Ética general



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libremente en el acto en ningún nivel de análisis. El ejemplo que pone Aristóteles es el de alguien

que tiene que realizar una serie de actos porque ciertas personas tomaron secuestrados a sus

familiares; por ejemplo, le secuestran la mujer y los hijos y le dicen que deposite una bomba en el

tal banco. Si la amenaza de los captores es suficientemente seria, ese acto puede ser considerado,

bajo ciertas condiciones que hay que ver en cada caso particular, como un acto bajo compulsión, un

acto respecto del cual el sujeto no puede hacerse plenamente responsable, siempre y cuando no

colabore libremente en algún nivel de ese acto. Si él en algún nivel de análisis se identifica con eseDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

acto y, por caso, le dice a los captores que quería volar ese banco de todas maneras, el acto deja de

ser por compulsión.

Por eso, es muy difícil establecer en concreto cuándo hay una genuina compulsión, pero en

cualquier teoría de la imputabilidad tiene que crearse, tipológicamente, un espacio para este tipo de

actos, porque efectivamente un acto no puede ser imputable si su motivación no puede adscribírsele

por lo menos parcialmente a una iniciativa del agente, sino que éste es sujeto pasivo de decisiones

que vienen desde afuera. Bajo condiciones de fuerza mayor el agente puede convertirse en un

sujeto pasivo, pero, por supuesto, estas condiciones son muy excepcionales, como refleja el

ejemplo que da el mismo Aristóteles.

En el mismo texto Aristóteles rechaza completamente que alguien puede excusarse de un

acto por referencia a una pasión, como la ira o el amor; las pasiones no son fuerzas de compulsión,

ya que no son exteriores al agente. Compulsión aquí significa siempre compulsión exterior. Para

Aristóteles, no vale ningún alegato de inocencia que recurra a las pasiones, como, por ejemplo, el

de quien diga "maté a mi esposa, porque me enamoré de otra mujer y había que liberarle el camino

a esta feliz pareja": éste es un acto que, desde este tipo de tipología, no puede ser catalogado como

realizado bajo compulsión, porque la compulsión que implica involuntariedad es externa al sujeto y

en este caso es interna.

Así, Aristóteles se encarga de marcar el límite de la compulsión; si no se marcaran bien los

límites de la noción de compulsión, cualquier acto se podría describir como realizado bajo

compulsión. Si, por ejemplo, el cielo nublado deprime mucho a alguien, podría decir que no fue a

trabajar bajo la compulsión del clima.

Naturalmente, en la teoría hay que hacer lugar para los actos forzados, pero después es un

problema distinto la aplicación concreta. A partir de la relevancia de las razones aludidas en cada

caso, se debe dar cuenta de si el acto cumple con los requisitos para ser considerado compulsivo o

no.


Con respecto al acto involuntario por ignorancia, es muy importante determinar a qué se

refiere Aristóteles con ignorancia, porque, si no, se puede llegar a una posición parecida a la

anterior. Es decir, así como si no se aclara qué se entiende por compulsión, cualquier acto puede ser

descrito como realizado bajo compulsión, asimismo, si no se aclara lo que es ignorancia, cualquier

acto puede ser descrito como hecho por ignorancia, porque nadie sabe todo lo que debería saber

cuando actúa y además el agente siempre puede alegar que su saber era limitado, porque es un

sujeto finito y el mundo en el cual actúa contiene una inmensa cantidad de variables que se escapan

a su consideración.

Entonces, hay que determinar qué se entiende por ignorancia como motivo de excepción de

la imputabilidad, es decir, la que hace que el individuo no pueda ser culpado por lo que ha hecho

(ni tampoco alabado, pues los criterios para atribuir demérito moral son paralelos a los criterios

para atribuir mérito). La ignorancia de la que se trata aquí, dice Aristóteles, no es la ignorancia de

los principios morales que están en juego en un acto, sino una ignorancia que podemos llamar

fáctica; no la ignorancia normativa, referida a los principios morales, sino la ignorancia referida a

las circunstancias concretas de la acción realizada.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

