Un milagro en equilibrio



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Yo, al principio, tampoco reaccioné, y me quedé allí plantada, ahogada de humillación, como si me hubieran atornillado al pavimento, porque no me acababa de creer lo que había pasado. Sí, por supuesto que me habían pegado antes. Me había pegado mi padre, me había pegado mi hermano Vicente en alguna de las numerosas riñas domésticas, me había pegado algún novio borracho en la primera adolescencia, pero nunca habría esperado que me pegase un señor que vestía de Dolce & Gabanna, que desayunaba con champán (rectifico, espumoso californiano) y que cenaba en restaurantes en los que hay que reservar mesa con semanas de antelación, y porque además, no sé, desde el principio toda la historia había parecido tan perfecta y tan suave... Y de pronto caigo en la cuenta de que de alguna manera todo encaja: los trajes de Versace, las conversaciones inexistentes, las rayas de cocaína en la piscina, las horas que me he pasado haciendo nada mientras él habla de cifras y acuerdos y hace un trato aquí y negocia otro allá y ni se toma la molestia de explicar a la rubia que le sigue a todas partes como un perrito faldero qué son todas esas cosas tan importantes que discute con los hombres trajeados y que le impiden dedicarme un poco de atención, y reconozco, gracias a un instinto primario e instantáneo parecido al que al caminar nos hace poner un pie delante de otro antes de que tengamos tiempo de pensarlo, una historia parecida a tantas historias que ya he vivido y a tantas historias que ya he escuchado en boca de aquellas mujeres que asistían a la terapia de grupo, y me vienen de pronto a la memoria y cobran retrospectivamente un valor de advertencia, de presagio, y me digo que esto es sólo el principio, que a partir de ahora todo va a acelerarse rodando cuesta abajo.

Ahí está el taxi, frente a nosotros.

Entra, me dice él.

No.

No seas idiota, entra.



No.

No es tonto, no me va a meter en el taxi a la fuerza, no delante de toda esta gente, no siendo él el FMN. Puede que en realidad se muera de ganas de cogerme de los pelos y meterme en el vehículo a patadas, pero no lo va a hacer.

Pues muy bien. Ahí te quedas. Él entra y cierra de un portazo, mientras el taxi se pierde engullido por el tráfico.

Diez minutos después, yo encuentro otro taxi que me lleve a casa. El conductor se pasa el trayecto entero intentando convencerme para que me vaya a tomar una copa con él.

Sé que me ha tomado exactamente por lo que parezco.

15 de noviembre.


Nos reciben dos médicos en el cuartito destinado a la información a familiares. Sólo por la expresión de sus rostros ya sé, antes de que abran la boca, que las noticias no son buenas. El doctor nos explica que el resultado del electroencefalograma muestra un daño en la corteza cerebral. Es decir, en algún momento ha habido falta de riego de oxígeno, una anoxia. Esto significa que, en el caso de que mi madre sobreviviera, es bastante probable que esa falta de riego en el cerebro le haya afectado a las facultades mentales. Que volvamos a casa con una niña de dos años encerrada en un cuerpo de ochenta.

El lunes le harán otro TAC y un escáner para verificar si hay daño en la región subcortical, por si hubiera una lesión más grave.

—Y entonces —dice el médico más mayor—, tendríamos que actuar en consecuencia.

No hace falta que me explique qué se entiende por «actuar en consecuencia»: desconectar el respirador. Mi padre se queda tan blanco como si acabara de ver pasar un fantasma por el cuarto. El doctor joven, que ha debido de notar el impacto de las palabras de su compañero en mi padre, intenta arreglar la cosa.

—De todas formas, han de recordar que la palabra más importante en medicina es siempre paciencia.

—Y resignación —añade el mayor—, una palabra desgraciadamente muy olvidada en la cultura occidental.

Parece que estén jugando a poli bueno y poli malo.

—Estamos haciendo todo lo posible, podemos asegurárselo. Pase lo que pase, nunca se podrá decir que no lo hemos intentado todo —dice el joven—. El problema es que en nuestra cultura el proceso de vejez se está dilatando hasta extremos insospechados desde hace menos de medio siglo, y con la edad se van acumulando los factores de riesgo. Es por eso que una simple pancreatitis como la de su madre puede provocar una reacción en cadena y desatar un proceso de altísimo riesgo.

Él no lo dice, pero yo interpreto el subtexto: ¿es mejor morir más joven o apurar la carrera hasta los cien años a costa de sufrir muchísimo en el último tramo?

—Y... —intervengo yo—, ya sé que esta pregunta es difícil de contestar, pero, más o menos, ¿con cuántas posibilidades contamos?

—A esa pregunta no le puedo contestar —me responde el médico joven—. Nunca se puede contestar. Aquí las cosas dan muchas vueltas. Llegan pacientes con un cuadro muy simple, que a primera vista no es mortal, y de la noche a la mañana la cosa se complica y fallecen, mientras que entran otros por los que nadie apuesta y acaban saliendo adelante. Nosotros aquí estamos muy acostumbrados a ver milagros.

—Pero es que la vida en sí misma es un milagro —añade el viejo—. Un milagro en equilibrio.

16 de noviembre.
Me he puesto los vaqueros raídos que solía llevar antes de quedarme embarazada: me caben. No han hecho falta dietas ni milagros. Me estoy consumiendo de pura ansiedad. O quizá a base de no dormir y pasarme el día de aquí para allá.

17 de noviembre.


