Tres ensayos de teoría sexual



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Resumen [Recapitulación]

Ha llegado el momento de intentar recapitular, de ensayar una síntesis.


[I. LAS ABERRACIONES SEXUALES]
Partimos de las aberraciones de la pulsión sexual con referencia a su objeto y a su meta; nos preguntamos si ellas surgían a consecuencia de una disposición innata o se adquirían por las influencias de la vida. Obtuvimos la respuesta a partir de la intelección de las circunstancias que rodean a la pulsión sexual en el caso de los psiconeuróticos -un grupo numeroso de seres humanos, no distante del de los sanos-. Fue la indagación psicoanalítica la que nos procuró esa intelección. Hallamos, pues, que en esas personas las inclinaciones a todas las perversiones eran pesquisables como unos poderes inconscientes que se traslucían como formadores de síntoma. Pudimos afirmar que la neurosis es, en cierto modo, un negativo de la perversión. Reconocimos entonces que las inclinaciones perversas están muy difundidas; y dado ese hecho, se nos impuso este punto de vista: la disposición a las perversiones es la disposición originaria y universal de la pulsión sexual de los seres humanos, y a partir de ella, a consecuencia de alteraciones orgánicas e inhibiciones psíquicas, se desarrolla en el curso de la maduración la conducta sexual normal. Alentamos entonces la esperanza de descubrir en la niñez esa disposición originaria; entre los poderes que limitan la orientación de la pulsión sexual, destacamos la vergüenza, el asco, la compasión y las construcciones sociales de la moral y la autoridad. Así, en todo cuanto constituye una aberración fijada respecto de la vida sexual normal, no pudimos menos que discernir una cuota de inhibición del desarrollo y de infantilismo. Debimos situar en primer plano la significatividad de las variaciones de la disposición originaria, pero suponer entre ellas y las influencias de la vida una relación de cooperación y no de oposición o rivalidad. Por otra parte, puesto que la disposición originaria no puede menos que ser compleja, nos pareció que la pulsión sexual misma era algo compuesto por muchos factores; y que en las perversiones, estos se descomponían, por así decir, en sus elementos componentes. De tal modo, las, perversiones se evidenciaron por una parte como inhibiciones, y por la otra como disociaciones del desarrollo normal. Ambas concepciones se reunieron en una hipótesis: la pulsión sexual del adulto engendra una aspiración con una única meta sexual mediante la composición de múltiples mociones de la vida infantil en una unidad175.
[II. LA SEXUALIDAD INFANTIL]
Y a esto sumamos todavía el esclarecimiento de la preponderancia de las inclinaciones perversas en el caso de los psiconeuróticos: la discernimos como el llenado colateral de unos canales secundarios, asociada a la obstrucción del cauce principal, provocado por la «represión»; hecho esto, pasamos a considerar la vida sexual en la infancia176. Nos pareció lamentable en primer lugar que se negara la existencia de la pulsión sexual en la infancia, y que no pocas veces exteriorizaciones de esa índole observadas en el niño se describieran como excepciones a la regla. Más bien consideramos que el niño trae consigo al mundo los gérmenes de actividad sexual, y ya en el acto de ingerir alimento goza también de una satisfacción sexual que después busca crearse, una y otra vez independientemente, en la bien conocida actividad del «chupeteo». Pero la práctica sexual del niño no se desarrolla al mismo paso que sus otras funciones, sino que, tras un breve período de florecimiento entre los dos y los cinco años, ingresa en el período llamado de latencia. En este, la producción de excitación sexual en modo alguno se suspende, sino que perdura y ofrece un acopio de energía que en su mayor parte se emplea para otros fines, distintos de los sexuales, a saber: por un lado, para aportar los componentes sexuales de ciertos sentimientos sociales, y por el otro (mediante la represión y la formación reactiva), para edificar las ulteriores barreras sexuales. Así, a expensas de la mayoría de las mociones sexuales perversas, y con ayuda de la educación, se edificarían en la infancia los poderes destinados a mantener la pulsión sexual dentro de ciertas vías. Otra parte de las mociones sexuales infantiles escapa a estos empleos y puede exteriorizarse como actividad sexual. Según sostuvimos, puede averiguarse entonces que la excitación sexual del niño fluye de variadas fuentes. Sobre todo, produciría satisfacción la apropiada excitación sensible de las llamadas zonas erógenas; al parecer, pueden actuar en calidad de tales todo lugar de la piel y cualquier órgano de los sentidos (y probablemente cualquier órgano); no obstante, existen ciertas zonas erógenas privilegiadas cuya excitación estaría asegurada desde el comienzo por ciertos dispositivos orgánicos. Además, se genera una estimulación y excitación sexual, por así decir como producto secundario, a raíz de una gran serie de procesos que tienen lugar en el organismo, tan pronto alcanzan cierta intensidad; y en particular, lo propio ocurre a raíz de todo movimiento intenso del ánimo, así sea de naturaleza penosa. Las excitaciones provenientes de todas estas fuentes no se conjugan todavía, sino que persiguen por separado su meta, que no es otra que la ganancia de un cierto placer. De ello inferimos, por consiguiente, que en la niñez la pulsión sexual no está centrada y al principio carece de objeto, vale decir, es autoerótica.

