Tres objeciones al modelo de razonamiento heurístico de gerd gigerenzer y un caso: la heurística de reputación en esther duflo



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Tres objeciones al modelo de razonamiento heurístico de Gerd Gigerenzer y un caso:

la heurística de reputación en Esther Duflo


María G. Navarro

Instituto de Filosofía, CSIC



maria.navarro@cchs.csic.es
BORRADOR

Críticas y comentarios, ¡bienvenidos!



Introducción

En las últimas décadas la identificación y definición de heurísticas ha supuesto una revolución para las ciencias cognitivas y para la investigación sobre los modelos de racionalidad. El análisis del razonamiento heurístico es uno de los aspectos más importantes en el programa de investigación sobre racionalidad ecológica liderado por Gerd Gigerenzer y el grupo Adaptative Behavior and Cognition (ABC) del Max Planck Institute for Human Development. A continuación justificaremos y resaltaremos tres tipos de objeciones al modelo de Gigerenzer sobre el razonamiento heurístico. Finalmente se analizará si estas objeciones son relevantes para detectar heurísticas sociales.


1. El uso del término heurística

El concepto de ‘heurística’ ha sido utilizado en diferentes disciplinas y corrientes. Eso explica, al menos parcialmente, la pluralidad de perspectivas desde las que se abordan cuestiones tales como cuáles son las funciones cognitivas de las heurísticas, si se emplean de la misma manera en distintos dominios de conocimiento, si orientan el curso de la acción de la misma manera que nuestra adquisición de conocimiento en un entorno específico, etc. En las próximas páginas, comprobaremos que el pluralismo semántico o conceptual del término ‘heurística’ no sólo se debe a los usos que adquiere sino a los diferentes tipos de evidencia que requiere el proceso al que se refiere.

Allen Newell y Hertbert Simon (1972) utilizaron el término por primera vez para denotar procedimientos para la resolución de problemas de una manera más fácil que utilizando complejos algoritmos aunque insistieron en que este procedimiento no garantiza la obtención de una solución (fuera esta correcta o no). Dos años más tarde, Amos Tversky y Daniel Kahneman publican ‘Judgment under uncertainty: Heuristics and biases’ donde usan el término para referirse a procedimientos ordinarios para orientar el juicio probabilístico (su estimación), por lo que también lo relacionan con la noción de ‘estadística intuitiva’. Sin embargo, para otros, como es el caso de Gerd Gigerenzer y Daniel Goldstein (2002) (cuyo programa de investigación se presenta por lo general como opuesto al de Kahneman y Tversky) el término refiere un tipo específico de estrategias utilizadas para la adaptación al entorno. Aunque estas estrategias no son siempre correctas -pues en ocasiones puede encontrarse otra más adecuada-, para el grupo ABC lo importante es analizar la heurística putativa, identificar su racionalidad ecológica a través de una demostración (computacional) que dé cuenta de cómo dicha heurística explota el patrón de información en un determinado entorno, y mostrar finalmente hasta qué punto dicho procedimiento heurístico ha producido inferencias adecuadas.

En la literatura sobre heurísticas y sesgos cognitivos suelen presentarse como opuestos los programas de Kahneman, Tversky y Slovic (1982) y el de Gigerenzer (2008), Todd, Gigerenzer et al. (2012), si bien dicha oposición es en cierto modo una cuestión de énfasis. Ciertamente existe una diferencia importante que radica en el hecho de que mientras los primeros investigan de qué manera el empleo de heurísticas y sesgos produce errores, para los segundos las heurísticas nos hacen más inteligentes, razón por la cual algunos autores cuestionan si acaso pueden llegar a hacernos más bondadosos. Esta última cuestión no se tomará suficientemente en serio hasta la publicación de Cass R. Sunstein (2005). En general pude decirse que ambos grupos consideran que el empleo de heurísticas da lugar a juicios bastante preciosos dentro de entornos determinados. También están de acuerdo en que determinar los errores provocados por el empleo de una heurística en un entorno determinado exige realizar una investigación empírica. Otro rasgo determinante en el que coinciden ambos programas es tomar las heurísticas no como proposiciones declarativas sino como procedimientos que pueden ser aplicados a muy diferentes problemas los cuales presentan precisamente una ilimitada variedad de contenidos.

Para algunos autores el estudio de las heurísticas tendría que estar relacionado con el objetivo de clarificar nuestras teorías acerca del mundo (e.g., concepciones populares acerca de las leyes físicas, conceptos folk, etc). Este es precisamente el sentido que tiene en Jonathan Baron (1993) quien introdujo el término ‘heurística moral’ para describir las normas que constituyen nuestra moralidad naïve. La contribución de Baron fue fundamental ya que instigó una perspectiva posterior sobre el juicio moral en la que este se describía asociado a dos sistemas diferentes de cognición: un sistema intuitivo y otro sistema de razonamiento (Haidt, 2001 en Sunstein, 2005). Según Sunstein (2005) las heurísticas dependen del Sistema I, el sistema intuitivo, por eso son rápidas, no exigen un gran esfuerzo cognitivo, son en cierto modo inaccesibles a la conciencia y conllevan un proceso paralelo, que algunos han relacionado con las emociones (Haidt, 2001).

