Un análisis sobre la desigualdad de los ingresos (ganadores y perdedores de la crisis financiera mundial) La Economía del Malestar



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Paper - Desigualdades en la distribución de la renta en los países desarrollados, durante la crisis financiera (¿un “daño colateral” de la depresión, o un “proyecto inconfesado” de exclusión social?) (Parte I)

Un largo viaje a ninguna parte: Gráficos, comentarios e Informes



- Antecedentes (decíamos ayer…)

Del Paper - Un análisis sobre la desigualdad de los ingresos (ganadores y perdedores de la crisis financiera mundial) - La Economía del Malestar (el fin de la cohesión económica y social) - Publicado en Junio de 2011

Tenemos suficiente para las necesidades de todos, pero no para la codicia de unos pocos”.

M. Gandhi, 1869 - 1948 - Abogado, político y activista



- Nunca antes tan pocos habían engañado a tantos durante tanto tiempo -jamás

Se le exigió al mundo entero que cambiara su modo de vida en base a la fantástica invención de un grupo de políticos con ansias de “salvar” a la humanidad de una imaginaria catástrofe económica. Decían tener la Verdad en sus manos (en general, aconsejo a mis amigos que confíen siempre en quienes están buscando la verdad, pero desconfíen siempre de aquellos que dicen haberla encontrado).

Aseguraban que la desregulación, la privatización y el libre movimiento de capitales, servicios y mercancías (el de personas, nunca llegó, ni se lo espera) harían entrar a la humanidad en una era de progreso exponencial y continuado, como nunca se había vivido. Y además, desaparecerían los ciclos económicos (¿verdad, grandes bonetes del FMI?). Algunos profetas, hasta llegaron a proclamar el “fin de la Historia” (¿verdad, Profesor Fukuyama?).

“La globalización igualará el terreno de juego… la Tierra es plana… los Gobiernos y sus normas para el mundo laboral han perdido importancia… en marcha hacia una nueva civilización… contratamos a nuestra gente por ordenador, trabajan en el ordenador y son despedidas también por el ordenador”… Para los creadores de estas “genialidades” (dogmas, mantras), la visión de un ejército de parados, inimaginable hasta entonces, era una obviedad.

Ninguno de los altamente remunerados creadores de estos paradigmas (de los sectores de futuro y países de futuro) creía en la existencia de suficientes puestos de trabajo, decentemente pagados, en los tecnológicamente costosos mercados en crecimiento de los que hasta entonces fueron países del bienestar… no importa en qué sector.

Los pragmáticos del “turbo capitalismo” reducen el futuro a un par de números y un concepto: “20 a 80” y tittytainment”…, decían Hans-Peter Martin y Harald Schumann, en su libro La trampa de la globalización - Taurus 1998), y además, reseñaban:

(Las escenas que siguen corresponden a una reunión mantenida por 500 políticos de primera línea, líderes económicos y científicos de los cinco continentes, efectuada en el año 1995 en el Hotel Fairmont de San Francisco, EEUU)

En el próximo siglo (XXI), el 20% de la población activa bastará para mantener en marcha la economía mundial. No se necesitará más fuerza de trabajo…



Una quinta parte de todos los que buscan trabajo bastará para producir todas las mercancías y aportar las valiosas prestaciones de servicios que la sociedad mundial pueda permitirse. Ese 20% participará, por tanto, activamente en la vida, el beneficio y el consumo, no importa en qué país. Se puede añadir a ellos un 1 o un 2%, admiten los participantes en el debate, por ejemplo contando con los herederos acomodados.

¿Y los demás? ¿El 80% de los dispuestos a trabajar que no tengan trabajo? “Sin duda”, dice el escritor norteamericano Jeremy Rifkin, autor del libro “El fin del trabajo”, “el 80% tendrá grandes problemas”…

El esbozo de un nuevo orden social: países ricos sin una clase media digna de mención… En el futuro, la cuestión será “to have lunch or be lunch” (comer o ser comido)…

La expresión “tittytainment” (que ha hecho famosa Zbigniew Brzezinski, consejero de seguridad Nacional del presidente norteamericano Jimmy Carter y que desde entonces se dedica a cuestiones de geoestrategia), es una combinación de “entertainment” y “titis” (entretenimiento aturdidor y alimentación suficiente).

