Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


26

Las naves de la iglesia de Santa Croce, sede de los franciscanos, resonaban en ocho idiomas mientras las hordas de turistas hormi­gueaban siguiendo las vistosas sombrillas de los guías y buscando en la penumbra monedas de doscientas liras para costear, durante un precioso minuto de sus vidas, la iluminación de los grandes frescos de las capillas.

Una vez en el interior, Romula tuvo que pararse junto a la tum­ba de Miguel Ángel para dejar que sus ojos, privados del resplan­dor de la espléndida mañana, se habituaran al tenebroso recinto. Cuando se dio cuenta de que estaba sobre una lápida, susurró un «Mí dispiace!» y se apartó de ella a toda prisa; para Romula el tropel de los muertos que bullía bajo sus pies era tan real como la gente que la rodeaba, y quizá más poderoso. Era hija y nieta de médiums y quiromantes, y veía a la gente que pisaba la faz de la tierra y a la que habitaba en su interior como dos muchedumbres a las que sólo separaba el telón de la muerte. Siendo más viejos y más sabios, los de abajo tenían, en su opinión, todas las de ganar.

Miró a su alrededor tratando de localizar al sacristán, individuo con inquebrantables prejuicios contra los gitanos, y se refugió detrás de la primera columna, al amparo de la Madonna del Latte de Rossellino, mientras el niño le hocicaba contra el pecho. Pazzi, que ace­chaba junto a la tumba de Galileo, la descubrió allí.

El inspector jefe señaló con la barbilla hacia el fondo de la iglesia, donde, al otro lado del crucero, los flashes de las cámaras prohibidas y los reflectores brillaban como relámpagos en la vasta penumbra, mientras los ruidosos temporizadores tragaban monedas de doscien­tas liras y alguna que otra moneda falsa o calderilla australiana.

Una y otra vez, Cristo nacía, era traicionado y clavado a la cruz, a medida que los enormes frescos iban apareciendo a la brillante luz de los reflectores, tras lo cual volvía a reinar una oscuridad cerrada y rumorosa en la que los peregrinos se arremolinaban imposibili­tados de leer sus guías, mientras el incienso y los olores corporales ascendían para cocerse al calor de los focos.

En el brazo izquierdo del crucero, el doctor Fell se había puesto manos a la obra en la Capilla Capponi. La famosa Capilla Capponi está en Santa Felicita. Esta otra, reconstruida en el siglo XIX, intere­saba al doctor porque la restauración le proporcionaba cierta pers­pectiva para contemplar el pasado. Estaba calcando con carboncillo una inscripción en piedra tan gastada que ni una iluminación oblicua hubiera conseguido realzarla.

Pazzi, que lo observaba con un pequeño catalejo de bolsillo, descu­brió por qué el doctor había salido de casa llevando tan sólo la bolsa de la compra: guardaba sus materiales de dibujo tras el altar de la ca­pilla. Por un momento estuvo a punto de llamar a Romula para de­cirle que se marchara. Puede que los utensilios le sirvieran para tomar las huellas. Pero no, el doctor llevaba puestos unos guantes de algodón para no mancharse las manos con el carboncillo.

En el mejor de los casos, sería un trabajo torpe. La técnica de Romula estaba pensada para la calle. Pero la mujer era lo que pare­cía, y lo menos parecido a lo que un criminal podía temer. Era la persona más indicada para no espantar al doctor. No. Si la atrapaba, se la entregaría al sacristán, con el que Pazzi podría hablar más tarde.

Pero aquel hombre estaba loco. ¿Y si la mataba? ¿Y si mataba al niño? Pazzi se hizo dos preguntas. ¿Se enfrentaría al doctor si sus vi­das corrían peligro? Sí. ¿Estaba dispuesto a permitir que sufrieran heridas menores para conseguir su dinero? Sí.

Se limitarían a esperar hasta que el doctor Fell se quitara los guan­tes y se dispusiera a salir para comer. Yendo y viniendo por el cru­cero, Pazzi y Romula tuvieron tiempo de hablar en susurros. Pazzi distinguió un rostro entre el gentío.

—¿Quién es ese que te sigue, Romula? Más vale que me lo digas. Lo tengo visto de la cárcel.

—Es mi amigo, se pondrá en medio si tengo que echarme a correr. Pero no sabe nada. Nada de nada. Es mejor para usted, así no tendrá que mancharse las manos.

