Un milagro en equilibrio



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El club al que me llevó, The Lenox Lounge, era un sitio bastante grande y oscuro, frecuentado mayoritariamente por negros, en el que destacábamos como dos polillas en una carbonera. El objeto de los deseos de Sonia era el bajista del grupo, que se encontraba en aquel momento interpretando una especie de free jazz de fraseos libres, flexibles, táctiles, que buscaban su lugar fuera y lejos de la dirección de su arranque y luego se perdían en una digresión armónica para volver de pronto, sin previo aviso y a la carrera, al punto de partida; y, desde luego, aquel músico era tan imponente como Sonia lo había descrito —metro noventa más o menos, rapado y con una cara plana, sin facciones especialmente marcadas, bella pero anodina, que sugería una afable satisfacción para consigo mismo— y también era buen músico, aunque sospecho que esta última virtud era la que menos podía llamarle a Sonia la atención y desde luego no le iba a distraer de otras más evidentes pues, que yo sepa, a Sonia nunca le ha gustado el jazz. Pero a mí sí, y estaba encantada y agradecida a Sonia por mucho que supiera que la razón por la que me había llevado a aquel garito nada tenía que ver con mis gustos musicales o con hacerme a mí un favor. En aquel momento, el bajista reparó en nuestra presencia y, si no fuera porque era un hombre más oscuro que el betún, habría dicho que se le iluminó la cara. Desde luego nos dedicó (bueno, más bien le dedicó a Sonia) una amplísima sonrisa y señaló con la cabeza una mesa vacía situada casi bajo el escenario que estaba reservada para nosotras. Y hacia allí nos dirigimos, presintiendo, al menos yo, que todo el local nos estaba mirando, porque al ser ambas rubias y llevar puestas, para colmo, sendas camisetas blancas (no, no lo habíamos hecho adrede), casi parecíamos luciérnagas en una noche cerrada y negra.

Para entonces el grupo había empezado a atacar algo fácilmente reconocible, Take Five, la emoción musical había alcanzado su cúlmen y casi ninguno de los allí presentes hablaba ya, todos con la mirada fija en el escenario y llevando el compás con la cabeza como si de un ejército de metrónomos se tratase. Yo sonreía de placer y buscaba con la mirada a Sonia a fin de atestiguarle con los ojos la gratitud debida por haberme llevado a un sitio que me gustaba tanto. Sin embargo, con lo que tropezó mi mirada de repente no fue con Sonia sino con... Él. Joshua Redman en persona. Aunque un examen más exhaustivo me hizo darme cuenta de que no se trataba exactamente de Joshua Redman. Era otro músico muy parecido a él y tan famoso o más que el propio Joshua 1. Me quedé tan sorprendida y absorta en su persona que no pude apartar la vista y en seguida cayó en la cuenta de que estaba siendo observado por la boquiabierta rubia de la mesa de al lado, a la cual correspondió con una sonrisa profunda, casi fluorescente de puro blanca y cálida como el aplauso de una multitud, consiguiendo que la sangre feliz enrojeciera a la rubia —a mí— inmediatamente, hasta la coronilla. Lo primero que me llamó la atención fue el color de sus ojos, tan parecidos a los de la Nancy de mi infancia y a los de las lentillas que se ponen las starlettes: ojos de azul juguete. Y lo segundo que pensé fue que si alguna vez planeaba tener hijos, quisiera que fueran de un hombre tan guapo como aquél.

Convencida de que si las cartas habían dispuesto un hombre para mí con un océano que nos separaba, había de ser ése y ningún otro, apuré la copa que tenía delante de un solo trago decidida a dar el primer paso. En ese momento el grupo había empezado con So what? esto me pareció una señal divina. Me dije, voy a hablar con él, si me hace caso es él, y si no... Y si no, So what?

11 de noviembre.
Alguien ha avisado a la tía Reme y me la he encontrado hoy en la sala de espera. Sí, la misma tía Reme que se emborrachaba en las Nochebuenas y la responsable de que cada dos por tres me venga a la cabeza una letra de tango (inusual gardeliana y no porteña, ella se pasa el día desafinándolos). Como se quedó viuda relativamente joven y no tuvo hijos, el día que se enteró de que su cuñada estaba embarazada de mí y que el médico le había recetado reposo absoluto, se vino a Madrid para ayudar en la casa, porque mi madre no podía levantarse de la cama, y allí se quedó hasta que yo cumplí los seis meses, cuando regresó a Alicante. Desde entonces siempre pasaba las Navidades —y también gran parte del año— en nuestra casa. Y los veranos y las Semanas Santas también se iba con nosotros a Santa Pola.

Reme ha cogido el primer avión en cuanto le han dado la noticia y se va a quedar en casa de Asun. La he visto tan abatida que para intentar quitarle hierro a la situación he sacado en la conversación el tema de moda: la boda del Príncipe. Y antes de que me diera tiempo a hacer bromas, se me ha echado a llorar.

—Qué Príncipe ni qué niño muerto... —ha dicho entre hipidos y llevándose el pañuelo a los ojos—. ¿Te crees que a mí me importa algo que se case o se deje de casar? Y a tu madre menos aún... La pobre... ¡si tu abuelo, de puro republicano, le cambió hasta la fecha de nacimiento!

Y así me entero, justamente hoy, de que mi madre en realidad había nacido un 13 de abril, no un 14, como yo siempre había creído, y de que mi abuelo mintió intencionadamente cuando la inscribió en el Registro Civil para que la fecha coincidiera con la de la instauración de la Segunda República.

—¿Y por qué nunca me lo habías dicho?