En marcha hacia una nueva civilización. El modelo del mundo del futuro sigue la fórmula 20 a 80. Se perfila una sociedad de una quinta parte, en la que los excluidos tendrán que ser calmados con “tittytainment”. ¿Es esto una exageración desmedida?”…

Esa es la sociedad que hoy se está construyendo por encargo. Se les proporciona Ritalin, se les da una X-box con juegos de violencia e insinuaciones sexuales, mientras Facebook, You Tube, Twitter y los “sms” hacen el resto (a veces con la “inapreciable” colaboración del alcohol y las drogas). Zombis felices… Todos en la “nube”…

¿Por qué quiere alguien deliberadamente una sociedad idiotizada? Por una parte es mucho más fácil de controlar a alguien que no tiene conciencia de lo que sucede a su alrededor. Se ofrece futbol (u otros deportes) cinco noches a la semana para mantener a todos ocupados mientras que el saqueo de su riqueza continúa convenciéndoles que hacer hamburguesas en McDonald’s cobrando el salario mínimo es “empleo”.

Hay quien busca explicaciones más rocambolescas que aseguran que un movimiento sin precedentes como éste en tiempos sin precedentes como éstos puede llevar a una conclusión sin precedentes.

La Gran Recesión aceleró una tendencia que comenzó hacía tres décadas: deslocalización al extranjero, automatización del trabajo, conversión de empleos a jornada completa en temporales y contratas, debilitamiento de los sindicatos y obtención de reducciones de salarios y prestaciones de los trabajadores actuales. Internet y la informática lo han hecho más fácil.

La economía de EEUU es hoy el doble de lo que era en 1980 mientras que el salario medio real apenas se ha movido. La mayor parte de los beneficios del crecimiento ha ido a parar a los niveles altos. A finales de los 70, el 1 por ciento de los estadounidenses más ricos cobraba el 9 por ciento de los ingresos totales. A principios de la Gran Recesión, esa cifra sobrepasaba el 23 por ciento. La riqueza está más concentrada.

Ése es el meollo del problema. La mayoría de estadounidenses ya no tiene el poder de compra suficiente como para que la economía vuelva a andar. Cuando estalló la burbuja de la deuda, se quedaron encallados.

Los beneficios empresariales están en alza, pero los empleos y salarios siguen estancados.

Las personas con activos financieros o cuyo talento es tenido en cuenta por las grandes corporaciones están disfrutando de una fuerte recuperación. Mientras tanto, la mayoría de los estadounidenses se esfuerza por ir tirando.

Las empresas no tienen la culpa, pues su objetivo es obtener beneficios. Ni tampoco es culpa de los ricos, que sólo han jugado según las reglas. El problema es que hay que cambiarlas.

Un futuro sin trabajo o con contratos basura para la mayoría de los estadounidenses es insostenible, también para las propias empresas del país, cuya rentabilidad a largo plazo depende del resurgimiento de la demanda nacional.

La solución es ofrecer al americano medio un trato económico mejor. Por lo tanto, deberíamos aceptar que los países puedan propugnar reglas nacionales -políticas fiscales, regulaciones financieras, normas laborales o leyes de salud y seguridad de los consumidores- y que puedan hacerlo levantando barreras en la frontera si fuera necesario, cuando el comercio ostensiblemente amenaza las prácticas domésticas que cuentan con un amplio respaldo popular. Si los impulsores de la globalización tienen razón, el clamor por protección no cundirá por falta de evidencia o apoyo. Si están equivocados, habrá una válvula de seguridad destinada a asegurar que los valores en pugna -los beneficios de economías abiertas frente a los réditos derivados de implementar regulaciones domésticas- sean escuchados de manera apropiada en los debates públicos.



