Título: Una Plaza muy diversa



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Título: Una Plaza muy diversa.

Autor: Dr. Avelino Víctor Couceiro y Rodríguez.


"Diversidad" es una de las palabras que la postmodernidad ha impuesto; démosle la bienvenida, pues es uno de sus grandes aportes. Es razón tanto científica como de justicia social, que de alguna manera potencia a la práctica cotidiana aquella máxima aprendida (no siempre aprehendida) de que "la identidad es relativa, la diferencia es absoluta", y que resumo ahora en que somos diferentes (diversos) incluso en nuestra relativa unicidad, al compararnos con nosotros mismos, en cada momento de nuestras vidas. Una vez asumido esto, no es difícil para los que estudiamos las comunidades que estas son (también, y con más causa aun) diversas por definición no sólo entre sí, sino además, en su propia unicidad. En particular las sociedades más complejas (las más entregadas a la modernidad urbana industrial y científico - técnica) son por supuesto más diversas tanto entre sí como en su unicidad, que las restantes. Y lógicamente, mientras más metropolitanas son, aumenta su diversidad; es prácticamente una ley para los Estudios de Comunidades, que aun los teóricos (a menudo demasiado alejados de la praxis cotidiana) no acaban de distinguir.

Este es el caso del municipio capitalino cubano Plaza de la Revolución, el quinto en pequeñez dentro de la Ciudad de La Habana (probablemente, de todo el país) y sin embargo, en tanto incluye las áreas más cosmopolitas y metropolitanas de toda la capital cubana (lo que casi por definición implica, de toda Cuba, a su vez un país que tradicionalmente se caracterizó en toda su etnogénesis y sobre todo, en su conformación cultural, por un singular cosmopolitismo a nivel universal) deriva en conclusión, el más complejo y diverso de todos los municipios cubanos. 

Ya no profundicemos en los impactos que dicha diversidad imprime en la psicología social de sus habitantes, que se potencia al infinito casuístico y aún más cuando incorporamos en este objeto una singular e imprescindible población flotante capitalina, nacional e internacional cuya capital es La Rampa, pero con severas huellas sobre todo en las inmediatas barriadas del Vedado y de La Plaza, en toda la compleja y diversa catalogación que de dicha población flotante podemos hacer, al grado de que esta población flotante protagoniza hasta aplastar y absorber a la residente. Sin embargo, a los extremos sur y occidente municipal (concretamente Puentes Grandes y algunas comunidades del Carmelo como El Fanguito y Las Canteras), la soledad y el abandono identifica hasta quejarse a sus moradores, casi siempre flotantes ramperos y del Vedado y La Plaza, por una u otra razón, que incluye hasta el sistema institucional de casi todos los servicios.  

La diversidad incluye aquella área erigida para toda Cuba hasta el dogma, como el barrio de la alta burguesía y la más rancia aristocracia cubana del siglo XX: El Vedado, que incluso ha tejido leyendas a partir del topónimo que se apartan pero entrecruzan con su realidad histórica; pero también incluye barrios antes marginados hoy insalubres tan célebres en toda Cuba como El Fanguito, La Timba (Pan con Timba) y La Dionisia, este último como "el correspondiente" al eminentemente residencial Nuevo Vedado, como si de aquí se nos vislumbrara otra ley para los Estudios de Comunidades; barrios todos ellos (sin incluir otras zonas y focos insalubres por Puentes Grandes y Aldecoa, por La Plaza, El Vedado, El Carmelo, El Nuevo Vedado y la propia Rampa, esto es por todo el municipio) muy diversos también entre sí en sus grados y tipos de marginalidad e insalubridad. Por otra parte, el propio Vedado incuba desde sus mismos gérmenes y hasta la actualidad como su mayor constante identificativa, una vastísima y muy diversa cultura popular a la que nunca pudo substraerse (ni nunca pudo evitar ni omitir, tuvieran o no tales intentos) aquella aristocracia y burguesía nacional, incluso, desde sus mismos orígenes clasistas en su propia unicidad como sector e individualmente.

No es para nada igual la población flotante rampera que la que se extiende por nuestras vías rápidas de comunicación (23, Malecón, Línea, Ave. Independencia o Boyeros, Ayestarán, Infanta, G, Paseo, etc.) y sobre todo, aquellos focos puntuales y distintivos que alcanza en esquinas como 12 y 23 (que marcan pauta para toda una comunidad propia) o Boyeros y 26, en el extremo sur municipal. Mucho se diferencia la comunidad obrera en torno a Partagás (16 y 23) del barrio obrero de Aldecoa, más vinculado con la transportación ferroviaria, o de las áreas obreras de Las Canteras (por ejemplo) más dadas a las construcciones y a las artes navieras, con las que también coquetean ocasionalmente los barrios costeros y pesqueros (tradición que en buena medida remonta a las culturas precolombinas detectadas en la historia local y que incluiría las comunidades de bosques y ríos, no sólo precolombinas sino también coloniales y hasta pleno siglo XX), en particular aquellos signados por instituciones tan ilustres para la cultura cubana como el de (el torreón militar de) la Chorrera o el del (Hotel, de donde deriva el Reparto) Trotcha, ambos sin embargo dentro del Carmelo, pero bien distintivos entre sí, y los barrios playeros desde los Baños del Vedado, toda una tradición secular desde 1864 que proliferaría por toda la costa. Es más, dentro de la propia comunidad de la Chorrera pugna por su diversidad el otrora Vedado Tennis Club, patrimonio indiscutible para toda la cultura cubana, en aquella polémica pero imprescindible dialéctica entre instituciones y comunidades, latente en casi todo el territorio municipal. Destáquese en este panorama Puentes Grandes, que al extremo sur, evidencia sus raíces rurales con absoluta vigencia, lo que distintivamente también se hace sentir por ejemplo, en el Reparto San Antonio Chiquito, absorbido populistamente y desde las élites actuales (pese a su propia imagen con que se pretenden autoidentificar, fruto de la inmigración indiscriminada a lo largo de todo el siglo XX y con hitos álgidos en su acentuación) como La Timba; o las comunidades en torno al complejo cementarial local, y a las más diversas instituciones de todo tipo (áreas deportivas como el Martí, comunidades étnicas y religiosas como los hebreos, la Universidad de La Habana o el Castillo del Príncipe, hospitales como el Calixto García o áreas ecológicas como el Jardín Zoológico de La Habana o el Bosque de La Habana, etc.) que proliferan y sientan pauta en los más diversos focos que potencian al infinito el crisol comunitario local.

