Thomas harris I washington, D. C. Capítulo



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CAPÍTULO


10

Encontrar información médica sobre el doctor Hannibal Lecter no era fácil. Si se considera su absoluto desprecio por el es­tamento médico y por la mayor parte de sus miembros, no sor­prende que nunca tuviera un médico de cabecera.

El Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, en el que el doctor Lecter permaneció bajo custodia hasta su trágico traslado a Memphis, había cerrado sus puertas y ya no era más que otro edi­ficio abandonado a la espera de ser demolido.

La policía estatal de Tennessee fue la última fuerza encargada de la vigilancia del doctor Lecter antes de su huida, pero en sus de­pendencias afirmaban no haber recibido nunca el historial médico del doctor. Los agentes que lo condujeron de Baltimore a Memphis, muertos en la actualidad, habían firmado el recibo del recluso, pero no el de ninguna documentación sanitaria.

Starling pasó todo un día al teléfono y delante del ordenador; después se puso a buscar en persona en los depósitos de pruebas de Quantico y del edificio J. Edgar Hoover. Perdió una mañana trepan­do por las atestadas estanterías del polvoriento y maloliente depó­sito de pruebas del Departamento de Policía de Baltimore, así como una tarde desquiciada viéndoselas con la colección sin catalogar de pertenencias de Hannibal Lecter en la Biblioteca Fitzhugh de Historia Legal, donde el tiempo pareció detenerse mientras los emplea­dos intentaban dar con las llaves.

Al final, todo lo que consiguió fue una sola hoja de papel: el es­cueto reconocimiento médico a que se sometió al doctor Lecter cuando la policía estatal de Maryland lo arrestó por primera vez. Pero ni rastro de un historial médico adjunto.

Inelle Corey había sobrevivido a la desaparición del Hospital Psi­quiátrico Penitenciario de Baltimore y pasado a mejor vida en el De­partamento de Sanidad del Estado de Maryland. No quería entre­vistarse con Starling en su despacho, así que se citó con ella en la cafetería de la planta baja.

Starling tenía la costumbre de llegar con antelación y estudiar el lugar de la cita desde cierta distancia. Corey fue escrupulosamente puntual. Era una mujer pálida y maciza de unos treinta y cinco años, y no llevaba maquillaje ni joyas. La melena casi le llegaba a la cintura, tal como la había llevado en el instituto, y calzaba sandalias blancas con calcetines.

Starling cogió bolsitas de azúcar en el aparador de los condimen­tos y observó a Corey mientras se sentaba en la mesa convenida.

Suele pensarse que todos los protestantes tienen el mismo aspec­to. Nada más alejado de la verdad. Del mismo modo que algunos caribeños son capaces de adivinar la isla concreta de la que proce­de otro, Starling, educada por luteranos, contempló a aquella mujer y se dijo a sí misma: «Iglesia de Cristo, puede que con un Nazare­no en el exterior».

Starling se quitó las joyas, un sencillo brazalete y un aro de oro en la oreja buena, y se los guardó en el bolso. El reloj era de plás­tico, así que daba igual. No podía hacer nada respecto al resto de su apariencia.

—¿Inelle Corey? ¿Un cafe? —Starling traía dos tazas.

—Se pronuncia «Ainel». No tomo cafe.

—Entonces me tomaré yo los dos. ¿Quiere otra cosa? Me llamo Clarice Starling.

—No quiero nada. ¿Le importa enseñarme su identificación?

—Claro que no —respondió Starling—. Señorita Corey... ¿Pue­do llamarla Inelle?

La mujer se encogió de hombros.

—Inelle, necesito ayuda en un asunto que no le afecta a usted personalmente. Sólo le pido que me oriente para encontrar cierta documentación de los archivos del Hospital Psiquiátrico Peniten­ciario de Baltimore.

Inelle Corey exageraba la precisión cuando quería expresar in­dignación o cólera.

—Ya pasamos por esto con el Departamento de Sanidad en el momento del cierre, señorita...

—Starling.

