Transferencias de afecto



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CONFIGURACIONES DE LA TRANSFERENCIA: MASOQUISMO Y SEPARACION
David Laznik

RESUMEN
El concepto de transferencia está inicialmente asociado al despliegue de las formaciones del inconciente en el dispositivo analítico. Con el concepto de pulsión comienza a complejizarse el estatuto de la transferencia, al inscribirse en ella el “afecto”, testimonio de la vivencia de dolor. Con el afecto se introduce una modalidad peculiar de “recuerdo” asociado a la angustia y se incorpora veladamente el valor de lo hostil. El “más allá del principio del placer” reubica lo hostil como lo no-ligado en la transferencia. La formalización del masoquismo erógeno primario permitirá resignificar el lugar del dolor, el afecto y la angustia, posibilitando la delimitación de diversos modos de configuración de la transferencia que amplían los límites de la praxis psicoanalítica.


PALABRAS CLAVES
Transferencia – Masoquismo - Pulsión de muerte – Dolor - Angustia – Goce.

La construcción de los conceptos está marcada en Freud por un rasgo que atraviesa el conjunto de su obra: la producción de un concepto es solidaria de la ruptura de una hipótesis previa. Pero la singularidad de la praxis psicoanalítica determina que esta ruptura produce efectos no sólo en desarrollos y articulaciones teóricos, sino fundamentalmente en la delimitación del lugar que le corresponde al analista en la dirección de la cura. Uno de los lugares en los que este rasgo se observa con mayor nitidez es en el desarrollo del concepto de transferencia. La transferencia es a lo largo de la obra freudiana solidaria de su concepción del aparato psíquico. Del mismo modo, la teorización freudiana sobre la sexualidad y con ella su teoría pulsional, acompañó las vicisitudes de la conceptualización de la transferencia. Esta solidaridad es tan estrecha que condicionó desde el inicio mismo la modalidad con la que Freud formalizó las entidades y categorías clínicas freudianas.