Para matar el tiempo, rezaron en varias capillas, Romula bisbi­seando en un idioma que Pazzi no reconoció, y éste, a la intención de un largo rosario de cosas, particularmente la casa en la bahía de Chesapeake y algo más en lo que no debería pensar en una iglesia.

Les llegaban las melodiosas voces del coro, que estaba ensayando y conseguía alzarse sobre la algarabía general.

Sonó la campana. Era la hora del cierre de mediodía. Aparecie­ron los sacristanes haciendo sonar sus manojos de llaves, impacientes por vaciar los cepillos.

El doctor Fell se irguió y salió de detrás de la Pietá de Andreotti de la capilla, se quitó los guantes y se puso la chaqueta. Un nutrido grupo de japoneses, agotada su provisión de calderilla, se habían api­ñado ante el altar mayor y permanecían estupefactos en la oscuridad, sin comprender aún que tenían que salir.

El codazo de Pazzi era del todo innecesario. Romula sabía que el momento había llegado. Besó la coronilla del niño, tranquilo sobre el brazo de madera.

El doctor se acercaba. La multitud lo encaminaba hacia ella y, en tres zancadas, fue a su encuentro, le cerró el paso, alzó la mano ante él procurando atraer su mirada, se besó los dedos y se dispuso a plan­tarlos en su mejilla, con el brazo oculto listo para colarse en la cha­queta del hombre.

Alguien había dado con una última moneda de doscientas liras y las luces se encendieron; en el momento en que lo tocaba, Romula miró el rostro del hombre y sintió que sus rojizas pupilas la absor­bían, sintió que un vacío enorme y helado tiraba de su corazón ha­cia las costillas, y apartó la mano a toda prisa para cubrir la cara de la criatura, mientras oía su propia voz diciendo: «Perdonami, perdonami, signare», se daba la vuelta y huía. El doctor se la quedó miran­do hasta que se apagó la luz y volvió a ser una silueta recortada contra los cirios de una capilla, y con zancadas ágiles continuó su camino.

Pazzi, pálido de ira, encontró a Romula apoyada en la pila, mo­jando una y otra vez la cabeza del niño y lavándole los ojos por si había mirado al doctor Fell. Se tragó los peores improperios cuan­do vio el rostro aterrorizado de la mujer.

—Es el Demonio —susurró, y sus ojos parecían enormes en la semioscuridad—. Shaitan, el Hijo de la Mañana. Ahora ya lo he visto.

—Te devolveré a la prisión —dijo Pazzi.

Romula miró el rostro del niño y exhaló un suspiro, un suspiro de matadero, tan profundo y resignado que producía escalofríos. Se quitó el brazalete de plata y lo lavó con agua bendita.

—Todavía no —dijo.

CAPÍTULO__27'>CAPÍTULO

27

Si Rinaldo Pazzi hubiera estado dispuesto a cumplir su deber como agente de la ley, habría podido detener al doctor Fell y averi­guar muy rápidamente si era Hannibal Lecter. En cuestión de media hora habría obtenido una orden de arresto para sacarlo del Palazzo Capponi, y todas las alarmas del mundo no hubieran podido impe­dírselo. Con su sola autoridad, hubiera podido retener al doctor Fell sin cargos el tiempo necesario para establecer su identidad.

Las huellas dactilares tomadas al doctor en la Questura hubie­ran revelado en diez minutos si Fell era Hannibal Lecter. La prueba del ADN habría confirmado la identificación.

Todos esos recursos le estaban negados ahora. Una vez decidido a vender al doctor Lecter, el inspector jefe se había transformado en un cazador de recompensas, al margen de la ley y solo. Hasta los soplones de la policía, que seguían estando a su merced, le resulta­ban inservibles, porque se habrían apresurado a delatarlo.

Los consiguientes obstáculos provocaban la frustración de Pázzi, pero no hacían mella en su decisión. Se las apañaría con las maldi­tas gitanas...

—¿Lo haría Gnocco por ti, Romula? ¿Puedes dar con él?

Estaban en el salón del apartamento de Via de' Bardi, frente al Palazzo Capponi, doce horas después del fiasco en la iglesia de Santa Croce. Una lámpara de sobremesa iluminaba el cuarto hasta la altura de las caderas de Pazzi. Por encima, sus ojos negros brillaban en la semioscuridad.

—Lo haré yo misma, pero sin el niño —dijo Romula—. Pero tiene que darme...