—Señorita Starling. Si investiga, descubrirá que ningún pacien­te salió del hospital sin su carpeta. Que ninguna carpeta salió del hospital sin recibir el visto bueno de un supervisor. Y en cuanto a los fallecidos, el Departamento de Sanidad no necesitaba sus carpe­tas, la Oficina de Estadísticas Vitales no las quiso, y por lo que yo sé, las carpetas de los internos fallecidos se quedaron en el Hospital de Baltimore después de mi traslado, y yo fui una de los últimos en dejar el centro. Las fugas fueron al Departamento de Policía y a la oficina del sheriff.

—¿Las... fugas?

—Me refiero a los que se marchaban por su cuenta y riesgo. Los presos de confianza lo hicieron alguna que otra vez.

—¿Podría ser el caso del doctor Lecter? En su opinión, ¿su his­torial podría haber ido a parar a los archivos de la policía?

—Él no fue una fuga. Nunca se nos podrá reprochar su desapa­rición. Cuando huyó ya no estaba bajo nuestra custodia. Fui allá abajo en una ocasión y lo vi, se lo enseñé a mi hermana cuando vino de visita con sus hijos. Siento algo así como frío y asco cuan­do lo recuerdo. Provocó a uno de los otros para que nos arrojara... —la mujer bajó la voz— su leche. ¿Sabe a qué me refiero?

—He oído la expresión —dijo Starling—. Por casualidad, ¿no sería el señor Miggs?

—Lo he borrado de mi cabeza. Pero me acuerdo de usted. Vino al hospital y habló con Fred... con el doctor Chilton, y bajó al só­tano a hablar con Lecter, ¿no fue así?

—Sí.

El doctor Frederick Chilton, director del Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, había desaparecido durante sus vacacio­nes, después de la huida del doctor Lecter.



—Supongo que se enteró de la desaparición de Fred.

—Sí, eso me dijeron.

La señorita Corey vertió unas lágrimas rápidas y relucientes.

—Estábamos prometidos —explicó—. Desapareció y al poco tiempo el hospital cerró. Fue como si se me cayera encima el techo. Si no hubiera sido por mi iglesia no habría salido adelante.

—Lo siento —dijo Starling—. Ahora tiene un buen trabajo.

—Pero no tengo a Fred. Era un hombre extraordinario. Compar­tíamos un amor de los que no se encuentran todos los días. Lo eli­gieron Alumno del Año cuando estaba en el instituto en Cantón.

—Entiendo. Permítame preguntarle algo, Inelle: ¿guardaba Fred los informes en su despacho o estaban fuera, en recepción, donde usted atendía el mostrador?

—Se guardaban en los archivadores de su despacho; pero llegó a haber tantos que colocamos archivadores grandes en recepción. Siempre estaban cerrados con llave, por supuesto. Después del cie­rre, los trasladaron temporalmente al dispensario de metadona, pero mucha documentación fue a otros sitios.

—¿Vio y manejó alguna vez el informe del doctor Lecter?

—Claro.


—¿Recuerda que contuviera alguna radiografía? Las radiografías, ¿se guardaban con las historias clínicas o aparte?

—Con ellas. Se archivaban juntas. Eran mayores que los archiva­dores, lo que suponía un engorro. Teníamos un aparato de rayos X, pero no un radiólogo fijo, de forma que no tenía su propio archi­vo. Si he de serle sincera, no recuerdo si su historia contenía alguna radiografía. Lo que sí había era la grabación de un electrocardio­grama, que Fred solía enseñar a la gente. El doctor Lecter, aunque no sé por qué le llamo «doctor», estaba conectado al electrocar­diógrafo cuando atrapó a la enfermera. Le aseguro que fue espan­toso. Su pulso apenas se alteró mientras la atacaba. Le dislocaron un hombro entre todos los celadores cuando lo agarraron y tira­ron de él para separarlo de la chica. Lo lógico es que después le hicieran alguna radiografía. Yo le habría dislocado algo más que el hombro.

