Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


21

El mártir cristiano San Miniato recogió su cabeza recién cor­tada de la arena del anfiteatro romano de Florencia, se la puso bajo el brazo y se fue a vivir a la ladera de una montaña del otro lado del río, donde yace enterrado en su espléndida iglesia, según cuen­ta la tradición.

Lo hiciera por su propio pie o llevado en andas, lo cierto es que el cuerpo de san Miniato no tuvo más remedio que pasar por la vie­ja calle en que ahora nos encontramos, la Via de' Bardi. Ha caído la tarde y en la calle desierta una llovizna invernal, no lo bastante fría para anular el olor a gato, hace relucir el dibujo en forma de abanico de los cantos. Nos rodean palacios erigidos hace seiscien­tos años por los príncipes mercaderes, los hacedores de reyes y los conspiradores de la Florencia renacentista. Al otro lado del Arno, a tiro de arco, se yerguen las crueles agujas de la Signoria, donde ahorcaron y quemaron al monje Savonarola, y ese enorme mata­dero de Cristos crucificados que es la Galería de los Uffizi.

Los palacios de las grandes familias, apretados en la histórica ca­lle, congelados por la moderna burocracia italiana, son arquitectura carcelaria en su exterior, pero encierran espacios amplios y etéreos, altos salones silenciosos en los que nadie penetra, ocultos tras cor­tinajes de seda que la lluvia ha ido pudriendo y de cuyas paredes obras menores de los grandes maestros del Renacimiento penden durante años en la oscuridad, iluminadas tan sólo por los relámpa­gos cuando las colgaduras se desploman.

Ante ti se alza el palacio de los Capponi, una familia ilustre du­rante mil años, que hizo trizas el ultimátum de un rey francés ante sus propias narices y dio un papa a la Iglesia.

Tras sus rejas de hierro, las ventanas del Palazzo Capponi perma­necen a oscuras. Los soportes de las antorchas están vacíos. En aque­lla ventana el viejo cristal cuarteado tiene un agujero de bala de los años cuarenta. Acércate más. Apoya la cabeza en el frío hierro, como ha hecho el policía, y escucha. Aunque con dificultad, puedes oír un clavicordio. Las Variaciones Goldberg de Bach tocadas, si no a la perfección, extraordinariamente bien, con una conmovedora com­prensión de la partitura. Tocadas, si no a la perfección, extraordina­riamente bien; tal vez con una ligera rigidez de la mano izquierda.

Si te creyeras a salvo de todo peligro, ¿entrarías en el edificio? ¿Penetrarías en este palacio tan pródigo en sangre y gloria, segui­rías a tu rostro a través de la extendida maraña de tinieblas hacia las exquisitas notas del clavicordio? Las alarmas no pueden detectarnos. El policía empapado que acecha en el quicio de una puerta no pue­de vernos. Ven...

En el vestíbulo reina una oscuridad casi completa. Una larga es­calinata de piedra, sobre cuya gélida balaustrada deslizamos las ma­nos, con los escalones desgastados por las pisadas de cientos de años, desiguales bajo los pies, que nos conducen hacia la música.

Las altas hojas de la puerta del salón principal chirriarían y se quejarían si tuviéramos que abrirlas. En atención a ti, están abiertas. La música procede del rincón más alejado, el mismo del que llega la única luz, una claridad producida por muchas velas, que enrojece al atravesar la pequeña puerta de una capilla, en el ángulo del salón.

Vayamos hacia la música. Somos vagamente conscientes de pasar al lado de grandes grupos de muebles cubiertos con telas, formas ambiguas que parecen alentar a la luz de las velas, como un rebaño dormido. Sobre nuestras cabezas, el alto techo desaparece en la os­curidad.

La luz rojiza cae sobre un clavicordio ornamentado y sobre el hombre que los especialistas en el Renacimiento conocen como doctor Fell, elegante, absorto en la música que interpreta con la es­palda erguida, mientras la luz se refleja en su pelo y en el dorso de su bata de seda, lustrosa como piel.

La cubierta del clavicordio está decorada con una bulliciosa es­cena de bacanal, y los diminutos personajes parecen revolotear so­bre las cuerdas a la luz de las velas. El hombre toca con los ojos cerrados. No necesita partitura. En su lugar, sobre el atril en forma de lira del instrumento, hay un ejemplar del diario sensacionalista norteamericano National Tattler. Está doblado de forma que sólo se ve la foto de la portada, que muestra el rostro de Clarice Starling.

Nuestro músico sonríe, finaliza la interpretación de la pieza, re­pite la zarabanda por puro placer y, mientras aún vibra la última cuerda golpeada por el maculo, abre los ojos, en cuyas pupilas brilla una luz roja, minúscula como la punta de un alfiler. Ladea la cabe­za y mira el periódico que tiene ante sí.