Ya en la infancia empieza a hacerse notable la zona erógena de los genitales, sea porque, como cualquier otra zona erógena, produce una satisfacción gracias a una adecuada estimulación sensible, o porque, de una manera que no comprendemos del todo, la satisfacción obtenida desde otras fuentes produce al mismo tiempo una excitación sexual que repercute o se refleja particularmente en la zona genital. Tenemos que lamentar que todavía no pueda alcanzarse un esclarecimiento suficiente de los nexos entre satisfacción y excitación sexuales, así como entre la actividad de la zona genital y la de las otras fuentes de la sexualidad.

El estudio de las perturbaciones neuróticas nos ha hecho notar que en la vida sexual infantil pueden discernirse, desde el comienzo mismo, esbozos de una organización de los componentes pulsionales sexuales. En una primera fase, muy temprana, el erotismo oral se sitúa en el primer plano; una segunda de estas organizaciones «pregenitales» se caracteriza por el predominio del sadismo y del erotismo anal; sólo en una tercera fase (que en el niño se desarrolla únicamente hasta la primacía del falo177) la vida sexual pasa a ser comandada por la participación de las zonas genitales propiamente dichas.

Una de las más sorprendentes averiguaciones fue la que nos llevó a comprobar que este temprano florecimiento de la vida sexual infantil (de los dos hasta los cinco años) hace madurar también una elección de objeto, con todas las ricas operaciones anímicas que ello conlleva; y de tal modo que la fase que se le asocia y le corresponde, a pesar de la falta de una síntesis de los componentes pulsionales singulares y de la imprecisión de la meta sexual, ha de apreciarse como importante precursora de la organización sexual definitiva ulterior.

El hecho de la acometida en dos tiempos del desarrollo sexual en el ser humano, vale decir, su interrupción por el período de latencia, nos pareció digno de particular atención. En ese hecho parece estar contenida una de las condiciones de la aptitud del ser humano para el desarrollo de una cultura superior, pero también de su proclividad a la neurosis. En el linaje animal del hombre no podemos rastrear nada análogo. El origen y la génesis de esta particularidad humana habría que buscarla en la historia primordial de la especie humana.

No pudimos precisar la medida a partir de la cual las manifestaciones sexuales de la infancia [y su manejo] dejan de ser normales y se vuelven perjudiciales para el desarrollo ulterior178. El carácter de las exteriorizaciones sexuales se reveló como predominantemente masturbatorio. Además, la experiencia nos permitió comprobar que influencias externas como la seducción pueden provocar intrusiones prematuras en el período de latencia hasta llegar a cancelarlo, y que en tales casos la pulsión sexual del niño se acredita de hecho como perversa polimorfa; averiguamos también que cualquier actividad sexual prematura de esa índole perjudica la posibilidad de educar al niño179.


