si eres muy mona y muy buena y te estás criando muy bien, hasta que llegan su anís y mi té, y no tengo que esperar mucho hasta que Eugenia retoma el tema que me interesa, probablemente porque a ella le interesa tanto como a mí.



«Tu madre ya estaba más cerca de los treinta que de los veinte y además arrastraba la historia del noviazgo con Miguel, así que parecía que se iba a quedar para vestir santos para los restos, y no por falta de pretendientes, porque admiradores le sobraban, pero o eran señores casados que la pretendían para querida, o viudos mucho mayores que ella, porque los de su edad ya se habían casado casi todos. Y en éstas que aparece un viudo, un notario de Elche, un hombre de mucho fundamento, que estaba muy pero que muy bien situado y que le hubiera podido dar una vida de reina.» Es la primera vez que oigo hablar del notario, aunque de la historia del romance entre mi madre y Miguel ya me habían llegado rumores. «Y ya parecía que la cosa estaba encarrilada, y que se iba a anunciar el compromiso en un suspiro cuando se encontró con tu padre, que tampoco se había casado porque siempre fue muy golfo, ése había corrido más que el baúl de la Piquer. Les presentaron en el teatro Principal, me acuerdo porque yo estaba allí, que habíamos ido a ver una representación de los Entremeses de Cervantes a cargo del Grupo de la Escuela de Comercio, que por entonces tenía mucha fama, y en cuanto se miraron te juro que vi saltar la chispa, que me dije: adiós boda con el notario. Y justo. Lo vi tan claro como si fuera la bruja Juli ésa.» Lo que no entiendo es por qué en todos estos años nunca me ha contado nada, nada, por qué precisamente hoy, si será porque siente como inminente la partida de mi madre, y qué tendrá que ver esa asunción con su repentina necesidad de desenterrar el pasado, aunque también es cierto que Eugenia y yo casi nunca hemos estado a solas, de forma que pocas oportunidades tuvo de contarme nada, si es que alguna vez quiso contarlo. «Habría podido llevar una vida de lujo, ya ves, pero prefirió a tu padre, que estaba entonces con una mano detrás y otra delante, como quien dice, que ya te he dicho que la familia tenía cierto nombre pero poco más, que ya antes de la guerra se habían arruinado porque su abuelo había llevado un derroche de gran señor, despilfarrando alegremente, y fue vendiendo las fincas y saqueando lo que quedaba de la dote de su hija. Habían empeñado los cuadros y las joyas, o eso se decía, y les quedaba la casa y el apellido. Imagínate el escándalo, más cuartos no le habrían podido dar al pregonero: la nena deja al mejor partido de la provincia por un señoritingo sin oficio ni beneficio, y encima éste resulta ser el hermano de la mujer del novio que le dejó. Vamos, ni en Lucecita... Ni te quiero contar lo que se dijo y lo que no se dijo. Más de uno y más de dos llegó a decir que se casaba sólo para estar cerca de Miguel el resto de su vida, imagínate. Fue una boda muy deslucida, mucho Coro del Misteri y mucha tontería, pero de invitados los menos.» ¿Los menos? Las fotos de la boda sí sugieren una celebración bastante sobria, pero yo nunca había considerado las cosas de semejante manera, más bien pensé que se trataba de una prueba más de la elegancia de mi madre, siempre tan ajena a las estridencias. «Como entenderás, conforme estaba la cosa, al principio las relaciones con Reme eran más bien tirantes. Pero después le empezó a dar pena la chiquilla, que no sabía ni dónde se había metido la pobre, que al casarse había hecho oposiciones a la desgracia. Porque enseguida quedó claro que al Miguel la Reme no le daba ni frío ni calor, o más bien le daba frío, que yo creo que seguía coladito de medio a medio por Eva. Y el