Ética general



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significado b) no implica atribuir al objeto esencialmente determinado la posesión plena o actual de

todas las propiedades consideradas esenciales, sino que muchas de éstas pueden ser atribuidas

meramente a título de propensiones, disposiciones o virtualidades a ser actualizadas en virtud de

determinados procesos de cambio.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

Por lo mismo –y esto es muy importante– el significado a) de "naturaleza" muestra

indirectamente que la posesión de propiedades esenciales –en el sentido indicado por el significado

b)– no implica asumir una posición fixista, en el sentido de excluir todo tipo de cambio o proceso

en aquellas cosas que, por poseer naturaleza en el significado b), se consideran esencialmente

determinadas. Por el contrario, los movimientos naturales aparecen aquí como el despliegue de las

potencialidades o virtualidades que se hallan presentes en un objeto, justamente en virtud de poseer

éste una determinada naturaleza, en el significado b) del término.

Lo mismo se puede decir en términos más clásicos: los procesos naturales aparecen como

procesos de actualización, en el sentido preciso de la distinción aristotélica de las nociones de

potencia y acto. En el paso de la potencia al acto, allí donde se trata de procesos o movimientos

naturales en el sentido antes explicado, las condiciones exteriores juegan un papel importante, en la

medida en que constituyen, según los casos, contextos favorables o desfavorables para la

ocurrencia de aquellos procesos –teleológicamente estructurados e inmanentemente regulados– que

llevan a la plena realización de las virtualidades propias de la cosa. Pero, más allá de esto, el factor

decisivo en la explicación de tales procesos en atención a su modo de inicio, desarrollo y

acabamiento reside aquí en la referencia a las propiedades constitutivas de los objetos involucrados

en ellos; concretamente, en el caso de procesos como el del crecimiento de una planta, en la

referencia a las propiedades esenciales de la especie a la que el ejemplar pertenece.

Un aspecto importante desde esta perspectiva viene dado por lo siguiente: en la medida en

que se trata aquí de procesos teleológicamente orientados e inmanentemente regulados, en la

realización de las virtualidades propias de la cosa ha de verse al mismo tiempo el logro de la

plenitud natural de dicha cosa (tesis de la identidad de "fin" y "bien" aplicada al caso de los

procesos teleológicamente orientados).

c.2 Aplicación de la noción de naturaleza al ámbito

práctico en general

Los aspectos relevados por ambos significados de la noción de naturaleza resultan básicos

para comprender el alcance de la apelación a dicha noción en el marco del modelo clásico de

fundamentación de la ética. Sugiero, a modo de hipótesis interpretativa, el siguiente modo de

explicar esta conexión.

En atención al aspecto relevado por el significado b), se puede establecer un principio

general en virtud del cual para cada cosa o tipo de cosa, en la medida en que posee una

determinación esencial específica (una "naturaleza") y resulta por tanto distinguible de las demás

cosas o tipos de cosas, hay modos de tratamiento adecuados o no adecuados, en la medida en que

hagan o no justicia a dicha determinación esencial específica, que la hace ser lo que es.

Formulado de este modo, se trata de un principio muy general de evaluación de las

acciones, en las cuales tratamos con objetos de diversos tipos o clases naturales. En esta

formulación, no hay todavía un principio propiamente ético, sino más bien tan sólo técnico-práctico

de evaluación de acciones con atención al tipo de cosa u objeto al que quedan referidas.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

En su aplicación concreta, este principio general puede especificarse diciendo, por ejemplo,

que hay un modo adecuado de tratar con objetos tales como los ladrillos en tanto materiales a

emplearse en la construcción, que hay un modo adecuado, diferente del primero, de tratar los

pianos como instrumentos para la ejecución de partituras musicales y que hay también un modo

adecuado, muy diferente de los dos anteriores, de trato con los pacientes internados en un hospital

en tanto éstos son personas y merecen como tales cierto tipo de trato respetuoso de su dignidad de

tales, independientemente de estar o no estar enfermos e, incluso, tal vez más aún por estarlo. Sólo

en el caso del último ejemplo se está frente a una exigencia propiamente ética, en el sentido estricto

del término. En cambio, los casos anteriores, al menos en el modo en que los he presentado, son

más bien casos de prescripciones de naturaleza puramente técnico-práctica.