[III. LA METAMORFOSIS DE LA PUBERTAD]

Pese a las lagunas que presentan nuestras intelecciones de la vida sexual infantil, nos vimos llevados después a ensayar el estudio de las trasformaciones que le sobrevienen con la emergencia de la pubertad. Destacamos dos como las decisivas: la subordinación de todas las otras fuentes originarías de la excitación sexual bajo la primacía de las zonas genitales, y el proceso del hallazgo de objeto. Ambas ya están prefiguradas en la vida infantil. La primera se consuma por el mecanismo de aprovechamiento del placer preliminar [previo]: los otros actos sexuales autónomos, que van unidos a un placer y a una excitación, pasan a ser actos preparatorios para la nueva meta sexual [y que contribuyen a la misma y la enriquecen], el vaciamiento de los productos genésicos; y el logro de esta meta, bajo un placer enorme [lo más elevado posible, de acuerdo con las circunstancias del sujeto], pone fin a la excitación sexual. A raíz de esto habíamos considerado la diferenciación de la sexualidad masculina y femenina, y hallamos que esta última requiere de una nueva represión que suprime un sector de virilidad infantil y prepara a la mujer para el cambio de la zona genital rectora. Finalmente, hallamos que la elección de objeto es guiada por los indicios infantiles, renovados en la pubertad, de inclinación sexual del niño hacia sus padres y los encargados de cuidarlo, y, desviada de estas personas por la barrera del incesto erigida entretanto, se orienta hacia otras semejantes a ellas. Agreguemos, por último, que en el curso del período de transición constituido por la pubertad los procesos de desarrollo somáticos y los psíquicos marchan durante un tiempo sin anudamiento entre ellos, hasta que irrumpe y se instaura [con una cierta permanencia] una intensa moción anímica de amor que, abriéndose paso llega a inervar los genitales y produce la unidad de la función de amor [de la corriente tierna y sexual hacia el objeto] normalmente requerida.


66FACTORES QUE PERTURBAN EL DESARROLLO. Como ya lo elucidamos en diversos ejemplos, todo paso en esta larga vía de desarrollo puede convertirse en un lugar de fijación, y todo punto de articulación de esta complicada síntesis, en la ocasión de un proceso disociador [que lleva a una disociación] de la pulsión sexual. Nos resta todavía brindar un panorama de los diversos factores, internos y externos, que perturban el desarrollo, e indicar los lugares del mecanismo afectados por la perturbación que aquellos provocan. Tengamos en cuenta que los factores que se incluyen en una misma serie pueden ser de valor dispar, y estemos preparados para tropezar con algunas dificultades en la apreciación de cada uno de ellos por separado.
67CONSTITUCIÓN Y HERENCIA. En primer lugar, cabe mencionar aquí la diferencia [diversidad] innata de la constitución sexual. Es probable que sobre ella recaiga el peso principal, pero, como es comprensible, es discernible o inferible sólo a partir de sus manifestaciones o exteriorizaciones posteriores, y ni siquiera entonces lo es siempre con gran certeza. La imaginamos como el predominio de esta o estotra de las múltiples fuentes de la excitación sexual, y suponemos que esa diferencia entre las disposiciones tiene que expresarse de alguna manera en el resultado final, aunque este se mantenga dentro de las fronteras [los límites] de lo normal. Por cierto, son concebibles también variantes de la disposición originaria que necesariamente, y sin ayuda ulterior, lleven a la constitución de una vida sexual anormal. Puede llamárselas «degenerativas», y considerárselas expresión de una tara heredada. En relación con esto puedo informar sobre un hecho notable. En más de la mitad de los casos de histeria, de neurosis obsesiva, etc., que tuve bajo tratamiento psicoterapéutico, me fue posible demostrar que el padre había padecido una sífilis antes de casarse, ya consistiese en una tabes o una parálisis progresiva, o pudiese establecerse de algún otro modo por vía de la anamnesis. Consigno expresamente que los niños después neuróticos no presentaban ningún signo corporal de lúes hereditario, de suerte que justamente su constitución sexual anormal debía considerarse la secuela última de su herencia luética. Lejos estoy de suponer que la descendencia de padres sifilíticos sea la condición etiológica regular o infaltable de la constitución neuropática; empero, no creo que la coincidencia por mí observada sea fruto del azar o irrelevante.

