Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


19

Durante la época amarga en que Pazzi esperaba la inminente caída del hacha, éste vio por primera vez al hombre que los erudi­tos florentinos conocían como doctor Fell...

Rinaldo Pazzi ascendía por las escaleras del Palazzo Vecchio para cumplir una tarea rutinaria, una de tantas que alguno de sus anti­guos subordinados en la Questura le encomendaba regodeándose al verlo humillado por la adversidad. Mientras subía los peldaños a lo largo del muro cubierto de frescos, Pazzi no veía más que las pun­tas de sus propios zapatos sobre el gastado mármol, indiferente a las maravillas artísticas que lo rodeaban. Quinientos años antes, su an­tepasado había subido, a rastras y sangrando, por aquella misma es­calinata.

Al llegar a un rellano, enderezó los hombros y se obligó a mirar los ojos de los personajes que poblaban los frescos, algunos pertene­cientes a su propia familia. Podía oír el alboroto de las discusiones en el Salón de los Lirios del piso superior, donde los directores de la Galería de los Uffizi y del Comitato delle Belle Arti estaban reu­nidos en sesión plenaria.

La misión de Pazzi para aquel día era la siguiente: había desapa­recido el veterano conservador del Palazzo Capponi. La opinión ge­neral era que el viejo se había fugado con una mujer, con el dinero de alguien o con ambas cosas. Había faltado a las cuatro últimas reuniones que la junta de la que dependía celebraba una vez al mes en el Palazzo Vecchio.

Se había designado a Pazzi para proseguir la investigación del caso. El inspector jefe, que tras el atentado terrorista había sermoneado agriamente a aquellos malencarados directores de los Uffizi y miem­bros del rival Comitato delle Belle Arti por las deficiencias en la se­guridad, se veía obligado en esa ocasión a hacer acto de presencia en circunstancias muy distintas para interrogarlos sobre la vida amorosa de un conservador. No era, desde luego, plato de su gusto.

Los dos comités formaban una asamblea desaforada y suspicaz; durante años ni siquiera habían sido capaces de ponerse de acuerdo sobre un lugar de reunión, ya que ambas partes se mostraban rea­cias a jugar en campo contrario. Como solución intermedia, habían optado por juntarse en el magnífico Salón de los Lirios del Palazzo Vecchio, convencidos de que la hermosa sala era el marco apropia­do para su propia eminencia y distinción. Una vez establecidos allí, se negaron a reunirse en ningún otro sitio, incluso a pesar de que el Palazzo Vecchio estaba sufriendo una de sus innumerables refor­mas y había andamios, lonas y maquinaria por todas partes.

El profesor Ricci, antiguo compañero de colegio de Rinaldo Paz­zi, estaba en el vestíbulo inmediato al salón con un ataque de estornu­dos provocado por el polvo de la escayola. Cuando se recuperó lo su­ficiente, puso los llorosos ojos en blanco y señaló hacia el salón.

La sólita arringa —dijo—. Están discutiendo, para no perder la costumbre. ¿Has venido por lo del conservador del Capponi? Pues justamente están peleándose por el puesto. Sogliato lo quiere para su sobrino. Pero los especialistas están impresionados con el interino que contrataron hace unos meses, el doctor Fell. Están empeñados en que se quede.

Pazzi dejó a su amigo tanteándose los bolsillos en busca de pa­ñuelos de papel y entró en el histórico salón, famoso por su techo de lirios de oro. Dos de los muros estaban cubiertos con lonas, lo que reducía el eco de la trifulca.

El nepotista, Sogliato, tenía la palabra, y la estaba usando a pleno pulmón:

—La correspondencia de los Capponi se remonta al siglo XIII. El doctor Fell podría sostener entre las manos, entre sus manos extran­jeras, una nota del propio Dante Alighieri. ¿La reconocería? Yo creo que no. Ustedes han examinado sus conocimientos de italiano me­dieval, y no seré yo quien niegue que su dominio del idioma es ad­mirable. Para un straniero. Pero ¿está familiarizado con las persona­lidades de la Florencia del prerrenacimiento? Yo creo que no. ¿Qué ocurriría si diera con un escrito de... de Guido Cavalcanti, por po­ner un ejemplo? ¿Lo reconocería? Yo creo que no. ¿Le importaría responder a eso, doctor Fell?

