Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO

12

Si EN EL CAMINO AL INFIERNO HAY ESTACIONES, deben de parecerse a la entrada de ambulancias del Hospital General de la Misericordia, en Baltimore. Por encima del fúnebre lamento de las sirenas, de las ansias de los agonizantes, del chirrido de las ruedas de las camillas empapadas, de los gritos y alaridos, las columnas de vapor que des­piden las bocas de alcantarilla, teñidas de rojo por un gran letrero de neón que dice EMERGENCIAS, ascienden como la columna que guió a Moisés, de fuego en la oscuridad, de nube a la luz del día.

Barney surgió de entre el vapor embutiendo los poderosos hom­bros en la chaqueta y, bajando la cabeza, redonda y rapada, avanzó por el agrietado pavimento a grandes zancadas en dirección este, por donde empezaba a amanecer.

Salía del trabajo veinticinco minutos tarde; la policía había traí­do a un chulo, al que le gustaba pegar a las mujeres, colocado y he­rido de bala, y la enfermera jefe le había pedido que se quedara. Siempre se lo pedían cuando llegaba algún paciente violento.

Clarice Starling observó a Barney bajo la profunda capucha de su chaqueta y dejó que se le adelantara media manzana por la otra acera antes de colgarse al hombro el capazo y seguirlo. Cuando el hombre pasó de largo ante el aparcamiento y la parada de autobús, Starling se sintió aliviada. Le sería más fácil seguirlo si iba a pie. No estaba segura de dónde vivía y necesitaba averiguarlo antes de que la viera.

El barrio de detrás del hospital era tranquilo, obrero y multirracial. Uno de esos barrios en los que conviene ponerle una cerradura especial al coche, pero no hace falta llevarse la batería a casa por la noche, y en el que los niños pueden jugar en la calle.

Después de recorrer tres manzanas, Barney dejó pasar una fur­goneta y cruzó el paso de cebra en dirección norte, hacia una calle de edificios estrechos, algunos con peldaños de mármol y cuidados jardines delanteros. Los pocos locales comerciales vacíos tenían las lunas intactas y limpias. Las tiendas estaban abriendo y empezaba a verse gente. Los camiones que habían permanecido aparcados du­rante la noche a ambos lados de la calle impidieron a Starling ver al hombre durante medio minuto y, al no advertir que se había de­tenido, se encontró a su altura. Estaba justo al otro lado de la calle. Quizá también él la hubiera visto, pero no estaba segura.

Barney se había quedado inmóvil con las manos en los bolsillos de la chaqueta y la cabeza adelantada, mirando con los ojos entor­nados algo que se movía en mitad de la calzada. Sobre el asfalto ya­cía una paloma muerta, cuyas plumas se agitaban movidas por el aire de los coches que pasaban a su lado. Su compañera daba una y más vueltas a su alrededor mirándola con uno de los ojillos y agitando la cabeza a cada salto de sus patas rosáceas. Gira que gira, sin dejar de arrullar con el suave zureo de su especie. Pasaron varios coches y una furgoneta, que la atribulada viuda sorteaba en el último instan­te con cortos vuelos.

Era posible que Barney hubiera levantado la vista un segundo y la hubiera visto; Clarice no podía afirmarlo. Pero tenía que mover­se, o la descubriría. Cuando miró hacia atrás por encima del hom­bro, vio a Barney en cuclillas en medio de la calzada, con un brazo levantado para detener el tráfico.

Torció en la primera esquina, se quitó la chaqueta y sacó del ca­pazo un jersey de chándal, una gorra de béisbol y una bolsa de deporte; se cambió a toda prisa, metió la chaqueta y el capazo en la bolsa de deporte, y se encasquetó la gorra. Se cruzó con varias mujeres de la limpieza que volvían a sus casas, y volvió a doblar la esquina ha­cia la calle donde había dejado a Barney.

El celador había recogido el cadáver de la paloma y lo sostenía en­tre las manos. La compañera del ave voló hasta los cables del teléfono y lo observó desde allí. Barney depositó la paloma en la hierba de un parterre y le alisó las plumas. Alzó el ancho rostro hacia los cables y dijo algo. Cuando el hombre continuó su camino, la paloma descen­dió al césped y volvió a merodear en torno a su pareja, dando saltitos por la hierba. Barney no miró atrás. Cuando subió los escalones de una casa de apartamentos cien metros más adelante y se puso a buscar las llaves en su bolsillo, Starling, que estaba a media manzana de dis­tancia, echó a correr para alcanzarlo antes de que abriera la puerta.

—Barney... Hola.

El hombre se dio la vuelta sin prisa y la miró. Starling había ol­vidado que Barney tenía los ojos más separados de lo normal. Vio brillar en ellos una mirada de inteligencia y sintió como el peque­ño clic de una conexión.

Se quitó la gorra y dejó que el cabello le resbalara por los hombros.

—Soy Clarice Starling. ¿Te acuerdas de mí? Soy...

—La novata —dijo, sin cambiar de expresión. Starling juntó las palmas de las manos y asintió.

—Pues, sí, soy la novata. Barney, necesito hablar contigo. No es oficial, sólo quiero hacerte unas preguntas.

Barney bajó los escalones. Cuando estuvo en la acera, frente a ella, Starling tuvo que seguir levantando la vista. No se sentía amenazada por su tamaño, como le hubiera ocurrido a un hombre.

—Agente Starling, ¿reconoce usted oficialmente que no me ha leído mis derechos? —tenía una voz áspera y fuerte, como la de Tarzán, versión Johnny Weissmuller.

—Por supuesto. No te he aplicado la ley Miranda. Estamos de acuerdo.

—¿Qué tal si se lo dices a tu bolsa de deporte?

Starling abrió la bolsa, metió la cara y habló en voz alta, como si dentro llevara un enano.

—No he leído sus derechos a Barney ni le he ofrecido hacer una llamada.

—Al final de la calle hay un sitio donde preparan un café estu­pendo —dijo Barney—. ¿Cuántas gorras llevas en la bolsa? —le preguntó cuando se pusieron en marcha.

—Tres —contestó Starling.

Cuando el microbus matriculado como transporte para minus-válidos pasó ante ellos, Starling se dio cuenta de que los ocupantes la miraban; pero los desdichados se ponen cachondos a menudo, de­recho que nadie puede negarles. Los jóvenes que ocupaban un co­che parado ante el siguiente semáforo también se la quedaron mi­rando, aunque, como iba con Barney, no le dijeron nada. Cualquier cosa que hubiera asomado por las ventanillas habría captado la aten­ción instantánea de Starling, prevenida contra la venganza de los Tullidos, pero no le quedaba más remedio que aguantar las miradas silenciosas de los babosos.

Cuando entraron en la cafetería, el microbús dio marcha atrás, entró en una calleja y volvió por donde había venido.

El establecimiento, especializado en almuerzos de jamón y hue­vos, estaba abarrotado y esperaron a que quedara libre un reservado, mientras el camarero le gritaba en hindi al cocinero, que manejaba la carne con unas largas pinzas y expresión culpable.

—Comamos algo —propuso Starling, cuando por fin pudieron sentarse—. Paga el tío Sam. ¿Cómo te van las cosas, Barney?

—Tengo un buen trabajo.

—¿Qué haces?

—Celador. Bueno, auxiliar de enfermería.

—Pensaba que serías ya un enfermero diplomado, o que estarías en la facultad de medicina.

Barney se encogió de hombros y alargó la mano hacia la jarrita de la crema. Alzó la vista y miró a Starling.

—¿Te están apretando por lo de Evelda?

—Ya veremos. ¿La conocías?

—La vi una vez, cuando trajeron a su marido, Dijon. Estaba muerto, se desangró antes de que pudieran meterlo en la ambulan­cia. Cuando llegó al hospital no le quedaba una gota de sangre. Ella no quería soltarlo y les pegó a las enfermeras. Tuve que... Ya sabes... Era guapa. Y fuerte. No la trajeron cuando tú...

—No, la declararon muerta oficialmente allí mismo, en la esce­na del tiroteo.

—Ya me lo imaginé.

—Barney, cuando entregaste al doctor Lecter a los de Tennessee...