—Hija, porque era un secreto —inspira profundamente, como para calmarse. Más relajada, prosigue—: Como comprenderás, en tiempos de Franco mejor no decirlo. Bastantes problemas tuvo ya la familia como para sacar esa bromita a la luz. Creo que tu propia madre no supo durante mucho tiempo lo del cambio de fecha, que su padre tampoco quería meter en líos a nadie y se estuvo callado porque de sus ideas no hablaba, porque él no fue a la guerra ni se significó nunca, y además tenía un primo hermano, o segundo, no lo sé bien, al que habían fusilado los rojos, y el padre de ese señor, del fusilado, digo, que le tenía ley a tu abuelo vete a saber por qué, porque la sangre es más espesa que el agua, supongo, y porque el cariño puede más que la política, fue quien le dio trabajo en una tienda de textiles que tenían y respondió por él. Parece ser que aquellos primos tenían un instinto familiar fortísimo o que se habían hecho favores de chicos, y lo uno por lo otro. Así que a tus abuelos no los represaliaron, gracias a Dios, porque no sé si te contaron que sin embargo a la pobre Sabina, tu tía abuela, la raparon y la purgaron con aceite de ricino, hasta en la cárcel estuvo, y aún no había cumplido los dieciséis, en Benalúa, en la prisión de mujeres que se habilitó en la Casa de Ejercicios Espirituales que tenían allí los jesuitas, o eso se decía, porque de esas cosas por entonces no se hablaba, y yo tampoco sé tanto...

—¿Cárcel? ¿Que Sabina estuvo en la cárcel? Pero yo de eso no he oído hablar en la vida...

—Claro que no, de eso no se hablaba nunca, cómo se iba a hablar, tapado y bien tapado lo tenían, por si acaso. Por eso, como comprenderás, lo del cambio de fecha tampoco nadie lo mentó nunca. Yo misma me enteré muy tarde, y no por tu madre, sino por mi marido, y a él se lo había dicho la suya. Y al principio pensé que mi suegra se lo había inventado porque ella a tu madre no la podía ver, no la tenía cuenta ninguna...

—¿Y eso por qué?

—Porque no, porque la señora era muy suya... Muy rara... Con decirte que mandó construir su féretro cuando aún estaba viva, y también la mortaja, hecha con hábito de Nuestra Señora del Remedio, y que los guardaba debajo de la cama, y que de vez en cuando le sugería el capricho de ponerse la mortaja y acostarse dentro del féretro y llamaba a las criadas para que le dijeran lo guapa y elegante que iba a estar en el velatorio...

—Me estás tomando el pelo, no puede ser verdad.

—Te lo juro, te lo juro por la gloria de mi madre, ya sé que parece mentira, pero es verdad pura. Tenía unas cosas la buena señora... Es que ella era muy religiosa, de Acción Católica y del Ropero Eclesiástico. En el 41 o 42, creo que fue, Acción Católica impuso en Alicante la Semana del Sacrificio, una semana entera de ayunos, oración y penitencia, y siempre dijo que la idea se le había ocurrido a ella, que fue quien se la sugirió a su marido, imagínate si sería beata mi suegra... Y el Homenaje de Alicante a la Virgen del Remedio, ése debió de ser en el 50, también idea suya, o eso decía ella, claro, que mi suegra era muy imaginativa, por llamarla de alguna manera... Pero de eso no me hagas seguir, que la señora ya está criando malvas y no es cosa de hablar mal de los que ya no están para defenderse... A lo que iba, que yo, al principio, te digo, no me lo creí, lo del 14 por el 13, digo, pensé que la señora se lo inventaba a mala fe. Pero hace años, en uno de los cumpleaños de tu madre, que tú aún no habías ni nacido, creo, alguno de los que estaban allí, que no sé si fue tu tío Gabriel, que tú no le conociste, hizo la broma de que la celebración se retrasaba un día. Y por los ojos que le puso tu madre, una mirada de esas que echan fuego, como diciéndole que se callara, me di cuenta de que mi suegra tenía razón.


Una historia familiar que te va a hacer gracia: el que fuera mi tío Miguel, marido de la Reme, fue —antes de casarse con ella— novio de mi madre durante muchos años. Por entonces salían varios amigos juntos en pandilla y no sé cómo Miguel acabó por casarse con Reme y Eva con Vicente, diez años mayor que su hermana. No sé ni dónde ni cuándo escuché lo que te voy a escribir, pero alguna vez, de pequeña, oí a las viejas comadrear. Probablemente pensarían que yo era demasiado chica para enterarme de lo que decían, que si mi madre se casó con Vicente fue en realidad para poder estar cerca de Miguel. La verdad es que de ser cierta la historia quedaría muy romántica y muy novelesca, pero entonces no se explicaría el afecto profundísimo que le profesaba y le profesa la tía Reme a mi madre, a no ser que se encariñara con ella llevada por la pena o por la curiosidad morbosa e, incluso, puestos a rizar el rizo, por una oculta bisexualidad, porque decía Freud que los celosos lo son porque al imaginar posibles aventuras de sus amantes utilizan un truco del subconsciente para visualizar sin culpa a personas de su propio sexo en situaciones eróticas. En todo caso, esta tercera explicación ya se pasaría de rocambolesca y, de cualquier forma, el tío Miguel murió antes de que yo naciera, así que si hubo alguna historia de amor digna de culebrón venezolano que se hubiera podido entrever en las reuniones familiares —miradas de soslayo seguidas de mejillas ruborosas, un temblor sospechoso a la hora de servir la sopa o sostener la cuchara, ya sabes, algo tipo Como agua para chocolate— me la perdí, aunque dudo que la hubiera y me temo que lo que escuché no fuera más que el cotilleo malintencionado de una vieja frustrada y con mucha mala follá.
Por cierto: ¡ha llegado el Kit Bag! Y es mucho mejor de lo que imaginaba, tiene hasta un cambiador de hule con su propio compartimento. A partir de hoy soy una madre organizada.
He encontrado unas fotos de la boda de mis padres en la basílica de Santa María de Elche, capricho de mi madre, por aquello de su devoción a la Virgen de la Asunción (ay, si su pobre abuelo hubiese levantado la cabeza...). Por lo visto le costó muchísimo casarse allí porque ya en aquellos tiempos había una lista de espera interminable, pero como el Mestre de Capella del Misteri era pariente (mi madre vivió toda su vida en Alicante, pero había nacido en Elche, y de allí era toda su familia), la cosa se solucionó, y además los del Coro del Misteri le cantaron en la boda. Se casó tarde para la época, casi a los treinta años. Yo nací cuando ella tenía más de cuarenta, muy mayor para parir según los cánones de entonces. Mi llegada fue un milagro, como la tuya.

12 de noviembre.