Rinaldo Pazzi recorrió el salón con la mirada y no vio a nadie en quien pudiera reconocer al doctor Fell, aunque había observado con detalle una fotografía del individuo en cuestión hacía menos de una hora. Y no lo veía, porque el doctor no estaba sentado con los demás. Primero oyó su voz y al cabo de un momento consiguió localizarlo.

El doctor Fell estaba de pie, completamente inmóvil junto a la gran escultura en bronce de Judith y Holofernes, de espaldas al ora­dor y al público. Empezó a hablar sin darse la vuelta, de forma que era difícil decir de qué figura procedía la voz: si de Judith, con la es­pada siempre a punto de abatirse sobre el cuello del monarca ebrio; de Holofernes, cuya cabeza aferra la mujer por los cabellos; o del doctor Fell, esbelto e inmóvil junto a las criaturas esculpidas por Donatello. Su voz horadó la algarabía como un láser atravesando el humo, y el académico gallinero acabó por guardar silencio.

—Cavalcanti replicó públicamente al primer soneto de La vita nuova, donde Dante describe el extraño sueño en que se le apareció Beatrice Portinari —dijo el doctor Fell—. Es posible que tam­bién lo comentara en privado. Si escribió a un Capponi, tuvo que ser a Andrea, a quien la literatura interesaba mucho más que a sus hermanos —el erudito consideró oportuno volverse hacia su públi­co, después de haber hecho que todos salvo él mismo se sintieran in­cómodos—. ¿Conoce ese soneto de Dante, profesor Sogliato? ¿Sabe a qué soneto me refiero? Fascinaba a Cavalcanti, y merece que le robe un poco de su tiempo. Dice así:

Alma cautiva y corazón gentil

dignos de esta razón, vuestro avisado

consejo solicito y os saludo

en el nombre de Amor, que es nuestro dueño.

Pasado casi un tercio de las horas

fijadas a la luz de las estrellas,

Amor me visitó súbitamente,

cuya esencia nombrar aún me aterra.

Alegre me sentí al ver en sus manos

mi corazón desnudo, y en sus brazos

a mi dama dormida bajo un lienzo.

Al fin la despertó y del corazón

ardiente, humilde y trémula comía;

luego se la llevó y quedé llorando.

—Preste atención a la naturalidad con que transforma el italiano coloquial en instrumento poético, lo que él llamó vulgari eloquentia:


Allegro mi sembrava Amor tenendo

meo core in mano, e ne le braccia avea

madonna involta en un drappo dormendo.

Poi la svegliava, e d'esto core ardendo

leí paventosa umilmente posesa:

appresso gir lo ne vedea piangendo.
Ni el más testarudo de los florentinos hubiera podido resistirse a los versos de Dante repercutiendo en los frescos de aquellos muros en el melodioso toscano del doctor Fell. Primero con aplausos, lue­go con lacrimosos vítores, los congregados proclamaron al erudito dueño y señor del Palazzo Capponi, mientras Sogliato echaba chis­pas. Pazzi no hubiera sabido decir si la victoria complacía al doc­tor, pues Fell había vuelto a darles la espalda. Pero Sogliato no había dicho su última palabra.

—Si nuestro querido colega es tan versado en Dante, que hable de Dante. Pero ante el Studiolo —Sogliato musitó el nombre como si se tratara de la Inquisición—. Que hable ante ellos extempore, el próximo viernes, si es que puede.

El Studiolo, así llamado por el pequeño y decorado estudio del Palazzo Vecchio donde celebraba sus reuniones, era un reducido y feroz grupo de eruditos que había arruinado buen número de re­putaciones académicas. Prepararse para aparecer ante ellos se consideraba una tarea hercúlea, y disertar en su presencia, un riesgo que pocos estaban dispuestos a arrostrar. Un tío de Sogliato secundó la moción, un cuñado propuso que se votara y su hermana se aprestó a registrar el resultado en las actas. Fue aprobada. En principio, el puesto quedaba adjudicado al doctor Fell, que, no obstante, debe­ría obtener el visto bueno del Studiolo para conservarlo.