Las condiciones hereditarias de los perversos positivos son menos conocidas, porque ellos suelen eludir la averiguación. No obstante, hay fundamento para suponer válido en las perversiones algo similar a lo que ocurre en las neurosis. En efecto, no es raro hallar en una misma familia perversión y psiconeurosis distribuidas así entre los sexos: los miembros masculinos, o uno de ellos, son perversos positivos, pero los miembros femeninos, de acuerdo con la proclividad de su sexo a la represión, son perversos negativos, histéricos. Es una buena prueba de la copertenencia [las relaciones esenciales] que hemos descubierto entre ambas perturbaciones.


68PROCESAMIENTO [ELABORACIÓN] ULTERIOR. Por otro lado, no puede sustentarse (vertreten) el punto de vista de que la conformación de la vida sexual quedaría determinada unívocamente por el planteo inicial de los diversos componentes en la constitución sexual. Más bien el proceso de condicionamiento sigue, y las posibilidades ulteriores dependen del destino que experimenten los aflujos de la sexualidad que dimanan de las diversas fuentes. Es evidente que este procesamiento ulterior decide en definitiva; en efecto, una constitución idéntica en términos descriptivos puede ser llevada por aquella a tres diversos desenlaces finales:
[1] Cuando todas las disposiciones se mantienen en su proporción relativa, considerada anormal, y se refuerzan con la maduración, el resultado final no puede ser otro que una vida sexual perversa. Todavía no se ha abordado un análisis en regla de estas disposiciones constitucionales anormales; no obstante, ya conocemos casos fácilmente explicables mediante hipótesis de esa clase. Por ejemplo, acerca de toda una serie de perversiones por fijación, los autores opinan que tendrían como premisa necesaria una debilidad innata de la pulsión sexual. Expresada en esa forma, tal concepción me parece insostenible; pero cobra pleno sentido si se alude a una debilidad constitucional de un factor de la pulsión sexual, la zona genital, zona que más tarde cobra la función de integrar las diversas actividades sexuales para la meta de la reproducción180. Entonces esa integración, requerida en la pubertad, no puede menos que fracasar, y los más fuertes entre los otros componentes de la sexualidad impondrán su práctica como perversión.
69REPRESIÓN. [2] Otro es el desenlace cuando en el curso del desarrollo algunos componentes, que en la disposición eran hiperintensos, sufren el proceso de la represión. En cuanto a esta, tenemos que establecer que no equivale a una superación [supresión] (Aufhebung). Las excitaciones correspondientes se siguen produciendo como antes, pero un estorbo psíquico les impide alcanzar su meta y las empuja por otros caminos desviados, hasta que consiguen expresarse como síntomas. El resultado puede aproximarse a la vida sexual normal -casi siempre restringida o limitada en tales casos-, pero complementada con una patología psiconeurótica. Son justamente los casos que conocemos bien por la exploración psicoanalítica. de neuróticos. La vida sexual de estas personas se ha iniciado como la de los perversos; todo un sector de su infancia está colmado de una actividad sexual perversa, que en ocasiones continúa hasta más allá de la madurez. Más tarde, por causas internas, se produce -casi siempre antes de la pubertad, pero en algunos casos después- un vuelco represivo, y en adelante, sin que las viejas mociones se extingan, la neurosis remplaza a la perversión. Recuérdese el proverbio: «Puta de joven, de vieja mojigata», sólo que aquí la juventud ha resultado muy breve. Este relevo de la perversión por la neurosis en la vida de una misma persona debe coordinarse, lo mismo que la ya mencionada distribución de perversión y neurosis entre diversos miembros de una misma familia, con la intelección según la cual la neurosis es el negativo de la perversión.