—No lo trataron con educación.

—Cuando tú...

—Y ahora están todos muertos.

—Sí. No duraron vivos ni tres días. Tú en cambio fuiste su guar­dián durante ocho años.

—Sólo seis. Él ya llevaba allí dos cuando yo llegué.

—¿Cómo lo hacías, Barney? Si no te molesta la pregunta, ¿cómo conseguiste aguantarlo tanto tiempo? No bastaba con tratarlo con educación.

Barney miró su reflejo en la cuchara, primero convexo y luego cóncavo, y pensó durante un instante.

—El doctor Lecter tenía unas maneras exquisitas, nada estiradas, sino naturales y elegantes. Yo estaba estudiando por correspondencia y él me ayudaba. Eso no quita que me hubiera matado en cuestión de segundos a la menor oportunidad. En las personas, una cualidad no anula las otras. Pueden coexistir unas con otras, las buenas con las terribles. Sócrates lo dijo mucho mejor que yo. Si trabajas en má­xima seguridad, no puedes permitirte olvidarlo en ningún momen­to. Si procuras recordarlo, todo irá bien. Puede que el doctor Lecter llegara a lamentar haberme explicado lo de Sócrates —para Barney, libre del lastre de una formación académica, Sócrates había sido una experiencia de primera mano, que había tenido la inmediatez de un encuentro personal—. La seguridad y la conversación eran dos co­sas totalmente independientes —prosiguió—. La seguridad no era algo personal, ni siquiera cuando tenía que suprimirle el correo o ponerle las correas.

—¿Hablabas a menudo con él?

—A veces se pasaba meses sin abrir la boca, y otras veces hablá­bamos por las noches, cuando los otros dejaban de gritar. De hecho, yo seguía esos cursos por correspondencia y no entendía una mier­da; fue él quien me abrió los ojos a todo un mundo de cosas que desconocía: Suetonio, Gibbon, cosas así.

Barney cogió la taza. Tenía un trazo naranja de yodo en un rasgu­ño reciente que le cruzaba el dorso de la mano.

—Cuando se escapó, ¿pensaste alguna vez que iría a por ti?

Barney meneó la cabezota.

—Una vez me dijo que, siempre que fuera «factible», prefería co­merse a los maleducados. «Maleducados en sentido amplio», los llamó.

Barney rió, cosa rara en él. Tenía los dientes pequeños como los de un niño, y en su regocijo había algo de perverso, como en la ale­gría de un bebé cuando embadurna de papilla la cara de un familiar embelesado.

Starling se preguntó si no habría estado encerrado con los maja­ras más tiempo de la cuenta.

—Y tú, ¿qué? ¿Tuviste miedo cuando se escapó? ¿Pensaste que iría a buscarte? —le preguntó Barney.

—No.


—¿Por qué?

—Porque me dijo que no lo haría.

Por extraño que parezca, ambos encontraban la respuesta com­pletamente satisfactoria.

Les trajeron los huevos. Los dos estaban hambrientos y comieron sin decir palabra durante unos minutos. Luego, Starling decidió ir al grano.

—Barney, cuando trasladaron a Memphis al doctor Lecter, te pedí que me dieras sus dibujos y tú me los trajiste de la celda. ¿Qué pasó con todo lo demás, libros, papeles...? En el hospital ni siquiera tienen su historial médico.

—Hubo un follón de mil pares de cojones —Barney hizo una pausa para golpear la base del salero contra la palma de la mano—. Ya sabes la que se armó en el hospital. Me despidieron. Despidie­ron a un montón de gente, y todo se desperdigó por ahí. Cualquiera sabe...

—¿Perdona? —dijo Starling—. Con todo este jaleo creo que no te he oído bien. Anoche descubrí que el ejemplar del Dictionnaire de cuisine de Alejandro Dumas con anotaciones del doctor Lecter fué vendido en una casa de subastas de Nueva York hace dos años. Lo adquirió un coleccionista particular por dieciséis mil dólares. La declaración jurada de propiedad que presentó el vendedor estaba firmada por un tal Cary Phlox. ¿Conoces a Cary Phlox, Barney? Espero que sí, porque tiene la misma letra que quien redactó tu solicitud de ingreso en el hospital en el que ahora trabajas, sólo que firma «Barney». Ese Cary también hizo tu declaración de la renta. Perdona que no oyera lo que has dicho antes. ¿Puedes repetirlo, por favor? ¿Cuánto te dieron por el libro, Barney?

—Unos diez —respondió él mirándola fijamente.

Starling asintió.

—El recibo dice que fueron diez quinientos. Y por la entrevista con el Tattler cuando Lecter se escapó, ¿cuánto conseguiste?

—Quince de los grandes.

—Vale. Me alegro por ti. Toda la mierda que les contaste era pura invención.

—Sabía que a él no le importaría. Se habría sentido decepcio­nado si no los hubiera puteado un poco.

—El ataque a aquella enfermera, ¿fue antes de que trabajaras en el hospital?

—Sí.

—Le dislocaron un hombro.



—Eso creo.

—¿Le hicieron alguna radiografía?

—Es de suponer que sí.

—Quiero esa radiografía.

—Ummmm.

—He descubierto que los autógrafos de Lecter están divididos en dos grupos. Los escritos con tinta, anteriores a su encarcelamiento, y los hechos con lápices de colores o rotulador en el manicomio. Los hechos con lápices son los que más valen, pero supongo que ya lo sabes. Barney, creo que tú tienes todo ese material y piensas sacarlo al mercado de los coleccionistas poco a poco, durante años.



Barney se encogió de hombros, pero no soltó prenda.

—Creo que estás esperando a que el doctor vuelva a estar en el candelero ¿Qué pretendes, Barney?

—Ver todos los Vermeer del mundo antes de morirme.

—¿Hace falta que te pregunte quién te inició en Vermeer?

—Hablábamos de muchas cosas en plena noche.

—¿Hablasteis de lo que le hubiera gustado hacer de estar libre?

—No. Al doctor Lecter no le interesan las hipótesis. No cree en los silogismos, ni en las síntesis, ni en ningún absoluto.

—¿En qué cree?

—En el caos. Tiene la ventaja de que no necesitas tener fe. Es evidente por sí mismo.

Starling prefirió seguirle la corriente por el momento.

—Lo dices como si creyeras en ello —le dijo—, pero tu trabajo en el Hospital Psiquiátrico de Baltimore consistía precisamente en man­tener el orden. Eras el celador jefe. Tú y yo estamos en el negocio del orden. De hecho el doctor Lecter nunca escapó a tu vigilancia.

—Eso ya te lo he explicado.

—Porque nunca bajaste la guardia. Aunque, en cierto sentido, fraternizarais...

—No fraternicé con él —la cortó Barney—. El no es hermano de nadie. Hablábamos de temas que nos interesaban a los dos. Por lo menos, me interesaron a mí cuando empecé a descubrirlos.

—¿Alguna vez se burló de ti porque no sabías algo?

—No. ¿Se burló de ti?

—No —respondió para no herir a Barney, al comprender por primera vez que, si el monstruo la había ridiculizado, debía tomár­selo en parte como un cumplido—. Y habría podido burlarse de mí si hubiera querido. ¿Sabes dónde están todas esas cosas, Barney?

—¿Dan alguna recompensa al que las encuentre?

Starling dobló su servilleta de papel y la puso bajo el borde del plato.

—La recompensa es que no te acusaré de obstrucción a la justi­cia. Ya te di una oportunidad cuando pusiste un micrófono en mi escritorio del hospital.

—Aquel micrófono era del difunto doctor Chilton.

—¿Difunto? ¿Cómo sabes que Chilton es un «difunto»?

—Si no es eso, es que lleva siete años de retraso —dijo Barney—, Y yo no lo esperaría para la hora de la cena. Déjame preguntarte algo: ¿con qué te conformarías, agente especial Starling?

—Quiero ver la radiografía. Necesito la radiografía. Si hay libros de Lecter, quiero echarles un vistazo.

—Supongamos que diéramos con el material. ¿Qué pasaría des­pués?