Se levanta sin hacer ruido y se lleva el periódico norteamerica­no a la diminuta y decorada capilla, construida antes del descubri­miento de América. Cuando lo sostiene a la luz de las velas y lo despliega, los santos que presiden el altar parecen leerlo por enci­ma de su hombro, como harían en la cola del supermercado. El tipo del titular es Railroad Gothic de setenta y dos puntos. Dice lo si­guiente: «EL ÁNGEL DE LA MUERTE: CLARICE STARLING, LA MÁQUI­NA ASESINA DEL FBI».

Cuando sopla las velas, la oscuridad se traga los rostros pintados, en agonía o en éxtasis, alrededor del altar. No necesita luz para cruzar el enorme salón. Una brizna de aire nos acaricia cuando el doctor pasa a nuestro lado. La enorme puerta rechina y se cierra con un golpe que repercute bajo nuestros pies. Silencio.

Pisadas que entran en otra habitación. Los ecos de la estancia per­miten adivinar un espacio más reducido, aunque el techo debe de ser igual de alto, pues los sonidos agudos tardan en rebotar desde arri­ba; el aire inmóvil guarda olores a vitela, pergamino y cabos de vela consumidos.

El crujido de papeles en la oscuridad, el rechinar de un asiento al ser arrastrado. El doctor Lecter se sienta en un gran sillón de la fabulosa Biblioteca Capponi. Es cierto que la luz adquiere un tono rojizo cuando la reflejan sus ojos, que sin embargo no emiten un resplandor rojo en la oscuridad, como muchos de sus guardianes han asegurado. La oscuridad es completa. El doctor medita...

No puede negarse que el doctor Lecter ha creado la vacante del Palazzo Capponi haciendo desaparecer al antiguo conservador, pro­ceso sencillo para el que bastaron unos segundos de trabajo físico con el anciano y un modesto desembolso en la adquisición de dos sacos de cemento; sin embargo, una vez despejado el camino, se ha ganado el puesto por méritos propios demostrando al Comitato delle Belle Arti una extraordinaria competencia lingüística, al tradu­cir sin titubeos el latín y el italiano medieval de manuscritos re­dactados con la letra gótica más enrevesada.

En este lugar ha encontrado una paz que está decidido a conser­var; desde su llegada a Florencia, aparte de a su predecesor, apenas ha matado a nadie.

Considera su elección como conservador y biblioteCarlo del Pa­lazzo Capponi un premio nada desdeñable por varias razones.

La amplitud y la altura de las estancias del palacio son primor­diales para el doctor Lecter tras años de entumecedor cautiverio. Y, lo que es más importante, siente una extraordinaria afinidad con este lugar, el único edificio privado que conoce cercano en dimensiones y detalles al palacio de la memoria que ha ido construyendo desde su juventud.

En la biblioteca, colección única de manuscritos y correspon­dencia que se remontan a principios del siglo XIII, puede permitir­se cierta curiosidad sobre sí mismo.

El doctor Lecter, basándose en documentos familiares fragmenta­rios, creía ser el descendiente de un cierto Giuliano Bevisangue, terri­ble personaje del siglo XII toscano, así como de los Maquiavelo y los Visconti. Éste era el lugar ideal para confirmarlo. Aunque sentía una cierta curiosidad abstracta por el hecho, no guardaba relación con su ego. El doctor Lecter no necesita avales vulgares. Su ego, como su coeficiente intelectual y su grado de su racionalidad, no pueden me­dirse con instrumentos convencionales.

De hecho, no existe consenso en la comunidad psiquiátrica res­pecto a si el doctor Lecter puede ser considerado un ser humano. Durante mucho tiempo, sus pares en la profesión, muchos de los cuales temen su acerada pluma en las publicaciones especializadas, le han atribuido una absoluta alteridad. Luego, por cumplir con las formas, le han colgado el sambenito de monstruo.

Sentado en la biblioteca, el monstruo pinta de colores la oscuri­dad mientras en su cabeza suena un aire medieval. Está reflexio­nando sobre el policía.

El clic de un interruptor, y una lámpara de sobremesa derrama su luz.

Ahora podemos ver al doctor Lecter sentado a una mesa larga y estrecha del siglo XIV en la Biblioteca Capponi. Tras él, una pa­red llena de manuscritos y grandes libros encuadernados en tela, que se remontan a ochocientos años atrás. Sobre la mesa, la corres­pondencia con un ministro de la República de Venecia del siglo XIV forma una pila sobre la que un bronce de Miguel Ángel, un estudio para su Moisés con cuernos, hace las veces de pisapapeles; frente al portatintero hay un ordenador portátil con capacidad para investigar on-line a través de la Universidad de Milán.