—No. No puedo dejar que te vea dos veces. ¿Lo haría Gnocco por ti?

Romula, que llevaba un vestido largo de colores vivos, se incli­naba hacia delante en el asiento, con los generosos pechos rozándole los muslos y la cabeza casi junto a las rodillas. El brazo hueco de ma­dera reposaba sobre una silla. La vieja, tal vez prima de Romula, estaba sentada en un rincón con el niño en brazos. Las cortinas esta­ban echadas. A través de la abertura Pazzi vio una débil luz en el piso superior del palacio.

—Puedo hacerlo. Puedo cambiar mi aspecto de forma que no me reconozca. Puedo...

—No.


—Entonces, puede hacerlo Esmeralda.

—No —la voz había sonado en el rincón. La vieja no había des­pegado los labios hasta entonces—. Cuidaré a tu hijo, Romula, hasta la muerte. Pero nunca tocaré a Shaitan.

Pazzi apenas entendía su italiano.

—Siéntate bien, Romula —le dijo el policía—. Mírame. ¿Lo haría Gnocco por ti? Romula, esta noche vas a volver a Sollicciano. Aún tienes que cumplir otros tres meses. Es posible que la próxima vez que te manden dinero y cigarrillos entre la ropa del bebé te cojan... Puedo hacer que te echen seis meses de propina por la última vez. Podría conseguir que te declararan incapacitada como madre. El estado se quedaría con el niño. Pero si consigo las huellas, tú te verás libre, tendrás un millón de liras y desaparecerán tus anteceden­tes. Y te ayudaré a conseguir un visado para Australia. ¿Lo haría Gnocco por ti?

La mujer no respondió.

—¿Puedes encontrar a Gnocco? —Pazzi resopló por la nariz—. Sentí, recoge tus cosas, podrás retirar el brazo falso en la sala de ob­jetos personales dentro de tres meses, o el año que viene. El niño tendrá que ir a la inclusa, con los demás huérfanos. La vieja puede visitarlo allí.

—¿Con los demás huérfanos, Commendatore? Mi hijo tiene ma­dre y un nombre, ¿sabe? —meneó la cabeza, poco dispuesta a de­cirle el nombre a aquel individuo. Se tapó la cara y sintió los latidos de las manos y la cabeza golpeándose mutuamente; a continuación, habló sin descubrirse el rostro—: Puedo encontrarlo.

—¿Dónde?


—En la Piazza Santo Spirito, junto a la fuente. Encenderán una hoguera y alguien llevará vino.

—Iré contigo.

—Más vale que no —replicó la mujer—. Usted arruinaría su re­putación. Tiene a Esmeralda y al niño, sabe que volveré.
La Piazza Santo Spirito, un hermoso cuadrado en la orilla izquier­da del Arno, tiene un ambiente sórdido por la noche, con la iglesia envuelta en sombras y cerrada a cal y canto desde hace horas, y ruidos y olores a comida saliendo de Casalinga, la popular trattoria.

Junto a la fuente, el resplandor de una pequeña hoguera y el so­nido de una guitarra tocada con más entusiasmo que arte. Entre los presentes hay un buen cantante de fados. Una vez descubierto, lo empujan hacia el centro y lo animan a remojarse el gaznate con el vino de varias botellas. Entona una canción que habla del destino, pero lo interrumpen con peticiones de algo más alegre.

Roger LeDuc, Gnocco por mal nombre, está sentado en el pretil de la fuente. Ha fumado. Tiene los ojos turbios, pero distingue a Romula enseguida detrás de la gente que rodea la hoguera. Compra dos naranjas a un vendedor ambulante y la sigue lejos del corro. Se paran bajo un farol a cierta distancia de la hoguera. La luz, fría en comparación con la del fuego, moteada por las pocas hojas de un arce que pugna por reverdecer, da un tinte verdoso a la palidez de Gnocco, sobre la que las sombras de las hojas parecen heridas móvi­les a Romula, que lo mira reposando la mano en su brazo.

La hoja de una navaja suelta destellos al final de su puño como una lengua pequeña y brillante que monda la naranja, de la que va colgando el largo tirabuzón de la piel. Se la da y ella le mete un gajo en la boca mientras él empieza a pelar la segunda.

Hablan en rumano apenas unos instantes. Él se encoge de hom­bros. La mujer le da un teléfono celular y le marca un número. La voz de Pazzi suena en la oreja de Gnocco. Al cabo de un momen­to, Gnocco cierra el teléfono y se lo guarda en un bolsillo.