Los profesores contaban al fin con un nuevo conservador para el Palazzo Capponi y no echaban de menos al antiguo, de modo que las preguntas del desventurado Pazzi sobre el desaparecido obtuvie­ron respuestas escuetas y desabridas. Pazzi aguantó el tipo de forma admirable.

Como buen investigador, Pazzi había considerado todas las circunstancias tratando de descubrir un móvil. ¿Quién sacaba provecho de la desaparición del viejo conservador? Se trataba de un solterón, un sabio tranquilo y respetado que llevaba una vida ordenada. Tenía algunos ahorros, nada del otro mundo. Su única posesión valiosa era su trabajo, que le concedía el privilegio de habitar el ático del Palazzo Capponi.

Ahí tenía al sustituto, recién elegido por la asamblea después de un escrupuloso examen de sus conocimientos sobre historia de Flo­rencia e italiano medieval. Pazzi había estudiado su solicitud para el cargo y su ficha del Ministerio de Sanidad.

Lo abordó mientras los eruditos cerraban sus carteras y se dispo­nían a marcharse a sus casas.

—Doctor Fell...

—¿Sí, Commendatore?

El flamante conservador era un individuo pequeño y pulcro. Lle­vaba unas gafas con la mitad superior de las lentes ahumada, y un traje de excelente corte incluso para Italia.

—Me preguntaba si llegó usted a conocer a su predecesor.

Un policía experimentado siempre tiene las antenas bien orienta­das para captar la longitud de onda del miedo. Pazzi, que observaba a Fell detenidamente, registró una calma absoluta.

—No llegué a conocerlo. He leído varias monografías suyas pu­blicadas en la Nuova Antología.

El toscano coloquial del doctor era tan fluido como el de su reci­tación. Si había algún rastro de acento, Pazzi fue incapaz de identi­ficarlo.

—Los agentes que investigaron el caso con anterioridad registra­ron el palacio en busca de cualquier nota, una carta de despedida, o de suicidio, pero no encontraron nada. Si apareciera algo entre los papeles, cualquier cosa personal, aunque le parezca insignificante, ¿tendrá la amabilidad de llamarme?

—Por supuesto, Commendatore Pazzi.

—Sus efectos personales, ¿siguen en el palacio?

—Guardados en dos maletas, con un inventario.

—Mandaré... Me pasaré por allí y los recogeré.

—¿Le importaría llamarme antes, Commendatore? Así podré de­sactivar el sistema de seguridad antes de que llegue y ahorrarle tiempo.

«Este tío está demasiado tranquilo. Lo normal es que yo le impu­siera un poco de respeto. Y quiere que le avise antes de ir.»

Los miembros de la junta lo habían tratado con suficiencia. Eso ya no tenía remedio. Pero la suficiencia de aquel individuo lo irri­taba. Procuró pagarle con la misma moneda.

—Doctor Fell, ¿puedo hacerle una pregunta personal?

—Siempre que su deber se lo exija, Commendatore.

—Tiene usted una cicatriz relativamente reciente en el dorso de la mano izquierda.

—Y usted un anillo de casado relativamente nuevo en la suya. ¿La vita nuova? —el doctor Fell sonrió. Sus dientes eran pequeños y muy blancos. En el instante de desconcierto de Pazzi, que inten­taba decidir si debía sentirse ofendido, el erudito alzó la mano iz­quierda y añadió—: Síndrome del túnel carpiano, Commendatore. La Historia es una profesión peligrosa.

—¿Por qué no figura ese síndrome en el informe sanitario que presentó para trabajar aquí?

—Tenía la impresión, Commendatore, de que las lesiones sólo son relevantes si se perciben ingresos por invalidez; no es mi caso. Tam­poco soy un inválido.

—Entonces lo operaron en Brasil, su país de origen...

—No ha sido en Italia, ni he recibido nada del gobierno italia­no —respondió el doctor Fell, como si creyera que esa respuesta era concluyente.