Miguel empezó a beber y a la Reme le dio muy mala pero que muy malísima vida, no te quiero contar cuando pasó el tiempo y se vio que los nenes no llegaban, no veas el calvario que tuvo la pobre chica, y con la suegra metida en casa y malmetiendo todo el santo día, duelo sobre duelo, que se le llenaba la boca de decir que un buen hogar cristiano debía recibir la bendición de unos hijos, y que la mujer que no tenía niños que cuidar se arriesgaba a caer en cualquier tentación, como si la pobre Reme fuera la que tuviera la culpa de todo, cuando aquí, inter nos, te digo yo que creo que el problema era de Miguel, que bebía mucho, y no sé si sabes que a veces el que bebe no puede..., tuya me entiendes, no me hagas hablar. Y ahí tu madre sí que se portó como una señora, que no me extraña que la Reme le esté tan agradecida, porque apoyó siempre a su cuñada y no aprovechó como habrían hecho otras, no, se portó talmente como si la Reme fuera su propia hermana, porque ya sabes que su hermano, tu tío, se murió y creo que le echaba mucho de menos, y me parece que quiso hacer por Reme lo que no pudo hacer por Blai, protegerla, cuidarla, y por eso no le dijo ahí te pudras ni mentó el tema del antiguo noviazgo, de eso no se volvió a hablar nunca.» Me lo dirás a mí, Eugenia, a mí me lo dirás. «No se habló en tu casa, porque en Alicante se habló mucho. Que al Miguel se le iban los ojos detrás de su cuñada lo decían todos. Yo creo que por eso se fueron a Madrid después de que ella heredase, para poder vivir en discreto, que en el fondo nunca lo llevó bien. Figúrate, no tiene que ser plato de gusto semejante situación, que tu nombre lo estén mentando siempre en bocas ajenas. Y yo sé que a tu madre la capital no le gustaba, pero también sé que se alegró de venir. Y cuando tu tío Miguel se mató se habló muchísimo de que le había dejado una carta a tu madre, de que no había soportado la idea de que ella hubiera dejado la ciudad y ya no pudiese verla todos los días, pero yo nunca supe si había algo de cierto en aquella historia o no serían más que habladurías. Ahora, en lo tocante a si seguía enamorado, ahí sí que no tengo dudas: seguía.» Se me pasa de pronto por la cabeza si la que estaba enamorada de mi madre no habrá sido, rizando el rizo, la tía Reme o Eugenia. ¿Miguel se mató, Eugenia? ¿Cómo se mató? Porque de la muerte del tío Miguel tampoco he oído nunca hablar. «Pues se mató porque era un inmaduro.» ¿Quieres decir que se suicidó? «Mira, yo no sé, de ese tema se habló mucho y siempre se supo poco, coincidió cuando tu madre se fue a vivir a Madrid. Un ataque al corazón dijeron que fue. Pero el Miguel era joven y el corazón lo tenía sanísimo por mucho que bebiera, y hubo muchos rumores, qué quieres que te diga. Está enterrado en camposanto, eso sí que te lo puedo decir... Así que infeliz Miguel e infeliz la Reme..., y todo porque a aquella señora se le puso entre ceja y ceja que con Eva no se casaba porque no podía tener niños, y porque su abuelo era masón y en la familia había rojos. Y ya ves, Eva cuatro nenes y Reme ninguno. Y Reme pobre y Eva, de la noche a la mañana, millonaria, porque Miguel se bebió o malgastó casi todo el patrimonio y tu madre heredó el terreno aquel de la playa de la Xanca. Sería hasta gracioso de no ser tan triste.» ¿Y mi madre? ¿Tú crees que fue infeliz? «No nena, no, qué cosas tienes. Claro que no. Tu padre tendrá sus cosas, como todo el mundo, no te lo niego, pero por lo menos era joven y guapo, no como el notario. Y además os tuvo a vosotros, infeliz no ha sido.» ¿A qué cosas te refieres, Eugenia? ¿Qué cosas tiene mi padre? «Ay, nena, no me tires de la lengua, sus cosas, que nadie es perfecto. Tú sabes mejor que nadie cómo es tu padre.»