Entre los montones pardos y amarillos de pergamino y vitela, destaca el ejemplar del National Tattler con sus rojos y azules chillo­nes. Junto a él, la edición florentina de La Nazione.

El doctor Lecter coge el periódico italiano y lee su último ata­que contra Rinaldo Pazzi, provocado por una declaración sobre el caso de Il Mostro en la que el FBI se lava las manos: «Nuestro perfil nunca coincidió con el de Tocca», afirmaba un portavoz del Bureau.

La Nazione informaba del historial de Pazzi y de su entrena­miento en Estados Unidos, en la famosa academia de Quantico, y acababa opinando que el policía no había hecho honor a semejante preparación.

El caso de Il Mostro no interesaba en absoluto al doctor Lecter, pero no ocurría lo mismo con los antecedentes de Pazzi. Qué fa­talidad, ir a encontrar a un policía entrenado en Quantico, donde Hannibal Lecter era un caso de libro de texto.

Cuando el doctor Lecter observó el rostro de Rinaldo Pazzi en el Palazzo Vecchio y estuvo lo bastante cerca de él como para as­pirar su olor, supo sin lugar a dudas que el inspector jefe no sospe­chaba nada, ni siquiera al preguntarle por la cicatriz de la mano. Pazzi no tenía el menor interés en lo referente a la desaparición del conservador.

El policía lo había visto en la muestra de instrumentos de tor­tura. Ojalá hubiera sido una exposición de orquídeas.

Lecter era perfectamente consciente de que todos los elementos de la iluminación estaban presentes en la cabeza de Pazzi, rebotan­do al azar con el resto de sus conocimientos.

¿Se reuniría Rinaldo Pazzi con el difunto conservador del Pa­lazzo Capponi, abajo, en la humedad? ¿Encontrarían su cuerpo sin vida después de un aparente suicidio? La Nazione se sentiría orgullosa de haberlo acosado hasta la muerte.

Todavía no, reflexionó el Monstruo, y dirigió su atención a los grandes rollos de manuscritos de pergamino y vitela.

El doctor Lecter no se preocupa. Disfruta con el estilo de Neri Capponi, banquero y embajador en Venecia en el siglo XV, y lee sus cartas, a veces en voz alta, por puro placer, hasta altas horas de la noche.



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22

Antes de que amaneciera, Pazzi tenía en sus manos las fotogra­fías tomadas al doctor Fell para su permiso de trabajo, además de los negativos de su permesso de soggiorno procedentes de los archivos de los carabinieri. También disponía de los excelentes retratos poli­ciales reproducidos en el cartel de Mason Verger. Los rostros tenían el mismo contorno, pero si el doctor Fell era el doctor Hannibal Lecter, la nariz y los pómulos habían sufrido una transformación, tal vez mediante inyecciones de colágeno.

Las orejas parecían prometedoras. Como Alphonse Bertillon cien años antes, Pazzi escrutó cada milímetro de los apéndices con su lente de aumento. Parecían idénticas.

En el anticuado ordenador de la Questura, tecleó su código de Interpol para acceder al Programa para la Captura de Criminales Violentos del FBI, y entró en el voluminoso archivo de Lecter. Maldijo la lentitud del módem e intentó descifrar el borroso tex­to de la pantalla hasta que las letras se estabilizaron. Conocía la mayor parte del material. Pero dos cosas le hicieron contener la respiración. Una vieja y otra nueva. La entrada más reciente hacía alusión a una radiografía según la cual era muy posible que Lecter se hubiera operado la mano. La información antigua, el escáner de un informe policial de Tennessee deficientemente impre­so, dejaba constancia de que, mientras asesinaba a sus guardianes de Memphis, el doctor Lecter escuchaba una cinta de las Variaciones Goldberg.

El aviso puesto en circulación por la acaudalada víctima norte­americana, Mason Verger, animaba a cualquier informante a llamar al número del FBI que constaba en el mismo. Se hacía la adverten­cia rutinaria de que el doctor Lecter iba armado y era peligroso. También figuraba el número de un teléfono particular, justo debajo del párrafo que daba a conocer la enorme recompensa.
El billete de avión de Florencia a París es absurdamente caro y Pazzi tuvo que pagarlo de su bolsillo. No confiaba en que la policía francesa le proporcionara una conexión por radio sin entrometerse, y no conocía otro modo de conseguirla. Desde una cabina de la sucursal de American Express cercana a la Ópera, llamó al número privado del aviso de Verger. Daba por sentado que localizarían la lla­mada. Pazzi hablaba inglés con fluidez, pero sabía que el acento lo delataría como italiano.