Si las heurísticas son un tipo de estrategia relacionadas con la capacidad natural de valorar, de enjuiciar para producir una estimación o una predicción, ¿cómo llegamos a identificarlas? En Kahneman y Tversky su detección es posible debido a que se las identifica con estrategias que adquieren la forma de atajos mentales utilizados por las personas para resolver problemas específicos sin ser conscientes de ello (en el sentido de que en las personas no existe la voluntad deliberada de usar dichas estrategias para resolver el problema práctico que se les presenta en cada momento).

A diferencia de Gigerenzer, Sunstein (2005) asume el planteamiento de que las soluciones alcanzadas mediante procedimientos heurísticos suponen una desviación respecto a lo correcto desde el punto de vista de un sistema de reglas legales en el que, precisamente por ello, el problema de los sesgos se minimiza cuando no se anticipa gracias al uso de reglas de distinto tipo para definir excepciones. Según Sunstein, esta parece ser la razón de que las normas legales sean normas revocables (defeasible). Sobre este punto el programa de investigación de Gigerenzer presenta una notoria diferencia de partida ya que, en él, lo que define a las heurísticas es su precisión (accuracy); además, al entender las heurísticas como producto de un sistema intuitivo, los estándares de corrección pasan a ser (parcialmente) irrelevantes ya que lo importante son las características del procesamiento.

Parece relevante destacar que a pesar de que para estos autores el problema de la evidencia (e.g., su obtención, o su análisis, así como la relación y justificación con la heurística empleada) está asociado con el modo en que las personas presentan sus respuestas a problemas de razonamiento específicos, y que en dichos experimentos existe un protocolo verbal para dirigirse a las personas cuyo razonamiento se analiza, no han sido sin embargo tan importantes cuestiones como (i) si las heurísticas pueden desencadenar un proceso de deliberación (interior, o colectivo si es el caso que los sujetos se exponen a la participación en un debate público); (ii) si durante los experimentos se utiliza (deliberadamente o no) un modelo de persuasión que pueda ejercer una influencia sobre las personas consultadas; (iii) cuál y cómo podría evaluarse el impacto de ese hipotético modelo de persuasión sobre los resultados obtenidos; (iv) si cabe plantearse un escenario en el que la información extraída a partir de las respuestas dadas por las personas se pueda obtener sin hacer uso de ningún modelo (persuasivo) de pregunta-respuesta.



2. Tres objeciones a los programas clásicos sobre heurísticas


2.1. Deliberación y heurísticas


La relación entre los procedimientos heurísticos (con finalidad moral o no) y la deliberación se suele plantear en unos términos excesivamente rígidos (Pereda, 2000). Resulta evidente que la deliberación moral en cuanto tal no puede ser sustituida por un procedimiento con el que establecer algo así como un silogismo heurístico (truncado) en el que alguna de las premisas se omite para saltar directamente a la conclusión. Si bien tampoco se puede negar por ello la rapidez y fluidez que las heurísticas pueden llegar a imprimir en los contextos de deliberación (prueba de ello es la rapidez con la que todos respondemos a las cuestiones planteadas, por ejemplo, por Kahneman y Tversky). Pero cómo se podría determinar la influencia y especificar el rol que pueden tener los procedimientos heurísticos sobre los procesos deliberativos, es una pregunta que no tiene una fácil respuesta.

Los ejemplos que se suelen mencionar tienden a fijar con rigidez la función de heurísticas morales en los procesos de deliberación (e.g., ¿qué es más fácil que suceda: una inundación, un accidente de avión, un ataque terrorista o un desastre nuclear?). Si uno no tiene los conocimientos estadísticos necesarios para ofrecer una respuesta, utilizará la heurística de disponibilidad (availability) pero tal vez la hipótesis explicativa de la ‘estadística intuitiva’ sólo nos permita asomarnos y contemplar el fenómeno con una lente opaca.

El hecho es que la idea de que las heurísticas pueden ser utilizadas para dirimir problemas normativos o incluso jurídicos –à la Sunstein- no ha sido fácil de establecer bajo los presupuestos de las teorías clásicas acerca de la heurísticas, precisamente porque no todos los problemas morales se pueden disociar de la experiencia dilemática con que nos hacemos cargo de ellos al efectuar un entendimiento rápido de los ejemplos propuestos. En ese sentido, la contribución de Sunstein supone, a mi modo de ver, un punto de inflexión en la investigación sobre el razonamiento heurístico ya que no presenta como incompatible la existencia de lo que podríamos describir como una cierta estadística intuitiva integrada en la dinámica deliberativa (Álvarez, 1995) por medio de la cual cabe atisbar la dimensión moral e incluso jurídica del empleo de heurísticas. ¿Quiere eso decir que en las respuestas ofrecidas en los distintos experimentos realizados por Kahneman y Tversky las personas responden deliberativamente o que existe una cadena de argumentos implícita cuyo seguimiento, punto por punto, se hace innecesario cuando se selecciona y emplea una heurística?

Sería difícil probar experimentalmente si las preguntas anteriores corresponden o no a un estado de hecho, ¿en qué se basa entonces su racionalidad, su precisión, o su representatividad? ¿Están las reglas heurísticas asociadas a algún tipo de valor epistémico? Para responder a estas preguntas podemos considerar la hipótesis según la cual para cualquier proceso de toma de decisiones existe una dinámica deliberativa asociada a determinados valores epistémicos. O viceversa -si nuestra interpretación de Sunstein es consistente-, podemos establecer la hipótesis según la cual las heurísticas morales empleadas ponen en juego diferentes valores epistémicos por lo que, si se da el caso, pueden permitirnos examinar los fundamentos deliberativos implícitos en ellas (e.g., ‘no se debe condenar a un inocente’, ’no debemos interferir en el curso de la naturaleza’, etc.) con el fin de determinar su bondad sometiéndolas a distintos niveles de generalidad.

