Título: “Habilidades profesionales, ¡no! Hábitos profesionales, ¡sí!”



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Título: “Habilidades profesionales, ¡no! Hábitos profesionales, ¡sí!”
Autores: Dra.C. Marisela Rodríguez Rebustillo*

Dr.C. Rogelio Bermúdez Sarguera**
Resumen
En el presente artículo abordamos, a nuestro modo de ver, un problema aún no resuelto para las ciencias psicológicas: la formación de habilidades y hábitos como objetos de estudio inherentes a este campo del saber científico. Las ideas cardinales que en él desarrollamos se sostienen en torno al carácter intelectual o motor de las habilidades y los hábitos, respectivamente, así como a la no probabilidad del carácter profesional de la habilidad y al número estrictamente limitado de las que han de ser aprendidas para producir y reproducir conocimientos.

Las ideas expuestas pueden servir de guía orientadora para el trabajo metodológico con las habilidades, experiencia susceptible de generalizar a todos los niveles de enseñanza.


Palabras claves: lo consciente, lo inconsciente, hábitos profesionales y habilidad.

Abstract
Title: "Not professional abilities, but professional habits"
In this article we approach a problem which we consider has not been solved by the psychological sciences: the formation of both habits and abilities s objects of study inherent to this field of scientific knowledge. The principal ideas developed herein are sustained on the intellectual or motor character of the abilities and habits respectively, as well as on the non probability of ability’s professional character and to the strictly limited number of those to be learned to obtain and apply knowledge.

This proposition could be used as a guide for professors to organize skill training methodology in the first years, which could save the way for generalizations applied in all teaching levels.


Key words: conscious, unconscious, professional habits and ability.


Introducción
Prolífera es la investigación psicológica dedicada al problema de la formación y desarrollo de las habilidades como expresión de la regulación instrumental de lo psíquico. Es poco probable hoy no hallar en la literatura psicológica investigaciones que sostengan la gestión profesional pedagógica. De tal suerte que cualquiera que sea el modelo pedagógico o educativo que focalicemos, el conocimiento sobre estos hechos psíquicos constituye la condición de partida para la configuración de aquellos o los presupuestos teórico-metodológicos que fundamentan su aplicación en la praxis docente.

De tales concepciones no escapa, digamos, la psicología de sesgo cognoscitivo, al centrar problemáticas de esta naturaleza en la contemporaneidad como las estrategias para la formación de conceptos y solución de problemas. Predominantemente los paradigmas de índole cognoscitivo, sostenidos por la revolución cibernética, la inteligencia artificial, la informática y, en fin, por las ciencias de la computación, no dejan margen al análisis de las estructuras de conocimientos y a los denominados procesos cognoscitivos que lo generan, en virtud del poder heurístico conferido a conceptos como adquisición de mecanismos mediadores, amplificadores culturales, manejo de información del ambiente o almacenamiento de información procesada. Sea cual fuere el nuevo concepto innecesariamente acuñado dentro de la psicología o de la educación, lo cierto es que una y otra vez tendremos que regresar sobre las instrumentaciones --acciones, operaciones, habilidades, hábitos, procedimientos, etc.-- a través de los cuales el conocimiento se produce o se reproduce. En ello puede advertirse, sin temor a equívocos, la actualidad y vigencia del examen de dicha realidad psíquica.

Aun cuando la temática parece agotada, --¿y quien así hoy no lo considera?--, es poco probable no lograr defender la idea, según la cual las habilidades --hábitos-- han de constituir un objeto de estudio obligado en todo lo que a enseñanza o aprendizaje se refiere. Baste aludir al concepto de aprender a aprender, tan cacareado hoy por estas ciencias, para confirmar el lugar cimero que ocupa esta temática en la jerarquía ramal investigativa actual.

Las razones están bien precisas. Por un lado, los métodos histórico y lógico así lo dictan y, por otro, la praxis profesional y formativa no puede sostenerse de otro modo que no sea a través de la construcción metodológico-instrumental de la persona en dichos contextos. Por mucho que se pretenda circunscribir las habilidades a problemáticas evidentemente manidas, no hay fundamento alguno para que su estudio no sea retomado con la mayor rigurosidad posible, a la luz de los nuevos conocimientos que sobre este hecho psíquico se ha vertido.