Cuando hoy he llegado al hospital me he encontrado con que a tu abuela la han trasladado a una habitación individual dentro de la UVI. Un lujo asiático, porque en toda la unidad sólo hay tres cuartos independientes. Le he preguntado a Caridad el motivo de tal cambio. ¿Te acuerdas de aquel señor que tenía que ir y volver desde fuera de Madrid? Pues su mujer se ha muerto. Y mi madre ahora ocupa su cama.

Dice Asun, que hoy estuvo por la mañana, que el señor lloraba bajito, igual que un niño pequeño.

Mi madre sigue sin volver en sí. Le he preguntado a Caridad si creía que eso era mala señal. Me ha dicho que si la cosa sigue así le tendrán que hacer un TAC para ver si ha habido lesiones en el cerebro. ¿Y si las hubiera?, he preguntado. Primero se ha quedado muy callada, como sin saber qué decirme, luego me ha explicado que hay mucha gente que tarda en despertar tras la sedación, que no es lo normal pero que tampoco es raro, que el hecho de que siga inconsciente no implica necesariamente lesiones.

—Ya, entiendo. Pero si hubiera lesiones, ¿qué pasaría?

—Pues que habría que desconectar.

Inmediatamente, como para cambiar de tema, Caridad me ha preguntado si mi madre bebía mucho. Le he respondido que no, casi nunca. Que estoy casi segura de que los médicos se lo tenían prohibido desde joven por lo del soplo del corazón. Al parecer es muy rara una pancreatitis semejante en alguien que no bebe. También podría ser que hubiera tenido algún accidente en el que pudiera haber recibido un golpe en el abdomen. Le dije que sí, que había tenido varios accidentes (el más aparatoso a la vuelta de un viaje que hizo con mi tía Eugenia de peregrinación a Fátima, se ve que la Virgen no las protegió mucho), pero ninguno grave. Y tuve que admitir que conocía poco de su vida, que apenas me contaba nada de su pasado, que las pocas anécdotas que conozco me han llegado a través de familiares. No quise decirle que en realidad mi madre y yo hablábamos bastante poco.


Cuando vuelvo a casa me encuentro a Tibi apoyado, literalmente, en el quicio de la mancebía. Otra vez impecablemente vestido de chaqueta y corbata, un traje a todas luces insuficiente para resguardarle del frío pelón que hace.

—Tibi, ¿no te congelas?

Se desabrocha un botón de la camisa y señala con la cabeza una camiseta gruesa que hay debajo.

—Aislamiento térmico —aclara.

13 de noviembre.
Sigue sin despertar. Los médicos nos han dicho que no es buena señal y que hay que hacerle un electroencefalograma.

Es un dolor estable, como su condición, que no se manifiesta ni a gritos ni a lágrimas, que se lleva por dentro sin enseñarlo por fuera, cuando el corazón se va derramando poco a poco y sin querer, como una olla rota.

14 de noviembre.
Son casi las dos de la mañana y aquí me tienes frente al ordenador, maquillada con esmero y vestida con el único traje elegante que todavía me cabe, un trapo negro de Schlesser al que suelo llamar el traje ilusión óptica, porque me hace perder tres kilos por arte de magia. Te preguntarás para qué diablos me he puesto hecha un brazo de mar si no voy a hacer otra cosa que quedarme en casa aporreando teclas. Pues bien, te explico:
20.45 h. Consuelo se presenta en casa para recogerme. Vamos a una cena, ocasión largamente esperada por mí, que me muero de ganas de salir y ver gente.
21.30 h. Mi amado retoño empieza a llorar como una magdalena. Justo cuando ya nos estábamos acabando de pintar el ojo y yo me había enfundado en mis mejores galas, lo cual no es mucho decir, porque mis mejores galas siempre son un poco desastradas, y ahora más aún: posparto y glamour son incompatibles.

Por la mañana habíamos ido al pediatra y el médico nos había dicho que tenías una infección en el oído, nada grave, que te pusiéramos unas gotas, pero que de ninguna manera cogieras frío. El listo de tu padre, sin embargo, te sacó a la calle sin gorro cuando hacía un viento de los que hielan el café.


21.35 h. Continúa la crisis de llanto inaplacable. Doy por hecho que la otitis ha empeorado. Se supone que si un bebé tiene fiebre y llora más de una hora seguida hay que llevarlo de inmediato a urgencias. Te tomo la temperatura. Tienes unas décimas.
21.45 h. Abort mission. Consuelo se va a la cena. Yo me quedo en casa, complejo de culpa obliga. Tú sigues llorando.
21.50 h. Decidimos llevarte a urgencias.
22.00 h. En el preciso y justo instante en el que salíamos los tres (padres y bebé) por la puerta (y tras el consiguiente zafarrancho de preparar bolsa de niña: pañales, biberón, cambiador, muda de repuesto, bla, bla, bla, buscar mi cartilla de la Seguridad Social, tu cartilla de vacunación y libro de familia), te callas de golpe. Me planteo entonces salir corriendo y coger un taxi a ver si llego a tiempo, pero no tengo coche y la casa donde se celebra la cena está en Aravaca. Si te pasara algo, tu padre puede avisarme al móvil, pero ¿es factible encontrar un taxi por aquellos lares?
22.10 h. Asumo que me tengo que quedar en casa con el pelo recién lavado, el ojo pintado y mis galas puestas. Recuerdo aquella frase de que la frustración fortalece el carácter. No me sirve de nada.