Sin entrar ahora a los aspectos que diferencian específicamente el caso éticamente relevante

de los otros, me interesa, por el momento, marcar la continuidad entre ambos tipos de exigencias,

vistas desde la perspectiva abierta por el principio general que establece que la determinación

esencial de un determinado tipo de objetos provee al mismo tiempo la pauta evaluativa para

distinguir prima facie entre formas adecuadas e inadecuadas de trato con ese tipo de objetos.

Por su parte, el aspecto relevado por el significado a) complementa lo anterior desde una

perspectiva diferente, pues apunta más bien al hecho de que toda cosa natural, en cuanto

esencialmente determinada, es o puede ser a la vez portadora de determinadas propiedades,

disposiciones o virtualidades, a cuya plena realización y despliegue dicha cosa naturalmente tiende.

En el pleno despliegue de dichas virtualidades, fundadas en o conectadas con su naturaleza, se halla

el fin natural a cuya realización apunta el movimiento natural de una cosa, es decir, el conjunto de

procesos iniciados y regulados de modo inmanente por la cosa misma, en cuanto ésta posee una

cierta determinación esencial y virtualidades peculiares conectadas con ella. A la luz del principio

del trato adecuado según naturaleza, formulado anteriormente, la consecuencia es, desde la

perspectiva abierta por el significado a) de la noción de naturaleza, la siguiente: el trato adecuado

con una cosa –es decir, el trato que hace justicia a aquello que la cosa misma en virtud de su propia

determinación esencial es– será necesariamente un trato que haga en alguna medida justicia

también a las tendencias naturales de esa cosa a desplegar plenamente las virtualidades fundadas en

su propia naturaleza, en el entendido de que en la plena realización de dichas virtualidades reside el

bien de o para dicha cosa (identidad de "fin" y "bien", en el marco de la consideración de la

estructura teleológica de los procesos naturales). Ahora bien, formulada de este modo amplio y

genérico, tampoco esta peculiar extensión del principio del trato adecuado según la naturaleza de la

cosa provee un criterio de evaluación específicamente ético, sino más bien un criterio situado

todavía en un plano de consideración más general, de tipo técnico-práctico. Pero la formulación

general provista permite advertir que también aquí la aplicación específicamente ética se halla en

primera instancia, desde la perspectiva clásica, en continuidad con criterios de evaluación más

generales, aplicables en el ámbito más amplio de la actuación técnico-práctica en general.

c.3 La aplicación de la noción de naturaleza al ámbito

ético

¿Cómo se entiende ahora, sobre esta base, la apelación a la noción de naturaleza en el marco



del modelo clásico de fundamentación de la ética? La aplicación de la noción de naturaleza al

ámbito propiamente ético está muy lejos de ser trivial, pues no reposa en una mera extensiónDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

mecánica de dicha noción desde el ámbito físico-biológico al ámbito propiamente humano de la

praxis, considerada ésta también en su dimensión específicamente moral. Por el contrario, el

principio del trato adecuado según la naturaleza específica de la cosa debe ser aquí adecuadamente

especificado para garantizar su aplicación correcta al ámbito de "cosas" tan peculiares en su

constitución esencial propia como son los agentes humanos, en tanto racionales y caracterizados

por tener que hacerse cargo activamente de configurar sus propias vidas de modo consciente, a

través de su propia praxis racionalmente orientada.

La complejidad viene dada aquí por la propia constitución del ámbito objetivo en que debe

aplicarse ahora adecuadamente el principio general del trato adecuado. Un elemento fundamental

en esta nueva complejidad, que caracteriza esencialmente el ámbito de lo humano, se comprende de

inmediato, cuando se atiende al hecho de que el principio del trato adecuado deberá interpretarse

aquí de un modo peculiar que haga justicia al hecho de que en su aplicación específicamente ética

dicho principio no puede ser entendido meramente desde la perspectiva que abre su formulación en

tercera persona (es decir, desde la perspectiva del trato adecuado con algo que no es a su vez sujeto

de trato consciente con otras cosas y consigo mismo), sino que debe ser tomado en un sentido lo

suficientemente amplio y refinado como para hacer lugar también al componente de

autoconsciencia y autoreferencia que caracteriza a los agentes humanos, precisamente en cuanto

agentes racionales de praxis. Esto último sólo puede lograrse en una consideración que dé cuenta

también de la perspectiva propia de la primera persona.