70SUBLIMACIÓN. [3] El tercer desenlace de una disposición constitucional anormal es posibilitado por el proceso de la «sublimación». En ella, a las excitaciones hiperintensas que vienen de las diversas fuentes dispersas de la sexualidad se les procura drenaje y empleo en otros campos, de suerte que el resultado de la disposición en sí peligrosa es un incremento no desdeñable de la capacidad de rendimiento psíquico. Aquí ha de discernirse una de las fuentes de la actividad artística; y según que esa sublimación haya sido completa o incompleta, el análisis del carácter de personas altamente dotadas, en particular las de disposición artística, revelará la mezcla en distintas proporciones de capacidad de rendimiento, perversión y neurosis. Una subvariedad de la sublimación es tal vez la sofocación por formación reactiva, que, según hemos descubierto, empieza ya en el período de latencia del niño, y en los casos favorables continúa toda la vida. Lo que llamamos el «carácter» de un hombre está construido en buena parte con el material de las excitaciones sexuales, y se compone de pulsiones fijadas desde la infancia, de otras adquiridas por sublimación y de construcciones destinadas a sofrenar unas mociones perversas, reconocidas como inaplicables. Así, en la disposición sexual universalmente perversa de la infancia puede verse la fuente de una serie de nuestras virtudes, en la medida en que, por vía de la formación reactiva, da el impulso para crearlas181.
71LO VIVENCIADO ACCIDENTALMENTE. Comparadas con los desenfrenos sexuales, las oleadas represivas y las sublimaciones (procesos estos dos últimos cuyas condiciones internas ignoramos por completo), todas las otras influencias parecen mucho menos importantes. Quien incluya a las represiones y sublimaciones en la disposición constitucional y las considere manifestaciones vitales de esta, tendrá sin duda derecho a afirmar que la conformación definitiva de la vida sexual es sobre todo resultado de la constitución innata. Pero nadie con alguna penetración pondrá en duda que en esa cooperación de factores hay lugar también para las influencias modificadoras de lo vivenciado accidentalmente en la infancia y después. No es fácil apreciar en su recíproca proporción la eficacia de los factores constitucionales y accidentales. En la teoría se tiende siempre a sobrestimar los primeros; la práctica terapéutica destaca la importancia de los segundos. En ningún caso debería olvidarse que existe entre ambos una relación de cooperación y no de exclusión182. El factor constitucional tiene que aguardar a que ciertas vivencias lo activen y pongan de manifiesto; el accidental necesita apuntalarse en la constitución para volverse eficaz. En la mayoría de los casos es posible imaginar [representarse] (vorstellen) lo que se llama una «serie complementaria», según se la llama en la cual las intensidades decrecientes de un factor son compensadas por las crecientes del otro; pero no hay fundamento alguno para negar la existencia de casos extremos en los dos cabos [extremos] de la serie.

