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Revista F@ro – Año 2 – Número 4

http://www.upa.cl/revistafaro/

ISSN 0718-4018
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Las políticas públicas de Comunicación en tiempos

de multinacionales y simulacros mediáticos [1]

Víctor Silva Echeto [2]

Universidad de Playa Ancha

1. Contexto: los límites de lo público


A primera vista resulta curioso que en América Latina se siga hablando de "políticas públicas de comunicación", expresiones supuestamente redundantes [3] que dan cuenta de la creciente privatización que se ha ido produciendo en el continente. Sin embargo, si se analiza la historia reciente del sur de las Américas, ese asombro se explica por las políticas que han seguido los gobiernos en los diferentes países de la región en los últimos 30 años. Dictaduras militares (radicalizadas por la implementación económica del neoliberalismo y la red de torturas y desapariciones que llevaron adelante los gobiernos de la región al consumarse el Plan Cóndor); transiciones tuteladas por los militares que sólo maquillaron las políticas dictatoriales, convirtiéndose en postdictaduras más que en regímenes democráticos autónomos de los militares.

En Chile, por ejemplo, a 16 años de finalizada la dictadura, en julio de 2005, se cambiaron solamente algunos aspectos de la Constitución aprobada durante el régimen de Pinochet en 1980, aunque ella no fue modificada en su totalidad; el neoliberalismo se ha profundizado aumentando sin descanso la brecha entre los diferentes sectores sociales; mientras que derechos básicos como la educación, la salud y la seguridad social, quedan en manos de multinacionales de distinto tipo y de Bancos. En materia de comunicaciones, mientras los grupos económicos Edwards (dueños de El Mercurio) y Consorcio Periodístico de Chile (Copesa), controlan la mayor parte de la prensa, en el año 2004 uno de los candidatos presidenciales de la derecha, Sebastián Piñera del partido Renovación Nacional, integrante de la Alianza por Chile, adquirió parte del paquete accionario del canal de televisión Chilevisión, siguiendo la lógica de algunos empresarios-candidatos europeos como es el caso de Silvio Berlusconi en Italia.

Al mismo tiempo, la prensa y la televisión hacen el catastro de las proezas de la tecnocracia que finalmente confunde realidad con marketing, "cuerpo con novedad, participación ciudadana con orden público" (Ossa, 2001: 2). La noticia, como acontecimiento, se convierte en anécdota; "los pobres" transformados en "delincuentes" cada vez ocupan más espacios en los informativos de televisión, generándose mayores vías de control social. Las "tecnologías del yo" (Foucault) muestran y hacen visible (e invisible) una "sexualidad" (como control del sexo), transparente, sin cuerpos, mientras a la sociedad se le niega el derecho a discutir temas claves como el aborto, la pastilla del día después (con el eufemístico nombre que corresponde) y la natalidad. Las farmacias abundan, así como la automedicación y las patologías psiquiátricas, fundamentalmente, entre los jóvenes. Así como la Iglesia Católica difunde publicidades sobre la supuesta corrección de la familia chilena, pero no dice nada sobre el incremento de la violencia de género.

Paralelamente, la oferta de las redes de televisión, que suman cuarenta mil horas anuales en la programación abierta y un millón doscientas mil horas en el cable, se concentra en una producción donde prima la redundancia y la vuelta sobre "lo mismo". Es así que los únicos sismos que padecen los chilenos en sus casas son producto de la situación geográfica del país y no de la oferta mediática. "No hay posibilidad de discordia ya que el conflicto es trabajado en la comunicación como un hecho externo e inusual, no deseado por la política" (Ossa, 2001: 4), y por ello, dar vueltas sobre los mismos temas y personajes permite que se unifique y vuelva horizontal la falla subjetiva y se expulse a la otredad insatisfecha que no habla ni imagina las palabras de un Chile correcto, olímpico [4] y normalizado. Se normaliza un "orden del discurso" (Foucault) centrado en la moralidad y en las buenas costumbres, sin política ni políticos. Éstos no son más que personajes de ese reality show permanente, más cercano a Un mundo feliz que a 1984.