—Bueno, la verdad es que no estoy segura. El fiscal podría incau­tarse de todo y considerar los objetos pruebas en la investigación de la huida. Luego criarían moho en su enorme depósito de pruebas. Si examino el material y no descubro nada útil en los libros, y lo hago constar, tú podrías alegar que te los regaló el propio doctor Lecter. Ha permanecido in absentia siete años, de forma que podrías reclamarlos por la vía civil. No tiene parientes conocidos. Y yo re­comendaría que cualquier material inocuo te fuera devuelto. De­bes saber que mi recomendación estaría al final de la cola. Y es poco probable que te devolvieran la radiografía o el historial médico, puesto que el doctor Lecter no era quién para dártelos.

—¿Y si te dijera que no tengo ese material?

—A quien lo tuviera le costaría horrores venderlo, porque expe­diríamos una orden de búsqueda y haríamos saber al mercado que requisaríamos cualquier objeto y perseguiríamos a quien fuera por recepción y posesión. Y yo pediría una orden de registro de tu casa.

—Ahora que has averiguado dónde está mi casa.

—Lo que puedo asegurarte es que si devuelves el material, nadie te reprochará haberlo cogido, sobre todo teniendo en cuenta lo que le habría ocurrido si lo hubieras dejado en su sitio. Ahora, prome­terte que te lo devolverán, no, eso no puedo hacerlo. —A modo de puntuación, Starling se puso a rebuscar en su bolso—. Sabes, Barney, tengo la sensación de que no has conseguido un título porque qui­zá lleves algo arrastrando. No sé, tal vez tengas unos antecedentes ro­dando por ahí. ¿Lo miramos? Quiero que sepas una cosa; nunca he intentado averiguar si tenías una ficha, ni me he puesto a husmear en tu pasado.

—No, sólo has estado fisgando en mi declaración de la renta y mi solicitud de ingreso en el hospital, nada más. Estoy conmovido.

—Si tienes antecedentes, el fiscal de esta jurisdicción podría hablar en tu favor, y conseguir que se haga tabla rasa de tu his­torial.

—¿Has acabado? —dijo Barney rebañando el plato con un trozo de pan—. Vamos a dar una vuelta.

—He visto a Sammie, ¿te acuerdas, el que ocupó la celda de Miggs? Sigue viviendo en ella —dijo Starling una vez en la calle.

—Creía que el hospital estaba condenado.

—Lo está.

—¿Y está siguiendo algún programa?

—No, simplemente vive allí, a oscuras.

—Creo que deberías avisar. Es diabético crónico, no aguantará mucho. ¿Sabes por qué hizo Lecter que Miggs se tragara su propia lengua?

—Tengo una ligera idea.

—Lo mató por haberte ofendido. Ése fue el motivo inmediato. Pero no te sientas mal, hubiera acabado haciéndolo de todos modos.

Dejaron atrás el edificio de apartamentos donde vivía Barney y llegaron al jardín, donde la paloma seguía dando vueltas alrededor del cadáver de su compañera. Barney procuró espantarla haciendo aspavientos con las manos.

—Vete de una vez —le dijo al pájaro—. Ya has guardado bastante luto. Si sigues dando vueltas, acabará cazándote un gato.

La paloma alzó el vuelo. No pudieron ver dónde se posaba.

Barney recogió el cadáver de la otra. El cuerpo cubierto de sua­ves plumas se deslizó fácilmente en su bolsillo.

—Sabes, una vez el doctor Lecter habló de ti un poco. Puede que fuera la última vez que hablé con él, o una de las últimas. Me lo ha recordado el pájaro. ¿Te gustaría saber lo que dijo?

—Cómo no —dijo Starling. El desayuno se le revolvió en el estó­mago, pero no estaba dispuesta a dejarse acobardar.

—Estábamos hablando de los comportamientos hereditarios, que no tienen vuelta de hoja. Puso como ejemplo los experimentos ge­néticos en un tipo de pichones que giran sobre sí mismos durante el cortejo. Vuelan bien alto y luego giran y giran hacia atrás, mien­tras se dejan caer hacia el suelo. Los hay que hacen piruetas muy ce­rradas, y otros que las dan más abiertas. No puedes cruzar dos de los primeros, porque las crias darían vueltas cayendo en picado hasta es­trellarse contra el suelo. Lo que dijo el doctor Lecter fue esto: «La agente Starling es uno de esos pichones que giran como locos, Barney. Esperemos que alguno de sus progenitores no lo fuera».

Starling tenía que rumiar aquello.

—¿Qué harás con el pájaro? —le preguntó.

—Desplumarlo y comérmelo —contestó Barney—. Sube a casa y te daré la radiografía y los libros.

Cuando regresaba cargada con el enorme paquete hacia el hos­pital y el coche, Starling oyó entre los árboles la patética llamada de la paloma viuda.



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13

Gracias a la delicadeza de un loco y a la obsesión de otro, Starling había obtenido por el momento lo que siempre había de­seado, un despacho en el famoso pasillo subterráneo de la Unidad de Ciencias del Comportamiento. Conseguirlo de aquel modo re­sultaba amargo.

Starling nunca había imaginado que la fueran a destinar a la eli­tista Unidad de Ciencias del Comportamiento nada más graduarse en la Academia del FBI; pero siempre tuvo la convicción de que acabaría ganándose la plaza. Sin embargo, sabía que debería pasar años en centros operativos antes de conseguirlo.

La agente especial era buena en su trabajo, pero le faltaba mano izquierda para los cabildeos de despacho; hasta pasados unos años no se dio cuenta de que nunca llegaría a Ciencias del Comporta­miento, por más que el jefe de la unidad, Jack Crawford, también lo deseara.

El motivo fundamental no se le hizo evidente hasta que, como un astrónomo que localiza un agujero negro, descubrió la existencia de Paul Krendler, ayudante del inspector general, por su influencia en los hombres que lo rodeaban. Aquel hombre nunca le había perdo­nado que encontrara al asesino en serie Jame Gumb antes que él, y no podía soportar la atención que la prensa había dedicado a la novata.

En cierta ocasión, Krendler la llamó a casa una lluviosa noche de invierno. Starling cogió el teléfono envuelta en un albornoz, calzada con zapatillas de Bugs Bunny y con el pelo envuelto en una toalla. Siempre se acordaría de la fecha, porque era la primera se­mana de la operación Tormenta del desierto. Starling trabajaba por entonces como agente técnico y acababa de volver de Nueva York, donde había dado el cambiazo a la radio de la limusina de la dele­gación iraquí en las Naciones Unidas. La nueva era idéntica a la an­terior, salvo por el hecho de que las conversaciones mantenidas en el interior del vehículo eran captadas por un satélite del Depar­tamento de Defensa. Había sido una jugada comprometida en el interior de un garaje privado, y Starling todavía tenía los nervios de punta.

Por un segundo, se le ocurrió la loca idea de que Krendler la llamaba para felicitarla por haber hecho un buen trabajo.

Recordaba la lluvia tamborileando en los cristales y la voz de Krendler en el auricular, un tanto farfullante sobre un fondo de rui­dos de bar.

Le preguntó si podían verse y añadió que podía llegar en media hora. Krendler estaba casado.

—Me parece que no, señor Krendler —respondió Starling al tiempo que pulsaba el botón de grabación del contestador automá­tico. El aparato produjo el pitido que exige la ley, y la comunica­ción se cortó.

Ahora, pasados los años y sentada en el despacho que siempre había querido ganarse, Starling escribió su nombre en un trozo de papel y lo pegó con celo en la puerta. Como el rótulo no parecía serio, lo arrancó y lo arrojó a la papelera.

Había una carta en su bandeja para el correo. Se trataba de un cuestionario del Libro Guinness de los récords, que quería incluirla en sus páginas como el agente del orden de sexo femenino que más criminales había matado en la historia de Estados Unidos. Emplea­ban el término «criminales», le explicaba el editor, con todas las de la ley, dado que todos los fallecidos habían cometido múltiples deli­tos mayores, y sobre tres de ellos pesaban órdenes de busca y captura que se salían de lo habitual. El cuestionario fue a hacer compañía al rótulo con su nombre.