Lo que más concuerda con la investigación psicoanalítica es atribuir una posición preferente entre los factores accidentales a las vivencias de la primera infancia. La serie etiológica única se descompone, pues, en dos, que cabe llamar la predisposicional y la definitiva. En la primera, constitución y vivencias infantiles accidentales cooperan como lo hacen, en la segunda, la predisposición y las vivencias traumáticas posteriores. Todos los factores deteriorantes [nocivos] del desarrollo sexual exteriorizan su efecto del siguiente modo: provocan una regresión, un retorno [regreso] a una fase anterior del desarrollo.


Ahora proseguiremos nuestra tarea, que es la de pasar revista a los factores cuya influencia sobre el desarrollo sexual hemos llegado a conocer, ya constituyan poderes eficaces o meras exteriorizaciones de estos.
72PRECOCIDAD. Un factor de esta clase es la espontánea precocidad sexual, comprobable con certeza al menos en la etiología de las neurosis, aunque, como los otros factores, no es por sí solo causa suficiente. Se exterioriza en la interrupción, el acortamiento o la eliminación del período infantil de latencia, y se convierte en causa de perturbaciones en la medida en que ocasiona exteriorizaciones sexuales que, a raíz del carácter incompleto de las inhibiciones sexuales, por una parte, y de la falta de desarrollo del sistema genital, por la otra, sólo pueden presentarse como perversiones. Ahora bien, estas inclinaciones a la perversión pueden conservarse como tales, o convertirse en fuerzas pulsionales de síntomas neuróticos después de una represión; en todos los casos, la precocidad sexual dificulta el deseable gobierno posterior de la pulsión sexual por parte de las instancias anímicas superiores, y acrecienta el carácter compulsivo que de suyo reclaman las subrogaciones psíquicas (Vertretungen) de la pulsión. La precocidad sexual suele marchar paralela a un desarrollo intelectual precoz; así, la encontramos en la historia infantil de los individuos más prominentes y productivos; en tales casos no parece tener iguales efectos patógenos que cuando se presenta aislada.
73FACTORES TEMPORALES. Deben tenerse en cuenta, asimismo, otros factores que, junto con la precocidad, pueden reunirse bajo el rótulo de «temporales». La secuencia en que son activadas las diversas mociones pulsionales, y el lapso durante el cual pueden exteriorizarse hasta sufrir la influencia de otra moción pulsional que acaba de emerger o de una represión típica, parecen filogenéticamente establecidos. Pero tanto en esa secuencia temporal cuanto en los lapsos respectivos parece haber variaciones que, de manera ineluctable, ejercen una influencia determinante sobre el resultado final. No es indistinto que una corriente determinada emerja antes o después que su corriente contraria, pues el efecto de una represión no puede deshacerse: un desfase temporal en la composición de los elementos produce, por regla general, una alteración del resultado. Por otra parte, mociones pulsionales que emergen con particular intensidad tienen a menudo un transcurso asombrosamente breve (p. ej., el vínculo heterosexual de los que después serán homosexuales manifiestos). El hecho de que en la infancia ciertas aspiraciones se instalen con la mayor violencia no justifica el temor de que habrán de gobernar duraderamente el carácter del adulto; es igualmente lícito esperar que desaparecerán para dejar sitio a sus contrarias. («Los tiranos reinan poco tiempo».) Ni siquiera podemos indicar la proveniencia de esas complicaciones temporales de los procesos de desarrollo. Aquí el panorama se nos abre sobre una falange de problemas biológicos (y quizá también históricos) más profundos, con los que no podemos librar batalla, pues ni siquiera nos hemos aproximado lo suficiente a ellos.
74ADHESIVIDAD. La significatividad de todas las exteriorizaciones sexuales prematuras es acrecentada por un factor psíquico de origen desconocido, al que por ahora tenemos que admitir como una mera hipótesis psicológica provisional. Me refiero a la elevada adhesividad (Haftbarkeit) o fijabilidad (Fixierbarkeit) de ciertas impresiones de la vida sexual que tiene que suponerse por fuerza en los que después se vuelven neuróticos, así como en los perversos, para completar la constelación de los hechos, pues, en otras personas, idénticas exteriorizaciones sexuales prematuras no se imprimen tan duraderamente que provoquen su repetición compulsiva y prescriban para toda la vida los caminos de la pulsión sexual. Quizás esa adhesividad se aclare en parte si atendemos a otro factor psíquico que no podemos dejar de computar en la causación de las neurosis, a saber: el mayor peso que tienen en la vida anímica las huellas mnémicas en comparación con las impresiones recientes. Es evidente que este factor depende de la formación intelectual y crece a medida que aumenta la cultura personal. Por oposición a esto, el salvaje ha sido caracterizado como el «hijo desdichado del instante». En virtud del vínculo de oposición existente entre la cultura y el libre desarrollo de la sexualidad, cuyas consecuencias pueden rastrearse muy en lo hondo de la conformación de nuestra vida, la importancia que posee para la vida posterior el modo en que se ha desarrollado la sexualidad del niño es muy escasa en los estadios inferiores de cultura y de sociedad, y muy elevada en los superiores.



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