Más allá de las ulteriores complejidades que surgen al vincular ambas perspectivas, en su

núcleo significativo queda en pie lo que constituye el principio básico dentro del diseño del modelo

clásico de fundamentación: el modo de trato adecuado respecto de los agentes humanos –tanto en la

perspectiva de la tercera como en la de la primera persona– sólo puede ser precisado

adecuadamente por referencia a aquello que constituye su determinación esencial específica, es

decir, por referencia a su naturaleza, en cuanto agentes personales caracterizados constitutivamente

por la racionalidad y por el conjunto peculiar de rasgos específicos vinculados con ella.

Creo que por este lado se advierte con claridad el papel que en el modelo clásico de

fundamentación juega necesariamente una consideración descriptiva de lo que constituye

esencialmente la naturaleza de los agentes racionales de praxis. En tal sentido, se entiende por qué

el modelo clásico de fundamentación apela a un conjunto de premisas que sólo puede proveerle una

antropología y una fenomenología de la persona, cuyo contenido veremos a continuación.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

UNIDAD 1. PRESUPUESTOS ANTROPOLÓGICOS. ANTROPOLOGÍA DE

LA PERSONA

1.1. Niveles de la vida; el hombre como ser racional. Notas definitorias de la

persona

Quiero comenzar con algunas advertencias acerca de las notas definitorias de la persona,



sobre todo con el interés de dar una pauta para la lectura de la bibliografía sobre el tema,

concretamente del tratamiento que hace Ricardo Yepes en su manual (Fundamentos de

Antropología. Un ideal de la excelencia humana, EUNSA, Pamplona, 1996), en las páginas 36ss. y

49ss. Más concretamente, quisiera hacer algunas salvedades y algunas precisiones con referencia a

la exposición de Yepes, que ayuden a tener algunas pautas para la lectura de ese material.

Al tratar el argumento del érgon en la introducción, se vio que Aristóteles primero identifica

aquello en que reside lo específico o esencial para el hombre: en qué consisten aquellas potencias

que caracterizan al hombre esencialmente como tal y lo distinguen de otra especie de seres vivos, y

después vincula la noción de felicidad con esas potencialidades específicas: la felicidad a la medida

del hombre es una vida de pleno despliegue de las facultades que hacen que el hombre sea hombre

y no otra cosa. Análogamente, en el análisis que hace Yepes, se toma una gran cantidad de notas

distintivas o definitorias del hombre como persona, sobre lo que voy a hacer algunas advertencias

generales, para que la posición que aparece ahí no se entienda mal en algunos puntos que me

parecen metódicamente muy importantes.

a) Racionalidad humana y funciones vegetativas y

sensitivas

Una advertencia importante que se debe hacer de entrada es no leer este conjunto de

características de la persona a la manera de un todo meramente aditivo de cosas, como si para

caracterizar al ser humano en cuanto racional y a la persona como tal, se acumulara una serie de

notas, de cuya suma resultaría lo que es una persona. Esta sería una mala manera de entender el

texto, pues hay que poner mucha atención al carácter estructural de este tipo de caracterizaciones.

Si se dice que la humanidad como tal se afinca en la racionalidad y que, con respecto a los otros

niveles de la vida, la racionalidad se superpone sobre lo vegetativo y sobre lo animal o sensitivo, no

hay que entenderlo como si significara simplemente que el hombre es "planta más animal más

razón", es decir, como si fuera una totalidad meramente aditiva de tres niveles diferentes, porque el

nivel superior, al añadirse estructuralmente a los niveles anteriores, los modifica. Para decirlo de

una manera más práctica: en el caso del hombre, la base vegetativa, la base instintiva y la base

sensitiva-emotiva se modifican en su propia estructura con la "llegada" de la racionalidad; no es

simplemente que la racionalidad se agregue y lo demás quede "en estado puro", por así decir; ni la

base puramente instintiva ni mucho menos la base sensitiva y emocional se encuentran en el

hombre en estado puro.