La voz era de hombre, con inconfundible acento norteamericano y muy tranquila.

—Tenga la bondad de comunicarme el motivo de su llamada.

—Creo tener información sobre Hannibal Lecter.

—Bien, le agradecemos que se haya puesto en contacto con no­sotros. ¿Conoce su paradero actual?

—Eso creo. La recompensa, ¿es en efectivo?

—Así es. ¿Qué prueba concluyente tiene usted de que se trata de él? Debe hacerse cargo de que recibimos muchas llamadas sin fun­damento.

—Puedo decirle que se ha sometido a cirugía facial y se ha opera­do de la mano izquierda. Pero sigue tocando las Variaciones Goldberg. Tiene documentación brasileña.

Una pausa.

—¿Por qué no ha llamado a la policía? Mi obligación es animarlo a que lo haga.

—La recompensa, ¿se hará efectiva bajo cualquier circunstancia?

—La recompensa se entregará a quien proporcione información que conduzca al arresto y condena.

—Pero ¿se pagaría aunque las circunstancias fueran... especiales?

—¿Se refiere al caso de alguien que en circunstancias normales no tendría derecho a cobrarlo?

—Sí.

—Los dos trabajamos para conseguir un mismo fin. Así que per­manezca al teléfono, por favor, y permita que le haga una suge­rencia. Va contra las convenciones internacionales y contra la ley norteamericana ofrecer una recompensa por alguien muerto. Per­manezca al aparato, por favor. ¿Puedo preguntarle si llama desde Europa?



—Sí, así es, y eso es todo lo que pienso decirle.

—Muy bien, caballero, escúcheme. Le sugiero que se ponga en contacto con un abogado para informarse sobre la legalidad de ese tipo de recompensa, y que no emprenda ninguna acción delictiva contra el doctor Lecter. ¿Me permite que le recomiende un aboga­do? Puedo darle la dirección de uno en Ginebra con experiencia en este terreno. ¿Me permite que le dé su número de teléfono gratuito? Lo animo calurosamente a que lo llame y sea franco con él.

Pazzi compró una tarjeta telefónica e hizo la siguiente llamada desde una cabina en los grandes almacenes Bon Marché. Habló con una voz de cerrado acento suizo. En cinco minutos habían acabado.

Mason pagaría un millón de dólares norteamericanos por la cabe­za y las manos de Hannibal Lecter. Pagaría la misma cantidad por cualquier información que condujera a su arresto. Confidencialmen­te, pagaría tres millones de dólares por el doctor vivo, sin hacer preguntas y garantizando absoluta discreción. Las condiciones incluían cien mil dólares por adelantado. Para hacerse acreedor al adelanto, Pazzi debería entregar un objeto que tuviera al menos una huella dactilar del doctor Lecter. Si cumplía ese requisito, podría disponer del resto del dinero, depositado en una caja de seguridad suiza, a su conveniencia.

Antes de abandonar los almacenes en dirección al aeropuerto, Pazzi le compró a su mujer un salto de cama de moaré color me­locotón.

CAPÍTULO

23

¿Cómo comportarse cuando se sabe que los honores convencio­nales son basura? ¿Cuando, como Marco Aurelio, se está conven­cido de que la opinión de las generaciones futuras importará tan poco como la de la presente? ¿Es posible comportarse bien? ¿Es in­teligente comportarse bien?

Ahora Rinaldo Pazzi, del linaje de los Pazzi, inspector jefe de la Questura florentina, debía decidir cuánto valía su honor, o si existía una sabiduría superior a las consideraciones sobre el honor.

Llegó de París a la hora de cenar, y durmió un poco. Hubiera querido consultar a su mujer, pero no fue capaz; sin embargo, ob­tuvo consuelo en ella. Permaneció despierto largo rato después de que la respiración de la mujer se sosegara. Bien entrada la no­che, renunció a dormirse y salió a la calle para dar un paseo y pensar.

La codicia no es un pecado desconocido en Italia; Rinaldo Pazzi la había absorbido a bocanadas con el aire de su tierra. Pero su deseo de poseer cosas y su ambición naturales se habían pulido en Norte­américa, donde todo se asimila rápidamente, incluidas la muerte de Jehová y la adoración del becerro de oro.

Cuando Pazzi abandonó las sombras de la Loggia y se plantó en el lugar de la Piazza della Signoria donde Savonarola fue quemado, cuando alzó la vista hacia la ventana del iluminado Palazzo Vecchio bajo la que murió su antepasado, creía estar deliberando. Pero no era así. Ya estaba decidido a sacar tajada.