Voy a poner un ejemplo que sirva para distinguir estos dos tipos de ignorancia. Si alguien

mata a otra persona y se excusa diciendo que no sabía que matar a otro estaba mal, aun cuando ese

alegato fuera cierto, no es ése el tipo de ignorancia que necesariamente lo excluye de la

imputabilidad moral, pues justamente lo que se le imputa a un sujeto adulto es que no sepa tal

principio, porque debería saberlo. Un adulto en su sano juicio que alegue, después de matar a una

persona, que hasta entonces no se le había ocurrido pensar que estaba mal matar a un semejante es

un sujeto que, lejos de excusarse, se pone bajo el ámbito de lo que le puede ser atribuido como

demérito. La ignorancia referida a la norma moral en juego nunca es causa de exención de

responsabilidad cuando se trata de individuos que se consideran adultos y que por lo tanto deberían

saber la norma que está en cuestión; distinto es el caso del individuo por definición no imputable,

un individuo en estado de alteración patológica o un niño de cierta edad10.

En el ámbito de los individuos maduros y por lo tanto responsables de sus actos, lo que

puede ser causa de no imputabilidad moral y jurídica es la ignorancia de las condiciones

particulares bajo las cuales se estaba realizando el acto. Por ejemplo, un individuo alega que no

sabía que estaba dándole muerte a su vecino, porque, por las razones que sea, estaba realizando

unas reparaciones eléctricas y era tan inexperto en la materia, que conectó las cosas de manera tal

que provocó un cortocircuito que terminó en la muerte de su vecino. El que realizó este acto podría

decir que no sabía que estaba mal matar a su vecino, pero así se pone en un problema. En cambio,

sería una manera inteligente de afrontar el juicio decir que no es electricista y que no sabía que lo

que estaba haciendo podía provocarle la muerte al vecino. Esto vuelve más razonable el alegato y el

juez o quien tenga que evaluar este acto tendrá que plantear si era admisible o razonable que el

agente no supiera esto. Y si el acto finalmente se le imputa, será seguramente considerado como un

acto doloso o culposo, pero no como un homicidio pleno. Este ámbito de los homicidios dolosos o

culposos juega un papel importantísimo en el derecho, que se refleja a veces en que estos casos ni

siquiera adquieren pena.

Este tipo de ignorancia no alude a los principios morales involucrados en el acto, sino a las

circunstancias descriptivas involucradas en él. Un ejemplo extremo es el de alguien que atara a la

puerta de la sala un disparador de una bomba y cuando otro abre la puerta, hace disparar la bomba y

vuela el edificio. El acto tiene consecuencias funestas, pero no es un acto necesariamente

imputable, porque el que lo realizó no estaba en condiciones de contemplar las circunstancias

relevantes para lo que estaba realizando, de manera tal que no podía saber exactamente lo que

estaba haciendo cuando abría la puerta. Desde su punto de vista, estaba abriendo la puerta; desde el

punto de vista de una tercera persona, estaba volando esta sede del Duoc. Supóngase que después

se sabe que los criminales que ataron el disparador no fueron atrapados y siguen merodeando la

zona y hay noticias de que en el campus de la Universidad de los Andes ha pasado algo semejante.

Entonces existe la sospecha razonable de que puede haber intentos sistemáticos de sabotaje. Si el

mismo señor ahora abre la puerta igual que la semana anterior, el grado de ignorancia y por tanto

de imputabilidad pueden ser distintos.

10 No de cualquier edad. Está en discusión, en todas partes, si los criterios tradicionales de imputabilidad sobre los

niños no han quedado superados. Tal polémica debe ser llevada adelante por los especialistas, pero en todo caso niños

de cierta edad nunca se consideran imputables: si un niño de 2 o 3 años mata a un adulto no es imputable, su acción no

configura homicidio, aunque las consecuencias efectivas de la acción sea tan lamentables como las del homicidio,

porque la tipología de un homicidio implica que el acto en algún nivel de análisis fue realizado con conciencia de lo

que se estaba haciendo.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

Lo importante es notar que, para adscribir responsabilidad, hay que tomar en cuenta en qué

estado de conocimiento está de hecho un sujeto y en qué estado se presupone que debería estar,

dadas las condiciones en que vive. Por eso, evaluar una situación concreta es complejísimo, pues

toda evaluación no sólo se relaciona con los principios normativos que están en juego, sino también

con las marcas descriptivas de la situación y con la eventual obligación de un sujeto de estar en

conocimiento de esas marcas. Todo acto que no satisface estos requerimientos es un acto no

plenamente imputable al sujeto que lo realiza y en ese sentido es involuntario. Es decir, dentro del

ámbito puramente humano no todo lo que "hace" el agente es un acto moralmente evaluable. Por

ejemplo si alguien se cae de la escalera no es un acto propiamente humano, no es un acto

intencional.