Romula se quita del cuello una cadenilla, besa el minúsculo amu­leto y la pasa por el cuello del desaliñado joven. Él junta la barbilla con el pecho para mirar el colgante, baila dando saltos, como si la imagen santa lo quemara, y consigue que Romula sonría. La gitana se quita el brazalete y se lo pone en la muñeca. Le encaja perfecta­mente. El brazo de Gnocco no es más grueso que el de Romula.

—¿Puedes quedarte una hora? —le pregunta el hombre.

—Sí —contesta ella.



CAPÍTULO

28

Es de noche otra vez, y el doctor Fell está en la vasta sala de pie­dra de la exposición de instrumentos de tortura en el Forte di Bel­vedere, cómodamente recostado contra el muro, con las jaulas de los condenados colgadas sobre su cabeza.

Su mirada registra las múltiples manifestaciones de la fascinación enfermiza en los ávidos rostros de los mirones, que se empujan en torno a los atroces artefactos y se restriegan unos con otros en sul­furoso frottage, con los ojos sallándoseles de las órbitas, el pelo de los antebrazos erizado, echándose el ansioso aliento en los cuellos y las caras. De vez en cuando, el doctor se lleva un pañuelo perfu­mado a la nariz para soportar la sobredosis de colonia y efluvios hormonales.

Sus perseguidores lo acechan en el exterior.

Pasan las horas. El espectáculo de la chusma no parece cansar al doctor Fell, que nunca ha prestado más que una tibia atención a los artilugios propiamente dichos. Algunos perciben su curiosidad y se sienten incómodos. A menudo, las mujeres lo miran con particular interés antes de que la marea humana las obligue a avanzar. Una mi­seria pagada a los taxidermistas que regentan el macabro tinglado permite al doctor remolonear a capricho, inalcanzable tras las cuer­das, completamente inmóvil contra el muro.

Fuera, cerca de la puerta de salida, aguantando la persistente llovizna junto al parapeto, Rinaldo Pazzi montaba guardia. El inspector jefe estaba acostumbrado a esperar.

Pazzi sabía que el doctor no volvería a casa. Al pie de la colina, en una placita visible desde el fuerte, el automóvil de Fell aguardaba a su dueño. Era un Jaguar Saloon negro, un elegante Mark II con treinta años de antigüedad y matrícula suiza que relucía bajo la llu­via, el mejor coche que Pazzi había visto nunca. Era evidente que el doctor Fell no necesitaba ganarse un sueldo. Pazzi había anotado los números de la matrícula, pero no podía arriesgarse a identificarla a través de la Interpol.

En la empedrada cuesta de la Via San Leonardo, entre el Forte di Belvedere y el coche, esperaba Gnocco. La calle, mal iluminada, dis­curría entre dos hileras de altos muros de piedra que protegían una sucesión de villas. Gnocco había dado con un oscuro nicho ante la verja de una entrada en el que podía resguardarse de la lluvia y del torrente de turistas que bajaban del fuerte. El teléfono celular vi­braba contra su muslo cada diez minutos, y tenía que confirmar que seguía en su puesto.

Pasaban turistas cubriéndose la cabeza con mapas y programas de mano, abarrotando las estrechas aceras y derramándose por la cal­zada, donde obligaban a reducir la marcha a los pocos taxis proce­dentes del fuerte.

En la cámara abovedada de la exposición, el doctor Fell separó por fin la espalda del muro, alzó la vista hacia el esqueleto de la jau­la colgada sobre su cabeza como si ambos compartieran un secreto, y se abrió paso entre el gentío hacia la salida.

Pazzi lo vio enmarcado por la puerta y un poco más tarde recor­tado contra un foco de la hierba. Lo siguió a cierta distancia. Cuando estuvo seguro de que se dirigía al coche, abrió el teléfono celular y alertó a Gnocco.

La cabeza del gitano asomó por el cuello de su chaqueta como la de una tortuga, con los ojos hundidos, mostrando la calavera bajo la piel. Se remangó hasta los codos, escupió en el brazalete y lo frotó con un trapo. Ahora que estaba lavado con saliva y agua bendita, lo protegió de la lluvia poniendo el brazo tras la espalda, bajo el abri­go, mientras miraba hacia la colina. Se acercaba una columna de ca­bezas bamboleantes. Gnocco se metió en la riada de turistas y al­canzó el centro de la calle, donde podría avanzar contra la corriente y tener mejor visibilidad. Sin un ayudante, tendría que encargarse él solo del encontronazo y de la siria, lo que no era ningún problema, porque el caso era fallar. Ahí venía aquel hombrecillo insignifican­te, gracias a Dios cerca del bordillo. Pazzi iba a treinta metros del doctor, y seguía bajando la cuesta.