Asignamos un momento concreto a la toma de una decisión para dignificarla como resultado maduro de una sucesión de pensamien­tos racionales y conscientes. Pero las decisiones se forman a partir de sentimientos amasados; con frecuencia se parecen más a un ama­sijo que a una suma.

Cuando tomó el avión a París, Pazzi ya se había decidido. Y ya se había decidido hacía una hora, cuando su mujer, con el salto de cama nuevo, se había mostrado complaciente como una buena espo­sa. Y minutos más tarde, cuando, acostado en la oscuridad, había tomado su mejilla para darle un tierno beso de buenas noches y una lágrima se había deslizado por la palma de su mano. En ese momen­to, sin saberlo, ella le había enternecido el corazón.

¿Honores, otra vez? ¿Otra oportunidad para soportar la halitosis del arzobispo mientras los santos pedernales prendían el cohete en el culo de la paloma de trapo? ¿Más elogios de los políticos cuyas vidas privadas tan bien conocía? ¿De qué le serviría ser conocido como el policía que había capturado al doctor Hannibal Lecter? Para un policía, la fama tiene una vida corta y vicaria. Más valía venderlo.

La idea lo desgarraba, retumbaba en su cabeza, le hacía palidecer pero le daba resolución. Cuando acabó de decidirse, a pesar de ser tan visual el contenido de su mente, dos olores se mezclaron en su recuerdo, el de su mujer y el de la brisa de Chesapeake.

VENDERLO. VENDERLO. VENDERLO. VENDERLO. VENDERLO. VEN­DERLO.

Francesco de' Pazzi no había hundido su daga con más fuerza en 1478, cuando derribó a Giuliano sobre el suelo de la catedral, cuando en su frenesí se apuñaló el propio muslo.



CAPÍTULO

24

La tarjeta con las huellas dactilares del doctor Hannibal Lecter es una curiosidad y, en cierto modo, un objeto de culto. La origi­nal cuelga enmarcada en una pared de la Unidad de Identificación del FBI. Siguiendo la práctica del Bureau cuando hay que tomar las huellas a alguien con más dedos de lo normal, el pulgar y los cua­tro dedos adyacentes aparecen en el anverso de la tarjeta y el sexto en el reverso.

Tras la huida del doctor, se hicieron circular copias de la tarjeta por todo el mundo, y la huella del pulgar aparece aumentada en el aviso de Mason Verger con suficientes puntos distintivos marcados en ella como para que cualquier investigador mínimamente pre­parado acierte.

La identificación de huellas dactilares no requiere una habilidad extraordinaria; Pazzi podía recogerlas con la competencia de un profesional y estaba capacitado para hacer comparaciones fiables que confirmaran sus sospechas. Pero Mason Verger exigía una huella re­ciente, tomada in situ y entregada, no sobre papel, sino en el objeto donde había quedado impresa, de forma que sus expertos pudieran examinarla con total independencia. A Mason lo habían engañado muchas veces con huellas recogidas hacía años en los escenarios de los primeros crímenes del doctor.

Pero ¿cómo conseguir las del doctor Fell sin levantar sus sospechas?

Ante todo tenía que evitar alarmarlo. Aquel hombre era capaz de desaparecer dejando a Pazzi con un palmo de narices y las manos vacías.

El doctor salía poco del Palazzo Capponi y hasta la siguiente reu­nión del Comitato delle Belle Arti quedaba un mes. Demasiado tiempo para esperar y poner un vaso de agua ante su asiento, ante cada asiento, porque el comité no dispensaba semejantes atenciones.

Una vez decidido a venderlo a Mason Verger, no le quedaba más remedio que trabajar solo. No podía arriesgarse a atraer la atención de la Questura sobre el doctor Fell pidiendo una orden de registro para entrar en el Palazzo Capponi, demasiado protegido por alarmas como para forzar la entrada y hacerse con las huellas.

El contenedor de basura del doctor era mucho más nuevo y esta­ba mucho más limpio que los del resto de la manzana. Pazzi compró uno y en mitad de la noche cambió las tapas. La superficie galvaniza­da no era la ideal; después de toda una noche de esfuerzos, Pazzi obtu­vo una pesadilla puntillista de huellas que se sintió incapaz de descifrar.

A la mañana siguiente apareció en el Ponte Vecchio con los ojos enrojecidos. En una joyería del puente compró un ancho y pulido brazalete de plata y el soporte de terciopelo sobre el que estaba ex­puesto. En el barrio artesano de la orilla meridional del Arno, en las callejas frente al Palazzo Pittí, hizo que otro joyero eliminara el nom­bre del orfebre. El hombre le propuso aplicar un tratamiento con­tra el deslustre, pero Pazzi se negó.