Llevaba dos horas tecleando en la mesa auxiliar del ordenador y apartándose mechones sueltos de la cara cuando Crawford llamó a la puerta con los nudillos y asomó la cabeza al interior del despacho.

—Ha llamado Brian desde el laboratorio, Starling. La radiogra­fía de Mason y la que conseguiste de Barney coinciden. Es el bra­zo de Lecter. Van a digitalizarlas y compararlas, pero según él no hay duda posible. Incluiremos los datos en el archivo VICAP de Lecter.

—¿Qué hacemos con Mason Verger?

—Le diremos la verdad —dijo Crawford—. Los dos sabemos que él no compartirá nada más con nosotros a no ser que le demos algo que no puede conseguir por sus propios medios. Y si intentamos tomarle la delantera en Brasil en este momento, lo echaremos todo a perder.

—Usted me dijo que no hiciera nada, y eso he hecho.

—Entonces, ¿qué estabas haciendo, jugando con el ordenador?

—La radiografía le llegó a Mason por DHL Express. La mensaje­ría retuvo el código de barras, la etiqueta de información y el lugar en que se hicieron cargo del envío. El hotel Ibarra, en Río de Ja­neiro —Starling levantó una mano para adelantarse a una interrupción—. Hasta ahora sólo he utilizado fuentes de Nueva York. No he hecho ninguna pesquisa en Brasil.

»Mason hace sus llamadas telefónicas, o muchas de ellas, a través de la centralita de una agencia de apuestas deportivas de Las Vegas. Ima­gínese la cantidad de llamadas que mueven.

—No sé si atreverme a preguntar cómo has averiguado todo eso.

—Sin salirme de la legalidad —respondió Starling—. Bueno, casi. Pero no dejé ningún micrófono en su casa. Tengo los códigos para acceder a su cuenta telefónica, eso es todo. Todos los agentes téc­nicos los tienen. Mire, podríamos acusarlo de obstrucción a la jus­ticia. Con sus influencias, ¿cuánto tiempo tendríamos que suplicar hasta conseguir una orden que nos permitiera tenderle una trampa? Y en caso de que lo condenaran, ¿de qué nos serviría? Ahora bien, está usando una correduría de apuestas deportivas.

—Comprendo —dijo Crawford—. La Comisión para el Juego de Nevada podría pinchar el teléfono o apretarles las tuercas a los de la correduría de apuestas para que nos dieran la información que necesitamos, o sea, a quién van dirigidas las llamadas.

Starling asintió.

—Ya ve que he dejado tranquilo a Mason, tal como me ordenó.

—Sí, ya lo veo —dijo Crawford—. Puedes decirle a Mason que esperamos ayuda de la Interpol y de la embajada brasileña. Dile que necesitamos mandar gente allí y empezar a organizar la extradición. Lo más probable es que Lecter haya cometido crímenes en Sudamérica, así que más vale que pidamos la extradición antes de que la policía de Rio empiece a hojear sus propios ficheros empezando por la ce de «canibalismo». Si es que está en Sudamérica. Starling, ¿no te enferma hablar con Mason?

—No tengo más remedio que acostumbrarme. Usted me pro­porcionó una buena introducción a la materia cuando encontramos aquel «flotador» en Virginia Occidental. ¿Cómo puedo hablar así, «aquel flotador»? Era un ser humano, y se llamaba Fredericka Bimmel; y sí, Mason me enferma. Hay un montón de cosas que me enferman últimamente, Jack.

Sorprendida de sí misma, Starling se quedó callada. Hasta aquel momento nunca se había dirigido al jefe de unidad Jack Crawford por su nombre de pila ni había tenido intención de llamarlo «Jack», y haberlo hecho la asombraba. Estudió el rostro del hombre, un ros­tro que tenía fama de inescrutable.

Crawford asintió con una sonrisa triste que más parecía una mueca.

—A mí también, Starling. ¿Quieres un par de tabletas de Pepto-Bismol para tomártelas antes de hablar con Mason?

Mason Verger no se molestó en ponerse al teléfono. Un secreta­rio agradeció a Starling el mensaje y dijo que su jefe le devolvería la llamada. Pero Verger no se puso en contacto con ella personal­mente. Para aquel hombre, que estaba varios puestos por encima de Starling en la lista de notificaciones, la comprobación de la radio­grafía ya no era una novedad.

CAPÍTULO

14

Mason supo que su placa radiográfica correspondía al brazo del doctor Lecter bastante antes que Starling, porque sus fuentes del Departamento de Justicia eran mejores que las de la agente especial.

Mason recibió un e-mail firmado «Token287». Era la segunda contraseña empleada por el ayudante para el Comité Judicial de la Cámara de Representantes del congresista Parton Vellmore. A su vez, en la oficina de Vellmore se había recibido un e-mail procedente de Cassiusl99, la segunda contraseña de Paul Krendler en el Departa­mento de Justicia.

La confirmación había puesto a Mason en un estado de gran agi­tación. Aunque no creía que Lecter estuviera en Brasil, la radiogra­fía probaba que el doctor tenía en la actualidad el número normal de dedos en la mano izquierda. Ese dato corroboraba una nueva pis­ta sobre su paradero procedente de Europa. Mason estaba conven­cido de que la información provenía de alguien que trabajaba en las fuerzas del orden italianas, y era el rastro más sólido de Lecter en los últimos años.

Mason no tenía intención de compartir aquella pista con el FBI. Gracias a siete años de esfuerzos sostenidos, acceso a archivos federa­les reservados, distribución exhaustiva de pasquines, libertad respecto a restricciones internacionales y enormes sumas de dinero, Mason había tomado la delantera al FBI en la persecución de Lecter. Sólo compartía información con el Bureau cuando necesitaba explotar sus recursos.

Para guardar las apariencias, ordenó a su secretario que atosigara a Starling con llamadas para interesarse por el desarrollo de la in­vestigación. La agenda informática de Mason obligó al secretario a llamarla al menos tres veces al día.

Mason giró inmediatamente cinco mil dólares a su informante de Brasil para que siguiera la pista de la radiografía. El fondo para gastos que envió a Suiza era mucho mayor, y estaba dispuesto a aumentar­lo en cuanto recibiera informes consistentes.

Estaba casi seguro de que su fuente europea había localizado a Lecter, pero le habían dado gato por liebre muchas veces y estaba escarmentado. Pronto tendría pruebas tangibles. Hasta entonces, para aliviar la agonía de la espera, Mason se ocupó de lo que ocurriría cuando el doctor estuviera en su poder. Las disposiciones necesa­rias también habían requerido su tiempo, porque Mason era un es­tudioso del sufrimiento...

Las elecciones de Dios a la hora de infligir dolor no nos resultan satisfactorias ni comprensibles, a no ser que aceptemos que la ino­cencia lo ofende. Es evidente que necesita ayuda para encauzar la furia ciega con que flagela a la Humanidad.

Mason acabó comprendiendo el papel que le correspondía en el plan divino durante el duodécimo año de su parálisis, cuando ya no era más que una piltrafa que apenas abultaba bajo las sábanas y supo que no volvería a levantarse. Su anexo en la mansión de Muskrat Farm estaba acabado y disponía de medios, aunque no ilimitados, porque el patriarca de la familia, Molson Verger, seguía llevando las riendas.

Eran las Navidades del año en que Lecter escapó. Vulnerable a los sentimientos que suelen provocar las Navidades, Mason lamen­taba con amargura no haber dispuesto lo necesario para que Lecter fuera asesinado en el manicomio. Sabía que, dondequiera que se en­contrara, el doctor Lecter estaría moviéndose a su antojo y, casi con toda seguridad, pasándoselo en grande.

Mientras tanto, él yacía bajo un respirador, cubierto de los pies a la cabeza con una manta suave y vigilado por una enfermera que se moría de ganas por sentarse. Le habían traído en autobús a un grupo de niños pobres para que cantaran villancicos. Con permiso del médico, le abrieron brevemente las ventanas al aire fresco y, bajo ellas, con velas en la mano, los niños cantaron.

En la habitación de Mason, las luces estaban apagadas y, en el cielo oscuro sobre la granja, las estrellas parecían muy cercanas.
Pueblecito de Belén, ¡qué tranquilo pareces!