Si el lector desea cambiar el término EEUU por el de Unión Europea, todo parecido con la realidad no será mera coincidencia…

- Un largo viaje a ninguna parte
En los últimos 25 años, la desigualdad de los ingresos ha aumentado en la mayoría de los países y regiones. Aunque el ingreso per cápita se ha incrementado en casi todas las regiones incluso para los segmentos más pobres de la población, los ingresos de los grupos relativamente acomodados han aumentado a un ritmo más rápido.
Los avances tecnológicos son el factor que más ha contribuido al aumento reciente de la desigualdad. El desarrollo de la globalización financiera -y la inversión extranjera directa en particular- también ha contribuido a aumentar la desigualdad, sobre todo en las economías avanzadas. El progreso tecnológico en sí mismo explica la mayor parte del aumento de la desigualdad desde principios de los años ochenta, lo que coincide con la opinión de que la nueva tecnología, tanto en las economías avanzadas como en las economías en desarrollo, incrementa la prima por nivel de cualificación y reemplaza los insumos relativamente poco cualificados.
La desigualdad en la renta no es consecuencia de la crisis financiera. Las explicaciones de la desigualdad deben buscarse en premisas desechas hace tiempo mediante razonamientos lógicos (que luego se demostraron falsos).
La desigualdad económica se ha incrementado durante el período conocido como la “era de la globalización”. En un mundo que se veía a sí mismo como próspero, igualitario y de pleno empleo, los pobres eran “otros”. La pobreza se llegó a definir como algo ajeno al sistema capitalista, y no como una extensión de éste.
En ese terreno de juego (“la Tierra es plana”) los debates sobre la desigualdad se centraron en una cuestión de oferta y demanda. ¿Se debe el incremento de la desigualdad al aumento de la demanda relativa de (un incremento en la productividad física marginal de) los trabajadores altamente cualificados? ¿O se debe a un incremento de la oferta efectiva de trabajadores de baja cualificación, mediante la inmigración o el comercio, que ha reducido su salario (en un esquema de productividad marginal fijo)? En ambos casos, los argumentos se atienen completamente al paradigma de la productividad marginal y el mecanismo de mercado.
¿Cuál es la relación entre la desigualdad y el desempleo? Probablemente, esta pregunta sea una de las cuestiones de debate más importantes en la economía política de Europa, y es relevante para otras regiones con vínculos transnacionales crecientes, incluyendo Estados Unidos.
Una interpretación dominante explicaba que las tasas de desempleo en Europa estaban causadas por los generosos sistemas sociales del continente y las rígidas estructuras salariales, o, en otras palabras, por la igualdad que constituye el objetivo característico de la socialdemocracia.
Bajo esta perspectiva, los (otrora) bajos niveles de desempleo en Estados Unidos se deben (deberían) a los mercados laborales flexibles del país, la voluntad para tolerar la creciente desigualdad salarial y el nivel absoluto de la desigualdad salarial.

Como luego se demostraría, esta interpretación resultó sorprendentemente inconsistente con los hechos. Por ejemplo, suponía que, dentro de Europa, los países con mayor desigualdad deberían tener menos desempleo. También parece suponer que los países con niveles salariales altos deberían tener más desempleo, y ciertamente, no menos que los países con salarios inferiores. Pero ocurre justo lo contrario en ambos casos. En Europa, el desempleo siempre ha sido más elevado en los países con salarios menores.