El desecho del espacio público se ha transformado en un shopping que muestra en sus vidrieras la pornografía de un país que se esconde a sí mismo. Mientras que la transición se cierra con el horror a la política de la disidencia. Las universidades son un local más de ese país convertido en shopping [5]; desaparecen los autores (y no justamente por una rebeldía antiedípica) y se ausentan los deseos que no terminan en el consumo. Las ciencias sociales y humanas se relocalizan en asesoras de empresas y de partidos políticos (generalmente los de derecha) y la actualidad se impone disfrazada de oportunidad, desarrollo, realismo u "opinión pública". El receptor activo por el que tanto hicieron los cultural studies, se oscurece frente a los estudios de mercado, convirtiéndose la cultura en marketing y el país en un gigantesco mercado con ausencia absoluta del Estado- nación.

Si el tema es "la política" y "lo público" en materia de "comunicaciones", hay que considerar que la dictadura militar que procedió al golpe de Estado de 1973, no sólo destruyó materialmente, "la regularidad del orden social y político que sustentaba la tradición democrática en Chile sino que aconteció también, simbólicamente, como 'golpe a la representación'" al provocar una serie de fracturas y rupturas "en todo el sistema de categorías que, hasta 1973, formulaba una determinada comprensión de lo social en base a reglas de inteligibilidad compartidas" (Richard, 2001). La continuidad histórica es trastocada, y no justamente por una lectura histórica de la postmodernidad que fractura discontinuamente la linealidad temporal de la modernidad; así como su racionalidad se transforma en economía de mercado (neoliberalismo) y racionalidad del miedo. Como después de Auschwitz, ya no es posible nombrar, representar, ni pensar. Se pierde la palabra, "como suspensión traumada del habla", debido a los múltiples cristales en que se quiebra el espejo de la identidad. La representación produce un choque brusco entre "lo familiar (la regularidad del orden democrático con sus convenidos hábitos de participación social) y lo siniestramente desconocido (la violencia homicida y sus destrozos)" (Richard, 2001) [6].

Frente a ese panorama: ¿es posible en Chile, y, por extensión, en América Latina pensar en -y vuelvo a la redundancia necesaria- políticas públicas de comunicación? ¿Cómo pensarlas cuando del Estado queda un recuerdo borroso y lo público se ha opacado detrás de la fachada "supuestamente" exitosa del neoliberalismo? ¿Las políticas públicas no son un arcaísmo sin posibilidades de retorno en época de retirada del Estado- nación, de globalización económica, de mundia- localización cultural, de red de redes, de digitalización y de simulacro mediático? ¿Cómo pensarlas en el contexto más amplio de integraciones regionales económicas y (des) integraciones culturales?

2. Políticas públicas o políticas publicadas


Hay una coincidencia entre estos años y los '80 en el tema "Políticas públicas de comunicación". En los '80 existía la urgencia de pensarlas en la medida en que se salía de las dictaduras militares que habían impuesto no solamente una política del miedo en la región, sino que habían implementado el neoliberalismo. Lo público, en una línea sin retorno hasta ahora, comenzaba a ser sustituido por lo privatizado (y no justamente por lo privado de cada individuo en su cotidianeidad), los sujetos y la sociedad inician un proceso de resignación en la cómoda y confortable pantalla del consumo y la política es objeto de descarnados datos, mientras que los Estados ya sin naciones abren el camino a las multinacionales (lógica paradójica, diría Virilio). Los "sueños de la modernidad" se hacen trizas, se endiosa al mercado y el nuevo (des)orden mundial se estructura a base de las lógicas de las empresas multinacionales. Conceptos macros de la modernidad, como eran los de clase, Estado y Nación, ya no son apropiados para analizar la diseminación de las diferencias de género y étnicas. Mientras que las alteridades emergen desde sus agenciamientos (empoderamiento) activando performativamente reivindicaciones que habían sido opacadas por la modernidad, que seguía "su empuje" hacia adelante en la línea evolutiva de la historia, aunque su "freno" estaba en esa misma historia. Del macro disciplinamiento a las microfísicas (Foucault) del poder diseminado y distribuido a lo largo del amplio tejido de la socialidad, que desde el caos y la heterogeneidad, reemplaza la supuesta identidad y homogeneidad de la sociedad. Es así, que se desconfía cada vez con mayor frecuencia de la noción de identidad, aunque se la intente pluralizar para hacerla más aceptable.

Los sueños utópicos de Jürgen Habermas (1994), contextualizados en su planteamiento sobre la acción comunicativa, de que el debate público es la única posibilidad de superar los conflictos sociales, gracias a la búsqueda de los consensos que permitan el acuerdo y la cooperación pese a los disensos, se desvanecen. Así, como las lecturas neofuncionalistas de Niklas Luhmann, que para concebir a la esfera pública sigue el método funcionalista que convierte a las redes de interacción en un motor de equilibrio social.