—Si se acuerda de alguna cosa más, cualquier otro lugar donde pudiera estar el archivo, ¿me llamará?

—Haremos lo que llaman una búsqueda global —respondió la señorita Corey saboreando la expresión—; pero dudo mucho que encontremos nada. Muchos de los papeles quedaron abandonados, no por nosotros, sino por los del dispensario de metadona.

Los gruesos tazones de cafe eran de esos que hacen que las go­tas resbalen por el borde exterior. Starling observó a Inelle Corey mientras se alejaba pesadamente como una pecadora más y se be­bió media taza con una servilleta bajo la barbilla.

Starling volvía a ser la misma de siempre poco a poco. Sabía que estaba harta de alguna cosa. Puede que se tratara de la vulgaridad, o peor que eso, de la falta de estilo. Indiferencia a las cosas que halagan la vista. Puede que estuviera hambrienta de un poco de estilo. Hasta el estilo de una meapilas era mejor que nada, era una afirmación, quisieras escucharla o no.

Starling hizo examen de conciencia en busca de signos de esno­bismo y acabó decidiendo que tenía pocos motivos para ser esnob. A continuación, pensando en lo del estilo, se acordó de Evelda Drumgo, que andaba sobrada. El recuerdo le hizo desear ferviente­mente volver a ser capaz de salir de sí misma.

CAPÍTULO

11

Y así, Starling regresó al lugar donde todo había empezado para ella, el Hospital Psiquiátrico Penitenciario de Baltimore, ya di­funto. El viejo edificio marrón, antigua casa del dolor, tenía las puertas encadenadas y las ventanas protegidas con barrotes; sus mu­ros cubiertos de graffiti esperaban la piqueta.

La institución llevaba años languideciendo antes de que su direc­tor, el doctor Frederick Chilton, desapareciera durante sus vacaciones. El subsiguiente descubrimiento de despilfarras y mala gestión, unido a la decrepitud del edificio, indujeron a las autoridades sanitarias a cortar el suministro de fondos. Algunos pacientes fueron trasladados a otras instituciones públicas, otros murieron, y unos cuantos vaga­ron por las calles de Baltimore como zombis colocados de Thorazine gracias a un programa para pacientes externos mal concebido, que consiguió que más de uno muriera congelado.

Mientras esperaba ante la fachada del caserón, Clarice Starling comprendió que había preferido agotar antes las otras líneas de in­vestigación para no tener que volver a aquel sitio.

El encargado llegó con cuarenta y cinco minutos de retraso. Era un viejo rechoncho con un zapato ortopédico que resonaba contra el suelo, y el pelo cortado al estilo de Europa oriental, probable­mente en casa. La condujo resollando hacia una puerta lateral, separada de la acera por unos cuantos peldaños. Los traperos habían forzado la cerradura, y la puerta estaba asegurada con cadena y dos candados. Las telarañas habían cubierto los eslabones de una especie de pelusa. Mientras el hombre revolvía el manojo de llaves, las hier­bas que crecían en las grietas de los escalones cosquilleaban las pantorrillas de Starling. La tarde estaba nublada y la luz granulosa no producía sombras.

—No estoy conociendo esto edificio bien, yo sólo chequeo los alarmas de fuego —dijo el encargado.

—¿Sabe si hay papeles guardados en algún sitio? ¿Archivadores, registros...?

El encargado se encogió de hombros.

—Después de hospital, aquí hay la dispensario de metadona, po­cos meses. Ponen todo en los sótanos, unos camas, unos ropas, no sé qué sea. Es malo aquí para mi asma, moho, muy malo moho. Las colchones de los camas son mohosos, moho malo en los camas. No puedo respirar aquí. Los escaleras, malos para mi pierna. Yo enseñaría, pero...

Starling hubiera preferido bajar acompañada, incluso por él, pero sólo serviría para entorpecerla.

—No. Usted haga lo suyo. ¿Dónde está su garita?

—A final del manzana, donde el viejo oficina de carnets con­ducir.