Los modelos cognoscitivos --¿o epistemológicamente permisivos?-- continúan apoyando sin razón el acuñamiento de nuevos “conceptos” para denotar una realidad psicológica que ya sufre de una saturación de igual índole. ¿Cómo hacer evidente esta afirmación? Trate de definir el concepto de habilidad, a guisa de ejemplo, y advertirá la arena movediza y florida de incertidumbres en la que se sostiene la ciencia psicológica. Es altamente probable, para no ser absolutos, que su respuesta configure la idea de la multiplicidad de definiciones que de los conceptos existe en consonancia con el número de estudiosos de la temática. A nuestro juicio, estar de acuerdo con esa opinión no es otra que admitir la infeliz idea de que cualquier definición conceptual u operacional es válida para el trabajo metodológico de un profesional dado. De ahí la necesidad urgente de acotar el hecho dentro de posiciones teóricas estrictas, en las que la consecuencia y la coherencia del sistema cognitivo --o instrumental-- que se elabore constituya el pilar más relevante de su funcionalidad.

¿Cómo aproximarnos teóricamente a dicho sistema? De ninguna manera obviamos que el conocimiento científico, por lo tanto absoluto por su esencia, tropieza en su construcción con múltiples obstáculos, dentro de los cuales la infinitud del pensamiento es el de mayor relevancia. De ahí que compartamos plenamente con F. Engels la idea de que “...la infinitud del pensamiento que conoce de un modo absoluto se halla formada también por un número infinito de mentes humanas finitas, que laboran conjunta o sucesivamente para alcanzar este conocimiento infinito, cometiendo pifias prácticas y teóricas, partiendo de premisas erróneas, unilaterales, falsas, siguiendo derroteros equivocados, torcidos e inseguros y, no pocas veces, sin acertar siquiera a llegar a resultados certeros cuando se dan de bruces con ellos...”.(1) En efecto, tampoco nosotros estamos exentos de ello y eso nos pulsa a la construcción más cuidadosa --a nuestro modo de ver, obviamente-- de los argumentos que asumimos para defender las ideas que como hipótesis pretendemos demostrar en este artículo.

Por eso pensamos que los cuestionamientos siguientes podrían tomarse como pivote en la construcción teórica de un sistema cognitivo que gire en torno al concepto de habilidad. Las preguntas en rigor podrían ser: ¿qué relaciones de esencia podrían estructurar el concepto de habilidad?, ¿qué argumentos sostener en defensa de los criterios de clasificación del concepto de habilidad?, ¿cómo demostrar convincentemente que la habilidad puede --o no-- convertirse en hábito?, ¿cómo se conforma estructuralmente una habilidad?, ¿cuál es la estructura de un hábito?, ¿existe alguna relación específica entre la formación de las habilidades y los niveles de enseñanza?, ¿qué relación ha de establecerse entre la habilidad, el hábito y el conocimiento?, ¿qué lugar ocupan estos hechos psíquicos en la autorregulación de la persona?, ¿qué valor metodológico conferirle a esta realidad psíquica bajo la óptica de la efectividad de la gestión profesional docente y de aprendizaje?
Desarrollo
Si tomamos como pivote referencial la psiquis humana y examinamos su regulación instrumental, el concepto de instrumento psíquico, abordado consecuentemente por el destacado científico bielorruso L.S.Vigotsky en las ciencias psicológicas, constituye la realidad más coherente con nuestro objeto de estudio, a saber, las instrumentaciones psíquicas.

¿Por qué abordar la problemática de las habilidades desde el concepto de instrumentaciones psíquicas? ¿Por qué acuñar un nuevo término para la psicología, si el concepto de habilidad culturalmente manido no sólo puede designar la realidad metodológica deseada, sino también logra aparentemente aproximarnos a soluciones de problemas que se erigen como escollos de aquella?