Las multinacionales de la comunicación derrumban ese "castillo" construido con la debilidad de los naipes que al soplarlos se desmoronan. Por tanto, otro "sueño" de la modernidad se desvanece, el de la opinión pública, "surgida, no por casualidad, al mismo tiempo que la 'nueva ciencia' de la representación democrática" (Hardt y Negri, 2004: 297). En ese momento se interpretaba que la opinión pública era la voz del pueblo (otro concepto moderno), "y se estimó que en la democracia moderna desempeñaba una función equivalente a la de la asamblea en las democracias antiguas: un espacio donde el pueblo se expresa sobre los asuntos públicos" (Hardt y Negri, 2004: 297). Desde mediados del siglo XX hasta la actualidad, la opinión pública se ha ido transformando, primero, en opinión publicada y, ahora, en digitalización, simulacro de encuesta y marketing.

Otra propuesta para debatir la crisis de lo público y, por extensión, del Estado- nación, es la de Michael Hardt y Antonio Negri. Ésta intenta recuperar los conceptos de comunidad (lo común) y de multitud por fuera de la noción moderna y disciplinaria de soberanía [7]. Esta idea tampoco es actual y original, ya que el concepto de "multitud" relacionado con el de "masa", surge en forma negativa con el auge y desarrollo de las ciudades en el siglo XIX. En el ensayo de Scipio Sighele (1868- 1913) la multitud criminal, publicado en 1891, se extrapola la "psicología individual" a la "psicología colectiva". El concepto de "crímenes de la masa" agrupa todas "las violencias colectivas de la plebe", así como las huelgas obreras con disturbios públicos. La idea de que los dirigentes hipnotizan a las masas adquiere importancia y son un antecedente directo de la teoría funcionalista.

Sin embargo, Michael Hardt y Antonio Negri (2004: 241), intentan alejarse de ese antecedente histórico y plantean que la estrecha relación en lo común de lo comunitario y de la multitud no significa acercarse a un concepción comunitarista donde la comunidad se encuentra por sobre los individuos, sino que como singularidades, en un proceso de comunicación, expresan sus opiniones libremente. También esta noción rompe con las tradiciones republicanas del Estado jacobino y/ o socialista, tal como se desarrollaron en los siglos XIX y XX. Éstas concibieron lo público como un patrimonio del Estado y el principio de interés general se convirtió en un atributo de la soberanía. En la postura de Hardt y Negri, la soberanía es desplazada por una nueva forma de organización social que, para estos teóricos, se denominan "singularidades" y "multitudes". También, ese concepto de "multitud" se relaciona con el foucaultiano y deleuziano de "multiplicidades". Una señal de ese intento de Hardt y Negri de reformular la noción de "multiplicidades" como "multitudes" es su estrecha relación con el de "singularidades", también presente en la obra de Foucault, Deleuze y Guattari.

Las singularidades sociales (multitud), para Hardt y Negri, desplazan a la soberanía, en virtud de su propia actividad biopolítica y de los bienes y servicios que posibilitan la reproducción de la propia multitud. "Ello implica que se opera un tránsito de la res publica a la res communis " (Hardt y Negri, 2004: 243). La esperanza que estos teóricos depositan en la comunicación como forma de vertebrar a las separadas singularidades en época de poderes globales, aunque consideren que se aleja de la acción comunicativa habermasiana, tiene más en común que lo que ellos consideran y, por tanto, indican en su texto. Volvemos a esa propuesta utópica de pensar que la "razón comunicativa" es la posibilidad de superar los conflictos sociales y de enfrentarse a la "razón instrumental" del capitalismo tardío neoliberal. También, las vueltas que dan Hardt y Negri sobre la ambigua noción de multitud, no permite clarificar conceptualmente por donde pasa la liberación de estos agenciamientos que intentan emanciparse de la historia; más bien sus propuestas tienden a confundir.