Te odio.
Fue llegar y besar el santo. Prácticamente desde mi llegada a NY ya me había convertido en la acompañante oficial de un hombre talentoso, guapo, rico y despampanante: el Famoso Músico Negro2, que me gustaba como no me había gustado nadie en la vida. Apenas pisaba la habitación que había alquilado excepto para cambiarme de ropa al principio y, más tarde, ni siquiera para eso desde que el FMN me compró ropa suficiente como para no tener que tirar de la antigua. Dicen que el dinero no hace la felicidad, pero desde luego ayuda mucho una vez que alguien la ha encontrado, porque hay una diferencia abisal entre quedar con tu amor y salir al cine y a tomar dos cañas y quedar con tu amor y salir a cenar a Bouley o Le Bernardin y luego hacerte un recorrido por los mejores clubs de la ciudad en los que, por supuesto, no tienes que esperar en la inmensa cola que hay en la puerta porque basta con que inclines ligeramente la cabeza para que el portero te deje pasar, y en los que sabes que siempre puedes pedir lo que quieras, todas las copas que desees o hasta champán si te viene a la cabeza, sabiendo que no hay problemas de presupuesto, porque para eso está la Visa Platino de tu acompañante (vale, yo nunca pido champán ni insisto en que sea de verdad francés, menuda horterada, pero eso no quita que sea un alivio saber que si te apetece puedas hacerlo). Ya sabemos que el amor es amor en cualquier parte, pero reconozcamos que, cuando existe, ayuda mucho a vivirlo el disponer de un foft en Tribeca (concretamente en el mismo edificio en el que habían vivido John John Kennedy y su mujer), un pequeño paraíso urbano impoluto, inmaculado (gracias al buen oficio de una asistenta que se pasaba a limpiar cada mañana, pero a la que sólo vi una vez, porque normalmente para cuando nos levantábamos ella ya se había ido, dejando, eso sí, unas sábanas limpias y planchadas para que pudiéramos mudar la cama), como una imagen del Architectural Digest hecha realidad, y también es cierto que cuando hace un calor húmedo que se te pega en la piel ayuda mucho el que el loft disponga de aire acondicionado regulado, por cierto, por un diminuto ordenador que habla, sí, habla, y con seductora voz femenina te ruega que le indiques la iluminación deseada, temperatura ambiental adecuada y el tipo de música que te apetece escuchar en ese momento, puesto que el piso entero está controlado por semejante ingenio que a veces, a qué negarlo, acojona un poco y recuerda al HAL de 2001: Odisea en el espacio. Aquel apartamento carecía de cualquier tipo de interruptor ya que, por lo visto, y según me explicaría más tarde el FMN, la última teoría del interiorismo posmoderno consiste en eliminarlos porque éstos resultan antiestéticos y rompen con la armonía minimalista de las paredes. Claro que si el calor se hacía excesivo (es fácil en la ciudad que la temperatura rebase los cuarenta grados y poco menos que se derrita el asfalto) siempre quedaba el recurso de coger el coche y largarse a la casita a pie de playa de New Jersey, pues el amor es amor en cualquier parte y circunstancia, pero parece más amor si los enamorados pueden pasarse el fin de semana sesteando y retozando en el jardín con esporádicos chapuzones en la piscina y alguna que otra raya de coca para matar el rato.

En fin, y resumiendo: yo vivía en una nube, absolutamente fascinada, obnubilada y prendada, más todos los adjetivos terminados en -ada que se te ocurran y que quieras añadir. La lástima es que el amor exige, al menos en el primer estadio, una idealización del objeto amado, y yo dispongo de una fantasía enorme (ergo, una gran capacidad de idealizar), pero eso no me impedía advertir algunos pequeños detalles que contribuían a que el pedestal sobre el que yo misma había colocado a mi amor se tambalease bastante, resultando pues que el objeto de mis deseos se mantenía en un equilibrio ciertamente precario.

Por ejemplo, el FMN no leía. Y cuando digo que no leía es que no leía nada, ni siquiera el periódico porque de las noticias se enteraba a través de la CNN. La maravillosa casita de New Jersey tenía de todo: un bar repleto, sillas de Philippe Starck, varias litografías de Taaffe (compradas en el MOMA y colocadas allí por el diseñador de interiores, supongo, porque más tarde descubrí que el FMN ni siquiera sabía quién era Philip Taaffe), un jacuzzi redondo más grande que el dormitorio de mi apartamento en Madrid... Pero ni un solo libro. Miento: había un volumen de fotos de Chet Baker, creo. Recuerdo que una vez mencioné a Madame Bovary en una conversación (eso sí, no recuerdo a cuento de qué) y el FMN me preguntó que quién era Madame Bovary.

—¿De verdad no sabes quién es Madame Bovary? —pregunté.

—Hummm, el nombre me suena... Una ópera, ¿no? Es que yo de ópera no entiendo.

—No, querido. La ópera es Madame Butterfly.

La verdad, yo había salido con todo tipo de hombres, y algunos de ellos no los denominaría como lumbreras, pero nunca hasta entonces con alguien parecido. Aunque lo cierto es que tampoco me importaba. Me decía que son pocos los yankis que leen, y que además existen grados de cultura. El FMN, por ejemplo, poseía un conocimiento casi enciclopédico de discos y grabaciones de jazz (te podía recitar de memoria, por ejemplo, la lista de discos de Miles Davis, por año y con productores), así que yo pensaba que lo uno por lo otro y procuraba buscar temas de conversación que no incluyeran la literatura. Y es que, al fin y al cabo, la conversación no era el ingrediente más importante de nuestra relación. Qué importaba que no leyera si, a qué negarlo, poco me importaba lo que él me contara, si las palabras acababan por perder su significado borrado por la acariciadora tibieza de su profunda y negra voz de bajo, si el color y el matiz y la textura de su tono me hacían subir y bajar como si el asfalto de la ciudad no fuera sino una enorme ola lisérgica y yo la espuma de su cresta, si me parecía flotar muy por encima de la vida, navegando en un mar más allá del cual las realidades cotidianas —hipotecas pendientes, facturas impagadas, plazos vencidos de créditos a cuenta—, varadas en la orilla, menguaban desde la distancia, haciéndose cada vez más y más pequeñas hasta convertirse en meros puntos insignificantes en el horizonte, para finalmente desaparecer.