Muchos países vieron como aumentaba la desigualdad en la “era de la globalización”, este resultado no puede sorprendernos: los países liberalizadores se vieron forzados a adaptarse a la pauta global. Esto nos conduce a una profunda reflexión. Parece que la modernización basada en las exportaciones es inherentemente un juego de suma cero para la distribución de la renta en los países. Esto es, la mejora de las distribuciones en el empleo en un país conduce a una destrucción que no es especialmente creativa y a un empeoramiento de la desigualdad en el resto de los países, a través de la distribución de los puestos de trabajo.
En una economía mundial liberalizada y globalizada, sólo una compresión de las estructuras de los ingresos puede crear un contexto adecuado para que la igualación se imponga en la escena de desarrollo global. Pero esta situación se desconoce en la escena mundial desde los años setenta.
No puedo responder la pregunta habitual de si la desigualdad es buena para el crecimiento. Sin embargo, la evidencia me permite, aunque no firmemente, ofrecer una respuesta a la pregunta contraria. En la mayoría de los países, el crecimiento es bueno para la igualdad; de hecho, el crecimiento rápido parece ser un requisito indispensable para la igualación salarial. Por el contrario, el crecimiento débil en la mayoría de los países ha resultado un desastre para la igualdad.
No parece que importe si el crecimiento se logra mediante la sustitución de importaciones o mediante el crecimiento rápido de los sectores exportadores de salarios altos. El problema es que el crecimiento rápido de esos sectores exportadores es una solución a la desigualdad sólo al alcance de pocos países. Por tanto, una reducción de la desigualdad a nivel global requeriría una vuelta a la sustitución de importaciones y unas estructuras salariales con base nacional (o regional), o bien un ritmo de crecimiento mundial sustancialmente más alto.
La tendencia que predomina en el mundo actual es hacia un aumento de la desigualdad. Las liberalizaciones han provocado siempre un empeoramiento y sólo unos pocos países en desarrollo han escapado a este efecto mediante la mejora de sus estructuras de empleo, lo cual es una proeza que sólo algunos pueden lograr.
Las últimas décadas han sido muy malas para buena parte del mundo desarrollado (y algunos países en desarrollo). Con la liberalización y la globalización, los países han quedado más expuestos a las condiciones globales, precisamente cuando éstas han empeorado drásticamente. En realidad, el resultado fue un fracaso de coordinación global. La crisis reciente ha evidenciado que ni siquiera hemos comenzado a idear las formas y los medios para establecer un crecimiento estable y una desigualdad decreciente en un mundo liberal. A menos que, y hasta que, este problema sea resuelto, es razonable concluir que a largo plazo el orden mundial neoliberal no puede, no podrá, y probablemente no debe perdurar.

Del Paper - “Tiempos modernos” (“realidades cercanas” de un capitalismo sin control) Parte I - Publicado en Julio de 2012

“La mentira se eleva a fundamento del orden mundial” - Franz Kafka

(En Apartado 1) - Trabajando como esclavos (el robo del futuro)



Historias del “minijob” (como funciona la “receta” en casa de Angie)

Siete millones de alemanes tienen trabajo precario con sueldo inferior a 400 euros”… Miniempleos en la calle Karl Marx (El País - 18/12/11)

La de Carlos Marx es la calle principal de Neukölln, un gran barrio popular al sur de Berlín. Aunque hace unos años que la zona está de moda entre estudiantes y jóvenes emprendedores que encarecen los alquileres y van expulsando a los locales, a mediodía presenta su cara de siempre: una calle bulliciosa de lenguas foráneas (sobre todo turco) en la que casi todas las tiendas presentan “liquidaciones especiales” que nunca se agotan. Antes de comer ya hay borrachos pasando frío por los soportales. Señoras con hiyab echan un vistazo de paso a las papeleras, por si contienen algo rescatable. El Berlín de la precariedad y del 14% de paro, olvidado en las guías y los panegíricos mediáticos sobre la capital de Alemania, es un buen sitio para abrir un centro público de empleo. Parados como Usta Ömer, de 39 años, buscan trabajo anónimamente, sin la presión de los funcionarios de la agencia estatal de empleo.

Ömer hojea el taco de ofertas de miniempleos que cuelga de la pared en el JobPoint de Karl Marx Strasse. Lleva en paro cuatro años, en los que solo ha podido trabajar en una panadería y cumpliendo pequeñas tareas en minijobs diversos. Es un caso común en Alemania, donde más de siete millones de personas trabajan sujetos a este tipo de contrato. Su explosión llegó en 2003, junto a los demás recortes de la Agenda 2010 diseñada por el canciller socialdemócrata Gerhard Schröder (SPD). El presidente electo Mariano Rajoy ha sugerido que lo implantará en España por recomendación del Banco Central Europeo.