Qué tranquilo pareces,

qué tranquilo pareces.
La letra del villancico parecía burlarse de Mason. «¡Qué tranqui­lo pareces, Mason!»

Asomadas a su ventana, las estrellas navideñas guardaban un si­lencio opresivo. Las estrellas no le contestaban cuando alzaba hacia ellas su ojo encapsulado y suplicante, ni cuando intentaba hacer un gesto en su dirección con los dedos que podía mover. Mason se sen­tía incapaz de respirar. Si se estuviera asfixiando en el espacio, pensó, lo último que vería serían esas mismas estrellas, hermosas pero mudas y sin atmósfera. Se estaba ahogando, pensó, su respirador no conse­guía mantener el ritmo, tenía que esperar para respirar las líneas de sus constantes vitales, verdes como el árbol de Navidad, pequeños y puntiagudos abetos en el bosque nocturno de los monitores. Las agujas de sus latidos, las agujas de la sístole, las agujas de la diástole.

La enfermera se asustó, y a punto estuvo de pulsar el timbre de la alarma y administrarle adrenalina.

La burla del villancico, «Qué tranquilo pareces, Mason».

Aquellas Navidades recibió la iluminación. Antes de que la en­fermera pulsara el timbre o le aplicara medicación, las primeras y ásperas cerdas de su venganza rozaron su pálida mano, que buscaba ansiosa como el fantasma de un cangrejo, y consiguieron calmarlo poco a poco.

En las comuniones navideñas de todo el mundo, los fieles creen que, a través del milagro de la transubstanciación, toman la sangre y la carne del propio Cristo. Mason empezó a hacer los preparativos para una ceremonia aún más impresionante, en la que la transubstan­ciación sería innecesaria. Comenzó los preparativos que permitirían comerse vivo al doctor Hannibal Lecter.



CAPÍTULO

15

Mason había recibido una educación insólita, pero perfecta para el futuro al que su padre lo destinaba y para la tarea que ahora tenia ante sí.

De niño lo matricularon en un internado al que su padre hacía generosas aportaciones de dinero y en el que hacían la vista gorda ante las frecuentes ausencias de Mason. Durante semanas era Verger padre quien se ocupaba de la educación de su hijo, que lo acompañaba a los corrales y mataderos sobre los que la familia había ci­mentado su fortuna.

Molson Verger había sido un pionero en varias áreas del negocio de la carne, en especial en la económica. Sus primeros experimen­tos para abaratar la alimentación de los animales eran comparables a los de Batterham cincuenta años antes. Molson Verger adulteraba la comida de los cerdos con piensos fabricados a partir de las cerdas de los propios animales, plumas de pollo y estiércol en una medida insólita para aquella época. Muchos pensaron que era un soñador chiflado cuando en los años cuarenta suprimió el agua fresca a sus cerdos y la sustituyó por «licor de cloaca», un líquido elaborado con residuos fermentados de los animales, para acelerar el engorde. Las risas se helaron al ver cómo se multiplicaban sus beneficios, y sus competidores se apresuraron a imitarlo.

El liderazgo de Molson Verger en la industria de la carne no se detuvo ahí. Combatió con arrojo y con sus propios fondos el Acta de Derechos de los Animales, ateniéndose siempre al punto de vista estrictamente económico, y consiguió que el mareaje en la cara si­guiera siendo legal, aunque le costó caro en cuanto a compensacio­nes legislativas. Con Mason a su lado, supervisó experimentos a gran escala para resolver los problemas de estabulación, y consiguió deter­minar cuánto tiempo se podía mantener a los animales sin agua ni comida antes de sacrificarlos sin pérdidas de peso significativas.

Fueron investigaciones genéticas patrocinadas por los Verger las que consiguieron que las crías de cerdo belga nacieran con doble musculatura, salvando al mismo tiempo el inconveniente de la pér­dida de líquidos que había hecho fracasar a los belgas. Molson Ver­ger compraba sementales en todo el mundo, y patrocinaba varios programas de cría en el extranjero.

Pero los mataderos son básicamente un negocio humano, cosa que nadie comprendía mejor que Molson. Consiguió meter en cin­tura a los líderes de los sindicatos cuando pretendieron participar en los beneficios con reivindicaciones sobre aumentos de sueldo y me­joras en la seguridad. En este terreno, sus sólidas relaciones con el crimen organizado le fueron muy útiles durante treinta años.

En aquella época Mason era muy parecido a su padre. Las mis­mas cejas negras y brillantes sobre unos ojos azul pálido de carni­cero, y la misma línea baja en el nacimiento del cabello, ligera­mente oblicua de derecha a izquierda. Molson Verger solía coger afectuosamente la cabeza de su hijo y sopesarla entre las manos, como si quisiera confirmar su paternidad a través de los rasgos fisonómicos, del mismo modo que hubiera cogido la cabeza de un cerdo para averiguar, por la simple estructura de los huesos, su do­tación genética.

Mason fue un alumno aventajado e, incluso después de que sus lesiones lo redujeran a permanecer en la cama, era capaz de tomar atinadas decisiones empresariales que sus subordinados convertían en hechos. Fue idea de Mason hijo conseguir que el gobierno de Esta­dos Unidos y las Naciones Unidas hicieran sacrificar todos los cerdos nativos de Haití, alegando el peligro de que propagaran la peste por­cina africana. A continuación, vendió al gobierno haitiano magní­ficos cerdos blancos americanos para reemplazar a los autóctonos. Los enormes y delicados animales, enfrentados a las condiciones de vida de Haití, murieron en un visto y no visto, y hubieron de ser reemplazados una y otra vez con ejemplares de las pocilgas de Mason, hasta que los haitianos optaron por importar los pequeños y resis­tentes chanchos de la República Dominicana.

Ahora, tras una vida de aprendizaje y experiencia, mientras idea­ba los instrumentos de su venganza, Mason se sentía como debió de sentirse Stradivarius al acercarse a su mesa de trabajo.

¡Qué tesoros de información y recursos atesoraba Mason en aque­lla calavera sin rostro! Acostado en su cama, componiendo mental­mente como Beethoven, el sordo genial, recordaba sus visitas a las ferias porcinas acompañando a su padre para estudiar a la competen­cia. Se acordaba de la pequeña navaja de plata de Molson Verger, siempre dispuesto a sacarla del chaleco y clavarla en el culo de un ejemplar para comprobar la profundidad de la grasa, tras lo cual se ale­jaba de los chillidos ultrajados del animal como si tal cosa, demasiado digno para que nadie se atreviera a echárselo en cara, con la navaja abierta en el bolsillo y el pulgar marcando la medida en la hoja.

Si hubiera tenido labios, Mason habría sonreído al recordar a su padre apuñalando a un cerdo de concurso que creía que todo el mundo era amigo, y haciendo llorar al hijo de su dueño. El padre había aparecido hecho una furia, y los matones de Molson se lo habían llevado fuera de la carpa. Sí, aquéllos habían sido buenos tiem­pos, llenos de diversión.

En las ferias, Mason había visto cerdos de lo más exótico, procedentes de todos los rincones del mundo. Para su propósito actual, había hecho una selección de lo mejor que conocía.

Mason inició su programa de cría inmediatamente después de su iluminación navideña, y eligió para llevarlo a cabo una pequeña granja de cría que los Verger poseían en Cerdeña. Había elegido aquel lugar por su lejanía y porque se encontraba en Europa.

Mason creía, y no se equivocaba, que la primera escala del doc­tor Lecter tras su huida de Estados Unidos había sido Sudamérica. Sin embargo, estaba convencido de que un hombre con los gustos de Lecter acabaría por asentarse en Europa; por ese motivo, ningún año dejaba de mandar investigadores al Festival de Salzburgo y a otros acontecimientos culturales.

Esto es lo que Mason envió a sus empleados de Cerdeña para que pusieran a punto el escenario de la muerte del doctor Lecter:

El cerdo gigante de los bosques, Hylochoerus meinertzhageni, con seis tetas y treinta y ocho cromosomas, es un omnívoro oportunis­ta que, como el hombre, no hace ascos a ningún manjar. Alcanza los dos metros de largo en las familias de las tierras altas y pesa alre­dedor de doscientos setenta y cinco kilos. Este animal aportaría la nota básica al experimento genérico de Mason.