A riesgo de equivocarnos, puede afirmarse que el trabajo de Sunstein podría asociarse con el lema según el cual cuando hacemos uso de heurísticas morales tal vez no estemos haciendo uso de una teoría argumental pero eso no implica necesariamente que la heurística pueda disociarse de una dinámica deliberativa en curso. De ahí que el examen y catálogo de las heurísticas morales ocupen la atención de un jurista como Sunstein, pues dicho examen puede arrojar luz sobre los procesos argumentativos en su función heurística –al fin y al cabo, al término de una argumentación, estamos en un estado cognitivo diferente-, y convertirse en una especia de metáfora de representación -que hace ver- de la argumentación. Esta descripción en torno a las funciones epistémicas de las heurísticas converge con la presentación que J. Francisco Álvarez hacía de los procesos argumentativos.
“Una adecuada comprensión del proceso de argumentación requiere algo más que observar una conexión entre conjuntos de secuencias de enunciados. Si no queremos reducir la argumentación a una presentación sintética de lo que ya es nuestro conocimiento, debemos observar que al argumentar se produce un cambio de nuestra situación cognitiva, de nuestros estados de creencias, de manera que cambian los compromisos que establecemos con nuestro conocimiento.” (Álvarez, 1995: 139)
Tal y como nos recuerda Ana Rosa Pérez Ransanz (2000) la descripción de los estados de creencia en constante cambio, i.e. el dinamismo involucrado en formular una concepción de lo que se espera descubrir, es uno de los tres aspectos que definen al razonamiento heurístico según la Encyclopædia Britannica (Berlyne, 1976), y sus rasgos se mantienen por ejemplo en la perspectiva de William Wimsatt sobre las reglas heurísticas (1986). El segundo aspecto que se resalta en la Encyclopædia Britannica es la función de guía cognitiva de este tipo de procedimientos que puede constatarse en el hecho de que la regla selecciona y asigna significados a los hechos. La tercera de las características consiste en destacar la integración de las reglas heurísticas en dos procesos epistémicos en los que mejor se aprecia ese continuo dinamismo, tal es el caso de descubrir e interpretar (el significado de) los hechos.

¿Por qué es útil a efectos normativos que el razonamiento heurístico esté integrado en los procesos mediante los cuales seleccionamos, interpretamos y asignamos significado a los hechos? El argumento de Gigerenzer y Thomas Sturm (2011) es contundente a este respecto: en algunos dominios se puede inferir a través de la investigación empírica qué tipo de normas de racionalidad son las más idóneas (e.g., para orientar el curso de la acción) o las mejores (e.g., para ofrecer explicaciones consistentes sobre ciertos fenómenos), pero no es este el caso sin embargo en dominios en los que uno simplemente debe basarse en el uso de heurísticas para establecer las mejores inferencias (e.g., porque en tales casos tener más información y capacidad computacional no suponga incrementar nuestras inferencias en general, porque el entorno en el que se razone conlleve una grado significativo de incertidumbre difícil de gestionar u optimizar desde el punto de vista cognitivo, computacional, etc.).

Con el modelo propuesto por Gigerenzer y Sturm sobre el razonamiento heurístico se resalta por consiguiente la dimensión ecológica, i.e. situada, de la racionalidad. No solo eso, las heurísticas tendrían la función de explotar (cognitivamente) la estructura de los entornos en los que los individuos y las especies se encuentran. A su vez, el grupo ABC ha identificado los entornos con el estudio del poder de las heurísticas en dominios específicos (e.g., el diagnóstico médico, el derecho, la economía o el deporte). Sin embargo, a la pregunta de cómo selecciona la mente humana una heurística determinada de su particular caja de herramientas adaptativa, la respuesta es que este proceso suele ser por lo general inconsciente y sólo parcialmente inteligible. Esta respuesta no parece ser plausible ya que se podría objetar que en dominios como el razonamiento jurídico el empleo de heurísticas no está disociado de los procedimientos de justificación de los fundamentos de derecho.

El mundo del derecho ha suscitado no pocas paradojas al modelo de razonamiento heurístico propugnado por Gigerenzer, y algunas de ellas son analizadas en Gigerenzer y Christoph Engel (2006). En varios de los capítulos del volumen se analiza la función del razonamiento heurístico asumiendo una de las interpretaciones más afamadas para explicar cómo toman sus decisiones los jueces, me refiero al modelo denominado story model. Con frecuencia se han destacado los aspectos narrativos de dicho modelo (Wagenaar et al., 1993) pues este describe la decisión de los jueces como un proceso de comprensión orientado a la selección de evidencias, y a su organización e interpretación posterior, con ayuda de la cual se produce finalmente un sumario que nos permite representarnos (mentalmente) el acontecimiento enjuiciado.

Parece razonable afirmar que, en el caso que nos ocupa, elaborar historias con fines hermenéutico-jurídicos puede entenderse como una estrategia para la producción de una comprensión elemental o compleja sobre la acción humana, o sobre acontecimientos relacionados con ella, que satisface, a su vez, otros fines: ordenar, jerarquizar las evidencias según su importancia, clasificar el evento en una determinada categoría de veredicto, detectar información incompleta, determinar la ausencia de coherencia (por falta de plausibilidad inferencial, de completitud y/o de consistencia) entre los componentes del sumario, etc. ¿Por qué iba a ser razonable entonces aceptar que la selección de las heurísticas de la particular caja de herramientas adaptativa se produce de manera inconsciente o parcialmente inteligible?