Son contratos basura con un pago máximo de 400 euros mensuales, que el empleado cobrará neto. El empresario paga un 2% al fisco, un 15% al plan de pensiones y un 13% a la Seguridad Social: 120 euros en caso de que la paga ascienda a 400 euros. La media salarial de miniempleados ronda en toda Alemania los 230 euros. Al empleado no le descuentan impuestos ni la cotización a la Seguridad Social. La razón es bien simple: las contribuciones a la Seguridad Social no dan derecho a que el empleado se beneficie del servicio de salud ni goce de un plan público de pensiones. En suma, un minijob deja casi completamente desamparado al empleado, que tendrá que asegurarse por otras vías.

En Alemania es imposible sobrevivir así, de modo que muchos combinan este tipo de actividad con otro trabajo. La mayoría se asegura con el cónyuge o suma su minisueldo a las ayudas sociales conocidas como Hartz IV. En Alemania, 1,3 millones de trabajadores ganan tan poco en sus empleos que requieren ayudas sociales para mantenerse. El Estado patrocina así indirectamente a las empresas, que ahorran gastos sociales y pagan sueldos por debajo del umbral de la pobreza. Es fácil imaginar las consecuencias que la generalización de este tipo de contratos tendría en un país como España, que carece de un sistema de subsidios sociales comparable al alemán.

El empresario o particular alemán que ofrezca minijobs tiene la obligación de atenerse al máximo de horas fijado por el contrato. No puede pagar más de 400 euros al empleado, porque entonces saltaría el marco salarial y tendría que ofrecerle un contrato corriente. Así que, si el contrato de minijob estipula una retribución de cinco euros por hora, el empleado podrá trabajar 80 horas al mes. Ni un minuto más.

Esta regla hace reír a Martina, que salía esta semana de buscar trabajo en la gran oficina de empleo en la avenida de Sonnenallee: “En las cocinas de los restaurantes se trabaja por jornadas completas, 40 horas semanales; te pagan los 400 euros, y el resto, en negro”. Mirando de reojo al edificio oficial, la alemana de 27 años prefiere no dar su apellido. Aunque no llega a la abierta hostilidad de la Agencia de Inmigración al norte de Berlín, la gris oficina de empleo en la Sonnenallee sugiere al visitante la noción de haber hecho algo malo.

En el sindicato de hostelería NGG, Karin Vladimirov calcula en “más de un 50% la tasa de empresarios en su sector que aprovechan el minijob y pagan en negro las horas extras”. “El propio sistema lo facilita”. La hostelería es uno de los ramos más afectados por la introducción del modelo: 810.000 personas trabajan en dichas condiciones, de los cuales un tercio tienen otra ocupación principal, por ejemplo como estudiantes. Los otros dos tercios no hacen nada más. Vladimirov estima, “sin asomo de duda”, que el miniempleo ha socavado los contratos tradicionales en el sector e “impulsado la precariedad”. Sobre todo entre las mujeres.

La patronal y los dos grandes partidos alemanes defienden el minijob como “una puerta de entrada al mundo laboral”. El Gobierno se plantea incluso elevar el techo hasta los 450 euros.

Alemania tiene 2,7 millones de parados, el 6,4% de la población activa. El economista del Instituto de Investigación Económica DIW Markus Grabka descarta que las buenas cifras de paro tengan algo que ver con el auge de estos empleos a partir de 2003. La tasa de paro se ha reducido sustancialmente en los últimos años gracias, por un lado, a la expansión económica, y por otro, al aumento de los trabajos a tiempo parcial, también precarios. Además, el Gobierno ha excluido del recuento a los parados que participan en cursos de formación subvencionados.