El clásico jabalí europeo, Sus scrofa scrofa, con treinta y seis cro­mosomas en su forma más pura, sin verrugas faciales, todo cerdas y enormes colmillos adaptados para desgarrar es un animal rápido y feroz capaz de matar una víbora con sus afiladas pezuñas y comér­sela como si fuera una longaniza. Cuando se siente hostigado, está en celo o tiene que proteger a sus jabatos, carga contra cualquier cosa que considere una amenaza. Las hembras tienen doce tetas y son unas madres excelentes. En el S. scrofa scrofa, Mason había encontrado el tema principal de su sinfonía y el aspecto facial apropiado para pro­porcionar al doctor Lecter una última e infernal visión de su propia muerte. (Véase Harris, Sobre el cerdo, 1881.)

Había adquirido el cerdo de la isla de Ossabaw por su agresivi­dad, y el Jiaxing negro por sus altos niveles de estradiol.

Incurrió en una nota falsa al incluir al babirusa, Babyrussa babyrussa, oriundo de Indonesia oriental y conocido como «cerdo-ciervo» por la extraordinaria longitud de sus colmillos. Se reproduce con lentitud, tiene tan sólo dos tetas y, con sus cien kilos de peso, supuso una reducción inadmisible del tamaño. Pero el experimento no sufrió retrasos, pues había lechigadas paralelas en las que el ba­birusa no había tenido participación.

En cuanto a la dentición, Mason no tenía mucho donde elegir. Casi todas las clases tenían dientes adecuados para el cometido que deberían cumplir: tres pares de afilados incisivos, un par de bien de­sarrollados caninos, cuatro pares de premolares y tres pares de tri­turadores molares, tanto arriba como abajo, lo que hacía un total de cuarenta y cuatro piezas dentales.

Cualquier cerdo es capaz de devorar el cadáver de un hombre, pero para conseguir que se lo coma vivo es necesario cierto adiestra­miento. Los sardos de Mason estaban a la altura de la tarea.

Al cabo de siete años de esfuerzos y un sinnúmero de ventregadas, los resultados eran... notables.

CAPÍTULO

16

Con todos los actores excepto el doctor Lecter presentes en las montañas sardas de Gennargentu, Mason se ocupó a continuación de aprestar los medios que le permitirían dejar constancia de la muerte del doctor para la posteridad y para su propio placer visual. Había tomado las disposiciones fundamentales hacía tiempo; ahora bastaba con dar la voz de alerta.

Llevó a cabo tan delicadas gestiones por teléfono, a través de la centralita de la agencia legal de apuestas cercana al Castaways de Las Vegas. Sus llamadas eran diminutos hilos imperceptibles en el entra­mado de febril actividad que se apoderaba de aquel sitio durante los fines de semana.

La profunda voz de Mason, despojada de oclusivas y fricativas, via­jó desde la reserva forestal próxima a la costa de Chesapeake hasta el desierto, y desde allí atravesó el Atlántico para hacer una primera escala en Roma.

En un apartamento del séptimo piso de un edificio de la Via Archimede, detrás del hotel del mismo nombre, sonó el áspero ring-ring de un teléfono italiano. En la oscuridad, voces soñolientas:

Cosa? Cosa c'é?

Accendi la luce, idiota.

La lámpara de la mesilla iluminó el cuarto. En la cama había tres personas. El joven que estaba en el lado del teléfono levantó el auricular y se lo pasó al grueso hombre maduro acostado en el cen­tro. En el otro lado de la cama una rubia veinteañera alzó la cara soñolienta hacia la luz y volvió a hundirla en el almohadón.

Pronto, chi? Chi parla?

—Oreste, querido, soy Mason.

El individuo obeso se espabiló del todo y le señaló al joven un vaso de agua mineral.

—¡Ah, Mason, amigo mío! Perdóname, estaba dormido. ¿Qué hora es ahí?

—Es tarde en todas partes, Oreste. ¿Recuerdas lo que dije que haría por ti y lo que tú tenías que hacer por mí?

—Sí, sí... Claro.

—Pues ha llegado el momento. Ya sabes lo que quiero. Quiero dos cámaras, quiero mejor calidad de sonido que la de tus películas porno, y tienes que conseguir tu propia electricidad, porque quiero que el generador esté bien lejos del lugar de rodaje. Quiero unos pla­nos bonitos de naturaleza para cuando hagamos el montaje, y can­tos de pájaros. Quiero que te encargues de la localización de exte­riores mañana mismo y que lo tengas todo a punto. Puedes dejar el equipo allí, yo me encargo de la seguridad. Luego vuelves a Roma hasta el momento del rodaje. Pero estáte listo para salir ca­gando leches antes de dos horas en cuanto te avise. ¿Lo has enten­dido todo, Oreste? Tienes un cheque esperándote en el Citibank. ¿De acuerdo?

—Mason, en estos momentos estoy rodando...

—¿Quieres hacer esto, Oreste? ¿No dijiste que estabas harto de hacer películas de folleteo, snuff y rollos históricos para la RAI? ¿Es que ya no quieres hacer una película de las de verdad, Oreste?

—Claro que sí, Mason.

—Entonces, sal por la mañana. El dinero está en el Citibank. Quiero que vayas allí.

—¿Adonde, Mason?

—A Cerdeña. Volarás a Cagliari, allí irán a recogerte.

La siguiente llamada fue a Porto Torres, en la costa oriental de Cer­deña. La comunicación fue escueta. No había gran cosa que decir, puesto que la maquinaria de aquel lugar estaba lista hacía tiempo y era tan eficaz como la guillotina portátil de Mason. También era más hi­giénica, ecológicamente hablando, aunque no tan rápida.


II
FLORENCIA

CAPÍTULO

17

Es de noche y los focos, hábilmente dispuestos, iluminan los edi­ficios y monumentos del casco antiguo de Florencia.

En la oscura Piazza della Signoria, el Palazzo Vecchio se eleva inundado de luz, majestuoso y medieval con sus parteluces góticos, sus almenas como dientes de una calabaza de Halloween, y el cam­panario clavándose en el cielo negro.

Los murciélagos cazarán los mosquitos atraídos por la resplande­ciente cara del reloj hasta el amanecer, cuando las golondrinas alcen el vuelo sobresaltadas por las campanas.

Rinaldo Pazzi, inspector jefe de la Questura, con la negra gabar­dina contra las estatuas de mármol congeladas en el acto de violar o asesinar, emergió de las sombras de la Loggia y cruzó la plaza vol­viendo el pálido rostro como un girasol hacia el palacio iluminado. Se detuvo en el lugar en que el reformador religioso Savonarola ha­bía ardido en la hoguera y alzó la vista hacia las ventanas bajo las que su propio antepasado sufriera martirio.

De una de aquellas altas ventanas habían arrojado a Francesco de' Pazzi, desnudo y con un nudo corredizo en torno al cuello, para que muriera contorsionándose y girando como un pelele contra los rugosos muros del palacio. El arzobispo que pendía a su lado reves­tido con todos sus sagrados atavíos no supo proporcionarle consue­lo espiritual; con los ojos saliéndosele de las órbitas y en el paroxismo de la asfixia, el santo varón clavó sus dientes en la carne de Pazzi.

Toda la familia Pazzi cayó en desgracia aquel domingo 26 de abril de 1478 por el asesinato de Giuliano de' Medici y el intento de hacer lo mismo con Lorenzo el Magnífico durante la misa en la catedral.

Ahora, Rinaldo Pazzi, de aquellos famosos Pazzi, que odiaba al gobierno tanto como hubiera podido odiarlo su antepasado, igual­mente caído en desgracia y abandonado por la fortuna, y esperando oír el silbido del hacha en cualquier momento, se había acercado a aquel lugar para decidir la mejor manera de aprovechar un singular golpe de suerte.