c) Caracterización positiva del acto moral

En el libro II, capítulo 4 de la Ética a Nicómaco, Aristóteles hace una breve enumeración de

las características del acto moral, ahora desde el punto de vista positivo y no negativo como antes:

no cuáles características deben estar dadas para que el acto sea moralmente evaluable, sino qué

características positivas presenta el acto moral como tal. Aquí el contexto de discusión es más bien

una distinción entre acto moral y acto técnico. Para lo que interesa ahora basta con tomar estas

características y darse cuenta de adónde apunta la caracterización positiva del acto moral.

Aristóteles menciona aquí 4 características del acto moral:

a) debe realizarse a sabiendas,

b) debe ser resultado de una elección deliberada, en algún nivel de análisis,

c) debe ser un acto escogido por sí mismo y

d) debe llevarse a cabo de modo seguro y sin vacilaciones.

Estas características se conectan de manera inmediata con lo anterior.

La primera de ellas, que el acto se realice "a sabiendas", remite al "acto involuntario por

ignorancia". En efecto, si no está dado cierto saber respecto de las circunstancias del acto, el acto

no satisface las condiciones para ser moralmente evaluable, es decir, en un nivel de análisis, el

sujeto tiene que identificarse conscientemente con lo que está haciendo y conocer las marcas

relevantes del acto en cuestión. Si no las conoce, hay por lo menos la sospecha de que el acto no

puede ser imputado plenamente, salvo que el sujeto tuviera obligación de conocer lo que no

conocía. Por eso los criterios de imputabilidad dependen de qué sujeto concreto esté siendo

evaluado. Por ejemplo, si alguien no conoce un procedimiento burocrático, en la medida en que no

sea el burócrata que tiene que cumplir esa tarea, no puede ser responsable por el hecho de no

conocerla, pero si es el funcionario cuya tarea exige conocer ese proceso, no puede ser disculpado

de los actos que haga sobre la base del desconocimiento. Las condiciones de imputabilidad varían

de acuerdo con lo que se le adscriba al sujeto como conocimiento que debe poseer. Por supuesto, en

cierto nivel de análisis hay un importante número de actos en los cuales el sujeto puede

legítimamente alegar ignorancia como causa de exención de responsabilidad, pues a ningún sujeto

finito se le puede exigir conocer todas las circunstancias relevantes de todos los actos que lleva a

cabo, por la sencilla razón de que el conocimiento del mundo como conjunto escapa siempre a las

posibilidades de los sujetos que actúan en ese mundo.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

En segundo lugar, dice Aristóteles que el acto debe ser resultado, en algún nivel de análisis,

de una elección deliberada. Que sea deliberado no quiere decir que todo acto particular deba ir

precedido de un sesudo proceso de deliberación consciente. De hecho, la mayoría de los actos no va

acompañado de ese proceso de deliberación expresa, pues con mucha frecuencia los procesos de

deliberación son descargados en el hábito. Por ejemplo, el que maneja habitualmente un auto

descarga en el hábito una gran cantidad de procesos de deliberación, que de lo contrario le harían

muy engorrosa la tarea. En cambio, es típico del que está aprendiendo a manejar que tiene que

deliberar acerca de todo lo que hace y no puede atender a las cosas importantes: cuando atiende al

embrague se le va el volante, cuando atiende al volante se olvida del cambio, etc. El hábito tiene la

importante función de descargar de la deliberación aquellos aspectos no excepcionales de la

situación en cuestión.

Pero todos los actos, incluso los que se realizan sobre la base del hábito, para ser imputables

tienen que poder ser analizados y reconstruidos como si hubieran sido deliberados. Por ejemplo, un

conductor experto no delibera sobre cuándo pasar los cambios, pero si un conductor inexperto le

pregunta porqué puso tercera, puede dar una razón de ello como si lo hubiera deliberado. Esto es lo

que alcanza para que el acto sea imputable, aunque no haya habido un proceso expreso de

deliberación previo al acto. De hecho, los actos a los que precede una deliberación expresa son una

porción ínfima dentro de la cantidad de actos que nos pueden ser imputados para bien o para mal

(mérito o demérito).