Había otro detalle que en un principio me encantaba y luego acabó por incomodarme. A él yo le gustaba. Le gustaba mucho. Le gustaba de verdad, físicamente, me explico. Yo nunca me he tenido por el bellezón del siglo, entre otras cosas porque desde pequeña me quedó muy claro en mi casa que belleza, lo que se dice belleza, era la de Laureta, mientras que lo de Asun y yo no era otra cosa más que brillante medianía. Así que, consciente de dicha medianía, toda la vida he procurado seducir desde la simpatía y la conversación, y lo cierto es que tampoco me había ido tan mal, o al menos no peor que a ninguna de mis amigas. Y bueno, siempre he estado acostumbrada a que mis novios me dijesen que les gustaba que yo fuera tan cariñosa, o tan divertida, o incluso tan leída, pero nunca esperé que alabasen mi cuerpo, cosa que, por otra parte, tampoco solían hacer. Y lo primero que me sorprendió del FMN es que parecía que mi cuerpo le encantaba, que le encantaba de veras, incluso si le sobraban siete kilos o quizá precisamente por eso. Me envaneció que alguien se fijara tan atentamente en mi existencia como ser físicamente amable. Pero dejando aparte ese breve momento de vanagloria en el cual todavía no sé si el asombro tuvo más importancia que la verdadera vanidad, la sensación era más bien de incomodidad, como si se me hubiera concedido un premio destinado a otra que lo mereciese o lo desease más que yo. Por ejemplo, mi pecho, el mismo que ha sido la mayor fuente de complejos desde la adolescencia, el que me he pasado media vida intentando ocultar con remedios tan ineficaces como sujetadores reductores y chaquetas largas incluso en verano, el culpable de que en mi pubertad me pasara las horas muertas en la playa de Santa Pola con una camiseta XL y sólo me atreviera a bañarme a primera hora de la mañana, cuando no había allí más que cuatro viejecitas, sí, ese mismo pecho le tenía fascinado hasta unos extremos que resultaban francamente incómodos, pues se pasaba el día magreándolo, incluso en público, y a la hora de hacer el amor se concentraba tanto en él que cualquiera que nos hubiese visto habría pensado que, a causa de una extraña broma genética, yo tenía el clítoris localizado en el canalillo de la misma forma que Linda Lovelace aseguraba tenerlo en la garganta.

Una tarde me anunció que me tenía reservada una sorpresa, me subió a un taxi (él tenía un coche imponente, un deportivo, y no me preguntes la marca porque de coches no sé nada, pero sí sé que tenía pinta de carísimo, aunque no había ocasión de lucirlo mucho pues, como buen coche neoyorkino, casi nunca lo usaba para moverse por la ciudad) y se plantó en la Quinta Avenida.

La boutique Versace, perdón, el edificio Versace —porque es un edificio entero de cinco plantas—, era la tienda más hortera en la que yo hubiera puesto los pies en la vida. Los escaparates, decorados con grecas rojas como si aquello se tratase del templo de Afrodita, eran de un estridente subido. Reconocí el modelo que llevaban varios maniquíes: era el mismo que se había puesto Jennifer López para entregar no sé qué premio y que había sido muy comentado porque dejaba al descubierto prácticamente toda su anatomía excepto los pezones y el monte de Venus. Si no hubiera estado tan recargado, aquel modelo verde tropical que en España más tarde copiaría y se pondría Ana Obregón se habría podido tomar, más que por vestidito, por traje de baño, de exiguo que era, pero ni el mejor nadador hubiera podido flotar con tanto strass y tanto recamado encima. Y, sin embargo, en las ventanas del escaparate había como cinco o seis versiones del ¿vestido? en diferentes colores, como si el hecho de que un culo latino y famoso lo hubiera lucido significase que todo Nueva York debía imitarlo.

Según pusimos los pies en la tienda nos abordaron cuatro dependientas que exhibían idéntica sonrisa: la misma mueca congelada, deshumanizada y transparentemente falsa que en NY se encuentra uno por doquier en las azafatas, en los porteros, en las camareras y en los empleados en general de cualquier tipo de establecimiento abierto al público a partir de cierto nivel adquisitivo. Una de las dependientas nos saludó muy entusiasta: «Welcome to Versace!», nos dijo, como si acabáramos de cruzar una aduana internacional y hubiésemos aterrizado de pronto en un paraíso abierto por vacaciones. Otra nos preguntó si podía ayudarnos en algo.

Y entonces el FMN me hizo saber que la misteriosa sorpresa consistía en que iba a comprarme ropa, así que ya podía ir yo eligiendo lo que más me gustase porque allí estaba su Visa Platino para pagarlo. Yo me sentía incapaz de elegir nada, porque en esa tienda no había nada que yo hubiera pensado ponerme nunca, y así se lo dije al FMN, con la mayor delicadeza posible, eso sí, pues me parecía de muy mala educación arruinarle la sorpresa, aunque lo cierto es que yo quería largarme de allí cuanto antes.

—No hay ningún problema, nena —dijo el FMN, y le hizo una seña a una de las obsequiosas empleadas, una clónica de Jennifer López con pinta de call girl de lujo, rebosante de silicona por toda su anatomía.

The lady is lookin' for some clothes, maybe you could help us.

Me sorprendió mucho que se refiriera a mí como lady, pero no hice ningún comentario. La dependienta robot (porque con tanta silicona ya parecía un cruce entre lo humano y la tecnología) me miró de arriba abajo como evaluando la talla y nos indicó que la siguiéramos. Nos precedió encaramadísima a unos tacones de vértigo letal mientras iba recolectando de perchero en perchero las prendas que ella suponía que podrían ajustarse a mis deseos.

Aquella tienda parecía mismamente un decorado de una película peplum de los años cincuenta, llena de frisos, capiteles y acantos refulgiendo por todas las esquinas como si el encargado fuera el mayordomo del anuncio, el de la prueba del algodón, y es que para colmo tenía suelos de mármol y dorados y sobredorados por todas partes. O sea, que el local hacía daño a los ojos, y no sólo porque cegase.

A los pocos minutos me encontraba en los probadores con los cuatro vestidos más chillones que hubiera tenido jamás en mis brazos: uno amarillo canario y dorado, el siguiente con una especie de estampado Pucci en tonos fucsia, el tercero rojo putón y el cuarto naranja y negro, asemejando la piel de una cebra o de un leopardo. El FMN me esperaba fuera, sentado en una especie de sillón blanco y bebiendo una agua mineral que la atenta señorita se había apresurado a llevarle.