Sigue sin volver, pero reacciona. Ya es más que antes. De vez en cuando parpadea y casi parece que va a abrir los ojos, pero nunca llega a abrirlos del todo. También mueve la boca, incluso la hemos visto bostezar. Cuando le he susurrado al oído he visto cómo se le resbalaba una lágrima. Caridad me ha asegurado que se trata de un reflejo, que el ojo le llora igual que la mano supuraba, porque le están inyectando líquidos sin parar. He aceptado la explicación, pero al volver a casa se me ha ocurrido que llevan desde el principio inyectándole líquidos y que nunca hasta ahora la habíamos visto llorar.
De alguna manera llego a mi apartamento del Bronx dando gracias a la providencia divina porque curiosamente ayer, en un arrebato de inspiración que podría interpretarse como profético, decidí traer mis cosas desde el apartamento del FMN al del rumano, cuando pensé que él podría entender como invasión de su intimidad el encontrar casi toda mi ropa en sus armarios. Por eso —y menos mal— dejé allí lo imprescindible (cepillo de dientes, secador de pelo, crema hidratante, tres mudas) y me llevé el resto, y por eso todavía llevo las llaves en el bolso, porque me olvidé de sacarlas de allí en vez de dejarlas en el apartamento del FMN como suelo hacer porque me parece idiota llevarlas siempre encima y correr el riesgo de perderlas si sé con seguridad que no voy a dormir allí. Asciendo los dos tramos de escaleras sobre mis ridículos zapatos de Jourdan y de pronto me siento muy mareada, unas náuseas vertiginosas me revuelven el estómago y unas palpitaciones de ritmo cada vez más intenso disparan el pulso de mi sangre; no sé ni cómo consigo llegar hasta la puerta del apartamento y arrastrarme hasta el cuarto de baño, apoyo la cabeza en las rodillas, escucho el timbre del teléfono que suena, a estas horas sólo puede ser él, el FMN, y me parece tan extraño, tan distante y absurdo que hace apenas diez minutos todo fuera amor y lujo y un carrusel de colores y luces brillantes, una especie de ruido histérico que se suponía era mi vida, y de pronto esté aquí, en silencio, sin más compañía que este retortijón agudo en las profundidades del estómago que, tal vez por eso mismo, antes de que me dé cuenta, brota desde allí y me hace vomitar una resaca que ha llegado antes de tiempo. ¿No debería llegar mañana? Pero mañana, antes de despertarme, ya tendría en la cama, en una bandeja de desayuno especial para este tipo de momentos (Philippe Starck, desde luego), una copa de champán, perdón, espumoso californiano, que el FMN me sirve cada mañana, así que nunca me llega la resaca porque nunca le doy ocasión a presentarse, nunca corto el suministro de alcohol el tiempo suficiente para que se manifieste la abstinencia, y de pronto caigo en la cuenta de que si ahora empiezo a vomitar y vienen los temblores y el dolor de cabeza me voy a tener que comer la tragedia yo solita, porque ahora no hay rumano que me traiga paracetamoles ni sopitas, porque ahora éste debe de estar en la casa de su novia, esa de la que nada conozco pero que seguro que no bebe ni se viste de puta de lujo. Podría llamar al FMN, sé que lleva el móvil en el bolsillo, probablemente esté esperando mi llamada. Pero no, un destello de cordura me acomete en medio de todo este delirio, no puedo llamarle. Recuerdo que tengo paracetamol en alguna parte, en esa habitación que prácticamente no he pisado desde que llegué, me arrastro como puedo por el pasillo entre temblores, revuelvo las maletas de arriba abajo... nada. Y entonces, milagro, encuentro en el neceser cuatro Valiums que había metido allí en Madrid para ayudarme a dormir en el avión pero que no utilicé porque pensé que si me quedaba dormida en semejante postura no habría quiropráctico capaz de deshacerme después la contractura. Los agarro como si de diamantes se tratasen y me dirijo al cuarto de baño donde me los trago, los cuatro, con un chorro de agua del grifo, sin vaso, y desde allí me arrastro al futón y me quedo dormida mientras escucho el timbre del teléfono que vuelve a sonar, distante como los ruidos de la calle.

Los ojos se me cerraron tan deprisa que ni tiempo me dio a darme cuenta de que me quedaba dormida, y luego todo se confunde en sucesión de vigilia y duermevela, me despertaba un instante y me sentía incapaz de levantarme del futón, tenía la boca pastosa y los miembros entumecidos y sabía que no me convenía quedarme así, que al menos debería desnudarme y ponerme un pijama, pero el cuerpo me pesaba como si hubiera comido piedras y no conseguía moverlo, así que me volvía a dormir, y al rato me despertaba y me resultaba extrañísimo encontrarme allí, con un letargo que me pesaba como escamas sobre los ojos, me preguntaba qué hora podría ser, volvía a dormirme, me despertaba un instante, el tiempo justo para escuchar el crujido orgánico de la madera del suelo y calcular, por el cambio en la calidad de la luz que entraba por la ventana, que ya no era por la mañana sino por la tarde, o que ya no era la tarde sino la noche, y hacerme una idea aproximada por no decir remota de las horas que llevaba durmiendo. Volvía a dormirme y en mi sueño aparecía el FMN y mi cuerpo sentía el calor del suyo y cuando estábamos a punto de unirnos me despertaba, y sentía todavía el hueco de su figura en la sábana, su olor en mi cabello o el calor de su último beso en la mejilla, y poco a poco el recuerdo de aquel sueño se disipaba disuelto en otro sueño en el que había vuelto a sumirme, viajando a toda velocidad por el tiempo y el espacio sobre una cama que se había convertido en alfombra mágica, abandonando el plano del lugar en el que me quedé dormida de forma que, cuando me despertaba más tarde, después de haber estado sumergida durante un tiempo indefinido en una nada viscosa de la que iba emergiendo despacio, ignoraba dónde me encontraba e incluso quién era. Apenas recordaba que había atravesado vastas regiones para regresar de la nada, pero notaba en el centro de mi conciencia la certidumbre de una tristeza, y esa tristeza me recordaba quién era, alguien triste, sola, y entonces mis vestidos, colgados de la barra como figuras exánimes, fantasmas de otro tiempo reciente que ya era lejano, un tiempo mejor que ya era peor, venían en mi ayuda para sacarme de la nada de la que no habría podido salir sin ayuda y recordarme que estaba en Nueva York, en un apartamento del Bronx, efectivamente sola, y de ahí me transportaban a distintos dormitorios, al de mi casa en Madrid, al del apartamento del FMN, al del piso de mis padres, al de Santa Pola, diferentes alcobas en las que había dormido, recordando el estampado de las colchas, la orientación de las ventanas, el color de las paredes, días lejanos que en aquel momento parecían recientes e incluso actuales, evocaciones enroscadas y confusas que se amalgamaban y tiraban de nuevo de mí hacia el subsuelo del sueño, nostalgias a las que cedía porque me encontraba demasiado cansada para resistirme, y una dulzura laxa se iba apoderando de mis huesos y ablandándolos, por más que yo supiera que no debía dejarme llevar, que no podía dormir durante días seguidos. Pero nada parecía aliviar aquel cansancio infinito, y las horas de sueño, en vez de repararme, sólo me daban más sueño.