Gnocco se desplazó con un movimiento lleno de estilo desde el centro de la calle. Aprovechando que se aproximaba un taxi, hizo como que se apartaba para evitarlo, volvió la cara para soltar una blasfemia y chocó de bruces con el doctor Fell; empezó a hurgarle bajo el abrigo y sintió el brazo atrapado por una garra acerada, luego un golpe; se soltó de un tirón y se escabulló a toda prisa, mientras el doctor Fell, que apenas se había parado, continuaba su camino a buen paso y se perdía en la corriente de turistas.

Pazzi estuvo a su lado casi al instante, apretado en el nicho ante la verja de hierro junto a Gnocco, que dobló el cuerpo hacia delan­te un momento, recuperándose, y se irguió jadeando.

—Lo he conseguido. Me ha agarrado bien. El muy cornuto ha in­tentado pegarme en los cojones, pero ha fallado —le explicó.

Pazzi, con una rodilla apoyada en el suelo, buscaba con cuidado el brazalete, cuando Gnocco empezó a sentir calor y humedad pier­na abajo, y, al agacharse, hizo brotar una corriente de cálida sangre arterial de un desgarrón junto a la bragueta y salpicó el rostro y las manos de Pazzi, que intentaba quitarle el brazalete cogiéndolo por el canto. La sangre lo llenó todo, incluida la cara de Gnocco, que se había inclinado para mirarse, con las piernas empezando a fallarle. Se derrumbó contra la reja, con una mano crispada sobre los hierros y un trapo apretado contra la ingle en la otra, intentando detener el chorro que manaba de la arteria femoral, seccionada.

Pazzi, con la sangre fría que se apoderaba de él en los momentos críticos, pasó un brazo alrededor de Gnocco y, manteniéndolo con la espalda vuelta hacia los turistas mientras sangraba entre los barrotes, lo fue dejando caer hasta acostarlo en el suelo, sobre un costado.

Pazzi se sacó del bolsillo el teléfono celular y pidió una ambulan­cia, pero sin encenderlo. Se quitó la gabardina y la extendió sobre el cuerpo yacente como un halcón cubriendo a su presa con las alas. La despreocupada multitud seguía bajando a sus espaldas. Pazzi le quitó el brazalete de la muñeca y lo guardó en una cajita. Se metió el teléfono celular de Gnocco en un bolsillo. El joven movió los labios.

Madonna, che freddo...

Haciendo de tripas corazón, Pazzi retiró la mano de Gnocco de la herida, la sostuvo entre las suyas como para confortarlo y dejó que se desangrara. Cuando estuvo seguro de que Gnocco había muerto, lo dejó junto a la verja, con la cabeza apoyada en un bra­zo como si estuviera dormido, y se unió a los que bajaban.

En la plaza, Pazzi vio el lugar de aparcamiento vacío; la lluvia apenas había empezado a humedecer los cantos sobre los que había estado el Jaguar del doctor Lecter.

El doctor Lecter. Pazzi ya no pensaba en él como el doctor Fell. Era el doctor Hannibal Lecter.

En el bolsillo podía tener en esos momentos la prueba que Verger necesitaba. La que necesitaba Pazzi goteaba gabardina abajo, sobre sus zapatos.

CAPITULO

29

El lucero del alba se eclipsaba sobre Genova a medida que un resplandor rojizo apuntaba por oriente cuando el viejo Alfa Romeo de Rinaldo Pazzi llegó al puerto. Un viento helado rizaba la bahía. En un mercante fondeado en un amarradero de la bocana hacían trabajos de soldadura, y las chispas de color naranja llovían sobre el agua negra.

Romula permaneció en el coche, al abrigo del viento, con el niño en el regazo. Esmeralda se acurrucaba en el pequeño asiento pos­terior de la berlinetta cupé con las piernas de través. No había vuelto a abrir la boca desde que se negó a tocar a Shaitan.

Estaban tomando cafe bien cargado en vasos de plástico y pastíccini.