Si la dimensión normativa de la racionalidad ecológica propugnada por Gigerenzer se basa en la posibilidad de juzgar la idoneidad de las heurísticas empleadas en relación con un entorno dado, ¿por qué no habría de poder evaluarse la dimensión normativa en virtud de cómo se integran en la dinámica deliberativa? Si nuestra interpretación es consistente, este es precisamente el rasgo y la debilidad que Sunstein atribuye a los modelos clásicos sobre heurísticas, a saber, la separación entre la dinámica de deliberación y la función de guía cognitiva que puede tener el uso de ciertas reglas heurísticas. Por su parte, el modelo del grupo ABC responde a la mentada limitación con tres principios que, supuestamente, guiarían esos procesos inconscientes desencadenados por el razonamiento heurístico. El primer principio se basa en la idea de que la memoria constreñiría la selección. El segundo principio se basa en la investigación desarrollada por Jörg Rieskamp (2008) sobre el aprendizaje y la selección estratégica de heurísticas (comentada más adelante). Y el tercer principio defiende que la estructura del entorno posee una cierta capacidad de selección.




2.2. Expresivismo heurístico


Algunos autores han insistido en que mediante los procedimientos heurísticos, en cierto modo, producimos representaciones acerca del mundo (e.g., el número de palabras que tiene un texto, la probabilidad de que determinada persona tenga un cierto trabajo en el futuro, la población de una ciudad, la probabilidad de que mañana tenga lugar un accidente lamentable en lugar de otro, etc.). Otros autores han fijado su atención en las heurísticas como procedimientos para producir inferencias acerca de las acciones. Estas dos dimensiones de las heurísticas (i.e., la representacional y la motivacional) suelen presentarse por separado pero parece razonable preguntarse si lo que se obtiene de una heurística es realmente una representación (mental) del mundo que pueda guiar el curso de la acción (e.g., el mal color de la piel de un pescado hace que ese día te inclines por la carne). En principio, hay una razón inmediata para poner esto último en duda, y es que la dimensión representacional y la motivacional se basan en la acción de establecer atribuciones (e.g., ‘la carne roja está buena’, o ‘la piel lacerada del pescado indica que hoy no está fresco’) sin delimitar explícitamente criterios de objetividad, y con el sólo propósito de que la heurística desencadene un proceso de toma de decisiones.

En el análisis de las heurísticas no sólo se ha prestado tal vez excesiva atención a lo que podría denominarse el punto de salida (la representación) y el de llegada (la toma de decisiones), sino que además este hecho parece haber provocado que haya pasado a un segundo plano el debate sobre las presuntas propiedades semánticas de las creencias, su relación con el estado de cosas descrito, con las imágenes mentales a las que están asociadas, etc. Por ejemplo, no se ha discutido que la teoría del significado que subyace a la idea de que los juicios de probabilidad están influidos por evaluaciones sobre la semejanza (assessments of resemblance) (e.g., hasta qué punto la descripción de Linda en el momento A se parece a su descripción en el momento B) es prototípicamente representacionista, y que este hecho no parece irrelevante pues puede ejercer una influencia sobre la interpretación de los resultados obtenidos. Sobre este punto nos podríamos preguntar, siguiendo el trabajo de María José Frápolli y Neftalí Villanueva (2012), si el continuo entre representaciones y motivaciones heurísticas no está basado (parcialmente o no) en una teoría expresivista del significado en lugar de en una teoría representacionalista.

¿Qué pasaría si la teoría del significado más apropiada para evaluar no sólo heurísticas sino las sentencias, tópicos e incluso refranes a los que aquellas están asociadas fuera efectivamente el representacionalismo? ¿Tendrían las heurísticas el poder de guiar la acción colectivamente? ¿Tendría sentido plantearse la influencia del desarrollo evolutivo sobre las heurísticas, o bastaría el consenso establecido por el poder representacionalista de dicha teoría del significado para explicarnos un uso tan (paradójicamente) extendido de las mismas? Veamos un ejemplo. Según la teoría representacionalista ‘la carne roja está buena’ es una proferencia que tiene significado porque refleja un estado de cosas posible sin que ello implique que dicho significado esté necesariamente conectado con cualesquiera propiedades de objetos, i.e. existe una relación causal entre las palabras y los objetos que describen pero son precisamente las imágenes (mentales) que producen las que constituyen el significado de la expresión.

Cuando Tversky y Kahneman afirman que las personas confían en un número limitado de principios heurísticos para reducir complejas tareas de asignación de probabilidades y de predicción de valores a operaciones más simples, si el significado de esta afirmación se tuviera que establecer a través del cálculo probabilístico, esta tarea sería de hecho tan costosa que, durante un tiempo, el cálculo (ordinario) del significado (de aquello por lo que nos preguntan, por ejemplo ¿en qué trabaja actualmente Lisa a la luz de la descripción previamente proporcionada?) quedaría en suspenso. Al no ser este el caso, al observar que la gente profiere de inmediato algo, les parece entonces razonable la opción de trabajar con la hipótesis explicativa de la heurística de disponibilidad para ofrecer una explicación.