Como bien hemos titulado el presente artículo, la hipótesis que pretendemos demostrar reside en la improbabilidad de definir el concepto de habilidad profesional, a diferencia del concepto de hábito profesional. De modo que el contexto profesional pudiera ser un criterio lícito para clasificar las operaciones, la vinculación de las operaciones con el ejercicio de la profesión, lo cual no debe ser igualmente adjudicable a la acción como realidad psíquica susceptible de convertirse en habilidad intelectual, general a cualquier profesión.

El “peaje” que estamos pagando por determinadas posiciones teóricas y metodológicas es en extremo elevado, sobre todo si de realidad psíquica se trata. En primer lugar, ¿por qué hablar de las habilidades como realidad psíquica genérica, si contamos con los aportes teóricos que en materia de instrumentaciones psíquicas realizara L.S.Vigotsky?, ¿qué falta hace asirse al concepto de habilidad para expresar una realidad ya contenida en el concepto de instrumentación psíquica? De nuevo el desconocimiento de la historia de la ciencia nos pisa los talones y eso puede abocarnos lamentablemente a descubrimientos ya descubiertos. Hoy y siempre estarán más presentes que nunca las ideas leninistas sobre la necesidad de volver una y otra vez a las fuentes originarias del conocimiento, pues sin ellas, bien pudiéramos estar pintando de un nuevo color los edificios ya construidos en la palestra científica. Indudablemente, esto es lo que debe estar ocurriendo en las ciencias psicológicas y, específicamente, en el estudio del concepto de habilidad.

¿Por qué tanta preocupación hoy día con el problema del aprendizaje --y la enseñanza-- de las instrumentaciones --de las habilidades?

La respuesta más atinada que hemos hallado apunta al valor extremo que al conocimiento científico hoy se le adjudica. De concebir esta idea, entonces la atención ha de ser desplazada a aquellas condiciones que permiten su formación y desarrollo. Y de “bruces nos damos” cuando planteamos la cuestión de las instrumentaciones. Si la idea basal que se destaca reside en la dialéctica de la relación entre lo cognitivo y lo instrumental, no cabe dudas de la necesidad de “hacer blanco” en lo segundo, escenario al que no todos han accedido y, por consiguiente, no se ha aportado la claridad suficiente como para considerar concluido el problema de las investigaciones en el campo de la naturaleza instrumental de lo psíquico.

No somos nosotros ni es la primera vez que se advierte la validez cimera que tiene el aprendizaje de las instrumentaciones. Lo que sucede es que a la enseñanza de algo, necesariamente precede su aprendizaje, su investigación rigurosa. Y ese no es el caso de las instrumentaciones conscientes o de su nivel más alto de dominio: las habilidades.

Aun cuando el concepto de habilidad está más que cristalizado en la arena psicológica, no podemos dejar de combatir en el sentido que se ha empleado y se emplea, pues las brechas metodológicas que se advierten no dan margen a la solución de otras cada vez más complejas que aparecen. De ahí que nos detengamos también, en el transcurso del presente escrito, en la diferenciación de los conceptos de instrumentación, habilidad, hábito, acción y operación. Sirvan de base para el análisis las siguientes ideas hipotéticas:



Primero. Que toda habilidad es una instrumentación.

Segundo. Que la instrumentación de naturaleza intelectual consciente es una acción.

Tercero. Que la instrumentación susceptible de convertirse en habilidad es de naturaleza intelectual consciente.

Cuarto. Que cualquier acción no necesariamente es una habilidad.

Quinto. Que la habilidad es aquella acción que ha sido plenamente dominada.

¿Cómo demostrar que el concepto de habilidad es lícito para designar aquella acción que se distingue por su elevado nivel de dominio? No creemos que alguien pueda objetar el hecho de que el ser humano, en sus distintos estadios psíquicos en la ontogénesis, se halla bajo el yugo de diferentes conceptos psicológicos que los designan. Así, cuando el desarrollo psíquico del ser humano focaliza el período de cero a un año de nacido, a aquel se le reconoce como lactante. Cuando ese mismo desarrollo alcanza aproximadamente las edades cronológicas de uno a tres, ahora se emplea un nuevo término para designarlo: el niño de edad temprana y así sucesivamente.