Armand Mattelart y Érik Neveu desde una lectura neogramsciana, similar a la del Martín Barbero de los medios a las mediaciones, señalan que "las redes e industrias de la cultura y de la comunicación están en el origen de nuevas formas de construcción de la hegemonía". No obstante, estas ideas como las de Martín Barbero, quedan atrapadas en una lectura binaria, mecánica y polar del poder, poco adecuada a la proliferación de micropoderes itinerantes. Las salidas estratégicas ya no pasan por analizar aisladamente a los medios de comunicación, sino incorporar los multimedias, el debate sobre la ocupación del ciberespacio y el control de las redes que se diseminan descentralizadamente, considerando que la comunicación y la información no son una mercancía más entre otras, sino un "bien comunitario" e intangible que es preciso preservar no en el museo estancado de la historia sino en el devenir de las comunidades que lo ocupan y lo transgreden con creatividad. Y no puede ser menor la responsabilidad de los investigadores en época de capitalismo tardío, donde el trabajo intelectual ocupa un lugar clave, al ser sometidos a nuevos cuestionamientos y reabrirse las posibilidades de articulación entre trabajo intelectual y compromiso social que se creían desaparecidas.

3. De las políticas publicadas a la digitalización multimediática


En ese marco, hay que pensar y discutir las políticas públicas de comunicación, en épocas de mutaciones civilizatorias, de velocidades que sólo conciben el "arte" del "motor" y la "estética" de la "desaparición". Así como la exasperante abundancia de simulacros (vacíos de representación) y su circulación incesante junto con imágenes sin imaginarios, emplazan el debate en un contexto novedoso y complejo, para el cual las propuestas de las décadas pasadas, las buenas intenciones o las recetas políticas que reducen el debate no tienen lugar.

Un concepto que ha estado figurando en la mayor parte de las propuestas en los últimos 20 años para escapar tanto del funcionalismo como de la teoría crítica frankfurtiana, ha sido el de mediaciones. Por una parte, se encuentran las investigaciones que desarrolló en los años '80 Jesús Martín Barbero, para quien el eje del debate debía desplazarse "de los medios a las mediaciones", es decir, "a las articulaciones entre prácticas de comunicación y movimientos sociales, a las diferentes temporalidades" y la pluralidad de matrices culturales (1987: 203). La indagación obligaba, para este teórico, a desplazarse "de los medios al lugar en que se produce su sentido, a los movimientos sociales y de un modo especial a aquellos que parten del barrio" (1987: 213). Lo "masivo- popular" (Méndez Rubio, 1997: 150), por su parte, para Jesús Martín Barbero, había que analizarlo por fuera de los maniqueísmos, "que lastran desde dentro tanta investigación y crítica cultural". Su visión era considerar lo popular en cuanto trama, entrelazamiento de sumisiones y resistencias, de impugnaciones y complicidades. " Lo que ya no tendrá sentido es seguir diseñando políticas que escindan lo que pasa en la Cultura -con mayúscula- de lo que pasa en las masas -en la industria y los medios masivos de comunicación-." No pueden diseñarse políticas separadas porque lo que "pasa culturalmente a las masas es fundamental para la democracia, si es que la democracia tiene aún algo que ver con el pueblo" (Martín Barbero, 1987: 229).

Las mediaciones - en Jesús Martín Barbero- cambian el eje del debate que estaba centrado en el emisor y lo trasladan al receptor. De esa forma, Martín Barbero plantea su hipótesis desde tres lugares de mediación: la cotidianidad familiar, la temporalidad social y la competencia cultural. Desde esos tres lugares deberían de asumirse tanto las investigaciones como las políticas comunicativas. La familia como espacio de conflicto pero también de reconocimiento (eje central de los melodramas), la multiplicación de temporalidades que estallaron con la aparición de la televisión (la temporalidad del cuento popular, la de la serie, la del trabajo) y, finalmente, los géneros, "que articulan narrativamente las serialidades", constituyen una mediación fundamental "entre las lógicas del sistema productivo y del sistema de consumo, entre la del formato y las de los modos de leer, de los usos" (Martín Barbero, 1987: 239).

"El redescubrimiento de lo popular", en el terreno teórico, desafiaba a descubrir la dimensión "de lo real histórico y lo real social que ahí" permanecía "pujando por hacerse pensar". La vigencia que en esos años recobra lo popular "en los estudios históricos, en las investigaciones sobre la cultura y sobre la comunicación alternativa" o en las políticas culturales "marca una fuerte inflexión, un jalón nuevo en el debate y algunos desplazamientos importantes" (Martín Barbero, 1987: 72). Lo popular comienza a asumirse como parte de la memoria constituyente del proceso histórico, "presencia de un sujeto- otro hasta hace poco negado por una historia para la que el pueblo sólo podía ser pensado" como un número y un sujeto anónimo (Martín Barbero, 1987: 72). Néstor García Canclini (1990: 14), por su parte, al estudiar los procesos de hibridación cultural, señalaba sobre lo popular y lo masivo: "así como no funciona la oposición abrupta entre lo tradicional y lo moderno, tampoco lo culto, lo popular y lo masivo están donde nos habituamos a encontrarlos".