Obviamente, esta modificación producida por la racionalidad en los niveles inferiores es

diferente en cada uno de ellos. En el caso de los instintos propios de la especie humana, estos están

codificados, es decir, vienen dados genéticamente: instintivamente sentimos miedo frente a cierto

tipo de cosas y no frente a otras, sentimos agrado o rechazo frente a cierto tipo de cosas y no frenteDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

a otras, etc. Hay una amplia gama de respuestas que vienen instintivamente motivadas, como, por

ejemplo, el deseo de comer o la sensación de satisfacción que viene después. Estas respuestas

instintivas, y las necesidades y satisfacciones vinculadas con ellas, vienen codificadas

instintivamente y dentro de un rango muy amplio no son modificables por decisión racional. Nadie

puede decidir no comer nunca más, por ejemplo, por muchos planes que haga al respecto; lo que sí

se puede decidir es cómo regular, dentro de cierto rango, la satisfacción del deseo de comer; se

puede postergar la satisfacción de ese deseo por razones de conveniencia o de lo que fuere, pero

dentro de un rango limitado. Nadie puede decir "voy a suspender mi hambre hasta que termine de

escribir mi tesis de doctorado"; esto no es viable, porque el rango en el que podemos configurar

racionalmente la satisfacción de esas necesidades viene muy acotado por su carácter instintivo y

por cierta fijeza que esas respuestas instintivas traen consigo. Lo mismo ocurre con todas las demás

necesidades y respuestas que están vinculadas con los procesos vegetativos, que son la nutrición, el

crecimiento y la reproducción.

A su vez, el ámbito de la sensibilidad también tiene límites, pero es mucho más

configurable que el vegetativo. Si bien hay emociones como el miedo que vienen instintivamente

determinadas, resulta posible configurarlas de una manera mucho más amplia que el deseo de

comer, por ejemplo, porque se las puede contrarrestar o incluso perder, mediante un proceso

educativo que vaya en la dirección contraria.

Tanto en el ámbito vegetativo como en el sensitivo, pero sobre todo en el ámbito de la

emocionalidad, no hay que perder nunca de vista que se encuentran siempre involucrados factores

cognitivos y racionales. No debe interpretarse esto linealmente, como si la racionalidad implicara

perder, por ejemplo, todos los miedos, pues también es racional adquirir ciertos miedos que no se

podrían tener sin usar la razón. En el proceso educativo se aprende a perderle miedo a ciertas cosas,

pero también a adquirir miedo a otras que al principio no parecían temibles. El ejemplo del enchufe

es muy gráfico: frente a él, el niño no tiene respuestas adecuadas desde el punto de vista racional, el

enchufe le atrae, porque tiene dos agujeros que son del tamaño de los dedos, etc. y hay que

enseñarle al niño a tenerle miedo. O sea, hay miedos irracionales y hay también conductas

irracionales a las que se debe tener miedo. Las emociones humanas no son emociones en estado

puro, ni siquiera la del miedo, que es una de las emociones más básicas que hay en cualquier

animal (si un ser vivo no tuviera esa facultad de responder con el temor instintivo frente a diversas

situaciones, su capacidad de supervivencia resultaría notablemente limitada). Aún en emociones tan

básicas como ésta, el miedo propiamente humano es un miedo interpenetrado de racionalidad. La

emocionalidad en el ámbito humano involucra siempre componentes claramente cognitivos. Las

razones por las cuales nos asustamos, nos entristecemos o nos alegramos no son razones puramente

biológicas fisico-mecánicas o inmediatas: piénsese, por ejemplo, que una angustia humana puede

tener causas altamente sofisticadas, como haber fracasado en la vida o incluso consideraciones

filosóficas. La racionalidad y la emocionalidad están siempre influyéndose mutuamente.

En síntesis, no se debe entender al hombre como un mero agregado de niveles, a la manera

de una adición, sino como una totalidad estructural en la cual la presencia de los niveles superiores

modifica a los inferiores.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

b) Intimidad y trascendencia

Una segunda advertencia sobre el tratamiento que hace Yepes de las notas definitorias de la

persona (para este punto concreto conviene revisar las páginas 76 y siguientes) se refiere a un

aspecto subyacente a esta exposición que a mi juicio no está bien elaborado. Yepes caracteriza muy

bien a la persona en algunos aspectos, pero voy a señalar uno que me parece no está muy bien

logrado.