Me probé el primer traje, el rojo. Me vino a la cabeza que la primera vez que Julieta vio a Romeo ella iba vestida de rojo, ya que este color por entonces era símbolo de nobleza —porque los tintes escarlatas eran muy caros, de ahí que la púrpura fuera sólo para cardenales— y en el caso de Julieta, y por extensión, de pureza, pues se entendía que una doncella noble había de ser eso, doncella. Pues bien, evidentemente el significado del color se había devaluado notablemente durante los seis siglos transcurridos desde los tiempos de los Capuleto y los Montesco, porque la rubia que me miraba desde el espejo, enfundada en una especie de malla de enorme raja en el muslo y escote profundo, transmitía muy poca nobleza y, desde luego, pureza en absoluto. Hasta entonces yo me las había arreglado bien que mal para disimular mi delantera incluso con ropa de verano a base de combinaciones de colores fríos, escotes en uve, rayas verticales, collares largos y demás trucos de estilista aprendidos tras años y años de trabajar en una revista femenina, que con respecto a la moda algo había de pegárseme. Sin embargo, aquel traje evidenciaba como nunca la generosidad de mi fachada, y daba la impresión de que llevaba en el escote dos pelotas de voleibol que iban a salir botando de un momento a otro. De tal guisa no me reconocía en la imagen que tenía frente a mí y, por un momento, llegué a creer que no era otra cosa que una ilusión, una creación de mi imaginación que no tenía relación alguna con la realidad, conmigo, con mi cuerpo.

De este ensimismamiento me sacaron unos golpes en la puerta. Abrí y me encontré a la dependienta, que quería saber si todo iba bien y me informaba de que «el señor que me acompañaba» estaba fuera.

—Tal vez quiera usted salir para que él la vea.



¡Ah, no, faltaba más! No iba a salir vestida de puta de lujo ni para que me viese él ni para que me viese nadie. O eso pensé al principio, porque al segundo se me ocurrió que quizá el FMN encontrase el punto gracioso del disfraz y tal vez tendríamos algo de lo que reírnos el resto de la tarde. Así que salí de puntillas del probador y me presenté ante él. No hizo falta que dijera nada. Por la expresión de sus ojos, idéntica a la de un niño frente al escaparate de una pastelería, adiviné que no encontraba el traje gracioso ni fuera motivo de broma compartida.

Pues bien, acabé saliendo de Versace con cuatro bolsas de ropa que yo no había pagado y con el íntimo convencimiento de que me acababa de convertir en la puta cara del FMN, por más que me dijera que el criterio estético e indumentario no es el mismo para los americanos que para los europeos, y muy en particular para los afroamericanos y que, después de todo, las raíces son las raíces y que ya sabemos que en los climas calientes la gente adora los colores vistosos por influencia e imitación del paisaje, pese a que el paisaje que rodease al FMN no exultara de palmeras ni magnolias ni hibiscos reventones, sino de edificios de cristal y acero en toda la gama de colores fríos. Intentaba convencerme de que tampoco era para tanto, que a fin de cuentas un Versace es un Versace (por más que se tratase no de alta costura sino de pret à porter en este caso) y que seguro que mi hermana Laureta se moriría de envidia si supiera que acababa de salir de esta boutique con el equivalente al sueldo de tres meses de su (segundo) marido metido en unas bolsas. Pero Laureta no es rubia y no tiene las tetas enormes, así que seguro que el traje rojo le habría quedado de lo más fino y elegante, digno de pasarela, en lugar de darle aspecto de novia de rapero o de conejita de Playboy. Y lo peor de todo era que no habría nada de malo en parecer una conejita de Playboy si es que a una le gusta parecerlo, pero en mi caso yo no me había llevado la ropa a casa tanto porque me gustase como porque le gustaba al hombre que me la había comprado. Y aquel pequeño detalle inclinaba la balanza de tal modo que lo que podría haber sido coquetería pasaba a ser exhibicionismo, exhibicionismo no femenino sino masculino, por parte del hombre que quiere dejarles claro a todos los demás machos que se está beneficiando a una real hembra, con lo cual los trajes de Versace me recordaban, desde la bolsa, mi recién adquirida condición de objeto sexual. Y tampoco habría nada de malo en ser el objeto sexual de alguien en según y qué momentos dado que el sexo no pasa de ser un juego que requiere cierto grado de objetivación, pero es que a mí nunca se me había ocurrido ni se me ocurriría decirle al FMN cómo tenía que vestir o comentarle que quizá no le viniese del todo mal leer un poco más o averiguar quién había sido en realidad Madame Bovary. Y es que yo, ilusa de mí, daba por hecho que ese tipo de indicaciones habrían resultado insultantes, pero si resultaban insultantes viniendo de mí para con él, ¿no resultaría insultante una imposición indumentaria viniendo de él para conmigo? En fin, estaba hecha un lío y más confusa que un tratado de hermenéutica, pero el caso es que acabé poniéndome los cuatro vestidos y, además, los combiné con tres pares de zapatos de tacón de Charles Jourdan que el FMN me regaló después, y todo esto porque él me tenía fascinada, enamorada, obnubilada, prendada, más todos los adjetivos acabados en -ada que se te ocurran, y ya se sabe que cuando uno está enamorado comienza por engañarse a sí mismo antes de acabar engañando a los demás, y ¿qué mejor forma hay de engañarse a sí mismo y a los demás que llevar unas pintas de las que tu más íntimo yo se avergüenza?