La oposición psiconeurosis de defensa – neurosis actuales se sostenía en la participación o no del “mecanismo psíquico”, al mismo tiempo que de la ubicación de las neurosis respecto de la transferencia. Su caracter de “fuera de transferencia” señalaba, por otro lado, la posición de Freud en el dispositivo analítico. Posteriormente esta solidaridad se hace aún más explícita al ser la transferencia el elemento que delimita las figuras clínicas: neurosis de transferencia – neurosis narcisistas. Más tarde, estas figuras de lo “no analizable” dejan de organizarse en términos de oposiciones binarias, para desplegarse alrededor de los obstáculos estructurales en la transferencia: las neurosis traumáticas en un primer momento, y la melancolía y la reacción terapéutica negativa en un segundo momento.
Los referentes conceptuales de estos obstáculos son, sucesivamente, la angustia, el narcisismo, la pulsión de muerte y el superyo. La conceptualización de la pulsión de muerte se presenta como la ocasión para resolver las contradicciones e inconsistencias del dualismo pulsional sobre el cual descansaba la teoría psicoanalítica, y que afectaban los fundamentos mismos de la experiencia del análisis. Será necesaria, sin embargo la producción de una nueva ruptura para poder reformular el lugar del analista en la transferencia y así ampliar los límites del campo de la praxis psicoanalítica: se trata del pasaje de la originariedad del sadismo a la del masoquismo.
Ya desde sus inicios la clínica freudiana se presentaba sostenida en la noción de conflicto psíquico y de un aparato psíquico organizado en instancias contrapuestas, lo que anticipaba ya la ubicación de la represión como “pilar teórico del psicoanálisis”. Sin el conflicto, el síntoma perdía sentido, en tanto éste se ubicaba como un testimonio del conflicto. Este conflicto, expresado en términos de la oposición entre el yo y una representación inconciliable de caracter sexual, sirvió de soporte para la conceptualización de la pulsión, la que no podía organizarse sino del mismo modo, es decir, en términos dualistas: pulsiones sexuales opuestas a las pulsiones de autoconservación.
La noción de apuntalamiento en primera instancia, y la de “órganos de doble función” más tarde, llevarán a Freud a renombrar la segunda instancia del dualismo como “pulsiones yoicas” (FREUD, 1910), asimilando entonces el dualismo pulsional con los primeros términos de la escisión psíquica. Pero al mismo tiempo se vislumbra anticipadamente la idea de un yo arraigado en las pulsiones, un esbozo de cuerpo revestido de libido. Vale decir, con las nociones de apuntalamiento y de “órganos de doble función”, se afirma el caracter autoerótico de la pulsión al mismo tiempo que se esboza la sexualización, la libidinización del yo. En el mismo momento que se formaliza, comienza a complicarse el dualismo pulsional. Es entonces cuando se va haciendo necesario el concepto de narcisimo.
Esta necesidad teórica encuentra también, y muy especialmente, su correlato en fenómenos de la clínica. Entre ellos, destaquemos el amor, ya que excede el campo de la nosografía psicoanalítica y atañe muy particularmente a la transferencia. Es por la vía del amor que la complicación que se produce con la libidinización del yo excede a las neurosis narcisistas, implicando a la neurosis de transferencia y, por lo tanto, al corazón mismo de la experiencia analítica. Se delimita al mismo tiempo una figura clínica que anticipa casi cincuenta años a los llamados “borderlines”: las “mujeres de pasiones elementales”.
El término mismo de “libido yoica” conjuga así los registros del autoerotismo y del narcisismo, ubicando al yo como el “reservorio genuino y originario de la libido” (FREUD, 1920, 50), y hace necesario desplazar el dualismo a la oposición libido yoica – libido de objeto. Es por ello que la neurosis de transferencia, antes inscripta en la oposición pulsiones sexuales - pulsiones yoicas, pasa a inscribirse ahora en esta nueva formulación del dualismo pulsional. Sin embargo, las neurosis narcisistas, entre ellas la figura de las “mujeres de pasiones elementales” hacen necesario reformular el dualismo pulsional en otros términos, para poder ampliar los límites de la experiencia analítica. Esto llevará, inevitablemente a revisar el lugar de la transferencia.
“Más allá...” lo logra al postular a la pulsión de muerte como “estímulos interiores no ligados”. Es en la medida en que el principio de placer se sostiene en la ligadura que posibilita la investidura de las representaciones y su desplazamiento, que Freud delimita con claridad el lugar de la pulsión de muerte como lo que excede a lo ligado. Sin embargo, la articulación de la pulsión de muerte con el dualismo pulsional resulta una tarea mucho más ardua. Al postularla como “exteriorización de la inercia en la vida orgánica” (FREUD, 1920, 36), Freud la deja ubicada del lado de las funciones de conservación y, por lo tanto, ligadas a las pulsiones yoicas. Es así que equipara la oposición pulsiones de vida – pulsiones de muerte a la anterior oposición pulsiones sexuales – pulsiones yoicas.