Estuve durmiendo dos días y medio, hasta que el rumano, que sí se pasaba de cuando en cuando por el apartamento, o al menos con la suficiente asiduidad como para reparar en mi presencia y para advertir que yo no me movía de la cama, se preocupó y me obligó a levantarme. Me duché, por supuesto, y comí algo, pero lo único que me apetecía era volver a la cama. Pensé que probablemente estaba incubando una gripe, así que volví al futón y el ciclo de sueño se reanudó.

Estuve cinco días prácticamente sin levantarme. Mi compañero de piso se asustó y me obligó a bajar a la calle, pero no llegué ni al Deli de la esquina y el trayecto lo tuve que hacer apoyada en él, porque no encontraba fuerzas ni para caminar. Resultaba evidente que aquello no podía ser una incubación de gripe, pues la gripe habría tenido tiempo más que de sobra para manifestarse. Todo apuntaba a una mononucleosis o una hepatitis, o eso opinaba el rumano, que no era médico pero sí biólogo, así que un mínimo de entendimiento sobre el tema se le suponía. Fuera lo que fuera había que llamar al médico inmediatamente, pero en su lugar a quien llamamos fue a Sonia. Sonia llamó a su vez al Doctor Referral's Number del Lennox Hill Hospital, en donde informaban de los especialistas más cercanos al domicilio de quien llamara. Le dieron tres números, a los tres números llamó y explicó lo que pasaba con su amiga y en los tres le vinieron a decir lo mismo, que la consulta eran cuatrocientos dólares pero que, seguramente, dado lo que estaba contando, habría que hacer análisis y pruebas, y que la cosa se pondría en seiscientos.

—¡Seiscientos dólares! ¡Tú estás loca! ¿Cómo voy a pagar yo seiscientos dólares? Pero si eso es lo que ha costado el billete de avión... Tiene que haber un médico más barato.

—Estás en Nueva York, bonita, no hay un médico más barato.

—Eso es imposible. Tiene que haber servicios sociales o algo. ¿Quieres decir que cada vez que tú te coges una gripe o unos hongos te gastas seiscientos dólares?

—Aquí, si yo tengo una gripe o unos hongos no voy al médico, me voy a la farmacia y me compro un bote de antibióticos, y si tengo algo más serio pago lo que haya que pagar porque me saqué en España un seguro médico internacional que luego me reembolsa lo que haya gastado.

—¿Y por qué no tienes un seguro aquí?

—Porque aquí sólo tienen seguro los millonarios.

—Pero hay seguridad social, ¿no?

—No. Hay seguro médico si trabajas para una empresa y la empresa lo costea, porque cuando yo trabajaba para la Black Star sí tenía uno, pero si trabajas freelance, como es mi caso ahora, pues no. Y ya casi todo el mundo trabaja como autónomo porque prácticamente ninguna empresa hace contratos.

—Y entonces, si una persona normal, un camarero pongamos por caso, se encuentra con un problema médico serio, ¿qué hace?

—Pues cruza los dedos para no encontrárselo, porque si tienes un accidente te endeudas hasta las cejas. O si no se busca la vida, o no vive en Nueva York. A mí qué me cuentas. Oye, que si quieres una reforma del sistema sanitario americano llamas a Hillary Clinton, a mí no me líes.

Yo insistía en que era imposible que todos los médicos fueran tan caros y que tenía que haber algún otro sistema, pero el rumano me confirmó que la cosa era así, que cuando su compañero de piso, el gogó cuya habitación yo ocupaba, pilló la hepatitis, estuvieron buscando por todos lados la manera de encontrar un médico más barato y que al final acudieron a un servicio para gays y lesbianas en Chelsea, que era más barato pero no tanto y que en realidad se ocupaba más de enfermos de sida que de otra cosa. También podíamos intentar que me aceptaran en urgencias, pero en urgencias sólo te admitían si te habían pegado un tiro o te habías roto una pierna, no porque te encontraras cansada y adormilada, y además me lo cobrarían igualmente.

—Aunque cobrarlo, tanto como cobrarlo... —dijo el rumano—, te vas sin pagar y punto. Que te busquen luego para cobrarte la factura.

—Ya, pero te repito que no puedes presentarte en urgencias sólo porque estés fatigada —me apuntó Sonia.

—¿Cómo que no? ¡Si tiene hepatitis!

—¡Qué va a tener hepatitis! ¡Si tuviera hepatitis estaría amarilla!

—Pues yo no tengo seiscientos dólares. O sea, los tengo, pero entonces me quedo en bragas —dije yo—, además, es que no me lo creo, no me puedo creer que sea tan caro.

—Mira guapa, cada uno de esos modelitos horteras que tienes ahí —se refería a los mini vestidos de Versace que colgaban de la barra bien visibles puesto que, como ya he dicho, en aquella habitación no había armarios— ya vale mil dólares, así que algo tendrás.

Y entonces caí en la cuenta de algo que me había dicho el rumano y a lo que hasta entonces no había prestado más atención: que en el contestador había acumulados diez mensajes del FMN en tonos que iban desde la amabilidad hasta la amenaza pasando por la simple exasperación.

18 de noviembre.


Muy a mi pesar, he tenido que volver a la famosa tienda de ropa infantil de la calle Carretas porque hace un frío pelón y tú no tienes guantes. Así que entro con tu carrito por delante y pregunto si tienen manoplas para bebés.