—Si no he vuelto dentro de una hora...

El hombre se miró el reloj.

—Yo acabo media hora. «Ésta sí que es buena...»

—Lo que va a hacer usted, señor, es esperarse en su garita a que le devuelva sus llaves. Si no he vuelto dentro de una hora, llame al número que hay en esta tarjeta y acompáñeles aquí. Si no está cuan­do salga, si ha cerrado el chiringuito y se ha marchado a casa, iré personalmente a ver a su supervisor por la mañana para informarle. Además haré que el Servicio Interno de Rentas investigue sus in­gresos, y que estudien su situación en la Oficina de Inmigración y... y de Naturalización. ¿Me ha entendido? Conteste.

—Pensaba esperarlo. No falta decirme esos cosas.

—Bueno. Así me gusta —respondió Starling.

El encargado aferró la barandilla con sus manazas para ayudarse a alcanzar el nivel de la acera, y Starling oyó arrastrarse sus pasos desiguales, cada vez más lejanos. Empujó la puerta y se encontró en un descansillo de la escalera de incendios. Las ventanas del hue­co de la escalera, altas y con barrotes, dejaban entrar la luz gris. Dudó si echar un candado por la parte interior de la puerta, pero acabó optando por hacer un nudo a la cadena de la puerta, por si perdía la llave.

Las veces que Starling había acudido al manicomio para entre­vistarse con el doctor Lecter había entrado por la puerta principal. Ahora necesitó unos instantes para orientarse.

Ascendió por la escalera de incendios hasta la planta baja. Las ventanas de cristal esmerilado apenas dejaban entrar la luz morte­cina del exterior y el vestíbulo estaba en penumbra. Starling en­cendió la potente linterna y dio con un interruptor, que encendió las luces del techo, tres bombillas aún útiles en un plafón roto. Los extremos cortados de los cables telefónicos colgaban del mostrador de recepción.

Vándalos provistos de aerosoles de pintura habían llegado al inte­rior del edificio. Un falo de tres metros con sus testículos decoraba la pared de la recepción, acompañado de la siguiente leyenda: «LA MADRE DE FARON ME LA MENEA».

La puerta del despacho del director estaba abierta. Starling se quedó en el umbral. Allí se había presentado para cumplir su pri­mera misión con el FBI, cuando aún era cadete, cuando aún se lo creía todo, que si una era capaz de hacer el trabajo, de demostrar su valía, sería aceptada, sin que importara su raza, credo, color, ori­gen nacional o si era o no era «uno de los chicos». De todo aque­llo no le quedaba más que un solo artículo de fe. Seguía creyendo que era capaz de hacer el trabajo.

En aquel mismo despacho, el doctor Chilton, director del hos­pital, se había acercado a recibirla y le había ofrecido una mano su­dada. Entre aquellas cuatro paredes, el director había traicionado confidencias y escuchado a escondidas, y, creyéndose más listo que Hannibal Lecter, había tomado la decisión que permitiría al doctor escaparse en medio de un baño de sangre.

El escritorio de Chilton seguía en su sitio, pero faltaba la silla, lo bastante pequeña para que la robaran. Los cajones estaban vacíos, aparte de un Alka-Seltzer espachurrado. Había dos archivadores. Las cerraduras eran sencillas, y la antigua agente técnica Starling consi­guió abrirlos en un abrir y cerrar de ojos. El cajón inferior conte­nía un sandwich momificado en su envoltorio de papel y varios for­mularios del dispensario de metadona, además de desodorante para el aliento, un frasco de tónico capilar, un peine y un puñado de con­dones.

Starling recordó el sótano del manicomio, cuyas celdas lo aseme­jaban más a una mazmorra, donde el doctor Lecter había pasado ocho años. No quería bajar allí. Podía hacer uso del teléfono celu­lar y solicitar una unidad de la policía para que bajara con ella. O lla­mar al centro de operaciones de Baltimore y pedir otro agente del FBI. La tarde gris iba transcurriendo y, aunque saliera en ese mismo instante, ya no habría forma de evitar la peor hora del tráfico en Washington. Cuanto más tardara, sería peor.