El inspector jefe Pazzi creía haber descubierto que Hannibal Lecter vivía en Florencia. Se le presentaba la oportunidad de recuperar su prestigio y recibir todos los honores de su profesión capturando a aquel demonio. También podía vendérselo a Mason Verger por más dinero del que nunca hubiera podido imaginar. Si el sospe­choso era realmente Lecter. Por supuesto, de hacer aquello, Pazzi sabía que vendería también los últimos jirones de su honor.

Pazzi no dirigía la división de investigación de la Questura por casualidad. Era un individuo capacitado para su trabajo, y en otros tiempos un hambre de lobo lo había empujado en pos del éxito profesional. También ostentaba las cicatrices de un hombre que, ce­gado por la prisa y una ambición desmedida, había aferrado su pro­pio talento por el filo.

Había elegido aquel lugar para decidir su propia suerte porque tiempo atrás había experimentado en él unos instantes de ilumina­ción que lo habían llevado a la fama y arruinado después.

Pazzi compartía el sentido de la ironía propio de sus compa­triotas. Qué a propósito resultó que la funesta revelación se hubiera producido bajo aquella ventana de la cual el furioso fantasma de su antepasado quizá siguiera colgando, balanceándose contra el muro.

En aquel lugar siempre cabría la posibilidad de cambiar el destino de los Pazzi.

Fue la cacería de otro asesino en serie, Il Mostro, lo que hizo cé­lebre a Pazzi, para convertirse más tarde en la causa de que los cuervos le picotearan el corazón. La experiencia adquirida enton­ces había hecho posible su reciente descubrimiento. Pero las últi­mas consecuencias del caso de Il Mostro habían dejado un regusto a ceniza en la boca del inspector jefe y estaban a punto de empu­jarlo a una caza llena de peligros a espaldas de la ley.



Il Mostro, el monstruo de Florencia, había hecho estragos entre las parejas toscanas durante diecisiete años, en las décadas de los ochen­ta y los noventa. Asaltaba a los amantes en cualquiera de los muchos nidos de amor al aire libre de la región. Su pauta era matarlos con una pistola de pequeño calibre, formar con sus cuerpos un meticu­loso cuadro adornado con flores y dejar al descubierto el seno iz­quierdo de la mujer. De sus composiciones se desprendía un aire ex­trañamente familiar, una sensación de déjá vu.

El Monstruo se llevaba de la escena del crimen ciertos trofeos anatómicos, excepto la vez en que asesinó a una pareja de melenu­dos homosexuales alemanes, al parecer por error.

La presión de la opinión pública sobre la Questura se hizo inso­portable y provocó el cese del predecesor de Rinaldo Pazzi. Cuando éste ocupó el puesto de inspector jefe, se sintió como un hombre enfrentado a un enjambre de abejas, con la prensa invadiendo su despacho al menor descuido y los fotógrafos apostados en Via Zara, detrás de la central de la Questura, en el lugar por donde no tenía más remedio que salir con su coche.

Los turistas que visitaron Florencia en aquella época nunca olvi­darían los omnipresentes carteles en que un único ojo advertía a las parejas contra el monstruo.

Pazzi trabajó como un poseso.

Se puso en contacto con la Unidad de Ciencias del Comporta­miento del FBI para que le ayudaran a establecer el perfil psico­lógico del asesino, y leyó todo lo que pudo conseguir sobre los métodos utilizados por el Bureau.

Puso en marcha medidas preventivas, y así, en muchos de los es­condites favoritos de las parejas y en los lugares de citas de los ce­menterios había más policías que enamorados en el interior de los coches. No había suficientes agentes femeninos para cubrir los turnos de vigilancia. En la época calurosa las parejas de agentes masculinos se turnaban para llevar peluca, y muchos tuvieron que sacrificar el bi­gote. Pazzi predicó con el ejemplo y fue el primero en afeitárselo.

El Monstruo era cauteloso. Seguía golpeando, pero al parecer no necesitaba hacerlo a menudo.

Pazzi se dio cuenta de que el Monstruo había permanecido inac­tivo durante largos periodos, el más prolongado de los cuales había durado ocho años, y se concentró en ese hecho. Penosa, laboriosa­mente, exigiendo ayuda oficinesca de cualquier departamento al que pudiera amenazar, confiscando el ordenador a su sobrino para usarlo con el único de que disponían en la Questura, Pazzi elaboró una lista de todos los delincuentes del norte de Italia cuyos perio­dos de encarcelamiento coincidieran con los lapsos de inactividad criminal del Monstruo. Eran noventa y siete.

El inspector jefe se adueñó del viejo pero rápido Alfa Romeo GTV de un atracador de bancos encarcelado y, haciendo más de cinco mil kilómetros en un mes, vio personalmente a noventa y cuatro de los sospechosos e hizo que los interrogaran. Los otros esta­ban incapacitados o muertos.

En los escenarios de los crímenes apenas se habían recogido prue­bas que permitieran ir descartando sospechosos. Ni fluidos corpora­les ni huellas dactilares del asesino.

Tan sólo se había encontrado un casquillo de bala, en la escena del crimen cometido en Impruneta. Era munición Winchester-Western del calibre 22 con el fulminante alrededor de la base y mar­cas de extractor que encajaban con una pistola Colt semiautomática, posiblemente una Woodsman. Las balas extraídas de todos los cadáveres eran del mismo calibre y procedían de la misma pistola. No había marcas que indicaran el empleo de un silenciador, pero tal posibilidad no podía descartarse por completo.

Como buen Pazzi, el inspector jefe era sobre todo ambicioso, y tenía una joven y encantadora esposa con una boquita que no se cansaba de pedir. Los esfuerzos de su marido arrebataron cinco ki­los a su ya magra humanidad. Los miembros más jóvenes de la Questura comentaban a sus espaldas su creciente parecido con el Coyote de los dibujos animados.

Cuando alguno de aquellos listillos manipuló el ordenador de la Questura para conseguir que los rostros de los Tres Tenores se con­virtieran en las jetas de un burro, un cerdo y una cabra, Pazzi se quedó mirando la pantalla durante un buen rato y le pareció que su propia cara se transformaba una y otra vez en la del burro.

La ventana del laboratorio de la Questura estaba adornada con una ristra de ajos para mantener alejados a los malos espíritus. Des­pués de haber visitado y encerrado al último de los sospechosos sin obtener resultados, Pazzi se quedó apoyado en el alféizar mirando al patio interior con desesperación.

Pensó en su mujer, con la que había contraído matrimonio ha­cía poco, en sus esbeltos y firmes tobillos y en el antojo que tenía en el nacimiento de la espalda. Pensó en la forma en que sus pechos temblaban y se agitaban cuando se lavaba los dientes, y en cómo se reía cuando lo sorprendía mirándola. Pensó en las cosas que quería darle. La imaginó abriendo los regalos. Pensaba en su mujer en térmi­nos visuales; aunque también era fragante y maravillosamente sua­ve, lo visual siempre acudía a su mente en primer lugar.

Consideró la forma en que deseaba aparecer a sus ojos. Cierta­mente no como el pelele de la prensa que era en esos momentos. La central de la Questura en Florencia ocupa un antiguo hospital psiquiátrico, y los caricaturistas estaban sacando todo el partido po­sible a semejante circunstancia.

Pazzi estaba convencido de que el éxito llega como resultado de la inspiración. Su memoria visual era excelente y, como mucha gen­te cuyo sentido más agudo es la vista, se imaginaba la iluminación como el desarrollo de una imagen que aparecería borrosa al princi­pio y se iría perfilando poco a poco. Reflexionaba sobre la manera en que la mayoría de las personas buscamos los objetos perdidos. Evocamos su imagen mental y la comparamos con lo que vemos a nuestro alrededor, mientras renovamos la imagen muchas veces por minuto y la hacemos girar en el espacio.

Al cabo de unos días, un atentado terrorista con bomba detrás de la Galería de los Uflizi reclamó la atención del público y la dedica­ción exclusiva de Pazzi por un corto periodo.