¿Y por qué, Eugenia? ¿Por qué lo voy a saber yo mejor que nadie?

Y de pronto me encuentro atrapada en uno de esos cepos de amnesia que una divinidad traviesa o quizá benévola ha colocado en el túnel por el que se sale desde la infancia a la edad adulta. No sé a qué se refiere. O no quiero saberlo. No recuerdo, o no puedo, o no me da la gana. A veces prescindir del pasado es una exigencia para poder disfrutar del presente. Se trata de un olvido económico, como un sistema que adopta la vida para sacudirse la angustia y seguir su camino, un olvido que no es acción y que sin embargo resulta fructífero en su pasiva quietud, como si la mente se dejara en barbecho para poder plantar en el futuro nuevos cultivos. Y ciertos episodios se relegan al desván del olvido o tal vez a ese depósito que sólo puede visitarse en sueños, sin que se pueda llevar de regreso a la vigilia nada de lo que allí se ha hurgado.

25 de noviembre.


Decía Freud que toda persona se siente culpable ante la muerte de uno de sus padres, porque de pequeño siempre hemos fantaseado con que mueran. Según Freud, las niñas nos enamoramos de nuestros padres y queremos matar a nuestras madres, y según Bruno Bettelheim, las madrastras malvadas de cuentos como La Cenicienta o Blancanieves no hacen sino metaforizar la rivalidad entre madre e hija, compitiendo por el amor del padre. Es cierto que yo me siento muy culpable, culpable, por ejemplo, de desear que todo acabe de una vez. Ya he perdido la esperanza, ya entiendo que mi madre no va a sobrevivir y no le veo el sentido a alargar esta agonía innecesariamente, como se ha venido haciendo.

26 de noviembre.


El timbre del teléfono me despertó a las tres de la mañana. No hubo de sonar ni cuatro veces: el primer toque me sacó del sueño, al segundo salté de la cama y al tercero descolgué el auricular y escuché la noticia que ya sabía que me iban a dar. No quise volver a la cama, donde tu padre dormía sin haberse enterado siquiera de que el teléfono había atronado. Pensé en hacerme un café, pero no necesitaba de excitantes para mantenerme despierta si ya sabía que no dormiría en toda la noche. Empecé a pasear cocina arriba y cocina abajo, andando y desandando mis pasos como un animal enjaulado. Y por fin me calcé unas botas y me puse un abrigo sobre el pijama y bajé a la calle.

En la puerta del karaoke, Tibi hacía su turno de todas las noches, inamovible y referente como un faro. No me preguntó nada cuando me vio llegar, y me acogió en su pecho enorme y cálido, negro y narcótico como la muerte.


Ahora son las siete de la mañana. Salgo para el hospital.

3. LAS ÚNICAS FAMILIAS FELICES


Todas las familias felices se parecen entre sí, pero

cada familia desdichada ofrece un carácter peculiar.



León Tolstói, Anna Karenina

FAMILIA: La familia funciona como un sistema. Como tal, establece canales de comunicación entre sus miembros, los protege de las presiones exteriores y controla el flujo de información con el exterior, siendo su meta conservar la unidad entre los miembros y la estabilidad del sistema. Cuando hay demasiada permeabilidad el sistema se cierra y se aisla, provocando desviaciones significativas en las interacciones que se dan entre los miembros de la familia, lo cual lleva al sistema a un estado de desequilibrio, como es el caso específico de la violencia intrafamiliar.

La dinámica es lo que en su momento permite diferenciar a una familia de otra. Para definir la dinámica familiar han de tenerse en cuenta diversas variables; principalmente la relación que existe entre cada uno de los miembros de la familia, y también los lazos comunicativos, las expresiones de afecto, las pautas de crianza, los castigos y los métodos de manejo de autoridad y poder.

La familia como sistema configura las condiciones inmediatas del espacio social en el cual el individuo afronta las posibilidades reales de realizar o no lo que desea y puede hacer. Esta situación lo pone en perspectiva del tiempo, sus vivencias del pasado y del presente como posibilidades del futuro, las cuales se unen en un sentido estructurante en cada individuo, expresado en un estilo de vida.

Este sentido estructurante define las posibilidades psicológicas de la persona, que según algunos psicólogos tiene que ver con una doble dimensión de la conciencia individuo-familia: a.) La conciencia de sí mismo que distingue unos de otros; b) La conciencia de la procedencia familiar, como también de la experiencia de la pertenencia a un universo psíquico, social y espiritual.

Así propuesto, el sentido estructurante/estilo de vida hace referencia al modo en que cada uno modela o intenta modelar su propia vida, define cómo se construyen significaciones a partir de situaciones cotidianas y consecuentemente cómo cada cual decide interactuar con los otros. El sentido tiene un carácter cognoscitivo que afecta al modo en que se construyen las posibilidades de comprensión de lo vivido. El ser humano atribuye significación en el ámbito de su vida de acuerdo con los elementos de la cultura y gracias a la apropiación que de ella hace como sistema activo de personalidad.
Enciclopedia Médica y Psicológica de la Familia