Las personas son un tipo peculiar de realidad que, como marca diferencial, tienen el hecho

de que están referidos a sí mismas y a todo lo demás. Esto es lo que en filosofía se llama

"trascendencia". ¿Qué significa aquí trascendencia? Que las personas no son realidades encerradas

en sí mismas, sino que por su propio modo de ser están siempre referidas más allá de sí mismas,

hacia todo lo otro, y al mismo tiempo desde allí vuelven a sí mismas. La relación que la persona

tiene consigo misma y la relación que tiene con el mundo son, por así decir, dos caras de la misma

moneda: la persona no se refiere a sí misma de manera directa, sino en una intentio obliqua, como

decían los clásicos, pasando a través del mundo. Este doble aspecto de referencia a lo otro y de

referencia a sí es esencial para caracterizar la estructura ontológica de las personas.

Precisamente, lo que en el texto de Yepes puede llevar a error es un énfasis excesivo en la

intimidad de la persona. Yepes dice que toda persona tiene una intimidad, un interior. Esto es

correcto, pero yo agrego que una persona tiene un interior, porque tiene un exterior. Una piedra no

tiene intimidad, está arrojada allí, pero que no tenga intimidad es consecuencia de que no está

abierta al exterior: esto puede parecer paradójico, pero tener intimidad no es estar encerrado en sí

mismo. La piedra no está ni abierta ni cerrada, porque no tiene trascendencia, ya que la intimidad es

el reverso de la trascendencia. Si se enfatiza mucho el carácter de intimidad, no se destaca lo

suficiente el hecho de que la intimidad es el reverso del carácter abierto.

Quien más ha hecho ver este punto es Martin Heidegger, quien sin duda se cuenta entre los

dos o tres filósofos más grandes de este siglo. Heidegger ha destacado muy bien que lo

característico de las entidades que se llaman personas son la trascendencia unida a la intimidad o

inmanencia, pues ésta es un reverso de aquélla. Si no se enfatiza bien esto, se cae en el riesgo de

pensar la intimidad de la persona como estar encerrada en sí misma y eso no es intimidad.

Las personas, al tratar con el mundo, están siempre tratando consigo mismas. Por ejemplo,

un operario que está trabajando con un martillo, haciendo una cama de madera, está referido a un

mundo complejísimo: en el solo martillar, el martillo está referido al clavo, el clavo está referido a

la madera y la madera al contexto de otros útiles y esos útiles a la cama que está fabricando y esa

cama al señor que la va usar. Es un plexo de referencias complejísimo, implícito en una operación

tan trivial como manejar un martillo. Pero al mismo tiempo el operario está tratando consigo

mismo, porque al tratar con el martillo se está desarrollando como carpintero. En toda conducta

humana, la persona, al tratar con el mundo y con ciertas cosas, está tratando consigo misma; hay un

ir hacia el mundo que vuelve sobre sí. Ésta es la estructura de la trascendencia: si se marca la

dirección hacia fuera, se marca el aspecto de exterioridad y, si se marca la dirección hacia adentro,

se marca el aspecto de intimidad o reflexividad. El punto que quiero destacar es que ambos son dos

aspectos inescindibles, inseparables, en la persona humana. La intimidad es un estructura de laDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

trascendencia: esto, que suena paradójico, conviene tenerlo claro cuando se indaga en la estructura

básica de la humanidad.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

1.2. La persona como fin en sí misma

Cuando se trata de fundamentar la ética, uno de los puntos que ha estado en el centro de la

discusión es el carácter de la persona como fin en sí misma. Por eso, quiero dedicarle una atención

un poco mayor.

¿Por qué este punto es tan importante? Porque, además de proveer elementos importantes

para la fundamentación clásica de la ética, muestra el lugar donde convergen el modelo clásico de

fundamentación con un modelo aparentemente opuesto, el kantiano.

Aquí hay dos aspectos básicos: primero, la caracterización descriptiva de la persona como

fin en sí misma y, segundo, las consecuencias normativas que tiene esa caracterización de las

personas, para el proyecto de fundamentación de la ética. Se trata de ver no sólo cómo son las

personas, aspecto descriptivo, sino también cómo deben ser tratadas esas personas por ser como

son, que es el aspecto normativo.

a) Aspecto descriptivo de la tesis de la persona como

fin en sí misma

¿Por qué distintos filósofos, pero sobre todo Kant, que ha sido el que más énfasis ha puesto

en este aspecto, describen a las personas como fines en sí mismas? ¿En qué se fundamentan? Esta

descripción se apoya de una u otra manera en la fenomenología de la persona, pues la




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