Sin embargo, una teoría del significado representacionalista no explica el aspecto más importante de los casos estudiados, a saber, la sistematicidad con la que la gente -a falta de conocimientos estadísticos- establece una relación inferencial entre la imagen, o sencillamente la opción que se representan con mayor inmediatez, y la respuesta correcta (e.g., es más probable que mañana haya en Madrid un accidente de tráfico que un accidente nuclear). El significado de la proferencia ‘la carne roja está buena’ no es un estado de cosas (no describe cómo es el mundo) sino la expresión de un estado mental a partir del cual se infiere que puede ser conveniente actuar de una cierta manera (e.g. ‘hoy es preferible comprar carne, no pescado’).

¿Por qué es relevante afirmar que el análisis de las teorías del significado es aún una tarea pendiente en la investigación sobre las heurísticas? Porque, entonces, muchos de los presuntos errores sistemáticos que la gente comete cuando se le indica los problemas a resolver (e.g., el caso Linda o el caso de la enfermedad asiática) y los procesa (utilizando para ello constantes lógicas), podría entenderse como una consecuencia del expresivismo à la Brandom.


“(…) estas expresiones no son esenciales para llevar a cabo inferencias, sino que su labor es servirnos de instrumentos para que presentemos determinados fragmentos de discursos como articulados en forma de inferencia, esto es, servirnos para hacer explícitas las inferencias que de hecho hacemos. Los términos lógicos nos sirven como herramientas para la expresión de inferencias” (Frápolli y Villanueva, 2012: 348?).
Lo que antes era un resultado errado desde el punto de vista probabilista podría interpretarse como expresión de un cálculo inferencial realizado rápidamente en base a las constantes lógicas advertidas en el discurso (Frápolli, 2005, 2012). La existencia de esta operación cognitiva, de este cálculo inferencial realizado a través de las constantes lógicas, no está en contradicción con las razones que ofrecen (Gigerenzer y Sturm, 2011), (Goldstein y Gigerenzer, 2002) para defender la presunta racionalidad ecológica y la presunta compensación del esfuerzo de precisión de las heurísticas.

Tampoco puede incluirse en su famosa lista de concepciones erradas sobre el razonamiento heurístico (i.e., ser una especie de segunda mejor respuesta ya que la estrategia de optimizar siempre produciría mejores resultados, dar una idea de nuestras limitaciones cognitivas, apoyar la presunción según la cual contar con más cantidad de información, mayor capacidad computacional y/o más tiempo es siempre un punto de partida más ventajoso para realizar inferencias). Sin embargo, sostener que al razonar heurísticamente no dejamos por ello de realizar sencillas operaciones de generalización basadas en el cálculo inferencial a partir de constantes lógicas ofrece una imagen más integrada de este tipo de razonamiento. Y según esta interpretación, los procedimientos heurísticos no se pueden desvincular de la dinámica deliberativa, de la justificación sobre la teoría del significado que se utilice y del razonamiento no-monótono (Morado y Leah, manuscrito).



    1. Razonamiento heurístico


En su réplica al artículo de Sunstein, Moral heuristics, Michael E. Gorman sostiene que el éxito de las heurísticas (se sobreentiende, sean estas morales o no) depende de cómo es representado (mentalmente) el problema. Gorman parece ser parcialmente consciente de la artificiosa y rígida separación entre heurísticas de la representación y la motivación (basada, tal y como hemos sugerido antes, en una teoría del significado representacionalista) cuando este sugiere, en primer lugar, que la imaginación es una técnica idónea para reflejar representaciones mentales de dilemas éticos (incluso de aquellos que apreciamos todos en las tecnologías emergentes), y, en segundo lugar, que Sunstein parece olvidar que las historias y las metáforas crean modelos mentales que guían nuestro pensamiento acerca de los dilemas morales más allá del espacio del laboratorio. Si esto es así, parece razonable afirmar que también debe considerarse su influjo dentro del laboratorio: en la experiencia dilemática en la que echamos mano de nuestra presunta estadística intuitiva para poner en marcha una compleja dinámica deliberativa, y conseguir dar una respuesta tentativa a la pregunta del experimento.

Para mostrar la conexión entre cómo se representan los problemas mentalmente y cómo dichas representaciones varían de una cultura a otra, Gorman pone el ejemplo de la heurística que reza ‘no interfieras en la naturaleza’ (‘do not tamper with nature’). A Gorman le interesa destacar este problema porque considera que, en el futuro, ciertos desarrollos tecnológicos crearán dilemas morales pero -según él mismo indica- existen razones para pensar que la anticipación y modificación de los modelos mentales utilizados para representarnos ciertos temas, así como las heurísticas (de representación y motivación) seleccionadas pueden llegar a producir escenarios que nos conduzcan a valorar más permisivamente los antiguos dilemas.

Este tema guarda relación no sólo con lo que el autor entiende por ‘modelos mentales’ o con el punto de vista representacionalista para valorar la función epistémica de las heurísticas, también guarda relación con el problema de si las heurísticas tienen o no contenido semántico. En los programas que hemos comentado hasta el momento uno de los rasgos determinantes consiste es considerar que las heurísticas no son proposiciones declarativas sino procedimientos que pueden ser aplicados a muy diferentes problemas; y son estos últimos los que presentan precisamente una ilimitada variedad de contenidos. Sin embargo, los resultados de investigación de los siguientes autores (algunos de ellos miembros del grupo ABC) pueden utilizarse para establecer una contra-argumentación coordinada acerca de este punto. Enumeraré, con ayuda de un breve lema, los trabajos que he seleccionado indicando muy concisamente por qué podrían utilizarse como contra-argumentos.