Se apoyó en el escritorio de Chilton haciendo caso omiso del polvo y trató de tomar una decisión. ¿Pensaba realmente que podía haber ficheros en el sótano, o es que se sentía atraída hacia el lugar en que vio a Hannibal Lecter por primera vez?

Si su carrera en las fuerzas del orden le había enseñado algo so­bre sí misma, era que no la volvían loca las emociones fuertes ni hu­biera echado de menos no volver a sentir miedo. Pero cabía la po­sibilidad de que hubiera archivos en el sótano. Le bastaban cinco minutos para salir de dudas.

Recordaba el estrépito de las puertas de alta seguridad a sus espaldas cuando descendió a aquel sótano años atrás. En previsión de que algo, o alguien, las cerrara, llamó al centro de operaciones de Baltimore, les dijo dónde estaba y quedó de acuerdo con ellos en que volvería a llamar al cabo de una hora informando de que ya ha­bía salido.

Las luces de la escalera interior, por la que Chilton la había con­ducido abajo, seguían funcionando. Mientras descendían, el direc­tor del hospital le había explicado el procedimiento de seguridad que debería seguir para tratar con el recluso; luego, había sacado de su cartera la foto de la enfermera a la que Lecter le había comido la lengua en un reconocimiento médico. Si le habían dislocado un hombro al reducirlo, tenía que existir alguna radiografía.

Una ráfaga de aire le rozó el cuello, como si hubiera una venta­na abierta en alguna parte.

En un rellano había una cajita para hamburguesas de McDonald's y servilletas desparramadas. Un recipiente manchado que había con­tenido judías. Más comida basura. Excrementos secos y servilletas de papel manchadas en un rincón. La luz llegaba apenas hasta el sóta­no, y cesaba ante la enorme puerta metálica de la sección para pre­sos violentos, que ahora estaba abierta de par en par y sujeta al muro por un gancho. Starling enfocó la linterna hacia las celdas en forma de D e iluminó cinco de ellas con toda la potencia del rayo.

El haz recorrió el largo corredor de la antigua sección de má­xima seguridad. Había un bulto en el extremo más alejado. Era in­quietante ver las celdas abiertas de par en par. El suelo estaba lleno de envoltorios de comida y vasos de papel, y sobre la mesa del celador había un bote de refresco, ennegrecido por su uso como pipa de crack.

Starling accionó los interruptores de la luz que había tras la mesa del celador. Nada. Sacó el teléfono celular. El rojo del piloto bri­llaba en la semioscuridad. Sabía que el aparato no funcionaba en los subterráneos, pero se puso a dar voces por el auricular:

—Barry, da marcha atrás y acerca la furgoneta a la entrada late­ral. Trae un reflector. Necesitarás una plataforma con ruedas para bajarlo todo por las escaleras... Sí, ven ahora —a continuación, Starling alzó la voz hacia la oscuridad—: Escúcheme con atención quien esté ahí. Soy una agente federal. Si viven aquí de forma ile­gal, pueden marcharse sin problemas. No los arrestaré. No estoy aquí por ustedes. Pueden volver cuando yo haya acabado aquí, me es exactamente igual. Ahora, empiecen a salir. Si intentan cualquier cosa, me veré en la necesidad de meterles la pistola por el culo. Gracias por su atención.

La voz resonó a lo largo del corredor donde tantas otras se ha­bían desgañitado convertidas en berridos inhumanos, mientras sus dueños, ya sin dientes, chupaban los barrotes.

Starling echaba de menos la presencia tranquilizadora del enor­me celador, Barney, que la había recibido en las ocasiones en que se entrevistó con el doctor Lecter. Recordó la extraña cortesía con la que aquel hombre y el doctor se trataban. Pero ahora no había ningún Barney. Un sonsonete de sus tiempos de escolar le rondaba por la cabeza y, como disciplina, se obligó a recordarlo.
Las pisadas hacen eco en el recuerdo

del pasillo que no quisimos tomar,

hacia la puerta que nunca abrimos

y, tras ella, el jardín y su rosal.