Han pasado ya dos meses desde que mi madre falleciera y en esos dos meses he sido incapaz de sentarme frente al ordenador y acabar lo que empezó siendo una carta para ti, Amanda, continuó siendo una especie de diario y, sinceramente, no sé en qué acabará. He escrito sobre muchas otras cosas, he redactado innumerables artículos sobre drogas y adicciones para todo tipo de publicaciones: para revistas femeninas (Elle: «La droga no está de moda») o juveniles (Ragazza: «Cómo y por qué decir no»), para boletines de organizaciones feministas (Emakunde: «Género y drogadicción: Marginación dentro de la marginación»), para gacetas gratuitas de la Comunidad de Madrid (In Juve: «Adolescentes y drogas: Medidas útiles de prevención»), hojas universitarias (Información del Campus: «Éxtasis o ésta no: qué lleva realmente una pastilla») o semanarios de información política (Tiempo: «Droga, el negocio del siglo»)... En fin, he aceptado todos los encargos que me han ido ofreciendo, incluyendo algunos que nada tenían que ver con las drogas (un reportaje para Gentleman sobre comida y sexo, una entrevista para Marie Claire a Laia Marull, una serie de críticas de libros para la revista de Club Cultura, y no te sigo haciendo la relación porque no acabaría nunca). Y cuando empezaba a redactarlos todo fluía con facilidad, los dedos tamborileando ágiles sobre el teclado, haciendo ese ruidito familiar que con probabilidad empezará a sonarte a música conocida porque normalmente cuando trabajo tú estas cerca de mí, en tu cuna, jugando con tu sonajero o mordisqueando tu manojo de llaves de plástico, entonando extrañas cancioncitas de tu invención a gorgorito pelado. Dice la pediatra que puedo estar contenta de que chilles de esa manera, que eso significa que no eres sorda, que estás ensayando las capacidades de tu propia voz, preparándote para hablar. Dice también que eres una niña precoz, aunque eso no hacía falta que me lo dijera: ya lo sabía yo. Es cierto que a veces pensaba que todo era pasión de madre, que quizá yo te viera más lista de lo normal porque eres hija mía y que el hecho de que tú hicieras muchas más cosas de lo que los manuales de pediatría decían que estabas capacitada para hacer podía deberse a que éstos estaban anticuados o a que yo veía donde no había, que exageraba tus capacidades y tus logros llevada por el orgullo o el deseo. Hasta que una tarde bajé a la plaza de Lavapiés a pasearos al perro y a ti, y mientras el bicho corría a su bola yo me senté al sol y llegaron entonces otras dos chicas con sus niños, las dos ecuatorianas, las dos muy jóvenes, mucho más que yo según calculé a primera vista, y se sentaron a mi lado. Una traía dos críos, una niña de dos años y un rorro de seis meses, y la otra sólo uno, un bebé de cinco. Sé la edad porque las madres me lo dijeron, no porque sea fácil calcular por su aspecto la edad. Y comparé. Tú, que acababas de cumplir los cuatro meses, reías cuando yo te hacía morisquetas, agarrabas el manojo de llaves al vuelo si te lo agitaba por delante de las narices, mirabas al perro cuando te lo señalaba y lo seguías con la mirada mientras él correteaba detrás de los otros chuchos, me tirabas del pelo en cuanto tenías oportunidad y subrayabas con enfervorizados grititos cada uno de tus triunfos. Eras activa, en resumidas cuentas, y te interesabas por las cosas y te comunicabas, mientras que los otros dos bebés, mayores que tú, se limitaban a permanecer plácidamente en sus carritos, adormilados al sol como los viejos, y apenas sonreían sino muy de cuando en cuando y después de muchos esfuerzos por parte de sus madres, que tenían que recurrir al halago exagerado, a las cancioncitas entonadas con voz de pito o a las palmas palmitas.

Pues eso, yo tecleo y tú cantas, el ruido de mi teclado acompaña al de tus trinos y ahora hay una música de fondo en la casa que parece jazz experimental, y en todo este tiempo nos hemos acostumbrado la una a la otra, y has estado escuchando este constante teclear que nos da de comer a ti y a mí. Pero este ruido sincopado, esta extraña percusión que acompaña a tus canciones, nada tuvo que ver con esta carta, porque durante dos meses no te he escrito, y eso que si alguna vez hubo una musa interesante, ésa has sido tú, la más linda, la más dulce, la más inspiradora de todas. Pero yo no he podido dedicarte mis palabras, porque la carta que empecé para ti acabó demasiado ligada a la muerte de mi madre. Y ya no podía volver a eso.