—Sí, claro —la dependienta mira al ocupante del carrito, un bebé cuyo mono a rayas verdes y amarillas poco revela de su género—. ¿Es niño o niña? Niño, ¿verdad?

—Niña.

La dependienta se dirige inmediatamente a una estantería repleta de prendas rosas y me tiende unas minimanoplas. Rosas.



—¿No tenéis de otro color?

—Sólo azules.

—Vale, pues me las llevo azules.

—Ah, que no son para tu niña... ¿Es un regalo?

—No, son manoplas para mi hija, y las quiero azules —aclaro contundentemente pero haciendo acopio de paciencia, aunque no sé por qué me rebajo a proporcionarle ninguna aclaración a la señora.

Salgo de la tienda indignadísima porque unas manoplas de apenas diez centímetros de largo me han costado cinco euros. Las podía haber hecho yo, con estas manitas y mis abalorios, en diez minutos y no creo que la lana hubiera llegado al euro. De hecho, estoy pensando seriamente en hacerte unas manoplas verdes. Y otras amarillas, y naranjas, y moradas...

Recuerdo un estudio muy difundido de alguna universidad norteamericana sobre indumentaria, género y roles. A un mismo bebé se le había vestido primero de niño y luego de niña. Del color de su ropa dependía el diferente trato de las personas que lo visitaban. Los adultos que se acercaban a la «niña» se mostraban más cariñosos, pero cuando lo hacían al «niño» eran más reacios al contacto físico y le hablaban con voces más profundas y fuertes.
En el hospital me he encontrado con la tía Eugenia, que ha venido a visitar a mi madre. La tía Eugenia en realidad no es mi tía, de hecho no nos une ningún vínculo de sangre, pero es una de las amigas más antiguas de mi madre, y también de las más íntimas. Tan íntimas que habían desarrollado una especie de código privado para entenderse entre ellas en presencia de terceros. Por ejemplo, si iban a una reunión en la que alguien llevaba un traje espantoso, la una le decía a la otra: «¿Has visto el vestido de Maruchi, qué bonito?» Y la otra respondía: «Sí, tan bonito como Fátima.» Y es que años atrás hicieron un viaje a Portugal del que volvieron algo magulladas (ya te he dicho antes que tuvieron un accidente en el camino de vuelta) y afirmando tajantemente que la basílica de la Virgen de Fátima era el edificio más feo que habían visto en su vida, lo cual no le impidió a mi madre traerse un muestrario de medallitas y escapularios varios y unas cuantas botellas de agua bendita, porque el sitio podía ser feo, pero eso no tenía por qué quitarle lo milagrero.

Mi madre estuvo siempre muy orgullosa de su amiga porque era una de las pocas mujeres de su generación que había hecho una carrera, Farmacia, pues por entonces la tónica general se ajustaba a lo que había dicho el obispo de Orihuela de que «la educación de las mujeres es un lujo innecesario», y a la menor ocasión proclamaba que Eugenia era la mujer más inteligente que conocía.

La tía Eugenia se ha empeñado en volver conmigo en el metro porque no pasó el último test de renovación del carnet de conducir: casi no ve. A veces me resulta un poco fatigosa la señora porque habla y habla sin parar, en un tono exageradamente pausado, como si tuviera que tomar aliento entre una palabra y otra, pero esta vez he hecho el mayor de los esfuerzos para resultar agradable y solícita, supongo que porque he sentido complejo de culpa al darme cuenta de que a mi madre últimamente tampoco le prestaba mucha atención. Me debato entre la compasión y el hastío, porque sé que Eugenia vive muy sola y probablemente no tenga muchas ocasiones de hablar con alguien. Su única hija, una moderna que se las da de artista conceptual, vive en Berlín, creo, y por eso la tía aprovecha para largarme uno de sus monólogos inacabables. Me cuenta que hace poco se hizo una revisión y que el médico le dijo que tenía que hacerse una serie de pruebas y le iba firmando volantes para cada una de ellas. Pero cuando le preguntó por su edad y ella le respondió que ochenta, el médico rompió todos los volantes y le dijo que se olvidase de las pruebas.

—Debió de pensar: «Esta vieja se me muere pasado mañana de todas formas, así que para qué nos vamos a gastar el dinero en pruebas.» Y entonces yo me levanté toda seria en su consulta y le dije: «Ave Caesar, morituri te salutant.» Supondría que era una vieja chocha, porque se me quedó mirando de hito en hito, como si no entendiera la broma.

—Igual lo que no entendía era latín, tía.

19 de noviembre.


Ya tienes dos meses. Ya me sigues con la mirada cuando te hablo, y sonríes cuando se te dicen cosas. Alzas la cabeza y la mantienes en alto durante unos épicos segundos cuando te colocamos boca abajo, pero no puedes sostenerla muy bien cuando te siento, y te empeñas en heroicos esfuerzos por mantenerte erguida, tanto que, cuando no lo consigues, te enfadas y berreas. Ya has aprendido a agarrar objetos: cuando te damos un minianimalito de peluche lo ases con una avaricia digna de Lady Macbeth y te lo llevas a la boca de inmediato: ¡mío! Si te emocionas mucho, pedaleas. También ríes y sonríes. A cualquiera, no sólo a tus papás, como antes. Y has desarrollado un repertorio de expresiones faciales digno de la Duse: me enfado, me sorprendo, me inquieto, me pregunto, me canso, me emociono, me aburro, me entristezco... Cuando te cambio, me dedicas unos piropos increíbles. Te ríes sin parar y me hablas en una entusiasta mezcla de gemiditos y gorjeos para contarme que te alegras mucho de haberte despertado, que te parece estupendo que te cambien el pañal y que, en resumen, estás encantada de haberte conocido.

Como contrapartida, también eres mucho más exigente que antes. No, ya no vale dejarte en el cuco así como así, porque no te gusta que te dejen sola y lo haces notar a gritos. Te enfadas muchísimo cuando no se te hace caso y reclamas atención constante. Además, ya apenas duermes de día. En estos momentos escribo porque he logrado engañarte con un móvil de animalitos, pero no sé cuánto va a durar la calma.