Rinaldo Pazzi fue a la oficina de embarque. Cuando salió, el sol ya estaba alto y teñía de rojo el casco roñoso del carguero Astra Philogenes, que completaba su carga anclado junto al muelle. Hizo un gesto a las mujeres.

El Astra Philogenes, con veintisiete mil toneladas y bandera grie­ga, tenía autorización para transportar doce pasajeros sin médico de a bordo rumbo a Río. Allí, le había explicado Pazzi a Romu­la, transbordarían a otro barco que zarparía hacia Sydney, Aus­tralia, para lo cual recibirían ayuda del sobrecargo del Astra. El pasaje estaba pagado hasta destino sin posibilidad de reembolso. En Italia, Australia se considera una tierra de promisión donde es fácil encontrar trabajo, y cuenta con una nutrida comunidad gi­tana.

Pazzi había prometido a Romula dos millones de liras, unos mil doscientos cincuenta dólares a la cotización vigente, y se los entregó en un abultado sobre.

El equipaje de las gitanas era insignificante: una maleta pequeña y el brazo falso metido en la funda de una trompa de pistones.

Las gitanas y el niño estarían en el mar e incomunicadas cerca de un mes.

Pazzi repitió a Romula por enésima vez que Gnocco se reuniría con ella más adelante, porque ese día había sido imposible. Se pon­dría en contacto con ella escribiéndole a la oficina central de correos de Sydney.

—Cumpliré mi palabra con él como lo he hecho contigo —le dijo al pie de la pasarela, mientras el sol de primera hora alargaba sus sombras sobre la áspera superficie del muelle.

Al acercarse el momento de zarpar, mientras Romula y el niño empezaban a trepar hacia cubierta, la vieja, mirándolo con sus ojos negros como aceitunas de Kalamata, habló por segunda y última vez en la experiencia de Pazzi.

—Has entregado a Gnocco a Shaitan —dijo con calma—. Gnoc­co está muerto.

Doblándose con dificultad, como haría ante un pollo acogotado en el tajo, Esmeralda apuntó con cuidado, escupió a la sombra de Pazzi y se apresuró pasarela arriba tras Romula y la criatura.



CAPÍTULO

30

La caja en la que la DHL Express había hecho la entrega era modélica. Sentado a una mesa bajo los focos de la zona de las visitas, el técnico en huellas dactilares desenroscó los tornillos con cuidado usando un destornillador eléctrico.

El ancho brazalete de plata estaba sujeto a un soporte de ter­ciopelo grapado al interior de la caja, de forma que la joya no to­cara nada.

—Tráigamelo —ordenó Mason.

Examinar las huellas hubiera sido mucho más fácil en la Sección de Identificación del Departamento de Policía de Baltimore, donde el técnico trabajaba durante el día; pero Verger le pagaría una can­tidad enorme y en metálico, y quería supervisar el trabajo con sus propios ojos. O con su propio ojo, reflexionó el técnico con sorna mientras dejaba el brazalete, todavía en su soporte, en una bandeja de porcelana sostenida por un enfermero.

Éste la aproximó al anteojo de Mason. No podía depositarla en la trenza de pelo enroscada sobre el corazón de Mason, porque el respirador le alzaba el pecho constantemente, arriba y abajo.

El pesado brazalete tenía manchas de sangre seca, que cayó en forma de polvo rojizo sobre la porcelana. Mason lo miró a través del anteojo. La falta de tejido facial le impedía toda expresión, pero el ojo estaba brillante.

—Empiece —dijo.

El técnico tenia una copia del anverso de la tarjeta del FBI con las huellas del doctor Lecter. La sexta huella del reverso y los datos personales no estaban reproducidos.

Se dispuso a distribuir con el pincel los polvos para identificación de pruebas entre las costras de sangre. Los «Sangre de dragón» que solía utilizar tenían un color semejante al de la sangre seca, así que utilizó otros de color negro y los espolvoreó con cuidado.

—Hay huellas —informó, e hizo una pausa bajo los focos para secarse el sudor de la frente.

La luz era la adecuada, así que fotografió in situ las huellas obte­nidas antes de levantarlas para compararlas al microscopio.

—Dedos corazón y pulgar de la mano izquierda, coincidentes en dieciséis puntos. Suficiente para un tribunal —dijo por fin—. No hay duda, es el mismo sujeto.

A Mason los tribunales lo traían sin cuidado. Su pálida mano ya había empezado a reptar por la colcha en busca del teléfono.





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