Para Grabka, “los minijobs erosionan los derechos básicos de los trabajadores” sin contrapartidas públicas. La factura la paga el “contribuyente y los empleados” a costa de que “siga aumentando la horquilla social entre ricos y pobres”. El economista del DIW, que es uno de los cinco grandes institutos económicos alemanes, no había oído aún que los minijobs podrían convertirse en el último grito de las exportaciones alemanas: “Oh, vaya... ¡no lo dirá en serio!”.



Mini-empleos y maxi-miserias (la “solución” (¿final?) ofrecida por Merkel a Europa)

(Sólo unos primeros datos de referencia (a diciembre 2011), luego hay más y peor…)

- Más de siete millones las personas las que tienen “minijobs”, o mini-empleos, en Alemania (de 400 euros mensuales).

- El 18% de los alemanes cobra 8,50 euros la hora. Todo ello afecta a 5,7 millones de personas

- El 15,4% cobra menos de ocho euros la hora. Son casi cinco millones de personas

- Uno de cada diez trabajadores de la RFA tiene salarios de menos de siete euros por hora trabajada. Son aproximadamente 3,3 millones de personas

- Otro 10% cobra seis/cinco euros por hora trabajada y suma  4,2 millones

Por debajo de estas castas están los “minijobers”, ese grupo de más siete millones de empleados a quienes tener un salario mínimo de entre 6,89 y 7,79 euros por hora les parece un lujo asiático.

No hay controles sobre el terreno. Algunos empresarios obligan a este tipo de trabajadores a hacer horas extras no pagadas, o retribuidas a uno o dos euros la hora. Raro es el caso de un trabajador con este tipo de contrato que consigue uno mejor y con fijeza.

Es decir, vía libre a los sueldos de hambre y fomento de una clase social perpetuamente empobrecida.

En la República Federal, este sector se ve poblado no sólo por veinteañeros, sino por personas maduras sin cualificación, mujeres infraempleadas y tradicionalmente mal pagadas y... pensionistas. Según publicó el pasado mes de agosto el diario “Saarbrückener Zeitung”, 660.000 jubilados de edades comprendidas entre los 65 y los 74 años se han visto obligados a complementar sus pensiones con estos mini-trabajos en el 2010. En el año 2000, había 244.000 “currantes” ancianos menos.

Estamos hablando de un aumento de un 58,6% en los últimos diez años. La pobreza en la tercera edad, por cierto, avanza año a año, como constata el Instituto de Investigaciones Económicas de Halle (IWH): casi un 12% de los hogares en los que viven  ancianos es “armutsgefährdet”, es decir, corre serio peligro de caer en la pobreza, con unos ingresos mensuales de apenas 870 euros.

Son estas condiciones laborales, entre otras cosas, las que dan a Alemania el dudoso honor de ser el país de entre los miembros de la OCDE donde más y más rápidamente está creciendo la brecha social entre ricos y pobres. Siempre según los datos de la organización que engloba a los países más industrializados del mundo, el 10% de los más ricos de la República Federal (con una media de ingresos de en torno a unos 57.300 euros anuales)  dispone de ocho veces más dinero y capital que el 10% más pobre (con unos ingresos medios de 7.400 euros al año). En la década de los noventa, la diferencia era menor. Los riquísimos lo eran sólo seis veces más  que los más desfavorecidos.

El “milagro alemán” y 7 millones de minijobers “clavados” en la Cruz (¿de Thor?)

Anja lleva seis años encadenando contratos para limpiar y lavar platos por dos euros la hora. Vive en la ciudad alemana de Stralsund, una atractiva y pintoresca ciudad costera. Se sorprende cuando los periódicos alemanes hablan del “milagro laboral” del país. En un pequeño apartamento de la misma ciudad un hombre de 50 años asegura: “Mi empresa me explota”. Habla sentado en la cocina de su pequeño apartamento situado al este de Stralsund. “Si pudiera encontrar algo mejor, ya me habría ido”, añade. Anja, que prefiere no dar su nombre completo por miedo a ser despedida, tampoco puede permitirse ir a los cafés de su ciudad”... Sueldos de un euro a la hora en el “milagro” laboral alemán (El País -


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