La significativa consecuencia de esta afirmación es que, a pesar de fundada la pulsión de muerte, no le es posible a Freud formular un nuevo dualismo pulsional. Se trata en realidad del mismo dualismo, nombrado de otra forma. No oculta su “fastidio” al no poder enlazar las pulsiones libidinosas del yo con “pulsiones yoicas no libidinosas”. Propone entonces otra vía, una “segunda polaridad”. Es la oposición amor – odio, o ternura – agresión. De este modo, equipara al sadismo con la pulsión de muerte, en tanto ésta es “apartada del yo por el esfuerzo y la influencia de la libido narcisista” (FREUD, 1920, 52). Somos ahora nosotros los que nos fastidiamos: o no hay nuevo dualismo pulsional, o si lo hay (amor – odio) éste ubica al sadismo como originario. Es así que en “Más allá...” Freud funda una serie en la que el odio, la agresión, el sadismo y la pulsión de muerte son equivalentes. Y la pulsión de muerte adquiere valor de pulsión de destrucción.
A pesar del asombro que esto podría despertar en nosotros, ubiquemos la lógica en juego. Si el referente de la experiencia analítica era para Freud la transferencia ordenada en términos de oposición libido yoica – libido de objeto, el odio se presenta para Freud como un resto de la tendencia a la unificación de la libido. El odio viene a indicar el punto mismo de insuficiencia de la libido para dominar un resto no asimilable (MASOTTA, 1980).
Sin embargo, no es posible fundar un nuevo dualismo sobre la base del odio y el sadismo. En primer lugar, porque las tendencias destructivas no contradicen el principio de placer. Son tendencias al servicio del “egoísmo” y por lo tanto apuntan a resguardar el placer propio. Pero fundamentalmente porque el sadismo es solidario de la estructura misma de la pulsión sexual. Es el elemento correspondiente a la pulsión en tanto “pulsión de apoderamiento”, y de ahí su valor de instrumento de la adaptación, inscribiendo el placer en la dominación de los objetos (FREUD, 1905). Pero a diferencia de la “pulsión de apoderamiento”, el objeto del sadismo no es cualquiera; es precisamente el sufrimiento del otro (MASOTTA, 1980). Pues como sugiere Freud en “Pulsiones y destinos de pulsión”, ¿cómo podríamos buscar el dolor del otro si no hubiera un registro del dolor para el propio sujeto (FREUD, 1915). No hay posibilidad entonces de pensar al sadismo sin postular una experiencia masoquista previa. “Podría haber también un masoquismo primario...”, señala Freud, anticipando el desarrollo que tomará cuerpo cuatro años más tarde (FREUD, 1920).
Ubicar en el lugar de lo originario al sadismo o al masoquismo tiene consecuencias en la conceptualización de la transferencia. La noción de neurosis de transferencia es solidaria de la teoría del sadismo originario; mientras que el masoquismo erógeno primario permitirá dar cuenta de otras configuraciones que adopta la transferencia, y que a la altura de “Introducción del narcisismo” Freud no encuentra cómo nombrar sino como neurosis narcisistas. “El problema económico del masoquismo” permitirá dar cuenta de un valor conceptual del dolor diferente a aquel que tenía como “dique pulsional” en la primera época (LAZNIK Y OTROS, 2002), y del valor narcisista que adoptaba en aquel texto (FREUD, 1914).
Recordemos que para dar cuenta del sadismo en “Pulsiones y destinos de pulsión”, Freud lo inscribe, junto al otro par de opuestos (placer de ver – placer de exhibir), en una trama en la que adquiere una especial relevancia el semejante, aún cuando claramente se refiere al objeto de la pulsión y no al objeto de amor. Si esto no constituye un desplazamiento conceptual es simplemente porque a diferencia de las “pulsiones de apuntalamiento” (oral y anal), Freud acentúa en estas pulsiones el pasaje del autoerotismo al objeto en tanto se inscribe como diferencia, como ajeno. Es aquí donde el sadismo se conecta con el valor que adquiría en “Tres ensayos...”, en donde aparecía como solidario de la “pulsión de apoderamiento.” De lo que se trata es del dominio que se ejerce sobre un cuerpo, sobre un cuerpo que se constituye fuera del cuerpo de la conservación. Se trata entonces de ese otro lugar que posibilita la constitución de la imagen corporal y que operará como soporte del narcisismo (GLASMAN, 1985).
La metáfora de la ameba de “Introducción del narcisismo” se transforma -en “El problema económico del masoquismo”- en la transposición, el desvío hacia afuera, hacia los objetos del mundo exterior, de la pulsión de muerte (FREUD, 1924). Así, el sadismo se revela como correlato del yo, en la medida en que éste se constituye como efecto de una pérdida fundante, fuera del “ser vivo” elemental. Es por lo tanto solidario de la transferencia inscripta en la oposición libido yoica - libido de objeto. La transposición al exterior da cuenta del pasaje de “ser un cuerpo” a “tener un cuerpo”, y la libidinización del objeto supone una operación homóloga, en la que lo que se transfiere es el objeto mismo que era el propio sujeto; podemos mencionar al respecto la conexión que establece Freud entre el yo ideal y el “narcisismo perdido de la infancia” (FREUD, 1914).