Una segunda perspectiva desde la que se planteaba la noción de "mediaciones" es la de Manuel Martín Serrano, quien -a diferencia de Jesús Martín Barbero- lo hacía desde el lugar de las instituciones que median entre los medios y los sujetos. Una tercera perspectiva se plantea en los últimos años por parte de Gonzalo Abril (2004), quien recupera la formulación que Fredric Jameson propuso en Documentos de cultura, documentos de barbarie. Ésta concibe a las mediaciones como las conexiones (transcodificaciones) entre fenómenos aparentemente dispersos, como por ejemplo, la economía y la cultura (Jameson, 1989).

Por tanto, la noción de mediaciones ha estado en los últimos 20 años en el centro del debate sobre "comunicación y cultura". No obstante, actualmente, la complejidad de la cultura y la comunicación, que impiden ubicar con facilidad el lugar de lo popular, de lo masivo y de lo múltiple; así como la crisis de las instituciones que no hacen más que administrar su agonía; la inmediación y velocidad de las redes mediáticas, la proliferación de imágenes vacías de representación y la reducción de la distancia entre pantalla y sujeto, complican seguir pensando a la comunicación desde "las mediaciones" culturales. En ese contexto no puede obviarse que los Estados se vacían de naciones, así como las multinacionales se deslocalizan en pantallas, redes y 0 y 1 desde los que se trafican datos, informaciones e imágenes. La privatización es un elemento clave del neoliberalismo, penetrando en los dominios más vitales (biopoder) como la salud y otras áreas que antes se consideraban de interés común (como las patentes, los derechos de autor, la comunicación, etc.). Es así que la ideología neoliberal propugna, en materia de control, que lo público sea objeto de vigilancia mientras que en el ámbito económico sea todo privatizado. Es esa mirada la que nos permite plantear una nueva crisis en las nociones de lo público y lo privado, en la medida en que las palabras al pasar por el filtro del sistema se transforman semánticamente, produciéndose un travestismo lingüístico.

Si hace dos décadas las propuestas políticas pasaban por revalorizar lo público enmarcado en el contexto de lo nacional, democratizar las comunicaciones y establecer un Nuevo Orden Mundial de la Información y la Comunicación más igualitario, en esta contemporaneidad de Imperio omnipresente, la crisis del Estado- nación (que no hace más que administrar su agonía), la expansión de las diferencias culturales, el nomadismo de capitales y personas y las multimedias, tampoco nos permiten seguir pensando en medios de comunicación aislados y separados, sino en una compleja trama de redes digitales y simuladas.

Es así que se complican las propuestas para pensar en lo público (ya sin políticas) y en las políticas (ya sin públicos). Una nueva complejidad se suma: los cambios que se han producido en la UNESCO cada vez más opacada por la Organización Mundial del Comercio, que tiene como idea rectora que la cultura y la comunicación sean objetos del mercado. Ese desplazamiento de la UNESCO hacia la OMC, inclinó los debates sobre las comunicaciones (y en términos generales sobre las Industrias Culturales) por el área de las negociaciones sobre los servicios. "La cuestión del estatuto de las mercancías culturales pertenecerá, en lo sucesivo, al ámbito de la geopolítica y de la geoeconomía" (Mattelart y Neveau, 2003, 2004: 160).

Desde la Ronda Uruguay del GATT que sancionó la liberalización general de la industria de la información, frente a cualquier tipo de reivindicación de la "excepcionalidad cultural", proyectos de integración regional, como es el caso del MERCOSUR, se han replegado ante las multinacionales y han dejado de lado el debate sobre la expansión y concentración del sector (Sierra, 2003), además, de los valores simbólicos que se encuentran presentes en la comunicación, la información, y, en definitiva, la cultura.

Como resultado de estas medidas:



  • Se reducen las tasas de producción local y los espacios de difusión audiovisual de zonas como América Latina.