En una “escala psicológica” y asumiendo como criterio de periodización del desarrollo psíquico la denominada actividad rectora propuesta por D.V.Elkoñin y epígonos, la persona puede ser identificada como lactante, niño de edad temprana, preescolar, escolar, adolescente, joven o adulto. Eso mismo tiene lugar, pensamos, cuando del concepto psicológico de habilidad se trata.

Si tomamos como pivote la realidad epistemológica de cualquier otro campo del saber, es muy probable que nuestras posiciones se confirmen. No es difícil escuchar a los entendidos, digamos, en el área de la meteorología, decir: la depresión tropical se ha elevado a la categoría de huracán. En efecto, del huracán que ahora se habla no fue desde siempre huracán, sino que primero se le valoró como depresión, más tarde como tormenta y, posteriormente, en dependencia de los valores elevados que fueron adquiriendo múltiples indicadores de su existencia, se le adjudicó al mismo fenómeno natural la categoría de huracán. ¿Qué idea necesitamos hacer explícita? Que aun cuando se le atribuyan diferentes denominaciones a este objeto de estudio, Vg., depresión, tormenta, huracán, siempre estamos examinando, a tenor de su esencia, el mismo objeto de estudio meteorológico, sólo que bajo diferentes expresiones fenoménicas. Esta idea es sumamente importante para ilustrar lo que deseamos en el contexto de investigación psicológica. La diferencia conceptual de las expresiones fenoménicas proviene de los valores distintos que asume el mismo hecho natural dentro de una escala de valores previamente determinados.

¿Qué es una habilidad?, ¿de dónde surge ese hecho psíquico y qué argumentos tenemos para demostrar su validez conceptual?

Es poco probable encontrar un área del saber psicológico en la que no se haya focalizado el término acción. Cualquiera que sea la autoría o posición de un investigador en este campo, no escapa de dicha realidad psicológica. De las acciones psíquicas no sólo hablan las variables dependientes o independientes en las investigaciones de sesgo psicológico, sino también sus propias variables intervinientes o ajenas. Es razonable; ¿cómo estudiar la actuación personal concreta, si no se valora la regulación cognitiva e instrumental --habilidades-- de la personalidad? ¿Cómo hablar de ejecuciones personales, si no se aborda el problema de sus acciones y operaciones en el plano metodológico-instrumental concreto? ¿Qué investigador no está definitivamente preocupado por la efectividad de la persona en su puesto profesional, por lo cual se entiende el dominio de sus procesos de naturaleza instrumental, con independencia del preconcepto --destreza, capacidad, etc.-- o el concepto --habilidad, hábito, acción, operación-- que se le adjudique?

Uno de los conceptos fundamentales que se connota en términos categoriales en la denominada psicología marxista es el concepto de actividad. En los trabajos tempranos de L.S.Vigotsky, el concepto de actividad pasa a primer plano como uno de los métodos más relevantes para construir una psicología científica. Así, epígonos de sus posiciones --S.L.Rubinshtein, A.N.Leontiev, A.R.Luria, A.V.Zaparozhets y otros-- defendieron sin tregua la posibilidad de operacionalizar la abstracción de aquel concepto, devenido principio de esta ciencia. Es así como aparecen los constructos de acción y de operación en el contexto del análisis psicológico de la actividad. “...Denominamos acción --sentencia A.N.Leontiev-- al proceso que se subordina a la representación de aquel resultado que habrá de ser alcanzado, es decir, el proceso subordinado a un objetivo consciente”.(2) No se hace difícil constatar la relación estrecha e ineludible que el autor establece entre la acción y el objetivo. De manera que si “...la cuestión de la formación del objetivo. (...) es un gran problema psicológico”,(3) como bien él mismo señala, entonces la duda desaparece cuando defendemos que la acción también lo es. Toda acción, sea cual fuere el contexto en el que se ejecute, es y será siempre un hecho de naturaleza psíquica.