Me he acordado de lo que dijo aquel médico cuando habló de la resignación que nos falta en la sociedad occidental. El profesor que me envió al grupo de terapia me dijo que una de las claves de la felicidad estriba en la resistencia a la frustración, y creo que esta sociedad no sólo no nos enseña nada de esto, sino que nos condena a la frustración misma. Como te pases un rato viendo la tele u hojeando una revista de moda acabas con una depresión del quince, convencida de que nunca vas a ser lo bastante delgada, lo bastante estilosa, lo bastante rica. Lo bastante nada. Por ejemplo, el cómic de la revista para la que trabajo dice textualmente:

«Ya tenemos encima la Navidad. Bastante deprimente es la España que nos rodea como para no permitirnos soñar un poquito. Así que imagínate que:
»1) En primer lugar, adelgazas cuatro kilos gracias a tu super-dieta navideña.
»2) El fin de semana previo a la Navidad vas y ligas con un chico que lo tiene todo: guapísimo, riquísimo y conectadísimo.
»3) Tu chico te pide que te vayas a París con él.
»4) Allí os invitan a la superfiestaza de Karl Lagerfeld.
»5) Mario Testino te hace una foto.
»6) Tom Ford te pide que seas su musa. Y tu chico te pide en matrimonio. Y todo eso porque llevas un fabuloso Valentino.»

Y así se resumen, por lo visto, los sueños de las lectoras. Lectoras que pueden aspirar, como mucho, a conocer a un chico (y punto, bastante sería, porque los solteros no abundan... o sí abundan, pero los de la rama politoxicómano-psicopática), a que les inviten a una fiesta no demasiado petarda y a que les quepa la petite robe noire de Zara después del atracón que se van a pegar en Nochebuena para compensar el estrés de las compras navideñas.

O peor: yo, que me voy a pasar la Navidad en un hospital si no la paso de velatorio. Y los millones de niños que no van a tener ningún tipo de fiesta.

Por cierto: ¿quién coño es Mario Testino?
Pero hablaba de la resistencia a la frustración porque esta mañana he salido a pasearte en el carrito y me he encontrado con una vecina a la que ni siquiera conocía. No me extraña que la gente se enganche al «Gran Hermano»: si vivimos en semejante sociedad alienada como para llevar tres años viviendo en un edificio y no haber visto nunca siquiera a la vecina del sexto, ¿cómo no nos vamos a enganchar a una comunidad virtual que promete un sucedáneo de intimidad y comadreo? En fin, la señora, que hasta hoy había ignorado mi existencia y ni me había dirigido la palabra cuando nos habíamos cruzado por la calle (yo ya me había fijado en ella, pues me llamaba la atención el abrigo de piel, un poco ajado pero no sintético, visón auténtico, algo que casi nunca se ve en este barrio), hasta el punto de que ni siquiera sabía que vivía en mi edificio (ella sí, sí lo sabía, se sabe mi vida y milagros, según he deducido de la conversación), y se ha embobado mirándote. Tu presencia me legitima: ya no soy la chica de vida dudosa y mala fama mediática, ahora me he convertido en toda una madre de familia, lo que me supone el honor de tener acceso a su conversación. Y me cuenta que tiene dos hijas, y que las dos han nacido por fecundación in vitro. La primera después de siete, ¡siete! intentos fallidos, a 4 200 euros cada uno, que son ¡29 400 euros!, o sea, cinco millones de pesetas de las de entonces. La segunda llegó después de tres. Pero añádele a este dinero los muchos costes varios de clínicas y médicos y análisis y pruebas y no te costará deducir que los felices padres se han endeudado hasta las cejas. Por las niñas, nada de vacaciones, coche de segunda mano, adiós salidas a cenar... Se han empeñado en unos créditos «que terminarán de pagar mis hijas», me dijo.

—¿Y por qué no adoptaste? —le pregunté yo (se me quedó en la punta de la lengua la frase que ya me borboteaba entre los labios: empeñar el visón).

—No, nada de eso, no es lo mismo. Yo quería sangre de mi sangre, tú ya me entiendes.

Pues no, no lo entiendo. Incluso me dan pena esas niñas que ya nacen endeudadas por su propio nacimiento, como una reinterpretación moderna del Pecado Original. Esas niñas que no se podrán permitir ser rebeldes, o vagas, o simplemente tontas porque sus padres han invertido tanto en ellas como para que no vayan a aceptar tan alegremente que les decepcionen. No sé por qué, pero imagino a dos veinteañeras neuróticas que ni siquiera podrán tener el consuelo de ir al psiquiatra porque bastante gasto tendrán con los plazos de universidad y los pagos del crédito que permitió que nacieran. Y me acuerdo de aquella frase típica de las disputas que viví en su día entre madre e hija adolescente, la respuesta a aquello que me solía decir la misma mujer que ahora duerme enganchada a tubos y máquinas en una cama de hospital, aquello que decía de me debes un respeto porque te traje al mundo: yo nunca te pedí nacer.

Pues bien, esas niñas nunca pidieron nacer. Tú tampoco. Pero me parece que a ti te va a tocar pagar menos por el dudoso privilegio de haber llegado a esta tierra sin sentido.