Para colmo de males me encontré en NY con el problema que había intentado dejar atrás en Madrid, pero multiplicado por cinco. Ya dicen que la ciudad la llevas siempre contigo, así que qué más daba que yo hubiera cambiado una por otra si la inseguridad me la había traído en el equipaje y, con la inseguridad, mis problemas con el alcohol. Porque el FMN bebía, por supuesto, bebía mucho, y con él bebía yo. Bebíamos vodkas en los clubes en los que los porteros recibían nuestra llegada como si del Segundo Advenimiento se tratara, bebíamos vino en los restaurantes caros en los que me hacía leer la carta en francés para ver cómo sonaba, bebíamos champán, o más bien espumoso californiano, en Gotham, donde solíamos ir a tomar el brunch y a que nos viesen, bebíamos desde por la mañana hasta por la noche casi sin darnos cuenta de lo que bebíamos, y a veces pienso que quizá fuera la nube etílica en la que me movía la que me mantenía enamorada, trastornada, enganchada o como quieras llamarlo siempre y cuando termine en -ada. El caso es que a él la nube etílica parecía no afectarle en absoluto. Daba igual qué bebiera y en qué cantidades. Su ánimo permanecía imperturbable. Alas tantas, después de haber hecho el recorrido nocturno por el Lotus, el Roxy, el Spai, el Oxygen, el Twilo, el Sound Factory, el Ten's o dondequiera que aquella noche hubiéramos iluminado el local con nuestra rutilante presencia, cuando yo ya trastabillaba y hablaba con lengua de trapo y casi no me acordaba de mi nombre, él seguía igual a como se había levantado por la mañana, es decir: más bien taciturno y callado, con ese aire desengañado que arrastraba, la misma sonrisa condicional que nunca se afirmaba claramente en un rostro en el que se veía aflorar continuamente cierto cansancio, la misma gracia de movimientos propia de aquellos que han ejercitado los miembros para conseguir de ellos lo que quieren con el mínimo esfuerzo, sin participación indiscreta o torpe del resto del cuerpo, de forma que se mueven como si flotaran, sin que casi parezca que lo hagan, y es que verdaderamente el FMN cultivaba un aire ausente, como si anduviera dos metros por encima del suelo y se situara en un plano superior al del resto de los mortales, lo cual, en cierto modo, así era, puesto que se trataba de un hombre muy alto.

Al FMN, por supuesto, le conocían allá donde fuéramos. Los camareros, los porteros de los clubes, los dependientes de las tiendas, todos le dedicaban las más estudiadas sonrisas robóticas de su repertorio. Pero es que además nos agasajaban muchos otros rostros con sonrisa que no trabajaban en el sector servicios. Allá donde fuéramos siempre nos encontrábamos con alguien. Músicos, productores, periodistas, perfiles anónimos que se plantaban a nuestro lado y se enzarzaban en largas conversaciones con el FMN ignorándome a mí y dando por hecho, supongo, que una rubia tetona enfundada en un traje de Versace de los de minifalda a ras de coño estaba allí más para hacer bonito que para entrar en la conversación. Tampoco es que a mí me importara demasiado que no me hicieran ni caso mientras tuviera una copa en una mano y la otra enlazada a la de mi acompañante (que, todo hay que decirlo, siempre me tenía agarrada: no me soltaba nunca excepto para ir al baño, y me hacía sentirme tan atada a él como si me hubieran puesto unas esposas). El tema de conversación era siempre, invariablemente, el mismo: la música o, más bien, la industria de la música. Con quién estaba grabando Menganito, para qué compañía iba a firmar Perenganito, la crítica que Zutanito le había hecho a Fulanito en el Q o en el jazz Hot, la gira europea que iba a emprender Taranganito, etcétera. El FMN había grabado su último disco hacía tres años y, según decía, estaba concediéndose a sí mismo un año de descanso, pues había pasado casi cinco seguidos de gira casi ininterrumpida (paró sólo para la susodicha grabación), pero todo el mundo esperaba, y él el primero, que antes o después retomara el ritmo de trabajo, ritmo que parecía haber abandonado del todo a tenor de la vida que llevaba conmigo, dedicada a la nada más absoluta. Y era ésa otra de las cosas que me sorprendían de él, cómo me había integrado tan rápidamente en su existencia, como si no hubiera nada más en ella. Es decir, era normal que yo dispusiese de todo mi tiempo para dedicárselo, puesto que al fin y al cabo estaba de vacaciones y no conocía prácticamente a nadie en la ciudad, excepto a Sonia y a Tania, que vivían dedicadas a su trabajo, y al rumano, al que casi no había vuelto a ver desde el primer día, exceptuando dos o tres visitas relámpago al apartamento en las que le atisbé por allí. Pero al FMN se le suponían amigos, relaciones, gente a quien llamar, compromisos que atender... Pues bien, si los tenía, los aparcó, o quizá no los tenía y su año sabático era auténticamente sabático en todos los sentidos, incluido el de desatender a sus relaciones sociales, aunque bien pudiera ser cierto lo que afirma Sonia de que en Nueva York nadie tiene amigos sino acquaintances y, por lo tanto, los amigos del FMN fueran aquellos hombres que apestaban a Armani y Davidoff y con los que se tiraba horas hablando sobre cifras, ventas, giras y contratos.

Una de esas noches fuimos al Blue Note y, para variar, nos encontramos con el individuo trajeado de rigor, que apestaba a colonia cara como todos los individuos trajeados que nos encontrábamos, y que iba vestido de negro de la cabeza a los pies. Debía de ser un tipo muy importante porque, por una vez, insólito caso, fue el FMN el que se dirigió hacia él en lugar de permanecer sentado tranquilamente en su mesa esperando a que el otro viniera a hacernos los honores. Me lo presentó como Dave, y yo estoy bastante segura, pero no del todo, de que se trataba de Dave Grusin. Iba acompañado de una rubia, rubísima, más rubia aún que yo, una rubia extrema, casi albina en su tono plástico, alta, juncal y carilinda, con pinta de supermodelo, que llevaba un traje bastante parecido al mío pero que le sentaba, todo hay que reconocerlo, francamente mejor que a mí. Al momento ya estaban enzarzados en la charla de siempre, el ritornelo tantísimas veces repetido sobre contratos y cifras. Yo intenté entablar conversación con la rubia más rubia, pero no hubo manera, entre otras cosas porque tardaba minutos en contestar a cualquier pregunta que yo le hiciera y, cuando por fin se decidía, lo hacía con un monosílabo que nunca acababa de responder a la pregunta formulada. Por ejemplo, cuando le dije que yo me llamaba Eva y le pregunté su nombre, transcurrieron unos dos minutos hasta que me dedicó un «Hummmm, yesssss...» arrastrado, como si tuviera la boca llena de papilla. Pronto me di cuenta de que la ultrarrubia iba borracha o puestísima de algo y de que mis intentos de entablar conversación no tenían futuro, así que me concentré en el vodka doble con tónica que un camarero acababa de traerme por indicación expresa de Dave y en la música del grupo que estaba tocando, que era, si no recuerdo mal, Brad Jones' AKA Alias, y claro que lo recuerdo bien, ¿cómo no lo voy a recordar si tuve una hora entera para escucharles con la máxima concentración dado que a mí nadie me prestaba atención alguna? Una hora entera me pasé, repito, sin que nadie me dirigiera la palabra. El grupo tocó lo que tenía que tocar e incluso, a petición del respetable, hicieron un bis, y allí seguían aquellos dos, enzarzados en animada charla y sin hacernos ni a mí ni a la rubia sintética-narcótica el más mínimo caso. Así que me levanté y fui hacia el cuarto de baño.