La tercera característica, que el acto sea escogido por sí mismo, apunta a que el acto moral

no se utilice para un fin extrínseco, porque si el acto es instrumentalizado para un fin exterior a sí

mismo, se convierte en otro acto. Por ejemplo si alguien hace una donación, tal acto se puede

describir como un acto de generosidad si se escogió hacer la donación por sí misma. Si, en cambio,

se la escogió para pagar menos impuestos, aunque el acto objetivamente descrito tenga el mismo

resultado, y la gente a la que va destinada la donación la reciba, ya no es más un acto que pueda ser

descrito como un simple acto de generosidad, porque en su motivación intervinieron factores

extrínsecos: si se cambia de categoría de impuestos, la tasa no conviene y conviene entonces

aparecer ganando menos, porque de esa manera se paga menos impuestos. Esto puede ser legítimo

según la ley positiva, pero no quiere decir que ese acto califique a alguien como muy generoso. No

digo que ese acto sea malo, sino que, para que el acto sea signo de generosidad, no tiene que estar

instrumentalizado por referencia a un fin egoísta.

Esto implica que no se puede describir un acto independientemente del contexto en que se

sitúa, pues si el acto está en un contexto en que no es escogido por sí mismo, sino como medio para

otra cosa, pasa a ser otro acto, susceptible de una descripción diferente y por lo tanto de una

evaluación diferente desde el punto de vista moral. Por eso insiste Aristóteles en que, para que el

acto sea descrito como el acto que precisamente es, desde el punto de vista moral, debe ser querido

por sí mismo.

Respecto a la cuarta característica del acto moral, que sea realizado de modo seguro y sin

vacilaciones, hay que explicar que a Aristóteles el acto puntual le importa poco, pues lo que le

importa son las disposiciones habituales, es decir, no tanto si el acto es valiente o no, sino si el

sujeto que lo realiza es valiente o no. Por eso Aristóteles introduce este requerimiento adicional,

que depende de una ética de las virtudes. No por realizar un acto puntual de valentía el sujeto será

llamado valiente, sino por su conducta habitual, que es la que surge fluida y espontáneamente. EnDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

cambio si un sujeto realiza un acto de coraje o valentía temblando y venciéndose a sí mismo, hay

buenas razones para suponer que aún no está en posesión habitual de la valentía. Esto no le quita

mérito al acto puntual realizado, pero pone una pauta de evaluación que da para pensar que, a pesar

de que el individuo haya actuado como un valiente, no es un valiente. Como se ve, este último

requerimiento apunta más en dirección de los sujetos morales y no de los actos morales. Hay que

recordar que la ética aristotélica es una ética no centrada en los actos, sino en las disposiciones

habituales de los sujetos, y que este cuarto requerimiento está en directa conexión con el intento de

fundamentar una ética de las virtudes y no de los actos. Por eso desde el punto de vista del acto

puntual como tal aparece como un requerimiento demasiado exigente, pero hay que entenderlo

bien: este requerimiento no le quita mérito al acto puntual como tal, sino que dice algo sobre la

evaluación del sujeto.

d) Validez actual de la teoría clásica de la

imputabilidad

¿Qué validez tiene hoy toda esta teoría acerca de la imputabilidad de los actos, dados los

avances en el conocimiento de la psicología humana? Aquí se plantea la cuestión de si invalida la

teoría de Aristóteles el hecho de que hoy en el ámbito de lo imputable se tenga a la vista ciertas

teorías, que descubren la posibilidad de que muchos de los actos estén determinados por razones

que escapan al control consciente del propio agente.

En realidad, no es verdad que una teoría de este tipo, como la psicoanalítica, haga

inaplicable la teoría de la imputabilidad, sino que más bien opera conjuntamente con ella, en el

sentido de que cuando se hace psicoanálisis no se habla de la imputabilidad moral –esa no es la

tarea de un psicoanalista–, sino de las condiciones de la imputabilidad. Cuando en el ámbito

judicial se pide un dictamen psicológico, se pide que el experto en cuestión dé las razones de su

análisis, para que el juez vea si se puede decir que el sujeto realizó algo imputable o no imputable

desde el punto de vista moral, no psicológico. Para que algo sea imputable desde el punto de vista

moral, tienen que estar dadas ciertas condiciones psíquicas para el que llevó a cabo el acto.

Cuando el psicólogo argumenta, por ejemplo, que un individuo cometió tales y cuales

delitos compulsivamente, porque, por cosas que le ocurrieron o por ciertas estructuras psicológicas,

no estaba en condiciones de gobernarse por iniciativa propia o no estaba en condiciones de ver con

claridad cuál era la motivación última de sus actos, no está refutando la teoría de la imputabilidad,

sino que está diciendo que no están dadas las condiciones que esa teoría reclama para imputar el

acto.