Yo había oído hablar cien mil veces del bloqueo del escritor y del miedo al folio en blanco y de todas esas cosas, pero nunca las había sentido. Las novelas que en su día redacté, ésas que duermen en el cajón el sueño de las nunca requeridas, surgían como manantiales casi sin esfuerzo. Yo llegaba cada noche y me sentaba frente al teclado y seguía un plan organizado, el esquema que había diseñado previamente y que después había pinchado en un tablero frente al escritorio. Me imponía un plan estajanovista, de seis a diez páginas diarias, plan que cumplía puntualmente, y luego las corregía una y otra vez hasta que las consideraba perfectas y las enviaba a los editores, que no las consideraban perfectas en absoluto y ni siquiera publicables. Tanto esfuerzo para nada.

El proceso de redacción de Enganchadas siguió esa misma tónica, esa obsesión por cumplir plazos que caracterizaba a mi trabajo. Elegía los sitios, los centros de desintoxicación, los de expedición de metadona, los de reunión de alcohólicos anónimos o de terapias de grupo, las cárceles. Llamaba, concertaba entrevistas con los directores, hablaba con ellos. Encontraba mujeres dispuestas a confesarse conmigo, a vaciar frente a una grabadora sus corazones o sus estómagos o sus hígados destrozados o las cuatro neuronas que aún les quedaban sanas, que no se había llevado por delante la coca o el alcohol o las pastillas o el jaco. Acumulaba cintas rebosantes de historias. Las clasificaba. Las transcribía. Y después organizaba lo que el papel había recibido y dotaba a la narración de un tono dramático, de una estructura coherente, con su principio, su nudo y desenlace, de una razón de ser, de un algo trascendente que hacía de una yonqui de barrio una heroína. Y todo ese proceso de hormiguita, ese acumular y clasificar y transformar, lo llevaba a cabo sin prisa pero sin pausa, sin bloqueos ni miedos. Era lo que tenía que hacer, y lo hacía. Nunca me quedé quieta frente al teclado, no se me pasaron los minutos haciendo cualquier cosa excepto escribir, no perdí tiempo navegando por la red en busca de estupideces que de nada me servían (páginas de satanistas, galerías virtuales, arte en la red...) para huir de la exigencia de acabar el trabajo.

Pero Enganchadas no hablaba de mí pese a que yo fuera una de tantas enganchadas al alcohol y a la propia angustia. No hablaba de mí porque nunca puse toda la carne en el asador, porque tomé distancia y no me comprometí jamás, porque no tuve el valor de ponerme a mí misma en los folios y escribir de cuánto bebía o de algo mucho más importante: de por qué bebía. Y por eso, porque me negué todo el rato, no sufrí bloqueo alguno. Porque el bloqueo es el aviso de que uno se acerca a lo que no quiere ver. Para no hablar de mí, hablé de otras, y así nunca tuve que reconocer que yo también estaba enganchada. Si Enganchadas fue un éxito era porque yo conocía el tema bien a fondo aunque no contase mi experiencia, porque escribía desde la verdad, hablaba de mí sin saber siquiera que lo estaba haciendo, desde el momento en que yo vivía la misma dependencia que mis entrevistadas aunque yo, la entrevistadora, viera la paja en el ojo ajeno y de ningún modo la viga en el propio.

Y por eso eran tan malas mis novelas y ningún editor las quería. Porque nunca hablaban de mí. Porque no eran sino experimentos metaliterarios en los que se reinterpretaban historias que ya se habían contado muchas veces. Porque nacían de mi cobardía, de mi vanidad, de mi pedantería.

Pero todo cambió cuando llegó la hora de acabar esta carta. Y mi famosa consigna de concluir lo empezado se fue al carajo.

Cuando pensaba en que tenía que recapitular y poner un punto final —tenía que hacerlo por mucho que nadie me obligase, por mucho que fuese sólo una tarea que me había autoimpuesto— un cansancio infinito me acometía, y entonces me iba a la cama y te llevaba conmigo, te colocaba a mi lado, te rodeaba de almohadas para evitar una posible caída mientras yo durmiera, y me quedaba inmóvil con tu puño amarrado a uno de mis rizos mientras tú cantabas bajito, porque de alguna manera entendías y entiendes, no sé por qué, que cuando tu madre duerme hay que bajar la voz, pero que no molestas si gritas cuando escribo.