  • Se incrementa la dependencia financiera y simbólica de las imágenes (publicitarias, informativas) multinacionales (como es el caso en materia de información de CNN). La omnipotencia de las mediaciones visuales se ha convertido en un hecho clave del control cultural, donde "las máquinas de visión" (Virilio), dando un paso más en la luminosidad del panóptico, han relevado a otras máquinas y artefactos de poder. "Ello marca no solamente la etapa final en la comodificación de lo escópico, sino también el triunfo de la vista frente a otros sentidos" (Braidotti, 2004: 111).

  • Reducción de la diferencia y la otredad cultural en beneficio de una diversidad cultural de ghettos y de publicidades trasnacionales. Es así que como apunta Homi K. Bhabha (1994, 2002), la diferencia cultural y la diversidad cultural no son conceptos similares sino que hasta se presentan como contradictorios. El segundo está más cercano al multiculturalismo de ghettos que a la dinámica y movilidad de las diferencias culturales. De ahí la adjetivación del término que propone Arjun Appadurai (1996, 2001: 28): "Si el uso de 'cultura' como sustantivo parece cargar con un conjunto de asociaciones con diversos tipos de sustancias, de modo que termina por esconder más de lo que revela, el adjetivo 'cultural' nos lleva al terreno de las diferencias, los contrastes y las comparaciones y, por lo tanto, es más fructífero".

  • Dominio de un relato y de unas imágenes (ya simuladas) inspiradas en los modelos de consumo del Imperio.

  • Reformulación semántica de nociones claves como son las de descentralización, nomadismo y desterritorialización, formateadas según la lógica del capitalismo tardío, donde, por una parte, se fomenta el incremento de los viajes de capitales, del narcotráfico, de la venta de armas, el tráfico de sangre y órganos, y de mano de obra barata, mientras que, por otro lado, se cierran las fronteras a la migración y se expulsa a millones de personas de Europa y de Estados Unidos.

  • "Las sociedades de control" (Deleuze, 1990, 1996) incrementan el miedo y la persecución esquizoide del otro, cada vez más simulado y mediatizado por las redes de comunicación e información [8].

De la doctrina de la seguridad nacional de los años sesenta (paranoica) se pasa a las sociedades de control glocalizado (esquizofrénicas). El mundo se presenta rizomático (Deleuze y Guattari, 1980, 2000) y hasta esquizofrénico. Como señala Appadurai (1996, 2001: 42): "(.) reclama, por un lado, nuevas teorías sobre el desarraigo, la alienación y la distancia psicológica entre individuos y grupos, y, por otro lado, fantasías o (pesadillas) de proximidad electrónica". En las palabras pobladas de imágenes de Michel Serres (2001), nos encontramos entre Disneylandia y los ayatolás .

Los principios básicos de estos cambios de época son: el progresivo borrado de los trazos que marcaban las fronteras nacionales; el pasaje de la doctrina de la seguridad nacional (vigilancia disciplinada) a un aparato de control más complejo que Donna Haraway (1991) describe en términos de informáticas de dominación (Braidotti, 2004: 108 y Haraway), y que, Gilles Deleuze, había nominado previamente como sociedades de control (Deleuze, 1990, 1996) [9]; se supera la distinción entre lo público y lo privatizado adquiriendo, esta última noción, una importancia clave en la desarticulación de los imperialismos cada vez más descentralizados en empresas multinacionales.


4. Diferencia, diversidad y redes


Es así que dos nociones claves para pensar en las políticas de comunicación en tiempos de integración regional, son las de diferencia y diversidad cultural [10], se transforman en, algunos casos, en diversidad de productos y de servicios; en publicidad trasnacional, en programas televisivos [11] y en el ocultamiento de las diferencias y de la otredad en beneficio del multiculturalismo de ghettos y postales turísticas. Por ello, hay que pensar las políticas de comunicación desde "la condición de vecindad" (Appadurai, 1996, 2001: 42) en la que hemos ingresado, desde las comunidades "sin sentido de lugar" (Meyrowitz en Appadurai) y desde el nomadismo de las subjetivaciones (como devenires) y no de los mercados. Es decir, desde los espacios entre medios desde los que se articulan lo local con lo mundial, las micro conquistas comunitarias con las propuestas macro políticas de las comunicaciones, de los espacios de convergencia regional, valorizando, en ellos, las diferencias genéricas y étnicas. No se pueden seguir proponiendo ideas centradas en lo comunitario dejando de lado los cambios que se han producido en los tradicionales medios de comunicación. Éstos cada vez más se diseminan en una variedad de redes técnicas [12] y simbólicas, aunque todavía en muchos de ellos los cambios que se estén produciendo se aprecian más en el continente que en el contenido. Por ello, también, la diferencia debe ser de contenidos, cualitativas, se debe apostar por ocupar las pantallas con las diferentes miradas que habitan este sitio mestizo, barroco y antropófago (parafraseando a los vanguardistas brasileños).