Todo ello se multiplica aun más mediante las imágenes que sobre todo el sector dirigente y los artistas e intelectuales generan, raras veces reafirmados científicamente en su propia identidad local y en los mejores casos, sólo empíricamente. Pero también es cierto que esta propia diversidad no es tampoco tan absoluta, y no nos permite establecer dogmas: así por ejemplo, no es posible limitar los cultos de ascendencia africana o los actos delictivos a las áreas marginadas, ni siquiera a los solares y casas de inquilinato que asimismo abundan por todo El Carmelo, pero también por La Rampa y El Vedado, cuando proliferan igualmente en los más flamantes  edificios  ramperos o del Vedado, e incluso, en El Nuevo Vedado; ni tampoco confundamos una elite (supuesta o cierta) profesional, intelectual y hasta relativamente dirigente, con la altura de los llamados rascacielos cubanos y antiguas mansiones, puesto que no es de extrañar descubrirlos cohabitando por diversos motivos en las comunidades más "humildes"; hasta este concepto de humildad queda en la relatividad, y según sus potencialidades económicas reales caso por caso, migran a "mejores" zonas o logran transformar sus condiciones inmediatas de vida en su propia comunidad cuya "humildad" a menudo, "evoluciona" a otros status, no siempre favorecedores ni mucho menos, en respeto al patrimonio tangible e intangible local. No hablemos de la diversidad étnica local, que no permitiría concluir nunca estas que no han pretendido sino ser unas breves líneas introductorias a demostrar los símbolos con que la diversidad distingue a un municipio a su vez, emblemático cubano: Plaza de la Revolución, en sus apenas 11,82 Km2 con que desde 1976 está concebido y que el propio nombre moderno (pero indiscutiblemente significativo para toda Cuba y para todo el orbe) se contrapone a la diversidad de topónimos mucho más tradicionales e identificativos de la riquísima diversidad comunitaria local que ya antes, hemos referido.

Precisamente con vistas a profundizar en estos valores que históricamente nos han identificado, el 16 de julio del 2001 y en el entonces Museo Histórico Municipal "Máximo Gómez" en la Quinta de los Molinos, hace exactamente cuatro años, se constituyó la Sección de Base Municipal de la Unión de Historiadores de Cuba (UNHIC) en este municipio Plaza de la Revolución, fecha en saludo a la cual nuestra Sección de Base comienza a publicar este Boletín Cubano de Simbología; y se escogió el 16 de julio, justo porque el 16 de julio de 1961 (hacía 40 años) fue cuando se proclamó la hasta entonces Plaza Cívica "José Martí", a partir de entonces, Plaza de la Revolución. Antes no es posible referir este topónimo, como no sea por el de la Plaza Cívica que por otra parte, no contaba con una década más de existencia. Se hallan como vemos, entre los topónimos menos tradicionales de todo el actual municipio.

En resumen, de alguna manera la sistematización nos permite establecer (siempre relativamente) grandes barriadas: El Carmelo (con una gran gama interna que va desde El Fanguito y Las Canteras hasta 12 y 23, o El Trotcha, o La Chorrera, o su casco histórico del Carmelo o su extensión de la Estancia del Carmelo, o Rebollo, etc.), El Vedado (dentro de este y/o interconectados con este, Medina y El Príncipe sobre todo) y La Rampa (también diversa desde el sur hasta el Malecón) por la costa norte, bien distintivas entre sí en su arquitectura, en sus características poblacionales, culturales, etc. tanto en su dimensión diacrónica como en cualesquiera de sus cortes sincrónicos; lo mismo ocurre con las barriadas centrales La Plaza y El Nuevo Vedado, y las sureñas Puentes Grandes y Aldecoa, todos ellos con una riquísima diversidad interna que disminuye en la medida en que se alejan de las más metropolitanas y cosmopolitas barriadas costeras del norte, situación generada desde la parcelación de estas últimas en 1859/1860.



Diversidad que lejos de mitigar la identidad, como se ha pretendido, ha sabido imponerse de manera altamente identificativa en todo el país y sobrevivir los cataclismos sociales propugnados por la inmigración masiva e indiscriminada a menudo con poder, y la falta y aún demasiado escasa política de protección del patrimonio local, tanto tangible como intangible, y para el cual, sin la menor duda, la diversidad protagoniza. §
La Habana, y 7 de julio del 2005


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