Pienso en la tía Reme, que nunca tuvo hijos. Mi madre aseguraba que había sufrido mucho por eso. Y si sufrió, nunca lo exteriorizó. Ni una sola palabra al respecto, ni una sola queja o reproche a su marido. Desde luego, se notaba que los niños le gustaban porque siempre fue cariñosísima con nosotros y nos colmaba de besos y regalos. Recuerdo cuando, hace unos años, cruzamos a la perra de mi madre, una teckel de pelo largo, greñuda como una fregona, a la que llamábamos Puxa—pulga—, aunque en realidad se llamaba Sandra von Lehrschen Forst y no sé cuántos apellidos más, pues vino con unos papeles que así lo atestiguaban y que decían que era hija de campeones. Esta perra había sido el costoso regalo de Navidad para los niños que yo cuidaba por entonces, y los padres se gastaron una auténtica pasta en el regalito. Pero en cuanto la madre cayó en la cuenta de que el monísimo cachorro se hacía pis en las alfombras persas y mordisqueaba los cojines de los sofás de cuero del saloncito ideal, me ofreció quedármelo, digna y encastillada en su orgullosa antipatía, como si me estuviera haciendo el favor de su vida, una oferta hecha en el mismo tono de aburrido menosprecio que siempre usaba para dirigirse a mí, esa chiquilla vulgar que formaba parte del servicio. Y no acepté el perro porque fuera caro, me lo llevé porque me daba mucha pena y con la idea de buscarle una casa. Al final no hubo ni que buscarla, porque mi madre se encariñó inmediatamente con la cachorrita y se la quedó. Y con el tiempo la perra nos salió bien cara porque, como suele suceder en estos casos, para conseguir su pedigrí de generaciones el criador había cruzado a padres con hijos y a hijos con hermanos, y el resultado había sido un animal muy cariñoso, pero más delicado que un Borbón y que estaba siempre enfermo. Cuando por estricta recomendación veterinaria, para evitar un posible cáncer de mama, cruzamos a la perra, fue con otro hijo de campeón, un novio de buenísima familia que le buscó el de la clínica. Yo habría querido un pretendiente más golfo, sin tanto apellido, para que nos salieran unos cachorros fuertes, pero mi madre dijo que los cachorros nobles eran más fáciles de colocar y que ella no quería verse, de la noche a la mañana, con cinco perritos a los que nadie quisiera. Así que nos vimos con cuatro chuchos von no sé cuantos por los que nos ofrecían varios billetes de los azules. Cuando quisimos regalarle uno a la tía Reme nos dijo que no quería un cachorro, porque de lo contrario en el barrio iban a murmurar, dirían que se había buscado un perrito faldero sólo porque no podía tener hijos. Fue la única vez que le oí mencionar el tema. Y una de las muy pocas en toda su vida en la que detecté en su voz un poso de amargura.

Quizá por eso bebiese tanto en las cenas familiares.

Cuando la teckel tenía catorce años las cataratas le velaron los ojos con una telilla transparente. Ya casi no veía y se iba dando golpes con todos los muebles de la casa. Además, se hacía pis por las esquinas, como un cachorro. El veterinario nos sugirió sacrificarla, pero dijimos que no. Poco más tarde empezó a vomitar todo lo que comía y se pasaba el día tumbada en su cestita, gimiendo bajito, así que volvimos a llevarla al veterinario, que esta vez nos vino a decir que la perra tenía el hígado hecho migas y que no iba a sobrevivir, que en nuestra mano estaba evitar que sufriera y proporcionarle una muerte dulce. Así que le pusieron una inyección y ése fue su fin.

Y no sé por qué me acuerdo de aquella historia precisamente ahora, porque se me vienen las lágrimas a los ojos, y creo que no exactamente por la perra.
La misma resignación nos falta para aceptar la muerte. Esta tarde, en la UVI, había dos señoras venga a llorar. No me sonaban ni de lejos, estoy casi segura de que no las había visto antes. Estaban dando todo un espectáculo bastante incómodo, sobre todo para los que nos venimos esforzando en contener las lágrimas por no desanimar más aún a los que tenemos alrededor. Un señor que iba con ellas ha comenzado a amenazar a uno de los ATS con el puño, a gritos, y no me he enterado muy bien de lo que decía. Al final al señor se lo han llevado entre dos celadores y un guardia de seguridad. Después Caridad me ha explicado que a la madre del señor le habían ingresado de urgencia con unos dolores agudos en el estómago, algo que no parecía nada grave pero que ha resultado ser una peritonitis muy avanzada. Le habían hecho una intervención de urgencia, pero sufrió un shock séptico y la mujer no sobrevivió al postoperatorio. El hijo prefería culpar a los médicos que al destino, o a la madre naturaleza, o a la misma paciente o a su familia, a los que no se les había ocurrido visitar al médico antes, cuando la cosa aún se hubiera podido solucionar.
De la misma forma que no vemos gordas en las revistas de moda ni en los programas de televisión, tampoco vemos la muerte a nuestro alrededor. Ya nadie o casi nadie lleva luto y nunca se habla de los familiares muertos, como si no existieran. Sólo cuando cuentas que tu madre está en el hospital descubres que a la mayoría de tus amigos les falta un padre, o una madre o un hermano, una ausencia que hasta ahora nunca habían mencionado. Me recuerda un poco a lo que pasaba en el Mundo Feliz de Aldous Huxley, cuando de vez en cuando alguien vislumbraba el perfil o el humo de los crematorios pero no acertaba a recordar para qué servían aquellos edificios.

20 de noviembre.


Sigue igual. Abre un pelín los ojos si se le grita al oído y de vez en cuando ladea la cabeza ligeramente o mueve la boca. Eso no quiere decir que nos entienda o que sepa que estamos ahí: puede tratarse de simples actos reflejos. Aunque Caridad intentó animarme y me dijo que estaba segura de que entendía, porque por la mañana le había preguntado si le dolía mucho y ella movió la cabeza para decir que no. Me gustaría creer a Caridad, pero a nosotros no nos ha hecho ningún gesto revelador. Sé que sabe que estamos ahí, pero su percepción podría ser tan limitada como la tuya, que sabes quiénes somos y entiendes nuestro tono, pero no comprendes nada de lo que te estamos contando.

Resulta curioso cómo la vejez acerca a los humanos al estado de bebé. Porque ahora ella es como tú: incapaz de moverse o incluso de sobrevivir sola. Y, sin darnos cuenta, sin querer, sin pensarlo, todos le hablamos como a un bebé, empleando un tono agudo al dirigirnos a ella y moviendo exageradamente la boca.

Me ha sorprendido ver que alguien ha colgado en la cabecera de su cama una estampita de la Virgen de la Asunción. Le he preguntado a Caridad quién la ha puesto ahí y me ha contestado que no está segura, pero que juraría que mi padre, lo que me ha sorprendido todavía más, porque de toda la vida siempre fue muy escéptico con respecto a lo que consideraba supercherías.