¿Qué es lo que nos interesa destacar con todo esto? Por un lado, la necesidad de separar con la mayor rigurosidad posible el concepto científico de acción de las preconcepciones que de él se tienen, pues no son pocas las veces que yuxtaponemos a este término cualquier otro vocablo para designar cualquier tipo de ejecución personal. Por otro, abogamos por la ausencia de argumentos para objetar que el mínimo común denominador de toda actuación humana es y debe ser la acción dado su carácter consciente. “...A la esfera de la investigación psicológica (pertenecen), --sentencia S.L.Rubinshtein-- los movimientos, las acciones y el comportamiento de los individuos...”.(4) “La aparición de la conciencia --continúa expresando este mismo autor-- estriba en la aparición de las acciones conscientes,...”.(5) Es poco probable que lo dicho deje lugar a dudas con respecto a que toda acción es un hecho psíquico de naturaleza instrumental consciente. El carácter consciente de la acción está en la complejidad de su ejecución. El hecho de no poder realizar más de una acción cada vez confirma decididamente la idea anterior. Tomemos a guisa de ejemplo la necesidad de retomar nuevamente la lectura de que una página de texto, al estar pensando en alguna otra cosa. Focalizar nuestra atención en cualquier otra representación, no dejará margen a la valoración o interpretación de lo que en ese momento estamos leyendo.

Ahora bien, ¿dónde ubicar aquellas ejecuciones que se producen a nivel inconsciente, como las operaciones, que según el autor referido poseen origen, dinámica y función diferentes? La brecha principal de alto riesgo que dejó A.N.Leontiev en su sistema referencial teórico consiste, a nuestro modo de ver, en la posibilidad de que las operaciones podrían derivarse de la actividad consciente, o sea, de las acciones. ¿No es acaso notoriamente contradictorio el hecho de que “...las acciones y las operaciones tienen distinto origen, distinta dinámica y distinta función a realizar”(6) y que, al mismo tiempo, las segundas puedan ser derivadas de las primeras --como él mismo proclama? ¿Cómo relacionarlas psicológicamente sin que la ambigüedad “asome a la puerta” de la interpretación, al adjudicarles a ambas el carácter consciente de la regulación psíquica?

Lo psíquico es tan consciente como inconsciente --subrayamos. De aceptar esta idea, entonces las ejecuciones conscientes --como lo hizo Leontiev-- pueden ser denominadas acciones. Pero las ejecuciones pertinentes a la regulación inconsciente ya no pueden ser así definidas. No en balde, el propio Leontiev al conceptuar esta realidad instrumental psíquica expresa: “...el destino de las operaciones, más tarde o más temprano, es convertirse en funciones mecánicas”.(7) Lo que si queda claro, como se infiere de la cita tomada, es que las operaciones no pueden ocultar su naturaleza inconsciente. A propósito, nosotros no abogamos por el uso del vocablo “mecánico”, pues lógica y psicológicamente es mucho más lícito utilizar el término “inconsciente”. No nos asiste razón alguna para introducir en el razonamiento psicológico el término mecánico, si podemos expresar lo mismo tras los designios del inconsciente.

Lo inconsciente en la actuación personal --como hemos dicho en oportunidades anteriores-- no debe ser sinónimo de incognoscible, oscuro, profundo, misterioso o impenetrable, como suele apuntarse por estudiosos y seguidores de la temática. Lo inconsciente, como contrario dialéctico de lo consciente, debe ser considerado como aquella realidad psíquica que difiere de la segunda por su grado de implicación en la regulación del comportamiento del sujeto.

Si en determinadas especies de animales hay psiquismo, como está más que demostrado, entonces no se hace difícil suponer que su conducta está regulada por la psiquis. Pero lo que también queda claro es que al psiquismo animal no le son dadas formas de regulación consciente, sólo conferida funcionalmente a expresiones altamente organizadas de la materia. La posibilidad de reflejar la realidad de manera mediata es lo mismo que decir que existe la posibilidad de que dicha realidad pueda ser estructurada en conceptos, o sea, pueda ser organizada en constructos semánticos. Y esta posibilidad le está negada al mundo animal, sea cual fuere su nivel de desarrollo en la filogénesis.