(i) Razonar heurísticamente a partir (del contenido) de lo que se aprende. Rieskamp (2008) ofrece una interpretación de los procesos de aprendizaje según el cual este sería modelado (progresivamente) con las mismas estrategias de selección desplegadas al aprender. Los resultados de su investigación suponen un claro envite a la posición de quienes sostienen que las personas estamos equipadas (sin más) con un repertorio de diferentes estrategias cognitivas, y que simplemente hacemos uso de ellas a la hora de realizar estimaciones, o tomar decisiones. Aprender precisamente para seleccionar estrategias (que incrementarían y modificarían los resultados de nuestro aprendizaje) daría la vuelta a esta perspectiva, no sólo porque introduciría dinamismo en este proceso, sino porque las expectativas subjetivas (de quien aprende) jugarían un papel fundamental en nuestro razonamiento heurístico (e.g., seleccionar conforme a ellas la opción más exitosa de acuerdo a la representación del problema; modificar recursivamente la selección de heurísticas aplicables en función de las oportunidades de aprendizaje experimentadas, etc.). La perspectiva del clásico artículo de Kunda (2004) sobre el razonamiento motivado arroja luz sobre el contexto de investigación en el que se podría enmarcar la investigación de Rieskamp, más allá del programa ABC sobre racionalidad ecológica. (De hecho, a mi modo de ver, los resultados de Kunda ayudan a entender de modo más elocuente los de Rieskamp).


It appears that learning is an important factor that needs to be taken into account when interpreting inferences in a situation in which outcome feedback is provided. Therefore the conclusions regarding how people make their inferences depend on the provided learning opportunity. Depending on whether the learning opportunities are sufficient to allow people to adapt to the specific environment, conclusions might differ concerning whether people make their inferences adaptatively. (Rieskamp, 2008: 274).
(ii) Razonar heurísticamente a partir (del contenido) de creencias revocables. La perspectiva de Morado y Leah en el artículo ‘Rationality, logic, and heuristics’ refuta la visión de Gigerenzer sobre el papel de la lógica no sólo al razonar heurísticamente sino al seleccionar heurísticas precisas de nuestra particular caja de herramientas. Dado que esa selección depende de las creencias de partida, y puesto que la estructura de los entornos socio-culturales (para decirlo à la Gigerenzer) en los que se desarrolla nuestra vida puede eventualmente concitar en nosotros creencias contradictorias, nuestro razonamiento heurístico puede entenderse como parte de un sistema paraconsistente orientado al procesamiento de información que procede de contextos, de situaciones. Al concepto de ‘entorno’ del modelo de racionalidad ecológica se le debería añadir el de creencia: nuestros entornos son entornos de creencias (e.g., en las que estamos, hemos estado, observamos a otros estar, etc.).
Human inferential systems are paraconsistent in the sense that we have contradictory beliefs yet reasoning continues through the use of heuristics without collapsing into triviality. […] Many heuristics are content-specific or domain-specific. Some heuristics are learned form experience and many successful executions are due to familiarity with contextual parameters. These parameters are important if an agent is to react rationally to highly contextual “environment variables”, for instance those involved in natural language processing. […] Heuristics often exemplify nonmonotonic reasoning because in many cases they produce defeasible beliefs, retractable in the face of new evidence. (Morado y Leah).
(iii) Razonar heurísticamente a partir (del cambio y contenido) de heurísticas de la psicología popular. Si el análisis del empleo de las heurísticas tiene que ver con el aprendizaje, dentro de ese vasto conjunto debería integrarse el aprendizaje de la psicología popular ya que a través de ella hacemos uso de un tipo de causación popular con el que también hacemos uso de nuestras heurísticas. Ese tipo de causación popular tal vez no nos permita establecer predicciones o explicaciones en sentido estricto (i.e., porque dan razones para creer que algo puede ocurrir o porque expliquen por qué ha ocurrido algo) pero sí establecer relaciones de causación existenciales entre estados de creencia, deseos, temores, etc.
Y, si esto es así, entonces las idealizaciones heurísticas del sentido común tendrían que evaluarse por el éxito o no de las predicciones intencionales a las que conducen, no por la verdad o falsedad de una descripción de la realidad que no realizan. […] Por supuesto, la historia de nuestra psicología popular no ha concluido. Los patrones de interacción social están en cambio permanente; además, no cabe duda de que el desarrollo científico tiene cierta influencia en los avatares del sentido común. (López Cerezo, 1989: 239).
Tanto el aprendizaje de estrategias (aplicadas o no posteriormente al propio acto de aprender heurísticas en contextos determinados) como el aprendizaje (simulado o no) de heurísticas de la psicología popular, justifican la revisión de las teorías clásicas sobre heurísticas desde un punto de vista social. Según nuestro punto de vista, la perspectiva descriptiva y normativa de las heurísticas no puede reducirse a la discusión sobre si existen heurísticas morales o sobre si pueden estas catalogarse para hacer más comprensible su uso en el mundo de la argumentación jurídica. Porque incluso así, quedaría aún pendiente por saber cómo forjamos nuestras heurísticas socialmente, si son estas o no injustas desde un punto de vista epistémico, o si las heurísticas sociales se pueden transformar utilizando otras heurísticas socialmente construidas, devolviéndolas así a la dialéctica (donde las situó Aristóteles) para analizarlas como herramientas (sociales) para la discusión y el cambio.