Claro, «El jardín del rosal». Pero aquel jodido sitio no era preci­samente el jardín del rosal.

Starling, a quien los recientes editoriales de los periódicos hubie­ran debido incitar a odiar su pistola tanto como a sí misma, seguía encontrando reconfortante el tacto de su arma en situaciones como aquélla. Sostuvo la 45 contra la pierna y penetró en el corredor pre­cedida por el haz de la linterna. Es difícil cubrir ambos flancos al mismo tiempo, y vital asegurarse de que no se deja a nadie a nues­tras espaldas. Se oía gotear agua.

En algunas celdas había armazones de camas desmontados y amontonados. En otras, pilas de colchones. En el centro del corredor se había acumulado el agua, y Starling, preocupada como siempre por sus zapatos, avanzaba sorteando el estrecho charco. Se acordó de la advertencia de Barney hacía ocho años, cuando todas las celdas esta­ban ocupadas. «Una vez dentro, vaya por en medio.»

Estupendo, archivadores. Al final del corredor, en el centro, color verde oliva mate a la luz de la linterna.

Ahí estaba la celda que ocupara Múltiple Miggs, aquella a cuyo lado más había odiado tener que pasar. Miggs, que le susurraba obscenidades y le arrojaba sus inmundicias. Miggs, al que mató el doctor Lecter convenciéndolo para que se tragara su sucia lengua. Y cuando Miggs murió, Sammie ocupó su celda. Sammie, a quien Lecter animaba en sus esfuerzos por escribir poesía, con resultados soprendentes. Incluso ahora le parecía escucharlo aullando aquel poema:


YO QUIERO UNIRME A CRISTO,

QUIERO IR CON EL SEÑOR

PODRÉ UNIRME A CRISTO

SI SOY MUCHO MEJOR.


Starling aún conservaba el texto, laboriosamente escrito con lá­pices de colores, en algún sitio.

La celda estaba llena de colchones y balas de ropa de cama ata­das con sábanas.

Y, por fin, la celda del doctor Lecter.

La pesada mesa en la que leía seguía atornillada al suelo en me­dio del recinto. Habían desaparecido los estantes donde ponía sus libros, pero las palomillas aún sobresalían de la pared.

Starling se había olvidado de los archivadores y parecía incapaz de apartar los ojos de aquella celda. Allí había tenido lugar el encuen­tro más importante de su vida. Allí se había sentido asombrada, con­fundida, sobrecogida.

En aquel lugar había escuchado cosas sobre sí misma tan terrible­mente ciertas que el corazón le había retumbado como una enorme y grave campana.

Quería entrar. Su deseo de penetrar en aquella celda era seme­jante al que nos incita a arrojarnos de un balcón, a la atracción que el brillo de los raíles ejerce sobre nosotros cuando sabemos que se está acercando un tren.

Starling paseó el haz de la linterna a su alrededor, miró detrás de la hilera de archivadores y enfocó la luz al interior de las celdas próximas.

La curiosidad la empujó a cruzar el umbral. Se quedó en el cen­tro de aquel reducto donde Hannibal Lecter había vivido ocho años. Ocupó el espacio que había pertenecido al doctor, donde lo había visto, de pie, por primera vez, esperando sentir unos escalofríos que no se produjeron. Dejó sobre la mesa la pistola y la linterna, procu­rando que ésta no rodara, y apoyó las palmas de las manos en el ta­blero. Sólo sintió la rugosidad de unas migas.

Sobre cualquier otro, prevaleció un sentimiento de decepción. La celda estaba tan vacía de su antiguo ocupante como la muda abandonada por una serpiente. Starling se dio cuenta en ese momento de algo en lo que apenas había reparado: el peligro y la muerte no tienen por qué llegar embozados en un manto terrible. Pueden al­canzarlo a uno en el aliento perfumado de un amante. O en una tarde soleada junto a un mercado de pescado, mientras Macarena retumba en un estéreo.