Mi madre sufría una cardiopatía congénita que los profesionales no supieron diagnosticarle hasta los veintitantos años. Cuando ella era pequeña, en Alicante, el médico aseguró que sufría fiebres reumáticas. Le costaba muchísimo hacer esfuerzos, se ahogaba si tenía que ascender por un tramo de escalones, no podía cargar con las bolsas si iba a la compra y siempre estaba sufriendo de palpitaciones. Sus manos, desde que yo las recuerdo, llamaban mucho la atención porque eran blancas como la cera, exangües, consumidas, de dedos largos y frágiles como pequeñas cañas de bambú y surcadas, desde las muñecas a los nudillos, de finos ramales verdiazules. Cuando tenía una crisis de palpitaciones los labios se le ponían de color violeta y parecía una resucitada. Por eso había adquirido el hábito de llevarlos siempre pintados y de no salir a ninguna parte sin un pintalabios y un espejito de bolsillo. Este aspecto lánguido y enfermizo no mermaba su belleza, más bien al contrario: de la enfermedad le venía la extrema delgadez y el aire elegante y delicado.

En cualquier caso, le dijeron que no podía tener hijos porque dada su condición un embarazo suponía un riesgo mortal tanto para la madre como para el hijo. Pero ella, siguiendo la tradición, se encomendó en las fiestas de Elche a la Virgen de la Asunción, que dicen que asegura la descendencia, y acabó teniendo tres niñas y un niño, nada menos, y todo, según aseguraba, gracias a la intercesión de la Santísima Virgen, a la que había rezado devotamente implorando protección. Cada quince de agosto se iba a Santa María a la misa de ocho —porque en esa fecha la basílica está a rebosar, y la única misa que no está hasta los topes de fieles es la primera— y le ofrecía a la Virgen un rosario, con el pañuelo bien sujeto en la cabeza, un traje con las mangas por debajo del codo y la falda por debajo de la rodilla y hasta ¡medias!, haciendo como hace en Elche en agosto un sol de castigo, porque entonces los curas exigían que las mujeres entrasen en el templo bien tapadas para «no despertar la lascivia masculina» y le decían a los hombres que les hacían responsables de que sus mujeres y sus hijas fueran decentemente vestidas (porque correspondía al varón, según no sólo la Iglesia sino el Código Penal, corregir a «su» mujer), y también se obligaba a que unos y otros entrasen y saliesen al templo por diferentes puertas, para evitar la fatídica tentación. El caso es que uno de sus médicos me dijo una vez que no nos tomáramos la devoción de mi madre en broma, que hubiera intercedido o no la Virgen, él estaba convencido de que no había mejor medicina que la fe, y que si un enfermo confiaba a ciegas en su curación ya llevaba el médico la mayor parte del camino ganado. Seguro que si su abuelo, mi bisabuelo, hubiera levantado la cabeza la habría vuelto a agachar, avergonzado, por más que lo de mi madre fuera más superstición que otra cosa, porque el resto del año no se comportaba como católica practicante estricta, sino que aparecía por la iglesia cuando quería y podía, no cada domingo como el catecismo exigía.

A la primera niña la llamó, como era menester, Asunción. Cuando se quedó embarazada de mí (cuarta gestación) el peligro se disparó, dado que a la cardiopatía se sumaba la edad de mi madre, dos factores de riesgo combinados. Se pasó todo mi embarazo en la cama, rezando entre susurros y manoseando una estampita de la Virgen. Y es por eso que yo me llamo Eva Asunción (agárrate), aunque no sea normal que dos hermanas compartan el mismo nombre. Y cuando escribo esto me doy cuenta de que ninguno de mis dos nombres es sólo mío, que desde la misma cuna mi identidad descansaba en un préstamo.

Seguro que en Madrid debe de haber más de una y de dos iglesias dedicadas a la Virgen de la Asunción. Me estoy pensando si localizarlas e ir a hacer un rosario, pero yo no tengo fe. Ni tampoco la más remota idea de cómo se reza un rosario.
Le he preguntado a Caridad por qué no se desespera con un trabajo como éste, si no le entran ganas de tirar la toalla a veces. Dice que no, que para ella es muy satisfactorio. Por lo visto al principio trabajaba en la UVI de neonatos y allí sí que no se vio capaz. Tuvo que pedir el traslado porque cada vez que un bebé no sobrevivía ella se pasaba días llorando.

—Pero es muy distinto tratar con adultos. Si alguno fallece lo sientes, por supuesto, pero es más fácil de aceptar. Te dices lo que suelen decir las abuelas, que le ha llegado la hora. Pero es difícil de entender que le llegue la hora a un bebé, porque su vida se cuenta precisamente en horas y a veces no llegan ni al día. Además, aquí sobreviven más de los que fallecen, y cada uno de los que sobrevive me lo tomo como un triunfo personal. Es un trabajo bonito, de verdad, aunque no lo parezca. Claro que tiene sus días malos, pero cuando se muere alguien que lo lleva escrito desde que lo ingresan entonces lo asumes desde el principio. Sin embargo el otro día, por ejemplo, me enteré de que se había muerto un señor que había estado aquí dos meses y que nos había costado muchísimo sacar adelante. Pues se murió en planta de la manera más tonta, se ahogó con un moco, ya ves. Y como en planta van tan cortos de personal, no había ningún enfermero alrededor que se diera cuenta a tiempo. Mira, esa muerte fue de las que me dolió.