Por eso, es claro que la teoría de la imputabilidad necesariamente tiene que incluirse de

alguna manera en los sistemas jurídicos para poder distinguir los actos imputables de los no

imputables. Otra cuestión totalmente distinta es el conocimiento empírico que se tenga hoy,

respecto de otra época, acerca de cuándo las condiciones de imputabilidad se pueden considerar

dadas o no, y en eso sí ha habido varios cambios. Hoy se admiten causas de inimputabilidad que en

el pasado ni siquiera se sospechaba que podrían existir, como por ejemplo causas psicológicas. La

idea actual de lo que son las condiciones psíquicas es completamente distinta a la que podía tener

un sujeto de la época de Sófocles. Lo que no es verdad es que estos avances hayan hecho superflua

una teoría de la imputabilidad moral. Es más, no se ha eliminado en ningún sistema jurídicoDuocUC _ Centro de Ética Aplicada

conocido la distinción entre actos imputables y no imputables. Lo que ha variado son lo criterios a

la hora de trazar los límites, sobre todo en la evaluación de los casos particulares, pero la tipología

es prácticamente la misma que en la ética clásica.

e) Libertad y determinismo

Al hablar de la voluntariedad de los actos, del acto humano como acto libre, no se dio una

definición de la libertad, porque, en realidad, dar caracterización positiva de la libertad, además de

ser una tarea muy difícil, corresponde más a la metafísica que a la ética.

Sin embargo, conviene referirse brevemente a la posibilidad de negar la libertad, posición

que se conoce con el nombre genérico de "determinismo" y que puede tener diversas variantes:

cultural, social, genético, etc.

El determinismo es una teoría que echa por tierra toda la teoría de la imputabilidad de los

actos, al negar el ámbito propio de la acción humana, pues para el determinista todo es necesario,

todo lo que ocurre se rige por leyes necesarias, también la conducta del hombre. Refiriéndose a la

típica manera en que se justifican las acciones apelando al determinismo psicológio, un conocido

filósofo decía una vez irónicamente, refiriéndose a este tipo de estrategia argumentativa forense:

"ya se sabe que todo terrible criminal ha tenido una terrible infancia".

Aristóteles diría que sí hay condiciones fatales dentro de cierto rango, porque un individuo

que desde el comienzo de su formación está excluido de todo proceso de mediación social, como

los niños-lobo, que ni siquiera aprenden a hablar, no es sujeto de juicio moral.

Ahora bien, aunque la vida humana está confrontada con fatalidades, como por ejemplo el

hecho de que todo hombre se va a morir, la manera de hacerse cargo de la fatalidad ya no es fatal.

Un individuo puede estar fatalmente confrontado con un padre que golpea a su madre, pero no es

verdad, ni siquiera estadísticamente, que todo hijo de padre golpeador sea necesariamente en el

futuro un padre golpeador. Hasta el tipo de taras que se puede desarrollar en ciertos ambientes son

distintas según el sujeto de que se trate.

Aristóteles no es determinista ni siquiera en el ámbito de la filosofía natural, pues cree que

las leyes de la física, por lo menos en el ámbito que él llama "sublunar", por debajo de la luna, se

cumplen sólo en la mayoría de los casos. Mucho menos las cosas humanas están determinadas.

De hecho, actualmente ni en la filosofía, ni en el ámbito de la ciencia, ni siquiera en la

física, se habla de fatalidades en el mismo sentido que antiguamente: el determinismo está en

retirada. Además, uno de los ámbitos donde menos ocasión existe para hablar legítimamente de

determinismos fatales es precisamente en el ámbito humano y cultural.

Por supuesto, hay condiciones dadas que favorecen o perjudican a la persona y es mejor que

estén dadas ciertas condiciones y no otras. Nótese, por ejemplo, la importancia que le da la ética

clásica al contexto educativo, sobre el cual el propio sujeto no decide, pues nadie elige en qué

contexto nace, en qué familia, etc. Eso es algo que le viene dado de antemano; respecto de las

propias decisiones es una fatalidad.DuocUC _ Centro de Ética Aplicada

Entonces, el problema no es tanto si hay o no grados de "indisponibilidad" en la propia




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