Se habían quedado solos en el Salón de los Lirios. Pazzi se dispo­nía a salir cuando el doctor Fell lo llamó.

Commendatore Pazzi...

El nuevo conservador era una silueta negra contra los altos ven­tanales. Tras él, en lontananza, se alzaba la cúpula del Duomo.

—¿Sí?


—Usted es un Pazzi, de los famosos Pazzi, ¿me equivoco?

—No. ¿Cómo lo ha sabido?

Pazzi hubiera considerado en extremo impropia cualquier alusión a las recientes noticias de los periódicos.

—Se parece usted a uno de los rostros de los medallones de Della Robbia en la capilla de su familia en Santa Croce.

—Sí, es Andrea de' Pazzi retratado como Juan el Bautista —dijo Rinaldo, con un punto de orgullo en su corazón amargado.

Cuando Pazzi abandonó el salón, su última imagen fue la extraor­dinaria quietud del doctor Fell.

Muy pronto tendría motivos para confirmarla.

CAPÍTULO

20

En los tiempos que corren, cuando una exposición constante a la vulgaridad y la lujuria han acabado por insensibilizarnos, resulta muy instructivo comprobar qué nos sigue pareciendo perverso. ¿Qué puede golpear la costra purulenta que cubre nuestras sumisas conciencias lo bastante fuertemente como para despabilar nuestra atención?

En Florencia cumplió este cometido la exposición llamada «Atro­ces instrumentos de tortura», donde Rinaldo Pazzi volvió a encon­trar al doctor Fell.

La muestra, que presentaba más de veinte artilugios clasicos acom­pañados de una documentación exhaustiva, había sido montada en el Forte di Belvedere, una sobrecogedora fortaleza del siglo XVI construida por los Médicis para guardar la muralla meridional de la ciudad. El acontecimiento atrajo a una muchedumbre insólita; la excitación saltaba como una trucha en los pantalones de la con­currencia.

La duración prevista inicialmente era de un mes; pero los «Atro­ces instrumentos de tortura» permanecieron en cartel seis, durante los que igualaron la concurrencia a los Uffizi y sobrepasaron la del museo del Palazzo Pitti.

Los promotores, dos taxidermistas fracasados que habían sobre­vivido hasta entonces comiéndose las visceras de los animales que disecaban, se hicieron millonarios y recorrieron Europa en triunfo con su espectáculo, embutidos en flamantes trajes de etiqueta.

Los visitantes acudieron de toda Europa, sobre todo en parejas, y aprovecharon la amplitud del horario para desfilar entre los artefac­tos del dolor leyendo de cabo a rabo su procedencia y funciona­miento en alguno de los cuatro idiomas de los rótulos. Ilustraciones de Durero y otros artistas, así como documentación de la época, ilus­traron a las masas sobre materias como las excelencias del suplicio de la rueda.

La leyenda correspondiente rezaba así:


Los príncipes italianos preferían fracturar los huesos de la víctima mien­tras ésta se encontraba todavía en el suelo, colocando bloques de madera bajo los miembros, tal como muestra la imagen, y haciendo pasar la rueda sobre las articulaciones. En cambio, en el norte de Europa el método más habitual era atar al condenado o condenada a la rueda, romperle los huesos con una barra de hierro y, finalmente, ensartar los miembros en las púas que recorrían la circunferencia exterior de la rueda; las fracturas proporcionaban la necesaria flexibilidad; la cabeza, que seguía aullando, y el tronco se colocaban en el centro. Este sistema resultaba más apropiado como es­pectáculo, pero la diversión podía acabar demasiado pronto si algún hueso astillado alcanzaba el corazón del reo.
La exposición no podía menos de interesar a cualquier especia­lista en lo peor que ha dado el género humano. Pero la esencia de lo peor, el auténtico estiércol del diablo de la Humanidad, no se en­cuentra en la doncella de hierro o en el potro; el horror elemental se encuentra en el rostro de la multitud.

En la semioscuridad del enorme recinto de piedra, bajo las jau­las iluminadas que colgaban del techo, el doctor Fell, experto de­gustador de rasgos faciales, con las gafas en la mano operada y una de las patillas metida en la boca, contemplaba el desfile del público con una expresión de éxtasis.