3. De las heurísticas morales a las sociales


En 1974 Tversky y Kahneman sostuvieron que las personas confían en un número limitado de principios heurísticos que reducen las complejas tareas de asignar probabilidades y predecir valores a operaciones de juicio más simple. El programa de investigación de Gigerenzer puede entenderse como una contribución al conjunto de controversias que generó dicha publicación. Según hemos visto, su objetivo principal es detectar esas heurísticas simples y frugales, determinar qué papel juegan en cada área de conocimiento y describir su función sin aislarlas del entorno en el que se utilizan. El rasgo fundamental del programa del grupo ABC radica por lo tanto en una idea simple, y es la de que en el mundo real las heurísticas funcionan por lo general bien. Pese a su simplicidad, esta es una de las objeciones más relevantes a los primeros trabajos sobre heurísticas, pues muchos de los hallazgos sobre los presuntos errores cognitivos cometidos por las personas pueden entenderse como consecuencias, i.e. diagnósticos, artificiosos generados por el diseño experimental de problemas poco familiares, y su desenlace es la descripción del empleo o aplicación de heurísticas como si esta fuera acaso indiscriminada (Gigerenzer et al. 1999, 2000). Ejemplo de esta crítica es la valoración hecha de las definiciones de la heurística de disponibilidad y la de representatividad cuyo empleo se presenta ad hoc.

En 2002 Kahneman y Frederick publican ‘Representativeness revisited: Attribute substitution in intuitive judgment’ un trabajo en el que sostienen que las heurísticas son atajos mentales utilizados cuando estamos interesados en evaluar lo que denominan un atributo ‘target’. En tales circunstancias, las personas sustituimos por lo general un atributo heurístico del objeto (que se nos presente) por ser más fácil de manejar. Las heurísticas operarían entonces a través de procesos de sustitución de un atributo. Un caso claro es el de la heurística de reconocimiento (en ocasiones identificada con la heurística de disponibilidad) en la que apreciamos el proceso de sustituir un atributo (la ciudad más grande) por otro más fácil de manejar (la ciudad más conocida).

Será tres años después de la publicación de Kahneman y Frederick, cuando Sunstein (2005) considere que para defender o, por el contrario, rechazar la objeción más importante realizada a los denominados programas clásicos sobre heurísticas es irrelevante resolver la cuestión sobre si son o no son presentadas y examinadas ad hoc las aplicaciones que las heurísticas tienen en la vida ordinaria. A Sunstein le parece incuestionable que el uso de simples reglas del pulgar (rules of thumb) puede producir errores graves no sólo de cálculo sino de juicio moral, y centra su crítica soterrada a los programas clásicos sobre heurísticas en la que él considera su verdadera debilidad: las heurísticas suelen relacionarse con cuestiones de hecho pero no con cuestiones morales. Si las personas responden a cuestiones de hecho utilizando simples reglas del plugar (rules of thumb), ¿cómo respondemos a cuestiones morales? ¿Utilizamos heurísticas morales? La idea según la cual las heurísticas operan a través de un proceso de sustitución de un atributo (attribute-substitution model of heuristic judgment) llama la atención de Sunstein porque es un mecanismo muy utilizado en el mundo jurídico donde se apela constantemente a casos prototípicos para resolver problemas especialmente difíciles, i.e. novedosos. Y es este procedimiento el que puede conducir a errores de juicio si aceptamos que en los juicios morales, políticos y jurídicos la heurística de atribución opera seleccionando un atributo ‘target’.

El análisis de este procedimiento se hace aún más complejo cuando se añaden otras variables. Una de ellas es la variable del afecto (affect heuristic) propuesta inicialmente por Paul Slovic et al. (2002). Si bien fue definida como una heurística en sentido propio, en los estudios sobre heurística, la heurística del afecto, suele disociarse sistemáticamente del proceso heurístico de sustitución de atributo al quedar este previamente definido como una cuestión fáctica desprovista, por consiguiente, de componentes emocionales.

Sobre este punto una de las objeciones que los psicólogos Fernández-Berrocal y Extremera hacen a Sunstein cuando este presenta el famoso caso de la enfermedad asiática como un ejemplo de enmarcado moral (moral framing), es que si no se tienen presentes variables como la influencia que ejerce el entendimiento emocional (i.e. la heurística del afecto) asociado a la edad y las diferencias específicas de las personas cuyo proceso de decisión se analiza, entonces se cometen indefectiblemente errores a la hora de analizar los resultados obtenidos en esas tareas heurísticas -de enmarcado moral. La respuesta mayoritaria según la cual los seres humanos tenemos en común una aversión general a las (situaciones de) pérdidas (Tversky and Kahneman, 1991) podría por consiguiente considerarse tan parcialmente sesgada como la explicación de Sunstein (2004) sobre que las intuiciones heurístico-morales de las personas dependen de cómo se enmarca la cuestión por la que se les pregunta. A fin de cuentas, este último factor (en detrimento de la heurística del afecto de Slovic) no garantiza que las explicaciones a que dé lugar viertan luz sobre el conjunto de procesos heurísticos que actuarían como causa putativa no sólo del enmarcado moral sino de la selección del atributo ‘target’.