Dicho de otro modo, si la regulación es una función inherente al psiquismo, esta se produce tanto en el animal como en el hombre. Al ser evolutivamente superior, la regulación psíquica que en el ser humano se produce puede ser también de naturaleza consciente. Pero es que las formas de regulación inferiores en él no han desaparecido; de ahí la posibilidad de regular su conducta también a nivel inconsciente.

Sin embargo, al animal no lo queda más que una opción: la de regular su conducta en consonancia con las propiedades inherentes a las formas de regulación psíquica menos desarrollada: la inconsciente.

El hecho de hablar de ejecuciones inconscientes y conscientes no da derecho lógico alguno para pensar que las últimas pueden convertirse en primeras. Ello se debe, como habíamos dicho, a que las formas superiores de organización de la materia --como lo es la naturaleza consciente de la regulación psíquica-- no pueden, bajo ningún concepto, convertirse nuevamente en formas inferiores de regulación. Lo superior, ontológicamente, no puede descender ya más a lo inferior. Así lo dicta el movimiento eterno de la naturaleza; y así también lo impone el movimiento de la naturaleza psíquica.

También en los animales hay operaciones psíquicas que se producen. Aun cuando quedan limitadas únicamente a a la comparación y a la identificación, como pensamos, necesariamente las hay, pues también en ellos se produce conocimiento y no existe otra forma de que este último se genere que no sea a través de una instrumentación.

Esto trae a colación la relación necesaria de la categoría actividad con los componentes que la estructuran --acciones y operaciones. El enfoque jerárquico adjudicado por A.N.Leontiev a las acciones y operaciones que conforman la actividad, a nuestro juicio, no refleja con rigor el comportamiento psíquico humano a nivel de las expresiones consciente e inconsciente de su regulación. “...Con relación a la acción --expresa este autor-- la operación no constituye de ningún modo algo “separado”, al igual que la acción con respecto a la actividad”.(8) Ahí precisamente está su talón de Aquiles, el punto más vulnerable y peligroso de su razonamiento, pues con respecto a la acción, la operación tiene que estar psicológicamente separada de ella. Si lo consciente no puede devenir inconsciente porque lo primero es ontológicamente superior a lo segundo, entonces las operaciones nunca fueron conscientes, si es que pueden convertirse en funciones inconscientes, o sea mecánicas, según su propia expresión.

Sin embargo, el punto de nuestros encuentros debe hallarse en que tanto la acción como la operación no constituyen de ningún modo algo “separado” de la actividad. ¡Eso sí! La actividad, al estar compuesta de acciones que son conscientes, como se ha demostrado, también es de naturaleza consciente; pero justo por estar la actividad compuesta de operaciones que son inconscientes, aquella es también irrefutablemente inconsciente. De modo que la actividad humana es tan consciente como inconsciente.

Esto podría esgrimirse como razón primera para demostrar que en los animales hay actividad, no precisamente por el hecho de que tienen que satisfacer una necesidad, sino, porque a ellos le son también inherentes determinadas ejecuciones para lograr satisfacerlas y ellas responden, por antonomasia, a la naturaleza inconsciente de la regulación psíquica.

Ahora bien, si necesitáramos --como lo es el caso-- sintetizar en un sólo hecho psíquico lógicamente conceptuado la acción y la operación, no nos servirá de mucho --o mejor dicho, de nada-- emplear el concepto de actividad, pues en sí misma ella no existe más que a través de sus componentes constitutivos: las acciones y las operaciones. La actividad sólo puede ser registrada mediante sus acciones y/u operaciones constituyentes. De ahí que hayamos empleado el concepto de instrumentación para sintetizar en él acciones y operaciones debido a que toda acción --como toda operación-- es una instrumentación, pero no una actividad, sino únicamente una parte de ella. La actividad no se reduce a la acción, pero la acción sí es un hecho psíquico de naturaleza instrumental consciente que responde a la actividad. Lo instrumental, por lo tanto, puede designar a la acción consciente como a la operación inconsciente, razón que confiere legitimidad a la idea de que las instrumentaciones puedan ser conscientes e inconscientes. Dicho de otro modo, las instrumentaciones conscientes y las acciones son una y la misma cosa, en tanto las instrumentaciones inconscientes y las operaciones también lo son.


