Ética general



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puede temerle; y, si se supiera a ciencia cierta qué implica la muerte

tampoco podría temérsele. Donde hay miedo, hay un claroscuro, una zona

iluminada pero el contorno en penumbras. Y como el conocimiento humano

casi siempre presenta estas características, es propio de la experiencia

humana convivir con múltiples miedos, de todo tipo.

El miedo a la muerte se enmarca en el contexto general del miedo al

futuro. El futuro es fuente de miedos, porque abre un espacio de

indeterminación, de no previsibilidad, frente al cual nadie puede estar

seguro de las alternativas a las que puede verse confrontado, y eso genera

miedos. Sin embargo, paradójicamente con respecto a la muerte todos están

seguros de que va a ocurrir, la muerte es una de las cosas más seguras

frente al futuro, quizás la única segura, y, sin embargo, aunque uno sabe

que va a morirse, siente miedo a la muerte. Pero lo que marca el temor a la

muerte no es el hecho de morir, sino la indeterminación del cómo, delDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

cuándo y, sobre todo, del sentido de la muerte, que tiene que ver con el

sentido de la vida.

En definitiva, las preguntas sobre el sentido de la vida tienen que ver indisolublemente con

la pregunta por el sentido de la muerte. Una vida en la cual todo parece transitorio da respuestas

diferentes acerca de qué sentido tiene la muerte que una vida que aparece enmarcada en contextos

más amplios. Las respuestas a la pregunta por el sentido de la vida repercuten

en la respuesta a la pregunta por el sentido de la muerte, paradójicamente.

La pregunta por el sentido de la vida se refiere a ésta en su conjunto,

pues la posibilidad de haber vivido sin sentido aterroriza profundamente,

porque los hombres, en cuanto agentes racionales. Los agentes racionales

obramos en vista de un para qué, de un fin, y por eso la sola posibilidad de

no tener respuestas vinculantes a un último fin produce angustia, no por

capricho, sino porque el hombre, por su estructura de agente racional, sólo

encuentra satisfacción a su necesidad de sentido allí donde puede dar una

respuesta consistente al para qué vivir. La respuesta “para nada” resulta

aterradora. Es en este contexto donde se inserta la pregunta por la muerte,

y es la razón por la cual esa pregunta juega un papel tan importante en la

filosofía moral y en la práctica.

Aunque no he hecho ningún estudio específico sobre el tema, mi

impresión es que contemporáneamente, por diversas razones, se está menos

preparado para la muerte, porque se ha evitado sistemáticamente

confrontarse con el tema. Quizás la manera más dramática de atestiguar la

presencia de la muerte en la vida humana es en el modo de negación y

huida frente a la muerte. El no querer tener nada que ver con ese asunto, el

hecho de eliminar los cementerios de la ciudades y de desarrollar una serie

de negocios de pompa fúnebre, el hecho de que el muerto no aparece en la

ciudad, que ya no se vean cortejos con frecuencia conforma una serie de

fenómenos cuyo objetivo es que no se vea la muerte. Por eso, da la

impresión de que hoy se está menos preparado para la muerte que antes, en

el sentido de que se rehuye la confrontación con ese hecho.

Creo que confrontarse con el tema de la muerte y darle alguna

respuesta es mucho más razonable, para la vida humana, que atestiguar el

fenómeno de la muerte en la mera huida de ella. Es decir, es preferible

desde el punto de vista de al acción racional humana confrontarse con el

fenómeno de la muerte y darle una respuesta que vivir como si no existiera.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

En este sentido, la ética de la autenticidad, en concreto Heidegger,

distingue la existencia auténtica de la que no es auténtica por referencia al

modo como se confronta con la realidad de la muerte. La existencia

auténtica es la que se confronta con la muerte e interpreta toda la vida

desde el hecho de que hay que morirse. Heidegger dice en Ser y Tiempo que

la muerte es una de las pocas posibilidades que en la vida humana es

indelegable, en la que uno no se puede hacer representar por ningún otro.

Hay una gran cantidad de cosas que hoy se pueden delegar, pero en el caso

de la muerte solamente uno es el que la experimenta, si se puede decir así.

La madre, aunque quiera mucho a su hijo, no puede morir su muerte.

Por eso, la muerte es un fenómeno que tiene un gran poder

individuante, a diferencia de muchos otros fenómenos, que se pueden

descargar en la masa, en el conjunto indiferenciado de la gente. El

fenómeno de la muerte se resiste a ser delegado; nadie puede morir mi

muerte, por eso es un fenómeno donde la individualidad se anuncia de

manera notoria. Heidegger dice que la manera auténtica de vivir es vivir

todo desde el punto de vista de la individualización por referencia a la

propia muerte.

Ahora bien, ésta no es una solución al problema de contenido referido

al sentido de la muerte como tal. Un individuo que asuma muy

radicalmente su propia muerte puede ser pesimista frente a ella, mientras

que alguien que tenga esperanzas frente a la muerte puede ser también

alguien que asuma muy individualmente su muerte. La autenticidad no

decide la cuestión de contenidos frente al sentido de la muerte. Pero

permite oponerse a la actitud de vivir la muerte como si fuera en tercera

persona: “la gente se muere, pero por ahora yo no”. Así, o se vive la muerte

como si viniera de afuera, como un evento del que es mejor no hablar, o se

enfrenta esa situación última e irreversible. Creo que en este punto, la ética

de la autenticidad tiene un punto de contacto muy grande con la ética



clásica y con la cristiana, con el “memento mori”, “recuerda que vas a

morir”.


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