Sin embargo, aunque el importante caso de la bomba del museo exigía toda su atención, las imágenes relacionadas con el Monstruo no se le iban de la cabeza. Las veía periféricamente, como se mira alrededor de un objeto para distinguirlo en la oscuridad. Su imagi­nación se detenía especialmente en la pareja asesinada en la plata­forma de un camión en Impruneta. El asesino había dispuesto los cuerpos con esmero, cubriéndolos de pétalos y enmarcándolos con una guirnalda de flores, y la chica tenía el pecho izquierdo al des­cubierto.

Cierta tarde, Pazzi acababa de salir de la Galería de los Uffizi y estaba cruzando la Piazza della Signoria cuando algo le llamó la aten­ción al pasar junto al tenderete de un vendedor de postales.

No muy seguro del origen de la imagen, se detuvo justo en el lugar donde había ardido Savonarola. Se dio la vuelta y miró a su alrededor. Los turistas abarrotaban la plaza. Pazzi sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Puede que todo estuviera tan sólo en su cabe­za, la imagen, la sacudida... Volvió sobre sus pasos e hizo el mismo recorrido.

Allí estaba: un pequeño póster, cubierto de moscas y acartona­do por la lluvia, de La Primavera de Botticelli. El cuadro original se exponía a sus espaldas, en el museo. La Primavera. La ninfa en­guirnaldada a la derecha, con el pecho izquierdo al desnudo y flo­res asomándole por la boca, mientras el pálido Céfiro alarga una mano hacia ella desde el bosque.

Allí estaba. La imagen de la pareja muerta en la plataforma del camión, con la guirnalda de flores, con flores en la boca de la chica. Exacto. Exacto.

Allí, en el mismo lugar donde su antepasado se había asfixiado chocando contra el muro, le iluminó la idea, la imagen maestra que andaba buscando, una imagen creada quinientos años antes por San­dro Botticelli, el mismo artista que había pintado por cuarenta flori­nes el ahorcamiento de Francesco de' Pazzi en el muro de la prisión de Bargello. ¿Cómo hubiera podido Pazzi resistirse a semejante ins­piración, teniendo un origen tan delicioso?

Necesitaba sentarse. Todos los bancos estaban llenos. Se vio obli­gado a enseñar su placa y hacer levantarse a un viejo cuyas muletas no vio hasta que el veterano de guerra se alzó sobre su único pie y armó un escándalo de mil demonios.

La agitación de Pazzi tenía dos motivos. Haber descubierto la ima­gen en que se inspiraba el Monstruo era todo un éxito; pero había algo mucho más importante: el inspector jefe había visto una repro­ducción de La Primavera durante los interrogatorios a los sospechosos.

Sabía que era mejor no forzar la memoria; se recostó en el banco y dejó pasar los minutos, invitando al recuerdo. Volvió a los Uffizi y se puso delante del cuadro, pero no demasiado tiempo. Caminó hasta el mercado de la paja y acarició el morro del jabalí de bron­ce conocido como Il Porcellino. Cogió el coche, condujo hasta el Ippocampo y, apoyado contra la capota del polvoriento Alfa Romeo, con el olor del aceite caliente del motor en la nariz, se quedó mi­rando a los chavales que jugaban al fútbol.

Lo primero que vio mentalmente fue la escalera y el rellano del primer piso, luego la parte superior de la reproducción de La Pri­mavera apareciendo conforme subía los peldaños; se dio la vuelta mentalmente y vio el marco del portal, pero nada de la calle, nin­gún rostro.

Experto en los trucos de interrogatorio, se interrogó a sí mismo, procurando sacar partido de sus cinco sentidos.

«Cuando viste el póster, ¿qué oíste?... Pucheros hirviendo en una cocina de la planta baja. Cuando llegaste al rellano y te paraste ante el póster, ¿qué oíste? La televisión. Una televisión en una sala de es­tar. Robert Stack interpretando a Eliot Ness en Los intocables. ¿Olía a comida? Sí, a comida. Vi el póster... No, no me cuentes lo que viste, lo que viste no me importa. ¿Oliste algo más? Seguía oliendo el Alfa, el interior recalentado, tenía pegado a la nariz el olor a aceite caliente, caliente porque... Raccordo, iba a toda velocidad por la autopista de Raccordo... Pero ¿adonde? San Casciano. También oí ladrar a un perro, en San Casciano... Un ladrón y violador que se llamaba Girolamo no sé qué.»

El momento en que se establece la conexión, ese espasmo sináptico de plenitud en que el pensamiento hace saltar los fusibles, es el placer más intenso a que se pueda aspirar. Rinaldo Pazzi aca­baba de disfrutar el mejor momento de su vida.

En hora y media Pazzi tuvo a Girolamo Tocca bajo custodia. La mujer de Tocca apedreó el pequeño convoy que se llevó a su marido.

CAPÍTULO

18

Tocca era el sospechoso ideal. De joven había cumplido una condena de nueve años por el asesinato de un hombre al que en­contró abrazando a su novia al aire libre. También había sido juz­gado por abusos deshonestos a sus hijas y por violencia doméstica, y había estado en la cárcel por violación.

La Questura casi destrozó la vivienda de Tocca intentando en­contrar pruebas. Al final fue el propio Pazzi quien, buscando por los alrededores de la casa, halló la caja de munición, una de las pocas pruebas físicas que pudo presentar el fiscal.

El juicio causó sensación. Tuvo lugar en un edificio de alta segu­ridad llamado «el bunker» donde se celebraban los juicios a los terro­ristas en los años setenta, frente a las oficinas locales del periódico La Nazione. Los miembros del jurado, cinco hombres y cinco mujeres sentados tras el cristal antibalas, condenaron a Tocca basándose, no en las pruebas físicas, prácticamente inexistentes, sino en la personalidad del acusado. La mayor parte del público lo creía inocente, pero mu­chos opinaban que Tocca era un sinvergüenza cuyo sitio estaba en la cárcel. A sus sesenta y cinco años, recibió una sentencia de cuarenta años en Volterra.

Los siguientes meses fueron un sueño. Un Pazzi no había sido tan festejado en Florencia desde hacía quinientos años, cuando Pazzo de' Pazzi regresó de la primera cruzada trayendo piedras del Santo Sepulcro.

En compañía del arzobispo, Rinaldo Pazzi y su hermosa mujer presenciaron desde el Duomo la ceremonia tradicional del día de Pascua en la que aquellas mismas piedras sagradas se usan para en­cender la mecha de la paloma-cohete que, volando desde la catedral a lo largo de un alambre, hacía explotar un carro de fuegos artifi­ciales en medio del entusiasmo popular.

Los periódicos se hicieron eco de las palabras con las que Pazzi atribuyó parte del mérito a sus subordinados, que habían llevado a cabo un trabajo ímprobo. Se entrevistaba a la señora Pazzi, esplén­dida con los modelos que los diseñadores la animaban a ponerse, para pedirle consejo sobre la moda. Los invitaban a tomar el té en las aburridas mansiones de los poderosos, y compartieron mesa con un conde en su castillo lleno de armaduras.

Lo animaron a emprender una carrera política, recibió elogios en el vocinglero parlamento italiano y se le encomendó la tarea de en­cabezar los esfuerzos italianos en la cooperación con el FBI norte­americano contra la Mafia.

Este encargo, y una beca para estudiar y tomar parte en semina­rios de criminología en la Universidad de Georgetown, condujo a los Pazzi a Washington, D.C. El inspector jefe pasó muchas horas en la Unidad de Ciencias del Comportamiento de Quantico, y soñaba con crear una división similar en Roma.

Y de pronto, al cabo de dos años, el desastre. En una atmósfera más calmada, un tribunal de apelación exento de la presión del pú­blico aceptó revisar la sentencia de Tocca. Pazzi tuvo que volver a casa para hacer frente a la investigación. Los antiguos colegas que había dejado atrás lo esperaban con las navajas abiertas.

Un tribunal de apelación revocó la condena de Tocca y amones­tó a Pazzi por considerar verosímil que el policía hubiera manipu­lado las pruebas.

Sus antiguos apoyos en las altas esferas le dieron la espalda como a un apestado. Seguía ocupando un cargo importante en la Questura, pero estaba acabado y todos lo sabían. El gobierno italiano es lento de reflejos, pero más pronto que tarde el hacha silbaría sobre su cuello.





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