Manos a la obra. Había cuatro archivadores en total, que le lle­gaban a la altura de la barbilla y ocupaban tres metros. Cada uno tenía cinco cajones, asegurados con una sola cerradura de cuatro muescas en la parte superior. Ninguna estaba echada. Todos los cajones estaban llenos de expedientes guardados en carpetas, algunas bastante abultadas. Viejas carpetas de papel plastificado que se ha­bía reblandecido con el paso de los años, y otras más nuevas de papel manila. Las fichas que describían el estado de salud de indi­viduos, muertos en su mayoría, desde la apertura del hospital en 1932. Seguían un orden más o menos alfabético, aunque algunos papeles estaban apilados al fondo de los cajones, tras las carpetas. Starling las fue pasando rápidamente, con la pesada linterna sobre el hombro, moviendo los dedos de la mano libre con agilidad y arrepintiéndose de no haber traído una linterna pequeña, que habría podido sostener entre los dientes. En cuanto pudo hacerse una idea de la distribución de las carpetas en los archivadores, pudo saltarse cajones enteros. Las fichas de la jota, las pocas de la ka y, ¡bingo!, la ele: Lecter, Hannibal.

Starling extrajo la ancha carpeta de papel manila, la palpó antes de abrirla para saber si había una radiografía, la puso encima de las otras y, al abrirla, descubrió que contenía la historia médica del difunto I. J. Miggs. Maldita sea. Miggs la seguía jorobando desde la tumba. Puso la carpeta sobre el archivador y buscó en la eme. Allí estaba la carpeta de Miggs, donde le correspondía por orden alfabético. Vacía. ¿Error de clasificación? ¿Metió alguien sin darse cuenta la documentación de Miggs en la carpeta de Lecter? Siguió mirando entre las carpetas de la eme en busca de un expediente sin carpeta. Volvió a la jota. Era consciente de que su irritación iba en aumento. El olor de aquel sitio la asqueaba cada vez más. El encargado tenía razón, allí abajo costaba respirar. Había mirado la mitad de las jotas cuando se percató de que el hedor... aumentaba rápidamente.

Un breve chapoteo a su espalda, y Starling giró en redondo con la linterna empuñada para asestar un golpe y la otra mano metida bajo la chaqueta, en busca de la culata del revólver. En medio del haz de luz apareció un individuo alto cubierto de mugrientos harapos y con uno de los pies deformados por la hinchazón metido en un charco. Tenía una mano separada del costado. La otra soste­nía un trozo de plato roto. Llevaba una de las piernas y ambos pies envueltos en jirones de sábana.

—Hola —dijo, enseñando la lengua hinchada por los hongos.

Starling podía oler su aliento a pesar de los tres metros que los separaban. Bajo la chaqueta, su mano soltó la pistola y buscó el aerosol.

—Hola —contestó Starling—. Haga el favor de ponerse junto a los barrotes.

El hombre no se movió.

—¿Eres Cristo? —le preguntó.

—No —respondió Starling—. No soy Cristo.

La voz. Starling recordaba aquella voz.

—¡Sí, eres Cristo!

El rostro del hombre gesticulaba.

«Esa voz... Vamos, piensa.»

—Hola, Sammie —dijo Starling— ¿Cómo estás? Precisamente acabo de acordarme de ti.

¿Qué sabía de Sammie? La información le llegaba a ráfagas, de­sordenadamente. «Puso la cabeza de su madre en la bandeja de la colecta mientras la congregación cantaba Da lo mejor a tu Señor. Dijo que era lo mejor que tenia. La Iglesia Baptista de la Recta Vía, no recordaba dónde. El doctor Lecter explicó que estaba cabreado por­que Cristo se retrasaba.»

—¿Eres Cristo? —dijo, quejumbroso esta vez.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó una colilla, una de las bue­nas, de casi cinco centímetros. La puso en el trozo de plato y se la ofreció.