Pero “otro sector no obedece a ese traslado hacia afuera, permanece en el interior del organismo”. Es en ese sector donde “tenemos que discernir el masoquismo erógeno, originario”. Es recién ahora, en 1924, cuando culmina el movimiento que se anticipaba en 1920 con “Más allá...”, pero que recién se formaliza en “El problema económico del masoquismo”. No toda la pulsión de muerte se transpone al exterior, se expulsa. Después que la parte principal de la pulsión de muerte “fue trasladada afuera, sobre los objetos, en el interior permanece, como su residuo, el genuino masoquismo erógeno...” (FREUD, 1924, 169). Pero si el sadismo permitía pensar la constitución del cuerpo y del yo, Freud señala un elemento que escapa a esta constitución, que permanece fuera del cuerpo. El masoquismo erógeno primario viene a señalar, entonces, una escisión del cuerpo. Por un lado, una parte trasladada que soporta el cuerpo del narcisismo, y sobre la cual se apoyará después el retorno del sadismo sobre el yo, constituyendo el masoquismo secundario. Por otro lado, una parte que no se traslada hacia afuera, que permanece en el interior del cuerpo, constituyendo un “fuera del cuerpo”, en el que se refugia la satisfacción pulsional. Es en esta exterioridad al cuerpo especular, en esta parte separada del cuerpo, que se sostiene en Freud la disyunción entre cuerpo y goce.
La formalización del masoquismo erógeno primario constituye un momento crucial en la obra freudiana. Permite inscribir el lugar de la pérdida inaugural como parte perdida para el cuerpo en esta “separación constitutiva del cuerpo y del goce” (LACAN, 1967, 7/6/67), y delimita un objeto como refugio de un goce pulsional que no cae bajo el imperio del principio del placer (GLASMAN, 1985). De este modo, lo no ligado de “Más allá...” se resignifica al conectarse con la constitución misma del sujeto (LACAN, 1968), y posibilita dar cuenta de los obstáculos en la transferencia. Permite, al mismo tiempo, reformular el valor de la noción de “desamparo”. Por otro lado, la referencia de Freud al masoquismo erógeno como “placer de recibir dolor” reintroduce el problema del dolor y con él el afecto en la estructura del aparato psíquico.
En el “Proyecto de psicología” Freud construye dos modelos ficcionales para intentar formalizar la constitución del aparato psíquico: las vivencias de satisfacción y la de dolor. La diferencia entre ellos no radicaba en su relación con el placer, tal como parecía desprenderse de los atributos que las nombraban. Ni una se afirmaba en la satisfacción, ni la otra en el dolor como tal. Freud ubica el elemento en común a ambas por la vía de la elevación de la tensión en el aparato, que forzaba al mismo a una descarga, la que se producía a través de “vías facilitadas”. Si bien este mecanismo es común a ambas, Freud subraya que “el dolor deja como secuela unas facilitaciones de particularísima amplitud” (FREUD, 1895, 366).
La diferencia más sustancial se sostiene, sin embargo, en dos elementos. El primero es la índole de la marca que ordena el recorrido de la descarga: la imagen mnémica de la percepción del objeto de la necesidad en un caso, y la imagen mnémica del objeto hostil en el otro. El segundo elemento es lo que Freud define como el “resto” que dejan ambas vivencias. En el caso de la de satisfacción, el “estado de deseo”, y en el de la de dolor, el “afecto”. Por otro lado, la vivencia de dolor adquiere para Freud un valor especialmente singular: en la medida en que el dolor es efecto del fracaso de los dispositivos biológicos, proporcionará entonces los “arquetipos normales para lo patológico”. Es su valor de fracaso el que le otorgará al dolor un lugar central en la teoría. Por ello mismo, afirma Freud que resulta ser “el más imperioso de todos los procesos” (FREUD, 1895, 351). Introduce una modalidad peculiar de recuerdo, el afecto, que es el testimonio mismo de la vivencia de dolor.
Es significativo que cuando Freud formaliza la estructura del aparato psíquico, en el cap. VII de “Interpretación de los sueños”, arma el mismo sobre la base de la vivencia de satisfacción, relegando a un segundo plano a la vivencia de dolor. Su necesidad de constituir un aparato que permita ubicar el lugar del deseo en las formaciones del inconciente, y solidario de la experiencia analítica sostenida en la asociación libre, permiten entender este deslizamiento. Del mismo modo, no llama la atención que el dolor reaparezca con la conceptualización de la pulsión.
Esta reaparición se produce básicamente por dos vías. La primera es el lugar central que tiene la fuente de la pulsión en su conexión con la satisfacción. No sólo porque con la fuente se reintroduce en Freud el lugar problemático de lo somático, sino porque es en ella que se apoya el valor autoerótico de la pulsión. La satisfacción de la pulsión, en su dimensión paradójica (“sólo parece un poco sorprendente que para cancelarse, un estímulo requiera de un segundo estímulo aplicado en el mismo lugar”) (FREUD, 1905, 168), desconecta definitivamente a la ganancia de placer de la descarga, asociándola a un plus que se aloja en el aparato planteando una “magnitud de exigencia de trabajo...” estructural. Al mismo tiempo, ubica a la fuente como una marca sostenida en el “órgano” de la pulsión, marca diferente de aquella que orientaba el recorrido del deseo. Su valor conceptual requerirá de extensos y complejos recorridos, que culminarán en el concepto de masoquismo.