Es así que no se puede seguir anclando el debate en la lógica de lo público o en lo nacional, sino concebirse nuevos espacios (como los de integración regional) que deben ser reconquistados y poblados con las "miradas" ignoradas y marginadas de las diferencias culturales (de género, étnicas.). En ese sentido, hay que replantearse la noción de servicio público [13] "con la consiguiente ruptura de las estructuras de poder mediático y el modelo privativo de comunicación" (Sierra, 2003: 25) a partir del empoderamiento ( agenciamientos ) de los diferentes (otra diferencia que hay que potenciar) sectores culturales (grupos comunitarios, de género, étnicos) pluralizando las voces y las miradas, no incentivando el multiculturalismo de ghettos sino el espacio inter (entre) cultural. Así, "la comunidad" se transforma en un "emplazamiento" abierto de diálogo y conflicto. Hay que promover un "asalto" a las redes mediáticas utilizando sus propias tácticas y no generando un discurso apocalíptico desde su exterior. De ahí, que ese asalto de las minorías no es un dato cuantitativo sino cualitativo. La sensibilización de todos los sectores de la cultura es clave para que participen performativamente en el desarrollo, creación y potenciación de los procesos informativos y en la producción de dispositivos mediáticos y digitales [14].

Como señalan algunos autores (Mattelart, Neveu, Reguillo) "la tarea es cultural y es política" [15]; es un proyecto (del que hay que diseñar una agenda) que demanda combatir desde las trincheras del pensamiento y de la acción, de la democratización y del ensanchamiento del espacio comunitario [16]. En época de crisis de representaciones, hay que asumir desde el interior de las redes todas las posibilidades que brindan para ocuparlas con las miradas de los otros -que también somos nosotros-, ensanchando las diferencias e incorporándolas para que dejen de ser un relato amenazante y puedan ser asumidas como una condición de viabilidad hacia el proyecto cultural de este siglo en este siglo.

Referencias Bibliográficas


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Notas


[1] Conferencia dictada en el Encuentro sobre Políticas Públicas de Comunicación, organizado por FELAFACS y la Universidad de la República (Uruguay), en Montevideo, el 20 de agosto de 2005.

[2] Doctor en Estudios Culturales: Literatura y Comunicación (Universidad de Sevilla), Magíster en Comunicación Audiovisual (Universidad Internacional de Andalucía. España). Profesor e investigador de la Universidad de Playa Ancha y de la Universidad ARCIS (Chile), investigador de la Universidad de Sevilla y la Junta de Andalucía.

[3] ¿Podrían existir políticas que no fueran públicas?, ¿cuáles serían las políticas privadas?

[4] Cuando los tenistas chilenos Fernando González y Nicolás Massú ganaron la medalla de oro en las últimas Olimpiadas, las pantallas de televisión difundieron imágenes de un país simulado poblado de jóvenes tenistas, cuando en la realidad un porcentaje importante de ellos el único deporte que practica es el trabajo precario.

[5] Un caso paradigmático es el de la Universidad de las Américas ubicada en la V Región en el último piso de un shopping center en Viña del Mar.

[6] "En el campo chileno hay un viejo cuento, nos relata Ariel Dorfman, sobre lo que sucede cuando un niño es raptado por las brujas. Para quebrantar la voluntad del niño, las brujas rompen sus huesos y cosen las distintas partes del cuerpo de una forma anormal. La cabeza está al revés, de tal modo que el niño tiene que caminar hacia atrás, y le cosen los oídos, los ojos y la boca. A esa criatura le llaman imbunche, y Dorfman siente que la junta militar presidida por Pinochet" había hecho todo lo que estaba en su "poder para convertir en imbunche a cada chileno y al mismo Chile". Los chilenos "ya son, en cierto modo, como imbunches" (Taussig, 1987, 2002: 26). "Están aislados unos de otros", sus medios de comunicación dan vuelta sobre lo mismo multiplicándose una identidad sin correlato de alteridad; sus conexiones están cortadas así como sus sentimientos embotados por el miedo. Dos reformas claves del gobierno encabezado por Ricardo Lagos, han sido la "ley de financiamiento de las Universidades" que las ata aún más a los Bancos y una ley de seguridad que para reducir la delincuencia penaliza la posesión de las bombas molotov.