La temible Sollicciano, la cárcel de Florencia en la carretera a Prato.

En la segunda galería de la zona de las mujeres, Romula Cjesku, inclinada sobre un hondo lavadero, se enjabonaba los pechos y se lavaba y secaba esmeradamente antes de ponerse una blusa de algodón ancha y limpia. Otra gitana, de vuelta de la sala de visitas, le dijo unas palabras en rumano. Una fina arruga apareció entre los ojos de Romula. Aparte de eso, el hermoso rostro conservó la se­riedad y el aplomo habituales.

La dejaron salir de la galería a la hora de siempre, las ocho y me­dia, pero cuando se acercaba a la sala de visitas una celadora le cerró el paso y la obligó a entrar en una sala de vis-á-vis de la planta baja. En el interior, en lugar de la enfermera, la esperaba Rinaldo Pazzi con un recién nacido en los brazos.

—Hola, Romula —la saludó.

La mujer se acercó al esbelto policía, que no sé resistió a entre­garle la criatura. El niño, con ganas de mamar, empezó a restregar la boca contra el pecho de su madre.

Pazzi señaló con la barbilla un biombo colocado en una esquina de la habitación.

—Ahí detrás hay una silla. Podemos hablar mientras le das de mamar.

—Hablar, ¿de qué, Dottore?

El italiano de Romula era aceptable, como lo eran su francés, in­glés, español y rumano. Hablaba sin afectación. Sus mejores dotes de actriz no la habían librado de tres meses de condena por robar carteras.

Se colocó tras el biombo. En una bolsa de plástico oculta en la apretada mantilla de la criatura había cuarenta cigarrillos y sesenta y cinco mil liras en billetes arrugados. Se vio ante una disyuntiva. Si el policía había registrado al niño, podía acusarla de contrabando y conseguir que le revocaran todos sus privilegios. Pensó un momen­to mirando al techo mientras el niño succionaba. ¿Qué le importaba a él semejante miseria? En cualquier caso, siempre tenía las de per­der. Cogió la bolsa y se la guardó entre la ropa interior. La voz del hombre sonó al otro lado del biombo.

—Mira, Romula, aquí no eres más que una molestia. Las presas con hijos de pecho sois un engorro. Las enfermeras ya tienen bastante con los enfermos de verdad que hay en la cárcel. ¿No te saca de quicio tener que devolver a tu hijo cuando acaba la hora de visita?

¿Qué querría aquel hombre? Sabía perfectamente quién era, un jefe, un pezzo da novanta, un cabrón del calibre noventa.

Romula se ganaba la vida diciendo la buenaventura por la calle; robar carteras sólo era una forma de sacarse un sobresueldo. Tenía treinta y cinco años bien llevados y más antenas que la mariposa luna. «Este policía —lo observaba por encima del biombo—, tan limpio, con su anillo de boda, los zapatos relucientes, vive con su mujer y tiene una doncella, mira qué cuello de camisa más bien planchado. Lleva la cartera en el bolsillo de la chaqueta, las llaves en el bolsillo derecho del pantalón, el dinero en el izquierdo, segu­ramente atado con una goma. La polla en medio. Es soso y masculi­no, tiene la oreja un poco deformada y la cicatriz de un golpe en la raya del pelo. No me va a pedir que se lo haga, si no, no hu­biera traído al niño. No es nada del otro mundo, pero no creo que tenga que tirarse a las presas. Más vale que no le mire esos ojos negros tan amargos mientras el niño está mamando. ¿Por qué lo ha traído? Para que me dé cuenta de su poder, de que puede hacer que me lo quiten. ¿Qué quiere? ¿Información? Yo le cuento todo lo que quiera sobre quince gitanos que no han existido nunca. Bue­no, ¿qué puedo sacar de esto? Ya veremos. Vamos a enseñarle un poco de canela.»

La mujer no le quitó los ojos de encima al salir de detrás del biom­bo, ostentando como una moneda de cobre una areola junto a la cara del bebé.

—Ahí detrás hace calor —le dijo—. ¿Puede abrir la ventana?

—Puedo hacer algo mejor, Romula. Puedo abrir la puerta. Su­pongo que lo sabes.

Silencio en el cuarto. Fuera, los rumores de Sollicciano, como un dolor de cabeza sordo pero constante.

—Dígame lo que quiere. Hay cosas que haría de mil amores, pero no cualquier cosa.

Su instinto, que no solía engañarla, le decía que el inspector le respetaría por aquella advertencia.

—No es más que la tua sólita cosa, lo que estás acostumbrada a hacer —le explicó Pazzi—. Pero esta vez tienes que fallar.