La segunda vía, es la que Freud formaliza en “La represión”, conectando la pulsión al “monto de afecto”, que permitirá situar posteriormente el valor pulsional de la angustia (FREUD, 1915). Vale la pena interrogarnos si los dos elementos que Freud ubica como modos de inscripción de la pulsión en el aparato psíquico, el representante psíquico y el monto de afecto, no son solidarios de aquellas dos marcas que sostenían la dirección de las investiduras en las vivencias de satisfacción y de dolor, respectivamente.
Estas marcas adquieren un valor singular a partir de su inscripción en el “complejo del semejante”. Recordemos que la formación del juicio implica la coincidencia entre las investiduras-percepción y las noticias del cuerpo propio. Pero al mismo tiempo los complejos perceptivos se separan entre la cosa del mundo, ingrediente constante de percepción, y la propiedad de la cosa, ingrediente cambiante de percepción (FREUD, 1895). Por lo tanto, el complejo del semejante delimita un registro del cuerpo propio, esa parte no asimilable, como un cuerpo no simbolizado, que sostiene el valor de lo hostil y que conformará el núcleo mismo del yo. El afecto es “algo que se connota en una cierta posición del sujeto por relación al ser (...), en tanto que en el interior de lo simbólico representa una irrupción de lo real perturbador” (LACAN, 1959, 14/1/59). Es esta significación del afecto y del dolor la que permite su articulación con el desamparo o indefensión en Freud, y con el dolor de existir en Lacan.
El masoquismo erógeno primario resignifica y formaliza el lugar del dolor y del afecto en la teoría freudiana. La disyunción entre cuerpo y goce que pone en juego, permite dar cuenta de diversos modos de configuración de la transferencia. Así, por ejemplo, Freud señala que “el paso del dolor corporal al dolor anímico se corresponde con la mudanza de la investidura narcisista del yo en investidura de objeto”. De este modo, la representación-objeto (subrayemos que es uno de los referentes freudianos para dar cuenta del lugar del analista en la transferencia) “desempeña el papel del lugar del cuerpo investido por el incremento de estímulo” (FREUD, 1925, 160).
Con el masoquismo erógeno Freud reformula el narcisismo primario, aquellas investiduras originarias del yo previas a toda libidinización de objeto, y que posteriormente devendrán en la indiferenciación inicial entre libido yoica y libido del ello. Estos señalamientos Freud son solidarios del valor originario del masoquismo, y señalan el lugar originario del sujeto en tanto objeto, e indican el valor de desamparo. Éste aparece como el principal problema planteado al aparato psíquico. Su articulación con los dos primeros destinos de la pulsión permite conectar esta posición con lo “visto y oído”, antecedente freudiano de los objetos escópico e invocante (FREUD, 1939).
Es en tanto mirada que no ve que el sujeto, abolido en el plano simbólico, existe como un fuera-del-cuerpo; lugar mismo de la angustia traumática y del masoquismo erógeno. Es respecto de esta posición que Lacan afirmará que el fantasma masoquista de fustigación es ya una solución (LACAN, 1957). Ello es así porque el fantasma permite al sujeto separarse de esa posición, inscribiéndose en el campo del Otro en un cuerpo “golpeado”, al mismo tiempo que transferir a otro ese objeto que el sujeto era. De ahí que sostenga que en el fantasma lo imposible de eliminar sea una mirada: es aquella que sobrevuela la escena del niño golpeado por el padre (LACAN, 1967). En esa diferencia entre el cuerpo golpeado y la mirada podemos entonces ubicar aquella escisión fundante entre cuerpo y goce.
Es esta misma mudanza la que Lacan nombra como “delegación del afecto del sujeto al objeto”, y como “transferencia del afecto del sujeto (...) sobre su objeto en tanto que narcisista” (LACAN, 1958, 17/12/58). Más tarde, en el Seminario X, afirmará que “actuar (...) es operar una transferencia de angustia” (LACAN, 1962, 19/12/62).
La transferencia adquiere entonces valor de separación; separación del objeto que el sujeto es en el punto del desamparo. Como analistas estamos convocados a encarnar ese objeto del cual el analizante se separa. Por ello, la transferencia misma sostiene un modo particular de anudamiento de lo no ligado. Indica entonces un giro crucial en la teoría freudiana. Su caracter de “transferencia salvaje” deja de ser un “fuera de transferencia”. Señala modos diversos de configuración de la transferencia que exceden el campo de las neurosis de transferencia y amplían los límites del campo de la praxis psicoanalítica.
Es quizá por eso que en “El problema económico del masoquismo”, aún cuando Freud ya delimitó el masoquismo erógeno primario, se interroga por su correlación con la desmezcla pulsional. Así, respecto del masoquismo erógeno que permanece en el interior del organismo como residuo de la pulsión de muerte trasladada hacia afuera, señala que “una parte ha devenido componente de la libido”. Sin dejar de sostener el valor de masoquismo, su transformación en libido permite entonces pensar al masoquismo erógeno como una de las formas de ligadura pulsional en su conexión con la “transferencia de afecto”. Queda sin embargo “otra parte”, que “sigue teniendo como objeto al ser propio” (FREUD, 1924, 170). Este es el nombre del resto de la inscripción del masoquismo en la “transferencia de angustia”, que requiere del concepto de superyo para situar sus coordenadas teóricas y clínicas.