Rinaldo Pazzi lo sorprendió en semejante actitud.

Pazzi cumplía su segunda investigación rutinaria de aquella jor­nada. En lugar de comer con su mujer, se veía obligado a abrirse paso entre aquella gente para colocar avisos previniendo a las pare­jas contra el Monstruo de Florencia, que el inspector jefe había sido incapaz de capturar. Se trataba del mismo cartel que presidía su pro­pio escritorio por orden de sus nuevos superiores, junto a órdenes de busca y captura procedentes de todo el mundo.

Los taxidermistas, que vigilaban la taquilla, estuvieron encanta­dos de añadir un poco de horror contemporáneo a su espectáculo; no obstante, indicaron a Pazzi que colocara los carteles él mismo, pues ninguno de los dos estaba dispuesto a dejar al otro a solas con la recaudación. Algunos florentinos reconocieron al inspector jefe entre los rostros anónimos y murmuraron su nombre entre sí.

Pazzi clavó chinchetas en las esquinas del cartel, azul con un gran ojo amenazador en el centro, sobre un tablón de anuncios que col­gaba junto a la salida, donde captaría la atención de un mayor nú­mero de visitantes, y encendió el foco que pendía encima. Mientras observaba a las parejas que salían, Pazzi advirtió que muchas estaban excitadas y se frotaban al amparo de la muchedumbre. No le apete­cía contemplar otro «cuadro», más flores, ni más sangre.

Pazzi decidió hablar con el doctor Fell. Aprovechando que estaba cerca del Palazzo Capponi, pasaría a recoger los efectos personales del conservador desaparecido. Pero cuando se alejó del tablón de anun­cios, el doctor había desaparecido. No estaba entre el torrente hu­mano que desfilaba hacia la salida. En el lugar donde había perma­necido de pie no quedaba más que el muro desnudo bajo la jaula de un muerto por inanición, cuyo esqueleto en posición fetal parecía seguir suplicando comida.

Pazzi sintió rabia. Se abrió paso entre la gente hasta el exterior, pero no dio con el erudito.

El vigilante de la salida reconoció al inspector jefe y no le dijo nada cuando pasó por encima del cordón y abandonó el camino para perderse en la oscuridad de los terrenos que rodean el fuerte. Llegó al parapeto y miró hacia el norte por encima del río Arno. A sus pies, la Florencia vieja, la antigua joroba del Duomo, la torre del Palazzo Vecchio erguida como una fuente de luz.

Pazzi se sintió como un alma en pena, retorciéndose en un espe­tón de ridículo. Su propia ciudad le hacía burla.

El FBI había acabado de hundir el puñal en la espalda del ins­pector jefe al declarar a la prensa que el perfil de Il Mostro elabora­do por el Bureau no tenía el menor parecido con el del hombre al que Pazzi había detenido. La Nazione añadía que el policía «había encarrilado a Tocca hacia su celda».

La última vez que Pazzi había pegado el cartel azul de Il Mostro había sido en Estados Unidos. En aquella ocasión, lo había colo­cado lleno de orgullo, como si fuera un trofeo, en una pared de la Unidad de Ciencias del Comportamiento, y había estampado su fir­ma en él a petición de los agentes federales. Lo sabían todo sobre él, lo admiraban, lo agasajaban. Su esposa y él habían pasado unos días como invitados en la costa de Maryland.

Mientras permanecía apoyado en el parapeto del fuerte con la ciudad a sus pies, volvía a oler el aire salino de Chesapeake y veía a su mujer andando por la playa con unas deportivas blancas recién estrenadas.

En la Unidad de Quantico tenían una imagen de Florencia, que le enseñaron como curiosidad. Era la misma vista que contemplaba en esos momentos, la Florencia vieja desde el Belvedere, la mejor perspectiva posible. Pero no era en color. No, se trataba de un di­bujo a lápiz, esfumado al carboncillo. El dibujo estaba en una fotografía, sobre el fondo de una fotografía. Era un retrato del asesino en serie norteamericano doctor Hannibal Lecter. Hannibal el Caní­bal. Lecter había dibujado Florencia de memoria, y el paisaje había colgado en su celda del hospital psiquiátrico, un lugar tan siniestro como el fuerte.

