Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


31

Una mañana soleada en una pradera montañosa en el interior del macizo de Gennargentu, en el centro de Cerdeña.

Seis hombres, cuatro sardos y dos romanos, trabajan bajo un co­bertizo sin paredes construido con maderos del bosque circundan­te. Los insignificantes sonidos que producen parecen magnificarse en el vasto silencio de las montañas.

Bajo el cobertizo, colgado de las alfardas, cuya corteza sigue pe­lándose, hay un espejo enorme en un marco dorado y rococó. Está suspendido sobre un sólido corral que tiene dos puertas, una de las cuales se abre hacia los pastos. La otra está hecha como una puerta holandesa, de forma que la mitad superior y la inferior puedan abrirse por separado. Bajo ella el terreno está pavimentado con ce­mento, pero el resto del corral está cubierto de paja limpia, como un patíbulo.

El espejo, con su marco tallado de querubines, puede inclinarse para proporcionar una vista superior del corral, como el espejo de una escuela de cocina permite a los alumnos tener una vista de los fogones.

El cineasta, Oreste Pini, y el hombre de confianza de Mason en Cerdeña, un secuestrador profesional llamado Carlo, sintieron mu­tua aversión desde el principio.

Carlo Deogracias era un individuo corpulento y sanguíneo, que apenas se quitaba un sombrero tirolés con un colmillo de jabalí en la cinta. Tenía por costumbre mascar la ternilla de un par de dien­tes de venado que guardaba en un bolsillo de la chaqueta.

Carlo era un practicante aventajado del antiguo deporte sardo del secuestro, así como un vengador profesional.

Si te han de secuestrar para pedir rescate, te dirá cualquier italia­no rico, es preferible caer en manos de los sardos. Por lo menos son profesionales y no te matarán por accidente o en un ataque de pá­nico. Si tu familia paga, puede que te devuelvan ileso y con todos los apéndices y orificios intactos. Si no paga, pueden estar seguros de que te recibirán por entregas en paquete postal.

A Carlo no lo convencían los alambicados planes de Mason. Tenía experiencia en la materia; de hecho, veinte años atrás había conseguido que una piara de cerdos se comiera a un individuo, un nazi retirado que se hacía pasar por conde e imponía relaciones sexuales a los niños de los pueblos toscanos, chicos y chicas por igual. A Carlo lo contrataron para el trabajo, atrapó al interfec­to en su propio jardín, a cinco kilómetros de la Badia di Passignano, y consiguió que lo devoraran cinco enormes cerdos domés­ticos de una granja al sur de Poggio alle Corti, aunque tuvo que dejar de alimentarlos durante tres días. El nazi, que trataba de li­berarse de sus ataduras, sudaba y suplicaba, tenía los pies metidos en el corral, y aun así a los cerdos parecía darles vergüenza empe­zar con los dedos, que sin embargo no paraban de menearse, hasta que Carlo, con una punzada de culpa por violar la letra del con­trato, obligó al boche a comerse una deliciosa ensalada con las ver­duras favoritas de los cerdos y luego le cortó el cuello para apaci­guarlos.

Carlo era alegre y vital por naturaleza, pero la presencia del director de cine lo ponía de mal humor. Había tenido que traer el espejo de un burdel que regentaba en Cagliari, obedeciendo órdenes de Mason Verger, sólo para complacer a aquel pornógrafo lla­mado Oreste Pini.

Los espejos eran un fetiche para Oreste, que los había usado como piezas capitales de sus películas pornográficas y de la única cinta genuinamente snuff que había rodado en Mauritania. Inspirado por la advertencia impresa en el retrovisor de su coche, era un convencido partidario del uso de espejos convexos para hacer que determinados objetos parecieran mayores de lo que aparecen a la mirada directa.

Siguiendo las instrucciones de Mason, Oreste tendría que prepa­rar un escenario con dos cámaras y un buen equipo de sonido, y la toma tenía que ser perfecta a la primera. Mason quería un primer plano fijo e ininterrumpido del rostro, aparte de todo lo demás.