Referencias bibliográficas:


  1. FREUD, S. (1895) “Proyecto de psicología”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, I, 323-446.

  2. FREUD, S. (1905) “Tres ensayos de teoría sexual”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, VII, 109-222.

  3. FREUD, S. (1910) “La perturbación psicógena de la visión según el psicoanálisis”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XI, 205-216.

  4. FREUD, S. (1914) “Introducción del narcisismo”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XIV, 65-98.

  5. FREUD, S. (1915) “Pulsiones y destinos de pulsión”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XIV, 105-134.

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  7. FREUD, S. (1920) “Más allá del principio de placer”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XVIII, 1-136.

  8. FREUD, S. (1924) “El problema económico del masoquismo”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XIX, 161-176.

  9. FREUD, S. (1925) “Inhibición, síntoma y angustia”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XX, 71-164.

  10. FREUD, S. (1939) “Moisés y la religión monoteísta”. En Obras completas, Bs. As., Amorrortu editores, 1979, XXIII, 1-210.

  11. GLASMAN, S. (1985) “La satisfacción”. En Conjetural, Bs. As., Ed. Sitio, 1985, Nº 7, 83-103.

  12. LACAN, J. (1957-1958) Seminario V, “Las formaciones del inconciente”, Bs. As., Ed. Paidós, 2001.

  13. LACAN, J. (1958-1959) Seminario VI, “El deseo y su interpretación”, inédito.

  14. LACAN, J. (1962-1963) Seminario X, “La angustia”, inédito.

  15. LACAN, J. (1966-1967) Seminario XIX, “La lógica del fantasma”, inédito.

  16. LACAN, J. (1968-1969) Seminario XV, “El acto psicoanalítico”, inédito.

  17. LAZNIK, D. Y OTROS (2002) “Las ‘patologías actuales’ y los diques pulsionales”. En IX Anuario de Investigaciones, Bs. As., Facultad de Psicología (U.B.A.), 2002

  18. MASOTTA, O. (1980) “El modelo pulsional”, Bs. As., Ed. Altazor, 1980.








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