CAPÍTULO

25

Durante el día vigilaban la fachada del Palazzo Capponi ocultos tras la persiana de un piso alto de la acera de enfrente. Eran Romula, la gitana mayor que la ayudaba con el niño, y podía ser su prima, y Pazzi, que robó a la oficina tanto tiempo como le fue posible.

El brazo de madera que Romula empleaba en su trabajo reposaba en una silla del dormitorio.

Pazzi había obtenido permiso para usar el piso de un profesor de la cercana Escuela Dante Alighieri durante el día. Romula había exi­gido un anaquel del pequeño frigorífico para ella y el niño.

No tuvieron que esperar mucho.

A las nueve y media del segundo día, la ayudante de Romula les siseó desde su puesto en la ventana. Un hueco negro apareció al otro lado de la calle al abrirse hacia dentro la pesada hoja de uno de los portales del palacio.

Ahí estaba el hombre que toda Florencia conocía por el nombre de doctor Fell, pequeño y nervudo en su traje negro, lustroso como un visón mientras husmeaba el aire en el tranco de la puerta y re­corría la calle con la mirada en ambas direcciones. Pulsó un mando a distancia para activar las alarmas y cerró la puerta tirando del enor­me asidero de forja, cubierto de roña e inservible para recoger hue­llas. Llevaba una bolsa de la compra.

Al verlo por primera vez entre las tablillas de la persiana, la gitana vieja asió la mano de Romula como para detenerla, la miró a los ojos y sacudió rápidamente la cabeza aprovechando una distracción del policía.

Pazzi supo de inmediato adonde se dirigía el conservador.

Entre la basura del doctor Fell, Pazzi había encontrado los incon­fundibles envoltorios de Vera dal 1926, la exquisita tienda de co­mestibles situada en la Via San Jacopo, cerca del puente de Santa Trinita. El doctor se encaminó en esa dirección, mientras Romula se ponía el vestido y Pazzi se asomaba a la ventana.

Dunque, va a por comida —dijo Pazzi. No pudo evitar repe­tir las instrucciones a Romula por quinta vez—. Baja y espéralo a este lado del Ponte Vecchio. Lo abordarás cuando vuelva con la bol­sa llena. Yo iré media manzana por delante, así que me verás pri­mero. Me quedaré cerca. Si hay algún problema, si te arrestan, yo me encargaré. Si va a algún otro sitio, te vuelves al piso. Ya te llamaré. Pones este pase para el casco antiguo en el parabrisas de un taxi y vienes adonde te diga.

Eminenza —dijo Romula, exagerando los honores al irónico estilo italiano—, si hay algún problema y me ayuda alguien, no le haga daño, mi amigo no se llevará nada, déjelo escapar.

Pazzi no esperó el ascensor, corrió escaleras abajo vestido con un mono y una gorra. En Florencia es difícil seguir a alguien debido a la estrechez de las aceras y la saña de los conductores. Pazzi tenía un viejo motorino esperándolo en el bordillo de la acera con una do­cena de cepillos atados a la parte de atrás. La motocicleta arrancó a la primera patada y envuelto en una nube de humo azulado el inves­tigador jefe avanzó por la calzada de cantos rodados, sobre los que el cacharro brincaba como un pollino al trote.

Pazzi remoloneó, provocó los bocinazos del despiadado tráfico, compró tabaco, mató el tiempo para mantenerse rezagado, hasta que estuvo seguro de que el doctor Fell se dirigía a donde había supuesto. Al final de la Via de' Bardi, el Borgo San Jacopo era direc­ción prohibida. Pazzi dejó la motocicleta en la acera y siguió a pie, avanzando de costado entre la masa de turistas arremolinados en el extremo sur del Ponte Vecchio.

Los florentinos dicen que Vera dal 1926, con su tesoro de que­sos y trufas, huele como los pies de Dios.

Ciertamente, el doctor se tomó su tiempo en el interior del es­tablecimiento. Estaba haciendo una selección de las primeras trufas blancas de la temporada. Pazzi veía su espalda a través del escaparate, más allá del maravilloso despliegue de jamones y pastas.

Dio la vuelta a la esquina y volvió atrás; se mojó la cara en la fuente que escupía agua por una cara con bigotes y orejas de león.

—Tendrás que afeitarte eso si quieres trabajar para mí —dijo a la fuente, olvidando la pelota helada que le rebotaba en el estómago.

El doctor salió por fin con unos cuantos paquetes en su bolsa de la compra. Volvió a tomar el Borgo San Jacopo, ahora en dirección a casa. Pazzi se adelantó por el otro lado. La muchedumbre de la es­trecha acera lo obligó a bajar a la calzada, y el retrovisor de un coche patrulla de los carabinieri le golpeó el reloj de pulsera y le hizo daño.