Toda acción es consciente como toda operación es inconsciente.
En efecto, desde el punto de vista ontológico, la ejecución repetida de una acción --su perfeccionamiento-- puede hacer que esta llegue a dominarse. Lo mismo puede ocurrir con una operación. De ello puede inferirse que la persona puede ir alcanzando niveles cada vez más elevados en el dominio de la acción. La acción gradualmente podrá seguir el curso ascendente con respecto a diferentes niveles de dominio. Lo mismo que el adolescente al desarrollarse psíquicamente deviene joven, la acción al dominarse plenamente se convierte en una acción dominada. A este caso específico le llamamos habilidad. Sería justo sentenciar entonces que la habilidad es una acción plenamente dominada; es la acción que ha alcanzado el nivel más alto en los gradientes de dominio convencionalmente predeterminados. Este razonamiento puede ser generalizable a la operación que por su elevado grado de dominio puede convertirse en un hábito.
Las instrumentaciones motoras pueden devenir hábitos;

las intelectuales –habilidades.
En resumen, toda habilidad es una acción y, a su vez, toda acción es una instrumentación. Ahora bien, no toda acción es habilidad y no toda instrumentación es acción. Sólo puede considerarse acción aquella instrumentación que es consciente y deviene habilidad únicamente aquella acción que logre ser ejecutada con un alto nivel de dominio. De no ser dominada, la acción puede continuar realizándose a otros niveles de dominio más bajos, pero que no denotan la excelencia instrumental de quien la ejecuta.

Por su propio peso, cae ahora en el análisis el manido término de estructura interna de las habilidades. ¿Qué necesitamos a esta altura esclarecer? Por un lado, que el concepto de estructura interna de las habilidades nos parece lógicamente inconsistente, pues de haber una estructura interna, tendríamos que referirnos en algún momento a una estructura externa y bien sabemos que de eso jamás se ha hablado. ¡Ni se hablará! Desde el punto de vista filosófico, la estructura define la organización --la forma-- del objeto. Detengámonos brevemente en este acápite.

Aludir a la organización de un objeto no es focalizar su aspecto externo ni interno. A nuestro modo de ver, la premisa falsa de todo razonamiento en torno a las valoraciones filosóficas de la estructura como concepto ha de hallarse en la yuxtaposición injustificada de aquella con lo interno y la esencia. No puede obviarse que generalmente los conceptos de estructura, lo interno, el contenido y la esencia han sido superpuestos. No por pueril deja de ser importante la idea de que la existencia de las relaciones categoriales filosóficas entre la estructura y la función, lo interno y lo externo, el contenido y la forma y la esencia y el fenómeno perpetúan alguna diferencia sustancial entre sí. De no ser así, entonces tres pares de categorías sobran. O sea, si la estructura y la función es lo mismo que lo interno y lo externo, que el contenido y la forma y que la esencia y el fenómeno, entonces no hacen falta cuatro pares de categorías para decir justamente lo mismo. El riesgo de la ambigüedad categorial no está lejos, de ser aquellos idénticos. En última instancia, la estructura es una abstracción y el hecho de serlo ya implica que no es ni interna ni externa. Al valorar algo como interno es imprescindible que se fije el eje de relación de medida o criterio de relación. O sea, si algo es interno hay que precisar con relación a qué lo es, pues con respecto a eso mismo habrá otra cosa que será externa. Eso debe quedar convincentemente demostrado.

De ahí que no debamos hablar de estructura interna de las habilidades, sino de la organización instrumental de sus invariantes, o lo que es lo mismo, de las instrumentaciones que las configuran. Esto ha dado lugar a posiciones autorales psicológicamente inconsistentes, como la que dicta que una habilidad puede estar conformada por un sistema de acciones (Petrovsky, 1985), idea que al parecer prevalece casi definitivamente sobre el estudio de las habilidades en los círculos más ortodoxos del denominado enfoque histórico-cultural. El mayor riesgo que a esta posición le atribuimos es la de crear un problema metodológico insalvable en la gestión de quienes aprenden y enseñan.