[7] Esta concepción de la soberanía difiere de la de Michel Foucault y de lo propuesto, posteriormente, por Gilles Deleuze. Para estos pensadores, el disciplinamiento sucedió a las sociedades de soberanía.

[8] Francisco Sierra (2003: 21) señala: "A lo largo de la década de los sesenta y hasta nuestros días, el exitoso papel de la política de desinformación y manipulación mediática, bajo mando del Pentágono, ha propiciado así un modelo de desarrollo de las comunicaciones internacionales gobernado por la violencia y la agresión, militarizando, intensivamente, la lógica informativa de la cultura de masas en una progresiva y lenta adaptación de la esfera pública a la mediación informativa, los modos, objetivos y presupuestos de los verdaderos agentes socializadores de las nuevas tecnologías de la información: la industria pesada de armamento, la industria electrónica y el complejo político- militar del Pentágono".

[9] La transformación del panóptico a las sociedades de control ha sido radical y no una pequeña modificación en las estructuras del poder. Las redes laberínticas, inmateriales y de información, el tráfico de informaciones (desde las económicas a las del biopoder de sangre y órganos), son sólo algunos aspectos de este desgarrón en la estructura del poder.

[10] Muy poco pensadas en Uruguay por concebirse un país en cierta forma homogéneo, tolerante y abierto, aunque detrás de ese discurso se ocultaba un etnocentrismo latente. Como escribe Lisa Block (2003: 1): "Por las características del país, Uruguay no redunda en los tópicos críticos a los que las circunstancias obligan en otras culturas. Parece forzado, incluso, embanderarse con la defensa de minorías en un país que, en su conjunto, es poco más que una minoría". La diferencia cultural, por tanto, quedó opacada al no vislumbrarse grandes conflictos étnicos los que fueron resuelto de la peor manera; la Iglesia se separó tempranamente del Estado no produciéndose tampoco grandes conflictos religiosos y los derechos a la mujer fueron otorgados, también, tempranamente. Pero esa supuesta tranquilidad cultural se desvanece en épocas de mundialización y de integración regional cuando se establecen acuerdos con países que sí tienen marcadas diferencias culturales y relaciones conflictivas con sus otredades (como es el caso de Chile). Un dato no menor: Evo Morales en Bolivia ha reiterado que su partido no reconoce al Estado- nación boliviano porque los indígenas son previos a su existencia. En Chile se proclamó a la presidencia a un candidato mapuche de nombre Aucán Huilcamán. Esto es crucial en las Américas, único sitio del mundo donde sólo existen Repúblicas y donde su historia ha estado articulada de modo crucial por los Estados nacionales.

[11] En Chile empiezan a ser visibles personajes que simulan ser mapuches como se vislumbró en la teleserie Los Capo que emitía TVN (Televisión Nacional de Chile).

[12] La televisión ha sido una de las que ha sufrido cambios técnicos más radicales.

[13] En el tema de las comunicaciones más que replantearlo hay que planteárselo, ya que en sitios como Uruguay, a diferencia de los lugares que siguieron el modelo europeo de propiedad de los medios, éstos han estado históricamente en manos privadas y de oligopolios mediáticos, con la connivencia del Estado- nación.

[14] Como señala Sierra (2003: 25): en todos los esfuerzos, la clave es "la participación, verdadero valor revolucionario de la nueva morfología social, del espacio abierto a la interpelación que hace posible el acceso interactivo a los medios y sistemas informativos, el derecho a réplica y, en general, la articulación abierta y dialógica de la comunicación- mundo desde la especificidad cultural y la diferencia".

[15] Mattelart y Neveu (2004: 161) indican que "el análisis de lo cultural sigue siendo una prioridad en el mundo tal como es".

[16] No estoy de acuerdo con esas posturas que reducen la discusión sobre "los medios comunitarios" y la brecha digital a términos técnicos y al acceso a la tecnología, descuidando, en sus propuestas, la articulación entre el poder (política)/ la economía, lo simbólico (cultural) y la acción comunitaria de los agentes.








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