Stronzo! Analfabeto! —le gritó el conductor sacando la cabeza por la ventanilla, y Pazzi juró vengarse.

Cuando llegó al Ponte Vecchio llevaba cuarenta metros de ventaja.

Romula estaba en el quicio de una puerta con la criatura apo­yada en el brazo de madera y una mano extendida hacia los tran­seúntes, mientras el brazo libre permanecía bajo la ropa holgada dis­puesto a levantar otra cartera, que se añadiría a los dos centenares largos que había birlado a lo largo de su vida. En el brazo oculto lle­vaba el ancho brazalete de plata, pulido con esmero.

En un instante la víctima aparecería entre el gentío que salía del viejo puente. Justo cuando se separara de la muchedumbre y em­bocara la Via de' Bardi, Romula se encontraría con él, haría su faena y se perdería entre el torrente de turistas que abarrotaban el puente.

Entre la gente había un amigo en quien Romula confiaba en caso de complicaciones. No sabía nada del primo y no se fiaba del poli­cía pata protegerla. Giles Prevert, que figuraba en algunos dossiers de la policía como Giles Dumain o Roger LeDuc, pero era conocido en el ambiente como Gnocco, esperaba entre la muchedumbre del extremo sur del Ponte Vecchio a que Romula metiera mano. Gnoc­co, minado por los malos hábitos, empezaba a enseñar la calavera bajo los rasgos afilados, pero seguía siendo fuerte, expeditivo y muy capaz de sacar a Romula del apuro si el asunto se ponía feo.

Vestido de dependiente, pasaba inadvertido en medio del gen­tío, sobre el que asomaba la cabeza de vez en cuando como si fuera una marmota en una pradera humana. Si la víctima se apoderaba de Romula y trataba de retenerla, Gnocco podía tropezar, caer sobre el primo y quedarse enganchado a él ofreciéndole toda una retahila de disculpas hasta que la mujer se hubiera perdido de vista. Lo había hecho otras veces.

Pazzi pasó de largo junto a la gitana y se paró en la cola de clien­tes de un establecimiento de zumos, desde donde podía verlo todo.

Romula salió del umbral. Estudió con ojo de experta el tráfago del espacio de acera que mediaba entre ella y el hombre que se acercaba. Podría moverse entre los viandantes a las mil maravillas lle­vando al niño ante sí, sobre el brazo de madera forrada con lona. Muy bien. Como siempre, se besaría los dedos de la mano visible para depositar el beso en la cara de aquel hombre. Con la mano libre, le tentaría las costillas en busca de la cartera hasta que la agarrara por la muñeca. Entonces pegaría un tirón y echaría a correr.

Pazzi le había jurado que aquel individuo no podía permitirse lle­varla a la policía, que estaría deseoso de perderla de vista. Ninguna de las veces que había intentado birlar una cartera la víctima había usado la violencia con una mujer que sostenía a un niño de pecho. En la mayoría de las ocasiones creían que era otra persona la que hurgaba en sus chaquetas. La propia Romula había acusado a varios inocentes transeúntes para evitar que la cogieran.

Romula se dejó llevar por la corriente humana, sacó el brazo de debajo de la ropa, pero lo mantuvo oculto bajo el falso, que soste­nía al niño. Veía al objetivo entre el mar de cabezas que bajaban y subían, a diez metros y acercándose.

Madonna! El individuo estaba dando media vuelta en medio de la gente y uniéndose a la riada de turistas que se dirigían hacia el Ponte Vecchio. No volvía a casa. Se metió entre la gente a empujones, pero no pudo alcanzarlo. Gnocco, al que el hombre se estaba acercando, la miraba desconcertado. Romula sacudió la cabeza y Gnocco lo dejó pasar de largo. No hubiera servido de nada que Gnocco le robara la cartera.

Pazzi había llegado a su lado y le refunfuñaba como si fuera culpa suya.

—Vete al apartamento. Ya te llamaré. ¿Tienes el pase de taxi para el casco antiguo? Venga. ¡Vete!

Pazzi recuperó la motocicleta y la empujó a lo largo del Ponte Vecchio, sobre el Arno opaco como jade. Creía haber perdido al doctor, pero ahí estaba, al otro lado del puente, bajo el pórtico del Lungarno, echando un rápido vistazo a un apunte sobre el hombro del dibujante, siguiendo luego su camino con zancadas vivas y lige­ras. Pazzi supuso que se dirigía a la iglesia de Santa Croce, y lo si­guió a una distancia prudencial en medio de un tráfico de mil de­monios.





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