¿En qué momento se hizo la luz en la mente de Pazzi? Dos imá­genes, la Florencia real que tenía ante sus ojos y el dibujo que veía con los del recuerdo. El cartel de Il Mostro que había clavado hacía apenas unos minutos. El de Mason Verger ofreciendo una fuerte recompensa por Hannibal Lecter y algunas pistas, colgado en la pared de su propio despacho:

EL DOCTOR LECTER SE VERÁ OBLIGADO A DISIMULAR SU MANO IZQUIERDA Y PUEDE INTENTAR OPERÁRSELA, YA QUE EL TIPO DE POLIDACTILISMO QUE PRESENTA, CON PERFECTO DESARROLLO DE LOS DEDOS, ES EXTREMADAMENTE RARO Y FÁCILMENTE IDENTIFICABLE.

El doctor Fell llevándose las gafas a los labios con la mano atra­vesada por una cicatriz.

El minucioso boceto de aquella vista en el muro de la celda de Hannibal Lecter.

¿Tuvo Pazzi la inspiración mientras contemplaba la ciudad a sus pies, o le llegó de la preñada oscuridad que se cernía sobre las luces? Y ¿por qué fue su heraldo el aroma de la brisa salina de la bahía de Chesapeake?

Por insólito que parezca tratándose de alguien con tan acusada me­moria visual, la conexión se produjo como un sonido, el que haría una gota al caer en un charco cada vez más grande.

«Hannibal Lecter había huido a Florencia.»

¡Plop!


«Hannibal Lecter era el doctor Fell.»

Su voz interior le dijo que tal vez había perdido el juicio en el espetón de su ridículo; su cerebro desesperado podía estar partién­dose los dientes en los barrotes, como el esqueleto muerto de ham­bre en la jaula de la exposición.

Sin tener conciencia de haberse movido, Pazzi se encontró en la puerta del Renacimiento, que abre el Belvedere a la pronunciada Costa di San Giorgio, una calleja tortuosa que en menos de un ki­lómetro desciende hasta el corazón de la Florencia vieja. Sus pasos parecían arrastrarlo contra su voluntad por el pavimento de cantos ro­dados, bajaba más deprisa de lo que hubiera querido, sin apartar la vista del frente en busca de aquel hombre que se hacía llamar doc­tor Fell, cuyo camino de vuelta a casa estaba siguiendo. A mitad de la calle torció por la Costa Scarpuccia y siguió descendiendo hasta desembocar en la Via de' Bardi, cerca del río. Junto al Palazzo Capponi, hogar del doctor Fell.
Pazzi, resollando por la carrera, buscó un lugar, a resguardo de las luces, la entrada a un edificio de apartamentos en la acera contraria al palacio. Si pasaba alguien, podía volverse y hacer como que llama­ba a un timbre.

El palacio estaba a oscuras. Sobre la enorme puerta de dos ho­jas, Pazzi distinguió el piloto rojo de una cámara de vigilancia. No sabía si funcionaba continuamente o sólo cuando alguien llamaba. Estaba instalada bajo la marquesina de la entrada. Pazzi supuso que no podía captar la extensión de la fachada.

Esperó media hora oyendo su propia respiración, pero el doctor no apareció. Tal vez estaba dentro con todas las luces apagadas.

La calle estaba desierta. Pazzi la cruzó deprisa y se apretó contra el muro.

Llegaba, muy débil, apenas perceptible, un sonido procedente del otro lado del paramento. Pazzi apoyó la cabeza contra los fríos barro­tes de un ventanal. Un clavicordio, las Variaciones Goldberg de Bach, interpretadas con destreza.

Pazzi tenía que esperar, seguir oculto y pensar. Era demasiado pronto para levantar la caza. Tenía que decidir una línea de acción. No estaba dispuesto a ser el hazmerreír público por segunda vez. Mientras retrocedía hacia las sombras del otro lado de la calle, su na­riz fue lo último en desaparecer.





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