En opinión de Carlo, lo único que hacía era cazar moscas con el culo.

—Puedes quedarte ahí cotorreando como una verdulera o ver cómo ensayamos y preguntarme cualquier cosa que no entiendas.

—Lo que quiero es filmar los ensayos.

Va bene. Monta tu mierda de set y empecemos de una vez.

Mientras Oreste colocaba las cámaras, Carlo y los otros tres si­lenciosos sardos hacían los preparativos.

A Oreste le encantaba el dinero, pero nunca dejaba de sorpren­derse de todo lo que se puede comprar con él.

En una larga mesa colocada sobre caballetes en un extremo del cobertizo, el hermano de Carlo, Matteo, deshacía un hato de ropa vieja, del que entresacó una camisa y unos pantalones. Mientras tan­to, los otros dos sardos, los hermanos Fiero y Tommaso Falcione, acercaban al interior del cobertizo una camilla con ruedas empuján­dola despacio sobre la hierba. La camilla estaba manchada y hecha jirones.

Matteo había preparado varios pozales de carne picada, unos cuan­tos pollos sin desplumar y un montón de fruta pasada, a los que empezaban a acudir las moscas, y un cubo de ventrón e intestinos de buey.

Matteo extendió los gastados pantalones caqui sobre la camilla y empezó a llenarlos con un par de pollos, carne y fruta. Luego metió carne picada y bellotas en un par de guantes de algodón, procurando que los dedos se llenaran, y los colocó en la boca de las perneras. A continuación, extendió la camisa, la llenó de intestinos procuran­do darle forma con trozos de pan, la abotonó y metió escrupulosa­mente los faldones dentro del pantalón. Completó el torso poniendo un par de guantes repletos de más inmundicias en los extremos de las mangas. Como cabeza usó un melón cubierto con una redecilla llena de carne picada en la parte que representaba la cara; dos huevos duros hacían las veces de ojos. Cuando acabó el resultado se asemejaba a un maniquí lleno de bultos, aunque tenía mejor aspecto acostado en la camilla que algunos que se tiran de un rascacielos. Como toque final, Matteo roció el melón y los guantes de las mangas con una loción para el afeitado que costaba un ojo de la cara.

Carlo señaló con la barbilla hacia el escultural ayudante de Oreste, que se inclinaba sobre el borde del corral extendiendo el soporte del micrófono para comprobar el alcance.

—Dile a tu bujarrón que si se cae dentro, no seré yo quien se meta para sacarlo.

Por fin estuvo todo listo. Fiero y Tommaso plegaron las patas de la camilla y la hicieron rodar hasta la entrada del corral.

Carlo trajo de la casa un radiocasete y un amplificador indepen­diente. Tenía toda una colección de cintas, alguna de las cuales había grabado él mismo mientras les cortaba las orejas a los secuestrados para mandarlas por correo a sus familiares. Carlo se las ponía a los animales cada vez que comían. Ya no las necesitaría cuando hubiera una víctima real que pusiera los efectos de sonido.

Los sufridos altavoces exteriores estaban clavados a los postes del cobertizo. El sol brillaba sobre la hermosa pradera, que descendía en suave pendiente hacia el bosque. La sólida cerca que la rodeaba se perdía entre los árboles. En el silencioso mediodía Oreste podía oír una abeja carpintera zumbando bajo el techo del cobertizo.

—¿Estás listo? —le preguntó Carlo.

A su vez, Oreste se volvió hacia la cámara fija.

Giriamo —gritó al cámara.

Prontí! —respondió éste.

Motore! —y las cámaras empezaron a rodar.

Partito! —la cinta del sonido empezó a girar.

Azione! —chilló Oreste, y le dio un golpe a Carlo.

El sardo pulsó el botón de «play» del radiocasete y se desenca­denó un griterío infernal puntuado por sollozos y súplicas. El cá­mara dio un respingo, pero se tranquilizó enseguida. Los alaridos eran espeluznantes, pero dieron el recibimiento más apropiado a las siluetas que salían del bosque, atraídas por el escándalo que anun­ciaba la cena.




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