Me da vergüenza reconocer que, por mí, hubiera caído tan bajo como para llamar al FMN sólo porque no tenía manera de pagarme un médico, es decir, que habría renunciado con la mayor tranquilidad a todo lo que se entiende por principios, orgullo y dignidad. Me habría encantado escribirte que me comí aquella hepatitis —que luego resultó no serlo— yo sola, consumida en el futón de aquel apartamento en el Bronx, que habría preferido morirme a volver a llamar a aquel miserable que se había atrevido a abofetearme en pleno Mercado de la Carne (y nunca mejor dicho), pero no me queda más remedio que ser fiel a la verdad y confesar que si no le llamé hecha un mar de lágrimas explicándole que no había respondido a sus llamadas porque estaba enferma y que no sabía lo que me pasaba y casi no me podía mover, fue porque a Sonia se le ocurrió llamar a Tania, y resulta que Tania sí que tenía seguro médico por cuenta de la universidad para la que trabajaba, y que bastaba con que yo me presentara en el médico y diera el nombre de Tania, su número de la Seguridad Social y el número del departamento de Stony Brook para que su seguro cubriera la visita médica, porque Tania aseguraría que yo era ella, o que ella era yo, o sea, que la visita la había hecho Tania Fernández. Y además, ya puestos, se empeñó en que me fuera al Monte Sinaí, o sea, al hospital más pijo de Nueva York, que casualmente estaba al lado de la casa de Sonia, donde trabajaba una doctora muy amiga suya (lesbiana, por supuesto), una WASP de lo más uptight neoyorquino que hablaba con un extraño acento británico porque había estudiado en Bristol, según me explicó, que sabía perfectamente lo de la suplantación de identidades, que fue amabilísima conmigo y que se encargó de que me trataran como a una reina y me hicieran todo tipo de pruebas y análisis de sangre, de orina y hasta de saliva, lo juro.

Me tuvieron esperando tranquilamente acomodada en una cama de una habitación de lo más agradable (habitación que casi no disfruté porque me pasé el rato dormida) hasta que trajeron los resultados de las pruebas, y entonces me recibió la encantadora médica (que trataba también, según me enteré más tarde, a toda la plana de músicos de NY y que estaba especializada en endocrinología y nutrición), que interpretó conmigo los resultados.

—Por los resultados obtenidos en las pruebas te puedo afirmar categóricamente que no tienes hepatitis ni mononucleosis. Normalmente no obtendríamos resultados de mono con tanta rapidez, pero en este hospital contamos con nuestro propio laboratorio y, dada la importancia del caso... —(En realidad yo no creía que el caso tuviera tanta importancia como para apremiar al laboratorio, pero me abstuve de manifestarlo)—. Tampoco estás embarazada. Ya sé que no habías contemplado esa posibilidad —añadió, supongo que al advertir mi cara de pasmo— pero, como profesionales, debíamos descartarla. Aparece una ligera anemia que podría justificar cierto cansancio, pero difícilmente se podría afirmar que una persona no pueda siquiera levantarse de la cama por culpa de una leve deficiencia de hierro. En fin, podemos hacer más análisis, por supuesto, pero primero me gustaría hacerte unas cuantas preguntas, si no tienes inconveniente.

—No, ninguno.

—¿Has sufrido algún shock emocional o algún acontecimiento traumático recientemente?

Dudé antes de responder. ¿Que un negro de metro noventa te abofetee en plena calle puede considerarse shock emocional o acontecimiento traumático?

—No, ninguno.

—¿Consumes drogas?

—No —mentía—. Sí... pero muy esporádicamente.

—¿Qué tipo de drogas?

—¿Se refiere a las legales o a las ilegales? Bueno, no fumo. Sí tomo café, bebo alcohol y de vez en cuando me meto alguna que otra raya.

—Cuando dices que bebes alcohol, ¿de qué cantidades estamos hablando? ¿Bebes a diario, por ejemplo?

—No siempre, aunque últimamente la verdad es que he estado bebiendo mucho...

—Pero estos días en los que dices haberte sentido tan cansada, en los que apenas podías levantarte de la cama, no has bebido ¿verdad?

—Exacto.

—Ya... ¿Y recuerdas la última vez que bebiste?

—Pues sí. Hace cinco..., no, seis... no, siete noches. Salí y bebí bastante. Después me fui a mi apartamento a dormir y desde entonces prácticamente no he podido levantarme.

—Ya... Todo concuerda.

—¿Concuerda?

—Verás, lo cierto es que no podría afirmarlo con rotundidad, pero si has llevado un ritmo de ingesta de alcohol diario y constante durante un tiempo prolongado lo lógico es que al interrumpir este ritmo el organismo presente un síndrome de abstinencia. Esos síndromes se pueden manifestar de maneras muy distintas según cada individuo, y este cansancio extremo, esa especie de gripe que crees tener, pudiera tener relación con la abstinencia. Ya te digo que esto es sólo una hipótesis, pero vistos los resultados de los análisis y lo que tú misma me has explicado, me parece la explicación más plausible. Pero, evidentemente, yo no conozco tu caso, ni tus circunstancias, y por lo tanto no me puedo aventurar.

—Vale, supongamos que yo admito que sí que he estado bebiendo mucho, muchísimo. Entonces, según usted, ¿qué debería hacer?

—Quizá lo mejor es que volvieses a casa y procurases alimentarte bien y hacer un poco de ejercicio suave. Caminar, ya sabes, esas cosas. Si sigues encontrándote tan cansada en quince días deberíamos hacerte nuevas pruebas. Y si vuelves a beber, entonces eres tú quien debe decidir.

—¿Decidir qué?

—Decidir consultar tu problema con un especialista. Yo no trato adicciones.

A punto estuve de decirle que lo mío no se trataba de una adicción, que yo no era ninguna alcohólica, pero preferí callarme y me despedí con la mejor de mis sonrisas.

—Y bien, ¿qué te ha dicho? —me preguntaron a la vez Sonia y Tania, que me estaban esperando en la sala de espera.

No sabía qué decirles, porque desde luego no podía contarle que aquella doctora estupenda poco menos que me había llamado alcohólica.

—Anemia —respondí, con la sensación de que no mentía puesto que de alguna forma sí era cierto que estaba anémica, o eso me había dicho—. Y... también ha dicho que tiene que ver con lo mucho que bebo.

—¿Y cómo sabe ella lo que tú bebes? —dijo Sonia—. Oye —ahora se dirigía a Tania—, ¿tú le has dicho algo a esta mujer de con quién salía Eva?

—¿Yooo? ¿Yo qué le iba a decir?

—Eso, ¿qué le iba a decir? ¿Y cómo va a saber Tania con quién salgo?




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