—Sammie, lo siento, pero no lo soy. Soy...

Sammie, lívido de pronto, furioso porque aquella mujer no era Cristo, hizo retumbar los muros del húmedo corredor:
YO QUIERO UNIRME A CRISTO,

QUIERO IR CON EL SEÑOR


Levantó el trozo de plato, afilado como una hoz por el extremo roto, y dio un paso hacia Starling, con los dos pies en el charco y el rostro congestionado, mientras la mano libre parecía querer ha­cer presa en el aire que los separaba.

Starling sintió la dureza de los archivadores contra la espalda.

—PODRÁS UNIRTE A CRISTO... SI TE PORTAS MEJOR —recitó Starling alto y claro, como si el hombre se encontrara a mucha dis­tancia.

—Sí, sí... —dijo Sammie más tranquilo, y se detuvo.

Starling buscó en su bolso y encontró una barra de caramelo.

—Sammie, tengo un caramelo. ¿Te gustan los caramelos?

El hombre no respondió.

Puso el dulce en una carpeta y se la alargó igual que él había hecho con el trozo de plato.

Le pegó un mordisco sin quitar el envoltorio, escupió el celofán y de otra dentellada se llevó la mitad del caramelo.

—Sammie, ¿ha venido alguien más a verte?

El hombre no hizo caso de la pregunta, dejó lo que quedaba del caramelo en el trozo de plato y desapareció detrás de una pila de colchones en su antigua celda.

—¿Qué coño es esto? —exclamó una voz de mujer—. Muchas gracias, Sammie.

—¿Quién hay ahí? —preguntó Starling.

—A tí qué coño te importa.

—¿Vive aquí con Sammie?

—Claro que no. He venido a una cita. ¿Qué tal si te largas?

—De acuerdo. Pero antes contésteme a una pregunta. ¿Cuánto hace que está aquí?

—Dos semanas.

—¿Ha venido alguien más?

—Unos vagabundos, que Sammie echó.

—¿Sammie la protege?

—Métete conmigo y te enterarás. Yo puedo andar bien. Consi­go comida y él tiene este sitio, que es seguro para comer. Todo el mundo tiene arreglos parecidos.

—¿Alguno de los dos está en algún programa? ¿Quieren entrar en uno? Yo puedo ayudarles...

—Él estuvo en uno. Sale uno ahí afuera a hacer toda esa mierda y acaba volviendo a lo que conoce. ¿Qué buscas aquí? ¿Qué coño quieres?

—Unos archivos.

—Pues si no están ahí, será que se los habrá llevado alguien. No hace falta ser muy listo para darse cuenta, ¿no?

—¿Sammie? —llamó Starling—. ¿Sammie? Sammie no respondió.

—Sammie se ha dormido —dijo su amiga.

—Si dejo algo de dinero, ¿comprará comida? —ofreció Starling.

—No. Compraré bebida. La comida se encuentra. La bebida, no. Ten cuidado al salir, no te metas el mango de la puerta en el culo.

—Dejaré el dinero en la mesa —dijo Starling.

Le dieron ganas de echarse a correr y se acordó de su primera visita a Lecter, cuando se alejó de su celda intentando guardar la calma, impaciente por llegar a la isla de calma que era el puesto del celador Barney.

A la luz de la escalera, Starling buscó en su monedero un billete de veinte dólares. Dejó el dinero en él escritorio roñoso y arañado de Barney y le puso encima una botella de vino vacía. Desplegó una bolsa de plástico e introdujo en ella la carpeta de Lecter, que conte­nía la historia médica de Miggs, y la carpeta vacía de éste.

—Adiós. Hasta luego, Sammie —dijo alzando la voz hacia el hombre que después de dar tumbos por el mundo había regresado al infierno que conocía.

Le hubiera gustado decirle que esperaba que Cristo llegara pron­to, pero le pareció que sonaría ridículo.

Starling ascendió hacia la luz para seguir dando sus propios tum­bos por el mundo.





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