Ese bloqueo, ese pavor al folio en blanco, no era sino un terror a lo que el folio pudiera revelar una vez impreso, cuando el mecanismo catártico de la escritura descubriera lo que no se dice, escarbando en el fondo del subconsciente y traduciendo a palabras imágenes, símbolos, sueños y fantasías; tantas cosas que no encontraban un correlato en la vida real, que sólo aparecían por las noches, pero que a veces se entreveían en vigilia, jirones de historias rescatadas de los confines del sueño que se han quedado adheridos a una mientras ascendía desde el subsuelo del letargo hacia la vida que hemos convenido en llamar real. He tenido miedo todo este tiempo de enfrentarme a mi propio dolor porque no me ha quedado otro remedio que almacenarlo muy dentro, en un recipiente sellado, casi diría encapsulado, porque no podía ponerme a llorar, no podía paralizar el ritmo de la vida, las facturas que reclaman su pago, la nena —tú— que quiere atención y mimos y biberones y cambio de pañales, los encargos que urgen en su entrega, el perro que necesita sus tres paseos diarios, los paquetes que hay que llevar y recoger de correos, todas esas rutinas diarias que no se pueden ir acumulando, problemas que hay que solucionar cuando se presentan y no después.

Hubiera querido vestirme de negro —cierto es que lo hice al principio— y después encerrarme en casa y llorar, arrastrar mi duelo como hacían las damas antiguas y no salir excepto para ir a misa. Hubiera querido que todos entendieran que no podía levantarme del lecho del dolor. Pero eso se hacía en un tiempo en el que no había ni fax ni teléfono ni recibos por pagar ni plazos de hipotecas ni oficinas postales ni insidiosos aparatitos móviles con llamadas urgentes de editoras de revistas reclamando una colaboración, un tiempo en el que durante cada mes hay que ganar el dinero que una tiene que tener dispuesto a día uno del siguiente. Pero es que además de la vida que seguía su curso, indiferente a la muerte de mi madre, había otra razón para seguir activa, y era el miedo que yo tenía a dejarme llevar por el dolor. Pensaba y pienso que si me permitía sentirlo, aunque sólo fuera un poco, se extendería enseguida como una mancha de aceite, o como un cáncer, devorador, ineludible, y antes de que pudiera darme cuenta me habría vencido y ya no sabría librarme de él.

Siempre he tenido miedo a sufrir, y he preferido por ello no sentir. Por eso nunca me he embarcado en relaciones con futuro, por eso las elegía con su fecha de caducidad ya impresa, historias con hombres egoístas o alcohólicos o narcisos o inmaduros, romances turbulentos pero nunca muy profundos en los que no llegaba a comprometerme del todo, pasiones cuyo final podía preverse desde el mismo principio, final que yo de alguna manera ya presumía al empezarlas, aunque ante nadie, ni siquiera ante mí misma, lo habría reconocido. No fue casual que tu padre fuera el único de entre todos mis amantes que no bebía y que se preocupaba de algo más que de su ombligo. Porque en algún momento decidí sentir, y abandoné por tanto el alcohol, mi anestésico de confianza, y algún óvulo que navegaba en el légamo de mis entrañas tiró de mí con tanta fuerza como para incitarme a iniciar una historia ineludible, un lazo que no se podía romper de la noche a la mañana, una apuesta que exigía un compromiso sólido y firme y que requería también de un colaborador para iniciarla, un hombre que pudiera ser padre, y un padre que no estuviera mal de la cabeza, o no del todo.

Pero aunque tenerte a ti constituyera un hito en mi vida de cobarde, la mayor apuesta que nunca acometiera, la mayor aventura que jamás emprendiera, eso no significaba que me hubiera curado, que fuese valiente de la noche a la mañana, tan sólo implicaba un propósito de enmienda, una necesidad de amar y de sentir para encontrarme viva, pero no la capacidad de asumir el dolor del corazón e integrarlo como parte de la existencia. Por eso no quería acabar esta carta, porque finalizarla significaba recordar no sólo la muerte de mi madre sino todos los dolores, profundamente enterrados en esa tierra estéril de lo que no se nombra, que su muerte exhumó. Significaba revivir antiguos rencores y afrentas nunca solucionadas. Y yo no quería tocar al cadáver desenterrado, hacerle la autopsia, analizar sus tejidos y sus fibras, observar sus órganos al microscopio, incluso si sabía que en cierto modo sería necesario, que yo no podría seguir viviendo negando por siempre lo evidente.




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