No son pocas las veces que escuchamos hablar a nuestros colegas sobre la imposibilidad de que acciones como la clasificación, la valoración, la demostración y otras, puedan ser ejecutadas sin la participación de la conciencia, luego de haberlas repetido una y otra vez en nuestras ejecuciones. En efecto, aferrados obsesivamente a la concepción de A.N.Leontiev, según el cual es posible la conversión de lo consciente en inconsciente y, por ende, de las acciones en operaciones, es poco demostrable la utilidad de las proposiciones metodológicas que en este sentido pudieran hacerse. ¿Cómo admitir que podamos demostrar algo en el plano inconsciente, si generalmente la plena conciencia del tal ejercicio --la demostración-- no nos basta para realizarlo con toda la rigurosidad que ello amerita? Razonablemente, si las premisas preestablecidas para un razonamiento son vulnerables, no cabe la menor duda de que las conclusiones resultantes serán asimismo vulnerables. Lo que a nivel consciente se construya, no deberá pasar al plano de lo inconsciente, por mucho que se repita y se domine.
Una habilidad, dado su carácter consciente, no puede devenir hábito.
No debe haber conocimiento alguno, ni instrumentación alguna, que luego de haberse formado y dominado a nivel consciente se convierta en un hecho de naturaleza inconsciente. Eso sería psicológica y filosóficamente inconsistente. Una habilidad, dado su carácter consciente, no puede devenir hábito. Esto responde al hecho de que la acción y la operación responden a naturalezas psíquicas diferentes.

Una acción está formada por otras acciones, pero no por operaciones, pues la naturaleza consciente de lo psíquico no da lugar a hechos de naturaleza inconsciente. Bien sabemos que lo que aprendemos conscientemente ya no es posible hacerlo inconsciente. Psicológicamente, sólo podemos tener bajo control una y solo una acción cada vez. Por el hecho de no estar siendo ahora mismo controladas, no significa que las restantes aprendidas pasaron al inconsciente, sino que configuran lo no conscientizado, como aquella parte de lo consciente que conserva lo susceptible de ser evocado voluntariamente en un momento dado. Por eso, para ejecutar determinadas instrumentaciones, digamos, la valoración o la clasificación, hace falta concientizarlas, o sea, que se hallen bajo el control de lo consciente.

Tratemos de entender que por muy dominadas que estén las invariantes estructurales de estas instrumentaciones, resulta poco probable que puedan ser ejecutadas inconscientemente. Cuando la persona ejecuta otras instrumentaciones simultáneamente, entonces estas segundas son de carácter inconsciente. Lo consciente y lo inconsciente son "dos caras de la misma moneda" --lo psíquico, y por lo tanto, no se hallan en relación de subordinación, sino de concomitancia. Si se nos permite la expresión metafórica, no tardaríamos en declarar que lo consciente ha de representar un islote en el océano infinito de lo inconsciente.

Lejos de pensar que la adquisición de un mayor nivel de dominio en la ejecución de una acción constituye el indicador fundamental que señala su paso al plano de lo inconsciente, consideramos todo lo contrario. El pleno dominio de una acción significa que ahora su manifestación responde a indicadores diferentes en los que subyace una nueva dirección del movimiento de la conciencia, a saber, la rapidez de la ejecución, la eliminación de errores, así como la mediación del carácter metacognitivo del proceso mismo, pero no su inconscientización, si es que pudiéramos así llamarle. La rapidez y la eliminación de errores no implica indicadores de conocimiento; sí la mediación del carácter metacognitivo cuando es mayor el control de la ejecución de las acciones. La rapidez y la eliminación de errores también es común a las instrumentaciones inconscientes cuando están dominadas.

En resumen, las acciones siempre están y seguirán estando constituidas por otras acciones, en tanto las operaciones estarán únicamente conformadas por instrumentaciones de igual naturaleza: otras operaciones.




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