Pero está claro que cubrir una distancia tan pequeña como la que dista desde una mesa del Blue Note hacia los baños no resulta tarea fácil cuando una lleva un traje que está diciendo cómeme y encima lo combina con una melena larga y rubia, porque se me olvidó comentarte que para colmo de males me había hecho mechas antes de llegar a Nueva York, mechas que la piscina de New Jersey había aclarado hasta dejarlas blancas, y que no devolví a mis cabellos el castaño claro original con un baño de color, como hubiera sido mi primera intención, porque el FMN insistió en que ese rubio antinatural era exactamente el color que le gustaba. Así que entre las mechas, el bronceado y el Versace, lo raro habría sido que hubiera pasado desapercibida y nadie intentase entrarme de camino al baño. Por eso nada tuvo de especial que otro tipo trajeado que olía intensamente a colonia y que se parecía mucho a cualquiera de los tipos trajeados y bienolientes que frecuentaban los clubs por los que nos movíamos me abordara en una esquina de la barra. Por un momento pensé que iba a preguntar por mis tarifas, pero se conformó con recurrir al socorrido truco de ¿no nos hemos visto antes? A punto estuve de decirle que probablemente me había confundido con Pamela Anderson, pero pensé que no iba a entender la ironía, así que me limité a decirle que no, y reconozco que no estuve tan seca como habría debido estar, o más bien que no estuve seca en absoluto, muy al contrario, que me mostré de lo más empalagosamente amable, porque estaba enfadada, porque estaba harta de que todo el mundo me tratase como si fuese el apéndice del FMN, una extensión de su persona sin autonomía o importancia por sí misma, y aunque ligar con un desconocido que probablemente no iba a considerarme mucho más de lo que los demás tipos trajeados me consideraban, y al que desde luego no le había atraído mi valía intelectual o mis capacidades espirituales, no constituyera exactamente la manera más adecuada de reclamar mi derecho a ser tratada como persona antes que como jarrón ornamental, en ese momento resultaba la única protesta que el destino me ofrecía (vale, también podía haberme largado sin más a casa, pero se ve que me había creído yo misma el papel de rubia tonta que representaba), así que le seguí la corriente al tipo aquel, que no era nada feo, todo hay que decirlo, y en seguida estábamos hablando de los clubs de jazz que yo había conocido desde mi llegada a Nueva York y en los que hipotéticamente podíamos habernos encontrado con anterioridad.

Estamos cerca de la barra y, como es natural, el tipo me pregunta si me apetece algo de beber, y en lugar de decirle, como sería de rigor, que estoy acompañada y que me ha pillado de camino al baño pero que debería volver en seguida con mi novio, le digo que vale, que sí, que por qué no, y le digo que quiero un vodka con tónica, obligando a mi corazón a latir con el feroz impulso de resistencia que desde el instituto, desde que las pijas de Loden abatieran sobre mí sus miradas por encima del hombro, he aprendido a oponer por instinto a cualquier menosprecio. El tipo me dice su nombre y yo le digo el mío y he de reseñar aquí que transcurrió por lo menos media hora antes de que el FMN se presentase por aquel rincón, lo cual quiere decir que había tardado en echarme de menos, que ni siquiera se había dado cuenta de que me había ido, enfrascado como estaba en su conversación con Dave, Dave Grusin o el Dave que fuera.

Cuando el FMN llega yo le presento, haciendo gala de mi mejor educación europea, al tipo que me ha invitado, que evidentemente reconoce a mi acompañante (al que, por cierto, yo presento como «mi novio») porque se le queda mirando con unos ojos desmesurados. Yo le agradezco muchísimo su amabilidad al tipo y le digo que espero que nos volvamos a encontrar alguna vez, y acto seguido me dirijo hacia el sofá presuntamente antiguo donde estaban sentados Dave y su rubia y donde ya no están. El FMN me agarra por los hombros y el resto de la escena es predecible. Él está enfadado, yo también. Él porque me he ido, yo porque me aburro y porque estoy harta de hacer de florero. Él insiste en la importancia de ese Dave y yo replico que los negocios no se hacen en los bares sino en los despachos. Él me llama estúpida y me dice que no tengo ni idea de lo que estoy hablando. Yo le digo que puede que yo sea una estúpida, pero que por lo menos sé quién es Madame Bovary y cuál es la capital de Perú, y además hablo cuatro idiomas. Él me agarra de la mano y prácticamente me saca a rastras del local. Saca el móvil del bolsillo y llama a un taxi. Le digo que llame a otro también para mí, porque yo me voy a mi apartamento del Bronx. Dice que iremos donde él diga y que estoy demasiado borracha para saber lo que digo. Sí, puede que esté borracha. Hemos cenado en un sitio de la Segunda Avenida que pretende ser mexicano y que estaba hasta los topes de gringos acicalados con camisas de Paul Smith y trajes de Dolce 8c Gabanna rebosando margaritas por las orejas, y he bebido mucho, quizá para compensar lo mala que era la comida, que por cierto no había sido lo que se dice barata. Yantes del Blue Note hemos parado dos minutos en el Alphabet Lounge, donde me he recuperado de las margaritas con dos rayas de coca y he seguido bebiendo y... Vale, puede que esté borracha, le digo, pero a pesar de todo, le grito, sé perfectamente lo que hago, gracias, ahora y siempre, y estoy harta de que me trates como si fuera idiota. Sometimes I think you are a bitch. Ahí me entra la risa histérica. Bitch! You' ve just called me bitch! You think you' re a rapper or wot? Man, you are pathetic. Y en ese momento se gira y me arrea un bofetón que corta el aire. El portero del local, que lo ha visto todo, permanece imperturbable.




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