Como la anterior cuestión podría llevar al complejo debate sobre si existe o no un desarrollo evolutivo de la mayoría de las heurísticas, Sunstein parece seguir un criterio de economía cognitiva cuando sostiene que el compromiso moral derivado del empleo de heurísticas es en definitiva una cuestión de aprendizaje social (prueba de ello es su efecto cascada).

Las intuiciones morales (se usen o no como procedimientos heurísticos) pueden tener un efecto pernicioso sobre nuestros juicios y argumentos jurídicos, y por ese motivo Sunstein cree necesario elaborar un catálogo de aquellas heurísticas morales que ejercen una clara influencia en el ejercicio del derecho. En este punto sigue deliberadamente el principio de consistencia de Rawls (1971) en virtud del cual nuestras creencias son siempre revisables por lo que debemos ejercitarnos examinando su consistencia sometiéndolas a distintos niveles de generalidad (que encontramos en las distintas leyes formuladas). Lo que estamos insinuando aquí es que, en cierto modo, Sunstein aprecia en este punto una paradoja difícil de salvar por los dos programas clásicos de investigación sobre las heurísticas, y presenta el suyo como una alternativa independiente. Sin embargo, resulta paradójico que las intuiciones (heurísticas) morales puedan conducir a errores significativos y que puedan no obstante, al mismo tiempo, funcionar bien (e.g., ‘una persona inocente nunca merece castigo’), ya que eso implicaría que nuestros juicios morales menos revisables podrían entenderse como ‘sobregeneralizaciones’ de heurísticas morales que han funcionado bien en determinados contextos. Su catálogo de heurísticas (en cierto modo, una tabla de salvación jurídica) se presenta como un instrumento para detectar los casos en los que las heurísticas morales conducen a algo más que un error fáctico.

Una de las objeciones que puede hacerse al planteamiento de Sunstein es que para determinar si una heurística moral es mejor o peor socialmente que una alternativa razonable es necesario analizar aspectos que -tal y como se desprende de nuestra interpretación- están ausentes en su análisis: (i) el contexto social y epistémico en el que se emplea; (ii) la justicia epistémica de las narraciones que dicha heurística ayuda a fomentar, suscitar, imponer, o por el contrario contradecir, etc.; (iii) el tipo de deliberación o los modelos de persuasión de los que parte o, por el contrario, que elude; (iv) si forma parte o no de una heurística de la psicología popular (i.e., si tiene conexión con la causación popular de estados de creencia); (v) si contribuye a la marginación, a la prosperidad, etc. A continuación, comentaremos un caso de estudio (Duflo et al. (2013) en el que pondremos de manifiesto por qué es importante analizar las heurísticas como procedimientos de estimación social que nos permiten producir conocimiento (aunque estas sean también una forma de conocimiento ya producido).



3.1. La heurística de reputación


Según la interpretación del economista John B. Davis, Poor economics –el libro recientemente publicado por Banerjee y Duflo (2011)- es un caso de economía comportamental/conductual (?) aplicada (behavioral development economics) en el que se nos presentan las múltiples variedades de motivaciones de los pobres como una de las razones por las que es difícil identificar y predecir los incentivos que cabe atribuirles. La hipótesis de investigación que los economistas del MIT han falsado durante quince años en diferentes experimentos para los que han adoptando un método de ensayos aleatorios controlados (sobre este punto, consultar David Teira, 2013; Teira y Reiss; 2013; Álvarez, Jiménez-Buedo, Teira y Zamora, 2013: tema 9) es que se puede escapar de la pobreza si se alteran las circunstancias de elección en las que viven las personas (Davis, forthcoming, 2013: 8) y, por consiguiente –según sostenemos aquí-, si se transforman también las heurísticas sociales empleadas. De la lectura de Poor economics se desprende que los resultados obtenidos en su investigación se pueden utilizar para diseñar políticas que favorezcan la acumulación de capital humano y amplíen el espacio de las capacidades de quienes quieren salir de la pobreza (y no sólo).

A mi modo de ver, si tenemos presente las objeciones que hemos hecho al modelo del grupo ABC, parece poco plausible que la aplicación paulatina del programa ABC-Gigerenzer sobre heurísticas (a través de sucesivos experimentos acotados) pueda resolver este problema social, tampoco parece que la innovadora perspectiva de Sunstein sobre las heurísticas morales pueda aplicarse a la sociología (y heurísticas sociales) de la pobreza. Para que el análisis de las heurísticas sociales (aquellas que son aplicadas en entornos que presentan una clara significación y dinamismo colectivo como la que describiré más adelante) pueda ofrecernos información relevante sobre este dramático problema de justicia social, es necesario analizar las distintas dimensiones presentes en este tipo de razonamiento (heurístico) diseñando para ello un método pluralista, inspirado en lo que Samuels denominó matrix approach to meaningfulness (Samuels, 1995, citado en Davis, 2012). En este sentido, el diseño de una visión pluralista sobre la función social de las heurísticas puede convertirse en una caja de herramientas con nuevos instrumentos y utilidades para la economía aplicada. Para conseguirlo, es necesario integrar las heurísticas en un plan de acción más amplio, que nos permita explicar en qué sentido las heurísticas son recursos que nos permiten producir conocimiento al mismo tiempo que un tipo de conocimiento en cierto modo ya producido.



Aquí interpretación paper Duflo et al.

3. Conclusión



Agradecimientos

Este trabajo se ha realizado gracias a la financiación de un contrato del subprograma Juan de la Cierva (Referencia JCI-2011-09425) del Ministerio español de Economía y Competitividad.


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